domingo, agosto 24, 2014

“La esquina es mi corazón (o los New Kids del bloque)”, de Pedro Lemebel







Dedicado a los chicos del bloque, desaguan­do la borrachera en la misma escala donde sus padres beatlemaníacos me hicieron a lo perrito; inyectándome entonces el borde plateado de la orina que baja desnuda los peldaños hasta aposentarse en una estrella humeante. Yo me fumo esos vapores en un suspiro de amor por su exilio rebelde. Un brindis de yodo por su imaginario corroído por la droga. En fin, son tan jóvenes, expuestos y dispuestos a las acrobacias de su trapecio proletario. Un pasar trashumante de suelas mal pegadas por el neoprén que gotea mortífero las membranas cerebrales, abriendo agujeros negros como ventanas enlutadas o pozos ciegos donde perderse para avizorar apenas la ampolleta del pos­te. Tantas veces quebrada, tantas veces re­puesta y vuelta a romper, como una forma de anular su halógeno fichaje. De retornar a la oscuridad protectora de los apagones, transformando el entorno conocido en sel­vática de escamoteo. Un pantanoso anoni­mato que perfila las caras adolescentes en luciérnagas de puchos girando en el perí­metro del farol apagado, como territorio de acechanzas.

La esquina de la "pobla" es un corazón donde apoyar la oreja, escuchando la músi­ca timbalera que convoca al viernes o sába­do, da lo mismo; total, aquí el tiempo de­marca la fatiga en las grietas y surcos mal parchados que dejó en su estremecimiento el terremoto. Aquí el tiempo se descuelga en manchas de humedad que velan los ros­tros refractados de ventana a ventana, de cuenca a cuenca, como si el mirar perdiera toda autonomía en la repetición del gesto amurallado. Aquí los días se arrastran por escaleras y pasillos que trapean las mujeres de manos tajeadas por el cloro, comentando la última historia de los locos.

La esquina de los bloques es el epicen­tro de vidas apenas asoleadas, medio asomándose al mundo para casetear el perso­nal estéreo amarrado con elástico. Un marcapasos en el pecho para no escuchar la bulla, para no deprimirse con la risa del teclado presidencial hablando de los jóvenes y su futuro.

El pérsonal estéreo es un pasaporte en el itinerario de la coña, un viaje intercon­tinental embotellado en la de pisco para dormirse raja con el coro de voces yanquis que prometen "dis-nai" o "esta noche". Como si ésta fuera la última de ver los cal­zones de la vieja flameando en la baranda, la última del vecino roncando a través de la pared de yeso. De esta utilería divisoria que inventó la arquitectura popular como sopor­te precario de intimidad, donde los resue­llos conyugales y las flatulencias del cuer­po se permean de lo privado a lo público. Como una sola resonancia, como una cam­pana que tañe neurótica los gritos de ma­dre, los pujos del abuelo, el llanto de los crios ensopados en mierda. Una bolsa cúbica que pulsa su hacinamiento ruidoso donde na­die puede estar solo, porque el habitante en tal desquicio, opta por hundirse en el caldo promiscuo del colectivo, anulándose para no sucumbir, estrechando sus deseos en las piezas minúsculas. Apenas un par de metros en que todo desplazamiento provoca fricciones, roces de convivencia. Donde cualquier movimiento brusco lija una chis­pa que estalla en trapos al sol, en plata que falta para izar la bandera del puchero. Y el New Kid vago todavía durmiendo, hamacado en embriaguez por los muslos de Madonna, descolgándose apenas a los gri­tos que le taladran la cabeza, que le echan abajo la puerta con un "levántate, mierda, que son las doce". Como si esa hora del día fuese un referente laboral de trabajo instan­táneo, una medida burguesa de producción para esforzados que para entonces ya tienen medio día ganado, después de hacer footing, pasear al perro y teclear en la computadora la economía mezquina de sus vidas. Para después jactarse del lumbago, como conde­coración al oficio de los ríñones.

Cómo transar el lunar azul de Madonna por el grano peludo de la secretaria vieja que te manda donde se le ocurre, porque uno es el junior y tiene que bajar la vista humilla­do. Cómo cambiar el tecleo de esta vieja por la súper música de los New Kids para desmayarte muy adentro y chupárselo todo, fu­marse hasta las uñas y a lo que venga, mina, fleto, maricón, lo que sea, reventarse de gusto, ¿cachái?

