domingo, agosto 18, 2019

«Regreso al infinito», de Christian Kupchik






I

Nunca terminas nada.
El reproche cae con la contundencia
lívida de una lápida.
Bien mirado, podría ser la firma final
del mejor epitafio:

Aquí yace un hombre 
                                          Que nunca termina nada.




II

Parménides miraba la permanente lluvia
y pensó que en el principio fue lo interminable.
El aura del fragmento, la interrupción, lo incompleto,
crecen en el jardín de lo continuo.
No hay paraguas protectores.
Las metamorfosis, las enfermedades, las pasiones,
son rememoraciones sin memoria.
Vivimos en el recuerdo de la amnesia.
Vivimos alimentados por un río de intrigas desbordadas
que como algas carnívoras nos rodea,
nos devora, nos devuelve.



en Los colores de la vigilia, 2017









Fotografía original de Verónica Martínez
























sábado, agosto 17, 2019

“Flores de ciruelos”, de Wang Anshi





En un rincón del patio,
crecen varios ciruelos.
Florecen solos,
en pleno invierno.
¿Será la nieve
aquello que se vislumbra
y brilla esta noche?
No, pues percibo
la fragancia de las flores.



en Poesía clásica china, 2001











viernes, agosto 16, 2019

«Los búfalos que comían flores», de Vachel Lindsay

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Los búfalos que comían flores de primavera
En los días que pasaron hace tanto,
Deambulaban donde la locomotora canta
Y donde las flores de la pradera yacen escondidas: –
La perfumada hierba que florece y se agita
Es borrada del mapa por el trigo,
Ruedas y ruedas y ruedas giran
Por la primavera que es dulce todavía.
Pero los búfalos que comen flores de primavera
Nos dejaron hace mucho tiempo.
Ya no cornean, ya no braman,
Ya no deambulan pesados por las colinas:
Con los Pies Negros, yacen escondidos,
Con los Pawnees, yacen escondidos,
Yacen escondidos.




en Going-to-the-Stars, 1926














The Flower-Fed Buffaloes

The flower-fed buffaloes of the spring / In the days of long ago, / Ranged where the locomotives sing / And the prairie flowers lie low:— / The tossing, blooming, perfumed grass / Is swept away by the wheat, / Wheels and wheels and wheels spin by / In the spring that still is sweet. / But the flower-fed buffaloes of the spring / Left us, long ago. / They gore no more, they bellow no more, / They trundle around the hills no more:— / With the Blackfeet, lying low, / With the Pawnees, lying low, / Lying low.














jueves, agosto 15, 2019

“Las abluciones de don Rigoberto”, de Mario Vargas Llosa





Don Rigoberto entró al cuarto de baño, corrió el pestillo y suspiró. Instantáneamente se apoderó de él una sensación placentera y gratificante, de alivio y expectación: en esta solitaria media hora sería feliz. Lo era cada noche, algunas veces más, otras menos, pero el puntilloso ritual que había ido perfeccionando a lo largo de años, como un artista que pule y remacha su obra maestra, nunca dejaba de operar el milagroso efecto: descansarlo, reconciliarlo con sus semejantes, rejuvenecerlo, animarlo. Cada vez salía del cuarto de baño con la sensación de que, a pesar de todo, la vida valía la pena de vivirse. Por eso, no había dejado de celebrarlo jamás, desde que —¿hacía cuánto de esto?— tuvo la ocurrencia de ir transformando lo que para el común de los mortales era una rutina que ejecutaban con inconsciencia de máquinas —cepillarse los dientes, enjuagarse, etcétera— en un quehacer refinado que, aunque fuera por un tiempo fugaz, hacía de él un ser perfecto.

De joven había sido militante entusiasta de Acción Católica y soñado con cambiar el mundo. Pronto comprendió que, como todos los ideales colectivos, aquél era un sueño imposible, condenado al fracaso. Su espíritu práctico lo indujo a no malgastar el tiempo librando batallas que tarde o temprano iba a perder. Entonces, conjeturó que el ideal de perfección acaso era posible para el individuo aislado, constreñido a una esfera limitada en el espacio (el aseo o santidad corporal, por ejemplo, o la práctica erótica) y en el tiempo (las abluciones y esparcimientos nocturnos de antes de dormir).

Se quitó la bata, la colgó detrás de la puerta y, desnudo, sólo con las zapatillas puestas, fue a sentarse en el excusado, al que separaba del resto del baño un biombo laqueado con unas figurillas danzantes de color celeste. Su estómago era un reloj suizo: disciplinado y puntual se vaciaba siempre a estas horas, totalmente y sin esfuerzo, como dichoso de desembarazarse de las pólizas y rémoras del día. Desde que, en la más secreta decisión de su vida —tanto que probablemente ni Lucrecia llegaría a conocerla a cabalidad— decidió, por un breve fragmento de cada jornada, ser perfecto, y elaboró esta ceremonia, no había vuelto a experimentar los asfixiantes estreñimientos ni las desmoralizadoras diarreas.

Don Rigoberto entrecerró los ojos y pujó, débilmente. No hacía falta más: sintió al instante el cosquilleo bienhechor en el recto y la sensación de que, allí adentro, en las oquedades del bajo vientre, algo sumiso se disponía a partir y enrumbaba ya por aquella puerta de salida que, para facilitarle el paso, se ensanchaba. Por su parte, el ano había empezado a dilatarse, con antelación, preparándose a rematar la expulsión del expulsado, para luego cerrarse y enfurruñarse, con sus mil arruguitas, como burlándose: «Te fuiste, cachafaz, y nunca más volverás».

Don Rigoberto sonrió, contento. «Cagar, defecar, excretar, ¿sinónimos de gozar?», pensó. Sí, por qué no. A condición de hacerlo despacio y concentrado, degustando la tarea, sin el menor apresuramiento, demorándose, imprimiendo a los músculos del intestino un estremecimiento suave y sostenido. No había que ir empujando sino guiando, acompañando, escoltando graciosamente el desliz de los óbolos hacia la puerta de salida. Don Rigoberto volvió a suspirar, los cinco sentidos absortos en lo que ocurría dentro de su cuerpo. Casi podía ver el espectáculo: aquellas expansiones y retracciones, esos jugos y masas en acción, todos ellos en la tibia tiniebla corporal y en un silencio que de cuando en cuando interrumpían asordinadas gárgaras o el alegre vientecillo de un cuesco. Oyó, por fin, el discreto chapaleo con que el primer óbolo desinvitado de sus entrañas se sumergía —¿flotaba, se hundía?— en el agua del fondo de la taza. Caerían tres o cuatro más. Ocho era su marca olímpica, resultado de algún almuerzo exagerado, con homicidas mezclas de grasas, harinas, almidones y féculas rociadas de vinos y alcoholes. Habitualmente desalojaba cinco óbolos; partido el quinto, luego de unos segundos de espera para dar a músculos, intestinos, ano, recto, el tiempo debido a fin de que recobraran sus posiciones ortodoxas, lo invadía ese íntimo regocijo del deber cumplido y la meta alcanzada, la misma sensación de limpieza espiritual que lo poseía de niño, en el colegio de La Recoleta, después de confesar sus pecados y cumplir la penitencia que le imponía el padre confesor.

