miércoles, diciembre 25, 2013

“El puzzle policial”, de Jaime Pinos









Una colilla con la saliva del atacante
encontrada en una de las escenas del crimen.
Evidencias orgánicas
halladas en una hoja de papel,
usada por el violador para secar sus genitales,
así como en su propia camisa
abandonada antes de escapar.
El rastreo electrónico de una llamada
efectuada desde uno de los teléfonos celulares
                        robados a las víctimas.
La similitud entre las ataduras que presentaba
                        la menor descuartizada
y las de que se valió el autor de los ataques.

Las piezas de un puzle
cuya solución permitió a la policía
la plena identificación del culpable.

Sin embargo, fuentes judiciales informaron a la prensa
que su captura no habría sido el resultado de las pesquisas.

Otra habría sido la pieza clave.
El as bajo la manga
del largo brazo de la justicia.

La recompensa ofrecida por su delación
en todos los presidios del país.
Dos millones de pesos en efectivo
o el indulto presidencial
como precio por su cabeza.



en Criminal, 2003

















martes, diciembre 24, 2013

"La Navidad para un niño en Gales", de Dylan Thomas




Por aquellos años, las Navidades se parecían tanto unas a otras en aquel remoto pueblo pesquero, Navidades carentes de todo sonido excepto del murmullo de voces distantes que sigo oyendo algunas veces antes de dormir, que nunca consigo recordar si estuvo nevando durante seis días con sus noches cuando yo tenía doce años, o si nevó durante doce noches y doce días cuando tenía seis.

Las Navidades fluyen como una luna fría e inquietante que avanzara por el cielo que aboveda nuestra calle de camino al traicionero mar; y se detienen en el borde de las olas de aristas glaciales —verdaderos congeladores de peces—, y yo hundo las manos en la nieve y desentierro cualquier cosa que pueda encontrar. Me veo sepultando la mano en ese festivo montón, blanco como la lana y con forma de campana con lengua, que descansa al borde de un mar que entona villancicos, y me vienen a la mente la Sra. Prothero y los bomberos.

Todo sucedió una tarde de Nochebuena; me encontraba en el jardín de la Sra. Prothero con su hijo Jim esperando a que aparecieran los gatos. Estaba nevando. Siempre nevaba en Navidad. Diciembre, en mis recuerdos, era blanco como Laponia aunque sin renos. Pero sí había gatos. Con las manos envueltas en calcetines, pacientes, heladas y con callos, esperábamos a los felinos para tirarles bolas de nieve. Lustrosos y grandes como jaguares, con unos bigotes horribles, salivando y gruñendo, se deslizarían sobre los blancos muros del jardín trasero avanzando furtivamente, mientras Jim y yo, cazadores de ojos de lince, tramperos vestidos con gorro de piel y zapatos mocasines procedentes de la bahía del Hudson, allende Mumbles Road, apuntaríamos al verde de sus ojos y les tiraríamos las bolas.

Los gatos eran muy listos y no aparecían nunca. Nosotros, cual tiradores árticos calzados como esquimales, estábamos tan quietos en el silencio amortiguado de las nieves eternas —eternas del miércoles anterior— que ni siquiera oímos el primer grito de la Sra. Prothero, que surgió de su iglú al fondo del jardín. O, si lo oímos lo confundimos con la lejana provocación de nuestro enemigo y presa, el gato polar del vecino. Sin embargo, el tono de voz aumentó rápidamente.

—¡Fuego! —gritó la Sra. Prothero mientras golpeaba el gong que se usaba para avisar cuando la cena estaba lista.

Salimos corriendo hacia la casa atravesando el jardín con las bolas de nieve en los brazos; efectivamente, salía humo del comedor. La Sra. Prothero anunciaba la ruina como los pregoneros de Pompeya y el gong seguía resonando. Esto era mejor que todos los gatos de Gales dispuestos en fila sobre el muro. De un salto, entramos en la casa cargados con las bolas de nieve y nos paramos ante la puerta de la habitación, que permanecía abierta; el cuarto estaba lleno de humo.

Verdaderamente, algo se estaba quemando; quizá fuera el Sr. Prothero, que tenía la costumbre de echarse allí una cabezada con un periódico sobre la cara después de comer. Pero no; él estaba en medio de la habitación exclamando «¡Qué Navidades tan buenas!» mientras aventaba el humo con una zapatilla.

—Llamen a los bomberos —gritaba la Sra. Prothero mientras golpeaba el gong.
—No van a estar —decía el Sr. Prothero—. Es Navidad.

Las llamas no se veían; sólo había nubes de humo, y en medio de éstas se encontraba el Sr. Prothero de pie agitando su zapatilla como si fuera el director de la orquesta.

—Hagan algo —dijo. En ese mismo instante, lanzamos todas las bolas de nieve hacia el humo —yo creo que no le acertamos al Sr. Prothero— y salimos corriendo de la casa en dirección a la cabina de teléfono.
—Vamos a llamar también a la policía —dijo Jim.
—Y a la ambulancia.
—Y a Ernie Jenkins; a él le gustan los fuegos.

