sábado, enero 25, 2014

“Nostalgias interminables”, de Wu Shuji









Brumas vaporosas.
Lluvias intensas.
Gruesas capas de nieve cubren
las ramas y flores del ciruelo.
¿Cuándo llegará la primavera?
Ojos de ebriedad abiertos.
Abiertos ojos somnolientos.
¿Estará la hermosa luna
iluminando los pétalos?
¿Llegará su luz plateada?
Venga, que toquen la flauta.
¡Que la toquen con más fuerza!
¡Que sus acordes se lleven
la nieve y hielo que pesan!



en Antología de poetas prostitutas chinas, 2010

















viernes, enero 24, 2014

"Cuarenta años", de Jorge Polanco





Eres un hombre de cuarenta años
con la vaga sensación de una juventud ruinosa
No has conseguido mayores logros,
salvo el apego incomprensible
y desesperado de una mujer que te observa
en la oscuridad. Eres un cuarentón,
y esta palabra también te abruma,
porque al finalizar el día piensas en el agotamiento
que debieron sentir otros hombres a esta edad,
cuando un hijo te llama antes de dormir
y no tienes certezas que decirle sobre el futuro,
salvo tal vez un beso en la frente,
recordando a tus padres a la misma edad
y con las mismas incertidumbres.

Eres un hombre que despiertas en la mañana
con la sensación de tu brazo estrangulando otros labios,
atrapado en una pieza vieja de Valparaíso
donde el amor es una mancha de humedad
de la que se quiere escapar a la primera luz del sol.
Luego a la noche
vuelves al cuarto sin ventanas
sentado, borracho en una acera,
sacándote los zapatos para no meter bulla.
Al pasar observas el espejo del comedor,
cuando unos pájaros emprenden su vuelo,
y uno de ellos se queda atrás
con una herida en su pie.

Seguramente en las pesadillas recuerdas la infancia,
esas tardes de inseguridad con los padres,
los vidrios rotos, los platos sucios y el vino por todas partes,
limpiando al otro día, como de costumbre,
las suciedades silenciosas que dejan los gritos
impregnados en los muros y las habitaciones.
Esos secretos que se guardan en los rincones de la casa,
sobre todo en la casa de los padres,
arrendada en la actualidad a otras familias
que pasarán tardes semejantes a las tuyas.

¿Cómo decirle a tus hijos que has deseado revertir
todo ese rencor en amor hacia ellos
pero que apenas puedes contigo,
en esos instantes de lucidez
cuando abrazas un vaso de alcohol antes de dormir?

Ya llegaste a la mitad de la vida
suponiendo que no se extenderá a los cien
–demasiado innecesaria–, hábito de la biología
en prolongarse y reproducir la especie.
A estas alturas no fuiste lo que te destinaban,
algo pasó en el camino: un extravío, una mujer,
una especie de insolación,
mientras vives con una familia de tramoya,
en el silencio de una casa
en la que todos quisieran dormir.

A veces te sorprendes murmurando,
sales a la esquina con la camisa, la corbata,
los calcetines revueltos del armario.
Vuelves la vista atrás con una lentitud pasmosa,
a la cama compartida donde ella dice tener depresión
y tú sólo escuchas la musicalidad de sus palabras
pensando que la casa está repleta de vidrios rotos.

Haces memoria de los golpes en la ventana,
las murallas raspadas por el sol
y la televisión encendida durante la noche.
La depresión tiene la imagen de una montaña
en la que se repite un extenuante monólogo,
un apretón de surcos en las manos
o una línea infranqueable dibujada en la frente.

Pero vuelves otra vez allí
con la vista perdida en la pared, el mentón temblando,
los brazos al costado, aguardando una respuesta
al otro extremo de la cama.






en Sala de espera, 2011









jueves, enero 23, 2014

“Azul deshabitado”, de Omar Cáceres







Y, ahora, recordando mi antiguo ser,
los lugares que yo he habitado,
Y que aún ostentan mis sagrados pensamientos,
comprendo que el sentido, el ruego con que toda
soledad extraña nos sorprende
No es más que la evidencia que de la tristeza humana queda.
O, también, la luz de aquel que rompe su seguridad,
su consecutiva atmósfera,
Para sentir cómo, al retornar, todo su ser estalla
dentro de un gran número,
Y saber que “aún” existe, que “aún” alienta y empobrece
pasos en la tierra,
Pero que está ahí absorto, igual sin dirección,
solitario como una montaña, diciendo la palabra entonces.
De modo que ningún hombre puede consolar al que así sufre:
Lo que él busca, aquellos por quienes él ahora llora,
Lo que ama, se ha ido también lejos, alcanzándose.



en Defensa del ídolo, 1934











miércoles, enero 22, 2014

“La confesión de Johnny”, de Carlos María Domínguez





A Ramón Báez, que nadó con Tarzán y me contó esta historia


Es fácil ahora, reírse de Tarzán. Recordar al hombre que con una mona a la espalda y tomado de las ramas, le cepillaba los dientes a los cocodrilos. Lo conocimos en los libros, en las revistas, en el cine, junto a la sorprendida Jane y al elefante Tantor. Y cómo no admirarlo cuando desde lo alto de las matiné de cualquier sala de barrio, se arrojaba con los brazos abiertos, el pecho de león, y después acercaba las manos, giraba el torso y se clavaba en el río como una aguja en un vestido de seda. Ninguno dejó de imitar el llamado del hombre perdido en la selva, un grito que convertía en triunfo su soledad. Pero yo no puedo reírme de Tarzán y apenas soporto lo que dicen los diarios.