Siempre que no pongan al Jim Morrison porque me acuerdo del loco chico, que se quedó entumido en la escala cuando nevó y lo encontraron tal cual. Entonces lloraron varios y otros le llevaron ramos de cogollos que después se los fumaron ahí mismo. Total, decían, la yerba alivia la pena y el peso del barro en los zapatos. Más bien en las zapatillas Adidas que le pelamos a un loquillo pulento que vino a mover. Era broca y se quedó tieso cuando le pusimos la pun­ta y le dijimos "coopera con las zapatillas, loco", y después con los bluyines y la cami­sa. Y de puro buenos no le pusimos el ñato, porque estaba tiritando. Y aunque era paltón nos dio lástima y le contamos hasta diez, igual como nos contaban los pacos, igual se la hicimos al loco, porque aquí la ley somos nosotros, es nuestro territorio, aunque las viejas reclaman y mojan la escala para que no nos sentemos. Entonces nos vamos a los bloques de atrás y se queda la esquina sola porque andan los civiles y empiezan las ca­rreras y los lumazos, hasta se meten en los departamentos y nos arrastran hasta la cuneta y después al calobozo. Y aunque estemos limpios igual te cargan y la vieja tiene que conseguirse la plata de la multa y le prometo que nunca más, que voy a trabajar, que voy a ganar mucha plata para que nos vayamos del bloque. Porque vive con el co­razón en la mano cuando no llego. Y aun­que le digo que se quede tranquila, ya no me cree y me sigue gritando que son las doce, que me levante, cuando para mí las únicas doce son las de la noche, cuando me espera el carrete del viernes o sábado, para morirme un día de estos de puro vivo que estoy.

Muchos cuerpos de estos benjamines poblacionales se van almacenando semana a semana en los nichos del cementerio. Y de la misma forma se repite más allá de la muerte la estantería cementarla del hábitat de la pobreza.

Pareciera que dicho urbanismo de cajoneras, fue planificado para acentuar por acumulación humana el desquicio de la vida, de por sí violenta, de los marginados en la repartición del espacio urbano.

Pareciera entonces que cada nacimien­to en uno de estos bloques, cada pañal ondulante que presupone una nueva vida, es­tuviera manchado por un trágico devenir. Parecieran inútiles los detergentes y su alba propaganda feliz, inútil el refregado, inúti­les los sueños profesionales o universitarios para estos péndex de última fila. Olvidados por los profesores en las corporaciones mu­nicipales, que demarcan una educación cla­sista, de acuerdo a la comuna y al estatus de sus habitantes. Herencia neoliberal o fu­turo despegue capitalista en la economía de esta "demos-gracia". Un futuro inalcanza­ble para estos chicos, un chiste cruel de la candidatura, la traición de la patria libre. Salvándose de la botas para terminar charqueados en la misma carroña, en el mismo estropajo que los vio nacer. Qué horizonte para este estrato juvenil que se jugó sus mejores años. Por cierto irrecupe­rables, por cierto hacinados en el lumperío crepuscular del modernismo. Distantes a años luz, de las mensualidades millonarias que le pagan los ricos a sus retoños en los institutos privados.

Por cierto, carne de cañón en el tráfico de las grandes políticas. Oscurecidos para violar, robar, colgar, si ya no se tiene nada que perder y cualquier día lo encontrarán con el costillar al aire. Por cierto, entendi­bles tácticas de vietnamización para sobre­vivir en esta Edad Media. Otra forma de contención al atropello legal y a la burla política. Nublado futuro para estos chicos expuestos al crimen, como desecho sud­americano que no alcanzó a tener un pasar digno. Irremediablemente perdidos en el iti­nerario apocalíptico de los bloques... nave­gando calmos, por el deterioro de la utopía social.



en La esquina es mi corazón, 1995











sábado, agosto 23, 2014

"El baile de la Victoria", de Antonio Skármeta

Premio Nacional de Literatura 2014



Fragmento

El joven compró dos cartones de leche y atravesaron la calle hacia la plaza de Armas. Se tendieron sobre los bancos de madera y reclinaron los pies sobre sus respectivos bultos: él la mochila con sus pertenencias traídas de la cárcel, ella la cartera con los útiles, libros y cuadernos escolares.

Ella se abrió el abrigo exhibiendo un uniforme liceano con una insignia indescifrable sobre el jumper.

—¿Desde cuándo haces la cimarra?
—Desde hace un mes. Me echaron del colegio y todavía no me atrevo a decírselo a mi madre.
—¿Y qué haces?
—Me levanto en las mañanas, hago como que voy a clases, doy vueltas por aquí y allá hasta que abren los cines rotativos. Después veo una o dos películas y vuelvo a casa.

El joven consideró con el entrecejo fruncido la posibilidad de que la lluvia se desatara. Todas las nubes encima eran negrísimas: algunas compactas y abultadas, otras deshilachadas y veloces.

