sábado, diciembre 23, 2006

“El libro del desasosiego”, de Fernando Pessoa

Fragmento inicial, 2




He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito, cultivada con un epicureismo sutilizado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.

Reteniendo, de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente, porque reaccionar es haber hecho de ellas que reaccionásemos; y comprobando que ese precepto se ajusta al otro, más antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entretenimiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética, sino también en la expresión de sus modos y resultados, es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad al placer subjetivo de lectura.

Sabemos bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo. Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros, soñándolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una cárcel, en la que él tejía paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos, es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.




29-3-1930


viernes, diciembre 22, 2006

"Las olas", de Virginia Woolf

Fragmento


El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido lo cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías.



1931

jueves, diciembre 21, 2006

"Lo imaginario", de Jean Paul Sartre

Fragmento



Cuando contemplo un dibujo, pongo en esa misma mirada un mundo de intenciones imaginarias de las cuales el dibujo es un producto. Un hombre ha trazado esas líneas con el objetivo de constituir la imagen de un corredor. Pero, sin lugar a dudas, para que esta imagen se parezca, es necesario el concurso de mi conciencia. El dibujante lo sabía y contaba con ello; solicita esta participación mediante trazos negros. No habría que creer que estas líneas se me ofrecen en primer lugar, en la percepción, como líneas puras y simples para constituirse luego, en la actitud figurada, como los elementos de una representación. En la misma representación los trazos ya no son representativos. Hojead un libro de bocetos: no captaréis necesariamente al instante el sentido de cada línea, pero sabréis en cualquier caso que es representativa, que está allí para algo y que esto es su misma razón de existir. En resumen, la cualidad de representar es una propiedad real de las líneas, lo percibo de la misma manera que sus dimensiones o sus formas. Se objetará que esto es un simple conocimiento. El cubo es también un conocimiento: no puedo tener la intuición simultánea de los seis lados. Sin embargo, cuando miro ese trozote madera tallada, es realmente un cubo lo que estoy observando. Toda conciencia de imagen originada a partir de un dibujo está, por tanto, edificada sobre una posición real de existencia, que la precede y la motiva en el terreno de la percepción. Aunque tal vez esa misma conciencia pueda determinar su objeto como no existente o, simplemente, neutralizar la tesis existencial (…) Cuando interpretamos una mancha en el mantel, o un motivo en una tapicería, no planteamos que la mancha o el motivo tengan propiedades representativas determinadas. En realidad esa mancha no representa nada en absoluto; cuando la percibo, la percibo como lo que es, simplemente una mancha. De manera que cuando paso a la actitud imaginera, la base intuitiva de mi imagen no es nada que haya aparecido previamente en la percepción.

Pueden darse dos eventualidades: en la primera, efectuamos con los ojos, sin intención previa, movimientos libres y consideramos los contornos de una mancha cualquiera. Seguimos el orden que más nos place acercando aleatoriamente aquella parte con aquella otra, en una síntesis que nada rechaza ni nada condiciona. Es lo mismo que ocurre cuando, por enfermedad, estamos postrados en la cama inactivos y dejamos a nuestros ojos vagabundear por los motivos de la pared. Puede acontecer entonces que una forma familiar aparezca en un arabesco. Es decir, que gracias a aquellos movimientos se ha engendrado bajo mi mirada una síntesis algo coherente: mis ojos se han abierto un camino y éste permanece trazado sobre la pared. Digo entonces: es un hombre agachado, es un ramo, es un perro. Sobre esta síntesis libremente realizada elaboro una hipótesis: confiero a la forma orientada que acaba de aparecer un valor representativo. Aunque en verdad, a menudo, no espero que esa síntesis esté acabada, sino que, de repente, algo cristaliza en un principio de imagen. ‘Empieza como si fuera un ramo, parece la parte superior de un rostro, etcétera’. El conocimiento se ha incorporado a mis movimientos y los dirige: a partir de ahora sé cómo he de acabar la operación, sé lo que he de encontrar.

Pero también una determinada forma puede destacar por sí misma sobre el fondo, y, por su estructura, provocar movimientos oculares (…) E incluso en este caso la forma no hace más que esbozarse: apenas acaban de aparecer la frente y un ojo que ya sabemos que estamos ante un negro. Acabaremos nosotros mismos realizando la unión entre los datos reales de la percepción (las líneas de los arabescos) y al espontaneidad creadora de nuestros movimientos. Iremos en busca de la nariz, la boca y la barbilla.



1940


miércoles, diciembre 20, 2006

"De poesía y de vida", de Edgar Morin



La poesía no es sólo una variedad de literatura, es también un modo de vida en la participación, el amor, el fervor, la comunión, la exaltación, el rito, la fiesta, la embriaguez, la danza, el canto, que, efectivamente, transfiguran la vida prosaica hecha de tareas prácticas, utilitarias, técnicas. (...) Fernando Pessoa decía que en cada uno de nosotros hay dos seres, el primero, el verdadero, es el de sus ilusiones, de sus sueños, que nace en la infancia y prosigue toda la vida; el segundo, el falso, es el de sus apariencias, sus discursos y sus actos. Podríamos decir de otra forma: en nosotros coexisten dos seres, el del estado prosaico y el del estado poético; esos dos seres constituyen nuestro ser, son sus dos polaridades, necesarias una para la otra: si no hubiera prosa no habría poesía, el estado poético no se manifiesta como tal sino en relación con el estado prosaico. Tenemos necesidad vital de prosa, porque las actividades prosaicas nos hacen sobrevivir. Pero muy a menudo, en el reino animal, las actividades de supervivencia (buscar comida, perseguir la presa, defenderse contra los peligros y los agresores) devoran la vida, es decir el goce. Hoy, en la tierra, los humanos dedican la mayor parte de su vivir a sobrevivir.

Tenemos que actuar para que el estado secundario llegue a primario.Hay que tratar de vivir no sólo para sobrevivir sino también para vivir.Vivir poéticamente es vivir para vivir.





Contribución a Dscntxt de Alberto Moreno.
No se entregaron datos bibliográficos de la procedencia de este texto.

martes, diciembre 19, 2006

"Griego busca Griega", de Friedrich Dürrenmatt

Fragmento





Temía perderte y no conseguí más que empeorar las cosas. Tu amor se hizo ridículo, y cuando en la capilla Eloísa comprendiste la verdad, tu mundo se desplomó y junto con tu mundo también tu amor. Fue bueno que eso sucediera. No debías amarme sin conocer la verdad y sólo el amor es más fuerte que esa verdad que amenazó con destruirnos. El amor de tu ceguera tenía que sucumbir para dar lugar al amor conciente, que es el único que cuenta.




Cloe Saloniki a Arnolph Archilochos


 

lunes, diciembre 18, 2006

"Discurso por el lanzamiento de Descontexto 7", de Roberto Marconi



Bellas Damas, Distinguidos caballeros:

Hemos sido congregados aquí, en este lugar de esparcimiento, con el fin de ser testigos de la salida a la luz de un gran suceso editorial. Es un solemne momento: aparece ahora y se manifiesta ante nuestros propios ojos una pequeña gran publicación. Se trata de la bien señalada revista Descontexto, de memoria sin tacha. Un meritorio logro de un puñado de algunos de nuestros mejores hombres y mujeres, lo cuales, a la manera de los antiguos amanuenses y copistas medioevales han realizado una vez más el sutil arte de la compilación. Una cuidada selección de los mejores textos para leer y compartir.

