jueves, abril 05, 2007

“Carta a La Princesa Alice”, de Lewis Carroll



Mi querida Alice:

Apenas hay posibilidad de que esta nota te llegue antes de que me hayas olvidado. Alguien me preguntó si podía estampar algunas de las ilustraciones de Alicia en lo que llaman las “Latas para Niños”. ¿Habían oído hablar de algo así? Yo nunca, hasta ahora. Dicen que los niños las usan para guardar bizcochos o dulces, o cualquier cosa. Pero me parece que tú puedes encontrarle una utilidad mucho mejor a la que te envío. ¡Cada vez que Charlie se ponga demasiado travieso, puedes meterlo adentro y ponerle la tapa! Entonces volverá a portarse bien enseguida. También envío una para él: ¡así que ya sabes si te pones traviesa tú!

He escrito los nombres de ustedes en sus latas para que puedan saber cuál es la de cada uno. Discúlpenme la letra: no es muy fácil escribir en la lata.

Te envío mi mejor amor, para que lo dividas con tu hermano: y te aconsejo que le des dos tercios a él y te quedes con tres cuartos para ti.



Afectuosamente tuyo,
C. L. Dogson

7 Lushington Road, Eastbourne
15 de agosto, 1892



miércoles, abril 04, 2007

"El corazón es un ojo", de Roberto Matta






Toda forma es la historia de la dificultad y de la necesidad de una especie.
La forma no se explica, se hace.

Si el universo es único, hay una red que enlaza los fenómenos, que, a su vez, están enlazados como los elementos que constituyen el cuerpo de un hombre.

Quien siente su propio cuerpo, siente el mundo, la discordia de su armonía.

El mundo, el universo, es sano, armónico-desordenado, donde incluso la enfermedad puede tener solución.

Sobre el modelo armónico del mundo. Cada uno de nosotros es geografía, astronomía de un mundo propio; quizá ilusorio pragmático acribillado de mentiras. Aprender a sentir la armonía del Universo es construir una arquitectura y una geografía de nuestro mundo personal, del cual depende nuestra personalidad, a la manera de un segundo rostro para presentar a la sociedad, a la vida social con la cual cada uno ve a los demás y es visto por ellos, unidos todos por lazos comunes.

Viendo y siendo visto, todo el mundo puede desarrollar en si mismo la propia persona que se manifiesta en la personalidad.

Así pues, el arte no es para ser explicado, sino para ser hecho, para hacer en cada uno de nosotros a la propia persona humana que después crea y construye una visión débil, culpable o creativa de la realidad. Por esta razón, hay que crear un mundo que resulte útil. Cada suceso (experiencia) es un terremoto e nuestra propia geografía, cambia la topología del paisaje, del mensaje íntimo.

Tu cuerpo es un ojo o una mano que lleva a cabo tu vida mental.

Esta gráfica es una geografía de mi mundo, donde mi personalidad lleva el timón y podrá servirte de mapa náutico en tu andadura. Reanimar la realidad de la naturaleza en la naturaleza humana. Si el mono ha llegado a ser hombre, el hombre llegará a ser gracia: cuadrúpedo, seres acuáticos, árbol químico de la angelidad indígena.

Sistema musical de las relaciones sorprendentes de un nuevo humanismo.










martes, abril 03, 2007

“El gusto de los niños por la suciedad”, de Charles Fourier

Fragmento



La tendencia de los niños al desaseo es inocente y sin pretensión entre los pequeñitos: toma un cur­so más elevado entre los de nueve a doce años, ver­daderos maniáticos de la suciedad; éstos la llevan de la simple a la compuesta y conciben vastos pla­nes de porquerías. Por ejemplo, van en las noches a embarrar con suciedad las aldabas de las puertas y los cordones de los timbres, untándolos con su artículo favorito; no sueñan más que en los medios de ensuciar con este artículo a todo el género hu­mano...

¿De dónde viene este frenesí escatológico entre los escolares de diez a doce años? ¿Es un vicio de la educación o proviene de la falta de precep­tos? No, porque cuanto más se les predica contra la suciedad, más tercos se muestran en ella. ¿Es depravación? ¡Entonces la naturaleza sería depra­vada!

No podríamos desembrollar este enigma en la civilización; he aquí la explicación: la manía de la suciedad es un impulso necesario para dar de alta a los niños en las Pequeñas Hordas, para ayudarlos a soportar alegremente el disgusto consecuente de los trabajos inmundos, y a abrirse, en la carrera de la porquería, un vasto campo de gloria industrial y de filantropía.



lunes, abril 02, 2007

"De la simetría interplanetaria", de Julio Cortázar




This is very disgusting.
Donald Duck


Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956. Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía. Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía -pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente-. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares ("corazones" no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo. Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecían a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba. Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gastaban religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo. Pensé: "¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; condedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes". Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. "Qué tremenda tarea", pensé, "Y monótona, además. Lo que falta saber es si lo seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón...?" Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante. ¡Clavar en un madero al hijo de Dios...! Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño: prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.







en La otra orilla, 1945








domingo, abril 01, 2007

“Estoy llorando”, de Gabriela Mistral




Me has dicho que me amas, y estoy llorando. Me has dicho que pasarás conmigo entre tus brazos por los valles del mundo.
Me has apuñalado con la dicha no esperada. Pudiste dármela gota a gota, como el agua al enfermo, ¡y me pusiste a beber en el torrente!
Caída en tierra, estaré llorando hasta que el alma comprenda. Han escuchado mis sentidos, mi rostro, mi corazón: mi alma no acaba de comprender.
Muerta la tarde divina, volveré vacilando hacia mi casa, apoyándome en los troncos del camino... Es la senda que hice esta mañana, y no la voy a reconocer. Miraré con asombro el cielo, el valle, los techos de la aldea, y les preguntaré su nombre, porque he olvidado toda la vida.
Mañana me sentaré en el lecho y pediré que me llamen, para oír mi nombre y creer. Y volveré a estallar en llanto. ¡Me has apuñalado con la dicha!





sábado, marzo 31, 2007

"Quisiera huir", de Emilio Prados



Estoy cansado.
                          Un cuerpo padece mi agonía,
un cuerpo o multitudes que mi piel no dispone,
un ser que vive o sueña la altitud de mis límites...
¡Quisiera huir: perderme lejos de su olvido!

                    estoy cansado de ocultarme en las ramas;
de perseguir mi sombra por la arena;
de desnudarme entre las rocas,
de aguardar a las puertas de las fábricas
y tenderme en el suelo con los ojos cerrados:
estoy cansado de esta herida.

Un amigo me dice:
                             "Hay cuerpos que aún se ofrecen
como jugosas frutas sin sentido..."

Otro amigo me canta:
                             "¡Vuelan las aves vuelan!".

Yo quiero huir, perderme lejos,
allá en las regiones donde unas anchas hojas
tiemblan sobre el estanque de los sueños que inundan.
 



de Andando, andando por el mundo, 1930-1935.















viernes, marzo 30, 2007

“Que cuenta sueños que el amor anida”, de Subcomandante Marcos

Post Data a “7 piezas sueltas del rompecabezas mundial”



Reposa la mar a mi lado. Comparte desde hace tiempo angustias, incertidumbres y no pocos sueños, pero ahora duerme conmigo la caliente noche de la selva. Yo miro su trigo agitado en el sueño y me maravillo de nuevo al encontrarla a ella como es ley: tibia, fresca y a mi lado. La asfixia me saca del lecho y toma mi mano y la pluma para traer al Viejo Antonio hoy, como hace años... He pedido al Viejo Antonio que me acompañe en una exploración río abajo. No llevamos más que un poco de pozol para comer. Durante horas seguimos el caprichoso cauce y el hambre y el calor aprietan. Toda la tarde la pasamos tras una piara de jabalíes. Casi anochece cuando le damos alcance, pero un enorme censo (puerco de monte) se desprende del grupo y nos ataca. Yo saco a relucir todos mis conocimientos militares, dejo tirada mi arma y me trepo al árbol más cercano. El Viejo Antonio queda inerme ante el ataque, pero en lugar de correr, se pone tras una maraña de bejucos. El gigantesco jabalí arremete de frente y con toda su fuerza, pero queda atrapado entre las lianas y las espinas. Antes de que pueda librarse, el Viejo Antonio levanta su vieja chimba y, de un tiro en la cabeza, resuelve la cena de ese día. Ya en la madrugada, cuando he terminado de limpiar mi moderno fusil automático (un M-16, calibre 5.56 mm, con selector de cadencia y alcance efectivo de 460 metros, además de mira telescópica, bipie y cargador de "drum" con 90 tiros), escribo en mi diario de campaña y, omitiendo todo lo sucedido, sólo anoto: "Topamos puerco y A. mató una pieza. Altura 350 msnm. No llovió". Mientras esperamos que se cueza la carne, le cuento al Viejo Antonio que la parte que me toca servirá para las fiestas que se preparan en el campamento. "¿Fiestas?", me pregunta mientras atiza el fuego. "Sí", le digo, "No importa el mes, siempre hay algo que celebrar.". Después sigo con lo que yo supuse era una brillante disertación sobre el calendario histórico y las celebraciones zapatistas. En silencio escucha el Viejo Antonio y, suponiendo que no le interesa, me acomodo para dormir. Entre sueños miró al Viejo Antonio tomar mi cuaderno y escribir algo. En la mañana, repartimos la carne después del desayuno y cada uno toma su camino. Ya en nuestro campamento, reporto al mando y le muestro la bitácora para que sepa lo ocurrido. "Esta no es tu letra", me dice mientras me muestra la hoja del cuaderno. Ahí, al final de lo que yo anoté ese día, el Viejo Antonio había escrito con letras grandes: "Si no puedes tener la razón y la fuerza, escoge siempre la razón y deja que el enemigo tenga la fuerza. En muchos combates puede la fuerza obtener la victoria, pero en la lucha toda sólo la razón vence. El poderoso nunca podrá sacar razón de su fuerza, pero nosotros siempre podremos obtener fuerza de la razón". Y más abajo, con letra muy pequeña: "Felices fiestas". Ni para qué decirlo, se me quitó el hambre. Las fiestas, como siempre, estuvieron bien alegres. "La del moño colorado" estaba todavía, felizmente, muy lejos del "hit parade" de los zapatistas...



