martes, noviembre 25, 2014

"Carajicomedia", de Juan Goytisolo

Fragmento




Mi nueva transmigración se produjo de manera tan cruel como inesperada. No fui proyectado a cureña rasa en el útero sino creado a vuela pluma en los pliegos de un manuscrito que me llevó de hilo de la cuna al sepulcro: no un ser de carne y hueso, como en reencarnaciones anteriores, sino un héroe o, por mejor decir, antihéroe de pura entelequia. Concluido el relato, mi autor me devolvió a la nada, sin concederme siquiera la fortuna de sobrevivir en nuevos pliegos de su invención. Con ello me quitó de mi condena a galeras pero, como el Júpiter o Dios de quien abominaba, me mostró que la escritura era tan bárbara y desatinada como el Fiat que engendró la fábrica de este universo: la chapuza o gran pastel de la Creación.

Me atribuyó, con la misma arbitrariedad y desdén que rigen la máquina del mundo, un linaje maculado, objeto de desprecio del enemigo vulgo, con sambenito colgado del techo de la Iglesia Mayor. Tampoco me otorgó la ventura de nacer en cuna rica —dineros compran noblezas y ejecutorias de hidalguía— para ir con el hilo de la gente y lucir mucho toldo: que no hay otra cordura ni otra ciencia en el hombre sino tener y más tener. Privado de cuanto sustenta vidas y haciendas, llevaba desde niño la soga a rastras y a quienes deseaba agradar a fin de granjearme sus voluntades dábanme en las mataduras con saña, apartándome de sí como a un cancerado.

Tras hacer cuenta con la almohada, mudé de nombre, nacimiento y linaje con la esperanza de desmentir los espías y ser conocido por don Guzmán de Alfarache. Aunque no era ignorante, tenía mucho por desbastar y me esforcé en aprender letras y maneras corteses, haciéndome de los godos y burlándome aún de los de sangre cansada. Era todavía mozo mas, con mis arreos y plumas de hidalgo, me resolví a salir de la mil veces bendita España e ir en busca de mejores y más limpios ancestros. Los apuros y accidentes de mi viaje a Italia los conoce el lector. Mi hacedor no me excusó dellos, zarandeándome como el viento, de la buena ocasión a mal trance, enhestándome más para mejor derrocarme. Volvía la hoja y me dejaba ciscado, por aquello del refrán «del bien acuchillado se hace el buen cirujano». De tosco y lanudo —la necesidad tiene cara de hereje— pasé a fino y madrugado, a la vera de los maltrapillos y mozos gandules con los que me frotaba: tan pronto a caballo con ricas gualdrapas como hecho un espantajo de higuera, un día con dinero en tabla y otro expuesto a la luna, entre machines y matachines que hacían higa de mi honra y abusaban de su fuerza. ¡Yo que huía de quienes se meten en corro, fiscalean linajes y arman sospechas sobre el aire, me vi repudiado por mi familia genovesa, convertido en objeto de su befa y desprecio! Me afufé como pude, con los atabales a cuestas, y encaminé mis pasos a Roma, la Ciudad Eterna, sede de nuestra santa e infalible Madre. Era un pensamiento, tal como corría de ligero. Cuando allá llegué, me reventaron las lágrimas de gozo: quise abrazar sus santas murallas, besé su santo suelo.

Con mi pierna llagada por lances y percances que no vienen a cuento, púseme a pedir a la puerta de un cardenal poco amigo de pendones y famoso por su piedad, y como él saliese de su palacio sacro, reparóse a oírme: «Dame noble cristiano, ten misericordia deste pecador afligido y llagado, impedido de sus miembros! ¡Mira mis tristes años! ¡Oh, Reverendísimo Padre, Monseñor Ilustrísimo!»

Monseñor, después de haberme oído atentamente y conociendo con lumbre maravillosa y verdad de grano puro lo atribulado de mi condición, apiadóse en extremo de mí. Mandó a sus criados que en brazos me metiesen en casa y que, aligerándome de mis viejas y rotas vestiduras, me echasen después de asearme, en su propia cama y en otro aposento contiguo pusiesen la suya.

¡Oh bondad grande de Dios! ¡Largueza de su condición hidalga! Desnudáronme para vestirme, quitáronme de pedir para darme y pudiese dar. Nunca Dios quita, que no sea para hacer mayores mercedes. Este santo varón lo hizo a su imitación. Luego de asegurarse de que me hallaba limpio y arreado, Monseñor se acercó bonico a mi cuarto. Holgóse de verme porque correspondían mucho mi talle, rostro y obras. Con la diligencia del santo curtido y cursado, se inclinó a contemplar mi natura y la acarició con manos de seda. Entre retozos, meneos e invocaciones a la Madona, de la cual era muy devoto, completó su labor y contentamiento con muchas mercedes limpias de polvo y paja.

«A tuerto o a derecho nuestra casa hasta el techo», dijo. «¡Entre sastres no se pagan hechuras!»

