domingo, diciembre 07, 2014

"Maiakovski", de Boris Pasternak




Boris Pasternak                                              Vladimir Maiakovski


No describiré minuciosamente mis relaciones con Maiakovski, que nunca fueron íntimas. Todos exageran con respecto a la estimación en que me tenía. Sus juicios sobre mis obras han sido deformados. No le gustaban El año 1905 ni El teniente Schmidt, y consideraba que había sido un error escribir ambas obras. Le gustaban dos libros míos: Por encima de las barreras y Mi hermana la vida.

No referiré la historia de nuestros choques y nuestras divergencias. Trataré de dar, en la medida de lo posible, una definición general de Maiakovski y de lo que Maiakovski significó. Una y otra, se entiende, tendrán el matiz y la parcialidad de un juicio subjetivo.

Comencemos por lo esencial. Nosotros no tenemos ni idea de los sufrimientos del corazón antes de un suicidio. Las crueldades en el potro del tormento hacen perder el conocimiento a cada instante; los sufrimientos de la tortura son tan grandes que su misma insoportabilidad acelera su fin. Pero un hombre que está a punto de sucumbir en manos del verdugo no está todavía aniquilado, no se ha precipitado aún en la inconsciencia que ocasiona el dolor: asiste a su propio fin. Su pasado le pertenece, sus recuerdos lo acompañan; puede servirse de ellos si quiere, pueden ayudarlo en el instante de la muerte.

Quien llega a la determinación del suicidio se pone sobre sí mismo una cruz, vuelve la espalda al pasado, se declara a sí mismo fracasado, anula los recuerdos. Los recuerdos no pueden alcanzarlo, salvarlo, socorrerlo. La continuidad de la existencia interior se hace trizas y la personalidad acaba. Acaso uno se mate, no por fidelidad a la decisión tomada, sino porque es insoportable esta angustia que no se sabe a quién pertenece, este sufrimiento que no tiene quien lo sufra, esta espera vacía, que no llena la vida que continúa.

A mi entender, Maiakovski se mató por orgullo, por haber condenado algo en sí o en torno suyo, algo con lo que no podía conciliar su amor propio. Esenin se ahorcó sin haber reflexionado bien las consecuencias, pensando en el fondo del alma: «¡Quién sabe! Tal vez éste no sea todavía el fin, nada se sabe, la abuela pronunció dos presagios al mismo tiempo.» Marina Tsvetaeva se defendió con el trabajo, durante toda la vida, contra la cotidianidad, y, cuando le pareció que aquello era un lujo inadmisible, que por amor al hijo debía temporalmente sacrificar la pasión por la que se sentía atraída y mirar fríamente en torno suyo, advirtió el caos que jamás había dejado penetrar en su creación, un caos inmóvil, insólito, corrompido; se quedó horrorizada y, no sabiendo cómo escapar al horror, buscó refugio, al azar, en la muerte, metiendo la cabeza en un nudo corredizo como bajo una almohada. A mi entender, Paolo Iashvili no comprendía ya nada cuando, cogido como por brujería en la red del «chigalevismo» de 1937, miró una noche a su hija dormida y, no sintiéndose ya digno de mirarla, por la mañana se fue a ver a sus compañeros y se acribilló el cráneo de un escopetazo. Y creo que Fadeiev, con aquella sonrisa culpable que había sabido mantener a través de todos sus astutos tejemanejes de la política, en el último instante antes del pistolazo, pudo haberse despedido de sí mismo con palabras como estas: «¡Bah! Todo ha terminado. ¡Adiós, Sasha! »

Pero todos sufrieron de una manera inenarrable, hasta el punto de que el sentido de la angustia era ya una psicopatía. Y por encima de sus ingenios y luminosas memorias, inclinémonos compasivamente también ante sus sufrimientos.

En el verano de 1914, en un café del Arbat, había de tener efecto el encuentro de los dos grupos literarios. Por nuestra parte, éramos Bobrov y yo. Por parte de los demás, estarían Tretiakov y Shershenevich, quienes llevaron consigo a Maiakovski.

Con gran sorpresa por mi parte, advertí que la fisonomía de aquel joven me era conocida de los pasillos del Gimnasio Quinto, que también él había frecuentado, dos clases detrás de la mía, y que también lo había visto durante los entreactos en las salas de concierto.

Poco antes, quien había de ser uno de los fanáticos seguidores de Maiakovski, me había mostrado una de las primeras obras publicadas por éste. Entonces no comprendía aún a su futuro dios, y me mostró aquella novedad más bien con escarnio e indignación, como si se tratara de un absurdo sin valor alguno. En cambio, aquellos versos me gustaron a mí extraordinariamente. Eran sus primeras radiantes tentativas, que luego formaron parte del libro Sencillo como un mugido.

Ahora, en el café, su autor no me gustaba menos. Ante mí estaba sentado un apuesto joven de aspecto sombrío, de voz grave de protodiácono y puños de boxeador, espíritu mortífero y una mezcla de héroe mítico de Alexandr Grin y torero español.

Adivinábase en seguida, aun siendo bello, ingenioso y bien dotado, más bien, archidotado, que lo esencial no radicaba en esto, sino en cierto férreo dominio interior, en ciertos rasgos hereditarios o tradicionales de nobleza, en un sentido del deber que no se permitía a sí mismo ser otro, menos bello, menos ingenioso y menos dotado.

