miércoles, marzo 07, 2007

"La historia de Nadie", de Charles Dickens






Vivía en la orilla de un enorme río, ancho y profundo, que se deslizaba silencioso y constante hasta un vasto océano desconoci­do. Fluía así, desde el Génesis. Su curso se alteró algunas veces, al volcarse sobre nue­vos canales, dejando el antiguo lecho, seco y estéril; pero jamás sobrepasó su cauce, y seguirá siempre fluyendo hasta la eternidad.

Nada podía progresar, dado su corriente impetuosa e insondable. Ningún ser vivien­te, ni flores, ni hojas, ni la menor partícula de cosa animada o sin vida volvía jamás del océano desconocido. La corriente del río oponía enérgica resistencia, y el curso de un río jamás se detiene, aun cuando la tierra ce­se en sus revoluciones alrededor del sol.

Vivía en un paraje bullicioso, y trabajaba intensamente para poder subsistir. No tenía esperanza de ser alguna vez lo suficientemente rico como para descansar durante un mes, pero aun así, estaba contento, tenía a Dios por testigo y no le faltaba voluntad pa­ra cumplir sus pesadas tareas. Pertenecía a una inmensa familia, cuyos miembros debí­an ganarse el sustento por sí mismos con la diaria tarea, prolongada desde el amanecer hasta entrada la noche. No tenía otra pers­pectiva ni jamás había pensado en ella.

En la vecindad donde residía se oían cons­tantes ruidos de trompetas y tambores, pero no le concernían en absoluto. Esos golpes y tumultos procedían de la familia Bigwig, cu­ya extraña conducta no dejaba de admirar. Ellos exponían ante la puerta de su vivienda las más raras estatuas de hierro, mármol y bronce y oscurecían la casa con las patas y colas de toscas imágenes de caballos. Si se les preguntaba el significado de todo eso, sonreían con su rudeza habitual y continua­ba su ardua tarea.

La familia Bigwig (compuesta por los per­sonajes más importantes de los alrededores, y los más turbulentos también) tomó a su cargo la misión de evitar que pensara por sí mismo, manejándolo y dirigiendo sus asun­tos. "Porque, verdaderamente -decía él-, carezco del tiempo suficiente, y si son tan buenos al cuidarme, a cambio del dinero que les pagaré -pues la situación moneta­ria de dicha familia no estaba por encima de la suya-, estaré aliviado y muy agradecido al considerar que ustedes entienden más que yo." Aquí continuaban los golpes y tumultos, y las extrañas imágenes de caballos an­te las cuales se esperaba debía arrodillarse y adorar.

-No comprendo nada de eso -dijo, fro­tándose confuso la frente arrugada-. Debe tener un significado seguramente, que yo no alcanzo a descubrir.

-Eso significa -contestó la familia, sos­pechando lo que quería decir- honor y glo­ria en lo más alto, para el mayor mérito.

-¡Oh! -respondió él, y quedó satisfe­cho.

Pero cuando miró hacia las imágenes de hierro, mármol y bronce, no encontró ningún compatriota suyo de valor. No pudo descubrir ni uno de los hombres cuyo saber lo rescató a él y a sus hijos de una enferme­dad terrible, cuyo arrojo elevó a sus antepa­sados de la condición de siervos, cuya sabia imaginación abrió una existencia nueva y elevada a los más humildes, cuya habilidad llenó de infinitas maravillas el mundo del hombre trabajador. En cambio descubrió a otros acerca de los cuales no había escucha­do jamás nada bueno, y otros más, aún, so­bre quienes sabía que pesaban muchas mal­dades.

-¡Hum! -se dijo para sí-. No lo entien­do del todo.

De modo que se fue a su casa y se sentó junto a la lumbre, para no pensar más en ello.

En este tiempo no había lumbre en su chi­menea, cruzada por surcos ennegrecidos; a pesar de ello, era su lugar favorito. Su mujer tenía las manos endurecidas por el trabajo constante, y había envejecido antes de tiem­po, pero aun así la amaba mucho. Sus hijos, detenidos en el crecimiento, exhibían seña­les de una alimentación deficiente; pero se notaba belleza en sus ojos. Por sobre todas las cosas, existía en el alma de ese hombre el ardiente deseo de instruir a sus hijos. “Si algunas veces resulté engañado –decía ­por falta de saber, al menos que ellos apren­dan para evitar mis errores. Si es duro para mí recoger la cosecha de placer y sabiduría acumulada en los libros, que a ellos les re­sulte fácil.”

Pero la familia Bigwig estalló en violentas discusiones acerca de lo que era legítimo enseñar a los hijos de ese hombre. Algunos miembros insistían en que determinados asuntos eran primordiales e indispensables, y la familia se separó en distintas facciones, escribió panfletos, convocó a sesiones, pro­nunció discursos, se acorralaron unos a otros en tribunales laicos y cortes eclesiásticas, se arrojaron barro, cruzaron las espa­das y cayeron en abierta pugna e incomprensible rencor. Mientras tanto, este hom­bre contempló al demonio de la ignorancia irguiéndose y arrastrando consigo a sus hi­jos. Vio a su hija convertida en una prostitu­ta andrajosa, a su hijo embrutecerse en los senderos de baja sensualidad, hasta llegar a la brutalidad y al crimen; la naciente luz de la inteligencia en los ojos de sus hijos pe­queños cambiaba hasta convertirse en astu­cia y sospechas, a tal punto que los hubiera preferido imbéciles.

-Tampoco soy capaz de entenderlo -di­jo entonces-; pero creo que no puede justificarse. ¡No! ¡Por el cielo nublado que me ampara, protesto y me reconozco culpable!

Tranquilizado nuevamente (porque sus pa­siones eran por lo común de escasa duración y su natural bondadoso), miró a su al­rededor, en los domingos y feriados, y notó cuánta monotonía y fastidio existía por do­quier; cuánta embriaguez surgía de allí, con su séquito de ruindades.
Entonces recurrió a la familia Bigwig, diciendo:

-Somos gente trabajadora, y sospecho que la gente trabajadora, de cualquier condición, necesita refrigerio mental y distrac­ciones. Vean las condiciones en que caemos cuando descansamos sin ellas. ¡Vengan! ¡Distráiganme inocentemente, muéstrenme alguna cosa, denme una escapatoria!

Pero la familia Bigwig se alborotó.

Cuando varias voces pudieron escucharse, se le propuso enseñar las maravillas del mundo, las grandezas de la creación, los no­tables cambios del tiempo, la obra de la na­turaleza y las bellezas del arte en cualquier período de su vida y cuanto pudiera contemplarlas. Esto originó entre los miembros de la familia Bigwig tanto desorden y desva­río, tantos tribunales y peticiones, tantos re­clamos y memoriales, tantas mutuas ofensas, una ráfaga tan intensa de debates parlamen­tarios donde el “no me atrevo” seguía al “lo haría si pudiera”, que dejaron al pobre hombre estupefacto, mirando extraviado a su al­rededor.

-Yo he provocado esto -se dijo, y se ta­pó aterrorizado los oídos-. Sólo intento ha­cer una pregunta inocente, surgida de mi ex­periencia familiar y el saber común de todo hombre que desea abrir los ojos. No lo en­tiendo y no soy comprendido. ¿Qué surgiría de semejante estado de cosas?

Inclinado sobre su trabajo, repetíase con frecuencia esta pregunta cuando comenzó a extenderse la noticia de una peste que había aparecido entre los trabajadores, provocan­do muertes a millares. Al mirar a su alrede­dor, pronto descubrió que la noticia era cier­ta. Los moribundos y los muertos se mezcla­ban en las casas estrechas y sucias en que vi­vieron. Nuevos venenos se filtraban en la at­mósfera siempre triste, siempre nauseabun­da. Los fuertes y los débiles, la ancianidad y la infancia, el padre y la madre, todos eran derribados a la par.

¿Qué medios de escape poseía? Quedóse allí y vio morir a aquellos a quienes más amaba. Un benévolo predicador vino hacia él, tratando de decir algunas plegarias con las cuales calmar su corazón entristecido, pero él replicó:

-¡Bah! ¿Qué eficacia posees, misionero, al acercarte a mí, a un hombre condenado a vivir en este lugar hediondo, donde cada sentimiento que se demuestra se convierte en un tormento y donde cada minuto de mis días contados es una nueva palada de lodo agregada a la pila que me oprime? Pero den­me el fugaz resplandor del cielo por medio del aire y la luz; denme agua pura, ayúden­me a mantenerme aseado; iluminen esta at­mósfera pesada y esta vida oscura en la que nuestros espíritus se hunden y que nos con­vierten en las criaturas indiferentes y endu­recidas que tan a menudo contemplan; gen­til y bondadosamente lleven los cadáveres de aquellos que murieron fuera de esta mí­sera habitación, donde ya nos hemos fami­liarizado en tal forma con el terrible cambio que, para nosotros, hasta ha perdido su san­tidad, y, maestro, oiré entonces, nadie mejor que tú lo sabes cuán voluntariamente, a Aquel cuyo pensamiento estaba siempre con los pobres y que compadecía todas las mi­serias humanas.

Estaba ya de nuevo en su trabajo, triste y solitario, cuando el amo apareció y perma­neció a su lado, vestido de negro. También él había sufrido mucho. Su joven esposa, su esposa tan bella y tan buena, había muerto, llevando consigo su único hijo.

-¡Señor! Es muy duro de sobrellevar, lo sé, pero consuélate. Yo trataré de aliviarte en lo posible.

El patrón le agradeció desde el fondo de su corazón, pero contestó:

-¡Oh, trabajadores! La calamidad co­menzó entre ustedes. Si hubieran vivido en forma más saludable yo no sería el viudo desconsolado del presente.

