viernes, noviembre 08, 2013

“Sobre el amor”, de Saadi









El momento más difícil en el amor es aquel en que se cae saciado.

Es de locos discutir con una mujer: ¿quién discute con el agua, fuego o viento?

El corazón es la jaula del secreto del amor. Cuando el pájaro huye, nunca más vuelve a la jaula.

Muchas veces el amor camina cerca de nosotros, atento a no salir de la sombra, donde lo confundimos con la amistad.

Al contemplar una hermosa doncella, embriágate de deseos, y reflexiona luego lo que se sufre cuando se ama.

Observa cómo se desnuda la mujer que se te ofrece. Si comienza por quitarse las babuchas, tiene pleno dominio de sí misma, y serás su víctima.

¡Si la mujer que acaricias te sonríe, mala señal para ti! Continuará sonriendo, o contará las estrellas de una constelación.

Hoy una mujer te dijo “no”. Mañana, sin duda, te dirá “sí”. Entre estas dos palabras hay un “puede ser”, que es lo mejor del amor.

Si tu amada cerró los ojos para recibir tu primer beso, ten cuidado, pues debe conocer sus recursos. Puedes tener confianza en la mujer que te brinda sus labios y a la vez te mira.

No te muestres demasiado varonil en la primera noche de amor. Quizá esta mujer sea tuya durante un año. Puede venir el cansancio, y no conviene que oigas un día invocar contra ti esa antigua proeza.

Una mujer puede decirte: “No aspiro a tu corazón. Sólo quiero tu cuerpo y tus caricias”. Esa mujer es hábil. Témela. Sabe cómo el cazador atrae el león a la trampa.

Otra puede confesarte: “Sólo aspiro a tu corazón”. Témela igualmente. Debe saber que la mayoría de los hombres creen que el corazón es una golosina.

Ni la tumba del sultán Sandjar en Merv, ni el palacio de los Selyukidas en Konich, ni la mezquita del Kutab en Delhi, poseen la majestad de una tienda de cuero donde una frágil doncella mantiene encadenado por el amor a un emir desbordante de gloria.

Ronda la noche tu jardín. Te has sentado bajo tu árbol predilecto. Sufres por hallarte solitario y desconocido mientras podrías realizar grandes cosas, o simplemente hacer feliz a una dama. Mira esos jazmines que estrellan la fronda de tu árbol, y acepta la lección que te ofrecen.

Comtemplaba saltar a una doncella que el viento esculpía. Cual doble proa, sus senos rasgaban el espacio. Echada atrás la cabeza, semejaba decapitada mientras corría. Luego, cansada, quedóse inmóvil. ¿Vencida o triunfante? Pero estaba sola, y únicamente en el amor una doncella disfruta de su derrota.

Tu amada reclina la cabeza sobre tu pecho. Su mano estrecha la tuya, cierra los ojos, palpítale la garganta y su sonrisa muestra unos dientes luminosos. No le beses los labios en seguida: dejarías de verle la sonrisa.

Tu amada te repite que jamás perteneció a ninguno. Te contó su vida, citando los nombres de los que pueden confirmar su aserto. Sonríes porque sabes que perteneció a otro y está mintiendo. Pero ¡qué importa! ¿Son por esto sus labios menos voluptuosos al contacto de los tuyos y menos suave su espalda al roce de tus caricias?

Hundida en la alfombra, adornada con trozos de los objetos que rompiera, solloza tu amada con la cabeza entre las manos. En vez de tu desesperación muda y de pensar en la muerte, levántate y apártale las manos. Presumo tenga los ojos secos. Mas, si realmente llora, que tus besos enjuguen sus lágrimas. Su sal será a tus besos lo que la miel a una torta de cebada.