Y su decisión, su misma alborotada cabellera que peinaba con los cinco dedos de la mano, me hicieron recordar inmediatamente la figura del joven conspirador terrorista, uno de esos personajes menores y provincianos de Dostoievski.

No siempre la provincia se queda rezagada en detrimento suyo respecto de las capitales. A veces, en un período de decadencia de los grandes centros urbanos, los rincones remotos se salvan gracias a una beneficiosa y antigua tradición que conservan. Así, desde un lejano mundo de guardabosques, en su Transcaucasia natal, Maiakovski había llevado al reino del tango y los skatingrings la convicción, todavía indestructible en las provincias perdidas, de que la instrucción en Rusia solamente podía ser revolucionaria.

Aquel joven integraba estupendamente sus naturales dones exteriores con el desorden artístico al que se abandonaba, con la enormidad tosca y descuidada del alma y la figura, con los rasgos de la rebeldía bohémienne con la que con tanto gusto se envolvía y recitaba. Tan maduro, tan arraigado era su gusto, que parecía más viejo que él. Tenía veintidós años; su gusto, por decirlo así, tenía, en cambio, ciento veintidós.

Me gustaban profundamente las primeras poesías de Maiakovski. En el fondo de las payasadas de la época, su seriedad grave, severa y doliente, ¡resultaba tan insólita! Era una poesía magistralmente esculpida, altiva, demoníaca y, al mismo tiempo, terriblemente condenada y agonizante, casi implorando socorro.

            Te lo suplico, Tiempo: aunque seas un ciego pintamonas, pintarrajea mi rostro en el iconostasio de este aborto de siglo. Estoy solo, como el único ojo de un hombre que avanza hacia los ciegos.

El tiempo lo escuchó y cumplió su súplica. Su fisonomía ha sido pintada en el iconostasio del siglo. Pero ¡qué no era preciso poseer para verlo y adivinarlo!

O bien, dice:

            ¿Comprenderán por qué yo, tranquilo,
            en una tormenta de escarnio,
            llevo el alma sobre un plato
            al banquete de los años futuros?...

No se pueden evitar los paralelos litúrgicos. «Cállese toda carne humana, esté con temblor y espanto, y no piense dentro de sí en nada terreno. El rey de reyes y señor de los señores viene para inmolarse y ofrecerse como alimento de los fieles.»

A diferencia de los clásicos, para quienes era el sentido lo que importaba en los himnos y plegarias; a diferencia de Pushkin, que en los Padres del desierto parafraseó a Efrén de Siria, y de Alexis Tolstoi, que rimó las lamentaciones fúnebres del Damasceno, a Blok, a Maiakosvki y a Esenin les atraían los fragmentos de cánticos y escrituras eclesiásticas en su expresión literaria, como fragmentos de vida cotidiana, lo mismo que la calle, la casa y cualquier palabra del lenguaje corriente.

Estos filones de antigüedades literarias sugerían a Maiakovski la construcción paródica de sus poemas. Hay en él una multitud de analogías, sobreentendidas y subrayadas, con imágenes canónicas, que invitan a la inmensidad, exigiendo brazos poderosos y solicitando la audacia del poeta.

Fue bueno que Maiakovski y Esenin no rehuyeran cuanto sabían y recordaban desde la infancia, que volvieran a estas tierras familiares, utilizaran la belleza encerrada en ellas y no la dejaran escondida.

Cuando conocí más de cerca de Maiakovski, descubrimos imprevistas coincidencias técnicas, afinidad en la construcción de imágenes, analogías en el modo de rimar. Me gustaba la belleza, la precisión de sus movimientos. No pedía nada más. Para no repetirlo, para no parecer un imitador suyo, comencé a reprimir en mí toda inclinación a recordarlo, todo tono heroico, que en mi caso habría sido falso, toda búsqueda de efecto. Esto restringió mi estilo y lo purificó.

Maiakovski tenía vecinos. En poesía no estaba solo, no era un desierto. Antes de la revolución, su rival en la escena era Igor Severianin y, en la arena de la revolución popular y en el corazón de la gente, Sergei Esenin.

Severianin dominaba las salas de concierto y, diciéndolo en jerga teatral, «agotaba las localidades». Cantaba sus versos sobre cualquier motivo conocido de óperas francesas, y la cosa no resultaba vulgar ni ofensiva para el oído.

Su incultura, su falta de gusto, sus toscos neologismos, unidos a una dicción poética envidiablemente pura y suelta, creaban un género particular y extraño, que era como un tardo ingreso del turguenievismo en la poesía, bajo una capa de trivialidad.

Nunca, desde los tiempos de Koltsov, la tierra rusa había producido nada más connatural, más arraigado, más oportuno y congénito que Sergei Esenin, don ofrecido a su época con rara desenvoltura, sin gravámenes de celo populista. Además, Esenin era una partícula viva, palpitante, de esa condición artística que definimos, siguiendo el ejemplo de Pushkin, como principio superior mozartiano, elemento mozartiano.