-Señor -replicó el trabajador, moviendo la cabeza-, he comenzado a comprender hasta cierto punto que la mayor parte de las calamidades provendrán de nosotros, como provino ésta, y que nada se detendrá ante nuestras pobres puertas mientras no nos unamos a aquella gran familia pendenciera, para hacer las cosas que deben hacerse. No podemos vivir sana y decentemente hasta que aquellos que se comprometieron a diri­girnos nos proporcionen los medios. No podemos ser instruidos hasta que no nos ense­ñen; no podremos divertirnos razonable­mente hasta que ellos no nos procuren di­versiones; sólo podremos creer en falsos dio­ses, en nuestros hogares, mientras ellos en­salzan a muchos de los suyos en todos los lugares públicos. Las malas consecuencias de una educación imperfecta, de una indife­rencia peligrosa, de inhumanas restriccio­nes; y el rechazo absoluto de cualquier go­ce, todo procederá de nosotros y nada se detendrá. Se extenderán en todas direcciones. Siempre sucede así, al igual que con la pes­te. Esto entiendo yo, al menos.

Pero el amo respondió:

-¡Oh, ustedes, trabajadores! ¡Cuán rara­mente se dirigen a nosotros, si no es por algún motivo de queja!

-Señor -replicó-. No soy nadie y tengo escasas posibilidades de ser escuchado, o tal vez no desee ser oído, excepto cuando exis­te alguna queja. Pero ella nunca tiene origen en mí, y nunca puede terminar conmigo. Tan seguro como la muerte que desciende hasta mí para hundirme.

Había tanta razón en lo que decía, que la familia Bigwig llegó a notificarse y, terrible­mente asustada por la reciente catástrofe, re­solvió unirse a él para hacer las cosas con más justicia, en todo caso, hasta donde esas mismas cosas estuvieran asociadas con la in­mediata prevención, humanamente hablan­do, de una nueva peste. Pero en cuanto de­sapareció el temor, cosa que sucedió muy pronto, se reanudaron las mutuas querellas y no se hizo nada. En consecuencia, la desdi­cha volvió a reaparecer, rugió como antes, se extendió como antes, vengativamente ha­cia arriba, arrastrando un gran número de descontentos. Pero ni un solo hombre entre ellos quiso admitir, aun en el más ínfimo gra­do, ser uno de los culpables.

Por consiguiente, siguióse viviendo y mu­riendo en igual forma, y esto es lo primordial en la Historia de Nadie.

¿No tiene nombre?, preguntarán. Tal vez se llama legión. Importa poco cuál sea su nombre verdadero.

Si han estado en los pueblos belgas, cerca del campo de Waterloo, habrán visto en al­guna iglesia pequeña y silenciosa el monu­mento erigido por fieles compañeros de ar­mas a la memoria del coronel A., del mayor B., de los capitanes C, D y E, de los subte­nientes F y G, alféreces H, I y J, de siete ofi­ciales y ciento treinta soldados que cayeron en el cumplimiento de su deber en un día memorable. La Historia de Nadie es la histo­ria de los soldados anónimos de la tierra. Ellos tomaron parte en la batalla, les corresponde parte de la victoria; cayeron y no de­jaron su nombre más que en conjunto. La marcha del más orgulloso de nosotros se en­cauza en el sendero polvoriento que ellos atravesaron.

¡Oh! Pensemos en ellos este año, ante el fuego de Navidad, y no los olvidemos des­pués que éste se haya extinguido.













1853








martes, marzo 06, 2007

"Sólo tú y yo", de Nick Cave




Primero: intenté matarla con un martillo
Pensé que podría perder
Mi cabeza
¡Seguro! Ya hemos devorado la plata
(Cuando incluso la comida estaba contra nosotros)
Y entonces traté de matarla en la cama.

Segundo: la amordacé con una almohada
Pero se despertaron las religiosas dentro
De mi cabeza.
Me golpearon con sus divinos puños
(Desde dentro y desde fuera)
Me sobrepuse: LA ELIMINÉ. Muerta.

Tercero: le puse mis labios encima
Y con mi aliento cubrí de escarcha
Su extensión.
Escribí sobre su piel
"Esta noche estamos en la superficie exterior"
Sólo tú y yo, niña; tú y yo y la grasa.

lunes, marzo 05, 2007

"Personajes psicopáticos en el teatro", de Sigmund Freud







Si, como desde los tiempos de Aristóteles viniese admitiendo, es la función del drama despertar la piedad y el temor, provocando así una «catarsis de las emociones», bien podemos describir esta misma finalidad expresando que se trata de procurarnos acceso a fuentes de placer y de goce yacentes en nuestra vida afectiva, tal como el chiste y lo cómico lo hacen en la esfera del intelecto, cuya acción es precisamente la que nos ha tornado inaccesibles múltiples fuentes de dicha especie. No cabe duda de que, a este respecto, el principal papel le corresponde a la liberación de los propios afectos del sujeto, y el goce consiguiente ha de corresponder, pues, por un lado, al alivio que despierta su libre descarga, y por el otro, muy probablemente, a la estimulación sexual concomitante que, según es dable suponer, representa el subproducto ineludible de toda excitación emocional, inspirando en el sujeto ese tan caramente estimado sentimiento de exaltación de su nivel psíquico. La contemplación apreciativa de una representación dramática cumple en el adulto la misma función que el juego desempeña en el niño, al satisfacer su perpetua esperanza de poder hacer cuanto los adultos hacen. El espectador del drama es un individuo sediento de experiencia; se siente como ese «Mísero, al que nada importante puede ocurrirle»; hace ya mucho tiempo que se encuentra obligado a moderar, mejor dicho, a dirigir en otro sentido su ambición de ocupar una plaza central en la corriente del suceder universal; anhela sentir, actuar, modelar el mundo a la luz de sus deseos; en suma, ser un protagonista. Y he aquí que el autor y los actores del drama le posibilitan todo esto al ofrecerle la oportunidad de identificarse con un protagonista. Pero de este modo le evitan también cierta experiencia, pues el espectador bien sabe que si asumiera en su propia persona el papel del protagonista debería incurrir en tales pesares, sufrimientos y espantosos terrores que le malograrían por completo, o poco menos, el placer implícito. Sabe, además, que sólo tiene una vida que vivir, y que bien podría perecer ya en la primera de las múltiples batallas que el protagonista debe librar con los hados. De ahí que su goce dependa de una ilusión, pues presupone la atenuación de su sufrimiento merced a la certeza de que, en primer término, es otro, y no él, quien actúa y sufre en la escena y en segundo lugar trátase sólo de una ficción que nunca podría llegar a amenazar su seguridad personal. Es en tales circunstancias cuando puede permitirse el lujo de ser un héroe y protagonista cuando puede abandonarse sin vergüenza a sus impulsos coartados, como la demanda de libertad en cuestiones religiosas, políticas, sociales o sexuales, y cuando puede también dejarse llevar dondequiera sus arrebatos quieran llevarlo, en cuanta gran escena de la vida se represente en el escenario.

Todos estos prerrequisitos del goce, empero, son comunes a varias otras formas de la creación artística. La poesía épica sirve en primer lugar a la liberación de sentimientos intensos, pero simples, como en su esfera de influencia lo hace también la danza. Cabe afirmar que el poema épico facilita particularmente la identificación con la gran personalidad heroica en medio de sus triunfos, mientras que del drama se espera que ahonde más en las posibilidades emocionales y que logre transformar aún las más sombrías amenazas del destino en algo disfrutable, de modo que representa al héroe acosado por la calamidad, haciéndolo sucumbir con cierta satisfacción masoquista. En efecto, podríase caracterizar el drama precisamente por esta relación suya con el sufrimiento y con la desgracia, ya sea que, como en la comedia dramática, se limite a despertar la ansiedad para aplacarla luego, ya sea que, como en la tragedia el sufrimiento realmente sea desplegado hasta sus términos últimos. Es indudable que este significado del drama guarda cierta relación con su descendencia de los ritos sacrificiales (el chivo y el chivo emisario) en el culto de los dioses: el drama aplaca, en cierta manera, la incipiente rebelión contra el orden divino que decretó el imperio del sufrimiento. El héroe es, en principio, un rebelde contra Dios y lo divino; y es del sentimiento de miseria que la débil criatura siente enfrentada con el poderío divino de donde el placer puede considerarse derivado, a través de la satisfacción masoquista y del goce directo del personaje, cuya grandeza el drama tiende, con todo, a destacar. He aquí, en efecto, la actitud prometeica del ser humano, quien, animado de un espíritu de mezquina complacencia, está dispuesto a dejarse aplacar por el momento con una gratificación meramente transitoria.

Todas las formas y variedades del sufrimiento pueden constituir, pues, temas del drama, que con ellas promete crear placer para el espectador. De aquí emana la condición primera que este género artístico ha de cumplir: no causar sufrimiento alguno al espectador y hallar los medios de compensar mediante las gratificaciones que posibilita la piedad que ha suscitado -una regla ésta que los dramaturgos modernos se han entregado a violar con particular frecuencia. Dicho sufrimiento, empero, no tarda en quedar restringido a la angustia psíquica pues nadie desea presenciar el sufrimiento físico, teniendo presente la facilidad con que las sensaciones corporales así despertadas ponen fin a toda posibilidad de goce psíquico. Quien está enfermo conoce sólo un deseo: curar; salir de su condición actual; que el médico acuda con sus medicamentos; que cese el hechizo del juego de la fantasía- ese hechizo que nos ha corrompido al extremo de permitirnos derivar goce aun de nuestro sufrimiento. Cuando el espectador se coloca en el lugar de quien sufre una afección física, nada encuentra en sí mismo que pueda procurarle un goce o que le permita un trueque psicológico, y por eso una persona físicamente enferma sólo es admisible en el teatro a título secundario, pero no como protagonista, salvo que algún aspecto psíquico particular de la enfermedad sea susceptible de una elaboración psicológica, como, por ejemplo, en el abandono de Filoctetes enfermo o en la desesperanza de los enfermos presentados en las obras de Strindberg.