Ella también subió la mirada y aprovechó para peinarse la cabellera con los dedos. Cuando bajaron los ojos, se encontraron en una súbita intimidad. Ella le sonrió, y él estimó atractivo y viril no hacerlo. Simplemente le mantuvo la mirada mientras se apartaba el agua de la frente.

Se llevaron simultáneamente los cartones de leche a la boca, y al beber, un relámpago se desprendió entre las nubes y un feroz estruendo rodó por el cielo. Ambos levantaron la vista hacia esas nubes hostiles, volvieron a mirarse a los ojos y saborearon sus leches como si estuvieran en un primaveral picnic campestre. Ella se limpió con la manga del abrigo la blanca estela que quedó sobre sus labios simulando un bigote, y al advertir que también el joven tenía su nariz embadurnada, se la secó con un dedo.

La lluvia irrumpió con goterones y la chica hundió los hombros, refugiándose en sí misma. Él no le prestó atención al agua que caía y recibió la gracia del sorbo blanco que inundaba su estómago como una bendición.

—Esto es lo que soy —le dijo a la muchacha—. Soy absoluta y totalmente este momento. No tengo casa ni amigos, ni un pasado, ni nada que quiera recordar, ni dinero, pero sé que seré feliz. Soy un estómago con un delicioso supercompleto alojado en mis entrañas, y ésta es mi ciudad de hielo y barro.





2003







viernes, agosto 22, 2014

“John Coltrane: un amor supremo”, de José de Segovia







Para aquellos que amamos el jazz, el nombre de Coltrane es sinónimo de un maestro incontestable. Pocos músicos han influido tanto en tantas generaciones. Pero debido a causas contractuales, la trayectoria de este saxo tenor, a veces soprano, no había podido ser resumida hasta ahora con cierto rigor y amplitud. Resuelto ya el problema de los derechos de cada sello discográfico, su hijo Ravi, que ha estado hace poco actuando en Madrid, ha sido el encargado de hacer una selección en cuatro compactos, que abarcan desde sus pasos primerizos a su última fase de misticismo y libertad.

Coltrane había comenzado profesionalmente en la llamada era del bebop, con el gran saxo tenor Charlie Parker. Su sonido era claro, pero mostraba una concepción armónica extremadamente avanzada. Sus inusuales escalas se sucedían a una rapidez tal que en París se preguntaban si no tendría más de dos manos. Su técnica se basaba en una respiración circular, que eliminaba las pausas, inspirando por la nariz y expirando por la boca, que le permitían hacer solos de veinte o treinta minutos. Coltrane tenía una gran base teórica. Había estudiado piano, bajo y arpa, y privadamente tocaba la flauta, e incluso la gaita. Nació con el blues en 1926, pero conocía la música clásica, especialmente Bartók y Stravinsky, así como la tradición latina, africana y de la India. Dotado y prolífico, en 1965 había grabado ya once álbumes, siendo todos ellos alabados por la crítica especializada.

El culto a Coltrane en los años sesenta era tan grande que algunos le conocían ya por sus iniciales, que son las mismas que Jesucristo, algo ciertamente blasfemo para un hombre tan humilde y religioso como era él. Pero el fervor por su música era tal, que a su muerte, una iglesia de San Francisco le llegó a declarar su santo patrón, creando toda una liturgia en torno a Un amor supremo. Se le ha llamado el Mesías del jazz. Algunos le ven incluso como el final de la historia de esta música. Y él fue sin duda el gran innovador de un arte que nació espontáneamente de la esperanza de esclavos que anhelaban un mañana mejor.

Hay tres grandes biografías sobre Coltrane, la mejor es tal vez la publicada en 1981 por Lewis Porter, un profesor de la Universidad de Rutgers, que ha dedicado toda su vida a estudiar su música (las otras son las de Nisenson y Leroi Jones). Sólo sobre Un amor supremo, escribe dieciocho páginas. Su infancia la describe en un medio de clase media, ya que su padre era sastre, pero muere de cáncer cuando Trane (como le solían llamar familiarmente) era apenas adolescente. Se cría en la iglesia de sus abuelos, que eran pastores de la Iglesia Metodista Episcopal Africana Sión, en Hamlet, Carolina del Norte. Estaba ya volcado en el saxo, cuando su familia se traslada a Filadelfia en los años cuarenta, que era entonces la cuna del bebop.

Coltrane pasa la guerra en la Marina, estacionado en Hawai. Al volver a Philly en 1946 se dedica cuatro años a estudiar saxofón y música clásica. Trabaja diez años tocando en orquestas, mientras empieza a tener problemas con el alcohol y la heroína. Muchos músicos de jazz eran entonces drogadictos, como Charlie Parker, Miles Davis, Stan Getz, Dexter Gordon o Chet Baker. Su carrera emprende así un declive, al ser expulsado del grupo de Dizzy Gillespie. Pero en 1957 vive una conversión, que le hace abandonar el hábito de la droga. Según escribió en Un amor supremo, durante ese año experimentó “la gracia de Dios, un despertar espiritual que me llevó a una vida más rica, completa y productiva”.