Esenin consideró su propia vida como un cuento. Como Iván, el hijo del zar, sobrevoló el océano montado en un lobo gris; como en el Pájaro de fuego, agarró por las plumas a Isadora Duncan. También sus versos los escribió a la manera de los cuentos, ya haciendo solitarios con las palabras, igual que si fuesen naipes, ya escribiéndolas con sangre del corazón. Lo más precioso en él era la imagen de la boscosa naturaleza de la tierra natal, de la Rusia central, de la zona de Riazan, transmitida con sorprendente frescura, como se le había dado en la infancia.

En comparación con Esenin, el don de Maiakovski es más pesado y más tosco, pero acaso más profundo y más amplio. El lugar de la naturaleza eseniana está tomado del laberinto de la gran ciudad donde el alma solitaria de nuestros tiempos se ha extraviado y confundido. Maiakovski pinta su drama, su pasión y su falta de humanidad.

Como he dicho, nuestra intimidad ha sido exagerada. Una vez, cuando nuestras divergencias se exacerbaron, estábamos discutiendo en casa de Aseiev. Maiakovski definió de este modo nuestra diferencia, con su habitual humorismo: «¡Qué le vamos a hacer! Ciertamente somos distintos. Usted ama el rayo en el cielo y yo en la plancha eléctrica.»

No comprendía su celo propagandístico, la integración forzada de sí mismo y de sus compañeros en la conciencia social, la manía asociativa y cooperativa, la sumisión a la voz de la actualidad.

Menos aún comprendía la revista que dirigía, Lef, y sus colaboradores y el sistema de ideas que defendía en ella. La única persona coherente y honesta en aquel círculo de negadores era Sergei Tretiakov, que había llevado la negación hasta su natural consecuencia. Como Platón, Tretiakov consideraba que no hay lugar para el arte en un joven estado socialista, al menos, en el momento de su nacimiento. Pero ese arte falso que vegetaba en Lef, estropeado por rectificaciones conformistas, privado de inspiración, de carácter artesano, no valía las preocupaciones y trabajos que costaba, y podía ser sacrificado sin pena.

Con excepción del documento A plena voz, escrito antes de morir y hecho inmortal, el último Maiakovski, a partir del Misterio bufo, fue inaccesible para mí. No logro comprender esas pequeñas frases temáticas de caligrafía toscamente rimadas, esa alambicada vacuidad, ese revoltijo tan chato y artificioso de lugares comunes y perogrulladas expuesto tan artificialmente. Este, a mi entender, es un Maiakovski nulo, inexistente. Y es extraño que se haya querido considerar revolucionario justamente a un Maiakovski inexistente.

Pero, por error, se nos consideraba amigos, tanto que, por ejemplo, Esenin, durante el período de su descontento con el imaginismo, me pidió que lo reconciliara con Maiakovski y concertara una entrevista con él, creyendo que yo era la persona más indicada para esto.

Aunque Maiakovski y yo nos hablábamos de usted y Esenin y yo nos tuteábamos, mis encuentros con éste fueron todavía más raros. Pueden contarse con los dedos, y siempre concluían con escenas frenéticas. O nos jurábamos fidelidad con lágrimas en los ojos, o disputábamos encarnizadamente, hasta el punto que habían de separarnos a la fuerza.

En los últimos años de la vida de Maiakovski, cuando ya no había más poesía de nadie, ni suya ni de ningún otro; cuando Esenin se ahorcó; cuando, para decirlo más sencillamente, acabó la literatura –porque también había sido poesía la primera parte de El Don apacible, e incluso la primera actividad de Pilniak y de Babel, de Fediny de Vsevolod Ivanov–, durante estos tres años, Aseiev, compañero magnífico, inteligente, dotado de una verdadera libertad interior, sin ningún velo ante los ojos, fue su amigo verdadero y más próximo y un apoyo seguro como ningún otro.

Yo, en cambio, mientras tanto, me había alejado definitivamente de Maiakovski. He aquí el motivo por el cual rompí con él. Aunque hubiese declarado que no quería colaborar más en Lef ni pertenecer a su grupo, mi nombre continuaba figurando en la lista de colaboradores. Escribí a Maiakovski una carta desagradable que debió enfurecerlo.

En años anteriores, cuando yo experimentaba todavía la fascinación de su luz, de su fuerza interior, de sus inmensas posibilidades, de sus méritos de artista, y él me pagaba con su afecto, le había regalado un ejemplar de Mi hermana la vida, con una dedicatoria en la que se leían, entre otros, estos versos:

            Usted está ocupado con nuestro balance,
            con la tragedia del VSNJ
            ¡usted, que cantó como el Holandés errante
            en la orilla de cualquier verso!
            Sé que su camino es sincero,
            pero ¿qué pudo impulsarle
            bajo las bóvedas de estos hospicios de pobres
            ese camino sincero de usted?

Sobre aquel período se dijeron dos frases célebres: que la vida comenzaba a hacerse mejor, más alegre, y que Maiakovski había sido y seguía siendo el mejor y más genial poeta de la época. Con respecto a la segunda frase, envié una carta personal de gratitud al autor de esas palabras, con la cual se ponía fin a la exageración en cuanto a la importancia personal que se me había concedido a mediados de los años treinta durante el congreso de escritores. Amo mi vida y estoy satisfecho de ella. No necesito de oropeles. Una vida sin misterio, sin intimidad, mostrada en un escaparate, es inconcebible para mí.

