lunes, febrero 23, 2015

"La muerte y la brújula", de Jorge Luis Borges





A Mandie Molina Vedia


De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

—No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

—Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

—No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.

—No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.

—Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot.

—Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeograecus (1739), de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

—¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus

—Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó—, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.

El otro ensayó una ironía.

—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?

—No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

—Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.

—Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?

—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.

—Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

—Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.

—No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goím: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatro letras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

—En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.




1942




en Ficciones, 1944














domingo, febrero 22, 2015

“Apellido de caballo”, de Antón Chéjov







El general retirado Buldeiev tenía dolor de muelas. Probó enjuagarse la boca con vodka y con coñac; aplicó a la muela enferma ceniza de tabaco, opio, trementina y queroseno; untó la mejilla con yodo; en los oídos tenía algodón impregnado de alcohol; pero todo ello no surtía efecto y hasta le provocaba náuseas. Recibió la visita de un médico. Éste hurgó en la muela y recetó quinina, lo que tampoco trajo alivio. A la proposición de arrancar la dolorida muela el general respondió con una negativa. Los de la casa —la esposa, los niños, las criadas y hasta el pinche de cocina Petka— proponían cada uno su remedio. El mayordomo Iván Evseich vino también y aconsejó intentar la cura con el conjuro.

—Aquí, en nuestro distrito, excelencia —dijo—, hace unos diez años vivía un empleado de Hacienda, Iakov Vasilich. Conjuraba el dolor de muelas en un santiamén. Se vuelve hacia la ventana, susurra algo, escupe ¡y ya está! Tiene un poder especial...
—¿Y dónde está ahora este hombre?
—Pues, después de ser despedido de Hacienda, se alojó en casa de su suegra, en Saratov. Ahora no se ocupa más que de muelas. Cualquiera que empiece a sentir un dolor de muelas va a verlo, porque, en efecto, ayuda... A los enfermos de Saratov los atiende personalmente en su casa, pero si alguien es de otra ciudad, entonces lo hace por telégrafo. Mándele, excelencia, un telegrama, explicándole que la cosa es así y así..., que al esclavo de Dios Alexy le duelen las muelas y que le pide una atención. Y mándele dinero por correo, por el tratamiento.
—¡Tonterías! ¡Es un charlatán!
—Haga usted una tentativa, excelencia. Cierto, es un gran aficionado a la vodka y vive con una alemana en lugar de con su mujer; además es muy blasfemo, pero no se puede negar tampoco que es un señor milagroso.

¡Mándale el telegrama, Aliosha! —imploró la generala—. Tú no crees en los conjuros, pero yo los experimenté sobre mí misma. Y aunque no creas en estas cosas ¿por qué no intentarlo? No se te van a atrofiar las manos por eso.

—Está bien —consintió Buldeiev—. Tal como estoy, soy capaz de mandarle un telegrama no sólo a un empleado de Hacienda sino al mismo demonio... ¡Oh, no aguanto más! Bueno, ¿dónde vive ese hombre? ¿Cómo hay que escribirle?

El general se sentó a la mesa y tomó la pluma.

—En Saratov lo conocen hasta los perros —dijo el mayordomo—. Sírvase escribir, excelencia, a la ciudad de Saratov... A su señoría Iakov Vasilich... Vasilich...
—¿Y bien?
—Vasilich... Iakov Vasilich... y el apellido es... ¡Me olvidé el apellido! ¡Vasilich!... ¡Diablos! ¿Cómo es su apellido? Cuando venía para acá, recordaba... Espere...
Iván Evseich levantó los ojos hacia el cielo raso y se puso a mover los labios. Buldeiev y la generala esperaban con impaciencia.
—¿Entonces? ¡Piénsalo pronto!
—Un momento... Vasilich... Iakov Vasilich... ¡Me olvidé! Es un apellido simple... como de caballo... ¿Caballero? No, Caballero no es... Espere... ¿Será Alazano? Tampoco. Recuerdo que es algo de caballo, pero cómo es, se me fue de la cabeza...
—¿Tordillo?
—No, no. Espere... Jaco... Jamelgo... Sabueso... —Este es un apellido de perro y no de caballo. ¿No será Crin?
—No, Crin no es. Caballo... Cavallo... Cavalo... Nada de eso...
—¿Y cómo entonces le voy a escribir? ¡Piénsalo bien!
—Ahora... Casco... Potro... Bayo...
—¿Leoncavallo? —preguntó la generala.
—No, señora. Carreras... Tampoco. ¡Me olvidé!
—¿Para qué diablos te metes entonces con tus consejos, si no te acuerdas de nada? —se enojó el general—. ¡Vete de aquí!

Iván Evseich salió lentamente, mientras el general se agarraba la mejilla y se ponía a andar por las habitaciones.

—¡Ay, señor! —gemía—. ¡Ay, madre mía! ¡Esto es peor que el infierno!

