sábado, julio 05, 2014

“Amor universal”, de Su Tung Po








Abro mi cortina para que entren las nuevas golondrinas,
agujereo el papel de mi ventana
para que escapen las pobres moscas.
Por amor a los ratones
siempre les abandono algunos granos de arroz.
Por piedad de las falenas no enciendo mi lámpara.



en Poetas chinos, 1958












viernes, julio 04, 2014

"La casa a oscuras", de Javier Bozalongo

Dos poemas


Recibidor


Todo lo construido tiene aquí su principio.

Entre una puerta y otra
damos la bienvenida a las visitas.

Encima de la mesa siempre hay sobres
con los reclamos de los mercaderes,
y casi nunca cartas que
acerquen el calor de quienes ya se fueron.

Nos recibe en silencio el tiempo abandonado.





Tsunami


Cuando una mariposa aletea en Japón
a más velocidad que costumbre,
llegan a California enormes olas.

No pasa nada.

Siempre habrá un japonés que coleccione insectos
o un americano al que apasione el surf.

Si las olas, en cambio, golpean en la orilla
de la pobreza
habrá desolación, miles de muertos,
reclamaciones a dioses ausentes,
tristes imágenes
en las noticias vespertinas
y, de repente, olvido.

El mar vuelve a su sitio
y en la memoria de quien no sea ahogó
sólo queda la espuma.

Algún occidental ganará un premio
gracias al reportaje que le cambió la vida:
sirvan sus beneficios
para el orgullo de la fundación
que adoctrina a las víctimas.

Es fácil predecir
catástrofes pasadas.





Visor, Madrid, 2009























jueves, julio 03, 2014

“La vida de Adéle: el rostro, el cuerpo, la herida”, de Marco Antonio Allende







Tenía razón Octavio Paz cuando decía que detrás de toda experiencia amorosa hay una contradicción vital que nos avasalla y nos atrae: vamos por una calle y un cuerpo extraño se vuelve atracción involuntaria. Sentimos una llamarada interior que nos irrita y nos alienta. Nos sentimos desgraciados y alegres. Prolongamos nuestras noches sumidos en el insomnio de no poder olvidar ese rostro. ¿Cómo me encontré con esta persona que anega mis pensamientos? ¿Fue casualidad o destino? ¿Esta suma de coincidencias que me hicieron llegar a ella obedece a una lógica secreta? Nada sabemos. Pero aceptamos esa experiencia que le agrega intensidad a la vida. La paradoja del amor erótico: aceptamos libremente ser atraídos por una persona que se vuelve misterio carnal, conciencia palpable. Asumimos libremente ser juguetes de fuerzas extrañas, dependemos de espejismos, sacrificamos nuestra libertad en el altar del deseo. La elección amorosa se vuelve accidente y necesidad. El misterio de la libertad en su enorme fulgor.

“La vida de Adele” (Abdellatif Kechiche, Palma de Oro de Cannes, 2013) retrata esta suma de contradicciones que hacen del enamoramiento una experiencia subversiva común a todos los seres humanos. Para eso utiliza el género más empleado por el cine de masas, el melodrama. Sin embargo, transita con igual comodidad en el dominio de la crítica social con jóvenes franceses reclamando por las avenidas en busca de mayor igualdad (no muy lejano a las manifestaciones chilenas del 2011), las formas de vida de la clase obrera en comparación a las más acomodadas (que lo acercan al cine de Mike Leigh) y, por extensión, las diferencias de acerbo cultural asociadas a una concreta sensibilidad vital. Pero, por sobre todas las cosas, “La vida de Adéle” tiene su centro fecundo en la exploración intensa del poder desorientador de la pasión erótica, las contrariedades de la vida en pareja y las desgracias del desamor. En este ámbito es arrolladora e invencible.