Empezaron a imponer por la fuerza a Maiakovski como las patatas en tiempos de Catalina. Ésta fue su segunda muerte. De ella no tuvo la culpa.




en Vida y poesía, 1963













sábado, diciembre 06, 2014

“La llegada”, de Lan Ling








Descansando en el jardín ajeno de tu frente,
Nosotros, como la mañana, consagramos
El aterciopelado brillo de la luz que se ha elevado
Por encima de diez mil muros y ha
Caído en el majestuoso fuego celestial. No
Siempre podemos ocultar nuestra
Alegre sorpresa. Todas las primaveras, después de la
Nieve, siempre regresan inesperadamente
Algunos viejos amigos y traen la nieve fundida
Y el calor del Tercer Mes. Tanto si
Estás mucho o poco tiempo, para nosotros
Con tu visita comienza una época de
Celebración. En tu frente ascendemos a la
Sencilla pureza de todas tus mañanas.



en El barco de las orquídeas
(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007










viernes, diciembre 05, 2014

"Diverso.es", de Adolfo Cueto

Tres poemas




Autopista sin más


El frío entró en nosotros con su dura intemperie
como extensa llanura,
con sus frases ya hechas. Con sus constelaciones
de ciudad alejándose. Un frío descampado, un frío
cibernético, paisajes repitiéndose
en medio de la nada. Paneles luminosos, apartados,
señales que conducen a una sola carretera.
El frío de noviembre que ahora dice tu nombre
y vacía las cosas
y nos hace minúsculos,
indigentes, cobardes;
y ha quebrado los días.

Un mundo que se rompe
y nos muestra su grieta:
un mundo sin sonido, un mundo
fracturado.






Poética sísmica


Un rumor progresivo, un temblor que nos coge
con lo puesto: una gran
sacudida de magnitud alta, que detiene
las horas, nos golpea
de nuevo, removidos de pronto. Su revés
deja un roto, tanta vida deshecha, escombreras, mansiones
derrumbadas, cayéndose (nuestro edificio
ya es esto, es esta casa
derruida). Y gritamos
en seco, respiramos despojos con los labios
quebrados, hormigón desmigado, rajaduras
del alma. Conmovidos, inversos, las palabras
sangrando aún…

                             Y por qué,
y hacia dónde: no saber por qué nada, por qué tú,
por qué todo. Las preguntas no al aire, que se las lleve el
viento, sino a ras
muy de tierra, si es que hay alguien
que escuche: si es que hay alguien ahí afuera, en el lugar
del llanto.






Restos de un incendio
Migala


Ahora que entro, por cierto
en tu cuerpo, aún más hondo, libremente, al final
de mí mismo, a ese incógnito
ático, al lugar
más secreto de ti, más profundo, a este arcano
de quietud y silencio: ahora –escucha– que digo
con mi vida tu nombre, he juntado palabras
de mi carne en tu carne, penetrada y desnuda,
desnudándome a mí, por si acaso, hasta dentro
como nunca, al final, siempre lejos, más
hondo, a un paisaje reunido
anchamente. Te amo: he juntado residuos, restos solo
de un fuego, el fulgor de un incendio
que no acaba en sus llamas.




















jueves, diciembre 04, 2014

“Elogio a la cultura chilena”, de Ciro Alegría








Cuando llegué a Chile me sorprendió advertir la extensa cultura, el buen juicio y el pensamiento constructivo de la juventud de ese país. Los muchachos de Chile carecían del resentimiento, de la desubicación, del espíritu de pueril protesta y alharaquienta subversión que predomina entre los peruanos. Aun los de ideas revolucionarias no eran revoltosos. Tropecé con un ascensorista que estaba leyendo a Goethe y vi mil casos parecidos más. Pude verificar que todo eso se debía, en gran parte, a la sólida orientación humanista que dejó al país, como su mejor legado, el maestro Andrés Bello. Un muchacho que pasa por lo que allá se llama humanidades, o sea, la instrucción media, ha leído y asimilado una enorme cantidad de obras clásicas. Tiene una idea histórica de la cultura y está adiestrado para participar de sus excelencias. En las universidades y escuelas especiales, continúa frecuentando las humanidades. Autores antiguos y modernos, que tratan de los más desinteresados aspectos de la vida, contribuyen inclusive a la formación del técnico. Y por tal motivo, al César lo que es del César, el pueblo chileno en conjunto está mejor preparado que el peruano… Y el desarrollo armónico se debe a esa educación de primera clase.



en “La cultura y los jóvenes”, El Comercio, Lima, 1957



Extraído de Memorias: mucha suerte con harto palo, 1976










miércoles, diciembre 03, 2014

“Un viejo abandona la fiesta”, de Mark Strand

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio


(1934-2014)


Quedó claro cuando dejé la fiesta
que aunque yo estaba por sobre los ochenta, todavía tenía
un hermoso cuerpo. La luna brillaba como lo hace
en momentos de profunda introspección. El viento retenía su aliento.
Y mira, alguien dejó un espejo apoyado contra un árbol.
Asegurándome que estaba solo, me saqué la camisa.
Las flores de la yuca inclinaron sus cabezas bañadas de luna.
Me saqué los pantalones y las urracas volaron rodeando las secoyas.
Abajo en el valle el chirriante río fluía otra vez.
Qué extraño estar entre los bosques solo con mi cuerpo.
Sé lo que estás pensando. Alguna vez fui como tú. Pero ahora
con tanto tras de mí, tantos árboles de color esmeralda y
tantos blancos campos de maleza, montañas y lagos, ¿cómo podría no
ser yo mismo, este sueño de carne, de tiempo en tiempo?




en Blizzard of one, 1998












martes, diciembre 02, 2014

“Canelo”, de Leonel Lienlaf








Sus húmedas hojas
sacuden espíritus pesados
que se amarraron a mis pies
ayer tarde
en el estero.