“Mi propósito es vivir una vida auténticamente religiosa, y expresarlo en mi música”, dice Coltrane en una entrevista de la época. Él creía que “la música puede hacer al mundo mejor”, por lo que busca tonos y escalas de particular “significado emocional”. Empieza a hablar así del arte de una forma casi mágica, como un método para hacer llover, curar, dar dinero, e incluso desintegrar, como dijo en una ocasión al baterista Elvin Jones. A partir de los años sesenta hace de su música una oración. Ensaya en una iglesia, y toca el saxo sin cesar. No se separa de él ni para comer o dormir.

Hay un estudio sobre la espiritualidad de Coltrane, que hizo John Fraim en un libro publicado el año 96 llamado Spirit Catcher, y Nisenson le dedica también especial atención a su fe. No hay duda que sus raíces eran cristianas. Sus abuelos eran pastores, y su madre era “muy religiosa”, dice Porter. No sé si iba ya a la iglesia de adulto, pero él describe su conversión del año 57 en términos de gracia y gratitud al Padre. Sus composiciones llevan nombre cristianos, como “El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo”, pero en sus meditaciones sobre este tema trinitario, publicado en 1966 dice: “Creo en todas las religiones”. Habla de una “fuerza para la unidad”, y parece “decepcionado” cuando descubre cuántas religiones había.

Influido por el positivismo de Ayer, el budismo de la India, Gandhi, o la astrología de Oriente y Occidente, Coltrane sabía que moriría pronto, pero no por los antecedentes familiares de cáncer de estómago, sino por sus convicciones astrológicas. Algunos meses antes le preguntaron en una conferencia de prensa en Japón que le gustaría hacer entonces. Él contestó: “ser un santo”.

No hay duda que Coltrane buscaba la verdad del universo. Su música es uno de los más serios intentos de hacer del arte una oración. Conoció el dolor y el lamento de haber explorado las cavidades más profundas de su interior. Veía como por un espejo, oscuramente, pero Dios le dio un saxofón que como la lámpara de un minero, nos habla de un ansia de pureza, que sólo encontramos en aquella sangre de Jesucristo su Hijo, que nos limpia de toda maldad. Es por ese amor supremo que podemos ser santos, siendo transformados por su Gracia.


en Entrelíneas.org, mayo de 2005








jueves, agosto 21, 2014

"El sonido de los Beatles. Memorias de su ingeniero de grabación", de Geoff Emerick

Fragmento del prólogo





[Nota Dscntxt: en el primer día de grabación del álbum Revolver, George Martin les comunica a The Beatles que el ingeniero en sonido desde sus inicios en EMI en 1962, Norman Smith, ha dejado su puesto, el que será asumido por el narrador, Geoff Emerick, de dieciocho años de edad, absolutamente aterrorizado al haber aceptado el desafío de transformarse en el nuevo ingeniero de los Beatles.]

Pero allí sentado en la sala de control, sin saber qué recibimiento iba a tener, yo no pensaba en estas cosas. Era simplemente un revoltijo de emociones: un saco de nervios, preocupado ante la posibilidad de estropearlo todo, horrorizado porque George Martin se lo hubiera dicho en el último momento… y temeroso de que el grupo me rechazara de plano.

Con el tema ya resuelto, los Beatles no tardaron en ir al grano. Secándome el sudor de la frente, decidí aventurarme en el estudio para descubrir en qué íbamos a trabajar aquella noche.

“Hola, Geoff”, dijo Paul alegremente cuando entré en la sala. Los otros tres me ignoraron por completo. John estaba en plena discusión con George Martin; estaba claro que la primera canción en la que íbamos a trabajar sería una de las suyas. Por entonces todavía no tenía título, de modo que la caja de la cinta fue etiquetada simplemente como “Mark I”. El título final, “Tomorrow never knows” (“El mañana nunca sabe nada”) era en realidad uno de los muchos disparates que soltaba Ringo, pero no dejaba traslucir la naturaleza profunda de la letra, que estaba adaptada en parte del Libro tibetano de los muertos.

Existe la falsa idea de que John y Paul siempre escribían las canciones juntos. Tal vez lo hicieran en los primeros tiempos (y por esta razón decidieron acreditar todas sus canciones como “Lennon/McCartney” y se repartían equitativamente los royalties), pero para cuando empezaron las sesiones de Revolver, lo más habitual era que compusieran por separado. Cada uno criticaba el trabajo del otro, o reescribían una estrofa o un estribillo. Pero por lo general todas las canciones las componían por separado. Casi sin excepción, el compositor principal de la canción se ocupaba de la voz solista.