El mayordomo salió al jardín, levantó los ojos hacia el cielo y trató de recordar el apellido del oficinista:

—Corcel... Cuadrúpedo... Rocín... No, no es. Yugo... Cincha... Rienda...

Poco tiempo después lo llamaron.

—¿Recordaste? —le preguntó el general.
—Todavía no, excelencia.
—¿Quizás,Tropero? ¿Anca? ¿No?

Y todos en la casa, a cual más y mejor, se dedicaron a inventar apellidos.

Recordaron todas las edades, géneros y razas de los caballos; examinaron la crin, las pezuñas y los arneses... En la casa, en el jardín, en las dependencias de servicio y en la cocina la gente andaba de un rincón a otro y, rascándose la frente, buscaban el apellido...

A cada momento, llamaban al mayordomo desde la casa.

—¿Tropilla? —le iban preguntando—. ¿Galope? ¿Pezuña?
—No, no es —respondía Iván Evseich y, levantando los ojos, continuaba pensando en voz alta—: Overo... Pío... Zaino...
—¡Papá! —llegaban los gritos desde el cuarto de los niños—. ¡Troikin! ¡Cuadriga!

Toda la heredad se vio alborotada. El agotado e impaciente general prometió compensar con cinco rublos a quien diese con el necesario apellido, y una multitud asediaba al mayordomo.

—¡Trotín! —le decían—. ¡Montura!

Llegó la noche, pero el apellido no fue encontrado todavía y la gente de la casa se fue a dormir sin haber enviado el telegrama.

El general no pegó los ojos en toda la noche; andaba de un rincón a otro, gimiendo... A las tres de la madrugada, salió de la casa y golpeó en la ventana del mayordomo.

—¿No será Pegaso? —preguntó con voz llorosa.
—No, excelencia, Pegaso no es — contestó Iván Evseich con un suspiro culpable.

¡Puede ser que no sea un apellido de caballo sino de alguna otra cosa!

—Mi palabra, excelencia, que es de caballo... Esto lo recuerdo muy bien.
—¡Qué desmemoriado que eres, amigo! Para mí este apellido es ahora lo más importante del mundo. ¡El dolor me tiene loco!

Por la mañana el general mandó llamar al médico.

—¡Que me la saquen! —decidió—. No aguanto más...

Llegó el doctor y le extrajo la muela enferma. El dolor disminuyó rápidamente y el general se sintió más tranquilo. Cumplida su tarea y cobrados los honorarios, el médico subió a la carretela y partió para su casa. En el campo se encontró con el mayordomo... Éste estaba de pie, a la vera del camino y, concentrado en sus pensamientos, miraba distraídamente sus zapatos. A juzgar por las arrugas que surcaban su frente y por la expresión de sus ojos, aquellos pensamientos eran tensos, mortificantes.

—Remo... Silla... —farfullaba—. Arnés... Recado...
—¡Iván Evseich! —lo llamó el médico—. ¿No puedes venderme, querido, unas cinco cuartillas de avena? Nuestros mujiks suelen venderme avena, pero es muy mala...

El mayordomo miró tontamente al doctor, esbozó una media sonrisa salvaje y, sin responder una sola palabra, alzó los brazos y a continuación echó a correr hacia la casa con tal rapidez como si lo persiguiera el diablo.

—¡Ya lo tengo, excelencia! —gritó con la voz alterada por la alegría, al entrar volando en el despacho del general—. ¡Ya lo tengo, que Dios dé mucha salud al doctor! ¡Avena! ¡Avena es el apellido del empleado! ¡Avena, excelencia!... ¡Mande el telegrama al señor Avena!
—¡Toma! —dijo el general con desprecio e hizo dos gestos obscenos ante la cara del mayordomo—. No necesito ahora tu apellido de caballo. ¡Toma!



en Cuentos, 2007









sábado, febrero 21, 2015

"Entrando al arroyo amarillo, escuchando a un mono", de Liu Zongyuan

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




El camino y el arroyo se curvan por mil li.
Tristemente, un mono grita en alguna parte.
Las lágrimas de los solitarios sirvientes se han acabado:
es en vano su llanto desgarrador.








viernes, febrero 20, 2015

“La pasión que desataba Colo-Colo de 1973 logró retrasar el golpe de Estado”, de Juana Leyton




El presidente Salvador Allende junto al plantel de Colo Colo 1973





Cuando se habla de fútbol en Chile, de forma espontánea surge el nombre de Colo-Colo, club que es considerado el más grande, con más hinchas y con más historia del país.

Por ello no es extraño que surja diversa literatura sobre el tema y uno de los nuevos títulos es "Colo-Colo 1973, el equipo q
ue retrasó el golpe", del periodista Luis Urrutia más conocido por su apelativo de 'Chomsky'. En el texto se relata cómo Colo-Colo, tras el golpe de Estado de 1973, representó a ese "antiguo Chile" que era un equipo instruido, modesto, consciente y valiente. Como pocas veces, sus jugadores estaban imbuidos en la realidad nacional, de hecho algunos participaban activamente en política como es el caso de Carlos Caszely.