Foye

Tañi narfüke tapül
mütxorigün faneke püllu
txariwpalu tañi pu namun mew
wiya nagantü
txayenko mew



en Epu mari ülkatufe ta fachantü, 2003









lunes, diciembre 01, 2014

“Santiago a tajo abierto”. Entrevista a Humberto Giannini, de Faride Zerán



(1927-2014)


Los seres eligen sus vidas y la sociedad debe respetarlos, dice este filósofo que de vuelta a Chile luego de vivir tres años en Italia, escudriña en la ciudad buscando el alma de la polis y se reencuentra con una ciudad fragmentada, con barrios que no se topan, con gente que no se mira, que no dialoga. Santiago está más bello, reconoce, pero es una belleza fría, hipócrita, como sus habitantes que incapaces de dialogar usan la palabra vacía en una retórica que los aleja de su carta de ciudadanos y miembros de una comunidad.

Cuando se le confirió el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 1999, el jurado fue asertivo al describir en pocas palabras el trabajo de este catedrático de la Universidad de Chile, autor de una decena de libros como Desde las palabras; La reflexión cotidiana: hacia una arqueología de la experiencia; Metafísica del lenguaje, o su Breve historia de la Filosofía, que con más de 18 ediciones se apronta ahora a actualizarla mientras trabaja en torno a la filosofía socrática aterrizada al Chile del siglo XXI. “El premiado- señaló dicho jurado- ha llevado la posición y reflexión filosófica a los espacios de la vida cotidiana colocando la filosofía al servicio de la discusión social”.

En ese ejercicio se enmarca este diálogo sostenido a sólo cuatro meses de su regreso a Chile, luego de tres años de cumplir funciones de agregado científico-académico en Roma. En su casa de Ñuñoa, a pocas cuadras del Campus Juan Gómez Millas, de la Universidad de Chile, donde ejerce su pasión de profesor-filósofo a tiempo completo, el rostro de este integrante del recientemente creado Consejo Nacional de la Cultura va mutando a medida que transcurre la entrevista. De la mirada afable a la perplejidad; de la visión optimista a la impotencia, de la razón a la reflexión. Es Humberto Giannini, de vuelta a casa y desmenuzando el sinsentido de una ciudad fragmentada.


¿Cómo ves la ciudad luego de tres años de ausencia?
Hay un progreso material de la ciudad, se nota, impacta a primera vista. La ciudad se está rehaciendo, hace tiempo que también se está recoloreando. Santiago es una ciudad menos gris, está más bella. Pero sigue igual o peor la prepotencia de los micreros. En fin, mi mirada a la ciudad en ese sentido es bastante positiva. Y esto del destape del cual se ha hablado y que tiene que ver con hechos producidos aquí habría que discutirlo mucho, tendríamos que analizar de qué tipo de destape se trata. Por ejemplo, el destape español fue un destape real, se empelotaron y hablaron de todo lo que querían hablar. En Chile me parece que no ha sido así, el destape ha sido con los problemas de siempre, con los prejuicios de siempre y no me parece un destape real.

¿A qué te refieres? ¿Cuándo podríamos hablar de un destape real?
Para que exista un destape de verdad debe haber la voluntad de hablar, la voluntad de ser franco, la voluntad de decir las cosas cara a cara. Pero aquí vemos un destape que se traduce en decir más garabatos en la tele, y no me parece que ese sea el fin más serio de un destape. En ese sentido me parece que las cosas no han cambiado.

¿Apuntas al alma de la polis?
Sí. Santiago sigue siendo una ciudad muy dividida, una ciudad donde se nota mucho que hay un barrio alto, se nota mucho que hay barrios pobrísimos. Quizás pavimenten algunas calles, se cambie el rostro, pero sigue habiendo una diferencia muy grande entre un barrio y otro. La gente de un barrio no visita el otro y eso se agrava internamente. Por ejemplo, la educación en Chile tiende a diferenciarse todavía más. Una de las cosas que me emocionaba, no solamente en Italia, también en Francia, es que el liceo sigue siendo el alma de la democracia. Si tú tienes un liceo que es lo más grande que tiene la educación, con los mejores profesores, y allí van los mejores alumnos, ricos y pobres, en realidad estás gestando una nueva sociedad y estás consolidando los valores de una república. Esa es una sociedad totalmente abierta a todo y donde se da la fusión social, aunque haya gente rica y pobre porque básicamente el liceo está respaldando la conformación de una sociedad libre. En cambio aquí, encuentras colegios que valen 200 mil pesos mensuales. ¿Cómo los paga la gente de clase media? Eso es para la gente rica. Hay universidades que valen 300 mil pesos mensuales y que son malas porque tienen un espíritu puramente técnico. Se nota mucho más en Santiago que en otras partes este fenómeno de la ciudad fragmentándose.