Adéle (Adéle Exarchopoulos) es una atractiva adolescente que vive las experiencias propias de una chica de su edad: estudia, convive con amistades que exigen compromisos y lealtades mal entendidas, intenta adaptarse a los ritos de convivencia propia de las jóvenes, se siente algo aislada, exhibe un carisma especial que le concede cierto respeto, ensaya los primeros flirteos, inicia sus primeros encuentros sexuales con un compañero de clases. Y si bien hasta aquí todo marcha de manera “normal”, Adéle nunca deja de habitar en una zona ambigua, indecisa. Duda de su real inclinación sexual al atreverse a besar a una compañera de la que se siente atraída. En pocas palabras, vive en el remolino de emociones que animan el instinto disperso del adolescente.

Una mañana, Adéle camina por la calle. Personas, autos, luego el semáforo, segundos de espera y el encuentro de un rostro, unos ojos, una boca, ¿quién es? Emma. Nada será igual desde ese momento para Adéle. Vive la revelación de la atracción súbita. Se enamora de Emma, lo revela su rostro desconcertado, deseoso y tímido a la vez. Adéle despierta ante el furor de ese cruce de miradas de forma temerosa e incrédula y su vida paulatinamente cambia a raíz de esta atracción súbita: huellas de humedad en noches insomnes, encuentros en parques en donde cruzan miradas, la blanda mano del viento suave bajo un cielo benigno. El amor.





Adéle y Emma comienzan una relación amorosa que cambiará sus respectivas vidas, pero Kechiche siempre se cuida de reforzar la idea de que es Adéle la que se abre como una flor, la que percibe al mundo como algo viviente, recreándose en las jubilosas enseñanzas que recibe de Emma. Y cuando digo enseñanzas, me refiero a las visitas a museos, la incorporación a las ceremonias propias de la clase social a la que pertenece Emma, al ingreso en universo de personas de un nivel artístico e intelectual inédito para Adéle. Pero también la inicia en las posibilidades del contacto secreto del disfrute sexual, el estremecimiento erótico y el espasmo del contacto voluptuoso. Son escenas tórridas, filmadas con tal meticulosidad y detallismo que no dejan de mostrar cierta irrealidad.

La película hizo ruido por sus extensas y explícitas escenas de sexo entre Adele y Emma. A algunos le podrán parecer redundantes y efectistas, a otros inspirarán la imaginación excitante de dos cuerpos que se solazan en un cuarto convertido en una llanura de lava. Incluso la misma creadora de la novela gráfica en la que se basó la película llamó la atención por la supuesta irrealidad coreográfica que simulaba el acto sexual, exhibiendo una abierta crítica por el mensaje implícito que conllevaban esas escenas. En sus propias palabras, la película mostraba “extrañas posturas que adoptaban imágenes pornográficas de corte "lésbico que no tienen nada de real para la audiencia lésbica. Eso fue lo que se me vino a la mente: un despliegue brutal y quirúrgico, exuberante y frío, de lo que algunos entienden por sexo lésbico, el cual deriva en pornografía”. La dureza de su juicio abre un flanco inevitable y nada desdeñable: el lugar que ocupa en la sensibilidad colectiva la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos se hace cada vez más abierto a merced de un imaginario porno que invade poco a poco la mecánica social y las conciencias particulares. Quien lo diría, cuando Stendhal hace siglo y medio atrás hablaba de la “cristalización” como el fenómeno en el cual la sumisión espiritual en la que cae el enamorado hace elevar al idealismo los atributos del amado, ahora se ha extendido a los ámbitos de la carne y la cópula: todos los hombres querríamos creer que dos mujeres se recrean de manera privada como lo hacen Adéle y Emma, pero sabemos que no es así, por más que salga algún engreído asegurando la veracidad de las escenas lésbicas exhibidas en la película. No digo que “La vida de Adéle” se haga cargo de este discurso pero la opción de utilizar casi siete minutos para describir un acto sexual, incluyendo una variedad nada desdeñable de posiciones y variantes copulares, es una opción estética y moral con implicancias no del todo justificables. Son imágenes bellas, provocadoras, pero dudosas en su veracidad y sentido.