AAAh, no os extrañeis de mi voz trémula, que es por la natural emoción. Me quiebro, me quiebro, sí, en estos momentos de sólo pensar en el esfuerzo de estos muchachos. Codo a codo, quemadas las pestañas, poniendo el más primoroso esmero, sacan al mundo esta criatura habiendo cuidado hasta el más miserable detalle. Me consta, me consta, y los que me siguen confían en mi palabra, esto que veis ahora es fruto del sudor más copioso que puede manar de una frente. Verdaderas cascadas de transpiración. Sangre, sudor y lágrimas: todos los fluidos que excreta el humano organismo y sus numerosas glándulas han sido depositados en estas páginas. No lo dudeis. No vaciléis, no temáis en llevar a casa este librito. Ponedlo a seguro en vuestros hogares y abridla sin miedo. A seguro os digo, porque aquellos de entre ustedes que tengan niños pequeños deberán ser prudentes. Algunos contenidos de esta revista pueden ser controversiales. Se trata de un material candente, no lo vamos a ocultar.

Pueblo mío, yo os digo: los poderosos de este mundo no quisieron apoyar esta revista, los señores políticos se han desentendido una y otra vez. Hasta cuándo! han mirado de reojo nerviosos para un lado. Y por qué? Por qué? Porque ninguno de ellos mezquinos pusilánimes quiso involucrarse en esta corajuda empresa. En esta revista se encuentra lo que no se halla en ninguna otra, oh no. Se trata de un contenido inquieto y provocador que no repara en el qué dirán ni en los respetos humanos. Ilustres personajes como Nietzsche y Carroll, se unen a las jóvenes lumbreras, nuestros amigos, para decir los que otros no se atreven. Con la frente en alto, con una mano por delante y la otra por detrás, estos pícaros desvergonzados nos hacen morisquetas. Algunas de ellas son graciosas, otras no tanto, otras podrán espantar a las encopetadas señoras, pero lo cierto es que se trata de un mensaje caliente.

Como no evocar en estos momentos a mi padres. Los recuerdos se agolpan en la memoria. Mi madre: morena, garbosa, abnegada, hacendosa: en un palabra, una dama, una dama. Mi padre, espigado, empeñoso, trabajador de las minas de carbón, un fogoso emprendedor. Juntos, embistiendo supieron sacar adelante su numerosa prole. Y no contentos con procrear, nos entregaron una completísima educación. Es por ellos que puedo estar ahora aquí adelante. A ellos dedico este discurso. A ellos pertenece todo el mérito.

Volviendo al tema de la revista, que es el que nos convoca, quiero deciros, idos, idos de aquí con ella bajo sus axilas. Adquirirla y atesoradla, lucidla impúdicos en vuestra bibliotecas y mesitas de centro. Ya veréis como alguien, alguna vez una visita en casa encontrará casualmente la revista y, mirando con sonrisa cómplice os dirá: Ah, así que tu también lees Descontexto?

Os lo repito, llevadla, su precio es elevado pero su valor también lo es. No repareis en su costo y llevaos este tesoro. Graciosas damas, no dudéis acercaros a mí esta noche,



Muchas gracias



Discurso proclamado con extraordinario talento
el viernes 15 de diciembre de 2006, en el Bar El Clandestino,
en Santiago de Chile.








domingo, diciembre 17, 2006

“El cuento del niño malo”, de Mark Twain




Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que éste se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.

Otra cosa peculiar era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una madre piadosa y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que le profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo sería duro y frío con él.

La mayor parte de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen la mamá enferma, y les enseñan a rezar antes de acostarse, y los arrullan para que se duerman con su voz dulce y lastimera; luego les dan el beso de las buenas noches y se arrodillan al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim, y su mamá no estaba enferma, ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo.

Antes por el contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partiera la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a punta de cachetadas, y jamás le daba el beso de las buenas noches; antes bien, al salir de su alcoba le jalaba las orejas.

Este niño malo se robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió la mermelada y llenó el frasco de brea para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido... no se sintió mal, ni oyó una vocecilla susurrarle al oído: “¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No es acaso pecado? ¿Adónde van los niños malos que se engullen la mermelada de su santa madre?”, ni tampoco, ahí solito, se hincó de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni se levantó, con el corazón liviano, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre cuanto había hecho y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; este tipo de cosas les sucede a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: se devoró la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba “de rechupete”; metió la brea, y dijo que ésta también estaría de rechupete, y muerto de la risa pensó que cuando la vieja se levantara y descubriera su artimaña, iba a llorar de la rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque se hizo el que nada sabía, ella le pegó tremendos correazos, y fue él quien lloró.

Una vez se encaramó en un árbol, donde Acorn, el granjero, a robar manzanas, y la rama no se quebró, ni se cayó él, ni se quebró el brazo, ni el enorme perro del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y descendió sano y salvo; se quedó esperando al cachorro, y cuando éste lo atacó, le pegó un ladrillazo. Qué raro... nada así acontece en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres en sacoleva, sombrero de copa y pantalones hasta las rodillas, y de mujeres con vestidos que tienen la cintura debajo de los brazos, y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en la clase de religión.

Una vez le robó el cortaplumas al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se lo metió en la cachucha a George Wilson... el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases de religión de los domingos. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto para pasmo de todos, un juez de paz de peluca blanca, que dijera indignado: “No castigue usted a este noble muchacho... ¡Aquél es el solapado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me vio, yo sí fui testigo del robo”. Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, picara leña, estudiara leyes, le ayudara a su esposa con las labores hogareñas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún entrometido vejete de juez pasó y armó un lío, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra y Jim se regocijó porque, como bien lo saben ustedes, detestaba a los muchachos sanos, y decía que éste era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este muchacho malo y negligente.

Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y otra vez, atrapado en una tormenta cuando pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde este momento hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente cuanto muchacho malo sale a pasear en bote un domingo se ahoga: y a cuantos los atrapa una tempestad cuando pescan los domingos infaliblemente les cae un rayo. Los botes que llevan muchachos malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los muchachos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se escapó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí..., ésa debe ser la razón.

Nada malo le pasaba. Llegó incluso hasta el extremo de darle una tableta de tabaco a un elefante del zoológico, y éste no le dio en la cabeza con la trompa. Esculcó la despensa buscando esencia de hierbabuena, y no se equivoco ni se tomó el ácido muriático. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enojó y le pegó un puñetazo a su hermanita en la sien, y ella no quedó enferma, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del niño. Oh, no; la niña recuperó su salud.

Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y todo destartalado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que le tocó hacer fue presentarse a la comisaría.

Con el paso del tiempo se hizo mayor y se casó, tuvo una familia numerosa; una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a punta de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su pueblo natal, es universalmente respetado y es miembro del Concejo Municipal. Fácil es ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su vida encantadora.




sábado, diciembre 16, 2006

“Como una vieja balada anarquista”, de Roberto Bolaño




A los verdaderos poetas no les importa
que los observen cuando escriben
Cuando hacen hablar a los pájaros del trópico
en sus diarios o en sus epístolas,
recostados a la sombra de un sauce
esperando que pase
alguna camioneta por la carretera
Cartas aparentemente dulces
que los niños leen – lentamente
en un restaurante mientras atardece
y el restaurante es un aerolito detenido
en el centro del crepúsculo
Los verdaderos poetas parecen
extras de viejos films
Los niños fanáticos
de los pueblos perdidos entre montañas y selvas
los reconocen
(los reconocen cuando los ven
bebiendo cerveza en las terrazas)
les dicen tú eres
el que pasó por una calle
donde estaba Robinson hablando con un policía
– diamantes de medio segundo
de duración
pero Infinitos como los amantes adolescentes
y el hidrógeno
Los verdaderos poetas tiernísimos
metiéndose siempre en los cataclismos más atroces
más maravillosos
sin importarles
quemar su inspiración,
sino dándola
sino regalándola
como quien tira piedras y plumas
Oye poeta, le dicen,
enchufa el amanecer
Oye poeta, desconecta los relámpagos
Cualquier cosa que testifique la ausencia de vacío
Y la lluvia cae durante días
y los días nublados permanecen
semanas alrededor de la carretera
¿Oyes esa risa?
Amada mía, ¿escuchas esas pequeñas risas?
dicen los poetas
cuando comprenden que después de los Carros Blindados
la gente empieza
a planear nuevos motines
La Fronda
La Resistencia
La Clandestinidad
Las largas filas de la emigración
Y los poetas apoyados contra un abedul
mientras la nueve cae lentamente
y los niños cubriéndose
con pieles de coyote
(cubriéndose con periódicos
apoyándose unos en otros)
emigran
Emigran. Emigran
Y las montañas interminables de América
son como un poema anónimo
un tótem indescifrable que rueda
(las montañas y los espejismos interminables
de la América en la noche)
son como palabras,
esos gestos en la oscuridad
vaciados igual que un trozo de metal
de toda esperanza y de todo miedo
Sin embargo
el amor dedica a la aventura
estos rostros
y la aventura dedica al amor
estas carreteras aparentemente solitarias.




