sábado, marzo 21, 2015

"Orquídea y naranja", de Zhang Jiuling

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Tendidas hojas de orquídea en primavera
y flores de canela brillando en otoño
tan autosuficientes como la vida,
que las adapta a las estaciones.
Sin embargo, ¿por qué pensarías que un ermitaño en el bosque
cautivado por los dulces vientos y encantado con la belleza,
pediría ser trasplantado?
¿Lo haría cualquier otra flor de la natura?










viernes, marzo 20, 2015

“La sopa de puerros”, de Marguerite Duras







Se cree que se sabe hacer, parece tan sencilla, y con demasiada frecuencia se descuida. Tiene que cocer entre quince y veinte minutos y no dos horas; todas las mujeres francesas hacen cocer demasiado las verduras y las sopas. Y, además, es mejor meter los puerros cuando las patatas hierven: la sopa quedará verde, y mucho más perfumada. Y, además, también hay que dosificar bien los puerros: dos puerros medianos bastan para un kilo de patatas. En los restaurantes esta sopa nunca es buena: siempre está demasiado cocida (recocida), demasiado «larga», es triste, apagada, y se une al fondo común de las «sopas de verduras» -son necesarias- de los restaurantes de provincia franceses. No, hay que quererla hacer y hacerla con cuidado, evitar «olvidarla en el fuego» y que pierda también su identidad. Se sirve sin nada, o bien con mantequilla fresca o nata líquida. Se pueden añadir también tostones en el momento de servir: se la llamará entonces con otro nombre, se inventará uno: de este modo los niños la comerán con más gusto, que si se le da el tonto apelativo de sopa de puerros y patatas. Se necesita tiempo, años, para encontrar el sabor de esta sopa, impuesta a los niños por diversos pretextos (la sopa hace crecer, hace guapo, etc.). Nada, en la cocina francesa, es tan simple ni tan necesario como la sopa de puerros. Debió de ser inventada en una comarca occidental una noche de invierno, por una mujer aún joven de la burguesía local que, esta noche, sentía horror por las salsas grasas -y por más cosas, sin duda pero ¿lo sabía? El cuerpo se traga esta sopa con felicidad. Ninguna ambigüedad: no es la sopa de legumbres, tocino y pato, la sopa para alimentar o calentar, no, es la sopa magra para refrescar, el cuerpo la engulle a grandes tragos, se limpia con ella, se depura, verdura primera, los músculos abrevan en ella. En las casas, su olor se extiende muy deprisa, muy fuerte, vulgar como la comida pobre, el trabajo de las mujeres, el tumbarse de las bestias, el vomitado de los recién nacidos. Se puede no querer hacer nada y luego, hacer eso, sí, esta sopa: entre estos dos quereres, un margen muy estrecho siempre el mismo: suicidio.



en Sorciéres, 1976

Fotografía: Robert Doisneau













jueves, marzo 19, 2015

"Campo dei Fiori", de Czeslaw Milosz

Versión de Juan Carlos Villavicencio




En Roma en el Campo dei Fiori
canastas de aceitunas y limones,
adoquines salpicados con vino
y restos de flores.
Los vendedores cubren los caballetes
con pescados color rosa;
brazadas de uvas oscuras
apiladas junto a las pelusas de duraznos.

En esta misma plaza
Giordano Bruno fue quemado.
Sus seguidores encendieron la pira
presionados por la multitud.
Antes de que las llamas murieran
las tabernas estaban llenas de nuevo,
otra vez sobre los hombros de los vendedores
canastas de aceitunas y limones.

Pensé en el Campo dei Fiori
en Varsovia por el cielo en forma de carrusel
un claro anochecer de primavera
al compás de una tonada del carnaval.
La brillante melodía ahogó
los truenos en la pared del ghetto,
y las parejas volaron
alto en el cielo carente de nubes.

A veces el viento de la quema
avienta cometas oscuros
y los jinetes en el carrusel
atraparían pétalos suspendidos en el aire.
Ese mismo viento caliente
abrió las faldas de las niñas
y las multitudes reían
en Varsovia ese hermoso domingo.

