domingo, junio 08, 2014

“Destino”, de Bei Dao









Sigue tú los números impares,
viaja con las centellas
de los ejercicios de articulación. Desde el mapa
dominas las exequias del camino:
han ahondado mucho
hasta llegar al sentido del poema.

El punto no puede detener
los dolores del parto de la métrica;
te acercas a la metáfora del viento
que parte con los cabellos blancos.
En la negra noche abres tu mandíbula
y hace que surja la escalera.



en Revista Autodafe, nº 1, otoño 2000











sábado, junio 07, 2014

"Una casa rural", de Mei Yaochen

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Canta tres veces el gallo; apenas hay luz en el cielo.
Alguien hace una fila con los cuencos de arroz, junto a los frascos de té.
Ansiosamente, los campesinos se apresuran a iniciar el temprano arado,
me pongo fuera de los postigos de sauce y miro las estrellas de la mañana.










viernes, junio 06, 2014

“Viento de bodas”, de Philip Larkin








El viento sopló todo el día de mi boda,
y mi noche de bodas fue la noche del vendaval;
la puerta del establo no dejó de golpear,
y él tuvo que bajar y cerrarla, dejándome
como una estúpida a la luz de las velas, oyendo
la lluvia, viendo mi cara en el curvo candelabro,
en realidad sin ver nada. Cuando volvió
dijo que los caballos estaban inquietos, y me entristeció
que aquella noche hubiera un hombre o animal
que no compartiera mi felicidad.

Ahora, de día,
el viento lo agita todo bajo el sol.
Él ha ido a ver la inundación, y llevo
un cubo roto al gallinero,
lo dejo en el suelo y me quedo mirando. Todo es un viento
que revuelve las nubes y los bosques, que azota
mi delantal y la ropa del tendedero.
¿Puedo soportar que el viento me haga encarnar
la alegría de mis actos, como un hilo ensartado
de cuentas? ¿Podré dormir ahora
que esta mañana perpetua comparte mi cama?
¿Conseguirá secar la muerte
estos nuevos lagos de dicha, impedir que nos arrodillemos
como el ganado junto a sus generosas aguas?



en Poesía reunida, 2014







jueves, junio 05, 2014

"Alguien dice tu nombre", de Luis García Montero

Fragmento


Observo los quioscos de flores y me alejo de los matrimonios que van para su casa con un paquetito de pasteles. Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres según las últimas estadísticas, eso escribió Dámaso Alonso, eso leyó Ignacio Rubio en clase, eso pienso yo ahora, rodeado de flores, de pasteles, de matrimonios, de buenas cosas y buena gente que hoy me parece insoportable. Mi profesor de Literatura no habla de política en clase. Se limita a leer poemas, contar novelas, resumir vidas de escritores y explicar que resulta imprescindible aprender a mirar. Yo miro, observo, escribo. Me he mirado hoy en el espejo, y no me resisto, señor Tolstoi. Salgo a la calle para indignarme con lo que veo. Buena gente insoportable, protagonistas de la gran indiferencia, del miro para otro lado porque no quiero ver, del no necesito saber esto o saber lo otro. La gran indiferencia de los que giran la cabeza o la levantan como si tuvieran un palo en el culo, contentos de conformarse con comprar pasteles los domingos por la mañana. No existen. Son muertos, más de un millón de muertos según las últimas estadísticas y el malhumor de una mala mañana.