 En Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (1979)



viernes, diciembre 15, 2006

Hoy Lanzamiento de Revista Descontexto 7


Estimados contertulios:
Revista Descontexto los invita al lanzamiento de su edición número 7 hoy viernes 15 de diciembre a las 19:30 hrs. en el Bar Clandestino, ubicado en Bombero Nuñez #363, Santiago. Descontexto 7 es un número dedicado a políticas incorrectas o antisistémicas, con un total de 188 páginas y un valor de 5 mil pesos. Nosotros invitamos los alcoholes. Los esperamos.


Carlos Almonte, Gonzalo Rojas & Juan Carlos Villavicencio
Descontexto Editores




jueves, diciembre 14, 2006

“Carta abierta a Augusto Pinochet”, de Bernardo Navia




General:

Era yo un niño cuando se hizo del poder político en Chile. Desde entonces viví sabiendo de usted, escuchándolo a usted, viéndolo a usted (las emisoras radiales y la televisión se encargaban siempre de traerlo hasta mi casa); no pudiendo escapar a la presencia casi omnipotente de usted.

General, a mi adolescencia y a parte de mi vida universitaria llegaron siempre perturbadoras nociones, ideas y noticias sobre sus terriblemente famosos métodos de ‘justicia’ y ‘programas’ para imponer ‘orden’ y ‘bienestar’ en un país que quedará en mi memoria para siempre marcado por la sombra de su nombre.

Hace veinte años que vivo fuera de Chile. Por eso que la noticia de su muerte no me llegó ni la sentí de la misma forma que la que podría haber sentido estando allá. En estos veinte años me han sucedido muchas cosas, General. Entre ellas aceptar el hecho de que, tal como se lo menciono más arriba, el Chile de los ’80 y gran parte de los ’90, quedará grabado en mi memoria junto a los fantasmas del terror impuesto por usted. Ese Chile es el que recuerdo siempre. No sé si me entiende usted. Es decir, no sólo se llevó hoy a la eternidad el dolor, el miedo, el olvido, el horror, la tristeza eterna que sembró en el corazón de tantos, no; también se llevó usted las memorias de mi infancia y adolescencia en un Chile castigado y oprimido. El país de hoy, aquel del cual siempre intento estar informado, es un país que no puedo hacer coincidir con el que recuerdo. Cuando digo que se lleva usted me refiero a esa especie de sonrisa burlona que me parece ver se dibuja para siempre en sus labios: se va usted de entre nosotros sin haber sido castigado nunca por esa inimaginable barbarie con la que asoló a ese país de mis memorias. Sí, se lleva usted una sonrisa de burla. Pero si “el que ríe al último ríe mejor”, entonces sepa usted, General, que la historia y las generaciones siguientes reirán al último.

General, nunca me tocó experimentar en carne propia el dolor innombrable de tener a un papá, hermano o hijo ‘desaparecido’. Pero conocí a seres humanos que sí lo vivieron. Por eso hoy, mientras leo las noticias de su muerte, no puedo dejar de mirar a Inti, mi pequeño de dos años que juega con su pelota, tan ajeno y tan lejano a todo esto, ni puedo evitar pensar que, gracias a su muerte, General, se le ha evitado a él conocer a uno menos de tantos hijos de puta.

Sinceramente,


Bernardo E. Navia
Chicago, diciembre 10, 2006



 

miércoles, diciembre 13, 2006

"El idiota", de Fedor Dostoievski

-Fragmento-


Un hombre que es asesinado por unos bandidos de noche, en un bosque, o algo por el estilo, tiene hasta el último momento la esperanza de salvarse. Ha habido casos en que un hombre a quien le han cortado el cuello tiene esperanza todavía, o sale corriendo, o pide que se apiaden de él. Pero en este otro caso, por el contrario, esa última esperanza, que permite que la muerte sea diez veces menos penosa, es eliminada con toda certeza: la sentencia está ahí, y la horrible tortura está en que sabes con certeza que no te escaparás, y no hay en este mundo tortura más grande que ésa. Lleve a un soldado a una batalla, póngale delante de un cañón y dispare, y él seguirá teniendo esperanza; pero si a ese mismo soldado se le lee una sentencia de muerte cierta, se volverá loco o romperá a llorar. ¿Quién dice que la naturaleza humana puede soportar esto sin perder la razón? ¿A qué viene tamaña afrenta, cruel, obscena, innecesaria e inútil?


1868-1869

martes, diciembre 12, 2006

“Stalker, un viaje metafísico”, de Rafael Miret Jorba




Digamos, de entrada, por si alguien no conoce todavía la personalidad de Tarkovski, que se trata de un director de extraordinario rigor y loable obstinación, empeñado en nadar a contracorriente de las modas imperantes, con el consiguiente riesgo que ello supone para la rentabilización y continuación de su obra. Stalker, como anteriormente Solaris, se inscribe en el campo de la ciencia-ficción, denominado en este caso por algunos críticos “conciencia-ficción”, puesto que nada hay más alejado de los infantilismos pirotécnicos de Lucas y Spielberg que la honestidad intelectual y la audacia artística de Tarkovski. Adaptación libre de una novela de los hermanos Boris y Arkadi Strugatski, reputados autores del género fantástico y a la vez guionistas del film, Stalker describe la expedición de un escritor y un científico, acompañados de un guía, a una misteriosa zona donde años atrás cayó un meteorito, y en la que existe una “cámara de los deseos” en la que éstos se materializan con sólo exponerlos. Dicho esquema argumental, de notoria simplicidad, se transforma sin embargo en manos del director en un viaje iniciático que desembocará en un complejo laberinto, en el que lo que en realidad se está explorando es la propia personalidad de los “exploradores” y su aguda crisis existencial.

La denominación de la actividad del protagonista, que a su vez da nombre al film, proviene del verbo inglés “to stalk” (acechar, seguir los pasos). Y será furtivamente, desafiando a las autoridades, y a sus fuerzas de represión, como el “stalker” conducirá a los dos viajeros, conocidos como el Profesor y el Escritor, a la zona prohibida. La finalidad del Profesor no es otra que la de hacer volar la quimérica “cámara” por temor a que un nuevo dictador esquizoide, como los que la historia conoció durante la última guerra mundial, consiga entrar en el recinto y ver realizados sus deseos. La del Escritor, más oculta, es la búsqueda de un “algo” indefinido, que ni él mismo sabe exactamente lo que es, pero que se intuye que puede liberarle del cansancio y del vacío que a duras penas puede ocultar tras la fachada de su triunfo público como profesional de las letras. Ambos, en el fondo, están empeñados en una personal “búsqueda de la verdad”, objetivo al que tanto el científico -por medio de la física- como el literato -por medio del arte- han dedicado su vida.