Desde las montañas del Sureste Mexicano
EZLN
México, Junio de 1997



jueves, marzo 29, 2007

"El bien no puede fundarse en un Dios homicida", de Manlio Sgalambro



Los interrogantes que el cardenal Martini plantea en su última intervención, sobre los cuales se me ha pedido que me pronuncie, inducen a partir de una pregunta ulterior: ¿cómo aparece el bien entre los hombres? ¿Cómo es posible que sobre esta banda de canallas, de vez en cuando, con la rapidez del rayo, se abata algo, un acto bueno, un gesto de pena, y se retire con la misma rapidez? La maravilla ética nos inicia en la moral en un mundo en el que resulta más fácil que se cometa un delito. «¿Es que hacen falta pretextos para cometer un delito?», pregunta la princesa Borghese en Juliette. El inicio de la ética está íntimamente unido al estupor. El mal social es una bagatela frente al mal metafísico: un acto de bien contiene la más absoluta negación de Dios.

Refuta el orden del mundo, atenta contra la disposición que se pretende divina. El bien es la mayor tentativa de anular «el ser». Por ello no puede basarse en Dios, en algo que en todo caso ha dado origen a un mundo que se sostiene ontológicamente sobre el mutuo carnage. Con el bien negamos, por lo tanto, a Dios; pero «el ser», es decir, Dios o el orden «metafíisico» del mundo, lleva siempre las de ganar. En consecuencia, ¿cómo puede basarse el bien en Dios? Recuerdo el juicio global de Spinoza sobre intelecto y voluntad en Dios, juicio que se puede expresar de esta manera: Dios no es inteligente ni bueno. Es un ser, un horrible ser, añadiría un espinoziano coherente. Le llamamos Dios sólo por su potencia. Sospecho de todas formas que hay otras muchas cosas silenciadas en la filosofía de Spinoza. Estimado señor, quisiera en cualquier caso hacerle notar todo el peso que la gran teología escolástica sufre por esta existencia. ¡Hacerle notar los miles de subterfugios con los que ésta cela su rabia! Las leyes de la exclusión de la impiedad son leyes complejas y practicadas en estado de sonambulismo, sin que por tanto nos demos cuenta de nada, como sucede cada vez que se lleva a cabo una infidelidad. La idea de Díos no debe ser, ésa es la cuestión, la idea que me formo de Dios, la idea que de Dios se forma el impío. Dios no debe existir. Quiero añadir que eso se deduce de la austeridad de la impiedad. Nosotros no podemos asociarnos con una naturaleza inferior. Creo estar seguro de la naturaleza inferior de Dios. La idea de Dios no supone una naturaleza divina. Estoy muy preocupado por la opinión corriente que se ha convertido en un nexo no escindible de ideas. Veo con amargura que la idea de Dios y la idea del bien se presentan enlazadas. Por lo menos cuando no nos vigilan. Se comparten en ese momento las peores astucias de un alma turbada. Naturalmente, usted no lo sabe, pero yo sostengo que el bien sólo puede pensarse, no hacerse. ¿Qué me diría si yo añadiera que, siendo «pensamiento», no puede «ser»? Añado además que para mí la impiedad es sed inexhausta de bien y me resulta indignante que ello se relacione con Dios, cuya idea, vuelvo a repetirlo, lo rechaza totalmente.

Al elegir a un hombre como prójimo, como hermano, se contesta al Absoluto que nos arroja juntos a la muerte. Porque para nosotros, los mortales, desear el bien de uno es desear que no muera.

Elegir a un hombre como prójimo es elegirlo para la vida. ¿Cómo puede fundarse este acto, por lo tanto, en un Dios «que nos llama a su lado»? Ille omicida erat ab initio [1]: en el principio ontológíco mismo se contiene nuestra muerte. El acto del bien, en el momento en que elige a «otro» como prójimo, le dice: tú no debes morir. El resto es una subespecie de lo útil. En el bien hay aflicción y dolor por el hecho de la muerte. El bien es una lucha contra la mortalidad del otro, contra «el ser» que lo absorbe y lo mata (o según las terribles y amenazadoras palabras que en un tratado del maestro Eckhart describen así el acto en el que nos «unimos» a Dios: «Uno con Uno, uno del Uno, uno en el Uno y, en el Uno, eternamente uno»). Entendido de este modo, el bien es impracticable y es únicamente «pensamiento». ¿Cómo se puede, por otro lado, sostener una visión que no sea la de la impracticabilidad del bien? Desear el bien de los demás es desear que no mueran, eso es todo. (¿Cómo se puede conciliar, repito, la idea del bien con Dios, que es la muerte misma? Creo, por el contrario, que la idea de Dios y la idea de la muerte se asocian de tal manera que podemos usar tanto un nombre como el otro.) El resto es Justiz und Polizei.




Febrero de 1996.




[1] Él era homicida desde el principio.


Texto entreverado en el cruce epistolar entre Umberto Eco y Carlo Maria Martini (Arzobispo de Milán), recogido en ¿En qué creen los que no creen?

miércoles, marzo 28, 2007

“La limpieza étnica y el discurso racista de Israel”, de Ramzy Baroud



“La expresión limpieza étnica se refiere a diversas tácticas para desplazar a la fuerza a un pueblo o a un grupo étnico. En un extremo del espectro, es prácticamente imposible distinguir entre la emigración forzosa y los traslados de población mientras que en el otro se mezclan la deportación y el genocidio”.

Según esta definición, y las demás surgidas en los años 90s como consecuencia de la limpieza étnica en los Balcanes, los palestinos han sido y siguen siendo víctimas de una política decidida y firme de limpieza étnica iniciada en 1947–48 y que continúa hasta nuestros días. Sin embargo, es importante que al analizar el hecho de la limpieza étnica en Palestina tengamos en cuenta sus diferentes dimensiones, una de las cuales es el discurso racista que la acompaña, convertido en parte integrante de la política de limpieza étnica de Israel.

Cualquier castigo colectivo –sea limpieza étnica, genocidio u otro– con frecuencia va precedido o acompañado de un discurso racista que deshumaniza a la víctima y justifica el crimen gratuito, en un cúmulo de falsedades y mentiras que pueden atraer sentimientos religiosos o nacionalistas mientras se pasa por alto leyes, ética y normas básicas y expectativas humanas.

De no existir semejante discurso, que califica a los habitantes originarios de Palestina como seres cancerosos, infrahumanos y molestos frente a la civilización y el progreso– exactamente como los definían los fundadores del movimiento sionista– no hubiera sido posible llevar a cabo una campaña sistemática de asesinatos y limpieza étnica en 1947-48, que provocó la matanza de unos 13.000 palestinos, la expulsión por la fuerza de otros 850.000 y la despoblación y subsiguiente destrucción de cerca de 500 pueblos y localidades. Sin un discurso racista semejante, habría resultado difícil, por no decir imposible, llevar a cabo una serie de matanzas preventivas, entre ellas las de Deir Yassin, Tantura, Abbassiya, Beit Daras, Bir Al–Saba', Haifa, etc.

De no haber existido una firme campaña de racismo institucionalizado a tan gran escala, mantenida hasta hoy, hubiera sido imposible e inverosímil matar a tiros a montones de gente inocente tras alinearlas contra la tapia a medio derruir de la vieja mezquita de Tantura en mayo de 1948, o arrasar la vivienda de un minusválido en Jenin en abril de 2002 sin dar a su madre la oportunidad de sacarlo de la casa. O calificar de “gran éxito” el asesinato de 14 civiles, incluidos niños, cuando una bomba israelí de una tonelada cayó de golpe en el edificio de apartamentos del barrio de Zeitun de Gaza (julio, 2002). O el inmoral asesinato de 19 personas, la mayoría mujeres y niños, de la misma familia, en Beit Hanun (noviembre, 2006).

La limpieza étnica, está efectivamente de vuelta en la agenda política israelí desde que Avidgor Lieberman, político israelí que lleva mucho tiempo defendiendo la limpieza étnica de los habitantes árabes de Palestina, ha sido elegido viceprimer ministro del gobierno israelí. Una de sus primeras ideas desde que ocupa su nuevo puesto, además de expulsar a los palestinos, ha sido la de asesinar a todos los dirigentes del gobierno palestino electo. “Tienen que desaparecer, ir al paraíso, todos ellos”, declaró a la radio israelí la semana pasada.

La desgraciada realidad es que la campaña de limpieza étnica de Israel, aunque haya podido cambiar estrategias y ritmos a lo largo de los años, nunca se ha detenido y ahora, contra lo que podría pensarse, está mucho más activa de lo que ha estado durante décadas. También es evidente que el discurso racista que la acompaña la ha hecho sostenible durante seis décadas. Funciona ya que convierte en héroes, ante la mayoría de los israelíes, a los partidarios de los crímenes de guerra

Además, entre el apoyo descarado de Estados Unidos a semejantes actuaciones y el casi absoluto silencio, desesperanza o impotencia de la comunidad internacional, Israel sabe que el éxito de su proyecto colonial en Cisjordania depende sólo del paso del tiempo.