El sufrimiento psíquico, empero, se reconoce particularmente en relación con las circunstancias de las cuales se ha desarrollado; de ahí que el drama requiera una acción de la que dicho sufrimiento emana, y de ahí que comience por presentar esa acción al espectador. El hecho de que obras tales como Ayax y Filoctetes presenten un sufrimiento psíquico ya existente, sólo es excepcional en apariencia, pues debido a la familiaridad de los temas para el público, en los dramas griegos el telón se levanta siempre, por decirlo así, en el medio de la representación. Ahora bien: es fácil definir las condiciones que dicha acción debe reunir. Es preciso que exista en ella un juego de fuerzas contendientes; la acción habrá de llevar implícito un anhelo de la voluntad y alguna oposición a éste. El primero y más grandioso ejemplo en el cual se dieron tales condiciones fue la lucha contra la divinidad. Ya se ha dicho que la esencia de esta tragedia es la rebelión, con el dramaturgo y el espectador adoptando el partido del rebelde. A medida que se va reduciendo luego lo que se atribuye a la divinidad, acreciéntase paulatinamente el elemento humano, que al profundizarse la comprensión tórnase cada vez más responsable del sufrimiento. Así, la lucha siguiente, la del héroe-protagonista contra la comunidad social, se convierte en la tragedia social. Una nueva situación en la cual vuelven a cumplirse las mencionadas condiciones la hallamos en la lucha de los hombres mismos entre sí, esto es, en el drama de caracteres, que lleva implícitas todas las características agonistas, debiendo tener, pues, más de un protagonista y desenvolverse preferentemente entre personalidades notables, libres de todas las restricciones impuestas por las instituciones humanas. Naturalmente, nada se opone a la combinación entre los dos géneros dramáticos antedichos; por ejemplo, en la forma de una lucha del protagonista contra instituciones encarnadas en personajes fuertes y poderosos. Al genuino drama de caracteres le faltan las fuentes de goce ofrecidas por el tema de la rebelión, que en las piezas sociales, como las de Ibsen, vuelve a destacarse en primer plano, con el mismo poderío que tenía en las obras históricas del clasicismo griego. Mientras los dramas religiosos, de caracteres y social difieren principalmente entre sí con respecto a la escena en la cual tiene lugar la acción y de la que emana el sufrimiento, cabe considerar ahora otra situación dramática, en la cual el drama se convierte en psicológico, pues el alma misma del protagonista es la que constituye el campo de una angustiosa batalla entre diversos impulsos contrapuestos: una batalla que debe concluir, no con el aniquilamiento del protagonista, sino con el de uno de los impulsos contendientes, o sea, con un renunciamiento. Naturalmente, todas las combinaciones imaginables entre esta situación y la de los géneros dramáticos anteriores -el social y el de caracteres- son posibles, en la medida en que también las instituciones sociales suscitan idénticos conflictos internos, y así sucesivamente. Es aquí donde cabe situar el drama de amor, ya que la coartación de éste -sea en aras de las costumbres, de las convenciones o del conflicto entre «el amor y el deber»; tan conocido a través de la ópera- constituye el punto de partida de una casi infinita variedad de situaciones conflictuales, tan infinitas en su variedad como lo son las fantasías eróticas del género humano. Con todo, las posibilidades no se agotan aquí, pues el drama psicológico se convierte en psicopatológico cuando la fuente de ése sufrimiento, que hemos de compartir y del cual se espera que derivemos nuestro placer, no es ya un conflicto entre dos motivaciones inconscientes casi por igual, sino entre motivaciones conscientes y reprimidas. Aquí, la condición previa para que se dé el goce es que también el espectador sea neurótico. En efecto, sólo a un neurótico podrá depararle placer la liberación y, en cierta medida, también la aceptación consciente de la motivación reprimida, en vez de despertar su repulsión, como ocurriría en toda persona no neurótica, que, además de rechazar dicha motivación, se dispondrá a repetir el acto represivo, ya que en ella la represión ha tenido pleno éxito. El impulso reprimido se mantiene en perfecto equilibrio con la fuerza originaria de la represión. En el neurótico, por el contrario, la represión está siempre a punto de fracasar: es inestable y requiere esfuerzos incesantemente renovados para mantenerse, esfuerzos que podrían ser evitados mediante el reconocimiento de lo reprimido. Sólo en el neurótico existe, pues, una puja de índole tal que pueda convertirse en asunto dramático; también en él, empero, el dramaturgo despertará no sólo el placer derivado de la liberación, sino también la resistencia consiguiente a la misma.

El máximo drama moderno de esta especie es Hamlet, que expone el tema de un hombre normal tornado neurótico a causa de la índole particular de la misión que se le impone; un hombre en el cual trata de imponerse un impulso que hasta ese momento ha estado eficazmente reprimido. Hamlet se distingue por tres características que parecen importantes para nuestra consideración: 1) No es un protagonista psicopático, pero llega a serlo en el curso de la acción que hemos de presenciar. 2) El deseo reprimido pertenece a la categoría de aquellos que están igualmente reprimidos en todos nosotros y cuya represión forma parte de una de las más precoces fases de nuestro desarrollo individual, mientras que la situación planteada en el drama está destinada, precisamente, a aniquilar esa represión. En virtud de estas dos características nos resulta fácil reconocernos a nosotros mismos en el protagonista, pues somos víctimas de los mismos conflictos que él, ya que «quien no pierde la razón bajo ciertas provocaciones, ninguna razón tiene que perder». 3) Parecería, sin embargo, que uno de los prerrequisitos de este género artístico consistiese en que la puja del impulso reprimido por tornarse consciente, aunque indentificable en sí misma, aparece tan soslayada que el proceso de su conscienciación llévase a cabo en el espectador mientras su atención se halla distraída y mientras se encuentra tan preso de sus emociones que no es capaz de un juicio racional. De tal modo queda apreciablemente reducida la resistencia, a semejanza de lo que ocurre en el tratamiento psicoanalítico cuando los derivados de los pensamientos y afectos reprimidos emergen a la consciencia como resultado de una atenuación de la resistencia y mediante un proceso que no se halla al alcance del propio material reprimido. En efecto, el conflicto de Hamlet se encuentra tan profundamente oculto que en un principio sólo atiné a sospechar su existencia.

Posiblemente sea a causa del descuido de estas tres condiciones, ineludibles, por lo que tantos otros personajes psicopáticos son tan poco aptos para el teatro como lo son para la vida misma. Pues el neurótico es, para nosotros, por cierto, un ser humano de cuyo conflicto no podemos obtener la menor comprensión (empatía), cuando nos lo exhibe en la forma de un producto final. Recíprocamente, una vez que nos hemos familiarizado con dicho conflicto, olvidamos que se trata de un enfermo, tal como él mismo deja de estar enfermo al familiarizarse con el conflicto. Es así tarea del dramaturgo transportarnos dentro de la misma enfermedad, cosa que se logra mejor si nos vemos obligados a seguirlo a través de todos su desarrollo. Esto será particularmente necesario si la represión no se encuentra ya establecida en nosotros y si, por consiguiente, debe ser efectuada de nuevo cada vez, lo cual representaría un paso más allá de Hamlet en cuanto a la utilización de la neurosis en el teatro. Cuando en la vida real nos topamos con tal neurosis enigmática y plenamente desarrollada, llamamos al médico y no vacilamos en considerar a la persona en cuestión como inapta para convertirse en personaje dramático.

En términos generales quizá podríase dejar establecido que la labilidad neurótica del público y el arte del dramaturgo para aprovechar las resistencia y para suministrar un preplacer son los únicos elementos que fijan límites a la utilización de personajes anormales en el teatro.




1905-6 (?) (1942)



















sábado, marzo 03, 2007

"Grieta matinal", de Álvaro Mutis




Cala tu miseria,
sondéala, conoce sus más escondidas cavernas.
Aceita los engranajes de tu miseria,
ponla en tu camino, ábrete paso con ella
y en cada puerta golpea
con los blancos cartílagos de tu miseria.
Compárala con la de otras gentes
y mide bien el asombro de sus diferencias,
la singular agudeza de sus bordes.
Ampárate en los suaves ángulos de tu miseria.
Ten presente a cada hora
que su materia es tu materia,
el único puerto del que conoces cada rada,
cada boya, cada señal desde la cálida tierra
a donde llegas a reinar como Crusoe
entre la muchedumbre de sombras
que te rozan y con las que tropiezas
sin entender su propósito ni su costumbre.
Cultiva tu miseria,
hazla perdurable,
aliméntate de su savia,
envuélvete en el manto tejido con sus más secretos hilos.
Aprende a reconocerla entre todas,
no permitas que sea familiar a los otros
ni que la prolonguen abusivamente los tuyos.
Que te sea como agua bautismal
brotada de las grandes cloacas municipales,
como los arroyos que nacen en los mataderos.
Que se confunda con tus entrañas, tu miseria;
que contenga desde ahora los capítulos de tu muerte,
los elementos de tu más certero abandono.
Nunca dejes de lado tu miseria,
así descanses a su vera
como junto al blanco cuerpo
del que se ha retirado el deseo.
Ten siempre lista tu miseria
y no permitas que se evada por distracción o engaño.
Aprende a reconocerla hasta en sus más breves signos:
el encogerse de las finas hojas del carbonero,
el abrirse de las flores con la primera frescura de la tarde,
la soledad de una jaula de circo
varada en el lodo del camino,
el hollín en los arrabales,
el vaso de latón que mide la sopa en los cuarteles,
la ropa desordenada de los ciegos,
las campanillas que agotan su llamado
en el solar sembrado de eucaliptos,
el yodo de las navegaciones.
No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día.
Aprende a guardarla para las horas de tu solaz
y teje con ella la verdadera,
la sola materia perdurable
de tu episodio sobre la tierra.







de Summa de Maqroll el Gaviero, 1973.



Contribución a Dscntxt de Germán Estrada Fricke

jueves, marzo 01, 2007

"Tarde en el Hospital", de Carlos Pezoa Véliz



Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
sobre el campo cae angustia:
llueve.