“Ésta es totalmente diferente a todo lo que hayamos hecho antes –le dijo John a George Martin–. Sólo tiene un acorde, y tiene que ser todo como una letanía”. Las canciones de un solo tono se estaban haciendo cada vez más populares en aquellos primeros y embriagadores tiempos dela psicodelia; supongo que estaban pensadas para escucharlas mientras estabas colocado o volado con ácido. En mi opinión, ése era el único modo en que podían apreciarse. Pero aquí mis gustos musicales no tenían importancia, mi tarea era conseguir para el artista y el productor los sonidos que ellos buscaban. De modo que agucé el oído al escuchar la última indicación que John le dio a George: “…y quiero que mi voz suene como el Dalai Lama cantando desde la cumbre de una montaña, a kilómetros de distancia”.

Aquello era típico de John Lennon. A pesar de ser uno de los mejores cantantes de rock&roll de todos los tiempos, odiaba el sonido de su propia voz y siempre nos estaba implorando que la hiciéramos sonar diferente. “¿Puedes deformar eso un poco más?”, solía decir. O: “¿Puedes hacer que suene más nasal? No, cantaré con vos nasal, eso es”. Cualquier cosa para disimular su voz.

John siempre tenía un montón de ideas sobre cómo quería que sonaran sus canciones; tenía en la mente lo que quería oír. El problema era que, a diferencia de Paul, le costaba expresar esas ideas si no era en los términos más abstractos. Si Paul solía decir: “Esta canción necesita metales y timbales”, la indicación de John era más bien: “Quiero que suene como James Dean acelerando la moto por la autopista”.

O: “Hazme sonar como el Dalai Lama cantando desde la cumbre de una montaña”.

George Martin me miró y asintió mientras tranquilizaba a John: “Entendido. Estoy seguro de que a Geoff y a mí se nos ocurrirá algo”. Lo que significaba, por supuesto, que estaba seguro de que a Geoff se le ocurriría algo. Miré a mi alrededor, presa del pánico. Creía tener una vaga idea de lo que John quería, pero no sabía muy bien cómo conseguirlo. Por suerte, tenía poco tiempo para pensarlo, porque John decidió comenzar el proceso de grabación pidiéndome que hiciera un loop con una figura simple de guitarra tocada por él, con Ringo acompañándolo a la batería. (Un loop se crea empalmando el final de una arte musical con el inicio de la misma, de modo que se reproduzca de modo continuo.) Como John quería un sonido atronador, se decidió tocar la parte a un tempo rápido y luego ralentizar la cinta en el reproductor: esto serviría no sólo para devolver el tempo a la velocidad deseada, sino también para hacer que la guitarra y la batería (y las reverberaciones de las que estaban saturadas) sonaran como si fueran de otro mundo.

Mientras tanto seguía pensando en cómo sonaría el Dalai Lama si estuviera en lo alto de Highgate Hill, a pocos kilómetros del estudio. Hice un inventario mental del equipo que teníamos a mano. Estaba claro que ninguno de los trucos de estudio habituales disponibles en la mesa de mezclas bastaría para hacer el trabajo. Teníamos también una cámara de eco, y un montón de amplificadores en el estudio, pero tampoco veía cuál podía ser su utilidad.

Pero tal vez hubiera un amplificador que podría funcionar, aunque nadie había hecho pasar una voz por él con anterioridad. El órgano Hammond del estudio estaba conectado a un sistema llamado Leslie, una gran caja de madera que contenía un amplificador y dos altavoces giratorios, uno que canalizaba las frecuencias bajas y graves y otro que canalizaba las frecuencias altas y agudas. El efecto de aquellos altavoces giratorios era en gran parte el responsable del sondo característico del órgano Hammond. Casi podía oír mentalmente cómo sonaría la voz de John si saliera de un Leslie. Tardaríamos un rato en prepararlo todo, pero confiaba en que pudiéramos conseguir lo que él estaba buscando.

–Creo que tengo una idea para la voz de John– anuncié a George en la sala de control mientras terminábamos de montar el loop. Entusiasmado, le expliqué el concepto. Si bien frunció el ceño por un instante, luego asintió con la cabeza. Entonces se dirigió al estudio a decir a los cuatro Beatles, que estaban plantados esperando impacientes a que construyéramos el loop, que se tomaran una pausa para tomar el té mientras “Geoff encuentra algo para la voz”.