Pero lo que resulta más descorazonador es el hecho de que las luchas intestinas palestinas distraen y despilfarran energías que deberían invertirse en poner en marcha y mantener una campaña internacional contra las permanentes atrocidades israelíes. Las reyertas internas entre estamentos gubernamentales que no tienen soberanía, la ausencia de cualquier tipo de cohesión social o consenso o un programa político claro que una a los palestinos en el interior y a los palestinos del exilio en un proyecto político nacional, va a asegurar con toda seguridad el éxito del programa sionista-israelí y a contribuir más todavía al discurso racista que considera a los palestinos incapaces de asumir la responsabilidad del mando y de la autodeterminación de su pueblo.



martes, marzo 27, 2007

"Banalidad y mentiras descaradas", de Robert Fisk

Como aborda la sociedad estadounidense la situación de Oriente Medio


Yo lo llamo el efecto Alicia en el País de las Maravillas. Cada vez que estoy de gira por Estados Unidos, miro a través del espejo a una región lejana en la que vivo y trabajo para The Independent ­el Medio Oriente­ y veo un paisaje que no reconozco; una tragedia distante que, aquí en Estados Unidos, se convierte en una farsa de hipocresía, banalidad y mentiras descaradas. ¿Soy el gato de Cheshire? ¿O el sombrero loco?

Compré el nuevo libro de Jimmy Carter titulado Palestina: Paz, no Apartheid, en el aeropuerto de San Francisco y lo leí en un día. Es una obra satisfactoria y sólida elaborada por el único presidente estadunidense cercano a la santidad. Carter describe el atroz trato que se ha dado a los palestinos, la ocupación israelí, la apropiación de las tierras palestinas por parte de los israelíes, la brutalidad con que se trata a esta población sometida y despojada, habla de lo que él llama “un sistema de apartheid, con dos pueblos ocupando la misma tierra pero completamente separadas una de otra, donde los israelíes imponen su dominación y violencia mientras niegan a los palestinos los derechos humanos básicos”.

Carter cita a un israelí que le dijo: “Temo que nos estemos trasladando hacia un gobierno como el de Sudáfrica, con una sociedad dual de gobernantes judíos y súbditos árabes con escasos derechos de ciudadanía...”. Una modificación a esta fórmula que se ha propuesto, pero que Carter considera inaceptable es que “amplias partes del territorio ocupado, y los palestinos, sean completamente rodeados de muros, rejas y puestos de control, viviendo como prisioneros en las pequeñas áreas que se les dejaron”.

Huelga decir que la prensa y televisión estadunidenses ignoraron la aparición de este libro eminentemente razonable, hasta que los ya conocidos cabildos israelíes comenzaron a gritar insultos contra el pobre y viejo Jimmy Carter, a pesar de que él es el arquitecto del más duradero tratado de paz entre Israel y un vecino árabe ­Egipto­ y que se logró gracias a los famosos acuerdos de Campo David de 1978.

El diario The New York Times (“Todas las noticias que caben”, jo, jo) se sintió en la libertad de decir a sus lectores que Carter despertó “furor entre los judíos” por usar la palabra apartheid. El ex mandatario respondió de manera mesurada (y correcta), que el lobby israelí ha producido, en todas las redacciones de medios de Estados Unidos, una “reticencia a criticar al gobierno de Israel”.

Un ejemplo del lodo que se arrojó contra Carter fue el comentario de Michael Kinsley, del New York Times (desde luego), quien señaló que el ex presidente “está comparando a Israel con el antiguo gobierno blanco racista de Sudáfrica”. Esto fue seguido por un malintencionado comentario de Abe Foxman, de la Liga Antidifamación, quien afirmó que la razón por la que Carter escribió este libro “es esa cínica y vergonzosa mentira de que los judíos controlan el debate en este país, principalmente en los medios. Lo que hace que esto sea tan serio es que no lo escribió cualquier experto o un analista más. Él es un ex presidente de Estados Unidos”.

Bueno, es claro, precisamente ése es el punto, ¿no? Esto no es un estudio hecho por un profesor de Harvard sobre el poder de un lobby. Es la apreciación de un hombre honesto y honorable que ha sido amigo tanto de Israel como de los árabes y que además resulta ser un muy buen estadista. Por esto el libro de Carter es ahora un best seller y aquí quiero aplaudir, de paso, al gran público estadounidense que compró el libro en vez de creerle a Foxman.

Y en este contexto, me pregunto por qué el New York Times y los otros cobardes periódicos del mainstream en Estados Unidos olvidaron mencionar la cálida relación que tenía Israel con el muy racista régimen del apartheid en Sudáfrica y que se supone que Carter no debe mencionar en el libro. ¿No tenía Israel un lucrativo comercio de diamantes con la sancionada y racista Sudáfrica? ¿No tenía Israel una fructífera y profunda relación militar con el régimen racista? ¿Acaso estoy soñando, como si estuviera ante el espejo de Alicia, cuando recuerdo que en abril de 1976, el primer ministro John Vorster de Sudáfrica, uno de lo arquitectos de este vil y nazista sistema de apartheid, visitó Israel y fue honrado con una recepción oficial por el primer ministro israelí Menachem Begin, el héroe de guerra, Moshe Dayan, y el futuro premio Nobel de la Paz, Yitzhak Rabin?

Todo esto, desde luego, no fue parte del Gran Debate Americano en torno al libro de Carter.

En el aeropuerto de Detroit adquirí un libro aún más breve, El Reporte del Grupo de Estudios Baker Hamilton sobre Irak, que en realidad no estudia para nada la situación en la nación árabe, sino que ofrece varias formas desalentadoras para que George W. Bush pueda huir del desastre manchándose la camisa de sangre lo menos posible. Tras conversar con los iraquíes de la zona verde de Bagdad –­la zona de los sueños sería un nombre más adecuado­– se obtuvieron algunas sugerencias valiosas (que, como era de esperar, fueron rechazadas por los israelíes): la reanudación de conversaciones de paz serias entre israelíes y palestinos, una retirada israelí de la meseta del Golan, etcétera. Pero todo está escrito en la misma tesitura fastidiada de los think-tanks de derecha. De hecho, se usa en el mismo lenguaje de la desacreditada Institución Brookings y de mi viejo amigo, el mesiánico columnista del New York Times, Tom Friedman: todo el discurso está lleno de agujeros y profecías de que “el tiempo se está acabando”.

Descubrí que la clave de toda esta tontería viene al final del reporte donde hay una lista de "expertos" consultados por Baker y Hamilton. Muchos de ellos son pilares de la Institución Brookings y figura también Thomas Friedman, del New Yor Times.

Pero, para absurdos, nada supera al debate posterior a la difusión del informe Baker que se suscitó entre los personajes grandiosos y magnánimos que arrastraron a Estados Unidos a esta catástrofe. El general Peter Pace, el muy peculiar presidente de los jefes de staff, aseguró que en la guerra de Estados Unidos en Irak, “no estamos ganando pero no estamos perdiendo”. El nuevo secretario de Defensa de Bush, Robert Gates, dijo coincidir con Pace en el sentido de que “no estamos ganando pero no estamos perdiendo”. El mismo Baker saltó a la piscina del sin sentido al aseverar: “No creo que pueda decirse que estamos perdiendo. Pero por la misma razón (sic) no estoy seguro de que estemos ganando”. Llegado a este punto, Bush proclamó ­sí­ “no estamos ganando, no estamos perdiendo”. Qué pena por los iraquíes.

Sopesé esta locura mientras mi avión atravesaba turbulencias cuando volaba por encima de Colorado. Entonces repentinamente comprendí que el marcador final de este round único de la guerra en Irak entre Estados Unidos y las fuerzas del mal ¡es un empate!





23 de enero, 2007.

lunes, marzo 26, 2007

"Gallardo Pérez, referí", de Osvaldo Soriano




Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de treinta años, en la Patagonia, el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas.

Había, en aquel tiempo, un club invencible en su cancha: Barda del Medio. El pueblo no tenía más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Estaba enclavado en las dunas, con una calle central de cien metros y, más allá, los ranchos de adobe como en el far west. A orillas del Río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas. Eran las “preferenciales”, las de los comerciantes, los funcionarios y los curas. Los otros veían el partido subidos a los techos de los Ford A o a las cajas de los camiones de la empresa que estaba construyendo la represa.

Todos nosotros estábamos bajo el influjo del maravilloso estilo del Brasil campeón del mundo, pero nadie lo había visto jugar nunca: la televisión todavía no había llegado a esas provincias y todo lo conocíamos por la radio, por esas voces lejanas y vibrantes que narraban los partidos. Y también por los diarios que llegaban con cuatro días de atraso, pero traían la foto de Pelé, el dibujo de cómo hacía un 4-2-4 y la noticia de la catástrofe argentina en Suecia.

Yo jugaba en Confluencia, un club de Cipoletti, pueblo fundado a principios de siglo por un ingeniero italiano que tenía un monumento en la avenida principal. Todavía las calles no habían sido pavimentadas y para ir al fútbol los domingos de lluvia había que conseguir camiones con ruedas pantaneras.

Confluencia nunca había llegado más arriba del sexto puesto, pero a veces le ganábamos al campeón. Muy de vez en cuando, pero le dábamos un susto.

Ese día teníamos que jugar en la cancha de Barda del Medio y nunca nadie había ganado allí. Los equipos “grandes” descontaban de sus expectativas los dos puntos del partido que les tocaba jugar en ese lugar infernal. Los muchachos de Barda del Medio, parientes de indios y chilenos clandestinos, eran tan malos como suponíamos que eran los holandeses o los suecos.

Eso sí, pegaban como si estuvieran en la guerra. Para ellos, que perdían siempre por goleada como visitantes, era impensable perder en su propia casa.