Prefiero a la mala gente. La maldad del que manda tiene una explicación. La autoridad quiere conservar su poder, sus reglas, sus amenazas. El miedo trabaja a su servicio. Admiro al alcalde que no se olvida de que es alcalde y al hijo del alcalde que saca buenas notas porque es el hijo del alcalde, que se porta de manera cruel porque es el hijo del alcalde y que disfruta con la venganza porque conviene mantener viva la memoria del miedo y del escarmiento. Es lógico que el hijo del alcalde quiera pasárselo bien y no acepte ningún límite. Es lógico que un día de mal viento quiera robarle una oveja a Pedro el Pastor para matarla con sus amigos. Está acostumbrado a disparar contra las palomas del cura. ¿Qué más da una rana, una paloma o una oveja? Se torea a una oveja, se corre detrás de una oveja asustada, se sacrifica a una oveja, se prepara un guiso de carne de oveja. Si Pedro el Pastor te descubre y te pone en ridículo delante de los amigos, es más que lógico buscar venganza. Llamar al perro de Pedro el Pastor, acariciarlo, llevarlo cerca de un árbol, ponerle una soga en el cuello y ahorcarlo. El perro ahorcado es un aviso que tiembla en la rama de un olivo. El perro ya no muerde, su cadáver sí.






2014






















miércoles, junio 04, 2014

“Carta de amor”, de Dino Buzzati








He regresado finalmente, tesoro, y ahora espero que me alcances. En tu última carta, que recibí hace un mes, decías, precisamente, que no podías vivir sin mí. Te creo porque mi sentir es el mismo. ¿No es como una atracción fatal, casi un castigo?

En general, entre hombre y mujer sólo uno de los dos se enamora. El otro, o la otra, acepta o soporta. En nuestro caso, maravillosamente, la pasión es igual en ambos. Los dos locos, lo cual es hermoso, pero también asusta. Somos como dos hojas furiosamente empujadas la una hacia la otra por vientos opuestos. ¿Qué sucederá cuando se encuentren?

Esta carta tardará 48 horas en alcanzarte. Desde hace meses, lo sé, estás lista para partir, tienes las maletas hechas, te has despedido ya de los amigos. Para llegar aquí necesitarás un par de días. Supongamos que partes el sábado. Tras cuatro días, esto es el lunes, al despuntar el alba, te espero.

¿Cómo será nuestra vida? En estos años de lejanía he meditado continuamente sobre nuestra futura existencia en común. Pero no conseguía nunca representarme con claridad las cosas. Cada vez, para turbar el trabajo de la imaginación, irrumpía el salvaje deseo de ti.

Hoy, aprovechando un insólito momento de calma, siento sin embargo la necesidad de plantearte ciertas cosas. No es que haya necesidad de persuadirte. ¡Ay de nosotros si hubiese aún, en ti o en mí, una sombra de duda! Pero, releyendo estas páginas, pienso que durante el viaje podrás medir y saborear, una vez más, lo oportuno de tu y de mi irrevocable decisión.

Quisiera, por lo tanto, antes de que sea demasiado tarde, considerar nuestras respectivas cualidades y defectos, situaciones, gustos, costumbres y deseos, los cuales constituyen (¿lo has notado?) una afortunada coincidencia como pocas veces se dan.

Para empezar, la posición social. Tú, maestra de francés de enseñanza media; yo, productor de vino. Yo, operador económico, como se acostumbra decir, y tú, intelectual. Difícilmente, por suerte, podremos entendernos a fondo, siempre habrá una barrera, una cortina de separación que la buena voluntad, de una y otra parte, no podrá nunca superar.

Piensa en el problema de los amigos, por ejemplo. Mis amigos son gente civilizada y honrada, pero simple. No quiero decir ignorantes, precisamente, pues hay entre ellos un notable abogado, un doctor en agricultura y un mayor retirado. Pero ninguno tiene problemas complicados, en general aman la buena mesa y no se oponen, te lo aseguro, a los chistes colorados. En su compañía, ya me parece verlo, bostezarás con ganas, pero lo disimularás dada tu refinada educación. Y muy difícilmente te acostumbrarás. Eres una criatura temperamental, la paciencia y la tolerancia del prójimo no son tu fuerte, y también por eso me hiciste perder la cabeza.

Ahora escucha una cosa, aunque no venga al caso: si consiguieras partir con el primer tren del sábado, podrías estar aquí el domingo por la noche, ¿no sería magnífico?