Y pues solo en amplia pieza
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mi, cansada, leve;
despierto sobresaltado;
llueve.

Entonces, muerto de angustia,
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.



miércoles, febrero 28, 2007

"La mujer en La Tierra Baldía de T. S. Eliot", de Braulio Fernández Biggs

Fragmento


LA VISIÓN DE TIRESIAS

The mind in creation is a fading coal
which some invisible influence,
like an inconstant wind,
awakens to transitory brightness.

James Joyce, Ulysses

“La experiencia de la poesía, como cualquier otra experiencia, es sólo parcialmente traducible en palabras; desde luego, y como anota Richards, porque ‘lo que importa no es lo que un poema dice sino lo que es’” [1].

La Tierra Baldía es la dolorosa expresión del colapso de una época y la síntesis del derrumbe de una mujer; que el poeta, apoyándose en la inversión de las leyendas del Grial siguiendo a Jessie L. Weston, logró fusionar con su propia tragedia personal. A través de muchas y muy variadas imágenes, Eliot plasmó, principalmente, la esterilidad y el fracaso de la pasión amorosa, la desolación debida al sexo. El poema, sobre toda otra consideración –por importante que resulte—, es la constatación y la evidencia de esa esterilidad y fracaso, del quiebre del amor entre un hombre y una mujer, de su imposibilidad y sin sentido (al menos, cuando está basado sólo en lo humano). Dicha evidencia se configuró poéticamente teniendo a la base una riquísima simbología sobre la infertilidad, el vacío y la muerte; en la que el sexo, por su radical función generativa y amorosa, ocupó un lugar eminente (aunque no exclusivo).

La desgraciada frustración del amor, y su consecuente desolación, se analogaron al mito del Rey Pescador y su tierra baldía en las antiguas leyendas del Grial, según la relectura que se hiciera en From Ritual to Romance. Al modo de un viaje, el hablante “recorrió” cada uno de los rincones de esa desolación y conoció a sus víctimas. En forma análoga a Dante en la Comedia, fue testigo y a la vez protagonista de una “temporada en el infierno”. Y, como en esa insigne obra y en toda metáfora de “camino espiritual”, La Tierra Baldía, tras haberle permitido al viajero acceder a la salida precisamente a través de la tierra y sus condenados, concluyó con un descubrimiento en cierta manera tautológico y desconcertante: que había que liberarse de la raíz y causa de la desolación para que esa misma desolación desapareciese. Dicho de otro modo, durante el viaje el poeta fue reconociendo y construyendo la explicación de la desolación, su causa. Ello, al mismo tiempo, le permitió comenzar a desasirse de sus mortíferas garras.

¿Y en qué consistió esa liberación, en definitiva? ¿Qué fue lo que, una vez descubierto, le permitió acabar con la desolación de la tierra, de su tierra? La posibilidad de extinguir la pasión amorosa, de refrenar el deseo sexual y/o superar la impotencia, saliendo de sus envolventes aunque destructivas brasas. Reconocer en la mujer precisamente lo contrario que reconoció Dante en Beatriz: esterilidad, vacío, locura e inanidad. Ello, por cierto, no debido a construcciones teóricas o a simple y barata misoginia; sino, más que probablemente, a una experiencia vital. Por ello, el descubrimiento implicó comprender que la desolación no era desolación por sí misma, sino también debido al “fracaso del Rey”: al revés del Simposio de Platón, y como lo demuestra la parte final de la sección V, en haber pretendido encontrar en la escala más baja del amor lo que sólo corresponde y puede brindar la más alta. De ahí, entonces, el gesto de alzar la vista... *

Desde al menos La canción de amor de J. Alfred Prufrock que Eliot venía buscando esta alternativa; cuyas peculiaridades, aparte las comentadas, implicasen la oportunidad de salir de “un extremo idealismo intelectual que ahogaba las cavernas de su conciencia, [haciéndolo] incapaz de liberarse del peligroso y ancho océano de la vida” [2]. Para eso compuso La Tierra Baldía: para escapar… y encontrar.

Como la época sólo era estertores, como la civilización occidental había perdido el rumbo –y como su vida personal y sentimental eran también un fracaso—, hubo de recurrir al mito, a una unidad de sentido que le permitiese decir precisamente lo que quiero decir [3]. En esta línea, la apuesta fue la misma –y el mismo año 1922— de James Joyce en Ulises: el vacío y la fragmentación de la sociedad de entonces no hacían posible un dictum coherente y la única alternativa era la re-elaboración –la reescritura— de lo antiguo, de lo antes “ya dicho”. Dado que todo no era más que un montón de imágenes rotas, notaron que el mito podía, al menos vicariamente, dar esa unidad axiológica que la civilización había perdido. Y la paradoja fue que, gracias a ello, lograron que el vate bajase del Olimpo y se reinsertase nuevamente en las calles de la sociedad contemporánea. “Lo que marcó la reacción de Eliot ante la confusión de su época, y su distanciamiento de la tradición literaria del siglo XIX, fue principalmente el deseo de ‘devolver al poeta a la vida’ […]. El estado de los asuntos era muy serio y la poesía debía ser salvada del aletargamiento en que la habían dejado los vapores musicales de Verlaine y Swinburne” [4]… al primero de los cuales el poeta incluyó en sus notas... Por otra parte, fue debido a las mismas razones que La Tierra Baldía no podía –no debía— más que mostrar las cosas en su faceta más descarnada, por oscuras que fuesen a veces las imágenes o radicales incluso los símbolos utilizados. Con todo, Pound aminoró la crudeza; impuso el ars allí donde no había más que desnuda desesperación. Y lo hizo, creemos, movido no sólo por un alto sentido estético sino ético: si el poeta se iba a develar, igual podía –debía— hacerlo con cierta dignidad [5].




NOTAS

[1] T.S. Eliot, The use of Poetry and the use of Criticism, Harvard University Press, Harvard, 1996 (5th Printing), pág. 8. Las cursivas son suyas.
* De paso, ello le permitiría, al menos, soportar el colapso histórico y social –que, con todo, era parte de una misma y envolvente tragedia—. N. del A.
[2] David A. Moody, Thomas Stearns Eliot Poet, Cambridge University Press, Cambridge (UK), 1994, pág. 291.
[3] La canción de amor de J.Alfred Prufrock, v.104 (It is impossible to say just what I mean), en José María Valverde, “Notas a La Tierra Baldía” en T.S. Eliot, Poesías reunidas. 1909-1962. Versión española e introducción de José María Valverde, Alianza Editorial, Madrid, 1999 (10° edición), pág. 30.
[4] Rodolfo Rojo Boggiano, Poetry and Society. An Analysis of T.S. Eliot’s Critical and Poetical Works, Tesis para optar al Grado de Master of Arts, Mount Allison University, 1949 (inédita), pág. 27. La cita intercalada es del artículo “Andrew Marvell”, publicado en el Times Literary Supplement en 1921.
[5] De algún modo, puede decirse que la labor editorial de Ezra Pound con el manuscrito original del poema trabajó al revés: es cierto que eliminó lo menos importante; pero al revisar los “tarjados” se aprecia que también eliminó lo más descarnado y literalmente baldío. Cfr. El Eliot de otro(s) poeta(s). Tarjados de la Tierra Baldía, Piero Montebruno (traductor), Be-uve-drais Editores, Santiago, 2000, 68 págs.






Del libro La mujer en La Tierra Baldía de T. S. Eliot,
Editorial Universitaria, 2006.









martes, febrero 27, 2007

"Influencia", de Charly García



Influence...

Puedo ver
y decir,
puedo ver y decir y sentir:
algo ha cambiado
para mí no es extraño.

Yo no voy
a correr,
yo no voy a correr ni a escapar
de mi destino.
Yo no pienso en peligro.

Si fue hecho para mí
lo tengo que saber.
Pero es muy difícil ver,
algo controla mi ser.

En el fon-
do de mí,
en el fondo de mí veo temor
y veo sospechas
con mi fascinación nueva.

Yo no sé
bien qué es,
yo no sé bien que es
vos dirás:
son intuiciones,
verdaderas alertas.

Debo confiar en mí,
lo tengo que saber,
pero es muy difícil ver
si algo controla mi ser.

Puedo ver y decir y sentir
mi mente dormir bajo tu influencia.

Influencia.

Tu influencia.

Una par-
te de mí,
una parte de mí dice:
"¡Stop! Fuiste muy lejos".
No puedo contenerlo.

Trato de
resistir,
trato de resistir y al final
no es un problema.
¡Qué placer esta pena!

Si yo fuera otro ser
no lo podría entender
pero es muy difícil ver
si algo controla mi ser.

Puedo ver y sentir y decir
mi vida dormir,
¡esta extraña influencia!

Influencia.

Puedo ver, y sentir, y decir
mi vida dormir,
será por tu influencia.

Influencia.

Esta extraña influencia.

Esta extraña influencia.




Canción en https://www.youtube.com/watch?v=mcYwWP5EvIo






Del disco homónimo, lanzado el 2002.







jueves, febrero 22, 2007

"El marinero", de Fernando Pessoa




A CARLOS FRANCO


Una sala, sin duda en un castillo antiguo.
La sala se ve que es circular.
En el centro se yergue sobre un catafalco
un ataúd con una doncella de blanco.
Cuatro hachas en los ángulos.
A la derecha, casi frente a quien imagina la sala,
hay una única ventana, alta y estrecha,
que da hacia donde sólo se ve,
entre dos montes lejanos,
un pequeño trozo de mar.
Junto a la ventana velan tres doncellas.
La primera está sentada frente a la ventana,
e espaldas al hacha superior de la derecha.
Las otras dos están sentadas una a cada lado de la ventana.
Es de noche y hay como [1] un vago resto de luar [2].