Él sabía que ese grito estaba más allá de lo que había sido imaginado sobre la tierra, para bien o para mal. Sé que lo intentó y casi lo puedo oír debajo de las risas de los muchachos de la barra, que festejan el absurdo y me piden que lo imite, como en los viejos tiempos. Porque yo nadé con Tarzán y ninguno de estos tipos, que son buenos hombres de trabajo y no le harían mal a nadie, volverán a escuchar ese grito de mi boca. Tenía diecinueve años y trabajaba en la estiba del puerto de Montevideo cuando me enteré que había llegado a entrenar nadadores en Rosario de Santa Fe, invitado por el General Perón. Me lo dijo un compadre de Carmelo, con el que cargábamos bolsas en los barcos como años atrás los camalotes de la orilla del río. Julio era veinte años más grande que yo en aquel tiempo, cuando el que no se animaba a cruzar al Delta era un mariquita. Los había visto irse con la corriente del Uruguay hacia la franja verde y extendida de la orilla argentina, montados arriba de los camalotes. Y los había visto regresar con la corriente de la tarde, en medio de alborotos y bromas. Pasaban el día en la isla de Doña Julia, comían frutos de los árboles y llegaban llenos de historias que el sol les tatuaba en las espaldas. Se burlaban, claro, de mi temor, y me lo tenía merecido. Porque hasta el día en que cumplí los cinco años nunca había querido acompañarlos. Desde entonces no conocí mayor felicidad que dejarme llevar por el agua corriente abajo, el cuerpo semihundido, atento al horizonte verde que se acercaba sin esfuerzo, como si lo fuera tirando de un piolín. Me hice nadador primero por orgullo y después por fidelidad a aquella barra de muchachos que Julio lideraba desde una ventaja que se redujo, luego de mi primer cruce, a los únicos dos años que se harían irreductibles. Años después competí en las doce millas del Palmar, y en las veinte de Carmelo, y en las treinta del Uruguay, convencido de ser el mejor fondista de la zona gracias a las medallas que gané y luego extravié no sé dónde. Me acuerdo del aliento de la gente, derramada por la orilla del río con sus fogones, reposeras y viandas, mientras yo pasaba sumergido, meta brazo y pierna y brazo, con la gorra calada y las gafas empañadas, la cabeza adentro y la cabeza afuera, como si le tomara fotografías con cada brazada. Había aprendido a escuchar los músculos dentro del agua, a buscar las corrientes más fuertes, a detener los calambres con un alfiler de gancho que nunca olvidaba. Cuando sentía el cimbronazo del ácido láctico en la pantorrilla me clavaba el alfiler con fuerza y durante los segundos que demoraba el ácido en mezclarse con el agua pensaba en Julio, o en la madre de Julio, porque la puteada era fenomenal, y agradecido por el secreto y el alivio, seguía río abajo con la destreza de un pez.

Entonces yo veía todas las películas de Tarzán y le estudiaba el estilo, la elegancia con la que se desplazaba por los ríos del África para enfrentar al enemigo o huir de muchas bestias salvajes, entre las que no faltaba el hombre. No las elegía por el argumento sino por la cantidad de veces que nadaba o se clavaba desde un acantilado, y más de una vez me hallé en medio de la sala iluminada, intentando retener sobre la pantalla en blanco los movimientos de Tarzán en el agua, mientras el viejo Lucanor barría los papeles de las golosinas regados por el cine. En aquel tiempo yo era joven, mi padre era una vago recuerdo en los ojos vencidos de mi madre y aprendía que un hombre no puede realizar todo lo que desea. La necesidad de trabajar era mi lección número uno. Pero cuando Julio, debajo de una bolsa de trigo, me dijo que Tarzán estaba en Rosario, se me cortó la respiración y el guinche de una grúa casi me atropella la cabeza. Hacer un bollito con el dinero, juntar una ropa y tomarme el ómnibus a Rosario fue una sola y nocturna decisión. Había que pagar para entrar en un curso de muchos aspirantes, en su mayoría nadadores argentinos y socios de un club pituco, con piletas y vestuarios que yo no había visto nunca. Pero hacían prácticas en el río Paraná y decidí esperar mi oportunidad. Una mañana lo vi aparecer rodeado de jóvenes, con un short de baño de color negro y una toalla roja sobre los hombros. En las películas, se sabe, todo se ve más grande, pero de cerca, Tarzán era impresionante. De estatura mediana, tirando a alto, sus espaldas medían el ancho de una puerta y sus brazos y piernas parecían remos de un barco que nunca había encallado. Me asombró verle las bolsas de los ojos hinchadas y varias canas mezcladas en el cabello, pero conservaba ese rulo negro y rebelde que volcado sobre la frente, anuncia la raza de los héroes. Apenas me miró por encima de las cabezas que lo rodeaban, me arrojé al agua y comencé a nadar. Fui hasta la mitad del río, volví, me tiré de nuevo y regresé mientras él daba instrucciones, ayudado por un asistente que le traducía las órdenes. Cuando por quinta vez llegué a la orilla me lo topé de frente, metido con las piernas en el agua. Me miraba de un modo extraño que no lograba descifrar y me decía algo en inglés. Lo que fuera que me dijera no lo podía entender porque de inglés yo sólo sabía decir “good morning”, pero me acerqué y él me puso una mano en el hombro antes de repetir aquello con sus labios grandes y duros. Debí quedar paralizado porque me zamarreó un poco y me señaló a los demás alumnos del grupo. Asentí y encogí los hombros porque a Tarzán no le iba a decir otra cosa que sí, y él dio media vuelta para regresar con su asistente, un petiso de vientre hinchado que se desconcertó al principio y después, de mala manera, me dijo que a Johnny le había gustado mi estilo y me invitaba a participar del entrenamiento, como su invitado especial.

