Voy a escribir un
poema sobre la guerra.
Tal vez no sea un
verdadero poema,
pero será sobre una verdadera guerra.
No será un
verdadero poema
porque el verdadero poeta no está aquí.
Si estuviera,
cesaría el ruido entre la multitud,
se haría primero un gran silencio,
un silencio pesado,
un silencio preñado de mil truenos.
Veríamos al poeta y
palidecerían nuestras pobres sombras.
Lo odiaríamos por
ser tan real, nosotros
los débiles, los enojados.
Estaría aquí,
agotado por los mil truenos
de la multitud de enemigos que contiene
–porque los
contiene y los satisface cuando quiere- ,
incandescente de dolor
y de sagrada cólera
pero tan tranquilo como un pirotécnico,
Y abriría en el
gran silencio una pequeña canilla,
la muy pequeña
canilla del molino de palabras.
De allí saldría un
poema, un poema tal,
que uno se pondría verde.
Lo que voy a hacer
no será un verdadero
poema poético de poeta,
porque si la
palabra “guerra” fuese pronunciada
en un verdadero poema,
esa guerra, la
verdadera guerra de la que hablaría el poeta,
la guerra sin piedad,
la guerra sin
pactos ni compromisos
se encendería
definitivamente en nuestros corazones.
Tampoco será un
discurso filosófico, porque para ser filósofo,
para amar la verdad más que a mí
mismo,
hay que estar muerto para el error,
hay que haber matado a las traidoras
complacencias
del sueño y de la cómoda ilusión.
Pero eso es la meta y el fin de
la guerra,
y la guerra apenas
ha comenzado,
hay todavía traidores para desenmascarar.
Tampoco será obra
de ciencia, porque para ser científico,
para ver y amar las cosas tal cual son,
hay que ser uno mismo,
y amar verse tal cual uno es.
Hay que haber roto los
espejos mentirosos,
haber matado con mirada implacable los fantasmas insinuantes.
Pero eso es la meta y el fin de la guerra,
y la guerra recién ha comenzado,
hay
todavía máscaras que arrancar.
No será tampoco un
canto entusiasta,
ya que el entusiasmo sólo es estable
cuando el dios se ha
levantado,
cuando los enemigos no son más que fuerzas sin formas,
cuando el
estruendo de la guerra repica a todo trapo.
Pero la guerra apenas ha comenzado
y nosotros todavía
no hemos arrojado al fuego nuestro juego de cama.
Todavía no será una
invocación mágica,
porque el mago dice a su dios: “Haz lo que me gusta”
y
rehúsa hacer la guerra a su peor enemigo,
si el enemigo le gusta.
Ni será un ruego de
creyente,
porque el creyente dice a su dios: “Haz lo que quieras”
y para eso se
ha tenido que meter el hierro
y el fuego en las entrañas de su más querido
enemigo.
Y eso es el hecho de la guerra.
Pero la guerra apenas ha comenzado.
Será un poco todo
eso, un poco de esperanza
y un esfuerzo hacia todo eso
y también será un llamado
a las armas.
Un llamado que el juego de los ecos podrá devolverme
y que otros,
tal vez escucharán.
Ahora pueden
adivinar de qué guerra quiero hablar.
De las otras
guerras, de las que sufrimos, no hablaré.
Si hablara de ellas sería literatura
común, un sustituto, una excusa.
Así como empleé la palabra “terrible”
cuando
aún no tenía la piel de gallina.
Así usé la expresión “reventar de hambre”
cuando aún no había llegado a robar en los escaparates.
Como hablé de “locura”
antes de haber intentado mirar el infinito
por el ojo de la cerradura. Así como
hablé de la muerte
antes de haber sentido en mi lengua el gusto de sal de lo
irreparable.
Como hablan de pureza algunos que siempre
se consideraron
superiores al cerdo doméstico.
Así como quienes adoran y repintan sus cadenas
hablan de libertad y algunos que sólo aman la sombra de sí mismos
hablan de
amor, o de sacrificio
quienes por nada se cortarían el dedo más pequeño.