El año anterior les habíamos ganado en nuestra cancha cuatro a cero y perdimos en la de ellos dos a cero con un penal y un piadoso gol en contra de Gómez, nuestro marcador lateral derecho. Es que nadie se animaba a jugarles de igual a igual porque circulaban leyendas terribles sobre la suerte de los pocos que se habían animado a hacerles un gol en su reducto.

Entonces, todos los equipos que iban a jugar a Barda del Medio aprovechaban para dar licencia a sus mejores jugadores y probar a algún pibe que apuntaba bien en las divisiones inferiores. Total, el partido estaba perdido de antemano.

El referí llegaba temprano, almorzaba gratis y luego expulsaba al mejor de los visitantes y cobraba un penal antes de que pasara la primera media hora y la tribuna empezara a ponerse nerviosa. Después iba a buscar la damajuana de vino y en una de ésas, si la cosa había terminado en goleada, se quedaba para el baile.

Ese día inolvidable, nosotros salimos temprano y llevamos un equipo que nos había costado mucho armar porque nadie quería arriesgar las piernas por nada. Yo era muy joven y recién debutaba en primera y quería ganarme el puesto de centro delantero con olfato para el gol. Los otros eran muchachos resignados que iban para quedarse en el baile y buscar una aventura con las pibas de las chacras.

Después del masaje con aceite verde, cuando ya estábamos vestidos con las desteñidas camisetas celestes, el referí Gallardo Pérez, hombre severo y de pésima vista, vino al vestuario a confirmar que todo estuviera en orden y a decirnos que no intentáramos hacernos los vivos con el equipo local. Le faltaban dos dientes y hablaba a los tropezones, confundiendo lo que decía con lo que quería decir.

Le dijimos –y éramos sinceros– que todo estaba bien y que tratara, a cambio, de que no nos arruinaran las piernas. Gallardo Pérez prometió que se lo diría al capitán de ellos, Sergio Giovanelli, un veterano zaguero central que tenía mal carácter y pateaba como un burro.

Ni bien saludamos al público que nos abucheaba, el defensa Giovanelli se me acercó y me dijo: “Guarda, pibe, no te hagas el piola porque te cuelgo de un árbol.” Miré detrás de los arcos y allí estaban, pelados por el viento, los siniestros sauces donde alguna vez habían dejado colgado a algún referí idealista. Le dije que no se preocupara y lo traté de “señor”. Giovanelli, que tenía un párpado caído surcado por una cicatriz, hizo un gesto de aprobación y fue a hacerles la misma advertencia a los otros delanteros.

La primer media hora de juego fue más o menos tranquila. Empezaron a dominarnos pero tiraban desde lejos y nuestro arquero, el Cacho Osorio, no podía dejarla pasar porque hubiera sido demasiado escandaloso y nos habrían linchado igual, pero por cobardes. Después dieron un tiro en un poste y el Flaco Ramallo sacó varias pelotas al córner para que ellos vinieran a hacer su gol de cabeza.

Pero ese día, por desgracia, estaban sin puntería y sin suerte. Todos hicimos lo posible para meter la pelota en nuestro arco, pero no había caso. Si el Cacho Osorio la dejaba picando en el área, ellos la tiraban afuera. Si nuestros defensores se caían, ellos la tiraban a las nubes o a las manos del arquero.

Al fin, harto de esperar y cada vez más nervioso, Gallardo Pérez expulsó a dos de los nuestros y les dio dos penales. El primero salió por encima del travesaño. El segundo dio en el poste. Ese día, como dijo en voz alta el propio referí, no le hacían un gol ni al arco iris.

El problema parecía insoluble y la tribuna estaba caldeada. Nos insultaban y hasta decían que jugábamos sucio. Al promediar el segundo tiempo empezaron a tirarnos cascotazos.

El escándalo se precipitó a cinco o seis minutos del final. El Flaco Ramallo, cansado de que lo trataran de maricón, rechazó una pelota muy alta y yo piqué detrás de Giovanelli, que retrocedía arrastrando los talones. Saltamos juntos y en el afán de darme un codazo pifió la pelota y se cayó. La tribuna se quedó en silencio, un vacío que me calaba los huesos mientras me llevaba la pelota para el arco de ellos, solo como un fraile español.

El arquerito de Barda del Medio no entendía nada. No sólo no podían hacer un gol sino que, además, se le venía encima un tipo que se perfilaba para la izquierda, como abriendo el ángulo de tiro. Entonces salió a taparme a la desesperada, consciente de que si no me paraba no habría noche de baile para él, y tal vez tuviera que hacerme compañía en el árbol de fama siniestra. Él hizo lo que pudo y yo lo que no debía. Era alto, narigón, de pelo duro y tenía una camiseta amarilla que la madre le había lavado la noche anterior. Me amagó con la cintura, abrió los brazos y se infló como un erizo para taparme mejor el arco. Entonces vi, con la insensatez de la adolescencia, que tenía las piernas arqueadas como bananas y me olvidé de Giovanelli y de Gallardo Pérez y vislumbré la gloria.

Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos.

Antes de ir a recibirla a su espalda le vi la cara de espanto, sentí lo que debe ser el silencio helado de los patíbulos. Después, como quien desafía al mundo, le pegué fuerte, de punta, y fui a festejar. Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto y ningunos de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico.

No sé si el referí Gallardo Pérez alcanzó a convalidar el gol porque era tanta la gente que invadía la cancha y empezaba a pegarnos, que todo se volvió de pronto muy confuso.

A mí me dieron en la cabeza con la valija del masajista, que era de madera, y cuando se abrió todos los frascos se desparramaron por el suelo y la gente los levantaba para machucarnos la cabeza.

Los cinco o seis policías del destacamento de Barda del Medio llegaron como a la media hora, cuando ya teníamos los huesos molidos y Gallardo Pérez estaba en calzoncillos envuelto en la red que habían arrancado de uno de los arcos.

Nos llevaron a la comisaría. A nosotros y al referí Gallardo Pérez. El comisario, un morocho aindiado, de pelo engominado y cara colorada, nos hizo un discurso sobre el orden político y el espíritu deportivo. Nos trató de boludos irresponsables y ordenó que nos llevaran a cortar los yuyos del campo vecino.

Mientras anochecía tuvimos que arrancar el pasto con las manos, casi desnudos, mientras los indignados vecinos de Barda del Medio nos espiaban por encima de la cerca y nos tiraban más piedras y hasta alguna botella vacía.

No recuerdo si nos dieron algo de comer, pero nos metieron a todos amontonados en dos calabozos y al referí Gallardo Pérez, que parecía un pollo deshuesado, hubo que atenderlo por hematomas, calambres y un ataque de asma. Deliraba y en su delirio insensato confundía esa cancha con otra, ese partido con otro, ese gol con el que le había costado los dientes de arriba.

Al amanecer, cuando nos deportaron en un ómnibus destartalado y sin vidrios, bajo una lluvia de cascotes, nuestro arquero, el Cacho Osorio, se acercó a decirme que a él nunca le habían hecho un gol así. “Se comió el amague, el pelotudo”, me dijo y se quedó un rato agachado, moviendo los brazos, mostrándome cómo se hacía para evitar ese gol.

Cuando se despertó, a mitad de camino, Gallardo Pérez me reconoció y me preguntó cómo me llamaba. Seguía en calzoncillos pero tenía el silbato colgado del cuello como una medalla.

–No se cruce más en mi vida –me dijo, y la saliva le asomaba entre las comisuras de los labios–. Si lo vuelvo a encontrar en una cancha lo voy a arruinar, se lo aseguro.
–¿Cobró el gol? –le pregunté.
–¡Claro que lo cobré! –dijo, indignado, y parecía que iba a ahogarse–. ¿Por quién me toma? Usted es un pendejo fanfarrón, pero ese fue un golazo y yo soy un tipo derecho.
–Gracias –le dije y le tendí la mano. No me hizo caso y se señaló los dientes que le faltaban.
–¿Ve? –me dijo–. Este fue un gol de Sívori en orsai. Ahora fíjese dónde está él y dónde estoy yo. A Dios no le guste el fútbol pibe. Por eso este país anda así, como la mierda.






domingo, marzo 25, 2007

"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ", de Philip K. Dick

Fragmento



En la enorme y suntuosa habitación del hotel, Rick leía las copias al carbón con los informes acerca de los androides Roy e Irmgard Baty. Esta vez disponía de fotos telescópicas, borrosas copias 3-D en color que apenas permitían ver los detalles. La mujer parecía atractiva; Roy Baty era otra cosa. Peor.

Había sido farmacéutico en Marte, leyó. O al menos había usado esa cobertura. Probablemente era en realidad un trabajador manual, un campesino, con aspiraciones de algo mejor. ¿Sueñan los androides?, se preguntó Rick. Era evidente: por eso de vez en cuando mataban a sus amos y venían a la Tierra. A vivir una vida mejor, sin servidumbre. Como Luba Luft, a cantar Don Giovanni y Le nozze en lugar de labrar un campo árido y sembrado de rocas, en un mundo-colonia básicamente inhabitable.

El informe agregaba:
"Roy Baty tiene un aire agresivo y decidido de autoridad ersatz. Dotado de preocupaciones místicas, este androide indujo al grupo a intentar la fuga, apoyando ideológicamente su propuesta con una presuntuosa ficción acerca del carácter sagrado de la supuesta Vida” de los androides. Además, robó diversos psicofármacos y experimentó con ellos; fue sorprendido y argumentó que esperaba obtener en los androides una experiencia de grupo similar a la del Mercerismo que, según declaró, seguía siendo imposible para ellos."

La descripción era patética. Un androide frío, duro, aspiraba a una experiencia que le resultaba inasequible a causa de un defecto deliberadamente incluido en su diseño.