Pero sólo llamamos a los bomberos, que llegaron poco después en su camión. Aparecieron tres hombres altos con sus cascos puestos y metieron una manguera en la casa. El Sr. Prothero salió justo a tiempo, antes de que abrieran el grifo. Posiblemente nadie haya vivido una Nochebuena con tantos avatares.

Y después de que los bomberos, que aún permanecían en la habitación mojada y humeante, cerraran la manguera, la tía de Jim, la Srta. Prothero, bajó las escaleras y les miró fijamente; Jim y yo esperábamos entretanto, muy quietos, para oír qué les decía. Ella siempre tenía la frase adecuada. Se quedó mirando a los tres bomberos, que estaban ahí de pie tan altos y con sus cascos brillantes en medio del humo y de las cenizas, y de las bolas de nieve que empezaban a derretirse, y dijo:
—¿Les gustaría leer algo?

Hace muchos, muchos años, cuando yo era un crío, cuando había lobos en Gales y los pájaros del color de las enaguas de franela roja se marchaban a toda prisa sobrevolando las colinas con forma de arpa, cuando cantábamos y nos revolcábamos toda la noche y todo el día en cuevas que olían como las tardes de los domingos en los fríos y húmedos salones de las casas de campo, y perseguíamos con las quijadas de los diáconos a los ingleses y a los osos, antes del motor de explosión, antes de la rueda, de las yeguas con cara de duquesa, cuando montábamos a caballo sin silla por las suaves y alegres colinas, entonces nevaba sin cesar. Pero aquí aparece un niño que va diciendo: «El año pasado también nevó. Hice un muñeco de nieve y mi hermano lo tiró y yo tiré a mi hermano, y después nos dieron la comida».