Alguien leerá como moral
que el pueblo de Roma o Varsovia
regatee, ría, haga el amor
mientras pasa frente a la pira de los mártires.
Alguien más leerá
de la muerte de las cosas humanas,
del olvido
nacido antes de que murieran las llamas.

Pero ese día sólo pensé
en la soledad de los moribundos,
de cómo, cuando Giordano
subido a la quema
no pudo encontrar
en ninguna lengua humana
palabras de humanidad,
humanidad que sobrevive.

Ya habían vuelto a su vino
o vendían su blanca estrella de mar,
habían cargado a la feria
canastas de aceitunas y limones,
y él ya estaba lejos
como si hubieran pasado siglos
mientras que se detuvieron un instante
para ver su partida en el fuego.

Aquellos muriendo aquí, los solitarios
olvidados del mundo,
nuestra lengua se vuelve para ellos
el lenguaje de un planeta antiguo.
Hasta que, cuando todo sea leyenda
y muchos años hayan pasado,
en un nuevo Campo dei Fiori
la rabia se encienda en la palabra de un poeta.




1943








miércoles, marzo 18, 2015

“Ecce homo”, de Friedrich Nietzsche








¡Sí! ¡Sé de dónde procedo!

Insaciable cual la llama

Quemo, abraso y me consumo.

Luz se vuelve cuanto toco

Y carbón cuanto abandono:

Llama soy sin duda alguna.

 

 

en Poemas, 1979

 

 

 

 



martes, marzo 17, 2015

"Jorge Teillier: el escritor", de Álvaro Bisama

Texto originalmente llamado "El escritor"




I

La lectura de las Prosas de Jorge Teillier –compiladas por Ana Traverso y editadas por Sudamericana en 1999– lo hacen aparecer, en principio, como una especie de enciclopedista a la deriva: una suerte de feliz copista perdido en la Biblioteca Nacional. Así, se trata de una escritura que confirma aquella imagen suya como náufrago de una cultura letrada disgregada y azarosa que eclosiona a veces en una experiencia cotidiana y confusa. El escritor de un universo en extinción. Lo extraño –o más bien irónico– es que ese trata de un espectador de mirada amplia, donde el gusto letrado evoluciona a veces hacia un fanatismo por cierta cultura popular profundamente nimia. Teillier lee y escribe como un ciudadano a pie de una ciudad que no comprende pero que adora. Hay algo terrible ahí, algo paradójico: en Prosas el ídolo lárico –el campeón de la Frontera, el esteta de perfectas poéticas congeladas de pequeños pueblos vacíos– baila como un perfecto animal urbano. De este modo, como crítico o cronista, Teillier explota en versiones de sí mismo apenas entrevistas o sospechadas: un cinéfilo en extinción, un prologuista amable, un amigo de sus amigos, un lector adelantado de Nicolás Palacios, un detective privado en busca de la perdida o desaparecida identidad chilena; en suma, un artista bastante más complejo que su propio mito; explotando su veta prosista con singular eficacia y excentricidad.



II

La memoria chilena. Ese es el quid del asunto. Nada que hacer. Teillier está obsesionado con ella: con la identidad de un país cada vez más fragmentado. Anota en 1969: “alguna vez con algunos amigos pensábamos escribir un libro en el que se recogieran mitos y prejuicios chilenos, como el de que hay demográficamente siete mujeres por cada hombre”. Lector impune e impenitente de Encina, Ercilla o Nicolás Palacios, lo suyo es la pregunta sobre la posibilidad de una raza chilena, pensando a la raza no desde términos genéricos sino más bien desde una constitución espiritual, la existencia de un pathos y un ethos local. Para Teillier es un problema teórico. ¿Qué somos? ¿Qué nos hace ser así? Lo chileno más como una colección de tics faciales que disfrazan un secreto inexistente, el delirio de un mito de origen antes que revelación: la mirada que esboza Prosas es la de un decontructivista naif, obsesionado con una herencia a todas luces inalcanzable, al modo de un libro no escrito o por escribir. Por supuesto es una tarea imposible pues sus lecturas de los clásicos de la identidad están pobladas de cierta excentricidad confesa. Dice sobre Raza chilena de Nicolás Palacios: “¿Por qué nuestras editoriales y universidad no se preocupan por reeditar estos libros que conmovieron al país? Sería no sólo un acto de justicia, sino una contribución valiosa para el mejor reconocimiento de nuestra historia e idiosincrasia”. Complejo: obsesionado con la chilenidad, Teillier encontrará la respuesta a ella, su presencia, sólo en los lugares microclimáticos, al borde de todo poder: la biblioteca y el bar. Los verdaderos chilenos serán lectores y además parroquianos y lanzarán desde ahí las señas de una memoria local que no puede alcanzar en los grandes relatos. La utopía trascendente como un lugar a la vuelta de la esquina. Dice Teillier: “termino esta crónica para dirigirme a la ‘morada irreal’, como dicen los budistas zen, o sea, un lugar donde uno se sitúa en otro tiempo y en otro espacio, en este caso un viejo bar”.