Me temblaron las piernas y con un gesto que le vería repetir en los días siguientes, revolvió mis cabellos en todas direcciones, igual que un viento la cabellera de la jungla. Así pasé a formar parte del equipo, entre argentinos de modales y gustos que yo desconocía, alojado en las instalaciones del club durante los diez días que duró su visita. A la mañana siguiente, durante los ejercicios, explicó que el secreto de la largada estaba en mantenerse bajo el agua el mayor tiempo posible porque el cuerpo va más rápido sumergido que sobre la superficie, y puso a todo el mundo a trabajar en el río, a ensayar el envión de salida desde un pequeño muelle. Después me hizo un seña con la cabeza, desafiándome a nadar afuera, y nos fuimos río abajo por el centro del Paraná con un pamperito suave que daba de costado, algo retrasado yo, mientras intentaba dominar el ritmo de las brazadas y negar al cuerpo la emoción de nadar con Tarzán por un río marrón que mezclaba sus aguas en otros ríos y luego con el mar, donde yo iba a seguir nadando junto al rey de la jungla lejana y muda, de ese modo colmado en que llegan los silencios debajo del agua: el sonido del corazón, los pulmones, la respiración de todo lo que fue creado desde el origen de la naturaleza rota por el paso de dos cuerpos en la superficie ondulada y blanda, con un rumbo fijo e insondable. De pronto lo vi a la par, elegante como un delfín, desplazando una ola que abría un surco triangular y volvía a desaparecer. Comenzó a hacerme señas con la mano y a fuerza de insistir adiviné que me señalaba la orilla derecha, donde varias personas nos seguían con la mirada y otras corrían por la ribera. Al principio no entendí, o no quise entenderlo. Lo miré a los ojos y comprendí que me pedía que no lo pasara delante de la gente, que disminuyera el ritmo y me mantuviera un poco retrasado. En ese instante tuve ganas de seguir, de imaginar el momento en que contaría, orgulloso, que había derrotado a Tarzán. Pero había algo más en sus ojos, la resignación de un sueño enfrentado a una derrota más honda, y con más temor que piedad, lo dejé ir. Cuando llegamos a la playa me abrazó contra su pecho, me revolvió los cabellos y se quedó pensativo unos instantes. Supe que se le iban los ojos a otro tiempo, como si recordara algo y se descubriera en otro mundo que para él, estoy seguro, nombraba algo precioso de su juventud. Me di cuenta porque su mirada se volvió dulce, como la de un chiquilín. No fue fácil para mí aceptar que Tarzán era alemán y se llamaba con el impronunciable nombre de Johnny Weissmuller. Atento a lo que hablaban los demás, se me armó una tormenta en la cabeza.

Supe que Johnny había sido poliomielítico, y que los tratamientos lo condujeron al agua, donde la caja torácica, los brazos y los bíceps, cobraron una proporción que triunfó sobre la debilidad de sus piernas, hasta que también ellas se sumaron al orgullo de sobrevivir al miedo. Esa dificultad lo había convertido en Campeón Olímpico en los cien metros y acababa de filmar su última película como “Jim de la selva”. Después de años de hacer una película tras otra, Hollywood lo había echo a un lado y desde entonces hacía giras como entrenador para sobrevivir y pagarse el trago. Porque Tarzán le daba al whisky desde la mañana temprano y no hacía falta más que verlo por la noche tantear las paredes que lo llevaban a su casilla, algo apartada del resto de los pabellones donde nos alojábamos, con la mirada extraviada y las piernas mezcladas en una danza turca. Pero mi mayor sorpresa fue saber que le tenía alergia a los monos y nada odiaba más en la vida que a la mona “Chita”. Un bicho sarnoso, dijo en plena rueda de conversación, traducido por el asistente de vientre hinchado.