¿Y cuál es el correlato en la forma de ser del habitante de esta ciudad? ¿Hay cambios en el santiaguino de inicios del siglo XXI?
Estando afuera leí un estudio de un grupo de psiquiatras que analizaba al ciudadano de distintas partes, y señalaba que el santiaguino era uno de los ciudadanos más neuróticos del mundo. Uno lo siente, lo presiente. Me siento muy ofendido cuando doblo mal una esquina y me tapan y me sacan la madre. ¡Yo no sé como no me matan! Hay una actitud beligerante, una actitud muy poco amiga del diálogo. ¿Y dónde vas a dialogar? Además, aquí se trabaja mucho y parte del trabajo es movilizarse ya que vivimos en una ciudad donde moverse cuesta unas tres horas al día en los trayectos de ida y vuelta. La gente queda agotada, llega a sus casas y la televisión no es una posibilidad de diálogo aunque podría serlo. En otros países hay programas donde el público está invitado y participa, en cambio aquí son programas bastante sórdidos en general. ¿Entonces, dónde puedes encontrar diálogo?

Por ejemplo, en los ámbitos intelectuales y académicos.
No. La universidad está profesionalizada, incluso la Universidad de Chile, y el profesor cree que haciendo su clase y yéndose ha cumplido con su rol. No hay instancias de conversar proyectos. Desde que regresé no sé si he conversado tres veces con amigos, pero así reuniones, proyectos no existen. La universidad ha dejado de ser un proyecto.



Los diálogos ciudadanos

En tu ensayo “Ética de la proximidad”, donde la describes como una reflexión fundada en la experiencia que se tiene del otro, no sólo como otro ser humano, sino cómo prójimo, señalas a modo de propuesta que es en la ciudad del siglo XXI donde el ciudadano podrá ejercer plenamente sus derechos democráticos por lo que es preciso, agregas, “encauzar la política hacia la fortaleza de la polis, verdadero centro de civilidad; replanificar la ciudad a fin de posibilitar el encuentro diario de los ciudadanos en el espacio público y, al mismo tiempo, garantizar a cada cual un espacio digno e inviolable de recogimiento”. Estamos iniciando el siglo XXI, sin embargo el ciudadano en tanto miembro de una polis que ejerce su carta de ciudadanía tampoco se perfila con claridad.
No se ve perfilado pero la ciudad es la que concita mayor interés en el plano político, la gente está interesada por todo los problemas que tienen que ver con la ciudad. Es en la ciudad donde el ciudadano puede hablar, puede participar, puede votar por proyectos concretos, puede reclamar.

Pero eso se da más en el ámbito de la comuna.
Sí, pero se puede extender a toda la ciudad, por ejemplo se puede extender a una ciudad que necesita espacios de arte, que necesita, bueno, tener una sinfónica. En Italia vi este fenómeno con fuerza. El italiano primero es romano y después es italiano; primero es florentino y después es italiano. O en la medida en que puede ejercer sus derechos ciudadanos, en la ciudad, en esa misma medida participa más del concepto más abstracto de Italia o de Chile. Eso cada vez más da con mayor fuerza, las naciones se vuelven bastante complicadas, bastante complejas, bastante abstractas a veces. Esto significa igualmente establecer diálogos ciudadanos y ejercer sus derechos como tales, lo que representa una posibilidad que está a la vista y que se ejerce en pequeña escala. Cuando me cobran mal una contribución yo voy a reclamar y por último puedo pedir hablar con los jefes o puedo ejercer una presión como ciudadano. ¿Pero en Chile, cómo exijo mis derechos como ciudadano? ¿Si vivo en San Pedro de Atacama, que es un pueblo maravilloso y pobre, miserable, cómo ejerzo ahí mis derechos ciudadanos?

¿Qué siente un filósofo como tú ante esta realidad de una ciudad fragmentada que además desconfía de su vecino, que levanta murallas? ¿Cuáles son las áreas que potenciarías para cambiar esto?
Es verdad, no nos miramos a la cara, no dialogamos, hay que buscarle la cara para saludar al vecino porque no lo hace. Pero la ciudad da esa posibilidad, primero con los intereses que te va creando. Por ejemplo, como padre, como madre, tenemos que pertenecer a una escuela donde están nuestros hijos y ejercer derechos en esa escuela. Ningún dueño de escuela es dueño de esa escuela en tanto hay muchos niños que están confiando en esa capacidad de que no haya exclusión, mirar todo eso por ejemplo, que no haya exclusiones, que se enseñe lo que más interesa a un ciudadano. Allí puedo ejercer un poder, a lo mejor no lo puedo ejercer en el Ministerio de Educación, pero sí en la escuela donde están mis hijos. También puedo ejercer mis derechos en el sector donde vivo, en el ámbito donde algún efecto puede tener mi voz y mi voto e incluso hasta mi violencia verbal. Hay un sector donde vale mi presencia.