«Pero limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma», pensó. Su estómago estaba limpio ahora, no cabía duda. Entreabrió las piernas, agachó la cabeza y espió: esos volúmenes cilíndricos y parduzcos, semiahogados en la taza de loza verde, lo probaban. ¿Qué confesado podía, como él ahora, ver y (si lo deseaba) palpar las inmundicias pestilentes que el arrepentimiento, la confesión, la penitencia y la misericordia de Dios retiraban del alma? Cuando era creyente practicante —ahora sólo era lo primero— nunca lo abandonó la sospecha de que, pese a la confesión, no importa cuán prolija fuera, algo de suciedad quedaba colado a las paredes del alma, algunas manchitas rebeldes y tenaces que la penitencia no conseguía deshacer.

Era, por lo demás, una sensación que tenía a veces, aunque más menguada y sin angustia, desde que leyó en una revista cómo purificaban sus intestinos los jóvenes novicios de un monasterio budista en la India. La operación constaba de tres ejercicios gimnásticos, una cuerda y un bacín para las deposiciones. Tenía la simplicidad y claridad de los objetos y los actos perfectos, como el círculo y el coito. El autor del texto, un profesor belga de yoga, había practicado con ellos durante cuarenta días para dominar la técnica. La descripción de los tres ejercicios mediante los cuales los novicios precipitaban la evacuación no era, sin embargo, lo bastante clara como para figurársela de manera integral e imitarla. El profesor de yoga aseguraba que mediante aquellas tres flexiones, torsiones y giros el estómago desleía todas las impurezas y sobrantes de la dieta (vegetariana) a que estaban sometidos los novicios. Cumplida esa primera etapa de purificación de los vientres, los jóvenes —con cierta melancolía, don Rigoberto imaginó sus cráneos rapados y sus austeros cuerpecillos cubiertos por una túnica color azafrán o acaso nieve— procedían a asumir la postura adecuada: blandos, ladeados, las piernas ligeramente separadas y la planta de los pies bien asentada en el suelo para no moverse un solo milímetro mientras su cuerpo —ofidio que deglute lentamente el interminable gusanillo— absorbía, por contracciones peristálticas, aquella cuerda que, plegándose y desplegándose y avanzando calmosa e inexorablemente por el húmedo laberinto intestinal, empujaría de manera irresistible todas aquellas sobras, remanentes, adherencias, minucias y excrecencias que los óbolos emigrantes dejaban atrás.
«Se purifican como quien baquetea un fusil», pensó, una vez más lleno de envidia. Imaginó la cabecita sucia del cordel retornando al mundo por el quevedesco ojillo del trasero, después de haber recorrido y limpiado todas esas interioridades tortuosas y oscuras, y lo vio salir y caer en el bacín como una serpentina ajada. Allí quedaría, inservible, con las últimas impurezas que desalojó su presencia, pronto para la pira. ¡Qué bien debían sentirse aquellos jóvenes! ¡Qué ligeros! ¡Qué impolutos! Nunca podría imitarlos, en aquella experiencia por lo menos.

Pero don Rigoberto estaba seguro de que, si ellos lo rezagaban en la técnica de esterilizar los intestinos, en todo lo demás su ritual del aseo era infinitamente más escrupuloso y técnico que el de aquellos exóticos.

Dio un pujo final, discreto e insonoro, por si tal vez. ¿Sería cierta aquella anécdota según la cual el erudito bibliógrafo don Marcelino Menéndez y Pelayo, que padecía de constipación crónica, pasó buena parte de su vida, en su casa de Santander, sentado en el excusado, pujando? A don Rigoberto le habían asegurado que en la casa-museo del célebre historiador, poeta y crítico, el turista podía contemplar el escritorio portátil que aquél se mandó construir para no interrumpir sus investigaciones y caligrafías mientras luchaba contra el avaro vientre empeñado en no desprenderse de la mugre fecal depositada allí por los copiosos y recios yantares españoles. A don Rigoberto lo emocionaba imaginarse al robusto intelectual, de frente tan despejada y creencias religiosas tan firmes, encogido en su inodoro particular, arropado tal vez con una gruesa manta a cuadros sobre las rodillas para resistir el helado fresco de la montaña, pujando y pujando a lo largo de las horas, a la vez que, impertérrito, proseguía escarbando los viejos infolios y los polvorientos incunables de la historia de España en pos de heterodoxias, impiedades, cismas, blasfemias y extravagancias doctrinales que catalogar.

Se limpió con cuatro cuadradillos doblados de papel higiénico e hizo correr el agua. Fue a sentarse al bidé, lo llenó con agua tibia y muy minuciosamente se jabonó el ano, el falo, los testículos, el pubis, la entrepierna y las nalgas. Luego se enjuagó y se secó con una toalla limpia.

Hoy era martes, día de pies. Tenía la semana distribuida en órganos y miembros: lunes, manos; miércoles, orejas; jueves, nariz; viernes, cabellos; sábado ojos y, domingo, piel. Era el elemento variable del nocturno ritual, lo que le confería un aire cambiante y reformista. Concentrarse cada noche en una región de su cuerpo le permitía cumplir más obsequiosamente con su aseo y preservación; y, asimismo, conocerla y quererla más. Dueño cada órgano y sector por un día de sus afanes, quedaba garantizada la perfecta equidad en el cuidado del conjunto: no había favoritismos, postergaciones, nada de odiosas jerarquías en el trato y consideración de la parte y del todo. Pensó: «Mi cuerpo es aquel imposible: la sociedad igualitaria».

Llenó el lavador de agua tibia y, sentado en la tapa del excusado, remojó sus pies un buen rato para que sus talones, plantas, dedos, tobillos y empeines se deshincharan y ablandaran. No tenía juanetes ni pies planos, aunque, sí, el empeine excesivamente levantado. ¡Bah!, era una deformación menor, imperceptible para quien no los sometiera a un examen clínico. En cuanto a tamaño, proporción, forma de dedos y uñas, nomenclatura y orografía de los huesos, todo parecía pasablemente normal. El peligro eran las durezas y los callos que, de vez en cuando, intentaban afearlos. Pero él sabía cortar el mal de raíz, siempre a tiempo.

Tenía la piedra pómez preparada. Comenzó por el izquierdo. Allí, en el borde del talón, donde el roce con el zapato era mayor ya había comenzado a insinuarse una forma adventicia, callosa, que a la yema de los dedos hacía el efecto de una pared sin enlucir. Pasando y repasando sobre ella la piedra pómez la fue reduciendo hasta desaparecerla. Con alegría, sintió de nuevo que aquel borde había recobrado el pulimento y la tersura del contorno. Aunque sus dedos no detectaron otra dureza ni callo en ciernes, previsoramente cepilló con la piedra pómez las dos plantas y los empeines y hasta los diez dedos de los pies.
Después, con la tijera y la lima ya preparadas, se dispuso a cortarse las uñas y a limarlas, placer gratísimo. Allí, el peligro que se trataba de conjurar era el uñero. Él tenía un método infalible, resultado de su paciente observación y de su imaginación práctica: cortar la uña en forma de medialuna, dejando a los extremos dos cuernecillos intactos que, gracias a su forma, sobresaldrían de la carne sin incrustarse nunca en ella. Estas uñas sarracenas, por lo demás, podían, gracias a su conformación selenita en cuarto menguante, limpiarse mejor: la punta de la lima penetraba fácilmente en esa suerte de trinchera o alvéolo entre la uña y la carne donde podía acumularse el polvo, apelmazarse el sudor, refugiarse alguna escoria. Cuando terminó de recortar, limpiarse y limarse las uñas, escarbó las cutículas con prolijidad hasta dejarlas indemnes de esas presencias misteriosas, blanquecinas, cristalizadas en aquellos repliegues pedestres a causa de los roces, la falta de ventilación y el sudor.