Más allá de estas interrogantes más propias de la sociología, lo importante es la película misma, el valor de sus imágenes y sus repercusiones en el espectador. En este aspecto, “La vida de Adéle” es conmovedora, intensa, fascinante, desoladora. Capta ese momento en que toda persona, cuando se enamora, convive con la dramática emoción de toparse con algo necesario, una presencia que trastoca la perspectiva de las cosas. Pero también es la verificación de una certeza incontestable: todo gran amor es desnudez y desamparo, desplegando la melancólica advertencia de esta precariedad y, que duda cabe, la experiencia de su evaporación. “La vida de Adéle” es una gran película porque no olvida estas amargas verdades, más aún, las señala con una lucidez que quema. Tampoco olvida que toda tragedia de amor comienza con fuerzas magnéticas inexplicables, desplegadas por una primitiva pureza que redime cualquier desengaño.



2014







miércoles, julio 02, 2014

"Her, de Spike Jonze", de Juan Manuel González





Da la impresión de que la generación de cineastas liderada por Spike Jonze, y de la que forman parte otros como Wes Anderson, Michel Gondry o Sofía Coppola, ha alcanzado cierta culminación con Her, una fábula romántica en la que su director se depura a sí mismo y con ello logra sus más altas cotas de impacto, al menos a nivel emocional. No es que Jonze se tratara de un realizador frío, pero elijo la palabra culminación con cierto afán travieso. Lejos de despreciar los méritos de ese grupo de soñadores hipster (más bien lo contrario, al menos en bastantes ocasiones), lo cierto es que el cine de Jonze siempre me ha parecido más cercano a la publicidad emocional de lo que sus admiradores querrían reconocer. Algo que no tiene que ser un comentario negativo "per se", pero que probablemente sería interpretado como tal cosa, y que en todo caso puede resultar insoportable si la mezcla no logra el octanaje adecuado.

En su nueva película Her, nominada a cinco Oscar, el entañable y solitario Theodore (Joaquin Phoenix, pidiendo una nominación que nunca llegó), un escritor sensible pero en pleno proceso de divorcio, se enamora de un avanzado sistema operativo que resulta ser la primera gran inteligencia artificial del planeta. Un planteamiento cinematográfico casi suicida que no es ajeno a los experimentos de su realizador, siempre amigo de los enigmas narrativos, pero que consigue evitar casi todas las balas para mantenerse extrañamente apegada a la tierra. La de Her es, simplemente, la historia de un romance y de una amistad, pero también es un relato de soledad y dependencia (y en última instancia, también de aprendizaje y evolución) en la que uno de sus miembros no existe físicamente, y que Jonze sostiene sobre elementos de cine muy básicos como son su actores y la propia historia. La suerte es que tanto Joaquin Phoenix como Scarlett Johansson logran sus mejores composiciones hasta la fecha, y particular -y sorprendentemente- aún más la segunda, que logra darle entidad de personaje "real" a una máquina con emociones a la que ni siquiera visualizamos, sino que sólo escuchamos.

Her es una película extraña pero accesible, en la que las texturas digitales y los simulacros virtuales resultan muy poco futuristas, de una extraña familiaridad. Jonze diseña un futuro de aires retro, sembrando de infinita tristeza un Los Angeles fascinante, entre fantasmal y cotidiano, que tanto recuerda al pasado como al futuro. Sin fatalismos pero incidiendo en la melancolía de sus imágenes (genial fotografía de Hoyte van Hoytema, responsable de la de El Topo y Déjame entrar) en Her modula la comedia y el drama con la maestría de un buen (y sencillo) fabulador. Y desnudándose de artificios, se presenta como totalmente capaz de alejarse de ejercicios metalingüísticos de Cómo ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas, todavía sus marcas de fábrica, y concentrarse en el material más básico: las emociones, los personajes, sus actores, al fin y al cabo sustancias igual de intangibles que la reglas del relato cuestionadas en sus anteriores filmes. O quizá no: según veía Her pensé, y su desenlace me lo refrenda, que la película funcionaba como una conversación entre amantes separados, tanto me da si es sólo por distancia física como por el Más Allá... o las de la vida humana y la artificial.