No es difícil reconocer en la personalidad de los dos hombres, y en la del guía, igualmente angustiado y padre de una niña parapléjica a causa de las radiaciones de la zona, el desasosiego y la tortura interior característicos de los héroes de la literatura rusa y en especial de Dostoievski. La búsqueda de las verdades esenciales, de una fe perdida y de una incierta esperanza tiene, evidentemente, un cariz espiritual y místico, por más que al final del camino no se encuentre el Dios cristiano -aunque la insólita aparición del Escritor “coronado de espinas” resulta una referencia directa a la iconografía religiosa cristiana-, sino el absoluto, algo muy parecido a un misticismo laico. Como era previsible desde un principio, la larga y tortuosa trayectoria de los protagonistas se ve jalonada por el fracaso. La debilidad propia de su falta de fe hace que permanezcan inmóviles, impotentes, ante la “cámara de los deseos”, cuyo umbral no conseguirán atravesar, como no lo conseguían tampoco los burgueses moradores de la calle Providencia en el buñueliano Ángel exterminador.

Como de costumbre también en la mayoría de las road stories, de las que Stalker es una de sus múltiples variantes, la finalidad del viaje no reside tanto en la consecución de una meta, que difícilmente logra alcanzarse, como en el viaje en sí mismo, convertido en una indagación sobre las motivaciones de los participantes en la expedición. Una expedición que en el caso del film que nos ocupa se desarrolla en un entorno de pesadilla kafkiana, tal vez no muy diferente del laberinto de incomprensión y de absurdo que Tarkovski ha tenido que sortear con la Administración soviética, hasta tomar la decisión el pasado año de quedarse a vivir en Europa. En el asfixiante y obsesivo ambiente de La Zona, delimitada por un paisaje de contornos variantes y de cambios atmosféricos imprevistos, los ruidos -chapoteos, puertas chirriantes, trenes, disparos- adquieren una especial preponderancia y ahogan las escasas notas musicales (Se intercalan, inesperadamente, algunos compases casi inaudibles de “La cabalgada de las Walkirias”, el “Bolero” de Ravel y el “Himno a la Alegría”). La calculada sordidez de los parajes, cuyos decorados son obra del propio Tarkovski, añade a la escena resonancias de apocalipsis nuclear. Hundidos en el agua y recubiertos de moho, diversos objetos heterogéneos -monedas, páginas arrancadas de un libro, armas, imágenes religiosas, utensilios domésticos- componen un enigmático museo acuático que guarda en su fondo los restos de una civilización perdida o a punto de desaparecer.

De regreso a casa, el “stalker” se lamenta con su esposa de que “ellos no creen en nada” y le manifiesta su propósito de no volver más a La Zona, ni siquiera con ella, por temor a que el fracaso se repita de nuevo. Por su parte, su esposa, en un inesperado monólogo ante la cámara, confiesa al espectador la frustración de su matrimonio y el escaso carácter de su marido, aunque admita que “siempre es mejor una felicidad amarga que una vida triste y gris”. Ambos, sin embargo, se equivocan en parte por cuanto la esperanza de que carecen los adultos la posee la hija inválida -cuyas apariciones son en color o sepia, al igual que las de la zona mágica, en contraste con el oscuro blanco y negro del resto del film-, y que consigue mover los objetos con la simple fuerza de su mirada. Las secuencias del comienzo y del final del film se repiten de forma simétrica: a la acción de levantarse, vestirse y marcharse del protagonista, se contrapone la de entrar en la habitación, desvestirse y acostarse. Si en las primeras imágenes un vaso se deslizaba sobre una silla, en las últimas, dos vasos se mueven sin que nadie los toque por la superficie de una mesa. Una diferencia fundamental separa sin embargo ambos fenómenos: el primero se debía únicamente a la vibración producida por el paso casual de una locomotora, el segundo, en cambio, es obra de la mirada de la niña. El extraño milagro de la fe.


 

lunes, diciembre 11, 2006

Entrevista a Pinochet, 1979

-Fragmentos-



Pinochet: No, que él concurra al Ministerio de Defensa.
Carvajal: Que concurra al Ministerio de Defensa.
Pinochet: ¿El va a concurrir?
Carvajal: No, se negó (...)
Pinochet: La idea de él, es llevarnos para allá y meternos en un sótano... Así que no, por ningún motivo (ruidos). que vaya al Ministerio de Defensa. Allá llegamos todos. Por ahora, ataque La Moneda. Fuerte.
Carvajal: Sí, se está haciendo.
Pinochet: Patricio, aquí te habla Augusto. Dime, el señor Altamirano y el señor este otro, Enríquez, el otro señor Palestro y todos estos gallos, ¿dónde están metidos? ¿Los han encontrado o están fondeados?
Carvajal: No tengo informaciones de dónde se encuentran.
Pinochet: Es conveniente darle la misión al servicio de inteligencia de las tres instituciones para que los ubiquen y los tomen presos. Estos gallos deben estar fondeados, son verdaderas culebras.
Carvajal: Conforme, conforme... El comandante Badiola está en contacto con La Moneda. Le va a transmitir este último ofrecimiento de rendición. Me acaban de informar que habría intención de parlamentar.
Pinochet: Tiene que ir al Ministerio él con una pequeña cantidad de gente...
Carvajal: Éstos están ofreciendo parlamentar.
Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Rendición incondicional.
Carvajal: Muy bien, conforme. Rendición incondicional en que lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetar la vida, digamos.
Pinochet: La vida y su integridad física y en seguida se le va a despachar para otra parte.
Carvajal: Conforme, o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
Pinochet: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando. (Risas)



Presidente, mi interés se centra en su posición frente al comunismo. Usted es, históricamente, el único que hasta ahora ha logrado derrocar un régimen marxista. Para muchos es usted el antimarxista por excelencia. ¿Ha sido siempre antimarxista? ¿Conoce usted bien el marxismo?
Mi repudio a los marxistas-leninistas es producto de mi conocimiento de su doctrina, con la que tomé mis primeros contactos cuando estuve a cargo de los relegados comunistas en Pisagua en enero y parte de febrero de 1948 y, posteriormente, cuando fui Delegado del Jefe de la Zona de Emergencia en el centro carbonífero de Schwager. Allí nuevamente tuve que ocuparme de los comunistas y sus actividades. Más adelante me adentré en el estudio y el análisis de su doctrina y de sus métodos. En esas lecturas observé con preocupación cómo tiende el marxismo a alterar los principios morales que deben sustentar la sociedad, hasta alcanzar su destrucción a fin de sustituirlos por las consignas ideológicas del comunismo.

Así, por espacio de veinte años me fui interiorizando en esa ideología que no vacilo en calificar de siniestra, hasta convencerme finalmente de que la única forma de enfrentar a tan hipócrita y contaminadora doctrina consiste en la fortaleza espiritual y la firmeza y cohesión de quienes la repudian. Asimismo entendí que no es posible pensar en una lucha anticomunista eficaz cuando se está enmarcado en añejos esquemas democráticos. Siempre respeté y admiré esta concepción política, la democracia, pero, no obstante sus bondades, si no media una debida adecuación, es absolutamente incapaz de enfrentar al comunismo. Mucho menos puede detener la acción de una doctrina totalitaria porque, paradójicamente, es en la propia democracia tradicional donde se encuentran las mayores facilidades para destruirla.

¿Vio usted en consecuencia, en el triunfo de la Unidad Popular el comienzo del fin de la antigua democracia chilena?
Con enorme inquietud recibí el triunfo del candidato de la equivocadamente llamada Unidad Popular, y con creciente angustia presencié cómo en Chile se deterioraba su consistencia social, moral, económica y política. Sin embargo, este proceso no se inició en el gobierno de la Unidad Popular, porque desde tiempo atrás la demagogia venía arrastrando al país hacia su destrucción. En su etapa final, dio la primera mayoría relativa en las urnas a un hombre que reconocía ser marxista-leninista y que, dos meses después, sectores mayoritarios del Congreso designaban Presidente de Chile. Fue un espectáculo muy desconcertante el que dimos al mundo: un país tradicionalmente democrático entregó su libertad a un sector totalitario. No se impuso éste por la fuerza de las armas, como ha sucedido en todos los países en donde gobierna el comunismo, sino que fue entregado por una corriente de la propia democracia.