La filosofía y la reconquista del lenguaje

Ese es el ejercicio ciudadano en tanto habitas en una democracia, sin embargo han surgido estudios en el último tiempo que señalan que la gente cada vez valora menos la democracia.
Y es justamente en la educación donde se debe plantear el desafío de volver a represtigiar la democracia y también en la posibilidad del diálogo que uno debe establecer. Uno debe establecer un diálogo donde sea esencialmente crítico del diálogo. En este momento estoy dedicado a eso, a reformular una filosofía que sea un poco socrática, que parta de la posibilidad de preguntarle al otro “¿qué quieres decir con esto?” Y que eso dé la base para una reconstitución del lenguaje, lenguaje que es bastante mezquino y pobre en Chile. Aquí está gastado y nos quedamos con las palabras, pero si pinchas las palabras ellas no dicen nada. Yo preguntaba a mis alumnos qué significa mandar, qué significa obedecer, qué criterios pone delante, qué obligaciones nos exige. Hay un mundo de cosas que se pueden decir, por eso pienso que la filosofía debe dedicarse a reconquistar el lenguaje en Chile. Y esto no lo podría decir por ejemplo en Francia, donde son totalmente críticos del lenguaje. Viven pendientes de que las palabras se usen bien y por lo tanto, que las acciones sean justas de acuerdo a las palabras.

Es la demanda de coherencia entre la palabra y su significado.
Pero aquí hay un descuido… no sé si descuido, más que eso. Debemos redescubrir el lenguaje a partir de experiencias. Y esta necesidad parte de la mediación que ejercen los medios sobre las personas porque nosotros estamos de alguna manera mediatizados por objetos como la televisión. No es que sea mala, pero ella tiene su lenguaje y como el lenguaje casi siempre tiene fines que no son los míos, yo tengo que estar preguntándome o criticando o ejerciendo una especie de control sobre el lenguaje que me dan los medios. Tengo que hacerlo para poder vivir honradamente conmigo mismo. Por eso creo que el lenguaje tiene que ser reconquistado. Estamos mediatizados por un lenguaje inteligentemente dirigido. A veces es un lenguaje que no es el nuestro, que tenemos que reconquistarlo a través de la experiencia y esta experiencia no puede ser solamente la mía, sino que tiene que ser una experiencia compartida. Yo hace muchos años que insisto majaderamente que una experiencia común, si no es común es dolorosa y no va a ninguna parte. La experiencia que se gana en el mundo es una experiencia común.

Ese es el rescate de lo colectivo pero en un mundo que cada vez es más individualista.
También tiene esa necesidad de reconquistar lo común porque la individualidad es muy fuerte. Yo exagero, pero siempre digo secundariamente que somos individuos, primariamente somos seres ligados de tal manera al mundo de los otros que sería tonto no concederlo.

Esa es la tesis central de tu ensayo “Etica de la proximidad”.
Sí, que nosotros primero somos dos, y después uno. Podemos tener muchos ideales hermosos y vale la pena que los tengamos, pero no debemos olvidar que vivimos en relación a ciertos caminos diarios que hacemos, que los volvemos a hacer y que tenemos una relación ante eso que vivimos. Uno de los puntos de este camino es la casa. La casa, el rancho, lo que sea. En países como Chile está la necesidad de dignificar lo que significa el lugar donde vivo, solo o acompañado, dignificarlo, que no sea una pieza que se llueva; que no sea una pieza que se exponga a los demás, que sea un sitio donde la privacidad se conquista nuevamente, porque el día es un día hermoso cuando tú tienes relaciones con los demás, pero también es hermoso cuando te recoges a lo tuyo. Ahora, quien no tiene donde recogerse vive una vida sub-humana, o quien se recoge a un lugar donde viven ocho personas en una pieza, vive en una situación inhumana. Esa persona no puede pensar en un mundo hermoso si tiene una vida totalmente desarmada. El espacio público es el espacio de los encuentros y de todo lo que significa la comunidad, pero también existe el espacio privado de recogimiento y ese tiene que ser digno. En ciudades como Santiago hay unos dos millones de habitantes que viven indignamente, y que todos los años cuando llueve, la casa tiene que ser rescatada con baldes. Eso lo veíamos en Italia, Italia no es un país tan rico, hay barrios pobres también. Pero cuando mostraban cómo en Santiago la gente sacaba con balde el agua de las casas, con los niños arrancando en botes, se preguntaban cómo puede vivirse así, cómo puede ser una sociedad así, unos cómodamente en sus casas y otros miserables a tal punto como para vivir esa experiencia.