III

El lector. A través de sus prosas, Teillier traza su mapa de lecturas donde compone un crisol de afinidades electivas. Teillier lee de manera suelta, sin culpa. Lee la historia como literatura y a la literatura como historia: hacia allá lanza anzuelos y pesca animales raros. Así, más allá de lo obvio, donde aparecen aquellos manifiestos donde se traza una poética de lo lárico, destaca el hecho de cómo lector Teillier se mueva en un corpus bastante más amplio que las lecturas que uno le supone como predilectas. O sea, más allá de Trakl, Rilke, Rolando Cárdenas, De Rokha, cierta poesía oriental y alguna tradición mitteleuropea lo que importa es que el canon termina siendo la familia de Teillier, un mundo habitado por padres, tíos, primos, parientes lejanos o políticos. El canon como una casa, como una mansión entrevista por el autor como un lugar para ser habitada. Un lugar cálido, opuesto a aquella casa donde el hablante de Juan Luis Martínez desaparecía frente a los ojos del lector; sin aquellas habitaciones oscuras donde las criaturas de Enrique Lihn se entregaban a los teatros de la crueldad. Teillier es más un consumidor de cultura en vez de un lector a ras de piso. Alguien que disfruta mientras lee con un placer que podríamos catalogar de republicano, buscando en los libros la presencia de un imaginario utópico, una comunidad simbólica que puede ser o no nuestra nación. Es interesante este gesto porque en cierto modo se relaciona con su poesía. Están ahí los parpadeos de un corazón que se debate entre la invisibilidad y la palabra, entre la memoria y la invención, entre la canalla literaria y los grandes clásicos. De esta forma, Jorge Teillier habita en una tradición pero a la vez inventa la suya, su erudición no es apócrifa. Puede enjuiciar al “jote” –mezcla de vino con coca cola– como un brebaje aborrecible pero también puede recordar autores de ciencia ficción perdidos, películas viejas, novelas imposibles. El canon de Teillier –o por lo menos al que se llega por el camino de su prosa– es bastante más amplio del que se puede acceder por medio de su poesía. Las dosis más menos terribles del presente hacen que su crónica/crítica, del tipo que sean, se exhiban como un campo de lecturas laterales donde el autor desdramatiza a posteriori lo que esperamos de él: un corpus apócrifo que puede ser leído transversalmente en la compilación que las secuencia linealmente y las ordena como una novela inconclusa de capítulos dispersos, un trabajo de escritura que avanza sin saber dónde, hacia un canon que no sabe que es tal y que se limita –en cada texto– a hacerse cargo de sus propias y extrañas necesidades y urgencias.