—Ahora bien, aquélla no era la misma nieve, creo yo. Nuestra nieve no sólo caía a cubos del cielo, sino que cubría el suelo como con un chal y flotaba, y se acumulaba en los brazos, las manos y el cuerpo de los árboles; la nieve crecía de la noche a la mañana sobre los tejados de las casas como un musgo puro y viejo; cubría minuciosamente los muros como hace la hiedra, y se depositaba como una muda y entumecida tormenta de blancos pedazos de postales navideñas sobre el cartero que abría la verja.
—¿Había también carteros?
—Con los ojos lacrimosos, las narices como cerezas a causa del viento, y unos mitones puestos, caminaban hasta las puertas sobre sus anchos y congelados pies. Y la nieve crujía a su paso. Entonces, llamaban con unos modos muy varoniles. Pero todo lo que los niños oían era el sonido de las campanas.
—¿Quieres decir que cuando el cartero llamaba a la puerta, toc-toc, sonaban las campanas?
—Quiero decir que las campanas que los niños oían sonaban en su interior.
—Yo sólo oía truenos algunas veces, pero nunca campanas.
—También sonaban las campanas de la iglesia.
—¿En su interior?
—No, no, no; me refiero al campanario, que, aunque era negro como un murciélago, estaba teñido de blanco por la nieve, y en él repicaban obispos y cigüeñas. Y anunciaban sus noticias por el vendado pueblo, por la congelada espuma de las colinas de polvo y de helado, por el crepitante mar. Era como si en Navidad todas las iglesias retumbaran de júbilo bajo mi ventana, como si las veletas con forma de gallo cacarearan sobre nuestra valla.
—Pero, vuelve a los carteros.
—No eran más que simples carteros, encantados con sus caminatas, con los perros, con las Navidades, con la nieve. Llamaban a las puertas con los nudillos morados…
—La nuestra tiene una aldaba negra.
—Y después se quedaban sobre la alfombra blanca que daba la bienvenida en los diminutos porches; respiraban con fuerza y resoplaban, formando fantasmas con su aliento, y pasaban de un pie a otro dando saltitos, como los niños que quieren salir.
—¿Y entonces, los regalos?
—Y entonces, los regalos, llegaban después del aguinaldo. Y el cartero, aterido, con la nariz colorada y en forma de botón, bajaba haciendo eses por el camino de la congelada y rutilante colina por el que nosotros nos deslizábamos encima de una bandeja de té. Iba con las botas llenas de hielo, como un hombre con zuecos de pescadero. Sacudía su bolso como si fuera la joroba de un camello congelado, vertiginosamente doblaba en la esquina sobre un pie con gran rapidez, y cuando te dabas cuenta —¡Dios mío!— había desaparecido.
—Vuelve a los regalos.
—Estaban los regalos útiles: tapabocas de los antiguos tiempos de los carruajes, mitones hechos para perezosos gigantes; bufandas de cebra fabricadas con un material como la goma sedosa que se estiraban hasta las polainas, deslumbrantes boinas escocesas hechas de varias telas como las fundas de las teteras, y gorros de disfraz de conejo y pasamontañas para las víctimas de las tribus reductoras de cabezas; las tías, que siempre usaban prendas de punto en contacto directo con la piel, dejaban ásperos chalecos de lana con pelo; y entonces te preguntabas cómo les podía quedar a ellas piel alguna; y una vez me encontré un morral de los de los caballos hecho a crochet por una de mis tías, la cual, desafortunadamente, no volvió a relinchar entre nosotros. Y libros sin dibujos sobre los que los pequeños, a pesar de estar avisados con «eso no se hace», patinarían en el estanque del granjero Giles; de hecho un día lo hicieron y terminaron hundiéndose; y libros que contaban todo sobre la avispa, excepto el porqué.
—Sigue ahora con los regalos inútiles.
—Bolsas con muñequitos de gomita húmeda de muchos colores y una bandera doblada y una nariz falsa y una capucha de conductor de tranvía y una máquina que picaba billetes y tocaba una campana; nunca una honda; una vez, debido a un error que nadie pudo explicar, un hacha pequeña; y un pato de goma que, cuando lo apretabas, emitía un sonido que no parecía el de un pato, sino más bien un «muu» que más se asimilaba al maullido que podría emitir un gato ambicioso, deseoso de convertirse en vaca; y un cuaderno de dibujo en el que podía pintar la hierba o los árboles o el mar o los animales del color que se me antojara; y las ovejas azul cielo brillante siguen rumiando inalterables en un campo bermellón bajo unos pájaros amarillentos que tienen el pico de los colores del arcoíris. Caramelos duros y blandos de toffee, de dulce de leche y variados, caramelos crujientes, de menta, galletitas, helados, mazapán y dulce de café con leche galés para los galeses. Y tropas de brillantes soldados de lata que, si bien no podían luchar, podían correr perfectamente. Y juegos de mesa. Y sencillos mecanos para ingenieros en potencia, con todas las instrucciones. ¡Sí! ¡Serían sencillos para Leonardo! Y un silbato para que ladren los perros y despierten al anciano de la puerta de al lado, que entonces comienza a golpear con el bastón en su pared y termina tirando el cuadro de la nuestra. Y una cajetilla de cigarros: te ponías uno en la boca y te quedabas en una esquina de la calle esperando en vano, durante horas, a que una anciana te regañara por fumar, momento en el cual le dabas un bocado con una sonrisita. Y después venía el desayuno bajo los globos.
—¿Y venían tus tíos, como pasa en casa?
—En Navidades siempre venían algunos tíos. Siempre los mismos. Y todas las mañanas, por Navidad, con el silbato de molestar a los perros y los cigarros de azúcar, yo escudriñaba la tapizada ciudad buscando las noticias del mundo en miniatura, y siempre encontraba algún pájaro muerto al lado de la oficina de Correos o junto a los columpios abandonados y teñidos de blanco; quizá un petirrojo con todos sus brillos apagados menos uno. Hombres y mujeres volvían de misa abriéndose camino con palas entre la nieve, con las narices coloradas como si hubieran salido de la taberna y con las mejillas curtidas por el viento; se apiñaban, todos albinos, juntando sus compactas y discordantes plumas negras para hacer frente a la nieve hostil. El muérdago colgaba de las abrazaderas del gas en todos los salones; junto a las cucharillas de postre había jerez y nueces y botellas de cerveza y galletas crujientes; y los gatos, con sus abrigos de piel, observaban el fuego; y el rescoldo, acumulado en un gran montón, lanzaba chispas; todo estaba listo para las castañas y los atizadores calientes. Algunos de los hombres, los más obesos, tíos míos casi sin ninguna duda, se sentaban en los salones, se quitaban los cuellos de las camisas y saboreaban sus nuevos puros sujetándolos pensativos con el brazo estirado, se los llevaban de nuevo a la boca, tosían un poco, y volvían a sujetarlos otra vez como esperando a que explotaran; y algunas de las tías, las más enjutas, a quienes echaban de la cocina o de cualquier sitio que tuviera que ver con la comida, se sentaban en el mismo borde de la silla, muy dignas y tiesas, con miedo a romperse, como las copas y las salseras desgastadas.

No había muchos que se atrevieran aquellas mañanas a caminar por las calles llenas de montones de nieve: había un anciano que, siempre con un sombrero hongo beige y guantes amarillos y, en esta época del año, con polainas para la nieve, daba siempre un paseo hasta el blanco campo de bolos a buen ritmo, ida y vuelta, y lo hacía tanto con lluvia como a pleno calor, fuera el día de Navidad o el del juicio final; alguna vez vi a dos jóvenes lozanos, con sendas pipas, grandes y candentes, sin abrigos y con las bufandas al viento, que paseaban despacio y sin hablar hasta el desamparado mar para abrir el apetito, para airear los malos humos, quién sabe, o con la intención de meterse en las olas hasta que no quedara nada de ellos salvo las dos espirales de humo de sus inextinguibles pipas. Entonces me marché a casa rápidamente, y los aromas a salsas de cenas ajenas, el olor a ave, a coñac, a pudín y a carne picada comenzaron a llegar serpenteantes hasta mis orificios nasales, cuando de un montón de nieve que había a un lado de la carretera salió un chico, que era mi viva imagen; llevaba un cigarro con la punta rosa y le quedaban restos de un ojo morado. Arrogante como un ave pequeña, me miró de reojo.