PRIMERA VELADORA – Todavía no ha dado hora alguna.
SEGUNDA – No se podría oír. No hay reloj aquí cerca. Dentro de poco debe ser de día.
TERCERA – No: el horizonte está negro.
PRIMERA – ¿No deseas, hermana mía, que nos entretengamos contando lo que fuimos? Es hermoso y siempre es falso...
SEGUNDA – No, no hablemos de eso. Además, ¿fuimos nosotras algo?
PRIMERA – Tal vez. No lo sé. Pero, a pesar de todo, siempre es hermoso hablar del pasado... Las horas han caído y hemos guardado silencio. Por mi parte, he estado mirando la llama de aquella vela. A veces tiembla, otras se hace más amarilla, otras empalidece. No sé por qué ocurre eso. Pero sabemos nosotras, hermanas mías, ¿por qué ocurre cualquier cosa?...

(una pausa)

LA MISMA – Hablar del pasado - eso debe ser hermoso, porque es inútil y apena tanto...
SEGUNDA – Hablemos, si queréis, de un pasado que no hubiésemos tenido.
TERCERA – No. Tal vez lo hubiésemos tenido...
PRIMERA – No decís más que palabras. ¡Es tan triste hablar! ¡Es un modo tan falso de olvidarnos!... ¿Y si paseáramos?...
TERCERA – ¿Dónde?
PRIMERA – Aquí, de un lado para otro. A veces eso va en busca de sueños.
TERCERA – ¿De qué?
PRIMERA – No sé. ¿Por qué habría de saberlo?

(una pausa)

SEGUNDA – Todo este país es muy triste... En el que yo viví antaño era menos triste. Al atardecer, hilaba sentada junto a mi ventana. La ventana daba al mar y, a veces, había una isla a lo lejos... Muchas veces no hilaba; miraba el mar y me olvidaba de vivir. No sé si era feliz. Ya no volveré a ser aquello que quizá no he sido nunca...
PRIMERA – Fuera de aquí, nunca he visto el mar. Ahí, desde esa ventana, que es la única desde donde el mar se ve, ¡se ve tan poco!... ¿Es hermoso el mar de otras tierras?
SEGUNDA - Sólo el mar de otras tierras es hermoso. El que nosotras vemos nos trae siempre saudades [3] de aquel que no veremos nunca...

(una pausa)

PRIMERA – ¿No decíamos que íbamos a contar nuestro pasado?
SEGUNDA – No, no lo decíamos.
TERCERA – ¿Por qué no habrá reloj en esta sala?
SEGUNDA – No lo sé... Pero así, sin reloj, todo es más lejano y misterioso. La noche pertenece más a sí misma... ¿Quién sabe si podríamos hablar así si supiéramos la hora que es?
PRIMERA – En mí todo es triste, hermana mía. Paso diciembres en el alma... Estoy procurando no mirar a la ventana... Sé que desde allí se ven, a lo lejos, montes... Yo fui feliz antaño más allá de los montes... Yo era una niña. Cogía flores todo el día y antes de dormirme pedía que no me las quitasen... No sé qué tiene esto de irreparable que me dan ganas de llorar... Eso sólo pudo ser lejos de aquí... ¿Cuándo llegará el día?...
TERCERA – ¿Qué importa? Llega siempre de la misma manera... siempre, siempre, siempre...

(una pausa)

SEGUNDA - Contémonos cuentos unas a otras... Yo no sé ningún cuento, pero eso no daña... Tan sólo el vivir daña... No rocemos por la vida ni siquiera la orla de nuestros vestidos... No, no os levantéis. Eso sería un gesto y cada gesto interrumpe un sueño... En este momento yo no soñaba, pero me agrada pensar que podía haber estado soñando... Mas el pasado, ¿por qué no hablamos del pasado?
PRIMERA – Hemos decidido no hacerlo... Pronto rayará el día y nos arrepentiremos... Con la luz los sueños se adormecen... El pasado no es más que un sueño... Además, ni siquiera sé lo que no es sueño... Si miro atentamente el presente, me parece que ya pasó... ¿Qué es cualquier cosa? ¿Cómo pasa? ¿Cómo es por dentro el modo con que pasa?... Ah, hablemos, hermanas mías, hablemos en alto, hablemos todas juntas... El silencio comienza a tomar cuerpo, comienza a ser cosa... Siento que me envuelve como una niebla... ¡Ah, hablad, hablad!...
SEGUNDA – ¿Para qué? Os observo a las dos y al punto no os veo... Parece que entre nosotras han crecido abismos... Tengo que agotar la idea de que os puedo ver para poder llegar a veros... Este aire caliente es frío por dentro en el lugar donde toca el alma... Debería sentir ahora manos imposibles deslizándose por mis cabellos –es el gesto con que hablan de las sirenas... (Cruza las manos sobre las rodillas. Pausa.) Hace un momento, cuando no pensaba en nada, estaba pensando en mi pasado.
PRIMERA – También yo debía haber estado pensando en el mío...
TERCERA – Yo ya no sabía en qué pensaba... Tal vez en el pasado de los otros..., en el pasado de gente maravillosa que nunca existió... Junto a la casa de mi madre corría un riachuelo... ¿Por qué correría, y por qué no correría más lejos o más cerca?... ¿Hay alguna razón para que una cosa sea lo que es? ¿Existe para ello una razón verdadera y real como mis manos?...
SEGUNDA – Las manos no son verdaderas ni reales... Son misterios que habitan nuestra vida... A veces, cuando contemplo mis manos tengo miedo de Dios... No hay viento que mueva las llamas de las velas y, mirad, se mueven... ¿Hacia dónde se inclinan?... ¡Qué pena si alguien pudiese responder!... Siento grandes deseos de oír extrañas músicas que deben ahora estar tocando en palacios de otros continentes... Siempre es lejanía [4] en mi alma... Tal vez, porque cuando era niña, corrí tras las olas a la orilla del mar. Llevé la vida de la mano por entre las rocas, bajamar, cuando el mar parece haber cruzado las manos sobre el pecho y haberse adormecido cual estatua de ángel para que nunca más nadie mirase...
TERCERA – Tus frases me recuerdan mi alma...
SEGUNDA – Quizá por no ser verdaderas... Mal sé que las digo... Las repito siguiendo una voz que no oigo y que me las está murmurando en secreto... Pero debo haber vivido realmente a la orilla del mar... Amo todo cuanto se mece... Hay olas en mi alma. Al caminar me balanceo... Ahora me gustaría caminar...
No lo hago porque nunca vale la pena hacer nada, sobre todo lo que se quiere hacer... Es de los montes de lo que tengo miedo... Es insufrible su quietud y su grandeza... Deben tener un secreto de piedra y se niegan a saber que lo tienen... Si asomándome a esta ventana pudiese dejar de ver montes, asomaría un momento a mi alma alguien en quien me sentiría feliz...
PRIMERA – Yo, por mi parte, amo los montes... Del lado de acá de todos los montes la vida es siempre fea... Del lado de allá, donde vive mi madre, solíamos sentarnos a la sombra de los tamarindos y hablar de ir a ver otras tierras... Allí era todo alegre y duradero como el canto de dos aves, una a cada lado del camino... La floresta no tenía otros claros que nuestros pensamientos... Y nuestro sueño era que los árboles proyectasen en el suelo otra calma que no sus sombras... Fue realmente así como vivimos, yo y no sé si alguien más... Decidme que fue verdad esto para que no tenga que llorar...
SEGUNDA – Viví entre rocas y acechaba el mar... La orla de mi falda era fresca y salada golpeando mis piernas desnudas... Era pequeña y extraña... Hoy tengo miedo de haber sido... El presente me parece que duermo... Habladme de las hadas. Nunca le oí a nadie hablar de ellas... El mar era demasiado grande para hacer pensar en las hadas... En la vida conforta ser niño... ¿Eras feliz, hermana mía?
PRIMERA – Empiezo en este instante a haberlo sido antaño... Además, todo aquello murió en las sombras... Los árboles lo vivieron más que yo... Nunca llegó y yo apenas tenía esperanzas... Y tú, hermana, ¿por qué no hablas?
TERCERA – Me causa horror que de aquí a poco os haya dicho ya lo que os voy a decir. Mis palabras presentes, apenas las diga, pertenecerán ya al pasado, quedarán fuera de mí, no sé donde, rígidas y fatales... Hablo, y pienso esto en mi garganta, y mis palabras me parecen gente... Tengo un miedo superior a mí misma. Siento en mi mano, no sé cómo, la llave de una puerta desconocida. Y toda yo soy un amuleto o un sagrario que tuviesen conciencia de sí mismos. Por esto es por lo que me aterra ir por una floresta oscura, a través del misterio de hablar... Y, al final, ¿quién sabe si soy yo así y si esto es sin duda lo que siento?...
PRIMERA – ¡Cuesta tanto saber lo que se siente cuando nos fijamos en nosotros mismos!... Incluso vivir sabe a costar tanto cuando uno se da cuenta que vive... Habla, pues, sin advertir que existes... ¿No nos ibas a decir quién eras?
TERCERA – Lo que antaño era ya no recuerda quien soy... ¡Pobre de la feliz que fui!... Yo he vivido entre las sombras de las ramas, y todo en mi alma son hojas que se estremecen. Cuando camino bajo el sol mi sombra es fresca. Pasé la fuga de mis días al lado de fuentes, donde mojaba, cuando soñaba vivir, las puntas apacibles de mis dedos... A veces, a la orilla de los lagos, me asomaba y me contemplaba... Cuando sonreía, mis dientes eran misteriosos en el agua... Tenían una sonrisa sólo suya, independiente de la mía... Sonreía siempre sin motivo... Habladme de la muerte, del fin de todo, para que tenga un motivo que recordar...
PRIMERA – No hablemos de nada, de nada... Hace más frío, pero ¿por qué hace más frío? No hay ninguna razón para que haga más frío. No es precisamente más frío lo que hace... ¿Para qué tenemos que hablar?... Es mejor cantar, no sé por qué... El canto, cuando la gente canta por la noche, es una persona alegre y sin miedo que entra de repente en el cuarto y lo anima consolándonos... Podría cantaros una canción que cantábamos en casa de mi pasado. ¿Por qué no queréis que os la cante?
TERCERA – No merece la pena, hermana mía... Cuando alguien canta no puedo estar conmigo. Necesito no poder recordarme. Y luego todo mi pasado se hace otro y lloro una vida muerta que llevo conmigo y que no viví nunca. Siempre es demasiado tarde para cantar, así como siempre es demasiado tarde para no cantar...