Terminada su tarea, contempló y palpó sus pies con afectuosa satisfacción. Arrojó al excusado las cutículas y suciedades que había recogido en un pedazo de papel higiénico y tiró de la cadena. Después, se jabonó y enjuagó los pies con mucho esmero. Y luego de secárselos, los espolvoreó con un talco semi invisible que despedía un olor leve y viril, a heliotropo de amanecer.

Le restaba aún completar las tareas invariables del rito: boca y axilas. Aunque se concentraba en ellas con sus cinco sentidos, tomándose todo el tiempo debido para asegurar el éxito de la operación, dominaba de tal modo el ritual que su atención podía escindirse y parcialmente consagrarse, también, a un principio de estética, uno distinto cada día de la semana, uno extraído de aquel manual, tabla o mandamientos elaborados por él mismo, también secretamente, en estos enclaves nocturnos que, bajo la coartada del aseo, constituían su religión particular y su personal manera de materializar la utopía.

Mientras disponía sobre la plancha de mármol ocre, veteado de blanco, los ingredientes del ofertorio bucal —vaso lleno de agua, hilo dental, pasta dentífrica, escobilla— eligió uno de los postulados de los que estaba más seguro, un principio sobre el que, una vez formulado, no había dudado jamás: «Todo lo que brilla es feo y, principalmente, los hombres brillantes». Se llenó la boca con un trago de agua y se la enjuagó vigorosamente, viendo en el espejo cómo se hinchaban sus carrillos, mientras él seguía enjuagándose para desprender los residuos más sueltos, aposentados en las encías o colgando superficialmente entre los dientes. «Hay ciudades brillantes, cuadros y poemas brillantes, fiestas, paisajes, negocios y disertaciones brillantes», pensó. Debían ser evitados como la moneda feble aunque esté impresa con muchos colorines o esas bebidas tropicales para turistas, adornadas con frutas y banderines y azucaradas al jarabe.

Ya tenía, sujeto entre el pulgar y el índice de cada mano, un pedazo de veinte centímetros de hilo dental. Comenzó como siempre por las piezas superiores, de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha, teniendo a los incisivos como punto de arranque. Introducía el hilo en el angosto intersticio y levantaba con él los bordes de la encía, que era donde se incrustaban siempre las odiosas miguitas de pan, las hebrillas de carne, los filamentos vegetales, las fibras y hollejos de la fruta. Con exaltación infantil veía asomar a esas presencias espurias, erradicadas por el hilo y sus diestras acrobacias. Los escupía al lavador y los veía escurrirse y desaparecer en el desagüe, arrastrados en el remolino formado por la pequeña tromba de agua vertida por el caño. Mientras, pensaba: «Hay cabelleras brillantes que coronan cerebros opacos o los vuelven así. La palabra más fea del castellano es brillantina». Al terminar de escarbar la hilera superior se enjuagó de nuevo la boca y limpió el hilo en el chorro del caño. Luego, con el mismo brío e idéntico profesionalismo emprendió la limpieza de los dientes y muelas del piso inferior. «Hay conversaciones brillantes, músicas brillantes, enfermedades brillantes como la alergia al polen, la gota, las depresiones y el stress. Hay, por supuesto, brillantes brillantes». Se enjuagó una vez más y arrojó el pedazo de hilo dental al cesto de la basura.

Ahora sí podía cepillarse los dientes con pasta dentífrica. Lo hizo, moviendo la escobilla de arriba abajo, despacio y presionando a fin de que las cerdas —naturales, nunca de plástico— penetraran en la intimidad de aquellas ranuras óseas en busca de los residuos de comida que habían sobrevivido a la labor de zapa del hilo dental. Cepilló primero la cara posterior y después la anterior. Cuando se enjuagó por última vez, sintió en su boca esa agradable sensación a menta y limón, tan refrescante y juvenil, como si de pronto en aquella cavidad enmarcada por las encías y el paladar alguien hubiera accionado un ventilador, encendido el aire acondicionado y sus dientes y muelas hubieran dejado de ser esos huesos duros e insensibles y se hubieran impregnado de una sensibilidad de labios. «Mis dientes brillan», pensó, con cierta angustia. «Bueno, puede ser tal vez la excepción que confirma la regla». «Hay», pensó, «plantas brillantes como la rosa. Y animales brillantes como el gato de Angora».

Súbitamente imaginó a doña Lucrecia desnuda, jugueteando con una docena de gatitos de Angora que se frotaban contra todos los recodos de su hermoso cuerpo, maullando, y, temeroso de experimentar una prematura erección, se apresuró a lavarse las axilas. Lo hacía varias veces al día: en la mañana, al ducharse, y, en el cuarto de baño de la compañía de seguros, al mediodía, antes de salir a almorzar. Pero era sólo ahora, en el rito de las noches, cuando lo hacía a conciencia y disfrutando, ni más ni menos que si se tratase de un placer prohibido. Se enjuagó primero los dos sobacos con agua tibia y también los brazos, friccionándolos con fuerza para activar la circulación. Luego, llenó el lavador de agua caliente en la que deslió un poco de jabón perfumado hasta ver la líquida superficie alborotarse de espuma. Hundió cada uno de los brazos en la acariciadora temperatura y se restregó los sobacos con paciencia y cariño, desenredando y enredando sus guedejas pardas en el agua jabonosa. Mientras, su menté proseguía: «Hay perfumes brillantes como el de la rosa y el alcanfor». Finalmente se secó y engalanó sus axilas con una colonia de aliento muy ligero, que sugería el olor de la piel mojada por el mar o el de una brisa marina que hubiera pasado, contaminándose, por invernaderos de flores.

«Soy perfecto», pensó, mirándose en el espejo, oliéndose. No había en su pensamiento ni pizca de vanidad. Este cuidado tan laborioso de su cuerpo no tenía por objeto volverlo más apuesto o menos feo, coqueterías que de algún modo rendían culto —las más de las veces inconscientemente— al desdeñado ideal gregario —¿no se era siempre «hermoso» para los demás?—, sino hacerle sentir que, de este modo, atajaba en algo la cruenta zapa del tiempo, que así contenía o demoraba el fatídico deterioro impuesto por la ruin Naturaleza a lo existente. La sensación de librar este combate hacía bien a su alma. Pero, además, desde que se había casado, y sin que Lucrecia lo supiera, también combatía contra la decadencia de su cuerpo en nombre de su esposa. «Como el Amadís por Oriana», pensó. Pensó: «Por ti y para ti, mi amor».

La perspectiva de, una vez que apagase la luz y saliera del cuarto de baño, encontrar en el lecho a su mujer, esperándolo en una semimodorra sensual, todas sus turgencias alertas y prontas a ser despertadas por sus caricias, lo escarapeló de la cabeza a los pies. «Has cumplido cuarenta y nunca has sido más bella», murmuró, avanzando hacia la puerta. «Te amo, Lucrecia».

