Fragmento de la segunda parte / Traducción de Enrique Otón Sobrino
que de quien está agotado de sus ojos vencidos se apodere el sueño,
y nadie al aturdido en sus sienes por el mucho vino
despierte, mientras se apacigua su desgraciado amor.
Pues colocada le ha sido a nuestra amada una huraña custodia,
se cierra también con inexorable cerrojo la firme puerta.
Puerta de un señor intratable, azótete la lluvia,
te sacudan los rayos enviados por mandato de Júpiter.
Puerta, ahora ábrete sólo para mí, vencida por mis lamentos,
y girando furtivamente tu gonce al abrirte no chirríes.
Y si algunas maldiciones contra ti profirió mi locura,
perdónalas: sobre mi cabeza caigan, pido.
Es bueno te acuerdes de las incontables cosas que he pronunciado con voz
suplicante, al poner guirnaldas de flores en tu viga.
Tú a tu vez, sin timidez a tus guardianes, Delia, burla.
Hay que tener resolución: a los valientes ayuda Venus en persona.
Ella se muestra favorable, bien un joven nuevos umbrales, huella,
bien abre con una llave dentada la muchacha sus puertas.
Ella enseña a echarse abajo a hurtadillas del blando lecho,
a poder poner el pie en el suelo sin ruido ninguno,
ella en presencia del marido a intercambiar expresivas señas
y a disimular tiernas palabras en amañadas notas.
Y no enseña esto a todos, sino a los que ni retrasa la indecisión
ni frena el temor a levantarse en la oscura noche.
Heme a mí cuando a oscuras vago angustiado por toda la ciudad
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y no consiente que nadie se encuentre conmigo, que mi cuerpo a hierro
hiera o encuentre ganancia, robándome la túnica.
Cualquiera que está poseído del amor, vaya seguro y también sagrado
a donde guste: temer asechanzas no es sensato.
No me hacen daño los fríos, que entumecen, de la noche invernal,
tampoco a mí, cuando la lluvia cae con su mucho aguacero.
Este contratiempo no me daña, con tal de que Delia descorra la puerta
y me llame en silencio con el chasquido de su dedo.
Cerrad los ojos, hombre o mujer que se me haga
encontradizo: que queden ocultos los secretos amoríos quiere Venus.
No me asustéis con el crujido de vuestros pasos, no preguntéis mi nombre
ni traigáis cerca luminarias de resplandeciente tea.
Y, si alguien, imprudente, lo viera, lo oculte
y por todos los dioses jure no acordarse,
pues cualquiera que fuese deslenguado, ese que de la sangre ha nacido
Venus y del proceloso mar ese lo ha de experimentar.
Mas ni de él se fiará tu esposo, según a mí una veraz
hechicera me ha prometido con su mágico oficio.
Yo la he visto del cielo hacer bajar las estrellas
y de una rauda corriente cambió el sentido con su conjuro,
ella con su hechizo abre la tierra y a los muertos de sus sepulcros
hace salir y bajar los huesos de la humeante pira.
Ahora contiene con su mágico murmuro las catervas infernales,
ahora les ordena volverse atrás, rociadas de leche.
Cuando quiere, ella despeja de nubes un sombrío cielo,
cuando quiere, llama a las nieves en plena estación estival.
en Carmina / Poemas, BOSCH, Barcelona, 1983

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