El poder de negación de la Iglesia

A propósito de unas citas tuyas aparecidas en un artículo de la revista del CEP, “Discriminación positiva y protección a la diversidad”, hablemos de los debates “valóricos” que conmueven a esta sociedad y que tienen que ver por ejemplo con la oposición de la Iglesia al uso del preservativo en los jóvenes, en una sociedad donde ha aumentado el SIDA de manera alarmante y donde no hay educación sexual en los colegios; al debate en torno al uso de la píldora del día después; a la intolerancia de grupos neonazis frente a las minorías sexuales, judíos, peruanos, etcétera. Todos temas cotidianos que hablan de la falta de tolerancia. ¿Qué piensa de todo esto el filósofo cristiano y católico Humberto Giannini?
Ahí hay una trizadura. Yo estoy realmente sorprendido del poder de negación de realidad de la Iglesia. Hay un prejuicio universal. Por el lado de la Iglesia está el prejuicio de no conceder a la libertad humana decidir lo que es mejor para la vida. Me parece que los tiempos han cambiado, que la experiencia del mundo es distinta, que la Iglesia está equivocada. Pero tampoco hay que olvidar que la educación sexual debiera ser una educación completa. El ser humano se ha liberado de la necesidad de ligar el placer a la procreación. Esa es una liberación, y es un bien, no es un mal. Pero no se puede tampoco olvidar que la vida del amor está ligada también a la procreación, quien se educa, debe tener también claro que el amor y el sexo son cosas hermosísimas que a él le tocará responder por eso, no a la Iglesia, no a otros, sino que a él le tocará responder por lo que quiere de la vida. Pero la vida está más allá de los individuos, yo en eso quiero decir que si voy a ser no individualista, en un sentido pleno, pienso que la vida está más allá de los individuos y que es una responsabilidad darla y no darla. Las dos son responsabilidades, y eso debe darle más seriedad a una educación sexual. No estoy en absoluto de acuerdo con la Iglesia que quiere ser la que juzgue cuándo una persona decide, y sea enemiga del divorcio, o de cosas que son ya anacrónicas. El sexo es una cuestión que está ligada a la vida profundamente. Yo no haría farándula de eso, de ninguna manera, pero sí creo que nadie debe meterse sino la pareja. A propósito de los neonazis hay un resurgimiento del fascismo. Era muy triste ver en Italia los signos nazis, de repente, “mueran los judíos”, “fuera los extranjeros”. Ha surgido en el mundo una reacción de tipo nazista que es peligrosa, yo no sé hasta qué punto sea notorio, porque al menos yo vengo de una generación que conoció los crímenes. A mí me daba mucha pena porque el italiano es muy bondadoso en eso, pero ha surgido una actitud hostil al extranjero, y pese a que el extranjero le está dando bastante porque lo paga mal y le da los trabajos menores, pero hay una cuestión molesta en Italia, actualmente, y se ha agudizado con el gobierno de Berlusconi.

¿Y tienes la misma postura ante la homofobia o la intolerancia frente a las minorías sexuales?
Están en el mismo plano, es la elección. Yo defiendo la libertad contra cualquiera objeción que se pueda hacer. Los seres eligen su vida y la sociedad debe respetarlos. El caso de una mujer que quiere tener sus hijas y como objeción se le dice que ella es lesbiana, me parece que es un argumento totalmente inaceptable.

Has regresado hace cuatro meses al país luego de tres años fuera. ¿Percibes a esta sociedad como más tolerante , más amplia, más ciudadana?
Pienso que en Chile cuando han habido problemas fuertes hemos demostrado ser intolerantes. Tenemos una tolerancia un poco retórica. Por ejemplo, frente a la religión católica, el catolicismo es una religión bastante débil como práctica. ¿Qué es practicar el catolicismo? En la televisión aparecía en un noticiario que no sé cuantas píldoras se reparten en el barrio alto, pero alegan por las que se reparten en los sectores populares, entonces hay una hipocresía muy grande. Yo creo que somos bien hipócritas en Chile. Esa hipocresía nos da la vestimenta de ser tolerantes, y no es verdad. Somos tolerantes pero cuando nos tocan lo nuestro aparece la intolerancia. En el ’73 apareció la intolerancia y se vio hasta dónde podía llegar. Yo conocí gente que decía “yo voy a salir a matar comunistas.”

¿Y cuál es el antídoto ante eso, ante la brutalidad ejercida hacia un travesti que ha sido apaleado en el centro de Santiago; o hacia un civil estadounidense decapitado, o las imágenes de los torturados en Irak?
El caso de Irak concretamente vuelve a colocarnos en una situación de total escepticismo y de derrota a todo lo que se puede decir. El ser humano no aprende, pero no tenemos otra herramienta sino que la democracia y la palabra.

¿Y la filosofía socrática?
Y la filosofía socrática para un poco ver los sentidos en lo que nos metemos y hasta qué punto nos comprometemos realmente en eso. Yo creo que no tenemos otra salida sino la democracia, porque la tentación del totalitarismo es muy grande.

¿Significa que la filosofía puede jugar un rol?
Sí, en la medida en que baje su pretensión de hablar de filósofo a filósofo, y la filosofía vuelva a un nivel de plaza, vuelva a un nivel de contacto con la experiencia que el mismo filósofo tiene, y madura esa experiencia, esa reflexión. Para algo sale a la calle, para algo vive con otros, vive para reflexionar sobre eso. Es la reflexión en común lo que puede producir un cambio de la situación. No creo que es desesperada todavía aunque los últimos tiempos son desesperantes. Vivir la prepotencia de estas dictaduras ocultas como la de EEUU, por ejemplo, la dictadura tremenda sobre el mundo, me parece una cosa terrible, pero en fin. Cada uno tiene un puesto donde puede hablar y por ello pienso que la ciudad sigue siendo el esquema humano donde se puede ir a la plaza a vociferar contra algo y sigue siendo un lugar a paso humano…¡Un lugar humano!




en Revista Rocinante, 2004