Me pareció tan odioso, tanto por su aspecto como por los sonidos que emitía, que estuve a punto de ponerme en la boca mi silbato para perros y borrarle de la faz de la Navidad, cuando de repente, guiñando su ojo amoratado, introdujo en la boca su silbato y sopló de una manera tan estridente, tan alto, tan exquisitamente alto, que sin duda a lo largo de toda la nevada calle por la que retumbó aquel sonido, las caras voraces se asomaron a las ventanas profusamente adornadas, pegándose contra los cristales con sus cachetes llenos de ganso.

Para cenar había pavo y pudín flambeado, y después de la cena los tíos se sentaron junto al fuego, se desabrocharon los botones, colocaron sus grandes y sudorosas manos sobre las cadenas de los relojes, refunfuñaron un rato y se quedaron dormidos. Madres, tías y hermanas correteaban de aquí para allá, llevando las soperas. La tía Bessie, a la que ya había asustado dos veces con un ratón de cuerda, gimoteaba junto al aparador mientras se bebía un vino de saúco. El perro estaba vomitando. La tía Dosie se tuvo que tomar tres aspirinas, y la tía Hannah, a la que le gustaba el oporto, permanecía en medio del patio trasero, inaccesible por la nieve, cantando como un zorzal de gran pechera. Yo inflaba los globos para comprobar lo grandes que podían llegar a ser; y cuando estallaban —cosa que hacían uno tras otro—, los tíos daban un bote y murmuraban. Aquella tarde, abundante y pesada, mientras los tíos resoplaban como ballenatos y la nieve seguía cayendo, yo me senté entre festones y lámparas chinas mordisqueando unos dátiles, tratando de hacer el prototipo de una fragata, siguiendo las instrucciones para ingenieros en potencia, pero terminé por construir algo que podía confundirse con un tranvía marino.

Otras veces salía rechinando con mis brillantes botas nuevas al mundo de las nieves. Continuaba hasta la colina que había junto al mar, buscaba a Jim y a Dan y a Jack, y caminábamos en silencio a través de las calles tranquilas, dejando unas grandes y profundas huellas sobre las ocultas aceras.

—Apuesto algo a que la gente cree que han pasado unos hipopótamos.
—¿Qué harías si vieras un hipopótamo bajando por nuestra calle?
—Haría esto: ¡pam! Le arrojaría sobre los rieles y le echaría rodando colina abajo para después hacerle cosquillas debajo de la oreja; él menearía la cola.
—¿Qué harías si vieras dos hipopótamos?

Cuando pasamos por la casa del Sr. Daniel vimos a los hipopótamos con los costados de hierro que se dirigían hacia nosotros bramando, golpeándose y rechinando por la nieve resbaladiza.

—Dejémosle al Sr. Daniel una bola de nieve en su buzón.
—Mejor escribamos algo en la nieve.
—Escribamos: «El Sr. Daniel se parece a un Spaniel corriendo por su pradera».

Otras veces, caminábamos por el litoral nevado.
—¿Los peces podrán ver que está nevando?

El cielo, silencioso y encapotado, se deslizaba suavemente hasta el mar.

Ahora nos habíamos convertido en unos viajeros cegados por el reflejo de la nieve, perdidos en medio de las colinas del norte, cuando vimos a unos perros inmensos con papada y un barril colgando del cuello que venían hacia nosotros despacio, en desorden, recitando «Excelsior»[1] entre ladridos. Volvimos a casa por unas calles solitarias en las que solo había algunos chicos manoseando con sus dedos rojos y desnudos la nieve repleta de rodaduras; nos silbaron pero, mientras caminábamos con esfuerzo colina arriba, sus voces fueron desapareciendo entre los graznidos de los pájaros del puerto y las sirenas de los barcos que estaban en medio de la erizada bahía. Y después, a la hora del té, los tíos se mostraban alegres; y en el centro de la mesa aparecía la tarta glaseada como una lápida de mármol. La tía Hannah echaba ron al té, por aquello de que una vez al año no hace daño.