Un segundo antes de que el cuarto de baño quedara a oscuras, advirtió en uno de los espejos del tocador que sus emociones y devaneos habían trocado ya su humanidad en una silueta beligerante, en un perfil que tenía algo del animal maravilloso de las mitologías medievales: el unicornio.



en Obra reunida. Narrativa breve, 2007











miércoles, agosto 14, 2019

«Breve charla acerca de las piedras para dormir», de Anne Carson

Traducción de Juan Carlos Villavicencio







Camille Claudel vivió los últimos treinta años de su vida en un manicomio, preguntándose por qué, escribiendo cartas a su hermano el poeta, que había firmado los documentos. Ven a visitarme, le dice. Recuerda, acá vivo con locas; son largos los días. No fumaba ni salía a caminar. Se negaba a esculpir. Aunque le dieron piedras para dormir –mármol y pórfido y granito– ella las rompía, luego recogía las piezas y las enterraba fuera de los muros por la noche. La noche era cuando sus manos crecían, más y más grandes hasta que en la fotografía parecen dos partes de otra persona cargada sobre sus rodillas.




en Short talks, 1992














Short talk on sleep stones


Camille Claudel lived the last thirty years of her life in an asylum, wondering why, writing letters to her brother the poet, who had signed the papers. Come visit me, she says. Remember, I am living here with madwomen; days are long. She did not smoke or stroll. She refused to sculpt. Although they gave her sleep stones –marble and granite and porphyry– she broke them, then collected the pieces and buried these outside the walls at night. Night was when her hands grew, huger and huger until in the photograph they are like two parts of someone else loaded onto her knees.

















Contribución indirecta a DscnTxt de Matías Rivas









martes, agosto 13, 2019

“Sensación del invierno en la tierra”, de Pablo de Rokha





Sobre el grande cementerio y las pardas, ruinosas techumbres del mundo, cantan los pianos de la lluvia, los pianos de la lluvia, melancólicos, la antigua canción de las goteras... - El otoño se fue deshojando flores amarillas y puñados de lágrimas.

El sueño inútil de la vida, como un colosal hongo, gravita chorreando enfermedades y agua, moho, sarmientos u horas dolientes.

Y los días deshechos, invertidos y cóncavos, suenan lo mismo que ataúdes desocupados... (-Evocad, mis amigos, evocad, evocad los rojos soles meridianos, ardientes, plenos, vastos, y sonreíd, sonreíd a la posibilidad de las cosechas que vienen saliendo de las brumas).

Al sol le duelen, le duelen los huesos, el pobre está resfriado y con reuma; a intervalos lleva el pañuelo a las narices, estornuda, y se abre a ras de lo infinito el fabuloso, el fabuloso, el fabuloso capullo del trueno; los charcos piojentos se entretienen copiando la figura del enfermo, ¡tan enfermo !, y su mirada gris enfría el horizonte.

Los pájaros vivos se caen muertos, muertos en las jaulas, el azul dinamismo infantil, la alegría del niño, vegetal e inminente, simplísima, juega con sus cadáveres al fútbol, y las estáticas, lúgubres viejas lamentables deshilan sueños de quince abriles.

Acurrucados fuman los tontos; en los patios unánimes del hospicio van emergiendo las callampas.

El público tirita, oblicuos, desconcertantes vientos muerden la estúpida ilusión orgánica, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, la garúa siembra, siembra, siembra almácigos de alfileres y no acaba de atardecer y no acaba de atardecer... Los vagabundos calientan sus manos plebeyas en las «colillas» que escupe, gordo, vasto, bruto, el hombre rico, y unos chercanes proletarios cantan humildemente encima de un automóvil inservible.

Bajo el alero las golondrinas duermen, la enfermedad de vivir bosteza en las alcobas, los chicuelos pobres espantan el frío saltando grotescamente, -murciélagos, ratones entumidos.

Cual errabundas, fósiles, antepasadas monedas coloniales, las semanas ruedan inútilmente al fondo del tiempo -transitorio, fatal, amarillo baúl de viaje-, colma las avenidas el ruido otoñal de la pena, el ruido otoñal de la pena, y está lloviendo encima de nosotros; los vecinos aprietan contra el alma estéril el goloso y frutal recuerdo del verano, y miran llover... llover... llover...

Las calmosas bestias inferiores rumian en los pálidos jardines, pálidos, y los viejos, sordos, calvos, árboles mortuorios, anacrónicos, coronados de herrumbre amarillas, parecen mamarrachos o asesinos con la incógnita de las nieblas ambiguas vestidos; el musgo roe los caminos del parque, moroso y ocre, y va borrando líneas, recodos y huellas de mujeres tristes.

El país es un ancho, un ancho paraguas mojado, son turbios e insalubres los crepúsculos, la melancolía lloriquea en los tejados, lloriquea en los tejados y las ciudades están llenas de hojas, llenas de hojas, llenas de hojas...

Habitando solitas los oblicuos, polvorosos, nocturnos rincones -triangular, triangular concepción de los primeros miedos-, las arañas resumen el sentido del universo edificando castillos en el aire.

Sin embargo, el corazón del hombre, maduro y triste, guarda el aroma del queso rancio y los membrillos en agosto y su olor a despensa es confortable y bueno, confortable y bueno.

¡Oh!,  disperso mirar de las cosas, tiene la vagabunda, la vagabunda, la vagabunda actitud melancólica de quien contempla la humedad del tiempo tras los vidrios.

Sentimentales, fúnebres, los maridos regresan temprano al hogar; encienden las tranquilas, familiares lámparas y hojean periódicos atrasados; las mariposas vienen a jugar, a jugar con el corazón del fuego y se queman, mejor que papeles.

Humean los tejados monótonamente llorosos, el paisaje, la naturaleza tiene un gesto simplón, dormilón, tontón de libélula, y alguien entona cantos de ayer; las casas estilan igual que impermeables.

Cargamos a la espalda todo el dolor del hombre y, además el nuestro; ¡uy! ¡qué frío! -¡trae el brasero, las mantas y el vino, mujer!



en Los Gemidos, 1922











lunes, agosto 12, 2019

«El Río», de Javier Heraud







1


Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.




2


Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.




3


Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.




4


Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.




5


Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.




6


Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados,




7


Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.




8


Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.




9


Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.