Tu amada, mohina, siéntase en un rincón del cuarto. Por engañarte deshoja una rosa, con interés fingido, tarareando una canción. Coge tú otra rosa y aspira en su cáliz el perfume de este instante: en seguida, tu amada, ardiente y desolada, se arrojará a tus brazos.




en El jardín de las rosas, Chiraz, año 656 de la Hégira













jueves, noviembre 07, 2013

Hoy: Presentación de Nostalgia de la Tierra, de Jorge Teillier, por Ediciones Cátedra







Ediciones Cátedra lo invita a la presentación
de la antología crítica Nostalgia de la Tierra, de Jorge Teillier.

Presentarán esta obra el editor de la misma, Juan Carlos Villavicencio,
junto al poeta y profesor Andrés Morales, el periodista
Pedro Pablo Guerrero y el escritor Álvaro Bisama.

Jueves 7 de noviembre de 2013 · 20:00 hrs. · FILSA
· Estación Mapocho · Santiago Centro










miércoles, noviembre 06, 2013

"Hacia una breve lectura de la obra teillieriana: Poemas del País de Nunca Jamás (1963)", de Juan Carlos Villavicencio





Aunando el primer intertexto que es el universo de Peter Pan, está el epígrafe general del libro, de Marc Chagall, que reconfigura el imaginario de Barrie, dándole un giro de base derruida, en donde la ausencia de hogares, de casas que «fueron desde la niñez destruidas», refiere a un retorno imposible, como naves que ya han sido quemadas para no volver.

«Un desconocido silba en el bosque» marca la señal de la oscuridad que se cierne como niebla: mientras dentro del hogar asoman las hadas, afuera «el hermano muerto escucha tras la puerta». Otra señal que, sin embargo, sirve para guiar al hablante, se apaga. La muerte siempre oscura y la incapacidad de proseguir. Luego la batalla reflejada en el frío invierno y nieve ajena —o muerta— al mundo, versus las huellas como memoria y sol y luz y vida. El cambio de lenguaje, como cambio de voz y estado, ahora en la muerte. Luego, la esperanza está dada en la infancia —en sus propios hijos a los que dedica este poema— en «Juegos», en donde las fuerzas de vida y muerte están representadas por los niños y los adultos. Los infantes refieren a la ingenuidad y pureza que se tuvo en el pasado, como también al futuro, al tiempo nuevo que ellos en sí mismos guardan. Mientras los niños narran sus «historias incontables», para los adultos sólo la condena del silencio. En «Los dominios perdidos» las estrellas hacen de la noche una figura benigna, ya que es posible apagar las lámparas y seguirlas. Se reiteran las asociaciones y cualidades de los elementos: la luz, el día y la memoria, además del hogar entre los sueños, salvaguardado de toda sombría realidad en la que el hablante lírico se tiende a situar: «Lo que importa no es la casa de todos los días / sino aquella oculta en un recodo de los sueños».

Se reitera, ahora en «A un niño en un árbol», la figura de la verticalidad. El niño es «el único habitante» de la isla de la infancia, que ha dejado fuera la violencia del viento y el silencio de la noche. Desde ahí todo lo visto está deteriorado: el verano otorga pesadillas y en la acequia se halla un «amigo desaparecido» o muerto. Los «ojos de extraños peces / [que] miran amenazantes desde el cielo» marcan el quiebre del universo que hemos presenciado —«Hay que volver a tierra»— y el asalto del tiempo se concreta como peces invadiendo la isla de la infancia, que «se hunde» irremediable en las profundidades de la adultez, del tiempo que siempre prefigura la muerte.