¿Pero el habría sido elegido de todas maneras, tarde o temprano, un gobierno marxista?
La demagogia habría continuado abriendo el camino al comunismo y señalándolo como la panacea para Chile. Tal política habría continuado socavando los cimientos mismos de la institucionalidad, hasta hacer posible más adelante el triunfo, tal vez definitivo, del comunismo. Porque, según los comunistas, el tiempo trabaja para ellos.

Tengamos, pues, la certeza de que los comunistas hubieran seguido tratando de imponerse, quizás en mejores condiciones, y hasta conseguir un éxito más decisivo.

Dios hace siempre las cosas para bien, y el caso de Chile así lo prueba. Al repasar hoy los hechos con la perspectiva del tiempo transcurrido [1979], llegamos a la conclusión de que todo lo sucedido en esos años fue para mejor.

¿Cree usted que todos aprendieron la lección?
Al recordar esos días de angustia, en que uno se sentía impotente a pesar de querer a toda costa evitar el caos que se veía venir, considero que esas penurias son hoy nuestro mejor aliciente para afrontar con energía y hasta dureza a todos aquellos que, creyendo que el peligro pasó, quieren volver al inaceptable juego político que arrastró al país hacia el abismo. Son los mismos que ya nos llevaron a la noche negra del marxismo. Son los mismos que, para satisfacer sus ambiciones, cultivaron un proselitismo demagógico que hoy quisieran reeditar mediante el regreso al antiguo sistema democrático. A ellos los repudia Chile entero porque sabe que son los más grandes responsables de las desgracias que sufrimos.

¿Incluso lo sucedido el 11 de septiembre de 1973?
Chile debió reaccionar ante su creciente degradación política para evitar tener que llegar a un Once de Septiembre. Pero a esas alturas no había otra forma para salir de la tiranía sin retorno a que nos llevaba el Gobierno de la Unidad Popular.

Repito que el drama se había iniciado mucho antes del 4 de septiembre de 1970. Comenzó cuando en el escenario político la autoridad transaba y cedía para no enajenarse el posible apoyo de un adversario interesado. Fue por ello que se aceptaron los peores actos de indisciplina, el robo, las ocupaciones ilegales de la propiedad rural o urbana; aceptaron la injuria y el libertinaje de una prensa aviesa y corrompida, porque sólo se pensaba en triunfar en las urnas sin importar el precio de degradación social que se pagaba.

El 4 de septiembre de 1970 los partidos triunfantes encontraron el terreno bien abonado. Los nuevos conductores de la Nación sólo necesitaban continuar la labor de destrucción para contribuir a hacer de Chile un nuevo “Paraíso Comunista”.

¿Dónde estaba usted ese 4 de septiembre?
En Iquique. Cuando en la noche del 4 de septiembre de 1970 escuchamos en el Cuartel General de la VI División de Ejército las noticias del triunfo del candidato de la Unidad Popular, nos sentimos abrumados. Quienes concordábamos en que en esa elección la disyuntiva era la libertad o el totalitarismo comunista, temimos que nuestra Patria terminara por ser destruida y subyugada. Recuerdo que esa noche reuní a mis oficiales y les expresé: “Chile entra a un período que no deseo calificar, pero quien conozca a los marxistas-leninistas comprenderá por qué siento horror al pensar en los sucesos que ocurrirán a muy breve plazo. Esta crisis no tiene salida. Sin embargo, aún espero que los partidos políticos no acepten este azote para el país. Y en cuanto a lo que a mí respecta, creo que ha llegado el fin de mi carrera, pues el Sr. Allende tuvo hace unos años una dificultad conmigo en Pisagua y debe conocer mi actuación con los comunistas en Iquique. Creo que el problema de Chile se agravará día a día, para llegar, finalmente, a manos del Ejército, cuando todo esté destruido...”

Pero no había llegado el fin de su carrera. Parece que Allende no se desquitó...
En efecto, mi destino no se encauzó como yo lo pensé ese día. Al parecer Allende me confundió, como sucedió otras veces, con el General Manuel Pinochet, y yo, recordando las tácticas que ellos emplean, me mantuve en silencio y actué con cautela.

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domingo, diciembre 10, 2006

"La irrupción de la literatura norteamericana", de Ricardo Gullón




La irrupción de la literatura norteamericana cuenta entre los fenómenos definitorios del período comprendido entre 1900 y 1950. Antes de 1900 se registraron casos aislados de penetración norteamericana en el ámbito literario, pero tales ejemplos (El último mohicano, Poe, La letra escarlata, Mark Twain) son excepcionales y contrastan con la ignorancia padecida respecto a los demás escritores de aquel país. Un novelista tan grande como Melville sólo en recientes décadas logró vigencia universal. La situación fue cambiando por sus pasos contados a lo largo del siglo actual, de suerte que hacia 1925 la novelística y el teatro americanos atrajeron en bloque la atención de las minorías influyentes, y en ocasiones determinaron la formación de lo que pudiéramos llamar el gusto de la época. En los años veinte son traducidos y muy leídos en múltiples lenguas los escritores “realistas”, equipo de novelistas que, con todas las reservas derivadas de situaciones no sólo distintas, sino opuestas, es algo así como nuestra generación del 98. Esta semejanza la observó ya Maurice E. Coidreau. Los españoles en el desastre y los americanos bajo la prosperidad, advirtieron los gérmenes de corrupción existentes en sus sociedades respectivas y para ponerla al descubierto denunciaron los factores de descomposición. En Hawthorne y en Melville, el gran tema, el tema del pecado era estudiado sin apenas tener en cuenta las circunstancias exteriores -las luego llamadas condiciones sociales-, siquiera no pudieran menos de manifestarse e influir en los acontecimientos. En los insustanciales apologistas que les sucedieron se desvaneció el interés por la realidad de la vida americana: su versión de la comunidad patria era exaltadora y acrítica; vivían en el mejor de los limbos, tan despegados como posible de las contingencias cotidianas. Y justamente al comienzo del nuevo siglo, en 1900, aparece Theodor Dreiser, cuyo talento habría de culminar en 1926 con Una tragedia americana. Dreiser se niega a seguir viviendo los lugares comunes amables y fáciles, rechaza el optimismo convencional de los apologistas y se instala en la realidad, observándola de cerca y llevándola a sus libros sin ceder al impulso embellecedor. Dreiser es el padre de un movimiento en donde pueden ser incluidos, sin forzar las cosas, novelistas de tan dispar talento como Sherwood Anderson, John Dos Passos, Sinclair Lewis, James Farrell y Edith Wharton.