1960













domingo, agosto 11, 2019

“Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal





Fragmento

Adán Buenosayres acarició in mente aquellas figuras de su niñez: ni las viejas imágenes ni los conflictos nuevos arraigaban en aquel trabajado comienzo de su día, sobre todo ahora que la pipa Eleonore, fumada en ayunas, lo embarcaba en la sutil, en la nobilísima, en la poética embriaguez del tabaco. «¡Gloria al Gran Manitú», recitó en su alma, «porque ha dado a los hombres la delicia del Oppavoc!» Más aún, al influjo de la hoja sagrada su yerta voluntad parecía reanimarse: consideró nuevamente los objetos de su cuarto, y esta vez la granada y la rosa le merecieron un interés que llegaba casi hasta el elogio (splendor formae!); luego volvió sus oídos al fragor de la calle, pero inclinado ahora no sabía él a qué suerte de benevolencia. Y en este punto su atención fue solicitada por algo tremendo que ahora se debatía en el interior de la casa. ¡Irma! Era Irma que, desertando la calle Monte Egmont, trepaba la escalera entre un escándalo de baldes y un meneo de escobas: Adán la oyó silbarle al canario marchito, alabar al gato prudente, reírse del cepillo calvo, maldecir al plumero rabón; luego reconoció el vaivén de sus chancletas en el escritorio, y por fin el agrio lamento de los muebles que Irma castigaba sin piedad. ¡Ciertamente, Irma era un grito desnudo toda ella! Pero un grito de dieciocho años... Y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o tal vez la besó: estaban en primavera, y el fuerte olor de los paraísos quizá les había encabritado la sangre, a ella que estiraba las cobijas de su cama, encorvándose toda como un arco vivo, y a él que había olvidado su lectura para mirar lo que deseaba ella que viese sin que dejara él de imaginar que no quería ella, ni sospechase que ella quería que no sospechara él que ella quería que viese, ¡oh, Eva! Y Adán siguió la línea de sus brazos desnudos que al tenderse mostraban dos vellones de negrura, o vio el arranque de sus muslos verdimorenos como la piel de las manzanas; y de pronto había sentido que una bruma espesa, levantándose de su ser, le borraba memoria y entendimiento, hasta dejarle sólo una voluntad de agresión que lo empujaba temblando hacia Irma. Y como los ojos de Adán preguntaran «¿sí?», ella respondió «sí» con los ojos. Después era como extraviar este mundo (olvidarlo y olvidarse), para volverlo a encontrar en seguida (recordarlo y recordarse), pero un mundo ya sin lustre y sucio de groseras melancolías, como si el alma hubiese perdido en su naufragio la visión de la gracia inteligible que ilumina las cosas. Por último se habían alejado uno del otro, sin mirarse ni hablarse: Adán la oyó reír en la escalera y chacharear después abajo, como si nada hubiese ocurrido; y él se quedó allí saboreando su vergüenza, su remordimiento inútil, su ira contra sí mismo por haberse dejado enredar otra vez en el famoso truco de la Natura (¡salud, viejo Schopenhauer!). ¡Claro! La Natura especulaba con el deshonor del pobre monstruo que, destinado en su origen a la beatitud paradisíaca, se había venido escandalosamente al suelo y se chamuscaba, como los insectos nocturnos, en cualquier vislumbre o simulacro de su felicidad primera. ¡Lo cuerdo habría sido negarse a los llamados exteriores, como Rosa de Lima! Suspenso y aterrado, Adán había leído la historia de su batalla con el mundo y aquel proceso de autodestrucción que la rosa limeña iba imponiendo a su envoltura mortal. Y en una medianoche, cerrando el triste libro y acudiendo a los nunca ociosos telares de su imaginación, Adán había evocado la imagen de Rosa en su cámara de tortura: suspensa del madero que había erigido en su habitación y en el que se crucificaba ella para imitar a su dolorido Amante; sintiendo en sus tendones rotos y en sus huesos desencajados la pesadez de una carne que, con ser tan poca ya, no había logrado vencer aún las leyes de su miseria; rendida la cabeza entre cuyo pelo, ¡tan hermoso antes!, la corona de puntas metálicas hacía correr una sangre nueva sobre los viejos coágulos; puesta su mirada en la yacija de cascotes y vidrios rotos que ya le aguardaba y que había deseado ella para sus juegos nupciales: así velaba Rosa en la profunda noche de América, y hasta su desvelo llegaban quizá las pulsaciones de la casona dormida: el trabajoso aliento de su padre, o el refunfuño de aquella madre que hasta en sueños le reprochaba su locura celeste, o el bullir de sus hermanitas que soñaban acaso en amoríos. Pero ella no los escuchaba, demasiado absorta en el trabajo de su destrucción: se destruía en sí para reconstruirse en el Otro, y tal era su labor de aguja, su bordado de sangre...

El estruendo brutal de algo que se derrumbaba en el escritorio lo arrancó violentamente de sus abstracciones. Adán oyó gritar a Irma la más redonda y enérgica de las obscenidades, cortada en su raíz por cierto alarido humano que se levantó de pronto en la habitación contigua:

—¡Mujer infernaaal!

Reconoció entonces la voz de Samuel Tesler y oyó en seguida los tres puñetazos que el filósofo daba en la pared medianera para exigirle testimonio y solidaridad contra los excesos de Irma. «La bacante ha despertado a Koriskos —observó Adán—; Koriskos tiene razón contra la bacante». Respondió entonces con los tres puñetazos de ordenanza, y al punto la voz del filósofo, que había seguido maldiciendo, se replegó sobre sí misma, decayó como un viento, hasta morir en suaves y adormilados gruñidos. Atento aún al susurro del otro, Adán Buenosayres abandonó heroicamente sus colchones, fue a la ventana y, abriéndola toda, permitió que una luz torrencial invadiera su cuarto. Luego, fiel a una venerable costumbre de los poetas líricos, volvió a la cama y se dio a respirar el aire fuerte del otoño. Desde la calle Monte Egmont no subía ya el aroma de los paraísos, como en la bárbara primavera de Irma (y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas, o quizá la besó), sino el aliento del otoño pesado de semillas y fragante de hojas muertas. Mejor era el olor de las rosas blancas, porque las rosas blancas le hablarían siempre de Solveig Amundsen. Aquella tarde vio cómo se inclinaba ella en la penumbra del invernáculo: había rosas blancas, y estaban como ebrios con el olor de las rosas, y ella también era una rosa blanca, una rosa de terciopelo mojado; y su voz debía de tener algún parentesco íntimo con el agua, pues era húmeda y de clarísimas resonancias, como la del aljibe, allá en Maipú, cuando la piedra caía y levantaba músicas recónditas. Estando solos él y ella en el vivero de las flores, aquel recinto los aproximaba como nunca; y ésa fue su gran oportunidad y su riesgo inevitable, porque Adán, junto a ella, sintió de pronto el nacimiento de una congoja que ya no lo abandonaría, como si en aquel instante de su mayor acercamiento se abriese ya entre ambos una distancia irremediable, a la manera de dos astros que al tocar el grado último de su cercanía tocan ya el primero de su separación. En aquella luz de gruta que, lejos de roerlas, conseguía exaltar las formas hasta el prodigio, la de Solveig Amundsen había cobrado para él un relieve doloroso y una plenitud cuya visión lo hacía temblar de angustia, como si tanta gracia sostenida por tan débil soporte le revelase de pronto el riesgo de su fragilidad. Y otra vez habían empezado a redoblar en su alma los admonitorios tambores de la noche, y ante sus ojos alucinados vio cómo Solveig se marchitaba y caía, entre las rosas blancas, mortales como ella.



en Adán Buenosayres, 1948











sábado, agosto 10, 2019

«Arena del arroyo donde se la lava la seda», de Su Shi

Versión de Juan Carlos Villavicencio





Las flores de la temporada caen sobre mi capucha
            como si fueran llovizna.
A ambos extremos de la aldea se escuchan las ruedas girar.
Un hombre con una capa de paja vende pepinos bajo un sauce.