Se repite la tripartición en «Historia de un hijo pródigo», cuadro que se inicia oscuro, pero en el que se encienden inmediatamente velas. Aún en el silencio —otro opuesto enfrentado a decir, que es vida— no hay sonrisas, por lo que desde las sombras la muerte intenta comunicarse. No se es cuando uno no se encuentra en ninguna parte. La ruina del mundo se evidencia al revertirse. Las palabras han dejado de tener significado al perderse toda identidad. La espacialidad ve alterada su lógica, por ende también la temporalidad a la que está sujeta: la realidad del poema es una, anclada en la muerte, en la cual el reflejo y el viento son los que pueden dar cuenta de lo que el hablante ha vivido. Mientras el temporal sigue amenazando, ahora hablando un lenguaje olvidado, «el padre nos acoge, pero no lo reconocemos»: la realidad finalmente desarmada. Vuelve ya la noche, atardeciendo, cuando las «Señales» evidencian la embestida frontal del tiempo, que no es más que el destino que será noche y el fracaso de la vida en los rostros de los que entrarán en la muerte, los desaparecidos, las novias que han muerto esperando y los vagabundos destrozados por los trenes. Las señales ya están dadas [1]. El enfrentamiento de la vida con la muerte no cesa. El amor es posible sólo guardando la infancia, sin embargo la distancia es lo único reflejado en la «Carta de lluvia» que carga el jinete. El tiempo se reitera a sí mismo en la muerte acechante, ahora hecha memoria en los odiados fantasmas. Es el mundo el que se arruina como una pelota que se pudre en un techo. Sólo en sus sueños ella viene atravesando el tiempo, conservando el recuerdo de lo sentido, esa lluvia que en la infancia se debió compartir. Recién en ese punto la reunión sería posible, donde los sueños, donde sí es posible reiterar la alegría.

«Traten de despertar» es el último poema del corpus, en el que el hablante apela a que al menos sus recuerdos no lo abandonen. No hay espacio aquí ni para los árboles ni para el amor. No hay tiempo tampoco en la ciudad para la esperanza, pues ella sólo es reflejo de las ruinas en las que ya no queda nada. Sólo persiste el recuerdo de la partida en el tren lejos del pueblo y la posibilidad final, el sueño del sueño en el País de Nunca Jamás, en donde el tiempo ya no pueda ser.





[1] Cfr. el poema “Murió Cárdenas” en El molino y la higuera, 1993.












en Jorge Teillier, Nostalgia de la Tierra, Cátedra, 2013













martes, noviembre 05, 2013

“Crónica de fin de invierno”, de Jaime Huenún








Ayer estuvo en casa un pariente del campo. Llegó borracho y sudoroso. Cojo como es, habrá andado difícil por las calles de Osorno, con el alcohol acumulado en el tobillo del pie derecho, su hueso malformado.

Trajo la noticia de la brutal caída de caballo de su padre, tío abuelo mío por huilliche y por marido de una de las hermanastras de mi abuela.

José Llanquilef, 89 años, carpintero, campesino, constructor de lanchas y botes, mueblista y ex dueño de un almacén y de un microbús de recorrido rural, vive por estos días sus últimos días. Ha perdido la memoria y de sus ojos se ha borrado el mundo.

Su mujer, Zulema Huaiquipán Huenún, trajinará diminuta bajo el peso de la joroba de vejez por los pasillos del hospital de Quilacahuín.

Pronto graznará el chonch6n desde el lado siniestro de la vida.


¿Quién pide aplausos
por vivir o
por morir?
Este,
que recibi6 las arrugas
y las canas
como los árboles de monte, no
murió: quedó encantado.
Su catafalco va cubierto
de crisantemos y de lirios.
Nadie lo llora en el cortejo
que avanza entre el río
y los sembrados
de papa y remolacha.

Silencio de agua, polvo de murmullo.

Del Trumao de los trenes
al Cantiamo de las arvejas enormes;
del Trinidad de las manzanas
a la Barra del río Bueno:
que refloten los antiguos vapores varados
(el “Margarita”, el “Tres palos”, el “Rahue”)
y que se embarquen todos
los que ya murieron.
Mañana
florecerán los arrayanes,
y los campos serán de las abejas,
y el muerto despertará la primera mariposa
bajo la lluvia de la eternidad.




en Ceremonias, 1999

















lunes, noviembre 04, 2013

"Un desconocido silba en el bosque", de Jorge Teillier





Un desconocido silba en el bosque.
Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.

Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.

Detrás de nuestros párpados surge el invierno
trayendo una nieve que no es de este mundo
y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
cuando un desconocido silba en el bosque.