Almas gemelas, decías. Y te doy la razón. La afinidad entre dos personas no significa igualdad o estrecha semejanza. Al contrario: la experiencia enseña que significa lo contrario. Como en nuestro caso. Tú, docente de francés; yo, vinatero, como te divertiste en definirme en los primeros tiempos, aunque fuera bromeando. Te diré que no tengo intención de regresar a Argentina nunca jamás. Tuve suficiente. Liquidé la plantación heredada de mi tío en Mendoza y no me moveré más de mi tierra, por lo menos eso espero. Solamente aquí podré ser feliz. Al mismo tiempo, sé que vivir en el campo, aunque continuarás enseñando, yendo y  viniendo a la ciudad vecina, te llenará de melancolía. Y eso es el campo exactamente, te lo aseguro, cien por ciento. No hay duda de que al final del primer tiempo morderás el freno. Pero, mira, en este instante me viene a la mente tu boca, cuando la tienes entornada como los niños, como esperando algo. Dirás que soy  banal —es más, cuántas veces tendrás ocasión de repetírmelo—, pero en tus labios tan tiernos, apenas abiertos, se ha agazapado el demonio, ¡quién puede con eso!

Y es por tu boca, te lo confieso, que comencé a perder la cabeza. La casa. Mi casa es bastante grande y confortable —incluso recientemente volví a poner en servicio los tres baños—, pero muy diferente de la tuya. Los muebles son todavía aquellos de los abuelos, de los bisabuelos, de los tatarabuelos. Cambiarlos, te lo confieso, me parecería un sacrilegio, como destruir una tumba. A ti, al contrario, te gusta Gropios —¿está bien escrito así el nombre?, discúlpame si me equivoco, ya sabes que sólo llegué a tercero de secundaria—, te gustan los divanes, los sillones, las lámparas diseñadas por arquitectos famosos. Todo brillante, eficiente, esencial, ortopédico (¿se dice así?). En medio de tanto vejestorio —lo entiendo hasta yo—, no puedo pretender un excelente gusto, y tú ¿cómo te sentirás? Basta pensar en el olor que emana de esta estancia, a humedad, a polvo, a campo, a insignificancia solitaria que tanto amo, perdóname. Imagínate, sentirás cómo te cubres de moho. Te sentirás una extranjera. Te encerrarás en ti misma como un erizo. Pero ven, ven, alma mía. ¿Y el temperamento? Yo, bonachón, expansivo, alegre, a veces excesivo, me doy cuenta, pero es más fuerte que yo. Tú, educada con las hermanas francesas de San Etiènne, de familia aristocrática aunque venida a menos, al menos económicamente (dirás que soy un palurdo por escribirte tan brutalmente estas cosas, pero, créeme, es mejor así), habituada a una sociedad de gente culta, refinada, donde se dicen elevados discursos de arte, literatura, política (e incluso las habladurías tienen su especial elegancia). Yo, campesino, que ha leído sí a Manzoni, Tolstoi y Sinkiewicz, pero que reconoce su propia inferioridad cultural. Tú, llena de escrúpulos, de recato, desdeñosa, no quisiera decir altanera (pero qué piel tan estupenda tienes, apenas te toco y me vienen unos escalofríos, ¿no te lo han dicho nunca?, qué ingenuo soy, quién sabe cuántos no te lo habrán dicho ya), arrugas tu deliciosa naricita ante una palabra equivocada.

Por mí, ¿cuántas veces no lo habrás hecho? ¿No es extraordinario todo esto? Dame un besito, criatura, haz tus pucheros