Adormilado por el vino pues el camino es largo, bostezo
            pensando en dormir;
con la garganta seca cuando el sol está allá arriba, ansío un té,
por lo que llamaré a esta puerta. Qué tendrán ellos para mí.









viernes, agosto 09, 2019

“Salmo en azul”, de Carlos de Rokha





No sé sino llorar, a veces
en que un anís de angustia nos consume,
en que tú vienes y ordenas el pan
            que clama por el cielo,
en que yo ordeno mis salmos dolorosos
            como huesos de hebreos
en que una manzana enviuda de su piel
y el mercader del trigo retorna a su país
entre espuelas de aceite y hachas de borde cruel.

¡Ah!, olvidé mi ser entre estos puros recursos del retorno
¡y nada existe ya, nada, nada;
sólo la quintaescencia imposible del hombre!



en Pavana del gallo y el arlequín, 1967










jueves, agosto 08, 2019

«Incidentes en el Valle del Za´farani», de Gamal al-Ghitani

Fragmento






A las doce del mediodía, uno de aquellos que había estado lejos regresó. Se trataba de Usta Rummana, el prisionero político también conocido como «el político». Todo lo que pudo ver le pareció nuevo. Se preguntó cómo podía haberse olvidado de ciertas características de aquella callejuela, a pesar de ser capaz de rememorar aquellas minucias tan vívidamente mientras estaba en la cárcel. Cuando había dejado los cuarteles de la Autoridad en Seguridad Suprema justo una hora antes, había comenzado a imaginar que el camino de Zafarani supondría su regreso: Una mujer gritó, «Usta está afuera». Umm Suhair saldría a su balcón exhibiendo su enorme cuerpo y vociferando «Dios es grande», «Dios es grande». Sus compañeros le pondrían en contacto con la familia que tanto había añorado. Todos sus compañeros de reclusión habían vuelto ya con sus esposas, pero él no había podido aún regresar con sus seres queridos. Imaginó la sucesión de compañeros visitando su habitación, clamando «¡Sea alabado el Altísimo por tu seguro retorno!» Y respondería a aquel saludo dos veces. La primera vez su corazón murmuraría para sí: «¿Qué seguro retorno?», y la segunda, con voz audible, diría: «¡Que Dios te proteja!»




1976









miércoles, agosto 07, 2019

«El origen de los otros», de Toni Morrison

Capítulo 6


(1931-2019)


La patria del extranjero


Dejando a un lado el apogeo de la trata de esclavos en el siglo XIX, en ningún momento de la historia han sido tan intensos los movimientos de población generalizados como en la segunda mitad del siglo XX y el inicio del XXI. Son desplazamientos de trabajadores, intelectuales, refugiados y migrantes que cruzan océanos y continentes, que llegan por las oficinas de inmigración o en embarcaciones endebles, y que hablan muchas lenguas de comercio, de intervención política, de persecución, guerra, violencia y pobreza.

Cabe poca duda de que la redistribución (voluntaria e involuntaria) de población por todo el planeta figura en primer lugar en el orden del día de los estados, las salas de juntas, los barrios, las calles. Las maniobras políticas para controlar esos desplazamientos no se limitan a la vigilancia de los desposeídos ni a retenerlos como rehenes. Buena parte de ese éxodo puede describirse como el viaje de los colonizados hasta la sede de los colonizadores (como si, por así decirlo, los esclavos se marcharan de la plantación a la casa del hacendado), y consiste en gran medida en la huida de refugiados de guerra y (en menor medida) en la reubicación y el traslado de la clase directiva y diplomática a los puestos avanzados de la globalización.

La instalación de bases militares y el despliegue de más soldados desempeñan un papel destacado en los intentos legislativos de controlar el flujo constante de personas. Inevitablemente, el espectácu lo de esos desplazamientos generalizados llama la atención sobre las fronteras, los lugares porosos, los puntos vulnerables donde el concepto de patria se considera amenazado por los extranjeros. En gran parte, la alarma que planea sobre las fronteras, las puertas, se nutre al mismo tiempo, me parece a mí, de: 1) la amenaza y la promesa de la globalización, y 2) una relación difícil con nuestra propia condición de extranjeros, con un sentimiento de pertenencia que se desmorona a toda velocidad.

Permítanme empezar por la globalización. Tal como la entendemos en la actualidad, no es una versión del modelo imperialista de Gran Bretaña del siglo XIX, si bien la agitación poscolonial refleja y recuerda el dominio que una sola nación tenía a la sazón sobre la mayor parte de las demás.

El término «globalización» no encierra la máxima «Trabajadores del mundo, uníos» del viejo internacionalismo proletario, pese a que esa fue precisamente la palabra que el hoy expresidente de la Federación Estadounidense del Trabajo - Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), John Sweeney, empleó en el Consejo Ejecutivo de Presidentes Sindicales al señalar que los sindicatos de Estados Unidos debían «construir un nuevo internacionalismo». Y tampoco es esa globalización lo mismo que el deseo de «un solo mundo» existente en la posguerra mundial, una retórica que dio lugar a la creación de las Naciones Unidas y agitó y hostigó los años cincuenta. Ni es el «universalismo» de los sesenta y los setenta, ya fuera como llamamiento a la paz mundial o como reiteración de la hegemonía cultural. «Imperio», «internacionalismo», «un solo mundo», «universal»: todos se antojan más bien anhelos y no categorías de tendencias históricas. Anhelos de confinar la Tierra en cierta apariencia de unidad y cierto grado de control, o de concebir el destino humano del planeta como el fruto de una ideología de una única constelación de naciones.

La globalización tiene los mismos deseos y anhelos que sus predecesores. También se considera progresista, perfeccionadora, unificadora, utópica y predeterminada desde un punto de vista histórico. En el sentido más limitado del término, equivale a la libre circulación de capitales y a la rápida distribución de datos y productos dentro de un entorno neutral en lo político, determinado por las exigencias de las multinacionales. Sin embargo, sus connotaciones más amplias son menos inocentes, dado que abarcan no solo la demonización de estados sometidos a embargos o la banalización de los señores de la guerra y los políticos corruptos para luego negociar con ellos, sino también el hundimiento de estados nación bajo el peso de la economía, el capital y la mano de obra transnacionales; la supremacía de la cultura y la economía occidentales, y la americanización del mundo desarrollado y en vías de desarrollo mediante la penetración de las culturas estadounidenses en la moda, el cine, la música y la gastronomía de Occidente.

La globalización, aclamada con el mismo vigor que en su día el destino manifiesto, el internacionalismo, etcétera, ha alcanzado cierto nivel de majestuosidad en nuestra imaginación. A pesar de todas sus pretensiones de fomentar la libertad y la igualdad, sus repartos son dignos de un rey. Y es que puede otorgar mucho y negar mucho, en lo relativo al acceso (al cruzar fronteras), en lo referente a la cantidad (el número de personas afectadas positiva o negativamente), en materia de velocidad (la aparición de nuevas tecnologías) y en términos de riqueza (la explotación de recursos limitados solo por la finitud del planeta y de innumerables mercancías y servicios que exportar e importar).

No obstante, por mucho que se adore el globalismo como fenómeno casi mesiánico, también se vilipendia como mal instigador de una distopía peligrosa. Nos asusta su menosprecio de las fronteras, de las infraestructuras nacionales, de las burocracias locales, de los censores de internet, de los aranceles, de las leyes y de los idiomas; su indiferencia ante los márgenes y los marginales; sus propiedades extraordinarias y fagocitadoras, que aceleran el borrado, un allanamiento de las diferencias significativas.