Menos de media hora más tarde, Ken Townsend, nuestro ingeniero de mantenimiento, había terminado de cablear el aparato. Phil y yo lo probamos, colocando cuidadosamente dos micrófonos cerca de los altavoces del Leslie. Sin duda, sonaba diferente; esperaba que aquello satisficiera a Lennon. Respiré hondo e informé a George Martin que estábamos listos para empezar.

Dejando las tazas de té, John se colocó tras el micro y Ringo se sentó a la batería, listos para añadir la voz y la batería al loop ya grabado, mientras Paul y George Harrison se dirigían a la sala de control. Una vez que todos estuvieron en su lugar y listos para grabar, George Martin pulsó el botón del intercomunicador: “Preparados… ahí va”. Entonces Phil puso en marcha el reproductor. Ringo empezó a tocar, gopeando con furia la batería, y John se puso a cantar con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.

“Turn off your mind, relax and float down stream…” (“Desconecta la mente, relájate y déjate llevar por la corriente”). La voz de Lennon sonaba como nunca lo había hecho antes, misteriosamente desconectada, distante pero convincente a la vez. El efecto parecía complementar a la perfección la letra tan esotérica que estaba entonando. Todos los presentes en la sala de control (incluido George Harrison) parecían asombrados.

A través del cristal podíamos ver sonreír a John. Al final de la primera estrofa, hizo una señal de entusiasmo con los pulgares hacia arriba, y McCartney y Harrison se dieron unos golpecitos en la espalda.

–¡Es el Dalai Lennon!– gritó Paul.

George Martin me lanzó una irónica sonrisa: “Buen trabajo, Geoff”. Viniendo de alguien tan poco dado a los cumplidos, era una enorme alabanza. Por primera vez en todo el día, el hormigueo en el sector medio de mi cuerpo dejó de incordiarme.

Instantes después, la primera toma estaba terminada y John y Ringo se habían unido a nosotros en la sala de control para escucharla. Lennon estaba claramente pasmado por lo que estaba oyendo. “Mierda, esto es una maravilla”, repetía una y otra vez. Luego se dirigió a mí por primera vez aquella noche, adoptando su mejor acento pretencioso de clase alta:

–Bueno, muchacho –bromeó–, cuéntanos con precisión cómo has logrado este pequeño milagro.

Hice lo posible por explicar lo que había hecho y cómo funcionaba el Leslie, pero casi todo lo que dije parecía entrarle por un oído y salirle por el otro; lo único que entendió fue el concepto del altavoz giratorio. Por experiencia propia, hay pocos músicos que tengan conocimientos técnicos (se concentran en el contenido musical y en nada más, como debe ser) pero Lennon era más ignorante en estos temas que la mayoría.

–¿No podríamos conseguir el mismo eecto colgándome de una cuerda y balanceándome alrededor del micrófono? –preguntó de manera inocente, lo que provocó en los demás un ataque de risa.

–Qué bobo eres, John, de verdad –se burló afectuosamente McCartney, pro Lennon se mantuvo irreductible. Al fondo, pude ver cómo George Martin movía la cabeza con incredulidad, como un maestro de escuela que disfruta de la ingenuidad de uno de sus jóvenes alumnos.





2006







Contribución a Dscntxt de Claudio Sanhueza










miércoles, agosto 20, 2014

“¿Por qué Israel ataca la Franja de Gaza?”, de Jaime Abedrapo








Resulta difícil comprender las causas del conflicto si no consideramos que Palestina representa un territorio cuya descolonización aún está pendiente. Es el único caso del sistema internacional que se ha mantenido en esa condición, ya que el proceso de descolonización de países africanos y asiáticos vino a concluir en la década de los setenta del siglo veinte.

¿Por qué Palestina ha sido marginada del derecho consagrado de autodeterminación de los pueblos respecto de las potencias colonizadoras? La respuesta, en términos generales, tiene que ver con la decisión del Reino Unido, encargado de su administración después de la Primera Guerra Mundial, de modificar el statu quo de la población nativa u originaria, es decir los palestinos.

Esta es la base central para comprender los 60 años de conflicto, es decir desde la creación oficial del Estado de Israel (15 de mayo de 1948). Desde entonces se ha dado curso a la limpieza étnica de los territorios palestinos, ya que el objetivo político de Israel es tener un Estado judío, por tanto era absolutamente necesario erradicar (a como diera lugar) a la población árabe nativa. Por ello, las masacres, desplazamientos forzados, apartheid, etc. Todos los crímenes de lesa humanidad que comete Israel se dan en el contexto de la creación de su Estado, el cual aún no alcanza las dimensiones que sus conductores pretenden, es decir, ocupar todo el territorio que antes había pertenecido a los palestinos.