Debíamos decir que ya no nos esperen,
pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.







en Poemas del País de Nunca Jamás, 1963












domingo, noviembre 03, 2013

“Lo que se dice jugador al fulbo”, de Roberto Fontanarrosa









Sí, sí, claro, por supuesto, usté me menciona todos esos nombres y, lógico, yo no le voy a decir que no. Porque yo también los he visto, los he visto a todos. Usté me habla de Ramos Delgado, del peruano Meléndez y sí, por supuesto, no le voy a negar que han sido grandes zagueros, grandes jugadores.

Le digo más, yo le voy a nombrar algunos otros de los cuales por ahí no se habla tanto pero eran jugado­res de gran calidad. Le nombro sin ir más lejos a un Valentino. No sé si usté se acordará de él. Un dos que jugaba en Argentinos Juniors: Valentino y Ditro. En ese gran equipo con Pando, Carceo... ¿eh?... Un ju­gador ténico, fino. O si no le nombro a Casares, la Chocha Casares, un morocho que jugaba en Central, que era un jugador de cuello duro, una niña jugando.

Claro... ¿qué pasa?... Que por ahí fueron jugado­res que jugaron siempre en equipos chicos y usté sabe bien, no nos vamos a engañar, que la prensa porteña se ocupa siempre nada más que de los grandes, porque no nos vamos a engañar.

Pero... además de los nombres que usté dice, que yo le reconozco que han sido fulbá pero fulbá de cali­dá, yo le puedo nombrar otros... ¡mi amigo! esos sí que eran jugadores y se lo digo, usté perdone, con el derecho que me dan los años que uno lleva viendo fulbo. ¿Qué edad me dijo usté que tenía? Bueno, ya ve, le llevo como treinta pirulos, y entonces le puedo nombrar a jugadores como el Gallego Pérez, jugadores que le han dado lustre al fulbo nacional. Pero jugado­res jugadores lo que se dice jugadores que usté no los iba a ver reventando una pelota o tirándola afuera a la marchanta. Jugadores que usté los veía y daba gusto. No como estos animales que usté ve ahora, ¡hágame el favor! que cobran lo que cobran y no le saben do­minar un fulbo, dígame la verdá. Me vienen a hablar de Perfumo, de Passarella... ¡Por favor! Son jugado­res fuertes, sí, rápidos, pero que no me los va a com­parar con un Pérez, con un Domingo de Guía, no me los va a comparar. Lo que pasa es que ahora aparece cualquier fulbá que pega un par de patadas y ya dicen que es "mariscal del área", "patrón del área"... dé­jeme de joder.

Ahora sí, eso sí, yo le reconozco que todos estos jugadores que usté me nombraba han sido fenómenos grandes jugadores dentro de ese puesto, un puesto que es muy jodido porque usté sabe que si falla el dos es gol seguro. Y eso que en general estamos hablando de fulbás que fueron grandes jugadores en una época en que el fulbá se quedaba atrás y se la bancaba solo, nada de tener el seis al lado como ahora que la llevan mucho más aliviada.

Yo le reconozco que todos éstos han sido grandes jugadores, pero si yo le tengo que nombrar un fulbá centro jugador al fulbo pero lo que se dice jugador al fulbo jugador al fulbo, lo que se entiende por jugador al fulbo, yo no lo dudo un momento: Palito Salvatie­rra.

Ya sé, ya sé, usté no lo habrá sentido nombrar por­que, claro, yo le estoy hablando de unos quince años atrás y además de un jugador que nunca vino a jugar a Buenos Aires. Le digo más, nunca jugó en primera, nunca jugó profesionalmente al menos no profesionalmente como lo que se entiende por eso. Pero, vaya usté todavía hoy a preguntar en algunos barrios de Rosario por Palito Salvatierra. Vaya y pregunte. ¡Y en barrios fulboleros eh! Barrios fulboleros fulboleros, que han dado al fulbo nacional montones de glo­rias nacionales.

Lo que pasa es que Palito nunca quiso firmar para ningún clú profesional, vaya a saber. Cada uno es due­ño. Yo no soy de meterme en la vida privada de nadie. Y eso que yo a Palito lo conocía bastante, no personalmente, no éramos amigos porque no éramos del mismo barrio. Él era de Saladillo y yo siempre viví en Tablada. Pero eso sí, le digo que hacían cola para llevárselo.