Esta generación de “realistas” se lanzó vigorosamente sobre las letras europeas, infiltrando en ellas pasión de verdad y sustancia de problemas sociales. Sus novelas pretenden superar la problemática tradicional. No resulta sencillo sintetizar en una frase la aportación de la literatura norteamericana; gracias a ella -diré- nos sentimos en contacto más directo con las cosas tal cual son, en su sencillez y en su complicación con las fuerzas de la naturaleza y los problemas de la vida. Esta literatura, originada en buena parte por el sentimiento de protesta, es predominantemente espiritualista. Aun en los casos de naturalismo más crudo conserva fe en los valores espirituales. Stephen Spender, en su perspicaz examen de la situación del escritor americano, señala que a éste no sólo le sublevan las injusticias, sino también la vulgaridad, la comercialización, la propaganda, el materialismo. El realismo de Dreiser y Lewis está sustentado, paradójicamente, por un espiritualismo trascendente, que, oculto en hondas capas de la vida americana, constituye parte auténtica de su ser. En Ernest Hemingway, representante de la “generación perdida”, y en Scott Fitzgerald, cuya figura está siendo revalorizada, tras años de olvido, ese idealismo resplandece en la invención de personajes tan “románticos” como el Robert Jordan de Por quién doblan las campanas y El gran Gatsby, de la novela así titulada. La conjunción de observación realista e idealismo infunde en la literatura del periodo un aroma inconfundible, y, cuando el equilibrio se consigue, da lugar a obras de calidad. La penetración de la literatura norteamericana fue facilitada por esa fuerza de choque: la novela realista, de Dreiser a Dos Passos. A través de la brecha pasaron otras creaciones y ahora el público universal empieza a percatarse de la variedad y anchura del continente descubierto; de O'Neill a Henry James, de Robert Frost a William Faulkner, de Santayana a Joseph Warren Beach, esta literatura emerge lentamente y no siempre (como parecía lógico) son las cimas lo primero que se ve. La tentativa de sintetizar, de fijar tanta riqueza en cuatro o cinco características, carece de sentido. Cabe señalar la corriente rebelde y no conformista de Dreiser y sus continuadores; mas junto a ella hallamos constante y densa la conservadora y tradicionalista, fuertemente impregnada de religiosidad, cuyo portavoz más ilustre es hoy el britanizado T. S. Eliot.

En cuanto a la novela norteamericana, considerada en bloque, no parece prudente señalar notas distintivas; difícil sería que unas y las mismas convinieran a Henry James, William Faulkner y Hermann Melville. Imposible englobar genios tan disímiles en un esquema coincidente. Ateniéndonos a los realistas podrían apuntarse tres o cuatro rasgos comunes: la violencia, el pesimismo, la rebeldía y el enfoque directo. Y también éste, visible en Melville y Faulkner: la obsesión de lo trágico. Entiéndase que la rebeldía unas veces tiene carácter social y otra significación metafísica.

Las aportaciones técnicas de los narradores americanos lograron singular fortuna entre sus colegas europeos. Sin entrar en detalles, recordaré las principales: la técnica de intrigas enlazadas o relatos superpuestos; la incorporación al relato de sucesos reales (las “actualidades” de Dos Passos); el pluralismo de escenas con frecuente cambio de perspectiva; la elusión de acontecimientos importantes (llevada en Faulkner a un punto extremo de virtuosismo y eficacia); la penetración en el tiempo de modo opuesto a su curso normal: del presente se retorna al pasado por sucesivas calicatas (en Luz de agosto o en Estruendo y furor las últimas páginas dan la clave de los hechos y aclaran el enigma; en Muerte de un viajante, de Arthur Miller, este procedimiento llevado al teatro resultó muy útil, como en Europa probara Priestley); el narrador incluido en el relato, observador que va interesándose poco a poco en la acción (excelente ejemplo El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald); el cambio brusco de voz recitante; la objetividad en la observación y la narración: el novelista se obliga a eliminarse del relato, a no inmiscuirse en los personajes ni a pretender conocerlos desde dentro.

Algunos de estos procedimientos tienden a producir oscuridad. En Faulkner la tendencia es indiscutible. ¿Por qué esa oscuridad? Un crítico francés, la profesora Claude-Edmonde Magny, autora de un excelente libro sobre la novela norteamericana, en el que estudia varias de las novedades técnicas enumeradas, considera que la oscuridad es medio para forzar la atención del lector, para obligarle a concentrarse en la lectura y -como resultado de esa concentración- retener lo leído. La explicación es plausible, pero tal vez insuficiente. Esta oscuridad es tanto querida como impuesta por el deseo de reflejar las cosas según son y según las vemos: la sociedad en su incoherencia y las acciones humanas en su ambigüedad. Los grandes escritores norteamericanos llevan como sombra o doble del esteta al moralista. Evidente en Eliot no es menor verdad en James, que encontró en el gran mundo elementos para ordenar una penetrante visión de las pasiones, o en Fitzgerald, que en Tierna es la noche expone su propio caso como paradigma del fracaso y el desencanto.

Refinados como Pound o elementales como Steinbeck, la intención moralizante les acompaña. Dejando a las acciones del hombre su propio carácter de fatalidad, estos escritores suscitaron de nuevo la presencia de un destino, de una predestinación contra la cual es inútil luchar. ¿Podrá Joe Cristmas, en Luz de agosto combatir la malévola y acaso ni siquiera cierta suposición de que por sus venas corre sangre negra? Y en ese gran fresco, de poderoso aliento trágico, pintado por Eugenio O'Neill en Mourning Becomes Electra ¿son Lavinia y Orin libres de sus determinaciones o simples instrumentos de poderosas furias, de pasiones que los destruyen?

Este retorno a la tragedia griega, observado hace años por Malraux a propósito de Santuario, es indicio de la ambiciosa solidez con que están estructuradas las grandes obras norteamericanas del período. Y creo advertir otra nota común a buena parte de ellas: la ambigüedad. ¿Tiene Cristmas sangre negra? ¿No parte todo de un estúpido error? La ambición sitúa la historia en su natural dimensión: la incertidumbre. El escritor se acerca a sus materiales en actitud predatoria: al asimilárselos impone una forma, pero lucha por conservar dentro de ella el verdadero sentido de lo observado y su vitalidad, pues por tenerla se abren a interpretaciones que no deben ser forzadas ni siquiera sugeridas. Los actos humanos son ambiguos, susceptibles de ser entendidos de diversas maneras y con frecuencia cabrá controvertir acerca de su significación. Si esto es así el hombre debe de ser visto como lo observan estos escritores, en su radical fluidez, en su nativa indiscriminación, en su cambiante máscara. La pretensión de definir el ser del personaje se reduce al deseo de aprehenderlo desde diferentes perspectivas para dar de él una imagen polivalente.

Robert Penn Warren ha señalado en las novelas de Faulkner: “un tipo de organización en el cual el principio fundamental es más bien lo temático que lo narrativo”, y quizá esta observación es aplicable a gran parte de la novela norteamericana. La gran trilogía U. S. A. de John Dos Passos y, en escala más reducida, el Manhattan Transfer del mismo autor, se concentra ejemplarmente en lo temático (la vida de los Estados Unidos o la de Nueva York) y para lograr esa concentración descoyunta el relato y sacrifica su continuidad, quebrándola en una sucesión de piezas concurrentes a establecer la total significación del tema. Coincide esta tendencia con la paralelamente apuntada en Europa por obras en que el examen de lo colectivo se antepone a la disección del héroe.

No puedo abordar ahora el problema de las interinfluencias entre la literatura norteamericana y la europea. En muchos casos resultaría imposible desenredar la intrincada madeja: son partes de una instancia común, superior a ambas, y Henry James y T. S. Eliot, entre otros, han mostrado espíritu y fervor de europeos sin dejar de ser y sentir como americanos. Estos dos insignes ejemplos, no son sino extremos de la corriente unificadora, que responde a una comunidad de ideales y de sensibilidad (quiero decir, entre escritores); hay en la literatura americana una nostalgia de Europa a la que debemos las mejores obras de James, de Hemingway, de Scott Fitzgerald. En los magníficos estudios de las reacciones del americano ante Europa trazados por el genio jamesiano (Retrato de una dama y Los embajadores) los europeos han podido reconocerse como tema y pudieron también aprender algo sobre su propio ser.