El rasgo de estar frente a un Estado confesional, con claras raíces racistas, tras una ideología excluyente como el sionismo, ha significado que las negociaciones sean inviables, ya que mientras Israel tenga superioridad militar y dicha ideología se mantenga vigente en relación a la mayoría de los habitantes, ese Estado no estará dispuesto a compartir su territorio con árabes o con personas de otras religiones, por la amenaza demográfica que esto significaría para la superioridad numérica judía. Es decir, ello es lo que hace inviable, hasta hoy, la creación de un Estado binacional. Por otro lado, como los sionistas consideran que su proyecto estatal está inconcluso y siguen edificando asentamientos (política de estado en Israel) y desplazando a los palestinos o arrebatándoles su tierra, no hay forma de negociar fronteras, ya que están en pleno proceso de expansión y no se observa un poder real que pueda coaccionarlos para que respeten la legislación internacional, es decir, las resoluciones de Naciones Unidas.

Esto, de alguna manera, refuerza las causas primeras del conflicto, ya que Israel siempre ha tenido argumentos para no negociar y ha trabajado o se ha aliado siempre con la potencia de turno (primero Reino Unido y Francia; luego Estados Unidos), por lo cual desde el realismo político, ha sido imposible condicionar su política de Estado, a pesar de que no respeta el derecho internacional, ni el derecho internacional humanitario, ni tampoco los derechos humanos. Israel todo lo fundamenta en razón de su seguridad nacional o espacio vital.

Recordemos que en 1967, tras la guerra de los seis días, Israel se anexó la totalidad del territorio de Palestina, incluida Jerusalén Oriental, que desde la década del ochenta (1981) considera unilateralmente como su capital única e indivisible, sin acatar el derecho internacional vigente, que tras las resoluciones 242 de 1967 y 338 de 1973 han reclamado la evacuación de los territorios ocupados. En ese contexto, Israel propició los asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza, los que a su vez también le valieron condenas de parte de Naciones Unidas. El único argumento esgrimido por Israel para desarrollar esta expansión y colonización a costa de territorio palestino, han sido títulos basados en textos del Antiguo Testamento de la Biblia, que el Derecho Internacional no reconoce.

En definitiva, estamos frente a la imposibilidad que afecta al pueblo palestino, de ejercer el derecho de vivir en forma libre y soberana en su propia tierra, siendo tratado como una raza inferior al interior del Estado de Israel (se ha institucionalizado un apartheid), en donde se establecen normas discriminatorias para los no judíos, mientras los palestinos en Cisjordania viven bajo ocupación, en verdaderos bantustanes, desde los acuerdos de Oslo (1993). Y el resto vive en el virtual campo de concentración de Gaza, luego de que Ariel Sharon erradicara a la fuerza a los colonos ortodoxos fundamentalistas que tenían asentamientos allí. Podría afirmarse con propiedad, que en Gaza se ha creado la prisión de mayor extensión en el mundo.

En efecto, aproximadamente el 90% de la población residente en la Franja de Gaza está constituida por refugiados, es decir un millón y medio de personas están prisioneros en 300 kilómetros cuadrados por el solo hecho de ser palestinos. Decimos encerrados, porque Israel controla los accesos terrestres, el espacio aéreo y marítimo.

Frente a este sombrío y desesperanzador panorama, cabe preguntarse acerca de qué alternativas tienen disponibles los palestinos para lograr su liberación nacional, puesto que, además, por el lado de las negociaciones que se desarrollan, con interrupciones, desde hace más de18 años, Israel jamás ha negociado de buena fe. Prueba de esto es que, en conocimiento de que el total del territorio de la Cisjordania es una meta intransable para los palestinos, desde el comienzo de las negociaciones y hasta hoy, ha mantenido invariablemente su política de ampliación de los asentamientos judíos en dicho territorio. Y aún más, ha construido el muro del apartheid, que expropia más territorio palestino y le hace la vida imposible a ese pueblo.

En ese contexto, no puede extrañar que surjan movimientos reivindicativos como los de Hamas. Recordemos que éste es un movimiento islámico que no reconoce a Israel, mantiene la resistencia mediante el empleo de la fuerza, pero en un contexto asimétrico, por tanto sólo tiene capacidad para ataques calificados como terroristas, ya que su estrategia es infligir miedo entre la población de Israel. Su capacidad operativa es muy baja, sobre todo en el contexto de aislamiento internacional en que se encuentra y por las pésimas condiciones socioeconómicas derivadas del bloqueo israelí.

Tras lo dicho, podemos afirmar que la causa del conflicto no es Hamas, ya que este es un partido político con una fuerte presencia en la sociedad de la Franja de Gaza; tanto es así, que consiguió en los comicios del 2006, el 65% de la adhesión. Mantiene trabajos en el campo de la salud y educación, y se ha hecho relevante, primeramente tras la acción de Israel que lo apoyó logísticamente en la década de los setenta, con el objetivo de deslegitimar y presentar una cuña en la OLP; pero en una segunda etapa, este movimiento encuentra un importante apoyo ciudadano, como señal de rebelión contra la ocupación y contra los tratos inhumanos que recibe la población de parte del ocupante.