(una pausa)

PRIMERA – Pronto será de día... Guardemos silencio... La vida así lo quiere. Junto a la casa en que nací había un lago. Yo iba allí y me sentaba a su orilla, sobre un tronco que había caído casi dentro del agua... Me sentaba en la punta y mojaba en el agua los pies, estirando los dedos hacia abajo. Después miraba fijamente las puntas de los pies, pero no para verlos. No se por qué, pero me parece que este lago nunca ha existido... Recordarlo es como no poder acordarme de nada... ¿Quién sabe por qué digo esto y si fui yo quien vivió lo que recuerdo?...
SEGUNDA – Nos ponemos tristes cuando soñamos a la orilla del mar... No podemos ser lo que queremos ser, porque lo que queremos ser lo queremos siempre haber sido en el pasado... Cuando la ola se quiebra y bulle la espuma, parece que hay mil voces diminutas hablando. La espuma tan sólo parece fresca a quien la cree una... Todo es mucho y no sabemos nada... ¿Queréis que os cuente lo que soñaba a la orilla del mar?
PRIMERA – Puedes contarlo, hermana mía; pero nada en nosotras necesita que nos lo cuentes... Si es hermoso, me pesa ya el haberlo oído. Y si no es hermoso, espera... cuéntalo sólo después de cambiarlo...
SEGUNDA – Voy a contároslo. No es totalmente falso, porque sin duda nada es totalmente falso. Debe haber sido así... Un día, me encontré recostada sobre la cima fría de una roca, y había olvidado que tenía padre y madre y que había habido en mí, infancia y otros días; ese día vi a lo lejos como una cosa que sólo yo pensara ver, el pasar vago de una vela... Luego desapareció... Cuando reparé en mí, me di cuenta que ya tenía ese sueño mío... No sé dónde empezó... Nunca volví a ver otra vela... Ninguna vela de los navíos que de aquí zarpan se parece a aquella, ni siquiera cuando hay luna y los navíos pasan de lejos, lentamente...
PRIMERA – Por la ventana veo un barco a lo lejos. Tal vez es el que viste...
SEGUNDA – No, hermana mía; el que ves busca sin duda algún puerto... Es imposible que el que yo vi buscase algún puerto...
PRIMERA – ¿Por qué me has respondido?... Puede ser... No he visto ningún barco por la ventana... Deseaba ver uno y te hablé de él para no entristecerme... Ahora cuéntanos lo que soñaste a la orilla del mar...
SEGUNDA – Soñaba con un marinero que se hubiese perdido en una isla lejana. En la isla había firmes palmeras, pocas, que rondaban ociosas aves... No vi si alguna vez se posaban... Desde que se salvó del naufragio, el marinero vivía allí... Como no tenía medio de volver a su patria, y sufría cada vez que la recordaba, se puso a soñar una patria que nunca hubiese tenido; se puso a imaginar que hubiera sido suya otra patria, otra suerte de país con otro tipo de paisajes, y otra gente, y otra forma de andar por las calles y de asomarse a las ventanas... A cada rato, construía en sueños esta falsa patria, nunca dejaba de soñar, por el día bajo la sombra exigua de las grandes palmeras, que se recortaba, orlada de puntas, en el suelo arenoso y caliente; por la noche, tendido en la playa, de espaldas, y sin fijarse en las estrellas.
PRIMERA – ¡Qué no haya habido un árbol que motease sobre mis manos extendidas la sombra de un sueño como ese!...
TERCERA – Déjala hablar... No la interrumpas... Conoce palabras que las sirenas le enseñaron... Entorno los ojos para poder escucharla... Cuenta, hermana mía, cuenta... Me duele el corazón por no haber sido tú cuando soñabas a la orilla del mar...
SEGUNDA – Durante años y años, día a día, el marinero erigía en un sueño continuo su nueva tierra natal... Todos los días ponía una piedra de sueño en ese edificio imposible... Pronto iba teniendo un país que había recorrido ya tantas veces. Recordaba haber transitado ya a lo largo de sus costas durante horas y horas. Sabía qué color solían tener los crepúsculos en una bahía del norte, y lo apacible que era arribar, entrada ya la noche, con el alma apoyada en el murmullo del agua que el navío surcaba, a un gran puerto del sur en donde antaño había pasado, feliz quizá, de sus mocedades la supuesta...

(una pausa)

PRIMERA – Hermana mía, ¿por qué te callas?
SEGUNDA – No se debe hablar demasiado... La vida nos acecha siempre... Toda hora es madre de sueños, pero es preciso no saberlo... Cuando hablo demasiado empiezo a separarme de mí y a oírme hablar. Eso hace que me compadezca de mí misma y sienta excesivamente el corazón, entonces me viene un afligido deseo de tenerlo entre los brazos para mecerlo como a un hijo... Mirad: el horizonte ha empalidecido... El día no puede ya tardar... ¿Es necesario que os hable aún más de mi sueño?
PRIMERA – Cuenta siempre, hermana mía, cuenta siempre... No pares de contar, ni te fijes en los días que nacen... El día nunca nace para quien apoya la cabeza en el seno de las horas soñadas... No retuerzas las manos, recuerda el ruido de una serpiente furtiva... Háblanos más, mucho más, de tu sueño. Es tan verdadero que no tiene sentido ninguno. Sólo pensar en oírte, me emociona...
SEGUNDA – Sí, os hablaré más de mi sueño. Incluso necesito contároslo. A medida que lo voy contando, me lo cuento a mí misma... Son tres escuchando... (De repente, mirando el ataúd, y estremeciéndose.) Tres no... No sé... No sé cuántas...
TERCERA – No hables así... Cuenta deprisa, sigue contando... No hables de cuántos pueden oír... Nunca sabemos cuántas cosas realmente viven y ven y escuchan... Vuelve a tu sueño... El marinero. ¿Qué soñaba el marinero?...
SEGUNDA – (más bajo, con una voz muy pausada) Al principio creó los paisajes, después creó las ciudades; más tarde las calles y las travesías, una a una, cincelándolas en la materia de su alma – una a una las calles, barrio a barrio, hasta los paredones de los muelles, en donde construyó puertos más tarde... Una a una las calles, y la gente que las recorría y que las miraba desde las ventanas... Empezó a conocer a gente [5] como quien apenas las reconoce... Iba conociendo sus vidas pasadas y sus conversaciones [6] y todo eso como quien tan sólo sueña paisajes y los va viendo... Luego viajaba, recordado [7], a través del país que creara... Y así fue construyendo su pasado... Pronto tuvo otra vida anterior... Tenía ya, en esa nueva patria, un lugar donde había nacido, los sitios donde había pasado la juventud, los puertos donde había embarcado... Iba teniendo poco a poco los compañeros de la infancia y más tarde los amigos y enemigos de su madurez... Todo era diferente de como lo había tenido – ni el país, ni la gente, ni siquiera su mismo pasado se asemejaban a lo que habían sido... ¿Me obligáis a que continúe?... ¡Me apena tanto hablar de esto!... Ahora, al hablaros de ello, me gustaría más estar contando otros sueños...
TERCERA – Continúa, aunque no sepas por qué... Cuanto más te escucho, menos me pertenezco...
PRIMERA – ¿Será bueno realmente que continúes? ¿Debe cualquier historia tener fin? En todo caso sigue... Importa tan poco lo que decimos o no decimos... Velamos las horas que pasan... Nuestro menester es inútil como la Vida...
SEGUNDA – Un día que había llovido mucho, y el horizonte estaba aún muy incierto, el marinero se cansó de soñar... Quiso entonces recordar su patria verdadera..., pero vio que no se acordaba de nada, que no existía para él... No recordaba otra infancia que la de su patria de sueño, ni otra adolescencia que la que se había creado... Toda su vida había sido su vida soñada... Vio que no podía haber existido otra vida... Si de ni una calle, ni de una figura, ni de un gesto materno se acordaba... Y en la vida que le parecía haber soñado, todo era real y había sido... Ni siquiera podía soñar otro pasado, imaginar que hubiese tenido otro, como todos, un momento, pueden creer... Oh hermanas mías, hermanas mías... Hay algo que no sé lo que es, que no os he dicho... algo que explicaría todo esto... Mi alma me desalienta... Mal sé si he estado hablando... Habladme, gritadme para que despierte, para que sepa que estoy aquí ante vosotras y que hay cosas que son tan sólo sueños...
PRIMERA – (con una voz muy baja) No sé que decirte... No me atrevo a mirar a las cosas... ¿Cómo continúa ese sueño?...
SEGUNDA – No sé cómo era el resto... Mal sé cómo era el resto... ¿Por qué ha de haber más?...
PRIMERA – ¿Qué ocurrió después?
SEGUNDA – ¿Después? ¿Después de qué? ¿Es después alguna cosa?... Vino un día un barco... Vino un día un barco... – Sí, sí... Sólo podía haber sido así... – Vino un día un barco, y pasó por esa isla, y allí no estaba el marinero...
TERCERA – Quizá hubiese regresado a su patria... ¿Pero a cuál?
PRIMERA – Sí, ¿a cuál? ¿Qué habrían hecho del marinero? ¿Lo sabría alguien?
SEGUNDA – ¿Por qué me lo preguntas? ¿Hay respuesta para algo?