Sarnoso en el alma, agregó, responsable de metros y metros de celuloide tirados a la basura por sus caprichos insufribles, y de un sin fin de escenas riesgosas que le obligaba a repetir, en las que más de una vez estuvo por partirse el cráneo. También Jane repetía en la pantalla la mentira idílica de esa realidad bochornosa. Maureen O’ Sullivan odiaba a la mona. Y la mona los odiaba a los dos tomándose toda clase de venganzas. Desde los primeros días de entrenamiento, todos le pedían que repitiera el grito de Tarzán. Pero Johnny sonreía y callaba mientras negaba con la cabeza, acostumbrado a escuchar el insistente reclamo de un club a otro, a lo largo y ancho del mundo. Pedía a los alumnos que trataran de imitarlo y comenzaban los alaridos impotentes y las risas, en una cascada de fracasos que le hacían mucha gracia. Desde luego, yo lo había practicado no una vez sino cientos de veces y estaba orgulloso de mis resultados. Alentado por los demás, una noche colmé los pulmones de aire con la garganta apretada para dilatar y contraer el cuello, pero raspando el viento contra una sensación de angustia que entonces no identificaba y con los años aprendí a intuir, luego a temer, y por fin a respetar más allá de lo conocible. Algo nunca dicho más que por el rumor del agua contra el cuerpo del nadador sumergido, librado a la soledad de avanzar en medio de la marea y las olas, con un deseo irrenunciable. Cuando terminé los demás repitieron las burlas, pero Johnny no sonrió. Clavó sus ojos en mí y dijo que el grito de Tarzán no era humano, era una mezcla de gritos de animales, muy acústicos, fundidos con una voz humana en un estudio de grabación. Se hizo un silencio raro y comprendí o me pareció adivinar que la confesión de Tarzán, dicha así, como un servicio a la comunidad de los hombres, nos sacaba un peso de encima pero lo dejaba expuesto contra los ojos, como si tratara de escapar a una humillación que no merecía. Esa noche se fue a dormir temprano. Lo vimos cargar su botella de whisky de un modo lánguido que provocó las primeras burlas de los nadadores. Porque hasta entonces nadie se había atrevido a pronunciar lo que estaba en la cabeza de todos y necesitaba esa última confesión para derramarse: que Perón había traído a un borracho en plena decadencia alcohólica, cuando ya no valía nada, y no sólo era capaz de renegar de la ilusión que había creado en el público, abrazado a su mona Chita; ni siquiera era capaz de hacer el grito de Tarzán. “Yo no digo que lo saque igual”, dijo uno mientras nos acostábamos en el dormitorio. “Pero se forró de guita durante años, ¿me vas a decir que no podía aprender a imitarlo, viejo? ¿que alguna vez no lo intentó, aunque fuera para ver cómo le salía?” “Siempre pasa igual”, contestó otro. “Vienen a la Argentina cuando están en la ruina y doblaron la curva. Antes ni existíamos, éramos los negritos del sur, y después vienen a comer al pie, igual que éste. Con tal de morfarse un churrasco se bajan hasta el apellido. ¿A vos te parece que un deportista puede dar ese ejemplo, abrazado a una botella?” “¿Sabés qué pasa?” se metió un rubio de flequillo corto mientras se calzaba un pijama amarillo. “Tarzán no era El Rey de los Monos. Era el Rey de la Mona. De la mamúa.” Fue ahí, con la sangre en los ojos y la cabeza revuelta por un tifón de papelitos de caramelos y pantallas, que me levanté de un salto.

Fui hasta el rubio y lo acosté de una trompada. Se me echaron encima cuatro o cinco. “¡Qué hacés, Yoruba! ¡Todavía que te damos de comer venís a pegar! ¡Cabecita de mierda!” Se armó una gresca de mil demonios y quedé sepultado bajo una montaña de piñas, brazos y piernas, ardido hasta las orejas. Todavía forcejeábamos cuando se abrió la puerta y entró Tarzán con el rulo revuelto sobre la frente y una expresión que nos paralizó a todos. Tenía puesto el pantalón y el torso desnudo, la cara desacomodada por el whisky y la confusión, pero preparado para lanzarse sobre su presa. Aproveché la distracción para devolverle un trompazo al que me había mordido la oreja y apenas me di la vuelta sentí la mano de Johnny en el hombro, y después en el cuello, a punto de ahorcarme. Me sacudió con fuerza y me dijo que juntara mis cosas y me fuera, que no me había traído para que le causara problemas. Lo dijo en inglés, pero uno lo tradujo y me bastó mirarle la cara para saber que era cierto. Me sequé la sangre de la oreja y la nariz con la sábana, me vestí y junté mis cosas, mientras Tarzán me vigilaba, al lado, y los demás se callaban la boca. Cuando salimos volvió a gritarme que me rajara, mientras regresaba de nuevo a la casilla, eructaba y cerraba la puerta. Revolví el bolsito junto a la piscina, demorado en decidir lo que haría. Pero cómo iba a decirle nada si el gringo sólo hablaba inglés o alemán. Caminé hacia la puerta y después me volví, y dudé de nuevo. Yo no quería irme por nada del mundo, ahora que el mundo se perdía para mí y quizás, también para él. Me senté en la galería de su dormitorio, junto a la puerta, y me quedé hundido en la oscuridad, mientras oía la radio que Johnny tenía encendida. Pasé una hora así, en un limbo, entre tangos de Gardel, la Tita Merello, y después la puerta se abrió y Johnny se recostó sobre el marco con la botella en la mano, iluminado de atrás por la luz del velador. Una luz mortecina que le agrandaba la mandíbula alcanzaba con un rayo amarillo su ojo derecho, un ojo hecho para mirar la noche, una noche hecha para los dos, si no fuera porque los argentinos lo habían arruinado todo. No demoró en descubrirme en la oscuridad, pero volvió a mirar las estrellas y luego la piscina iluminada por unos focos blancos que daban al agua una transparencia glacial. Después se sentó o se dejó caer a mi lado, y comenzó a hablar y a tomar de la botella los últimos restos de whisky que le quedaban.