No cuento más porque los ejercicios de santidad son agua viva, pan bendito, goce propio de ángeles.

Gran regalo de Dios fue todo ello así como las gracias y beneficios que sobre mí llovieron. En esto no se extendió mi escritor por no ser leña de hoguera, y aunque el descuido de nuestros piadosos vigías le concedió el nihil obstat se vio forzado luego a poner mar de por medio y huir a la Nueva España sólo con lo puesto.

Monseñor amaba tiernamente a los que le servían, poniendo después de Dios, todo su amor en ellos. Deseaba tanto mi remedio como si dél resultase el suyo; y, para probar si pudiera arrimarme a cosas de virtud, jugaba al amagar y no dar, quitándome las ocasiones y deseo de derramarme en exterioridades. De sus niñerías, cuando las comía, partía conmigo: «Guzmanillo, esto te doy por treguas, en señal de paz. Conténtate con este bocado y sé mozo de buen término que el agasajo vendrá luego.»

Decíalo sonriéndose con alegre rostro, sin reparar que estuvieran en su mesa nobles ni señores. Era humanísimo caballero, trataba y estimaba a sus criados, favorescíalos, amábalos, haciendo por ellos lo posible, con lo que todos le amaban con el alma y servían con fidelidad; que sin duda el amo que honra, el criado le sirve, y si bien paga bien le pagan. Por no dejarme solo, expuesto a la tentación de las mujeres de loco vestir y descaradas palabras que merodeaban de noche bajo nuestras ventanas, se tendía en mi lecho y me regalaba con los preces y bendiciones de su breviario.

La envidia de otros pajes a mi estado de gracia coaligó contra mí el infundio y falseo. Motejándome de ladrón descubrieron mis malas inclinaciones de tahúr capaz de poner los propios vestidos en cobro, murmuraron de mis correrías y andanzas de nocherniego. Viéndome un día con sólo un juboncillo y zaragüelles, Monseñor, con el rostro encapotado, me despidió de su servicio para ponerme a prueba y por muy que quedara con el alma partida y me enviara después mensajeros con toda guisa de señuelos significando lo mucho que me quería y sufría de mi ausencia, hice oídos de mercader y no escuché sino mi despecho: estendíme como ruin, quedéme como ruin y fui ingrato a las gracias y beneficios de Dios, que por las manos de aquel santo varón de mi amo, me hacía. ¡Qué desleal a la caridad con que fui servido! ¡Qué sordo a las graves y prudentes razones con las que fui reprehendido! ¡Qué ciego a sus donaires y obras! Las desenvueltas travesuras de Monseñor manifestaban su condición real, heredada del Padre verdadero, de hacer bien y más bien a los tales como yo.

Volví así a mi vida al descubierto, portamantas a cuestas, y aunque curaba de sacar las brasas con mano de gato y traía más rabos que un pulpo, mi dañada intención me arrastraba a nuevos lances y atolladeros. ¡Mejor ser ignorante como un buey de cabestro que un burro cargado de ciencia!: mis pretensiones de figurar como el que no era me hicieron caer en la red y dar con los huesos en ese hospital con rejas al que llevan a tumbos la ruindad y la pobreza.





2000
















lunes, noviembre 24, 2014

“El kayak del astronauta”, de Kurt Folch








pero volviendo a lo nuestro
lo que marcha contra
el viento un rostro
visto múltiple
sin que sepa
con notas marginales
se cree que sale
del techo a la mañana
carcome los árboles
a los hilos de la tela
entre una
columna oscilando
en el aire
no describe
la entraña que insiste
sin serlo
la piedra en que molía
ya veremos lo que pasa



en La dormida, Cuadro de Tiza Ediciones, 2014











domingo, noviembre 23, 2014

"La hoja del álamo", de Giorgos Seferis





Temblaba tanto que se la llevó el viento
temblaba tanto cómo no se la iba a llevar el viento
allá lejos
un mar
allá lejos
una isla al sol
y las manos aferradas a los remos
muriendo a la vista del puerto
y los ojos cerrados en anémonas marinas.

Temblaba tanto y tanto
la he buscado tanto y tanto
en la acequia de los eucaliptos
en primavera y en otoño
en todos los bosques desnudos
cuánto la he buscado, Dios mío.






en Poesía completa, 1986








Versión de Pedro Bádenas de la Peña
















sábado, noviembre 22, 2014

“Regreso a mi antigua morada”, de Tao Yuanming








En la capital fijé mi residencia,
después de seis años regresé a mi hogar.
Hoy es mi primer día de retorno,
y me siento afligido de inmensa tristeza.

Los senderos entre cultivos no han cambiado;
las casas del pueblo no son las mismas.
Doy vueltas por la zona de mi casa;
de mis viejos vecinos pocos van quedando.

Paso a paso busco mis propias huellas,
ciertos lugares me conmueven con recuerdos.
Ilusiones fugaces de cien años,
frío y calor se alternan cada día.