(una pausa)

TERCERA – ¿Es absolutamente necesario, aun en tu sueño, que haya existido ese marinero y esa isla?
SEGUNDA – No, hermana mía; nada es absolutamente necesario.
PRIMERA – Al menos, ¿cómo acabó el sueño?
SEGUNDA – No acabó... No sé... Ningún sueño acaba... ¿Sé realmente si no lo continúo soñando, si no lo sueño sin saberlo, si el soñarlo no es esta cosa vaga que llamo mi vida?... No me habléis más... Empiezo a estar segura de algo que no sé lo que es... Avanzan hacia mí, por una noche que no es ésta, los pasos de un horror que desconozco... ¿A quién habré ido a despertar con el sueño mío que os he contado?... Siento un miedo disforme de que Dios hubiese prohibido mi sueño... Sin duda mi sueño es más real de lo que Dios permite... No estéis en silencio... Decidme al menos que la noche va pasando, aunque lo sepa... Mirad, comienza a ser de día... Mirad: va a llegar el día real... Desistamos... No pensemos más... No intentemos seguir en esta aventura interior... ¿Quién sabe lo que está en su final?... Todo esto, hermanas mías, murió con la noche... No hablemos más de ello, ni a nosotras mismas... Es humano y conveniente que tomemos, cada cual, su actitud de tristeza.
TERCERA – Me ha sido tan grato escucharte... No digas que no... Bien sé que no ha merecido la pena... Por eso es por lo que lo he encontrado grato... No ha sido por eso, pero deja que lo diga... Además, la música de tu voz, que he sentido aún más que tus palabras, me deja, quizá por ser tan sólo música, insatisfecha...
SEGUNDA – Todo deja insatisfecha, hermana mía... Los hombres que piensan se cansan de todo, porque todo cambia. Los hombres que pasan lo atestiguan, porque cambian con todo... Eterno y hermoso sólo existe el sueño... ¿Por qué estamos hablando todavía?...
PRIMERA – No lo sé... (mirando el ataúd, bajando la voz) ¿Por qué se muere?
SEGUNDA – Tal vez porque no se sueña bastante...
PRIMERA – Es posible... Entonces, ¿no valdría la pena encerrarnos en el sueño y olvidar la vida para que la muerte nos olvidase?...
SEGUNDA – No, hermana mía, nada vale la pena...
TERCERA – Hermanas mías, ya es de día... Mirad: la línea de los montes se maravilla... ¿Por qué no lloramos?... Esa que finge estar ahí era hermosa y joven como nosotras, y soñaba también... Estoy segura de que su sueño era el más hermoso de todos... ¿Qué soñaría ella?...
PRIMERA – Habla más bajo. Quizá nos escucha, y ya sabe para qué sirven los sueños...

(una pausa)

SEGUNDA – Tal vez nada de esto sea verdad... Todo este silencio, y esta muerta, y este día que nace, tal vez no son más que un sueño... Mirad bien todo esto... ¿Creéis que pertenece a la vida?...
PRIMERA – No lo sé. No sé cómo se es de la vida... ¡Ah, qué inmóvil estás! Y tus ojos tan tristes parece que lo están inútilmente...
SEGUNDA – No merece la pena estar triste de otro modo... ¿No os apetece que nos callemos? Es tan extraño estar viviendo... Todo lo que sucede es increíble, tanto en la isla del marinero como en este mundo... Mirad, ya está verde el cielo... El horizonte sonríe oro... Siento que me escuecen los ojos por haber pensado en llorar...
PRIMERA – Lloraste realmente, hermana mía.
SEGUNDA – Tal vez... No importa... ¿Qué clase de frío es éste [8]?... ¡Ah, es ahora... es ahora!... Respondedme a esto... Respondedme aún una cosa... ¿Por qué la única cosa real en todo esto no será el marinero, y nosotras y todo lo de aquí tan sólo un sueño suyo?...
PRIMERA – No hables más, no hables más... Lo que has dicho es tan extraño que debe ser verdad... No sigas... No sé qué ibas a decir, pero debe ser demasiado para que el alma pueda oírlo... Tengo miedo de lo que no llegaste a decir... Mirad, mirad, ya es de día... Mirad el día... Haced todo lo posible por fijaros sólo en el día, en el día real, ahí fuera... Miradlo, miradlo... Consuela... No penséis, no reflexionéis... Mirad cómo llega, el día... Brilla cual oro en tierra de plata. Las leves nubes se redondean a medida que adquieren color... ¿Y si nada existiese, hermanas mías?... ¿Y si todo fuese, de algún modo, absolutamente cosa ninguna?... ¿Por qué has mirado así?...

(No le responden. Y nadie había mirado de ninguna manera)

LA MISMA – ¿Qué es lo que has dicho que me ha aterrado?... Lo he sentido tanto que apenas vi lo que era... Dime qué fue para que oyéndolo de nuevo no tenga tanto miedo como antes... No, no... No digas nada... No te lo pregunto para que me respondas, sino por hablar solamente, para no dejarme pensar... Tengo miedo de poder recordar lo que fue... Pero fue algo desmedido y pavoroso como el que haya Dios... Ya deberíamos haber acabado de hablar... Hace ya tanto tiempo que nuestra conversación perdió el sentido... Lo que hay entre nosotras que nos hace hablar dura demasiado... Aquí hay otras presencias además de nuestras almas... El día ya debería haber despuntado... Ya deberían haber despertado... Algo se demora... Todo se demora... ¿Qué es lo que está ocurriendo en las cosas conforme con nuestro horror?... Ah, no me abandonéis... Hablad conmigo... Hablad al mismo tiempo que yo para no dejar sola a mi voz... Tengo menos miedo a mi voz que a la idea de mi voz, dentro de mí, si reparo en que estoy hablando...
TERCERA – ¿Qué voz es esa con que hablas?... Es de otra... Viene de una especie de lejanía[9].
PRIMERA – No sé... No me recuerdes eso... Debería estar hablando con la voz aguda y trémula del miedo... Pero ya no sé cómo se habla... Entre mi voz y yo se ha abierto un abismo... Todo esto, toda esta conversación y esta noche y este miedo, todo esto debería haber acabado, debería haber acabado de repente, después del horror que nos contaste... Empiezo a sentir que lo olvido, eso que dijiste, y que me hizo pensar que debía gritar de un modo distinto para expresar un horror parecido...
TERCERA – (a la SEGUNDA) Hermana mía, no nos debías haber contado esa historia. Ahora, con más horror, me admira el estar viva. Contabas, y me distraía tanto que oía el sentido de tus palabras independientemente de su sonido. Y me parecía que tú, y tu voz, y el sentido de cuanto decías, eran tres entes diferentes como tres criaturas que hablan y andan.
SEGUNDA – Son realmente tres entes diferentes, con vida propia y real. Tal vez Dios sepa por qué... Ah, pero ¿por qué hablamos? ¿Quién nos hace seguir hablando? ¿Por qué hablo yo sin querer hablar? ¿Por qué no vemos que ya es de día?...
PRIMERA – ¡Quién pudiese gritar para despertarnos! Estoy oyéndome gritar dentro de mí, pero ya no conozco el camino de mi deseo hacia mi garganta. Siento una necesidad feroz de tener miedo de que alguien pueda ahora llamar a aquella puerta. ¿Por qué no llama alguien a la puerta? Sería imposible y yo necesito tener miedo de eso, de saber de qué es de lo que tengo miedo... ¡Qué extraña me siento!... Me parece que ya no tengo mi voz... Parte de mí se ha adormecido y se ha quedado imaginando... Mi pavor ha aumentado pero yo ya no sé sentirlo... Ya no sé en qué parte del alma se siente... Han puesto al sentimiento mío de mi cuerpo una mortaja de plomo... ¿Para qué nos has contado tu historia?
SEGUNDA – Ya no recuerdo... Ya casi no recuerdo haberla contado... ¡Parece haber ocurrido hace ya tanto tiempo!... ¡Qué sueño [10], qué sueño absorbe mi modo de mirar las cosas!... ¿Qué es lo que queremos hacer? ¿Qué es lo que ideamos hacer? - ya no sé si es hablar o no hablar...
PRIMERA – No hablemos más. A mí, me cansa el esfuerzo que hacéis para hablar... Me duele el intervalo que hay entre lo que pensáis y lo que decís... Mi conciencia flota en la superficie de mi piel por la somnolencia aterrada de mis sentidos... No sé qué es esto, pero es lo que siento... Necesito decir frases confusas, un poco largas, que cueste decirlas... ¿No sentís todo esto como una araña enorme que nos teje de alma a alma una tela negra que nos prende?
SEGUNDA – No siento nada... Siento mis sensaciones como algo que se siente... ¿Quién es quien estoy siendo?... ¿Quién es quien está hablando con mi voz?... Ah, escuchad...
PRIMERA Y TERCERA – ¿Quién ha sido?
SEGUNDA – Nada. No oí nada... Quise fingir que oía para que supusierais que oíais y yo pudiese creer que había algo que oír... Oh, qué horror, qué horror íntimo nos desprende la voz del alma, y las sensaciones de los pensamientos, y nos hace hablar y sentir y pensar cuando todo en nosotras anhela el silencio y el día y la inconsciencia de la vida... ¿Quién es la quinta persona en esta sala que extiende el brazo y nos interrumpe siempre que vamos a sentir?
PRIMERA – ¿Para qué intentar horrorizarme? No cabe más terror dentro de mí... Peso demasiado en brazos de sentirme. Me he hundido toda en el tibio lodo de lo que supongo que siento. Me penetra por todos los sentidos algo que nos prende y nos vela. Me pesan los párpados en todas mis sensaciones. Se traba la lengua en todos mis sentimientos. Un sueño profundo pega unas a otras las ideas de todos mis gestos. ¿Por qué has mirado así?...
TERCERA – (con una voz muy lenta y apagada) Ah, es ahora, es ahora... Sí, alguien ha despertado... Hay gente que despierta... Cuando alguien entre acabará todo esto... Hasta entonces hagamos lo posible por creer que todo este horror fue un largo sueño que tuvimos mientras dormíamos. Ya es de día... Todo va a terminar... Y de todo esto queda, hermana mía, que sólo tú eres feliz porque crees en el sueño...
SEGUNDA – ¿Por qué me lo preguntas? ¿Por qué lo he dicho? No, no creo...