IV

La memoria de época. Porque lo que traza Prosas es la memoria de la segunda mitad del siglo XX. Teillier, como crítico y cronista es un sujeto atento tanto a la novedad literaria como al zeitgeist de su época. Para ser un poeta centrado en la nostalgia –la última utopía que se le puede conferir al paisaje– sorprende su ojo inmediato, capaz de captar el valor de A sangre fría o de emocionarse con el advenimiento de la Unidad Popular. El Teillier prosista complejiza al Teillier poeta o más bien a la imagen mítica construida de él por sus lectores, aquella estampita a la cual se aferran sus acólitos. Basta leer las crónicas seriadas de “El agua bajos los puentes”, sacadas de la revista Plan, a fines de los 60, para darse cuenta: pedazos de diarios de vida inventados ad-hoc por el autor para señalar su tránsito por el espacio de la cultura. Ahí, entre libros recibidos, novelas leídas, cartas de amigos, Teillier esboza pinceladas –literarias, biográficas o políticas– de un universo complejo y confuso. Con aquel diario de vida impune, absolutamente falso y arbitrario, se escenifica a sí mismo en un lugar mientras masca sus propias señas de identidad y se presenta como una criatura hecha de lecturas ociosas. De este modo, como si fuera un situacionista que practica la deriveé, Teillier anota: “Cada ciudad tiene una ‘geografía secreta’, que no es ciertamente la conocida por los buenos vecinos y turistas, sino aquella revelada por quienes la cantan o cuentan, sus poetas y escritores”. Repleto de esa geografía secreta, Prosas marcan un devenir donde transita la historia local contada con un ojo esperanzado o melancólico. Porque Teillier no es un cínico. Apenas sospecha. Su ironía es tan leve que apenas parece la sombra de una lamentación. Acostumbrado a vivir –ya escribir– al día, el Teillier cronista se entrega iluminado a los fantasmas de lo cotidiano. Mientras que Lihn, como cronista, revuelve su propio caldo avinagrado mientras sospecha y se entrega alegremente a una vanguardia que él mismo declara como muerta; Teillier es un paseante que camina por el campo cultural a una velocidad más bien leve, cortoplacista. Sus descubrimientos son microclimáticos y se incorporan de inmediato al ámbito de lo perdido, de lo irreparable. Prosas tiene la frecuencia modulada de un universo que se deshace. Lo extraño, lo triste o terrible es que lo hace sin demasiado drama. Mientras que su poesía es profundamente epifánica, su prosa es declaradamente anticlimática. Teillier elige escribir no como una opción desesperada –algo palpable en las crónicas de Lihn y Roberto Bolaño; en los discursos de sobremesa de Parra, en el working progress de un Claudio Bertoni– sino como una mecánica contemplativa. Llevado al escenario actual de la no-ficción local, está más cerca de Francisco Mouat que de Rafael Gumucio. Con la memoria centrada en lo nimio (la Pequeña Lulú, los western, la cartelera de cine, las conversaciones al azar, las cartas enviadas, Carlos Gardel, los Beatles su escritura lanza imágenes de un presente que se le devuelve como una interrogación no resuelta. Son los pedazos de un mundo que desaparece. Su queja podría ser la muestra y cada reseña o crónica o prólogo es un modo de remediar el vacío de la historia, el horror de un universo perdido pero también un sistema para constatar esa extinción, la comedia del arte en una “época en que vayamos siendo más ‘samurais’ en el sentido de quedarnos más solos, con la soledad de tigres de la selva de cemento”.





en Antítesis, núm. 1, Valparaíso, invierno 2006






















lunes, marzo 16, 2015

“El corazón verde”, de Felisberto Hernández








Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Lo di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos.

Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú y un mozo de café.

Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Ar gentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.

En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar.

Una tarde mi madre me dijo que me llevaría a casa de una abuela que vivía en la dársena y que vería un tren eléctrico; sin embargo esa mañana yo me había portado mal; me habían mandado a buscar almidón en caja; pero yo lo traje suelto y me retaron; al ratito me mandaron a buscar yerba y como yo la quería en caja, los almaceneros, que eran amigos de casa, me la pusieron en una caja de botines; pero yo había cometido otra falta: me volví a casa con «la plata» y me retaron porque no había pagado; al rato me mandaron a buscar fideos con un peso; yo traje los fideos pero no quise traer el cambio porque eso era traer la plata y me retarían; en casa se alarmaron porque no había traído el cambio y me mandaron a buscarlo; entonces los almaceneros escribieron en un papelito algo que tranquilizó a mamá. Decía: «El cambio está entre los fideos».

Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela —ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde—; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.

Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo:

—Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.

Y enseguida pasamos por lo del loco. Era una casa sin revocar y muy vieja. En la reja de una ventana había latas atadas con alambres y detrás gritaba continuamente el loco llamando a la gente que pasaba. Él era grande, gordo y tenía una camisa a cuadros. A veces venía la mujer, que era chiquita y flaca, para hacerlo callar; pero enseguida él seguía gritando y de pronto los gritos eran roncos.