No sé lo que dijo, pero habló un largo rato con una duda que nacía del fondo del pecho abierto y tenso como un tambor, mientras yo le miraba los ojos, los movimientos de los labios y de su cara cuadrada, con la sensación de que repetía la pregunta inútil de un hombre perdido en su pasado con más nitidez que cualquier sonido y cualquier palabra. En cierto momento se llevó las manos a la boca y creí entender o acaso imaginé que hablaba del grito fantasma que le habían inventado y nunca pudo dar fuera de la ilusión de la pantalla; un grito vigoroso y débil, que había quedado en la memoria de la gente después de años de escucharlo, también él, como el resto, pero ya no podía desmentir sin una insoportable sensación de derrota. Esa noche dormí en un sillón de su cuarto y a la mañana siguiente me condujo de nuevo al grupo, se preocupó de hacerles notar que era su protegido y que nadie debía decir ni pío. Por eso ahora, cuando los diarios dicen que Johnny Weissmuller murió loco en un hospital de México, intentando dar el grito de Tarzán, no puedo entretener a los muchachos del café, como no pude esa vez, en el río, atreverme a pasarlo. Porque ambos sabíamos que ese grito no era humano, que nacía del fondo del pecho de una bestia imposible contra la que el hombre había aprendido a pararse sobre dos pies, y después a ser más fuerte que su músculo, y después a soñarse otro, y esa lucha nunca había terminado.







1997















martes, enero 21, 2014

“Flaco, duro y con estilo”, de Juan Sasturain









El 10 de enero de 1961, moría casi secretamente en un hospital neoyorquino Samuel Dashiell Hammett, autor de El halcón maltés y de un puñado de novelas y relatos que en su momento, finales del primer tercio del siglo pasado, cambiaron la narrativa criminal para bien y para siempre.

Más allá del hoy consolidado mito “progre” que rodea al autor y a algunos de sus afortunados personajes –Sam Spade pasado por Bogart, sobre todo–, la obra narrativa pura y dura de Hammett trasciende largamente el género que eligió para revolucionar desde adentro en lo formal, y desde los bordes, en su modo de circulación. Quiero decir: es más que el fundador de la escuela “hard boiled” y de la llamada, por los franceses, novela negra.

Hammett es simplemente un notable escritor, a secas; y en ciertos aspectos un caso excepcional, ya que produjo una obra de inusitada calidad durante un breve y prolífico período –de 1927 hasta 1934–, pero que antes de cumplir cuarenta años, cuando concluyó laboriosamente El hombre delgado, en medio del éxito y del mucho dinero, estaba acabado. No lo advirtió en el momento, pero viviría casi treinta años más sin poder volver a escribir.

Así, aquel último invierno del ’61 el flaco y siempre elegante Dash tenía 65 años y venía de una larga década mala. Hacía tiempo que, enfermo y sin recursos, vivía de prestado y de la ayuda de su amiga Lilian Hellmann, compañera con la que compartió treinta años de pareja intermitente y solidaria: de los años locos de Hollywood-Nueva York, con dinero, fiestas y borracheras, a la serena melancolía de los últimos tiempos.

El mito de su entereza y lealtad a códigos que nunca negoció tiene con qué sustentarse. Él, que se había alistado para combatir al fascismo con 48 años y sirvió en las Aleutianas, fue perseguido y acusado durante la Guerra Fría por el tristemente célebre senador McCarty & Co, debido a su negativa a dar los nombres de los aportantes de fondos para pagar las fianzas de los militantes comunistas detenidos durante la caza de brujas. El texto taquigráfico de sus respuestas a la Comisión es un ejemplo de coherencia y seca ironía. Declarado culpable, Hammett fue digna y coherentemente a la cárcel por seis meses, a comienzos de los cincuenta.

Al salir, mientras intentaba volver infructuosamente a la escritura por última vez, le embargaron –por impuestos impagos– los derechos de autor de sus antiguas obras que aún se reeditaban, adaptaban al cine o a la radio; además, y por razones ideológicas, lo ralearon de las bibliotecas. Cuando murió, en aquel invierno a comienzos del ’61, ni El halcón maltés ni Cosecha roja ni La llave de cristal ni La maldición de los Dain ni El hombre delgado estaban en las librerías. Lo enterraron en Arlington y fue poca gente.