La riqueza de Her nace de su propia sencillez. Pero, a la vez, los retazos y desafíos que adivinamos de su contexto resultan increíblemente sólidos. Por un lado, existe una historia de amor que resulta completamente autónoma, emocionalmente arrolladora, pero cuyo devenir revela las infinitas probabilidades de la ciencia ficción como relato del presente (en su visión de las relaciones humanas) y también de los enigmas del futuro. Pese a tratarse de una historia previsible en líneas generales, limitada siempre a los parámetros de aquello que es íntimo y personal, Jonze apunta aquí y allá todos los dispositivos de la ciencia ficción más avanzada. Y en este punto, Her me resulta un filme incluso imprevisible, inesperadamente complejo, pero que por el camino es capaz de lograr una inesperada credibilidad a la hora de erigir un personaje invisible, y más aún, sobre la triste y eterna incapacidad humana de conectar, de existir en compañía de otra persona.







en libertaddigital.com







martes, julio 01, 2014

“La pesca de la trucha en América”, de Richard Brautigan








El gabinete del doctor Caligari

Hubo un tiempo en el que los bichos acuáticos eran lo mío.
Recuerdo la primavera infantil que dediqué al estudio de los charcos de barro invernales de la región noroeste de la costa del Pacífico. Me habían concedido una beca. Mis libros eran un par de botas de Sears Roebuck, de esas con páginas de goma verde. La mayoría de mis aulas estaban cerca de la orilla. Ahí es donde ocurrían las cosas importantes y donde lo bueno sucedía.

A veces, a modo de experimento, tendía puentes con maderas para asomarme a las aguas más profundas de los charcos, pero no era tan bueno como en el agua próxima a la orilla. Los bichos eran tan minúsculos que prácticamente tenía que hundir la mirada en el charco de barro como una naranja ahogada. Hay algo de romántico en la fruta que flota en el agua, en las peras y naranjas en un lago o un río. Durante el primer minuto no veía nada, pero entonces los bichitos acuáticos cobraban vida. Vi uno negro de largos dientes que perseguía a otro blanco con una bolsa de periódicos colgada del hombro, dos blancos jugando a las cartas junto a la ventana, y otro blanco más que me devolvió la mirada con una armónica en la boca.

Fui un estudioso hasta que los charcos de barro se secaron, y entonces coseché cerezas a dos centavos y medio la libra en un viejo huerto junto a una carretera larga, calurosa y polvorienta. La jefa de las cerezas era una mujer de mediana edad, y era una okie [natural de Oklahoma] de las de verdad. Siempre llevaba puesto un peto ridículo. Se llamaba Rebel Smith y había sido amiga de Pretty Boy Floyd en Oklahoma. "Recuerdo que una vez Pretty Boy llegó en su coche. Yo salí corriendo al porche".

Rebel Smith se pasaba la vida fumando cigarrillos y explicando a la gente cómo cosechar cerezas y asignándoles árboles y anotándolo todo en un librito que llevaba en el bolsillo de la camisa. Sólo fumaba la mitad del cigarrillo, y luego tiraba la otra mitad al suelo. Durante los primeros días de trabajo veía sus cigarrillos a medio fumar por todo el huerto, junto al retrete y alrededor de los árboles y a lo largo de las hileras.

Luego contrató a media docena de mendigos para recoger cerezas porque la cosecha iba muy lenta. Rebel los recogía cada mañana en una desvencijada furgoneta y los conducía al huerto. Siempre había media docena de mendigos, pero a veces las caras cambiaban.

Después de que vinieran a recoger cerezas no volví a ver medios cigarrillos tirados por el suelo. Desaparecían antes de tocar tierra. Reflexionando sobre ello, uno podría pensar que Rebel Smith estaba en contra de los charcos de barro, pero también podría no pensarlo.



en La pesca de la trucha en América, 1967