De Central lo iban a buscar todos los años. Incluso ya de grande. 22, 23 años, lo seguían yendo a buscar para que firmara. De Ñul también. Y de Central Córdoba, bueno, de Central Córdoba ya lo tenían cansado pidiéndole que jugara para ellos. Claro, lo veían jugar en los noturnos, o en los torneos de la zona y se volvían locos de pensar que ese jugador no estuviera jugando en Primera. Porque, le ase­guro, de los que han estado jugando en primera ninguno, ninguno, le ata los botines a Palito Salva­tierra. Una prestancia, una calidá, una elegancia, jugador de cabeza levantada, sereno, era... mi­re... un arcángel ese hombre en el área, para colmo rubio, alto, delgado. Y jugador ténico en partidos que no son para ser muy ténico que digamos, en partidos chivos, en clásicos de barrio, con las hin­chadas de los equipos ahí nomás, al lado de la línea de fuera, muchos chupados, gente de andar calza­da con bufosos, con púas. Cancha donde las líneas de la cancha estaban marcadas con zanjas, no con líneas de cal. Y donde él fuera se hacía respetar con policías a caballo que se la pasaban recorrien­do todo el contorno de la cancha para que la gente no se metiera adentro.

Había que estar ahí adentro y aguantarse las pu­teadas. Y bueno, en esos partidos, en esos partidos, cuando ya los ánimos se han puesto espesos y usté ve que los delanteros entraban al área como para reventar al que se le pusiera adelante, venían los centros y Palito saltaba y cuando parecía que la iba a cabecear, la paraba con el pecho. ¡Ahí! ¡Ahí, en medio del área, con mil tipos entrando a la carre­ra, en el punto del penal! La paraba con el pecho porque no cabeceaba nunca, no le gustaba cabecear, no sé, no le gustaba. La paraba con el pecho, la ponía contra el piso y ahí empezaba, la pasaba para acá, para allá, hacía pasar a un tipo, a otro, en una baldo­sa ¿eh? en una baldosa, y salía che, salía, el fulbo pegado al botín y sin mirarlo, mirando lejos, medio como si no le importara, pero ya vichando a los delanteros para meter el pase. ¡Parecía que pensa­ba en otra cosa, mire! ¡Eso era lo que daba más bronca! Y metía el pase, treinta, cuarenta metros. ¿Se acuerda de Sacchi? ¡Una cosa así! ¡Nunca rifó una pelota, pero nunca nunca! Yo he visto morirse un viejo al lado mío pidiéndole que la ti­rara afuera, un partido contra Palermo.

¿Tirarse al suelo? ¿Tirarse al suelo Palito Sal­vatierra? ¡Ni soñar! Ni soñar. ¡Si casi no corría! Tranqueaba. Parecía que adivinaba adónde iba la pelota, le juro. Salían los pases y ya estaba él ahí. Simple ¿vio? fácil. Corría en puntas de pies, pare­cía que no tocaba el suelo. ¿Se acuerda de Messiano, el chino Messiano? ¿Ese que jugó en Central que Pelé le rompió la nariz de un cabezazo? Bueno, así como Messiano. Palito corría en puntas de pies. Los mu­chachos decían que era para no despertar al arque­ro de su equipo. Porque, usté va a decir que yo le exagero, pero yo he visto dormir arqueros de equi­pos donde ha jugado Palito Salvatierra, yo los he visto dormir con mis propios ojos. Tipos recostados contra el palo y apoliyando, en esas tardes de calor ¿vio? Apoliyar, apoliyar. ¡Si no llegaba una pelo­ta! No llegaba una pelota.

Y le repito, en los años que yo lo vi jugar, se ima­gina que adonde sabíamos que había un torneo o un partido donde jugaba él ahí nos íbamos, no lo vi tirarse al suelo. No lo vi, no lo vi. Ni traspiraba. ¿Vio lo que son esas canchas? Pura tierra, cuando llueve es un barro que no se puede creer. No se ensu­ciaba el desgraciado salía después del partido como había entrado, era increíble.