Escritor de medios populares, Hammett no fue un narrador parejo ni excesivamente riguroso a la hora de publicar. Sin embargo, algunos de sus textos, como La llave de cristal y El halcón maltés, son obras maestras absolutas que pertenecen a la mejor literatura del siglo. Hammett –al decir de Raymond Chandler en ensayo famoso– no sólo sacó el crimen del salón y lo puso en la calle sino que encontró un registro seco, referencial y conductista con el que dio la palabra y describió los actos de personajes reales en situaciones reales. Un laborioso trabajo de estilo que jamás mostró sus costuras.

El efecto –dice Chandler– es que Hammett describió escenas convencionales que “parecen escritas por primera vez”. El peso de los hechos, la sequedad de los diálogos y la reticencia en cuanto a explicitar las motivaciones dan a sus mejores textos cierto efecto de realidad del que decanta la ambigüedad moral, cierto estoico escepticismo que no dice su nombre. Ni él ni sus personajes juzgan ni predican. Exponen lo que ven y lo que hacen. Hammett hablaba poco, pero siempre –desde que irrumpió en la literatura para contar sus experiencias como ex detective de la agencia Pinkerton– pareció que sabía de lo que hablaba. Y uno le cree.

Muchos de los que lo admiramos hemos escrito largamente sobre distintos aspectos de su vida y de su obra. Enfermo crónico de tuberculosis y prácticamente desahuciado a los veinticinco, se puso a escribir a contrarreloj. Lo hizo y muy bien. Ganó muchísimo dinero y lo gastó sin cuidado ni control. Alcohólico hasta los cincuenta años, mujeriego, ocasionalmente violento, Hammett nunca fue un tipo cómodo. Ni siquiera, o sobre todo, para él mismo. Anómalo marxista sin partido, sirvió a su patria en dos guerras y nunca salió de los EE.UU. Sabía mucho y de todo, era culto en serio, pero no soportaba la impostura.

Pocos momentos de la narrativa contemporánea tienen la riqueza significativa de la historia de Mr Flitcraft, el cuento o anécdota que Sam Spade le cuenta a la bella Brigid, sin motivo aparente, en un recodo de El halcón maltés. El capítulo final que le dedica la cuidadosa autobiografía Pentimento, de Lilian Hellmann, o el prólogo que escribió ella misma al recopilar a principios de los setenta algunas de sus novelas breves son textos, si no enteramente veraces, ejemplares. Y en lo interpretativo, nada mejor que la introducción de Steven Marcus a los cuentos del Continental Op para desmenuzar la poética y la ética que sostienen y constituyen la grandeza de sus mejores relatos.

Además, dejó una ciudad escenario –San Francisco en los alrededores del crac del ’29– y cuatro personajes inolvidables, cuatro hombres duros que han quedado para siempre en la historia y la memoria del género. Ninguno es policía. Primero, el innominado agente de la Continental, el gordo, eficaz, imperturbable detective asalariado que cuenta sus aventuras en primera persona y al final rinde cuentas al Viejo, su burocrático jefe. Es el protagonista excluyente de las magistrales Cosecha roja y La maldición de los Dain, y de un puñado de cuentos y novelas cortas de la primera época en la revista Black Mask.

Después está Ned Baumont, que sólo aparece en la memorable La llave de cristal, guardaespaldas y hombre de confianza del gánster Paul Madvig. Su investigación del crimen –en medio de una disputa electoral en la que influye directamente el delito organizado– es producto de la lealtad al jefe, al que debe salvar de culpa y cargo. La Justicia es otra cosa. Nunca Hammett alcanzó tan alto grado de perfección formal ni llevó tan lejos la técnica dialogada de presentación. Ned Beaumont es el arquetipo del personaje que se mueve en ese ambiente de ambigüedad moral que no excluye ni la lealtad ni el amor.

El celebérrimo Sam Spade sólo protagonizó El halcón maltés y un par de cuentos sin demasiada importancia. Es el clásico detective privado que trabaja por su cuenta, tiene de socio al efímero Archer y a Effie Perine de secretaria. Hammett no lo idealizó, le dio carnadura, cinismo y reservada sabiduría. Pragmático, escéptico, portador de un código personal que no le impide andar con la mujer de su socio y acostarse con la misma cliente a la que finalmente entregará, Spade es insensible y eficaz, el duro por antonomasia que sabe cómo tratar a esa comparsa de malvados y desdichados. Sólo Effie lo conoce a fondo, y le da miedo.

El último detective de Hammett, el atildado y mundano Nick Charles, protagonista de El hombre delgado, está recién retirado, en pareja con Nora y de paso por Nueva York cuando el problema lo alcanza. Así, en tono de comedia de enredos, se pasa la novela bebiendo cócteles y hablando por teléfono mientras resuelve el caso del inhallable thin man al estilo del detective amateur del policial clásico. Si Bogart fue Spade, el blando Dick Powell fue Charles. El detective amateur, famoso y adinerado paseando por Manhattan cierra la parábola abierta por el anónimo laburante a sueldo que se revolcaba a los tiros en los arrabales de San Francisco.

