El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco,
sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean,
que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.
El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado,
que es el verdugo.
en
Nada ha terminado, 1984

Me dejó sorprendida el desenlace
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