No estoy seguro de que apurando las cosas sea posible llegar a una discriminación válida de lo americano en literatura. Cualquier estudio serio habrá de fundarse en el examen de los poetas y escritores considerados aisladamente. Como se ha dicho mil veces, las agrupaciones y clasificaciones practicadas en letras y artes para facilitar la comprensión de los fenómenos no son sino simples simplificaciones provisionales que es preciso superar. El genio es irreductible, y el genio es lo que importa. Cuando hablo de irrupción de la literatura norteamericana no estoy sugiriendo la idea de invasiones masivas en dirección determinada. No, no. Son muchos talentos diversos de quienes, considerados en bloque, sólo podría decirse lo antes apuntado: que sus obras están cerca de la vida y comunican directas impresiones de ella. Esa diversidad explica su fuerza, la extensión de la corriente. Distintas expresiones del mundo hallaron otras tantas técnicas que, como indica Mark Schorer, no son valiosas por sí, pero por su adecuación al asunto: la sencillez y tersura del estilo, en Hemingway, podía ser tan útil, según el crítico citado, como “el intrincado barroquismo de la prosa faulkneriana”. “Las revoluciones del estilo de Faulkner -añade- son la perfecta equivalencia de sus complicadas estructuras y las dos juntas representan perfectamente los laberintos morales que él explora”. Y James, O'Neill, Ezra Pound, tienen el mismo sentido de su responsabilidad como artistas de la profunda adecuación que debe existir entre la significación expresada y el estilo que la expresa.

En la literatura norteamericana alienta el impulso hacia lo fantástico y a través de tupidas alegorías y simbolismos complicados renace una y otra vez, desde Poe a Melville a James (para sólo mencionar las cumbres). Realismo idealista y fantasías realistas: tendencias no antagónicas, más bien complementarias, encarnadas en invenciones inolvidables. Paisajes de la imaginación junto a tierras reales: Nueva Inglaterra, el secreto y profundo Sur, California, los campos de égloga cantados por Robert Frost, los grandes ríos, las montañas, las islas lejanas... Y los hombres: Babbits, negros, the poor white de Anderson y Caldwell, bostonianos, financieros, azotacalles, los políticos de Robert Penn Warren, intelectuales, religiosos...

Sí; por su anchura y su profundidad este mundo pide exploración minuciosa. Es con toda verdad un nuevo mundo y en él encontramos tanta riqueza que simplificarlo es traicionarlo. Evoquémosle en su complejidad, en su diversidad, en sus oposiciones, zonas de sombra y espacios iluminados. Hay en él algo fascinador, enigmas atrayentes y realidades apasionantes, una visión trágica y una valoración justa de las cosas. Por los mares de ese mundo deambula la incapturable Moby Dick, símbolo de misterios inaccesibles. Y acaso sea esta imagen la que con más relieve destaca cuando en visión caleidoscópica rememoramos las impresiones surgidas al contacto con ese espléndido testimonio del espíritu humano que nos brinda la literatura norteamericana.



sábado, diciembre 09, 2006

"La sociedad del espectáculo: I. La separación consumada", de Guy Debord

Fragmentos



1
Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.

2
Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente.

3
El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada.

6
El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y su consumo corolario. Forma y contenido del espectáculo son de modo idéntico la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la presencia permanente de esta justificación, como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna.

10
El concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de esta apariencia organizada socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible.

13
El carácter fundamentalmente tautológico del espectáculo se deriva del simple hecho de que sus medios son a la vez sus fines. Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie del mundo y se baña indefinidamente en su propia gloria.

18
Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, y el más mistificable, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual. Pero el espectáculo no se identifica con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es lo que escapa a la actividad de los hombres, a la reconsideración y la corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye.

19
El espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento. No realiza la filosofía, filosofiza la realidad. Es vida concreta de todos lo que se ha degradado en universo especulativo.

20
La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero alberga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre.

21
A medida que la necesidad es soñada socialmente el sueño se hace necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño.

24
El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia. La apariencia fetichista de pura objetividad en las relaciones espectaculares esconde su índole de relación entre hombres y entre clases: una segunda naturaleza parece dominar nuestro entorno con sus leyes fatales. (...)

25
La separación es el alfa y el omega del espectáculo. La institucionalización de la división social del trabajo, la formación de las clases, había cimentado una primera contemplación sagrada, el orden mítico en que todo poder se envuelve desde el origen. Lo sagrado ha justificado el ordenamiento cósmico y ontológico que correspondía a los intereses de los amos, ha explicado y embellecido lo que la sociedad no podía hacer. Todo poder separado ha sido por tanto espectacular, pero la adhesión de todos a semejante imagen inmóvil no significaba más que la común aceptación de una prolongación imaginaria para la pobreza de la actividad social real, todavía ampliamente experimentada como una condición unitaria. El espectáculo moderno expresa, por el contrario, lo que la sociedad puede hacer, pero en esta expresión lo permitido se opone absolutamente a lo posible. El espectáculo es la conservación de la inconsciencia en medio del cambio práctico de las condiciones de existencia. (...)

29
El origen del espectáculo es la pérdida de unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y la abstracción general del conjunto de la producción se traducen perfectamente en el espectáculo, cuyo modo de ser concreto es justamente la abstracción. En el espectáculo una parte del mundo se representa ante el mundo y le es superior. El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que liga a los espectadores no es sino un vínculo irreversible con el mismo centro que sostiene su separación. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.

32
El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma sólo puede ser la alienación que precisamente encerraba su núcleo inicial.

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El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen.








Extractos de la primera parte de La sociedad del espectáculo, 1967.








viernes, diciembre 08, 2006

“Medio Levante”, de Sergio Badilla




Nos atábamos las manos para no darnos más golpes en la cara
había necesidad de destrucción como en toda guerra
sentimientos bajos de quien mata primero
lo miré de soslayo para no verle el rostro en sangre
allá afuera en el subterráneo del cosmos
una melodía me recordó a Chopin
tal vez el Concerto #3 para piano de Rachmaninoff
o sólo la presión arterial trepada en mis oídos o el linaje
chorreando de mis labios
con los que había dicho te quiero a esa mujer en la cantina
muy curtido, curtido como sarraceno
allí se rompió la tregua con unas bombas racimo
con ese traje de centurión romano de Ermenegildo Zegna
en el ágora de La Matriz
bien en marcha cabalgamos de vergüenza
hacia la oscuridad del muelle frente al malecón
cuando cayó otro obús en la residencia de los viejos santos
y salieron gritando los de la otra tribu
sionistas y siouxs
como si Gaza no fuera suficiente para sentirse enfermo
desvistiendo a sus transferidos tal fueran escombros de combate.
No entiendo qué fugaz virulencia me dejó medio muerto
o a medio morir saltando
pero fue beneficiosa esa noche
si bien nos dimos de golpes para esperar la madrugada.




jueves, diciembre 07, 2006

"Cuadros de viaje", de Heinrich Heine

Fragmento



La vida y el mundo son el sueño de un dios ebrio, que escapa silencioso del banquete divino y se va a dormir a una estrella solitaria, ignorando que crea cuanto sueña... Y las imágenes de ese sueño se presentan, ahora con una abigarrada extravagancia, ahora armoniosas y razonables... La Ilíada, Platón, la batalla de Maratón, la Venus de Médicis, el Munster de Estrasburgo, la Revolución Francesa, Hegel, los barcos de vapor, son pensamientos desprendidos de ese largo sueño. Pero un día el dios despertará frotándose los ojos adormilados, sonreirá, y nuestro mundo se hundirá en la nada sin haber existido jamás.



1826-1831










miércoles, diciembre 06, 2006

“El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga



 Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, aunque a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril-, vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más expansivo e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había concluido, no obstante, por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente, todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra. Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé- le dijo a Jordán en la puerta de calle-. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, volvió en sí. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora temblando. Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor.

- Pst... - se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera -. Es un caso inexplicable.. Poco hay que hacer...
- ¡Sólo eso me faltaba! - resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento.

Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañado el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.





martes, diciembre 05, 2006

lunes, diciembre 04, 2006

"El viaje", de Madame Blavatsky




C
uando nací todos quedaron asombrados porque mis ojos no miraban hacia afuera sino hacia adentro. Pero fue mi bautizo, el presagio de lo que más tarde ocurriría. De pronto, la llama de uno de los cirios incendió por completo el lugar. El fuego y el pánico se propagaron tan rápido que menos de la mitad de los presentes logró escapar con vida. Creo que fue desde ese momento que la gente comenzó a murmurar cosas extrañas sobre mí.