Mucha agua ha pasado bajo el puente, ciertamente los futbolistas han cambiado mucho desde aquellos años hasta hoy, son escasos los nombres que opinan abiertamente sobre temas d
e contingencia. Ahora bien, podemos considerar que el golpe de Estado no dejó a nadie indiferente, y por ello ciertos integrantes del plantel de Colo-Colo eran más opinantes y se involucraban en la realidad nacional.

El autor del libro, Chomsky, señaló que la idea que el éxito del club de fútbol albo retrasó el golpe de Estado "es una hipótesis de 40 años y básicamente sostiene que si Colo-Colo no hubiese tenido ese éxito, el golpe de Estado se habría producido meses antes. Colo-Colo empieza a ganar en la Copa Libertadores y convoca multitudes hasta 80 mil personas al Estadio Nacional en días de huelgas, paros de transporte. Fue un factor de unidad en un país que estaba absolutamente polarizado y obviamente que los asesores estadounidenses consideraron que no estaba el horno para bollos y se fue retrasando" (el golpe de Estado).

"Históricamente el jugador de fútbol vive en una burbuja, y en la actualidad como son multimillonarios prematuros, con mayor razón persisten en eso. Lo de Caszely y su simpatía por la juventud del Partido Comunista era una excepción; él participaba en trabajos voluntarios, pero el factor de Colo-Colo era la unidad que provocaba, era el único foco de unión de un país que se desmoronaba porque en ese plantel, los jugadores que tenían ideas de izquierda no eran muchos: el Pollo Veliz, Guillermo Páez, pero en general ellos no participaban".


Salvador Allende saludando a Carlos Caszely


Por último, el periodista señala que "a mí me tocó escuchar muchísimas veces de parte de militantes de la izquierda que "mientras Colo-Colo gane, el Chicho (Salvador Allende) está seguro. Había una idea tácita de que eso era sí por lo que provocaba el equipo, que además era un muy buen equipo de fútbol".

En el libro destacan algunos puntos que llaman la atención, como que Colo-Colo queda eliminado de la Copa Libertadores la primera semana de junio y tres semanas después se produce el "tanquetazo"; en julio Colo-Colo se viste de rojo, tenía 11 jugadores en la selección y disputa la copa Carlos Dittborn con Argentina y la gana por primera y única vez en la historia; y en agosto Colo-Colo rojo de nuevo tiene que definir con Perú para ir al mundial de fútbol de Alemania  en 1974. "De modo que en julio y agosto Colo-Colo vestido de rojo provocaba más o menos lo mismo que la selección y cuando deja de jugar se produce el Golpe", comentó el autor Luis Urrutia.

El texto contiene fútbol y periodismo, además se revelan detalles que nunca vieron la luz pública, está lleno de anécdotas y rinde un homenaje a quienes ya no están como Luis Álamos, Francisco Valdés, Sergio Messen y Elson Beyruth.

Quien realizara el prólogo del texto, el periodista Juan Cristóbal Guarello, señaló: “¡Cuánta emoción ver a Carlos Caszely, Adolfo Nef, Leonel Herrera, Manuel Rubilar, Alejandro Silva, Guillermo Páez, Luis Venegas (preparador físico) y Roberto Álamos (hijo del Zorro) firmar autógrafos una y otra vez! Me hizo recordar las colas de la Unidad Popular", dijo con humor en el lanzamiento del libro en la Feria Internacional del Libro de Santiago.



en Cambio 21, 6 de noviembre de 2012







jueves, febrero 19, 2015

"el retrato de un hombre joven (Dresde) 1521", de Reina María Rodríguez





sentado sobre un bloque de madera
ante un fondo caliente, rojo
está ebrio o está dormido
mientras yo trazo un círculo en el punto
de intersección con el eje central que constituye su ombligo
-igual que para el pecho o la cadera estrecha-
que traza también un eje con su pelvis y mi mano.
tengo un modelo señor
el tono claro de sus manos y la carta a punto de caer atrae mirada
la luminosa claridad de la camisa, el rostro
como una cúpula sobre la pirámide del tronco
que, dentro de una estructura formada por diagonales
me hace sentir su frialdad, las raras líneas
que le conceden una presencia inmediata
pero no es verdad. la cabeza que está modelada de adentro
hacia afuera donde resalta el retrato de un joven en madera
siguió en la galería de los Viejos Maestros.
su composición es sencillamente clásica
sólo el blanco luminoso hasta el negro de las botas
llena este cuadro de vida. tenemos ante nosotros a un joven
–que no es Durero– él ya se ha ido. y que consciente de sí mismo, yace
(pluma y pincel sobre fondo verde blanqueado y lavado)





6 de junio del 95