Otra cosa. Estás acostumbrada a la gran ciudad. Una vez me dijiste que el estruendo de los autos, los camiones, las sirenas de las ambulancias, el chirrido delos tranvías eran para ti como drogas que te hacían más fácil el trabajo de día y, en compensación, por la noche, te ayudaban a conciliar el sueño. Eres, en suma, un temperamento metropolitano lleno de electricidad, por así decirlo. Aquí, al contrario, hay una quietud absoluta, que a veces me desespera hasta a mí (te lo aseguro). ¡Además, está la noche! Solamente las voces de los árboles, cuando hay  viento, el repiqueteo de las gotas sobre el techo cuando cae la lluvia, el lejano ladrido de los perros cuando hay luna. No, no, tú nunca podrás acostumbrarte. Y entonces, preveo ya los nervios, los reclamos, la irritabilidad, el no soportarnos. ¿Te imaginas qué hermoso? Mira que las amonestaciones ya están hechas desde hace rato. El párroco está dispuesto a casarnos incluso el lunes por la mañana, sólo basta que llegues a tiempo.

Pero hay más. Amo el futbol, cosa aborrecida por ti. Soy un viejo fanático del Juventus y el domingo por la tarde, si las cosas van mal, pierdo hasta el apetito. Con los amigos se platica mucho de estas cosas, también durante la semana. A ti, supongo, simplemente te dará náuseas. En la tarde me mirarás como se mira a un gusano que se arrastra por la tierra. Por la noche, terminaremos peleando, preveo que también de tu querida boquita saldrá alguna fea palabra.

A propósito: a la boda, se entiende, puedes invitar a quien quieras, podrán dormir en el Hotel de las Termas, aquí cerca, que tiene buen servicio. A mi costa, naturalmente. Mis parientes, te aviso desde ahora, estarán, como mínimo, unos cuarenta días. Ven aquí, mimosa, deja que te estreche contra mí, casi muero cuando haces tus berrinches.

Es verdad, en la gran ciudad las costumbres son distintas. Cuando no vas al cine (a propósito, ¿has visto Waterloo ?, a mí me gustó muchísimo), te encuentras con alguna amiga, ¿verdad?, discuten los problemas de la escuela, los programas, hacen lo que se dice “un trabajo de equipo”, se sienten cerebros superiores, ¿no es así? La tarde, me parece que ya te lo dije, me gusta pasármela delante de la televisión, una espantosa costumbre, ¿no es cierto?

Entendámonos. Estoy dispuesto, de tanto en tanto, a acompañarte alguna tarde a la ciudad, tesoro mío. Mira, sin embargo, que la televisión es peor de cuanto imaginas (que siempre te has rehusado a verla porque también la ve tu portera).

Por la tarde, ¿por qué ocultártelo?, alguna vez también verás el partido. Maldecirás, me imagino. Te acurrucarás en el sillón, en el rincón, bajo una pequeña lámpara, leyendo a Teilhard du Chardin (¿me equivoqué al escribir el nombre?).

¡Vamos!, amor mío, toma el avión, toma el cohete interplanetario, la alfombra mágica. No veo la hora de que estés aquí. No puedo más. Ven, tesoro, te lo juro, seremos infelices.




en Sesenta relatos, 1958









martes, junio 03, 2014

"El Señor de las flores", de Nezahualcóyotl





Oh Dador de la Vida, tú lo escribes todo con las flores,
con tus cantos derramas el color sobre las cosas
y fresca sombra das
a los que han de permanecer aún sobre la tierra.

Sólo vivimos en tu libro de pinturas,
aquí,
en este mundo.

Llegará el tiempo en que destruirás a águilas y tigres.
Llegará el tiempo en que borrarás
con tinta negra todo lo que fue nuestra hermandad,
la comunidad y su nobleza.

Eres tú, y sólo tú,
quien extiende la sombra
sobre los que han de vivir sobre la tierra.







Versión de Carlos Morales sobre la traducción del nahuatl de Miguel León Portilla














lunes, junio 02, 2014

“Refulge otra vez el sol”, de José Watanabe








Refulge otra vez el sol sobre el río,
siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.

(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente)

Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.



en El guardián del hielo, 2000












domingo, junio 01, 2014

"El reloj de arena", de Jorge Luis Borges





Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura

El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.

Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.

Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento

Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.

¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?

Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.

El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,

Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.







en El hacedor, 1960