Desempolvemos ahora las increíbles historias que contábamos junto al fuego mientras la luz de gas burbujeaba como un buceador. Los fantasmas ululaban como los búhos en aquellas largas noches en las que no me atrevía ni a mirar sobre mi hombro; los animales se ocultaban en los chiribitiles que había debajo de la escalera y el contador del gas avanzaba, tic-tic-tic. Y recuerdo una vez que fuimos a cantar villancicos, en la que no asomaba ni una rodajita de luna que alumbrara las calles vacías. Al final de una carretera muy larga, había un camino que llevaba a una casa enorme, y aquella noche nos tropezamos con la oscuridad del camino, todos aterrados, todos con una piedra en la mano por si acaso, todos demasiado orgullosos para decir ni una sola palabra. El viento soplaba a través de los árboles y hacía ruidos como los de los abominables hombres primitivos que resuellan en las cavernas, con sus patas posiblemente palmeadas. Alcanzamos la casa. Era una mole negra.

—¿Qué vamos a cantarles? ¿«Hark the Herald»?
—No —dijo Jack—. Mejor, «Good King Wenceslas». A las tres.

Una, dos y tres, y comenzamos a cantar; nuestras voces sonaban alto y aparentemente distantes en la oscuridad tapizada por la nieve, alrededor de aquella casa habitada por alguien a quien no conocíamos. Nos mantuvimos juntos, los unos pegados a los otros, cerca de la lóbrega puerta.

«Good King Wencelas looked out
On the Feast of Stephen…»[2]

Y después, una vocecita seca, como la de alguien que no ha hablado durante mucho tiempo, se unió a nosotros; una voz susurrante, áspera y discordante, que sonó desde el otro lado de la puerta; una voz baja y desapacible que surgió de la cerradura.

Y cuando paramos de correr estábamos ya enfrente de nuestra casa; el salón estaba precioso; los globos flotaban bajo las botellas de agua caliente de las lámparas de carburo; todo estaba en orden de nuevo y la ciudad relucía.

—A lo mejor era un fantasma —dijo Jim.
—A lo mejor era un trol —dijo Dan, que siempre estaba leyendo.
—Vamos adentro a comprobar si queda algo de gelatina —dijo Jack. Y eso fue lo que hicimos.

En la noche de Navidad siempre sonaba algo de música. Un tío tocaba el violín, un primo cantaba «Cherry Ripe», y otro tío «Drake's Drum». En nuestra pequeña casa hacía mucho calor. La tía Hannah, que se había pasado al vino de chirivías, cantó una canción sobre los corazones heridos y la muerte, y después otra en la que decía que su corazón era como el nido de un pájaro; y después todos volvieron a reír; y después yo me fui a la cama. Mirando a través de la ventana de mí dormitorio la luz de la luna y la nieve interminable del color del humo, pude ver las luces de las ventanas de las otras casas que había en nuestra colina, y escuchar la música que surgía de ellas en aquella noche larga y tranquila. Apagué la lámpara de gas y me metí en la cama. Dediqué algunas palabras a la cercana y santa oscuridad, y después me dormí.



1954






Traducción de María José Chuliá García








Notas de la traductora

[1] Poema de Walt Whitman.
[2] «El buen rey Wenceslao miraba hacia fuera / En la fiesta de San Esteban […]»













lunes, diciembre 23, 2013

“Vagabundos”, de Knut Hamsun







Fragmento



Al quedarse solo, recobró algo la calma. Apartó un poco de lodo con la mano y consiguió alcanzar su reloj, lo secó y lo introdujo en un bolsillo superior; después, quiso salvar su cartera, recordando los dos mil escudos y papeles de importancia que con tenía; era una cartera repleta que quiso sostener con la mano en alto, para que fuese la última en hundirse y quizás arrojarla en los últimos momentos a terreno seco. Alguien la descubriría. Era el arrendamiento de las peñas y los jornales de todos los trabajadores, pendientes todavía de pago.

            Inescrutables son los designios del destino: Aquella misma mañana, había saltado de su camarote, jocundo y cantando alegremente, y ahora era un condenado a muerte, a dos pasos nada más de tierra firme. Es cierto que él podía haber parlamentado prudentemente con Ana María, en lugar de apostrofarla; hubiera podido ofrecerle un montón de dinero a cambio de que ella le arrojase un par de troncos que le sirvieran de apoyo en el barro. En efecto, podía haberlo intentado, pero ni un solo destello de tales pensamientos iluminó su mente, ni se arrepentía de ello. Era tal la repulsión que experimentaba hacia aquella bestia humana, y tan intensa su cólera, que se cerró este camino salvador.

            Transcurrieron las horas, volvieron a repercutir en el espacio sus gritos en demanda de socorro, y nadie, sino el eco, respondía; reinaba un profundo silencio; ya hacía rato que había cesado el resonar de las esquilas de las vacas, síntoma delator del alejamiento del rebaño; también el viento soplaba con menos fuerza, a la par que el sol trasponía la hora meridiana. Dieron las dos, las tres después; lo veía en su reloj que extrajo y sostuvo en la mano. El lodo le llegaba a la altura del pecho. ¡Ah! Ya no le sostenía el valor. Las lágrimas inundaban sus mejillas por momentos; comprendía que iba a morir. Tenía expeditos los brazos, pero no podía mover las piernas, como si sendas glebas de plomo las inmovilizasen de arriba abajo. Si era cierto que la gente se había encaminado a la iglesia, como había afirmado Ana María, debieran ya estar de regreso en sus casas. El camino era largo, y tal vez, en la colina donde estaba asentada la iglesia, se habrían entretenido curioseando noticias; pero ahora ya era tardé. ¿Sería posible que no hubiera salvación para él? Gritaba, rugía en demanda de socorro; callaba un instante, escuchaba, volvía a rugir y a gritar; lloraba y golpeaba el lodo con las manos. Poco a poco sus desesperadas llamadas fueron haciéndose más débiles, vencido su coraje.