O de
conocimiento quienes se disfrazan ante sus propios ojos.
Así como nuestra gran
enfermedad es hablar para no ver nada.
Sería un sustituto
impotente, como los viejos y los enfermos
que hablan con gusto de los golpes
que dan
o reciben los jóvenes elegantes.
¿Tengo entonces el
derecho de hablar de la otra guerra
mientras no está, quizás, definitivamente
encendida en mí?
Sí, tal vez no
tenga el derecho, pero “no tener el derecho”
puede significar “tener el deber”
y, sobre todo, “la necesidad”,
ya que nunca tendré demasiados aliados.
Intentaré,
entonces, hablar de la guerra santa.
¡Pueda ella
estallar de manera irreparable!
Cada
tanto se enciende, pero nunca por mucho tiempo.
Ante los primeros signos de
victoria me admiro en el triunfo,
me hago el generoso y pacto con el enemigo.
Hay traidores en la casa, pero tienen cara de amigos.
¡Sería tan desagradable
desenmascararlos!
Ocupan su lugar junto al fuego, tienen sus sillones y sus
pantuflas;
vienen cuando estoy somnoliento, me hacen un cumplido,
me cuentan
una historia palpitante o divertida,
me traen flores o golosinas o algún
hermoso sombrero de plumas.
Hablan en primera persona, creo escuchar mi voz,
es
mi voz que creo emitir: “Yo soy... yo sé... yo quiero...”.
Mentiras. Mentiras
metidas en mi carne,
abscesos que me gritan: “ ¡No nos revientes!
¡Tenemos la
misma sangre!”;
pústulas que lloriquean: “Somos tu único bien, tu único
ornamento,
sigue nutriéndonos, no te cuesta tanto!”.
Son muchos, son
encantadores y lastimeros,
son arrogantes y me chantajean, hacen alianzas...
esos
bárbaros no respetan nada –nada verdadero, quiero decir,
ya que delante de todo
lo demás se retuercen de respeto.
Gracias a ellos tengo forma, ocupan el lugar
y tienen la llave del cajón de las máscaras.
Me dicen: “Nosotros te vestimos;
¿cómo
harías sin nosotros para aparecer en el mundo?”.
¡Oh, antes mejor ir
desnudo como un gusano!
Para combatir a
esos ejércitos sólo tengo una pequeña espada
apenas perceptible; corta como una
navaja, es verdad,
y es muy asesina.
Pero es tan pequeña que la pierdo a cada
rato.
Nunca sé dónde la guardé. Y cuando por fin la encuentro,
me parece muy
pesada de llevar y muy difícil de manejar,
mi mortífera pequeña espada.
Yo sé decir apenas
algunas palabras, que son más bien vagidos,
en cambio ellos hasta saben
escribir.
Hay siempre uno en
mi boca que acecha mis palabras
cuando quiero hablar. Las escucha, guarda todo
para sí
y habla en mi lugar, con las mismas palabras
pero con su inmundo
acento.
Y gracias a él se me respeta y se me juzga inteligente
(pero los que
saben no se equivocan; ¡pueda yo escuchar a los que saben!).
Esos fantasmas me
roban todo. Y después pretenden que los compadezca.
“¡Nosotros te protegemos,
te expresamos,
te hacemos valer y tú quieres asesinarnos!
Te destrozas a ti mismo cuando nos tratas
mal,
cuando golpeas con maldad nuestra sensible nariz, la nuestra,
la de tus
buenos amigos”.
Y la sucia piedad
con todas sus tibiezas viene a debilitarme.
¡Contra todos ustedes, fantasmas, toda la luz!
Bastará que encienda la lámpara para que
callen,
que abra un ojo para que desaparezcan.
Porque están
esculpidos de vacío, envejecidos por la nada.
¡Contra ustedes, la guerra hasta el final!
Ninguna piedad, ninguna tolerancia.