Sin embargo, Roy Baty no logró preocuparlo mucho. Según las notas de Dave, tenía cierta cualidad repulsiva. Baty había tratado de lograr la fusión. Como no pudo, organizó la matanza de varios seres humanos y la fuga a la Tierra. Y ahora, hoy mismo, había logrado como resultado que del grupo original de ocho sólo quedaran tres. Y éstos, los miembros principales del grupo ilegal, también estaban condenados. Si él fracasaba, alguien lo lograría. El tiempo y la marea, se dijo Rick. El ciclo de la vida y, al final, el último crepúsculo antes del silencio de la muerte. Un micro-universo completo.

La puerta de la habitación se abrió violentamente.




1968

sábado, marzo 24, 2007

"Diálogos", de Pierre Louys

Fragmento




-Albertine, ahora que estamos solas, cuénteme lo que sucedió ayer en mi ausencia.
-Sí, señora. Es increíble.
-¿Usted sabe por qué la saqué del burdel para que se ocupara de mis hijos? Pues porque hay infinidad de cosas que la decencia me impide hacerles yo misma; pero deseo que sean felices, y como están muy excitados, pobres pequeños...
-¿Pobres pequeños? ¡No tan pequeños! El señorito Jean tiene quince años, la señorita Loute tiene catorce...
-Y Tototte tiene doce. Lo que yo digo, unos bebés. ¿Dónde podría encontrar usted una casa en la que se haga la vista gorda a las maquinaciones de niños de esa edad? No todas las madres son tan liberales como yo. Pero veamos, cuénteme. Quiero saberlo todo.
-Bien, cuando entré en la habitación ya habían empezado. La señorita Loute se hacía ensartar por su hermano.
-¿Y cómo se colocaba?
-A lo perrita.
-¿A lo perrita? ¡Ah, la muy puerca!
-¡Pues sí! Me quedé impresionada cuando los vi tan atareados. El señorito Jean está muy bien dotado. ¡Qué pequeño monstruo! Si yo tuviera siempre algo tan largo en el culo, no llevaría una vida tan perra.
-¡A quién se lo dice!
-Pues bien, señora, tengo que decirlo: a pesar de los seis meses que pasé en el burdel, si alguien entrara en mi habitación mientras estoy jodiendo, sentiría vergüenza y me escondería.
-¿Y mi hija no se escondió?
-¿Ella? Todo lo contrario, señora. ¡Empezó a gozar! ¡Y meneando el culo! ¡Había que verla! Gritaba: "¡Toma, amor mío! ¡Toma, me estoy corriendo!".
-¡Mujer! Si se estaba corriendo, ¿no pretendería usted que lo dejara para rendirle cuentas?
-Yo no digo eso, pero de cualquier modo resulta curioso. Para la edad que tiene, no siente ninguna vergüenza. Y lo más fuerte es que el señorito Jean sacó la polla del coño más tiesa que el brazo, diciendo que se había aguantado para acabar en mi boca.
-Supongo que le diría que sí...
-Me hice la remolona para reírnos y excitarlo.

Entonces, los tres la emprendieron conmigo, me derribaron sobre la cama, el señorito Jean me metió el rabo entre los dientes y, un instante después, ya me estaba tragando mi vasito de semen bien caliente; ni siquiera me dejaron escupir.




viernes, marzo 23, 2007

"Me llamo Rojo", de Orhan Pamuk

Fragmento


1. Estoy muerto

Ahora estoy muerto, soy un cadáver en el fondo de un pozo. Hace mucho que exhalé mi último suspiro y que mi cora­zón se detuvo pero, exceptuando el miserable de mi asesino, nadie sabe lo que me ha ocurrido. En cuanto a él, ese repugnante villano, escuchó mi respiración y comprobó mi pulso para es­tar bien seguro de que me había matado, luego me dio una pa­tada en el costado, me llevó hasta el pozo, me alzó por encima del brocal y me dejó caer. Mi cráneo, que antes había roto con una piedra, se destrozó al caer al pozo, mi cara, mi frente y mis mejillas se fragmentaron hasta el punto de desaparecer; se me rompieron los huesos, mi boca se llenó de sangre.

Llevo cuatro días sin volver a casa: mi mujer y mis hi­jos deben de estar buscándome. Mi hija, agotada de tanto llo­rar, estará vigilando la puerta del jardín; todos estarán en el umbral con la mirada en el camino.

Tampoco sé si realmente están en la puerta. Quizá ya se hayan acostumbrado a mi ausencia, ¡qué espanto! Porque cuando uno está aquí tiene la impresión de que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a mis espaldas un tiempo infinito. Y ahora, después de muerto, ¡un tiempo inagotable! No pensaba en eso mientras vivía; vivía rodeado de luz entre dos tiempos oscuros.






jueves, marzo 22, 2007

"Jugadores", de Don Delillo

La Película
(Inicio)



Alguien dice: “Los moteles. Me gustan los moteles. Ojalá fuera propietario de una cadena de moteles repar­tidos por todo el mundo. Iría de uno a otro y del otro a un tercero. Así me sentiría realizado”.

Las luces del interior del aparato se atenúan. En el bar, con su piano, todo el mundo permanece momentá­neamente inmóvil. Es como si cayeran por vez primera en la cuenta de cuántos sistemas de componentes mecá­nicos y eléctricos, qué exactitud en la gestión de las pre­siones, unidades de potencia, impulso consolidado y energía han sido necesarios para reducir la sensación de volar a este rudimentario temblor. Al otro lado de las ventanillas no queda ni un ápice del crepúsculo. Cuatro hombres, tres mujeres habitan ese espacio especial de movimiento en suspenso. El único ruido que se oye es el zumbido. Un segundo de oscuridad, cuanto hemos disfrutado hasta este instante, ha sido suficiente para in­tensificar el vínculo implícito que, más aún que la dis­tancia, la velocidad, el destino, hace de cada viaje algo misterioso que es preciso descifrar en conjunto, por me­dio del talento de los viajeros, todos ellos paulatinamente al tanto del código de reconocimiento de todos los demás. En la cabina, ahí delante, ha terminado la co­mida, está a punto de empezar la película.

Al volver a encenderse las luces, el hombre sentado al piano comienza a tocar una melodía. Sentada cerca de él hay una mujer que frisa la treintena, de cabello cla­ro, desdichada por estar volando. Hay un hombre a su izquierda, que sostiene el borde de su vaso contra el la­bio inferior. Está claro que van juntos, una pareja, so­portándose el uno al otro.

La azafata pasa de largo con almohadas y revistas, echando un vistazo a la cabina, a la pantalla de proyec­ción, donde los créditos de la película se superponen a una imagen fija de un campo de golf, luz de primera hora del día. Cerca de la entrada del bar del piano, a poco más de tres metros del piano, hay dos sillones se­parados por un cenicero de pie. En ellos se sienta otra pareja evidente, hombres en este caso. Los dos miran al pianista, disfrutando por adelantado del placer produci­do por cualquier comentario que sugiere su elección de las melodías.

La tercera mujer está sentada al fondo del comparti­mento. Come anacardos que se mete en la boca y acom­paña con un ginger ale. Tiene cuarenta y pocos años, vis­te con indiferencia. Nada más sabemos acerca de ella.

Sin auriculares, claro está, los que se encuentran en el bar del piano no son capaces de oír la banda sono­ra de la película que se proyecta. Luz de primera hora, algo de neblina, superficies bruñidas por la humedad. Al desaparecer el último de los rótulos de los créditos, la banderola que señala un green a lo lejos ondea ligera­mente y aparecen varios hombres, golfistas con toda su parafernalia, por la izquierda de la pantalla.

A tientas, aún sin saber a qué carta quedarse en esos momentos todavía introductorios, el pianista en realidad interpreta una banda sonora característica de una pe­lícula muda. Es algo que divierte a los demás, aunque sus sonrisas y sus gestos no se dirigen a nadie en concre­to, se dejan llevar por la corriente, sin rumbo fijo, como sucede entre los viajeros en los primeros compases del viaje. Sólo la azafata parece molesta por los límites de esa asociación lógica entre música y película. Cierto, la pe­lícula que ven es en efecto una película muda. Pero ella da la impresión de haber vivido con anterioridad esa misma rutina.

Entre el bar del piano y la pantalla, las hileras de asientos parecen estar desiertas, sin que asome una sola cabeza por los altos respaldos mecánicos. Damos por hecho que allí hay personas sentadas, inmóviles, satisfe­chas al observar las imágenes que se proyectan.

La mujer que está cerca del piano comienza a bos­tezar de un modo casi compulsivo, un ataque de algo no muy agudo. Bosteza en los aviones como bostezaba (adolescencia) segundos antes de subirse en una monta­ña rusa o (primera juventud) cuando marcaba el nú­mero de teléfono de su padre. Su acompañante, con una brusquedad estilizada, de naturaleza adecuadamente chaplinesca, alza el pie izquierdo por detrás y le propi­na un leve puntapié en el trasero, acto concebido con tal exquisitez que ella se ríe en pleno bostezo.

Los golfistas siguen caminando en la pantalla, siete u ocho en total, todos ellos blancos, varones, orondos, varios al volante de sus carritos de golf, salvando despa­cio los baches y las acumulaciones de hierba en fila india. Son de mediana edad y visten esa suerte de ropa deportiva más bien llamativa y descarada que suelen gastar los hombres de los barrios residenciales acomo­dados en los fines de semana, prendas de colores tan chillones que podrían servir como perfecta ilustración de la estupidez propia de la segunda infancia.

El pianista añade un elemento de suspense a su se­cuencia sonora. Su rostro, aunque arrugado en torno a los ojos, ha tardado en perder una apariencia de fran­queza atractiva, el emblema objetivo de una competen­cia moral que solemos relacionar con los jóvenes que se dedican a la cerámica o a la investigación submarina.