Sonámbula desde niña. Vagué por las habitaciones de la oscura casa, conversando con las ánimas de mis familiares ya muertos. Mis padres y mis hermanos muchas veces fueron testigo de esto, pero lo callaron para protegerme. A los diecisiete años dejé los estudios. Siempre supe que carecía de cualquier tipo de gracia o encanto. Quizás ese fue el motivo por el cual me casé con un viejo militar de casi ochenta años. Pero el enlace no duró mucho, al poco tiempo lo abandoné, detestaba su olor, su piel contorsionada y el espanto que le provocaba cuando notaba que mis ojos observaban mirando hacia adentro. Ya libre y con dinero suficiente, comencé un singular itinerario de viajes a través del Estigia, el río con las aguas más oscuras y cansadas de todo el planeta. En la Región del Tártaro conocí a un mago musulmán que me enseñó a dilucidar entre el mundo real y el reino de los muertos. Pude atravesar sin dificultad ambos territorios y fue mío el conocimiento de otros mundos superiores y el hallazgo de la sabiduría más hermética. A cambio, tuve que eliminar de mi mente el espejismo de mi propio yo y engañar a los tres jueces inmaculados para no beber el agua que me haría perder toda la memoria.

A mi regreso se produjo otro acontecimiento. Una noche, mientras paseaba a orillas del lago Lhéete, me vi rodeada de príncipes ataviados con curiosos ropajes. Entre ellos reconocí de inmediato, al Gran Sabio, a quien tantas veces había llamado. Estuvimos conversando durante varias horas. Antes de marcharse me acarició con su cabeza derecha, encomendándome una misión que no puedo revelarles. Luego vinieron más mensajes sobre la secreta doctrina, y la creación de un gobierno invisible. Completamente fascinada veía como distintas personas llegaban a mi casa para adherirse a esta nueva ciencia. Deseaba tanto no defraudarlos, pero el gran misterio no podía ser entregado a cualquiera. Entre cientos de candidatos, apenas dos no fracasaron en su intento y solo uno fue bañado por entero. Iniciarse en este camino demanda rigor e inteligencia. Muchos de quienes se lo propusieron debieron haber meditado antes de someter su voluntad.

Con el tiempo mis habilidades fueron aumentando, pudiendo incluso prescindir de todo mi cuerpo. Esta cualidad me permitió trasladarme hasta las regiones más herméticas. Ahí descifré lo indescifrable, empleando un conjunto de textos que he encontré en las puertas de un templo subterráneo. En estos se narra la horrible historia de la humanidad, en una sola palabra. Una palabra prohibida e impronunciable. Esta palabra se contrae constantemente para no ser oída ni tocada. Pero él me ha premiado con la posibilidad de transmitirles en nuestro lenguaje su significado:

"Al inicio el hombre original y su terror subsistían sólo como una diminuta esfera de luz a la espera de transformarse en carne y miedo. Fueron seis las razas en el ciclo de la evolución humana, seis sus fuegos y seis sus angustias. La primera raza era solo una sombra de luz sobre el plano ardiente de la tierra. Las otras pasaron de células transparentes y volátiles hasta llegar a convertirse en seres sin forma, que eligieron la tierra imperecedera para desarrollarse. Esa que los falsos textos nombran como Edén, se convirtió así en el continente de la penúltima raza: El hombre condenado por el conocimiento. El hombre condenado por Dios. O sea, el hombre maligno”.

Todavía queda tiempo para que la sexta raza se asome entre nosotros. Cuando eso ocurra ya todos ustedes se habrán extinguido. Mientras tanto yo me quedaré aquí, dormida a los pies del único filósofo verdadero. A la espera, a la infinita, pero paciente espera.



 

domingo, diciembre 03, 2006

"Espantapájaros", de Oliverio Girondo



8


Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de forunculosis animica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo - me pregunto - todas estas personalidades inconfesabIes, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues mís profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.











1932








sábado, diciembre 02, 2006

"Las creaciones de los enfermos mentales", de Hans Prinzhorn

Extracto



Nos encontramos frente a este hecho sorprendente: el parentesco entre el sentimiento del mundo esquizofrénico y el que se manifiesta en el arte contemporáneo no puede sino ser evocado en los mismos términos. Esta comprobación nos obliga sin embargo a mostrar de inmediato las diferencias, lo cual no es difícil. Para el esquizofrénico, se trata de una experiencia semejante a un destino. El mundo sensible se le torna extraño y sufre la ruptura como un destino cruel, ineludible, contra el cual lucha, a menudo mucho tiempo antes de resignarse y sentirse poco a poco como en su casa, en este mundo autista enriquecido por el delirio. En el artista contemporáneo, en el mejor de los casos, el alejamiento de la realidad también se ha realizado bajo el peso de una experiencia; pero, a pesar de todo, este alejamiento surge más o menos de un juicio y una resolución. Es el resultado de la dolorosa toma de conciencia de un ser cuyas relaciones tradicionales con el mundo se han vuelto insoportables. (...)

No queremos vincularnos más a la desintegración del sentimiento del mundo tradicional a partir de la cual se ha desarrollado esa actitud excéntrica, de manera a menudo grandiosa, pero más a menudo aún bajo la forma de una convulsión colectiva. En todo caso este fenómeno no es exclusivo del expresionismo, como, todavía hoy, ciertas personas cortas de vista se empeñan en seguir creyendo. El expresionismo es, al contrario, la traducción de esa desintegración y un intento de sacarle provecho. Si obviamos la confusión de manifiestos y tratamos de tomar la idea que impulsa y no cesa de provocar nuevas exaltaciones, encontramos el deseo ardiente de una creación inspirada, tal como aparece en los primitivos y tal como la conocemos por las grandes épocas de la cultura. Tocamos aquí el lado enfermo de nuestra época, su tragedia y su mueca. (...)

Con sólo prestar algo de atención a las formas contemporáneas de expresión, descubrimos en todas ellas, tanto en las artes plásticas como en los diferentes géneros literarios, una serie de tendencias que sólo culminarán en un verdadero esquizofrénico. Nuestra intención, sin embargo, no es en absoluto encontrar síntomas de enfermedad mental en estas formas de expresión. Simplemente, sentimos por doquier una afición instintiva por particularidades que conocemos bien entre los esquizofrénicos. Así se explica el parentesco de las producciones, y también la fascinación ejercida por las obras de nuestra colección. (...)

Las tendencias que se manifiestan en esta afición por los sentimientos del mundo “esquizofrénico” son esencialmente las mismas que, hace veinte años, empezaron a buscar la salvación en las formas de expresión y los sentimientos del mundo infantil y del primitivo, como reacción al racionalismo tentacular de las generaciones precedentes, en el cual los mejores creen que se asfixian.




Pintura: "Horse and gun", Martín Ramírez
 


viernes, diciembre 01, 2006

"Hora de la ceniza", de Roque Dalton




Finaliza septiembre. Es hora de decirte
lo difícil que ha sido no morir.

Por ejemplo, esta tarde
tengo las manos grises
libros hermosos que no entiendo,
no podía cantar aunque ha cesado ya la lluvia
y me cae sin motivo el recuerdo
del primer perro a quién amé cuando niño.

Desde ayer que te fuiste
hay humedad y frío en la música.

Cuando yo muera,
sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable,
mi bandera sin derecho a cansarse,
la concreta verdad que repartí desde el fuego,
el puño que hice unánime
con el clamor de piedra que exigió la esperanza.

Hace frío sin ti. Cuando yo muera,
cuando yo muera
dirán con buenas intenciones
que no supe llorar.

Ahora llueve de nuevo.
Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto
como hoy.

Siento unas ganas locas de reír
o de matarme.










Contribución a Dscntxt de Raúl Porto