Después del Gordo, Spade, Beaumont y Nick, sólo cabía el silencio. Y así fue.




en Página 12, 10 de enero de 2011










lunes, enero 20, 2014

“La ironía es que Alemania podría dominar de nuevo”. Entrevista a George Steiner, de Juliette Cerf




Nietzsche, Heráclito y Dante son los héroes de su nuevo libro, Poésie de la pensée (Poesía del pensamiento) pero tendrán que esperar un poco. George Steiner nos recibe en su casa de Cambridge con una confidencia bromista, entre un trozo de panettone y un café: cuando comenzó a funcionar el Eurostar, proponía dar un chelín al primer niño que lograra ver un pez en el túnel bajo el Canal de la Mancha. “¡Los padres se quedaban pasmados!”, nos cuenta riéndose el profesor de literatura comparada. Esta combinación de broma y de erudición, de inteligencia y de amabilidad es lo que caracteriza a George Steiner. Nacido en París en 1929, de madre vienesa y de padre checo que había presentido el horror nazi, este maestro de la lectura políglota descifró a Homero y a Cicerón desde su más tierna juventud, bajo la batuta de su progenitor, un gran intelectual judío, apasionado del arte y la música, que quiso despertar en él al profesor (el sentido literal de la palabra “rabino”). En 1940, la familia partió a Nueva York en el último barco que salió de Génova. Tras realizar estudios en Chicago y luego en Oxford, Steiner se unió en Londres a la redacción de The Economist. Volvió a cruzar el Atlántico para entrevistar a Oppenheimer, el inventor de la bomba atómica, que le hizo entrar en el instituto de Princeton. Fue el “momento crucial” de su vida. Además de publicar sus grandes libros, Tolstoi o Dostoyevski, Lenguaje y silencio, etc., en gran parte escritos a partir de la materia de sus clases, funda el Churchill College en Cambridge, se convierte en crítico literario del New Yorker y trabaja en la universidad de Ginebra.

Europa vive una profunda crisis. En su opinión ¿puede llegar a hundirse?
En su estado actual, es posible. Pero se saldrá de esta situación de una manera u otra. La ironía es que Alemania podría dominar de nuevo. Echemos la vista atrás. Entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, Europa, de Madrid a Moscú, de Copenhague a Palermo, perdió cerca de 80 millones de seres humanos por las guerras, las deportaciones, los campos de exterminio, las hambrunas y los bombardeos. El milagro es que haya subsistido. Pero su resurrección ha sido sólo parcial. Europa atraviesa hoy una crisis dramática: está sacrificando una generación, la de los jóvenes que no creen en el futuro. Cuando era joven, había todo tipo de esperanzas: el comunismo, en gran medida. El fascismo, que también es una esperanza, no nos equivoquemos. También estaba el sionismo para el judío. Había esto y lo otro... Pero ya no tenemos nada de eso. Y si durante la juventud no nos embarga la esperanza, por ilusa que sea, ¿qué nos queda? Nada. El gran sueño mesiánico socialista desembocó en el gulag y en François Hollande, tomo su nombre como un símbolo, no critico a su persona. El fascismo se hundió en el horror. El Estado de Israel debe sobrevivir imperativamente, pero su nacionalismo es una tragedia, profundamente contraria al talento judío, que es cosmopolita. Yo quiero ser errante. Vivo según el lema de Baal Shem Tov, gran rabino del siglo XVIII: “La verdad está siempre en el exilio”.

¿La globalización no favorece esa vida errante?
Nunca ha existido un hermetismo geográfico como el de ahora. Antes se podía salir de Inglaterra e ir a Australia, a la India o a Canadá; hoy ya no hay permisos de trabajo. El planeta se cierra. Cada noche, cientos de personas intentan llegar a Europa desde el Magreb. El planeta se mueve, pero ¿hacía dónde? Es horrible el destino actual de los refugiados. Me concedieron el honor en Alemania de pronunciar un discurso ante el Gobierno. Y finalizaba así: “Señoras y señores, todas las estrellas ahora se vuelven amarillas”.

¿Se sigue sintiendo a pesar de todo europeo?
Europa sigue siendo el lugar de la masacre, de lo incomprensible, pero también de las culturas que amo. Le debo todo y quiero estar allí donde están mis seres queridos fallecidos. Quiero estar cerca de donde se produjo la Shoah, donde puedo hablar mis cuatro idiomas. Es mi gran descanso, mi alegría, mi placer. Aprendí italiano y luego inglés, francés y alemán, los tres idiomas de mi infancia. Mi madre empezaba una frase en un idioma y la terminaba en otro, sin ni siquiera darse cuenta. No tengo un idioma materno, pero, al contrario de lo que pueda pensarse, es bastante común. En Suecia, hablan finlandés y sueco, en Malasia se hablan tres idiomas. Esa idea de un idioma materno es un concepto muy nacionalista y romántico. Gracias a mi multilingüismo he podido impartir clases, escribir Después de Babel: aspectos del lenguaje y la traducción y sentirme como en mi propia casa en todo el mundo. Cada idioma es una ventana abierta al mundo. ¡Todo ese arraigo terrible de Barrès [Maurice Barrès, escritor y político francés]! Los árboles tienen raíces, yo tengo piernas y es un gran avance, créame.