Superficies húmedas, brisa suave, la neblina que se despeja poco a poco. Los golfistas se apiñan en torno al tee de salida de un hoyo y los integrantes de un impro­visado equipo de tres practican por turnos el swing, contorsionando todo el cuerpo al seguir el vuelo de la bola. La ponen lejos, en plena calle, mientras sus compañeros practican también sus swings, uno de ellos (cárdigan amarillo) se coloca la cabeza del palo en el sobaco y fin­ge apuntar con el palo, brevemente, cual si fuera un arma de fuego, un instante totalmente improvisado y ensombrecido por un entorno de actividad circundante.

El mayor de los homosexuales se inclina sobre el ce­nicero para dar a su acompañante un codazo teatral. El pianista también se ha percatado del gesto casi disimu­lado del golfista del cárdigan amarillo, y responde a él con una serie de acordes graves. Trascendencia, pre­sagios.

Vale la pena reseñar que paisaje y paisanaje se ven desde el particular punto de vista de una lente de largo alcance. Es toda una lección sobre la intimidad de la le­janía. En este contexto, el espacio parece no tanto una experiencia intuitiva cuanto una serie de densidades re­lativas. Interviene en bloques compactos. Lo que comparte la cámara con quienes miran la escena es una apreciación de la astucia óptica. La sensación de ser in­visible. El público como testigo privilegiado.

La música del piano, banda sonora sustitutiva, así como vehículo de comentarios autónomos, comienza a expresar un mayor grado de (maliciosa) aprensión que se funde a pedir de boca con la secuencia de tomas cro­nometradas al milímetro, siendo cada una minimamen­te más breve que la anterior, insinuación de que ese acontecer rutinario está próximo a ceder paso ante una presión imprevista.

La mujer más joven ha logrado contener sus boste­zos. El hombre que tiene al lado se estudia las uñas de la mano derecha. Lo hace con los dedos doblados so­bre la palma y el pulgar extendido. La mujer, sin apartar los ojos de la pantalla, alarga la mano, lo agarra del pul­gar y se lo tuerce hacia atrás. Él levanta la mirada y pone los ojos en blanco. Al poco comienza a emitir un soni­do que él, o quizás los dos, hacen cuando les inquieta la angustia, una decisión crítica, un pavor innombrable, la perspectiva de atender a unos aburridos invitados a una cena, su trabajo, el trabajo de ella. La mujer del fon­do sigue mirando inexpresiva. Es un ronroneo prolon­gado, marcado por el murmullo de la «m».

Los golfistas, en esa apacible mañana de verdor, se concentran en el juego. Juntos de nuevo en una de las calles del campo, parecen posar momentáneamente con la gloria de una corporación ante una bandera lejana. Es ahora cuando eso que sigue oculto y vigilante, esa conciencia especial e implícita en la lente de largo al­cance, ha de manifestarse.

De espaldas a la cámara, un hombre sale de la ma­leza y se planta en primer plano, a un centenar de metros de los golfistas. Cuando se vuelve para hacer una señal a alguien, resulta evidente que sostiene un arma en la mano, un rifle semiautomático. Tras hacer la se­ñal vuelve a acuclillarse. Uno de los golfistas escoge un hierro.

Otro hombre sale de los matorrales y se pone en píe. Desconocemos su situación precisa respecto a los demás. Mira a la cámara. A sus espaldas, el bosque. Vis­te abigarradamente: gorra de béisbol con la visera le­vantada, chaleco desgastado, de cachemira, camisa de trabajo, cinturón cuartelero, pantalones blancos con las perneras por dentro de unas botas altas. Le atraviesan el pecho dos cananas en bandolera. Lleva un Enfield re­cortado.

La lente de largo alcance enfoca a un hombre y una mujer de pie sobre una pequeña colina. Más acordes graves. Acumulación de la fatalidad. A esa distancia pa­recen recortados en el cielo, inmóviles, los dos con sus rifles. Otra mujer, en un plano mucho más corto, se en­cuentra sola en uno de los bunkeres de arena que jalo­nan la calle, descalza, con una camiseta de tirantes y unos pantalones de gamuza. Tiene una pierna doblada y carga todo el peso en la otra, la izquierda. Sostiene un machete apoyado en el hombro derecho.

El pianista se desplaza sobre la banqueta y se enca­rama un poco para ver mejor la pantalla, sin que se le extravíen los dedos del teclado. El primero de los terro­ristas comienza su larga carrera por la calle.

La mayor parte de lo que sucede a continuación ocurre a cámara lenta. Se ve correr uno por uno a los te­rroristas, que salen a campo abierto y avanzan hacia los golfistas. Por su juventud, por su atuendo desaliñado, de vaqueros y cuero, por sus carreras, no dejan de representar una especie de lírico interludio. La anormal velocidad a que se mueven sus cuerpos los hace parecer seres ingrávidos, casi animales que avanzan a duras pe­nas hacia una transición fundamental, la belleza incom­parablemente tosca como resultado de una tensa activi­dad física y detallada con esmero. En el cerro queda una sola figura, el hombre, con las manos en los bolsillos y el arma bajo un brazo.

El primero de los corredores abre fuego al aproxi­marse al grupo. Cae un hombre vestido con un jersey, se le caen de los bolsillos varias pelotas de golf. Los terro­ristas tratan de aislar a sus víctimas de una en una, a lo sumo de dos en dos, han matado a tres hombres casi de inmediato. Los cuerpos caen al suelo a cámara lenta. Hay sangre en las bolsas de los palos de golf, en los za­patos blancos, en los pantalones de cuadros escoceses. Varios hombres tratan de huir a la carrera. Uno enarbola el palo y es alcanzado en la entrepierna por el hombre que dispara el Enfield. Cae en una charca cuya superficie nubla la sangre. La azafata sirve combinados a la pareja de hombres, y un ginger ale a la mujer del fondo.

Hasta ahora ¡a música de película muda no revela el extremo al que llega su verdadera relación con los suce­sos que se despliegan en la pantalla. Al glamour de la violencia revolucionaria, al secreto anhelo que evoca en la más dócil de las almas, el brillante tintineo del piano aporta una ironía demasiado atinada para pasarla por alto. La simple inocencia de la música socava los ci­mientos del terror fotogénico, reduciéndolo a una vacua espiral.

Aquí se nos incita a recordar algo, aunque este acto memorístico podría ser más mítico que subjetivo, un carrete de sueños de Biografía. Flota a través de noso­tros. Pianos de pared en un millar de máquinas de dis­cos. Romance palpitante, comedia desternillante, sus­pense del que nos tiene en vilo. La historia, si así de ingrávida es, se lo suele pasar en grande, según nos en­teramos, en lucha con la carga que lastra el presente.

En el bar del piano ríe el reducido público que se ha congregado, salvo la mujer que bebe ginger ale. A pesar de la fascinación de la cámara por las lozanas risas de esos hombres claramente prescindibles, la escena se vuelve algo confusa debido al melodramático piano. Nos vemos precipitados a una ambigüedad humorística y grotesca, un espectáculo en el que personajes ridículos hacen cosas espantosas a unos idiotas de remate.

No es inconcebible que lo que dé más comicidad a todo esto (para algunos) sea la naturaleza del juego. El golf. Una ronda anal de precauciones escrupulosas y mezquinos pesares. Ver masacrar a unos golfistas, con un trino de arpegios y otros ornamentos, parece provo­car a los del bar del piano, como mínimo, una risa sar­dónica.

Los cuerpos reciben los balazos en la arena o entre la hierba alta que flanquea las calles. Si todo resulta un poco como una de indios y vaqueros, pues tanto mejor. Uno de los golfistas trata de escapar al volante de su ca­rrito, introduciéndose en el bosque. La joven del ma­chete emprende la persecución balanceando los brazos a cámara lenta, con la melena al viento.

El pianista introduce un tema de caza. Su cara de adolescente burlón modula con gran cuidado cada son­risa: una mueca por aquí, un estremecimiento por allá. A fin de cuentas, la violencia es experta y es intensa. Sus compañeros de vuelo ríen cuando el carrito de golf vuelca por una cuesta y la mujer resbala al perseguirlo, alzando despacio el brazo para asestar un machetazo de revés. El hombre trata de huir a gatas. Ella camina con aplomo junto a él, y le clava el arma en la espalda y el cuello. Ahí, la música de caza deja paso a un lamento li­gero. La mujer deja el machete en el cuerpo y vuelve donde están los otros.

El hombre que había permanecido en lo alto del ce­rro echa a caminar ahora hacia el escenario de las re­cientes muertes. Es el lumínico ángel de la liberación, con gorra de visera e impermeable negro, proveniente del sol. Lleva manchas de betún bajo los ojos, y una gruesa capa de pigmento blanco en la frente y las meji­llas. Los otros se plantan en derredor y respiran hondo, conscientemente atentos a nada más que su propia y exaltada fatiga. Él aparta de sí la recortada, tan en para­lelo a su cuerpo como le resulta humanamente posible, con el cañón hacia arriba. Los golfistas están tirados por todas partes. Los vemos de encuadre en encuadre, raja­dos de parte a parte, paquetillos de laca. El cabecilla de los terroristas, el jefe, el mandamás, dispara varias sal­vas al aire, un rito de sangre o una proclama apasiona­da. Buster Keaton, dice el piano.

Y ahora la azafata sirve bebidas a quienes las nece­sitan y todo el mundo paulatinamente se desplaza a dis­tintos puntos del bar del piano, manifiesta la pérdida de interés por la película en su intranquilidad poco menos que sistemática. Así trastornada la configuración, calla el piano, se hace caso omiso de la película, se tiene la impresión de que los sentimientos se han vuelto hacia dentro. Recuerdan que están en un avión: son viajeros.