Después cruzamos frente a la carnicería: yo pasaba allí mañanas enteras esperando que me despacharan; la gente estaba callada; pero un mirlo cantaba fuerte, siempre el mismo canto, y yo me aburría mucho.

Al pie del Cerro estaba la calle donde pasaba el tren de caballos; primero se oía la corneta y después el ruido de los caballos, las cadenas y el látigo largo para alcanzar al cadenero. Yo me hinchaba en uno de los dos asientos largos para estar frente a la ventanilla. Y mucho rato después me tenía que tapar las narices porque pasábamos por los frigoríficos que había cerca de un arroyo. A veces, cuando el tren y los caballos hacían ruido sobre el puente, yo me olvidaba de taparme la nariz y enseguida sentía el olor. Esa tarde nos bajamos en el Paso Molino y mi madre entró en una confitería a conversar con la dueña. Pasado un largo rato, la confitera dijo:

—Su niño mira los caramelos.

Y señalando los boyones me preguntaba:

—¿Quieres de éstos?… ¿De estos otros?

Yo le dije a mi madre que quería la tapa del boyón. Se rieron y la confitera me trajo la tapa de otro que se había roto hacía poco. Mi madre no quería que yo fuera con aquello por la calle; pero la confitera lo envolvió, lo ató y le puso un palito para agarrarlo.

Cuando salimos era de nochecita y yo vi en medio de la calle un zaguán iluminado; mientras mi madre me llevaba hacia él yo miraba los vidrios de colores. Ella me decía que era un tren eléctrico. Pero como yo lo veía de la parte de atrás seguía pensando que era un zaguán. En ese instante tocaron un timbre, el «zaguán» soltó un suspiro fuerte y empezó a resbalar despacio hacia adelante. Al principio apenas se movía y las personas que alcancé a ver dentro de él iban quietas como muñecos dentro de una vidriera. Nosotros no llegamos a tiempo y al ratito el zaguán iba lejos y dio vuelta por entre unos árboles.

La casa de mi abuela quedaba en una calle cerca del puerto. Se entraba por un patio largo y teníamos que subir escaleras. Después pasamos por un comedor donde había una mesa con una fuente de pasteles. Mi madre me había encargado que no pidiera; entonces yo le dije a mi abuela:

—Si me dan, pido; si no, no.

A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio. Antes de cenar me dejaron jugar con una chiquilina que se llamaba Ivonne. La madre tenía en la cabeza un gorro de papel de diario y toda la cara y la pañoleta llenas de plumitas blancas muy chiquitas.

Esa noche antes de dormir vi en la pared una escalerita de luces que eran reflejo de las persianas. Después no me desperté a pesar de que todos se levantaron por el ruido que hizo la tapa del boyón cuando se resbaló de abajo de la almohada y se cayó al suelo. Al otro día, cuando tomaba el café con leche, sentía a cada momento un grito raro y me dijeron que era el hipo de Ivonne; parecía que ella lo hiciera por gusto. Esa mañana ella me convidó para ir a ver un muerto en las piezas del fondo. La madre no quería dejarla ir porque tenía hipo. Yo miraba el gorro de papel de la madre y esa mañana el color de las plumitas era violeta. Enseguida pensé en el muerto. Ivonne le decía a la madre:

—Mamá, es un muerto de confianza; es aquel viejito que vendía gallinas.

Ivonne me dio la mano y me llevó; yo tenía miedo y no soltaba la mano. El viejito estaba solo y tapado con un tul. Ivonne no sólo soltaba los gritos del hipo sino que quería apagar todas las velas que había alrededor del cajón. De pronto entró la madre, la agarró de un brazo y la sacó corriendo; y como yo estaba fuertemente agarrado a la mano de Ivonne, a mí también me llevaron.

Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.