¿Siguen siendo cómplices la literatura y la filosofía?
Creo que las dos formas están amenazadas. La literatura ha elegido el ámbito de las pequeñas relaciones personales. Ya no sabe abordar los grandes temas metafísicos. Ya no tenemos a ningún Balzac ni a ningún Zola. No había ningún ámbito que escapara a estos genios de la comedia humana. Proust también creó un mundo inagotable y el Ulises, de Joyce, se acerca a Homero... Joyce es el eslabón entre los dos grandes mundos, el clásico y el del caos. Antes, la filosofía también se podía considerar universal. En mundo entero estaba abierto al pensamiento de Spinoza. Hoy se nos cierra una inmensa parte del universo. Nuestro mundo se encoge. Las ciencias son inaccesibles para nosotros. ¿Quién puede comprender las últimas aventuras de la genética, de la astrofísica, de la biología? ¿Quién puede explicarlas al profano? Los saberes ya no se comunican; los escritores y los filósofos ahora son incapaces de hacernos comprender la ciencia. Sin embargo, la ciencia brilla por su imaginario. ¿Cómo pretender hablar de la conciencia humana dejando a un lado lo que es más osado, más imaginativo? Me preocupa saber qué significa hoy “ser instruido”, “to be literate”, en inglés, una expresión aún más fuerte. ¿Podemos ser cultos sin comprender una ecuación no lineal? La cultura corre el riesgo de volverse provincial. Quizás tengamos que replantearnos toda nuestra concepción de la cultura. Le contaré una experiencia que me emocionó infinitamente: una noche, uno de mis compañeros de Cambridge, un premio Nobel, un hombre encantador con el que estaba cenando, me pidió que le ayudara con un texto de Lacan del que no comprendía nada. La modestia de un gran científico, comparada con el orgullo, la soberbia de nuestros maestros bizantinos de la oscuridad...

En su opinión, las nuevas tecnologías amenazan al “silencio” y a la “intimidad” necesarias para encontrarse con las grandes obras...
Sí, la calidad del silencio está relacionada orgánicamente con la del lenguaje. Usted y yo estamos aquí, en esta casa rodeada de un jardín, donde no hay otro sonido que el de nuestra conversación. Aquí puedo trabajar, puedo soñar, puedo intentar pensar. El silencio se ha convertido en un gran lujo. La gente vive en el estrépito. Ya no hay noche en las ciudades. Los jóvenes temen al silencio. ¿Qué será de la lectura seria y difícil? ¿Cómo leer una página de Platón con un Walkman en los oídos? Es algo que me da mucho miedo. Las nuevas tecnologías transforman el diálogo con el libro. Abrevian, simplifican, conectan. El alma está “cableada”. Hoy ya no se lee de la misma forma. El fenómeno Harry Potter surge como una excepción. Todos los niños del planeta, el niño esquimal, el niño zulú, leen y releen esta saga ultra inglesa dotada de un vocabulario rico y de una sintaxis sofisticada. Es formidable. El libro es un gran defensor de la vida privada. Inglaterra sigue siendo un país de “privacy”. Algo que puede tener aspectos absurdos: podemos ser vecinos durante cincuenta años y no intercambiar una sola palabra. Este culto a la “private life” tiene un valor político inmenso: es una capacidad de resistencia.

¿No se considera un creador?
No, no hay que confundir las funciones. Incluso el crítico, el comentarista, el exegeta más dotado está a años luz del creador. No comprendemos bien las fuentes internas de la creación. Imaginemos esta situación, estamos en Berna, hace años... Unos niños salen de picnic con su institutriz, que los sitúa ante un viaducto. Los niños pintan, la institutriz mira por encima del hombro de uno de ellos: ¡le ha pintado botas a los pilares! Desde ese día, todos los viaductos caminan. Ese niño se llamaba Paul Klee. La creación cambia todo lo que contempla, para un creador, unos trazos bastan para hacernos ver lo que ya estaba ahí. ¿Qué misterio provoca la creación? Escribí Gramáticas de la creación para comprenderlo. Al final de mi vida, sigo sin comprenderlo.

¿Comprender sería carecer de arte?
En un sentido, me alegra no comprender. Imagínese un mundo en el que la neuroquímica nos explicara a Mozart... Es concebible y eso me da miedo. Las máquinas ya son interactivas con el cerebro: el ordenador y el género humano trabajan juntos. Es posible además que un día los historiadores se den cuenta de que el acontecimiento más importante del siglo XX no fue la guerra, ni el crac financiero, sino la tarde en la que Kasparov, el jugador de ajedrez, perdió su partida contra una pequeña caja metálica. Y añadió: “La máquina no ha calculado, ha pensado”. Cuando lo vi, les pedí su opinión a mis compañeros de Cambridge, que son los grandes reyes de la ciencia. Me dijeron que no sabían si el pensamiento era o no un cálculo. ¡Es una respuesta espantosa! ¿Podrá algún día esa pequeña caja componer música?






en Télérama n° 3230, 12 de diciembre, 2011