La posición política de Hamas y los cohetes artesanales que dirige hacia territorio israelí, han sido presentados como la causa de la actual agresión de Israel. Para ello se ha pretendido crear algunos mitos, como por ejemplo que ha sido Gaza el que rompió la tregua o pacto de no agresión con Tel Aviv. Sin embargo, a poco de asumir Hamas tras el triunfo en las urnas, los países llamados del Cuarteto (Estados Unidos, Unión Europea, Rusia y la ONU) comenzaron a aislar a este actor político, seguido de un bloqueo y boicot cada vez más implacable por parte de Israel, los que significaron la escasez de alimentos, medicinas, combustibles, etc.

Cabe aquí un comentario, acerca de la actitud adoptada en este caso por quienes se proclaman como democracias modelo, EE.UU., Europa e Israel, especialmente esta última, siempre alabada como la única democracia del Medio Oriente. Su mensaje a los palestinos fue muy claro: o eligen a quienes nosotros deseamos o les haremos la vida imposible. No parece que esta sea la mejor forma de promover la democracia en el mundo.







Debemos también considerar que la agresión del Estado de Israel, es decir, un sujeto internacional con responsabilidad y cuya situación es de ocupante en el territorio palestino, se dio en un contexto de elecciones internas en ese país, en el cual el laborismo gobernante estaba debilitado, por lo que era esperable una derrota en las urnas. De hecho, los partidos de derecha se veían como los próximos gobernantes de Israel, por tanto la acción militar tiene mucho que ver con ello.

Desde otra perspectiva, Israel habría querido condicionar al futuro Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien asume el 20 de enero, en su política de lealtad hacia Israel, y así no arriesgar un giro respecto de lo que ha sido la administración Bush como soporte de la política israelí, la que en definitiva le ha permitido una violación sistemática de los derechos humanos y le ha otorgado apoyo político frente a los crímenes de guerra cometidos por Israel en sus distintas ofensivas militares y sin pagar costo alguno.

Recordemos que en 2006 Israel lanzó una guerra de agresión en contra de El Líbano, donde se enfrentó con Hezbollá, acción en la cual también el uso desproporcionado de la fuerza fue una tónica, por la cual no tuvo ninguna sanción, gracias al veto de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.

Todos estos elementos nos muestran a grandes rasgos por qué Israel está actuando, y podemos decirlo en propiedad, masacrando a la población que habita la Franja de Gaza. Los más de 650 muertos no vienen a ser más que el corolario de unas negociaciones fracasadas, entre la Autoridad Nacional Palestina, que controla Cisjordania, e Israel, en Anápolis. Recordemos que no se logró avanzar en ninguna materia y que mientras se desarrollaban las negociaciones, Israel no dejó de derribar casas de palestinos en Jerusalén, crear nuevos asentamientos, tomar prisioneros, construir el muro, etc.

Ello viene a explicar por qué las visiones islamistas van fortaleciéndose entre la población palestina, ya que ha comprobado que en 60 años de conflicto las negociaciones sólo arrojan fracasos y que su situación es cada vez más precaria, mientras Israel, por medio de la política de los hechos consumados, se expande por territorio palestino y a Gaza lo deja como una prisión en la cual relegar a la resistencia, en especial la islámica.

Sin embargo, Israel sostendrá de cara a la opinión pública internacional, que es responsabilidad de Hamas el que Palestina no tenga Estado, y que por ahora se abocarán a la extirpación del “cáncer fundamentalista, con lo que intentarán validar que sus bombas contengan fósforo blanco o uranio envejecido y que más de un tercio de los muertos sean niños. Insistirá que, en definitiva, la legítima defensa de Israel está en juego y que el mundo árabe y Occidente les debieran agradecer por mantener la ocupación, hasta que eliminen a todos y a cada uno de los miembros de Hamas. Pero dado el brutal accionar de Israel, pareciera que Hamas está representado en cada palestino que se opone a vivir bajo ocupación, inserto en un sistema de apartheid en Israel y Cisjordania, y de campo de prisioneros en Gaza.

Esto sólo podrá cambiar si es que se consigue deslegitimar al sionismo en su expresión racista, totalizante y excluyente, en el sentir de la misma población israelí, la cual, como primer paso, debiera exigir el logro de la paz a su propio gobierno, para que posteriormente la sociedad mencionada entre en un proceso de revalorización y sentido de sociedad.


Enero, 2009