            Lo sucedido llegó al conocimiento público mucho tiempo después, tras la revelación de Ana María. Ella no había ido en persecución de su rebaño; había presenciado y oído todo cuanto él dijera en voz alta. Algunos de los gestos del hombre parecieron incomprensibles a Ana María: de pronto, él se puso a escribir en un papel encima de la cartera. Ella pensó: ahora, escribe que soy culpable de su muerte. Su actitud varió luego por momentos; enmudecía, lloraba desconsoladamente, tembloroso. Cogió el papel escrito, lo rasgó en pequeños trozos y lo hundió en el lodo, junto a sí. Parecía abatido y contrito. La ciénaga fue sorbiendo sus brazos; casi nada sobre salía en la superficie. Ana María percibió una opresión en el pecho; se alejó de allí, huyó, corrió al caserío, gritó…

            El último gesto de Skaaro fue arrojar el reloj y la cartera a tierra firme. Nada había escrito. Como carecía de familia y allegados, no hubo de legar a nadie su último adiós.



en Vagabundos, 1927

















domingo, diciembre 22, 2013

"Cantata de Santa María de Iquique", de Luis Advis



Obreros asesinados en la Escuela Santa María de Iquique, 21 de diciembre de 1907


[Pregón]
Señoras y señores,
venimos a contar
aquello que la historia
no quiere recordar.
Pasó en el Norte Grande,
fue Iquique la ciudad,
mil novecientos siete
marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre
mataron por matar,
allí al pampino pobre
mataron por matar.
Seremos los hablantes,
diremos la verdad,
verdad que es muerte amarga
de obreros del salar.
Recuerden nuestra historia
de duelo sin perdón,
por más que el tiempo pase
no hay nunca que olvidar.
Ahora les pedimos
que pongan atención.
Ahora les pedimos
que pongan atención.


[Preludio Instrumental]


[Relato]
Si contemplan la pampa
y sus rincones,
verán las sequedades del silencio,
el suelo sin milagro y oficinas vacías,
como el último desierto.
Y si observan la pampa
y la imaginan
en tiempos de la industria del salitre,
verán a la mujer
y al fogón mustio,
al obrero sin cara,
al niño triste.

También verán
la choza mortecina,
la vela que alumbraba su carencia,
algunas calaminas por paredes
y por lecho, los sacos y la tierra.

También verán
castigos humillantes,
un cepo en que fijaban al obrero
por días y por días contra el sol,
ni importa si al final se iba muriendo.
La culpa del obrero, muchas veces,
era el dolor altivo que mostraba;
rebelión impotente ¡una insolencia!
la ley del patrón rico es ley sagrada.
También verán el pago que les daban,
dinero no veían, sólo fichas:
una por cada día trabajado
y aquella era cambiada
por comida.
Cuidado con comprar en otras partes!
De ninguna manera se podía
aunque las cosas fuesen más baratas.
Lo había prohibido la Oficina.
El poder comprador de aquella ficha
había ido bajando con el tiempo,
pero el mismo jornal seguían pagando.
Ni por nada del mundo un aumento.

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio.
Y si observan la pampa como fuera,
sentirán, destrozados, los lamentos.

[Canción]
El sol en desierto grande
y la sal que nos quemaba,
el frío en las soledades,
camanchaca y noche larga.

El hambre de piedra seca
y quejidos que escuchaba,
la vida de muerte lenta
y la lágrima soltada.

Las casas desposeídas
y el obrero que esperaba
al sueño que era el olvido
sólo espina postergada.
El viento en la pampa inmensa
nunca más se terminara.
Dureza de sequedades
para siempre se quedara.

Salitre, lluvia bendita,
se volvía la malvada.
La pampa, pan de los días,
cementerio y tierra amarga.
Seguía pasando el tiempo
y seguía historia mala.
Dureza de sequedades
para siempre se quedara.

El sol en desierto grande
y la sal que nos quemaba,
el frío en las soledades,
camanchaca y noche larga.

El hambre de piedra seca
y quejidos que escuchaba,
la vida de muerte lenta
y la lágrima soltada.