Yo estaba en una ciudad de la Ar gentina donde el encargado de arreglar mis conciertos había cometido errores desde el principio y al final no se había podido hacer nada. Mientras tanto tuve tiempo de ir descendiendo por todas las categorías de los hoteles del centro y al fin había caído en un barrio sospechoso de los suburbios, donde un amigo alquiló una pieza. A él los padres le habían mandado una cama y él me cedió un colchón. Hacía mucho frío y yo había gastado la mayor parte de mi dinero en comprar diarios viejos: los ponía abiertos encima de una cobija fina y arriba de ellos un sobretodo que me había prestado el encargado de mis conciertos. Una noche desperté a mi amigo con un grito feroz; yo también me desperté y me encontré poniendo una almohada en la pared: estaba soñando que allí había un agujero donde aparecía sonriendo un loco que tenía en la cabeza un gorro de papel de diario. Y después de pensar mucho en eso —no quería volver a dormirme porque tenía miedo de repetir la pesadilla— recordé el gorro de la mamá de Ivonne.

A los pocos días paseaba con tristeza entre las luces del centro de la ciudad, y de pronto decidí empeñar el corazón verde para ir al cine. Esa noche, después de la función me animé a pedirle dinero a otro amigo que tenía en Buenos Aires; ya le debía mucho, pero ahora me arriesgaría porque tenía casi arreglado un concierto en una ciudad vecina. Esa misma noche volví a pensar en el gorro de la mamá de Ivonne y decidí mandarle preguntar a la mía qué hacía aquella señora con las plumitas y el gorro de papel de diario. Es posible que mi madre lo hubiera sabido. También le dije que yo recordaba haber visto que la señora tironeaba algo que tenía en las faldas y yo había pensado que desplumaba a un animalito.

Cuando vino el dinero, rescaté el corazón verde y me fui a la ciudad vecina. Allí todo fue bien desde el principio y pude hospedarme en un hotel cómodo. Me habían dado una pieza con tres camas, una de matrimonio y dos de una plaza. Yo quería una pieza para mí solo y yo podía elegir la cama que quisiera. A la noche, después de una cena más bien exagerada, elegí la cama de matrimonio y puse en ella las frazadas de todas las camas. Los muebles eran de una vejez muy oscura y los espejos eran borrosos y veían mal la luz.

La tarde que di el primer concierto, tuve tiempo —antes que se cerraran los negocios— de comprar libros, lápices de colores para subrayarlos y un índice muy lindo al que después le buscaría aplicación. Apenas cené y me metí con los libros en la cama de matrimonio, pensé en el cine y no pude resistir a la tentación: me vestí de nuevo y fui a ver una película vieja en que unos enamorados se daban besos largos. Era muy feliz y no quería acostarme; fui a un café donde había un ñandú muy manso que vagaba a pasos lentos entre las mesas. Yo estaba distraído mirándolo y dando vuelta entre los dedos al alfiler de corbata cuando el ñandú vino apresuradamente hacia mí, me sacó de un picotón el corazón verde y se lo tragó. Mis ojos miraban con desesperación el alfiler bajando, como un bulto dentro de una media, por el cuello del ñandú; hubiera querido hacerlo correr hacia arriba; pero llegó el mozo del café y me dijo:

—No se preocupe.
—¡Pero, señor! ¡Si es un viejo recuerdo de familia!
—Escuche, caballero —me decía el mozo levantando una mano como el vigilante que detiene un vehículo—: El ñandú se ha tragado muchas cosas y siempre las ha devuelto. Quédese tranquilo, que mañana o pasado yo le entregaré su alfiler como si nada hubiera ocurrido.

Al otro día vi en los diarios las crónicas de mis conciertos. Pero uno de ellos traía en primera plana un título que decía: «La estadía del pianista depende del ñandú». Y el artículo estaba lleno de bromas.

Ese mismo día recibí carta de mi madre en que me decía que la mamá de Ivonne hacía cisnes de polvera, que los hacía de todos los colores y que los tironeos serían para sacar las plumitas del paquete, porque a veces venían muy apretadas.

Al otro día el mozo del café me trajo el alfiler y me dijo:

—Ya le había dicho yo, señor; el ñandú es muy serio y devuelve todo.

Para otra vez que vaya a descansar a ese pueblito de recuerdos, tal vez me encuentre con que la población ha aumentado; casi seguro que allí estará aquel diario verde y los quintillizos a quienes les pinché los ojos con el alfiler.



en Novelas y cuentos, 1960