Sus verdaderas vidas siguen estando allá abajo, e inclu­so ahora mismo vuelven a ensamblarse las piezas, invo­cando esta misma carne del aire, en el correo que espe­ra a que se abra, en los teléfonos que suenan, en el pa­peleo sobre las mesas de las oficinas, en la ocasional pronunciación de un nombre.

miércoles, marzo 21, 2007

"Duelo", de Jean Baudrillard

Introducción


Se tiene la impresión de que una parte del arte actual concurre a un trabajo de disuasión, de duelo de la imagen y de lo imaginario, duelo estético, la mayor parte del tiempo fallido, lo que entraña una melancolía general en la esfera artística, que parece sobrevivir en el reciclaje de su historia y de sus vestigios (aunque ni el arte ni la estética son los únicos que se dirigen a este destino de vida melancólico más allá de sus medios y sus propios fines). Es como si estuviéramos asignados a la retrospectiva infinita de aquello que nos ha precedido. Es verdad en la política, en la historia, en la moral, pero también en el arte, que en esto no tiene ningún privilegio. Todo el movimiento pictórico se ha retirado del futuro y desplazado hacia el pasado. Citación, simulación, reapropiación, el arte actual se ha apropiado de manera más o menos lúdica, o más o menos kitsch, de todas las formas, de las obras del pasado cercano o lejano, incluso del más contemporáneo. Es lo que Russell Connor ha llamado "el rapto del arte moderno". Seguramente este remake, este reciclaje, se vuelven irónicos. Pero esta ironía es la trama usada de un velo, no resulta sino de la desilusión de las cosas: es una ironía fósil. El guiño que consiste en yuxtaponer el desnudo del Desayuno sobre la hierba con el Jugador de cartas de Cézanne no es más que un gag publicitario: el humor, la ironía, la crítica en tromp l’oeil que caracterizan a la publicidad y que sumergen al mundo artístico. Hoy es la ironía del arrepentimiento y el resentimiento de cara a su propia cultura.

Puede ser que el arrepentimiento y el resentimiento constituyan el estadio último de la historia del arte así como, según Nietzsche, constituyen el estadio último de la genealogía de la moral. Es una parodia al mismo tiempo que una palinodia del arte y de la historia del arte, una parodia de la cultura por ella misma en forma de venganza, característica de la desilusión radical. Es como si el arte, como si la historia, hicieran sus propios basureros y buscaran su redención en los detritus.












en Fractal n° 7, 1997






martes, marzo 20, 2007

“Pan”, de Knut Hamsun

Fragmento



Nada importa para estar contento que el viento ruja fuera y la lluvia golpee en los cristales. Cuanto más densa es la cortina de agua y más la agita el huracán, más pueril y pura es, a veces, la alegría que mece al espíritu; y nos aislamos en ella, y quisiéramos guardar, como algo muy íntimo, la dicha de sentir el alma tibia y confortada en medio del desamparo de la Naturaleza. Sin motivo aparente, la risa nos sube entonces a los labios, y por el pensamiento, estimulándole hacia perspectivas de júbilo, pasan luminosas imágenes sugeridas por los menores detalles reales o ilusorios: un cristal claro, un rayo de sol quebrándose en la ventana, un pedacito de cielo azul: no hace falta más. En otras ocasiones, en cambio, los más bulliciosos festines no logran arrancarnos de nuestro éxtasis taciturno, y en pleno baile permanecemos fríos, indiferentes. Esto se debe a que la fuente de nuestras alegrías y de nuestras tristezas está en lo más profundo de cada ser.

Me acuerdo ahora de un día que fui hasta la playa, y sorprendido allí por la lluvia, me refugié bajo el cobertizo donde se guardaban las lanchas, y me puse a tararear, en espera de que terminase el chubasco. De pronto, Esopo irguió la cabeza, y muy poco después oí voces aproximarse. Dos hombres y una muchacha, también en demanda de refugio, entraron con gritos.

—De prisa. ¡Aquí tenemos sitio!

Yo cesé de tararear y me levanté. Uno de los hombres llevaba una camisa floja, arrugada por la lluvia, sobre cuya pechera fulgía un grueso alfiler de diamantes. Este detalle y los finos zapatos que calzaba le daban un imprevisto aspecto de elegancia. Era el señor Mack, el primer comerciante de Sirilund, y lo saludé por haberlo visto varias veces en el establecimiento de donde solía surtirme de pan. Más de una vez me había instado a ir a visitarlo, sin que hubiese deferido aún a su invitación. Al verme, dijo:

—Hombre, llegamos a territorio amigo. Pensábamos ir hasta el molino; pero la lluvia nos obligó a retroceder, ¡Vaya clima! ¿Cuándo tendremos el gusto de verle por Sirilund, señor teniente?

Me presentó el hombrecito de barba negra que lo acompañaba —un médico de los alrededores—, y mientras tanto, la señorita que venía con ellos se alzó a medias el velo y se puso a hablarle en voz baja a Esopo. Casi sin querer observé, por los ojales y los dobleces de su corpiño, que llevaba un traje viejo y teñido. El señor Mack me presentó poco después a ella: era su hija y se llamaba Eduarda. Tras de dirigirme una mirada casi furtiva al través del velo que aún nublaba sus ojos, volvió a dedicarse otra vez al perro, y se puso a leer la inscripción grabada en el collar.

—¿De modo que te llamas Esopo? Díganos quién era Esopo, querido doctor. Yo sólo me acuerdo de que era frigio y de que escribía fábulas.

No cabía duda; tenía ante mí una muchachuela, una niña casi; y mirándola bien pude convencerme de que, a pesar de su estatura, no pasaría de los dieciséis años. Sus facciones eran vivaces, sus ojos llenos de reflejos y sus manos morenas debían ignorar la prisión de los guantes. Al oírla no pude menos de sonreír a la idea suspicaz de que sabía de antemano el nombre de mi perro, y había consultado un diccionario para lucirse cuando llegara la ocasión. El señor Mack inquirió amablemente acerca de mis gustos de cazador, y puso a mi disposición una de sus lanchas, diciéndome que el día que quisiese utilizarla podía hacerlo sin nueva oferta. El doctor no pronunció ni una sola frase, y cuando nos separamos vi que cojeaba ligeramente, aun apoyándose en su bastón. Regresé a casa de humor melancólico, y mientras preparaba la cena volví a tararear la tonada que acudía tenaz a mis labios. Aquel encuentro no había dejado la menor huella interesante en mí, y lo más vivo en el recuerdo era la camisa arrugada del señor Mack y el alfiler de diamantes, al que arrancaba el día lívido luces amarillentas.




lunes, marzo 19, 2007

"Lecciones de los maestros", de George Steiner

Fragmento


Lo más raro de todo son los métodos pedagógicos de Sócrates, sobre los cuales nos informa Platón. Han sido objeto de asombro o de escarnio, de especulación filosófica y política desde Aristófanes. La técnica de preguntas y respuestas, basada en la refutación, no transmite conocimiento en un sentido ordinario, didáctico. Pretende provocar en el que responde un proceso de incertidumbre, una indagación que ahonda hasta convertirse en autoindagación. La enseñanza de Sócrates es una negativa a enseñar, quizá un lejano modelo para Wittgenstein. Podríamos decir que aquel que capta la intención de Sócrates deviene un autodidacta, especialmente en la ética. Pues el propio Sócrates confiesa ignorancia; la sabiduría que le es atribuida por el oráculo de Delfos consiste únicamente en la clara percepción que tiene de su propio desconocimiento.

No obstante, ¿en qué nivel, de lo que Husserl podría llamar intencionalidad hay que tomar esta célebre confesión? Los estudiosos han discutido interminablemente en torno a esta paradoja. Además, en uno o dos momentos —en Menón 98b, en Apología 29— Sócrates hace gala de certidumbre. ¿Hay una fundamental sofistería en la profesión de ignorancia que genera la enseñanza, la transmi sión de sabiduría práctica (la praktische Vernunft de Kant)? La negación del conocimiento puede ser interpretada como sagacidad. La postura socrática, sin embargo, no es de absoluto relativismo, y mucho menos de escepticismo. Se apremia incansablemente a establecer la distinción entre el bien y el mal. Sócrates, a diferencia de ciertos acróbatas de la sofística, se niega a postular lo que sabe perfectamente —eu oida— que está mal. Todo el ideal del equilibrio del alma, eudaimonía, se fundamenta en una convincente intuición de la rectitud moral, de la justicia para con los demás y para con uno mismo. Pero ¿puede enseñarse esto de una manera sistemática, institucional? «¿Dar clase en Harvard? Eso no se puede hacer», opinaba Ezra Pound.

La defensa que hace Platón de los expertos en materia de virtud no es, a mi juicio, socrática. Para Sócrates, la verdadera enseñanza se lleva a la práctica mediante el ejemplo. Es, literalmente, ejemplar. El significado de la vida justa radica en vivirla. De una manera muy difícil de definir, un intercambio dialéctico con Sócrates, una experiencia de él (he aquí un enunciado opaco) pone en escena lo que se examina, es decir la vida. Puede servir de ayuda el Tractatus de Wittgenstein cuando insiste en el significado como «indicador», como «ostensible». Una elucidación moral socrática es un acto de «señalar hacia».

Muchas de las emboscadas que tiende Sócrates a sus oyentes son en realidad refutables y poco profundas. Torcemos el gesto al ver las transcripciones platónicas del asentimiento monosilábico. Sin embargo, no es ésta la cuestión. Aprendemos viendo la demostración de un atleta o la interpretación de un músico. En una ficción ideal es posible un Sócrates mudo, o un Sócrates que exprese lo que quiere decir por medio de la danza, como Zaratustra. Aquí es también pertinente el finale del Tractatus.