Sin importar nuestra aversión a la diversidad, imaginamos una imposibilidad de distinción, la eliminación en un futuro cercano de todas las culturas y lenguas minoritarias. O especulamos con horror sobre lo que podría ser la alteración irrevocable y debilitadora de lenguas y culturas más destacadas ante el paso de la globalización. Entre los muchos motivos y justificaciones de los grandes movimientos de población, el más destacado es la guerra. Se calcula que, cuando se conozcan las cifras definitivas de desplazados — de quienes huyen de la persecución, el conflicto y la violencia generalizada en el mundo actual (incluidos los refugiados, los solicitantes de asilo y los desplazados internos)—, el total superará ampliamente los sesenta millones. Sesenta millones. Y la mitad de los refugiados son niños. No conozco las cifras de fallecidos. Aunque nuestros peores miedos sobre el futuro no se manifiesten por completo, lo cierto es que anulan las garantías de que la globalización vaya a traer una vida mejor y ofrecen advertencias alarmantes frente a una muerte cultural prematura.

Una vez más me gustaría recurrir a la literatura para comentar el azote (el veneno) de la condición de extranjero. Más en concreto, quiero detenerme en una novela escrita en los años cincuenta por un autor guineano como forma de abordar el siguiente dilema: la difuminación del interior y el exterior que puede consagrar límites y fronteras (reales, metafóricas y psicológicas) mientras forcejeamos con definiciones de nación Estado y ciudadanía y con los problemas prolongados del racismo y las relaciones raciales, a lo que se suma el llamado «choque de culturas», en nuestra búsqueda de la pertenencia. Los escritores africanos y afroamericanos no son los únicos que asumen esos problemas, pero destacan por su historia larga y singular de resistencia ante ellos.

De no sentirse en casa en su propia patria, de estar exiliados en el lugar que les corresponde. Antes de adentrarme en la novela en cuestión, me gustaría contar una anécdota de mi infancia que es muy anterior a mi lectura de literatura africana, pero que, sin embargo, forzó mi incursión en lo que dificulta las definiciones contemporáneas de lo extranjero. Los domingos se pasaban por los bancos de la iglesia, a modo de cepillo, unas bandejas forradas de terciopelo.

La de los últimos bancos era la más pequeña y la que tenía más posibilidades de quedar vacía. Su ubicación y su tamaño reflejaban las expectativas leales pero restringidas que lo caracterizaban prácticamente todo en los años treinta. Las monedas, nunca billetes, que salpicaban aquella bandeja procedían en su mayoría de niños a los que se animaba a donar uno o cinco centavos para las obras de beneficencia tan necesarias para la redención, la salvación, de África.

Si bien aquella palabra, «África», resultaba hermosa, cargaba con el peso de las complejas emociones a las que se la vinculaba. A diferencia de China, donde también se pasaba hambre, África era nuestra a la vez que suya, tenía un víncu lo íntimo con nosotros y era profundamente extranjera. Era una madre patria enorme y necesitada a la que, según nos decían, pertenecíamos, pero que ninguno de nosotros había visto ni tenía ganas de ver, habitada por gente con la que manteníamos una relación difícil de desconocimiento y desdén mutuos, y con la que compartíamos una mitología de otredad pasiva y traumatizada, cultivada por los libros de texto, el cine, los dibujos animados y los insultos hostiles que los niños aprenden a adorar.

Más adelante, cuando empecé a leer literatura ambientada en África, descubrí que, con escasas excepciones, todos los relatos sucesivos desarrollaban y realzaban la mismísima mitología que acompañaba aquellas bandejas de terciopelo que pasaban flotando entre los bancos. Para Joyce Cary, Elspeth Huxley o H. Rider Haggard, África era precisamente lo que daba a entender la colecta misionera: un continente oscuro con una necesidad desesperada de luz. La de la cristiandad, la civilización, el desarrollo. La luz de la caridad encendida a golpe de simple generosidad. Era una concepción de África cargada de suposiciones de una intimidad compleja asociada al reconocimiento de un alejamiento sin mediación.

El enigma de la alienación de la población local por parte de «ancianos» paternalista coloniales, el desahucio de los hablantes nativos de su patria y el exilio de los pueblos indígenas dentro de su propia casa aportaban a esos relatos un aire surrealista e incitaban a los escritores a proyectar un África metafísicamente nula, lista para que alguien la inventara. Con una o dos excepciones, el África literaria fue un terreno de juego inagotable para turistas y extranjeros. En las obras de Joseph Conrad, Isak Dinesen, Saul Bellow y Ernest Hemingway, daba igual que estuvieran imbuidas de la perspectiva convencional de Occidente sobre un África sumida en la ignorancia o que lucharan contra ella, los protagonistas se encontraban el segundo continente más extenso del mundo tan vacío como aquella bandeja forrada de terciopelo; un recipiente a la espera del cobre y la plata que la imaginación tuviera a bien echar en su interior. Como leña para fuegos occidentales, complacientemente muda, convenientemente virgen e indiscutiblemente extranjera, África podía moldearse para satisfacer una amplia variedad de exigencias literarias e ideológicas.

Podía recular para servir de escenario a cualquier hazaña o dar un gran paso adelante e implicarse en las tribulaciones de cualquier extranjero; podía retorcerse para dar lugar a formas perversas y aterradoras en las que los occidentales contemplaran el mal, o también postrarse de hinojos y aceptar lecciones elementales de sus superiores. Para quienes emprendían ese viaje literal o imaginario, el contacto con África ofrecía oportunidades emocionantes de experimentar la vida en su estado primitivo, de formación, rudimentario, lo cual conducía a conocerse mejor a uno mismo, una sabiduría que confirmaba las ventajas del derecho de propiedad europeo sin la responsabilidad de tener que reunir demasiada información real sobre ninguna cultura africana.

Bastaba con algo de geografía, mucho de climatología y un puñado de costumbres y anécdotas como lienzo en el que pintar el retrato de un yo más sabio, más triste o completamente reconciliado. En las novelas occidentales publicadas a lo largo de los años cincuenta, África podría haberse llamado «el extranjero», como el libro de Albert Camus, siempre ofreciendo una oportunidad de conocimiento, pero manteniendo intacta su naturaleza incognoscible.

En El corazón de las tinieblas de Conrad, Marlowe describe el continente como un «espacio en blanco en un mapa […] sobre el que un niño podía tejer magníficos sueños», un extenso territorio que posteriormente se había llenado de «ríos, lagos y nombres y había dejado de ser un misterioso y precioso espacio en blanco. […] Se había convertido en un lugar de tinieblas». Lo poco que podía saberse era enigmático, repugnante o irremisiblemente contradictorio. El África imaginaria era un cuerno de la abundancia rebosante de imponderables que, como el monstruoso Gréndel de Beowulf, frustraba toda explicación. En consecuencia, esa literatura ofrece una plétora de metáforas incompatibles.