[Interludio Instrumental]


[Relato]
Se había acumulado mucho daño,
mucha pobreza, muchas injusticias.
Ya no podían más y las palabras
tuvieron que pedir lo que debían.
A fines de mil novecientos siete
se gestaba la huelga en San Lorenzo
y al mismo tiempo todos escuchaban
un grito que volaba en el desierto.
De una a otra Oficina, como ráfagas,
se oían las protestas del obrero.
De una a otra Oficina, los señores,
el rostro indiferente o el desprecio.
Qué les puede importar la rebeldía
de los desposeídos,
de los parias.
Ya pronto volverán arrepentidos,
el hambre los traerá, cabeza gacha.
¿Qué hacer entonces, qué,
si nadie escucha?,
hermano con hermano preguntaban.
Es justo lo pedido y es tan poco.
¿Tendremos que perder las esperanzas?

Así, con el amor y sufrimiento
se fueron aunando voluntades.
En un sólo lugar comprenderían:
había que bajar
al puerto grande.


[Canción]
Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será
distinto, no hay que dudar.
No hay que dudar,
confía, ya vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.
Toma mujer mi manta,
te abrigará.
Ponte al niñito en brazos,
no llorará.
No llorará,
confía, va a sonreír,
le cantarás un canto,
se va a dormir.
¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.
Largo camino
tienes que recorrer,
atravesando cerros,
vamos mujer.
Vamos mujer,
confía, que hay que llegar,
en la ciudad
podremos ver todo el mar.
Dicen que Iquique es grande
como un salar,
que hay muchas casas lindas,
te gustarán.
Te gustarán, confía
como que hay Dios,
allá en el puerto
todo va a ser mejor.
¿Qué es lo que pasa?, dime,
no calles más.
Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será
distinto, no hay que dudar.
No hay que dudar,
confía, ya vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.


[Interludio Instrumental]


[Relato]
Del quince al veintiuno,
mes de diciembre,
se hizo el largo viaje
por las pendientes.
Veintiséis mil bajaron,
o tal vez más,
con silencios gastados
en el salar.
Iban bajando ansiosos,
iban llegando,
los miles de la pampa,
los postergados.
No mendigaban nada,
sólo querían
respuesta a lo pedido,
respuesta limpia.

Algunos en Iquique
los comprendieron
y se unieron a ellos,
eran los gremios.
Y solidarizaron
los carpinteros,
los de la maestranza,
los carreteros,
los pintores y sastres,
los jornaleros,
lancheros y albañiles,
los panaderos,
gasfiteros y abasto,
los cargadores.
Gremios de apoyo justo,
de gente pobre.

Los señores de Iquique
tenían miedo;
era mucho pedir
ver tanto obrero.
El pampino no era
hombre cabal,
podía ser ladrón
o asesinar.
Mientras tanto las casas
eran cerradas,
miraban solamente
tras las ventanas.
El comercio cerró
también sus puertas:
había que cuidarse
de tanta bestia.
Mejor que los juntaran
en algún sitio,
si andaban por las calles
era un peligro.

[Interludio Cantado]
Se han unido con nosotros
compañeros de esperanzas
y los otros los más ricos
no nos quieren dar la cara.

Hasta Iquique
nos hemos venido,
pero Iquique nos ve
como extraños.
Nos comprenden
algunos amigos
y los otros
nos quitan la mano.

Se han unido con nosotros
compañeros de esperanza
y los otros los más ricos
no nos quieren dar la cara.
Y los otros los más ricos
no nos quieren dar la cara.

[Relato]
El sitio al que los llevaban
era una escuela vacía
y la escuela se llamaba
Santa María.
Dejaron a los obreros,
los dejaron con sonrisas.
Que esperaran les dijeron,
sólo unos días.
Los hombres se confiaron.
No les faltaba paciencia
ya que habían esperado
la vida entera.
Siete días esperaron.
Pero que infierno se vuelven
cuando el pan se está jugando
con la muerte.
Obrero siempre es peligro.
Precaverse es necesario.
Así, el Estado de Sitio
fue declarado.
El aire trajo un anuncio,
se oía tambor ausente.
Era el día veintiuno
de diciembre.

[Canción]
Soy obrero pampino y soy
tan reviejo como el que más,
y comienza a cantar mi voz,
con temores de algo fatal.
Lo que siento en esta ocasión
lo tendré que comunicar,
algo triste va a suceder,
algo horrible nos pasará.

El desierto me ha sido infiel,
sólo tierra cascada y sal,
piedra amarga de mi dolor,
roca triste de sequedad.
Ya no siento más que mudez
y agonías de soledad,
sólo ruinas de ingratitud
y recuerdos que hacen llorar.

Que en la vida no hay que temer
lo aprendido ya con la edad,
pero adentro siento un clamor
y que ahora me hace temblar.
Es la muerte que surgirá
galopando en la oscuridad.
Por el mar aparecerá,
ya soy viejo y sé que vendrá.