Un sólo derecho: el derecho de no ser más.
Pero ahora, otra es
la canción. Se sienten señalados
y se muestran conciliadores:
“Sí, tú eres el
amo. ¿Pero qué es un amo sin servidores?
Déjanos permanecer en nuestros modestos lugares,
prometemos ayudarte.
Imagina, por ejemplo,
que quieras escribir un poema. ¿Qué harías sin nosotros?”.
Sí, rebeldes, un día volveré a ponerlos en vuestros sitios.
Los doblegaré bajo
mi yugo.
Los alimentaré con henos y les pegaré todas las mañanas.
Mientras
succionen mi sangre y roben mis palabras,
¡Oh, más vale no escribir poemas!
Esa es la
maravillosa paz que me proponen.
Cerrar los ojos para no ver el crimen.
Que me
agite de la mañana a la noche para no ver a la muerte
con la boca siempre
abierta.
Que me crea victorioso antes de haber luchado. ¡Paz de mentira!
Que me acomode en
las propias cobardías,
ya que todo el mundo se acomoda.
¡Paz de vencidos!
Un poco de mugre,
un poco de embriaguez,
un poco de blasfemia bajo palabras espirituales.
Una
mascarada de virtud, un poco de pereza y ensoñación,
o mucha, si uno es
artista, un poco de todo eso
y alrededor muchas palabras hermosas.
Esa es la
paz que proponen. ¡Paz de vendidos!
Y para salvaguardar
esa paz vergonzosa, uno hará de todo,
también la guerra a sus semejantes.
Porque
existe una vieja y segura receta para conservar esta paz:
acusar siempre a los
otros ¡Paz de traición!
Ahora saben que
quiero hablar de la guerra santa.
Aquel que se haya declarado esta guerra,
ése
está en paz con sus semejantes.
Y aunque todo en él sea campo de la más
violenta de las batallas,
en el fondo
del fondo de sí mismo reinará una paz más activa
que todas las guerras.
Y cuanto más reine la paz en el interior de sí,
en el silencio y la soledad
central,
con mayor rabia se abatirá la guerra contra el tumulto de las
mentiras,
contra la gran ilusión.
En ese vasto
silencio envuelto en gritos de guerra,
escondido del afuera por el huyente
espejismo del tiempo,
el eterno vencedor escucha las voces de otros silencios.
Solo, después de haber roto la ilusión de no estar solo,
ya no está solo por
estar solo.
Pero estoy separado
de él por ejércitos de fantasmas
que quiero aniquilar.
¡Pueda yo un día instalarme en esa
ciudadela!
Sobre las murallas, ¡sea
destrozado hasta el hueso
para que el tumulto no llegue a la cámara real!
“¿Mataré?”,
pregunta Arjuna, el guerrero.
“Mata” se le responde, “si eres un matador no
tienes elección”.
Pero si tus manos
enrojecen con la sangre de los enemigos,
no dejes que ni una sola gota salpique
la cámara real,
donde espera el vencedor inmóvil.
“¿Pagaré el tributo
al César?”, preguntó otro.
“Paga” se le responde.
Pero no dejes al César echar
una sola mirada sobre el tesoro real.
Y yo, que en el
mundo del César no tengo otra arma que la palabra,
Yo, que en el mundo
del César no tengo otra moneda que la palabra,
¿Hablaré?
Hablaré, para
llamarme a la guerra santa.
Hablaré, para
denunciar a los traidores que he alimentado.
Hablaré, para que
mis palabras avergüencen a mis acciones,
Hasta el día en que
una paz acorazada de truenos reine
en la cámara del eterno vencedor.
Y porque he
empleado la palabra “guerra”
–y esa palabra “guerra” hoy no es más que un
simple ruido
que las gentes instruidas hacen con sus bocas-
y esa palabra es
ahora una palabra seria y cargada de sentido.
Sabrán que hablo seriamente
y que
no son vanos ruidos los que hago con mi boca.
Primavera de 1940