Como epicentro original de la raza humana, África es muy antigua, si bien, al estar bajo control colonial, también es infantil. Una especie de feto viejo siempre a la espera de nacer que desconcierta a todas las comadronas. En una novela tras otra, en un cuento tras otro, África es a un tiempo inocente y corrupta, salvaje y pura, irracional y sabia.

En ese contexto literario racialmente cargado, el descubrimiento de Le Regard du roi de Camara Laye resultó sobrecogedor. De repente, alguien reinventaba el viaje estereotipado a las tinieblas africanas de cuento de hadas, ya fuera para llevar luz o para buscarla reimaginada. La novela no solo recurre a un vocabulario imagista complejo y netamente africano con el fin de emprender una negociación discursiva con Occidente, sino que también explota las imágenes de caos e infantilismo que el conquistador impone a la población indígena: el desorden social descrito en Míster Johnson de Joyce Cary, la obsesión por los olores que encontramos en Los flamboyanes de Thika de Elspeth Huxley y la fijación europea con el significado de la desnudez que vemos en las novelas de H. Rider Haggard, en la narrativa de Joseph Conrad o en prácticamente toda la literatura de viajes occidental. Un cuerpo sin vestir o poco vestido solo podía ser reflejo de inocencia infantil o erotismo indisciplinado, jamás del voyerismo del observador.

El argumento de la obra de Cámara Laye es, en pocas palabras, el siguiente: Clarence, un europeo, se ha trasladado a África por motivos que es incapaz de expresar. Desde su llegada, ha jugado, ha perdido y ha contraído deudas cuantiosas con sus compatriotas blancos. Ahora se esconde entre la población indígena en una posada cochambrosa. Ya lo han echado del hotel de los colonialistas y el posadero africano también está a punto de expulsarlo. Entonces Clarence se da cuenta de que la solución a su miseria es explotar su condición de blanco, su europeidad, y entrar al servicio del rey, sin responder a pregunta alguna ni saber hacer nada. Una densa multitud de aldeanos le impide acercarse al monarca y su propósito se recibe con desdén. Conoce a una pareja de adolescentes alborotadores y a un mendigo astuto que acceden a echarle una mano. Siguiendo sus consejos, se dirige al sur, donde se espera que vuelva a aparecer el rey.

El viaje de Clarence, que no difiere demasiado de una peregrinación, permite a Camara Laye exponer y parodiar las sensibilidades paralelas de Europa y África. Los tropos literarios de África a los que recurre son réplicas exactas de percepciones de la condición de extranjero: 1) la amenaza, 2) la depravación, y 3) la incomprensibilidad. Y resulta fascinante observar su diestro manejo de esas percepciones. La amenaza. Clarence, el protagonista de Cámara Laye, está aturdido por el miedo. A pesar de que señala que «las abundantes palmeras» están «destinadas […] a la industria vinícola», el campo está «magníficamente ordenado» y la gente que vive en él le brinda «un buen recibimiento», ve tan solo inaccesibilidad, «hostilidad compartida», un vértigo de túneles y senderos bloqueados por arbustos espinosos. El orden y la claridad del paisaje no casan con la jungla amenazadora que tiene en la cabeza. La depravación. Es Clarence quien sucumbe a la depravación al representar todo el horror de lo que los occidentales se imaginan como «la adopción del modo de vida indígena», el «sopor repugnante» que pone en peligro la masculinidad. Su disfrute flagrante de la cohabitación continuada y la sumisión con la que reaccionan las mujeres reflejan los apetitos de Clarence y su ignorancia deliberada.

Con el tiempo, cuando los niños mulatos van llenando la aldea, Clarence, el único blanco de la zona, sigue preguntándose de dónde han salido. Se niega a creer lo evidente: que lo han vendido como semental para el harén. La incomprensibilidad. El África de Camara Laye no es oscura, está bañada de luz: la luz verde y acuosa del bosque, los matices rojo rubí de las casas y el terreno, el azul «insoportable» del cielo e incluso las escamas de las mujeres pez, que cabrillean «como túnicas de luna». Comprender los motivos, las sensibilidades diversas de los africanos (tanto los malvados como los benévolos) tan solo requiere dejar en suspenso la creencia en una diferencia insalvable entre seres humanos. La novela, que descifra el lenguaje renqueante de la usurpación de una patria por parte del extranjero, de la deslegitimación del indígena, de la inversión de las demandas de pertenencia, nos permite vivir la experiencia de un blanco que emigra a África, solo, sin trabajo, sin autoridad, sin recursos e incluso sin apellido. No obstante, Clarence cuenta con una baza que siempre surte efecto en los países del Tercer Mundo, que no puede dejar de surtir efecto. Es blanco, dice, y, en consecuencia, válido por algún motivo inefable para ser consejero del rey, al que jamás ha visto, en un país que no conoce, entre gente a la que no comprende ni desea comprender. Lo que empieza como la búsqueda de una posición de autoridad, como la huida del desdén de sus compatriotas, acaba siendo un intenso proceso de reeducación. Lo que se considera inteligencia entre esos africanos no es el prejuicio, sino el matiz y la capacidad y la voluntad de ver, de suponer. El rechazo del europeo a reflexionar coherentemente sobre hecho alguno, excepción hecha de los que atañen a su bienestar o su supervivencia, lo condena.

Cuando por fin se abre camino la comprensión, lo deja destrozado. Esa investigación ficticia sobre las percepciones limitadas de una cultura nos permite contemplar la desracialización de la experiencia de África que vive un occidental sin apoyo, protección ni consignas de Europa. Nos permite redescubrir o imaginar de nuevo lo que supone ser marginal, ninguneado, superfluo, extranjero; no oír nunca pronunciar el propio nombre; verse despojado de historia o representación; ser mano de obra vendida o explotada para beneficio de una familia dominante, un empresario astuto, un régimen local. En otras palabras, convertirse en un esclavo negro. Es un encuentro perturbador que puede ayudarnos a afrontar las presiones y las fuerzas desestabilizadoras del recorrido transmundial de los pueblos, presiones que pueden hacer que nos aferremos como posesos a nuestra cultura, a nuestra lengua, y descartemos las de los demás; que clasifiquemos el mal según la moda del momento; que legislemos, expulsemos, adecuemos, depuremos y juremos lealtad a los fantasmas y a la fantasía.

Y, sobre todo, esas presiones pueden empujarnos a negar al extranjero que llevamos dentro y a oponer férrea resistencia a la condición universal de la humanidad. Después de muchas tribulaciones, la luz acaba por aflorar poco a poco en el europeo de Camara Laye. Clarence hace realidad el deseo de conocer al rey, pero a esas alturas tanto él como su objetivo han cambiado. En contra del consejo de la gente de la zona, se arrastra desnudo hasta el trono y finalmente ve al soberano, que no es más que un niño cubierto de oro. El «vacío aterrador» que hay en su interior (el vacío que lo ha protegido de la revelación) se abre para recibir la mirada real. Y esa apertura, ese desmoronamiento del blindaje cultural mantenido por miedo, ese acto de valor sin precedentes, es el principio de la salvación de Clarence. Su éxtasis y su libertad. El niño rey lo estrecha entre sus brazos y, así acogido, sintiendo el latido del joven corazón del monarca, Clarence lo oye murmurar estas palabras exquisitas de auténtica pertenencia, palabras que le dan la bienvenida a la raza humana: «¿Acaso no sabías que te esperaba?».




2017