Mire esto que le cuento le va a dar una idea de lo que era este jugador, para que vea que no le miento, porque es una anédota que la conoce todo el mundo. Una vez había terminado una final en Bigand, en ese entonces lo habían llevado a Palito a San Martín de Bigand y mi hermano era tesorero ahí, del clú. Ha­bíamos ganado la final... no sé... creo que contra Independiente de Chabás, y esa noche se hacía un baile para festejar el campeonato. Y al día siguiente me contaban, no sé cómo se habían enterado pero era verdá, porque era verdá, que parece que Palito se había levantado una mina en el baile. Se imagina, un tipo como él, un crá, y además pintón, muy pintón, alto, rubio, hacía un desastre entre las muje­res, las minas lo tenían loco. Y parece que cuando se va a encamar, esa noche, se saca la camiseta y abajo tenía la camiseta del equipo. ¡A la noche, todavía con la camiseta del equipo, la número dó! ¡De no creer! Pero le digo que era un tipo que ni traspiraba jugando, no se ensuciaba, era un duque.

Claro usté dirá: "Vaya a saber contra quién jugaba ese Salvatierra", no vaya a creer. No vaya a creer. No hay que engañarse. En esas zonas, en esas ligas, en esos torneos hay cada nene que se la cuento, jugadores estraordinarios, cada número nueve que ya lo querrían tener más de uno de los equipos de pri­mera. Había un nueve que tenía la Academia, el Toro Medina, que era un fenómeno. Un tanque. Se lo quería llevar Huracán, lo fueron a buscar a Rosario y todo, pero al negro le gustaba el escabio. Estuvo unos meses en Huracán y después se volvió. ¿Sabe qué jugador era ése? Cuando tenía que jugar contra Palito se venía loco. No podía creer que este otro sin correr, sin pegarle una patada, le sacaba todas las pelotas. Loco se venía. No lo podía creer.

Y hace poco lo vi de nuevo a Palito. Íbamos por calle San Martín me acuerdo en el auto de mi sobri­no, el Chelo. Porque él tiene un tasi y a veces yo lo acompaño, para charlar un rato, hacerle compañía. Y me acuerdo que íbamos por San Martín y, ya de lejos lo veo al Palito. Lo reconocí enseguida, se imagina verlo caminar nomás me di cuenta que era él, estaba un poco más gordo, no mucho pero un poco más gordo pero nomás de espalda me di cuenta que era él. Hacía años que no lo veía. Y le digo al Chelo que aminore un poco la marcha y bajo el vidrio de la ventanilla y cuando paso al lado le grito: "¡Hijo de puta!". Hijo de puta que el gol en contra que se hizo en un partido contra Cabildo no tiene nombre.



en El mundo ha vivido equivocado, 1982  
















sábado, noviembre 02, 2013

"Visito a un monje taoísta del monte Daitian", de Li Po





Ladridos de perro irrumpen en el rumor de las aguas,
Realza el rocío las flores de melocotonero.
Fugaces se ven algunos ciervos en el bosque espeso,
No se oyen campanas junto al torrente del mediodía.
Bambúes silvestres hienden las nieblas azuladas,
Manantiales vivos penden de las rocas jadeantes.
No hay nadie que sepa decirme dónde puede haber ido,
En algún pino entonces me apoyo descorazonado.









viernes, noviembre 01, 2013

“Método”, de Andrés Anwandter









Esta lengua, tan poco propicia
a los meses que corren, arena
tan blanda a los pasos del tiempo
que siguen mis huellas, tan tenue
materia, que encoge su forma
y escurre por entre los dedos,
compone los versos que empuño
con fuerza y arrojo a la mesa:
veloces palabras. Se estrellan
y esparcen sus granos, que ordeno
más tarde en estrofas saltadas
de dos en dos. Cuento las horas.



en Especies intencionales, 2002