En Eutidemo y, más expresamente, en Menón, el Sócrates platónico está próximo a cancelar la función, la realidad de la enseñanza tal como acostumbramos a definirla. «Un hombre no puede indagar acerca de lo que sabe, porque lo sabe, y en ese caso no hay necesidad de indagación; ni tampoco puede indagar acerca de lo que no sabe, ya que no sabe qué es lo que tiene que indagar.» Se sigue que el conocimiento es recuerdo. Como es inmortal, el alma ha aprendido todas las cosas (jrémata) en un estado anterior de su existencia. Como todas las cosas están relacionadas, puede volver a captar los componentes del conocimiento mediante contigüidad y asociación (qué cerca está Sócrates de Freud en algunos momentos). Descubrimiento equivale a recuperación, la «recuperación por uno mismo del conocimiento latente dentro de uno mismo». ¿Hay en este modelo vestigios —en clave irónica— de las doctrinas órficas y pitagóricas?

El maestro socrático es, en una famosa imagen, una comadrona para el espíritu preñado, un despertador que nos saca de la amnesia, de lo que Heidegger denominará «el olvido del Ser». El Maestro provoca visiones que son, en efecto, revisiones y déjá-vu. Pero, en ese caso, ¿cómo es posible el error? Se ha demostrado que la prueba geométrica que Sócrates, con su mayéutica, obtiene del muchacho esclavo en Menón carece de solidez. Lo que prevalece es el tema del insomnio creativo. El maestro zen pega a sus discípulos para mantenerlos despiertos. La gran enseñanza es insomnio, o debiera haberlo sido en el huerto de Getsemaní. Los sonámbulos son los enemigos naturales del profesor. En Menón, Anito, precavido de la táctica subversiva e inquietante de la pedagogía socrática, advierte: «Sé circunspecto». Pero ningún Maestro comprometido puede serlo. Donde hay una marcada disconformidad —el interrogatorio socrático puede entumecer como una «raya venenosa», dice Menón 84— hay también amor. Hölderlin lo expresa perfectamente en su «Sokrates und Alcibiades»:

«Warum huldigest du, heiliger Sokrates,
Diesem Jünglinge stets? kennest du Grössers nicht?
Warum siehet mit Liebe,
Wie auf Götter, dein Aug' auf ihn?»

Wer das Tiefste gedacht, liebt das Lebendigste,
Hohe Jugend versteht, wer in die Welt geblickt,
Und es neigen die Weisen
Oft am Ende zu Schönem sich.


[«¿Por qué, divino Sócrates, rindes homenaje / de continuo a ese joven? ¿No conoces nada más grande? / ¿Por qué, con amor, / lo miran tus ojos como a los dioses?» / / Quien ha pensado en lo más profundo, ama lo más vivo, / quien ha mirado al mundo, tiene por elegido al joven, / y a menudo, al final, los sabios / se inclinan ante lo hermoso.]













2004












domingo, marzo 18, 2007

"Soy mi propio hechizo", de Roberto Bolaño



Se pasean los fantasmas de la Plaza Real por las escaleras de mi casa. Tapado hasta las cejas, inmóvil en la cama, transpirando y repitiendo mentalmente palabras que no quieren decir nada los oigo revolverse, encender y apagar las luces, subir con una morosidad insoportable hacia la azotea. Yo soy la luna, propone alguien. Pero antes fui el pandillero y tuve al árabe en mi mira y apreté el gatillo en el minuto menos propicio. Calles estrechas en el interior del Distrito V, sin posibilidades de salir o de cambiar el destino que planeaba como una chilaba sobre mis pelos grasientos. Palabras que se alejan unas de otras. Juegos urbanos concebidos desde tiempos inmemoriales... "Frankfurt"... "Una muchacha rubia en la ventana más grande de la pensión"... "Ya no puedo hacer nada"... Soy mi propio hechizo. Mis manos palpan un mural en donde alguien, veinte centímetros más alto que yo, permanece en la sombra, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, preparando la muerte y su ulterior transparencia. El lenguaje de los otros es ininteligible para mí. "Cansado después de muchos días sin dormir"... "Una muchacha rubia bajó las escaleras"... "Me llamo Roberto Bolaño"... "Abrí los brazos"...





de Amberes



sábado, marzo 17, 2007

"Santuario", de William Faulkner

Fragmento



Primero por la senda arcillosa y luego por la arena, Popeye condujo velozmente, pero sin dar sensación ni de apresuramiento ni de huida. Temple iba a su lado, con el sombrero encajado en la coronilla; el cabello se le escapaba por debajo del ala arrugada, en bucles apelmazados. Mientras se balanceaba mansamente con el traqueteo del coche, su rostro parecía el de una sonámbula. Cuando al fin se derrumbó contra Popeye en uno de los baches, se limitó a alzar una mano con gesto mecánico. Sin soltar el volante, Popeye la apartó con el codo.

—Enderézate —dijo—, Vamos. Tienes que dominarte.

Antes de llegar al árbol se cruzaron con la mujer. Estaba a un lado del camino, con el borde del vestido doblado sobre la cara del niño; los miró tranquilamente desde debajo de la cofia desteñida, y entró y salió del campo de visión de Temple sin moverse, sin hacer el menor signo.

Cuando llegaron al árbol, Popeye giró el volante y el coche abandonó el camino; luego, aplastando la maleza y la copa del árbol caído, en medio de un continuo ruido de cañas quebradas, similar a una ráfaga de fusilería a lo largo de una trinchera, volvió otra vez a la senda sin disminuir la velocidad en absoluto. El automóvil de Gowan seguía tumbado junto al árbol. Temple lo miró con ojos desprovistos de toda expresión mientras desaparecía a sus espaldas.

Popeye volvió inmediatamente a los surcos arenosos. Pero no era la acción de alguien que huye: la realizó con cierta perversa petulancia, nada más. Tenía un coche muy potente. Incluso sobre la arena iba a cuarenta millas por hora, y siguió a la misma velocidad cañada arriba, hasta llegar a la carretera, donde Popeye tomó la dirección norte. Sentada junto a él, tratando de mantenerse erguida a pesar de unos baches que ya habían dado paso al suave murmullo de la grava, Temple miraba sin expresión hacia adelante, mientras la carretera que había recorrido el día anterior se deslizaba hacia atrás bajo las ruedas como un hilo que se rebobinase, sintiendo todo el tiempo en sus entrañas cómo la sangre rezumaba lentamente. Permanecía inerme en el rincón del asiento, contemplando el continuo retroceso de la tierra —bosques de pinos en espacios abiertos salpicados de cornejos marchitos; juncias; campos verdeantes de algodón recién florecido, tan desprovistos de todo movimiento, tan llenos de paz como si el domingo fuese una propiedad de la atmósfera, de la luz y de la sombra— con las piernas muy juntas, escuchando el rezumar caliente de su sangre y repitiéndose monótonamente a sí misma, Todavía estoy sangrando, todavía estoy sangrando.

Era un día templado y luminoso; una mañana exuberante, con ese increíble resplandor del mes de mayo, repleto de promesas de calor y de mediodías perfectos, con nubes redondas como pellas de nata montada, flotando sin esfuerzo como si no fueran más que imágenes en un espejo, mientras sus sombras se deslizaban serenamente sobre la carretera. Había sido una primavera de color lavanda. Los árboles frutales, los de flores blancas, tenían ya hojas pequeñas cuando se abrieron los capullos; nunca lograron la blancura brillante de la primavera anterior, y también los cornejos habían florecido después de tener hojas, con un retroceso verde antes del crescendo blanco. Pero las lilas, las glicinas y los ciclamores e incluso los árboles del paraíso, siempre tan insignificantes, nunca habían parecido más hermosos ni más refulgentes, con un aroma intensísimo que el aire inquieto de abril y de mayo empujaba hasta una distancia de cien yardas. Las buganvillas de la veranda, a pesar de ser tan grandes como cestos, se sostenían con ingravidez de globos, y, con la mirada vacía en la cuneta que pasaba a toda velocidad, Temple se puso a gritar.

Empezó por un gemido, que fue creciendo en intensidad y se vio repentinamente truncado por la mano de Popeye. Con las suyas sobre el regazo, muy erguida, Temple gritó —el sabor acre de sus dedos en la boca mientras el coche frenaba con un chirrido de neumáticos sobre la grava— sintiendo el rezumar de la sangre en sus entrañas. Luego él la agarró del cogote y ella se quedó inmóvil, la boca redonda y abierta como una diminuta cueva vacía. Popeye la zarandeó.

—Cállate —dijo—, cállate —obligándola a guardar silencio con la presión de los dedos—. Mírate aquí.

Con la otra mano ladeó el espejo del parabrisas, y Temple pudo ver su propia imagen, el sombrero echado hacia atrás, el cabello apelmazado y la boca abierta. Comenzó a buscar en los bolsillos del abrigo sin dejar de mirarse en el espejo. Popeye la soltó, ella sacó la polvera, la abrió y se miró en el espejo, gimiendo un poco. Se empolvó la cara, se pintó los labios y se enderezó el sombrero, gimiendo con los ojos fijos en el espejo diminuto que tenía sobre el regazo mientras Popeye la observaba.

—¿No te avergüenzas de ti misma? —dijo él, encendiendo un cigarrillo.

—Sigo sangrando —gimió ella—. Lo noto.

Con la barra de carmín en la mano, lo miró y abrió la boca de nuevo, Popeye la agarró del cogote.

—Ya está bien. ¿Te vas a callar?

—Sí —gimió ella.

—A ver si es verdad. Vamos. Serénate.

Temple guardó la polvera. Popeye arrancó de nuevo.




XVIII, 1931.