Con frecuencia temo que mi fin esté cercano,
aunque mi fuerza y energía no estén en decadencia.
¡Dejemos todo esto! ¡Que se olvide tal idea!
¡Más vale tomarnos una copa de buen vino!



en El maestro de los cinco sauces, 2006










viernes, noviembre 21, 2014

"Una pintura de Ernst Ludwig Kirchner", de Juan Carlos Villavicencio




a mi amada Fer,
en otro sol que nos reitera.

Acaso miraba ajena las huellas del pasado,
la íntima soledad de algunas horas
            en las que caminaba ausente la ciudad
o junto al río cruzando el tiempo
            decidiendo donde estar o donde habría que partir.
Ahí las risas del recuerdo i las lágrimas vertidas al ocaso,
una botella i el olvido,
una brújula i sus trizas que la pierden,
o un demonio apareciendo entre las noches a escribir tatuajes
                        de un nuevo destino en la curvatura de su piel.

Acaso miraba ajena las huellas del pasado,
mientras sus dos gatas duermen sonriendo paraísos,
el juego o la aventura de una nueva fantasía ahora en tierra
                        entre bosques de un Sur que ya vendrá,
el injusto gesto en la pintura de un nuevo cielo
            donde sus alas reiteran bajo el cosmos su destino
                                                            jugando sobre el mar.





21 de noviembre, 2014








jueves, noviembre 20, 2014

“A última hora”, de Cristian Oyarzo








- “Se nos cayó uno a última hora” - me dijo el Pancho apenas me vio llegar.

Estaba sentado junto al arco, poniéndose las vendas. Sus compañeros estaban calentando. Tres. Más el Pancho, cuatro. Miré a los nuestros. Equipo completo. Que alguien avise a última hora que no llega es la peor de las desgracias. Ya eran las siete. La hora de arriendo había empezado a correr.

Me quedé afuera para emparejar los equipos a cuatro. Más lo que me apuré en ser puntual y, ahí estaba, cagado de frío. Por la chucha. Un hombre menos por equipo es complicado en el babyfútbol: restando a los arqueros, es un tres contra tres. Estos se van se fundir luego, pensé. No podía dejar de mirar hacia la entrada, esperanzado de que apareciera alguno de esos que llegan sin aviso. Quince minutos y nada. La puta madre.

No supe de dónde apareció. De repente veo a un flaco, parado junto al arco del Pancho.

- ¿Les falta uno? ¿Puedo jugar?  
- Obvio que sí.

Le preguntaron en qué puesto jugaba y respondió que adelante.

- Tú toma el medio - me dijo el Navas, mientras yo hacía unos trotes. Decidimos que partiríamos con el marcador a cero.

Al final el partido resultó ser uno de los mejores desde que empezamos a jugar los jueves por la noche. Además, el encargado de controlar el tiempo se olvidó de nosotros. Jugamos media hora más y habríamos seguido, si no fuera porque al Ismael le dio un tirón. El flaco se despidió de cada uno con un apretón de manos.

- ¿Alguien vio de dónde llegó?

Nadie. Todos lo vieron recién cuando estuvo al lado del arco preguntando si podía. Al final estuvimos de acuerdo en que el flaco seguramente vivía en los edificios que están a un costado y que desde la altura de su departamento vio que estábamos cojos y decidió que no iba a consentir que, por faltarnos uno, se nos arruinara la pichanga y, corriendo, bajó las escaleras para ocupar el lugar del desertor.

El flaco se llamaba Pedro. Igual que el que se nos cayó a última hora.



Inédito, 2014









miércoles, noviembre 19, 2014

"Amor bajo la luz de la luna", de Louise Elisabeth Glück





A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación
a otra persona, a eso lo llaman
alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma.
(Lo que significa que para entonces adquirieron una.)
Afuera, la tarde de verano, todo un mundo
arrojado a la luna: grupos de formas plateadas
que podrían ser árboles o edificios, el angosto jardín
donde el gato se esconde para revolcarse en el polvo,
la rosa, la coreopsis y, en la oscuridad, la cúpula dorada del capitolio
transformada en aleación de luz de luna,
forma sin detalle, el mito, el arquetipo, el alma
llena de ese fuego que en realidad es luz de luna,
tomada de otra fuente, y brilla
unos instantes, como brilla la luna: piedra o no,
la luna sigue estando más que viva.




en The Wild Iris, 1992










Versión de Eduardo Chirinos














martes, noviembre 18, 2014

“Escombros de Chile”, de Rodolfo Hlousek Astudillo







Ya no es Chile azul provincia
ni Chiloé isla de cuarzo
ni norte cielo abierto
ni Magallanes ruta del sueño tormentoso
ni hielos con agua reservada.
Escombros de Chile sí
plomo maquinaria administrativa del letrado.

Cómo recoger el ideograma
Cómo revelar el geoglifo
Cómo descifrar el pictograma
Cómo despertar la Lira
Cómo descocer de la aguja del litio
Bajo los escombros de Chile.

Cuando la investigación
Es usada por las trasnacionales
Para la ingeniería de la ingesta.


en Obras menores, 2014