[Interludio Instrumental]


[Relato]
Nadie diga palabra
que llegará
un noble militar,
un General.
Él sabrá como hablarles,
con el cuidado
que trata el caballero
a sus lacayos.
El General ya llega
con mucho boato
y muy bien precavido
con sus soldados.
Las ametralladoras
están dispuestas
y estratégicamente
rodean la escuela.
Desde un balcón les habla
con dignidad.
Esto es lo que les dice
el General:
Que no sirve de nada
tanta comedia.
Que dejen de inventar
tanta miseria.
Que no entienden deberes,
son ignorantes.
Que perturban el orden,
que son maleantes.
Que están contra el país,
que son traidores.
Que roban a la patria,
que son ladrones.
Que han violado a mujeres,
que son indignos.
Que han matado a soldados,
son asesinos.
Que es mejor que se vayan
sin protestar,
que aunque pidan y pidan
nada obtendrán.
Vayan saliendo entonces
de ese lugar,
que si no acatan órdenes
lo sentirán.

Desde la escuela, El Rucio,
obrero ardiente,
responde sin vacilar,
con voz valiente:
“Usted, señor General,
no nos entiende.
Seguiremos esperando,
así nos cueste.
Ya no somos animales,
ya no rebaños,
levantaremos la mano,
el puño en alto.
Vamos a dar nuevas fuerzas
con nuestro ejemplo
y el futuro lo sabrá,
se lo prometo.
Y si quiere amenazar
aquí estoy yo.
Dispárele a este obrero
al corazón”.
El General que lo escucha
no ha vacilado.
Con rabia y gesto altanero
le ha disparado.
Y el primer disparo es orden
para matanza
y así comienza el infierno
con las descargas.

[Canción – Letanía]
Murieron tres mil seiscientos,
uno tras otro.
Tres mil seiscientos mataron,
uno tras otro.

La Escuela Santa María
vio sangre obrera,
la sangre que conocía
sólo miseria.

Serían tres mil seiscientos
ensordecidos.
Y fueron tres mil seiscientos
enmudecidos.

La Escuela Santa María
fue el exterminio,
de vida que se moría,
sólo alarido.

Tres mil seiscientas miradas
que se apagaron.
Tres mil seiscientos obreros
asesinados.

Un niño juega en la Escuela
Santa María.
Si juega a buscar tesoros,
¿qué encontraría?

[Canción]
A los hombres de la pampa
que quisieron protestar,
los mataron como a perros
porque había que matar.

No hay que ser pobre,
amigo, es peligroso.
No hay ni que hablar,
amigo, es peligroso.

Las mujeres de la pampa
se pusieron a llorar
y también las matarían
porque había que matar.

No hay que ser pobre,
amiga, es peligroso.
No hay que llorar, amiga,
es peligroso.

Y a los niños de la pampa
que miraban, nada más,
también a ellos los mataron
porque había que matar.

No hay que ser pobre,
hijito, es peligroso.
No hay que nacer, hijito,
es peligroso.

¿Dónde están los asesinos
que mataron por matar?
Lo juramos por la tierra,
los tendremos que encontrar.
Lo juramos por la vida,
los tendremos que encontrar.
Lo juramos por la muerte,
los tendremos que encontrar.

Lo juramos, compañeros,
ese día llegará.

[Pregón]
Señoras y señores,
aquí termina,
la historia de la Escuela
Santa María.
Y ahora, con respeto,
les pediría
que escuchen la canción
de despedida.

[Canción Final]
Ustedes que ya escucharon
la historia que se contó,
no sigan allí sentados
pensando que ya pasó.
No basta sólo el recuerdo,
el canto no bastará.
No basta sólo el lamento,
miremos la realidad.
Quizás mañana o pasado,
o bien en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.
Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos
preparamos
resueltos para luchar.

Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear,
tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.

La tierra será de todos,
también será nuestro el mar,
justicia habrá para todos
y habrá también libertad.

Luchemos por los derechos
que todos deben tener,
luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

No hay que ser pobre,
amigo, es peligroso.
No hay ni que hablar,
amigo, es peligroso.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.

La tierra será de todos,
también será nuestro el mar,
justicia habrá para todos
y habrá también libertad.

Luchemos por los derechos
que todos deben tener,
luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.

La tierra será de todos,
también será nuestro el mar,
justicia habrá para todos
y habrá también libertad.

Luchemos por los derechos
que todos deben tener,
luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr,
si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.




1969






















sábado, diciembre 21, 2013

“En el Patio Trasero del Monasterio Zen de la Montaña Po”, de Chang Cb’ien









El amanecer limpio entra en el antiguo templo,
El sol temprano da brillo al alto bosque.
Senderos sinuosos penetran los oscuros lugares,
Mi sala de meditación: espesos árboles floridos.
La luz de la montaña alegra la naturaleza de los pájaros,
Mientras las sombras de la laguna
Vacían el corazón de los hombres.
Los diez mil ruidos en este lugar se silencian,
Sólo permanece el sonido de las campanas de piedra.



en Poesía clásica china, 2001