Un gallo canta. La luz parece como que [11] aumenta de repente. Las tres veladoras se quedan en silencio y sin mirarse unas a otras.
No muy lejos, por un camino, un carro errante gime y chirría.


11/12, Octubre, 1913.



NOTAS


1) El giro como que, muy abundante en los escritores portugueses, ha sido traducido en esta ocasión por “como”, considerando el “que” como expletivo u ocioso. (Los interesados en la cuestión pueden consultar el artículo de Amado Alonso, “Español ‘como que’ y ‘como que’”; R.F.E. XII, 1925, pp. 133-156).
2) El término luar, que muchos traductores del portugués se empeñan en traducir, no tiene para mí equivalencia posible en español; de ahí que pase a formar parte del léxico de la traducción. Junto a su significación meramente conceptual “la claridad que la luna irradia, la luz de la luna, resplandor de la luna” (A. Moráis Silva, Grande Dicionário da Língua Portuguesa. Editorial Confluência. Lisboa 1949-1959), luar participa de otros valores no conceptuales (connotativos) que imposibilitan su traslado correcto al castellano. Luar no es sólo “el resplandor de la luna” sino también el ambiente, la atmósfera creada por ese resplandor.
Creo (y es una opinión) que en Pessoa es aún mucho más arriesgada la traducción de este término dada su temprana inquietud por el mundo de lo oculto, inquietud que se manifiesta en algunos pasajes de este texto.
3) Saudade se suele traducir por “nostalgia”, pero considero lo suficientemente rico y complejo el significado de este término (se ha dicho que saudade es una de las claves para el entendimiento de lo portugués) para arriesgarme a dar una traducción correcta, de ahí que mantenga la palabra original. El diccionario de Morais Silva define así saudade: “Melancolía causada por el recuerdo de un bien del que se está ahora privado. Pesar, dolor causado por la ausencia de alguien o del objeto querido. Recuerdo grato y al mismo tiempo triste de la persona que se nos había hecho agradable”.
4) He traducido el adverbio longe por “lejanía” porque en la lengua portuguesa, frecuentemente, se emplea como sustantivo, e incluso como adjetivo. M. Rodrigues Lapa en Estilística da Língua Portuguesa (Seara Nova. Lisboa, 1973, pp 229-230) afirma que la sustantivación de longe (lejos, distante) da a la distancia un tono de indeterminación y de afectividad, lo que da una idea del valor expresivo de este término.
5) La significación del adjetivo certa en el sintagma certa gente es ambigua. Unas veces (las más) indetermina al sustantivo que acompaña, de ahí mi traducción “Empezó a conocer a gente”; otras (las menos) lo determina, en cuyo caso la traducción sería: “Empezó a conocer a determinada gente”.
6) “Conversaciones” traduce conversas, que a menudo puede significar también “mentiras”, “embustes”, “falsedades” etc.
7) “recordado”, traduce recordado (participio de recordar), que tanto en portugués como en español no es más que un uso arcaico, sinónimo del participio “despierto”.
8) “¿Qué clase de frío es este? traduce Que frió é isto?, que literalmente sería: “¿Qué frío es esto?”
9) “Viene de una especie de “lejanía”. Ver nota número 4.
10) “Sueño” traduce sono y también sonho. La lengua portuguesa distingue entre “sueño” (acto de dormir) (sono > sonho < somnium).
11) En esta ocasión el giro como que ha sido traducido por “parece como que” (giro muy frecuente que admite el “como” de semejanza para recalcar el concepto de semejanza y parecido) pues entiendo con Cuervo (Diccionario de construcción y régimen. París. 1893; citado por Amado Alonso, ver nota 1) que ese como que se explica por elipsis de “parecer”. Hemos de señalar, por último, que Fernando Pessoa utiliza este giro solamente en la acotación primera y en la última, procurando con ello envolver su drama en la misma atmósfera de vaguedad y misterio en que se desarrolla.











domingo, febrero 11, 2007

"La tempestad", de Eugenio Montale




La tempestad que escurre, en las duras
hojas de la magnolia, los largos truenos
de marzo y el granizo,
(los sonidos de cristal en tu nido
nocturno te sorprenden, del oro
que se ha extinguido en las caobas, en los cantos
encuadernados de los libros, arde todavía
un terroncito de azúcar en la cobertura
de tus párpados)

el relámpago que cristaliza
árboles y muros y los sorprende en esa
eternidad del instante -mármol, maná
y destrucción- que llevas como una condena
esculpida en tu interior y que te liga
a mí más que el amor, extraña hermana
-y además el áspero reposo, y los tambores, la furia
de las panderetas sobre la oscura fosa,
el taconeo del fandango, y finalmente
algún torpe ademán...
                                          Como cuando
te volviste y con la mano, la frente
despejada de la nube del cabello,
me saludaste- para entrar en la sombra.





1956








sábado, febrero 10, 2007

"Fuenteovejuna", de Lope de Vega

Fragmento o 'Monólogo de Laurencia'


Personas que hablan en Fuenteovejuna:

La reina ISABEL de Castilla
El REY Fernando de Aragón
Rodrigo Téllez Girón, MAESTRE de la Orden de Calatrava
Fernán Gómez de Guzmán,
COMENDADOR Mayor de la Orden de Calatrava
Don Gómez MANRIQUE
Un JUEZ
Dos REGIDORES de Ciudad Real
ORTUÑO, criado del Comendador
FLORES, criado del Comendador
ESTEBAN, Alcaide de Fuenteovejuna
ALONSO, un regidor de Fuenteovejuna
Otro REGIDOR de Fuenteovejuna
LAURENCIA, labradora de Fuenteovejuna, hija de Esteban
JACINTA, labradora de Fuenteovejuna
PASCUALA, labradora de Fuenteovejuna
JUAN ROJO, labrador
FRONDOSO, labrador
MENGO, labrador gracioso
BARRILDO, labrador
LEONELO, Licenciado en derecho
CIMBRANO, soldado
Un MUCHACHO
LABRADORES y LABRADORAS
MÚSICOS




del ACTO TERCERO


Salen ESTEBAN, ALONSO y BARRILDO

ESTEBAN: ¿No han venido a la junta?
BARRILDO: No han venido.
ESTEBAN: Pues más a priesa nuestro daño corre.
BARRILDO: Ya está lo más del pueblo prevenido.
ESTEBAN: Frondoso con prisiones en la torre,
y mi hija Laurencia en tanto aprieto,
si la piedad de Dios no los socorre...

Salen JUAN ROJO y el REGIDOR

JUAN ROJO: ¿De qué dais voces, cuando importa tanto
a nuestro bien, Esteban, el secreto?
ESTEBAN: Que doy tan pocas es mayor espanto.

Sale MENGO

MENGO: También vengo yo a hallarme en esta junta.
ESTEBAN: Un hombre cuyas canas baña el llanto,
labradores honrados, os pregunta,
¿qué obsequias debe hacer toda esa gente
a su patria sin honra, ya perdida?
Y si se llaman honras justamente,
¿cómo se harán, si no hay entre nosotros
hombre a quien este bárbaro no afrente?
Respondedme: ¿Hay alguno de vosotros
que no esté lastimado en honra y vida?
¿No os lamentáis los unos de los otros?
Pues si ya la tenéis todos perdida,
¿a qué aguardáis? ¿Qué desventura es ésta?
JUAN ROJO: La mayor que en el mundo fue sufrida.
Mas pues ya se publica y manifiesta
que en paz tienen los reyes a Castilla
y su venida a Córdoba se apresta,
vayan dos regidores a la villa
y echándose a sus pies pidan remedio.
BARRILDO: En tanto que Fernando, aquél que humilla
a tantos enemigos, otro medio
será mejor, pues no podrá, ocupado
hacernos bien, con tanta guerra en medio.
REGIDOR: Si mi voto de vos fuera escuchado,
desamparar la villa doy por voto.
JUAN ROJO: ¿Cómo es posible en tiempo limitado?
MENGO: A la fe, que si entiende el alboroto,
que ha de costar la junta alguna vida.
REGIDOR: Ya, todo el árbol de paciencia roto,
corre la nave de temor perdida.
La hija quitan con tan gran fiereza
a un hombre honrado, de quien es regida
la patria en que vivís, y en la cabeza
la vara quiebran tan injustamente.
¿Qué esclavo se trató con más bajeza?
JUAN ROJO: ¿Qué es lo que quieres tú que el pueblo intente?
REGIDOR: Morir, o dar la muerte a los tiranos,
pues somos muchos, y ellos poca gente.
BARRILDO: ¡Contra el señor las armas en las manos!
ESTEBAN: El rey sólo es señor después del cielo,
y no bárbaros hombres inhumanos.
Si Dios ayuda nuestro justo celo,
¿qué nos ha de costar?
MENGO: Mirad, señores,
que vais en estas cosas con recelo.
Puesto que por los simples labradores
estoy aquí que más injurias pasan,
más cuerdo represento sus temores.
JUAN ROJO: Si nuestras desventuras se compasan,
para perder las vidas, ¿qué aguardamos?
Las casas y las viñas nos abrasan,
¡tiranos son! ¡A la venganza vamos!

Sale LAURENCIA, desmelenada

LAURENCIA: Dejadme entrar, que bien puedo,
en consejo de los hombres;
que bien puede una mujer,
si no a dar voto, a dar voces.
¿Conocéisme?
ESTEBAN: ¡Santo cielo!
¿No es mi hija?
JUAN ROJO: ¿No conoces
a Laurencia?
LAURENCIA: Vengo tal,
que mi diferencia os pone
en contingencia quién soy.
ESTEBAN: ¡Hija mía!
LAURENCIA: No me nombres
tu hija.
ESTEBAN: ¿Por qué, mis ojos?
¿Por qué?
LAURENCIA: Por muchas razones,
y sean las principales:
porque dejas que me roben
tiranos sin que me vengues,
traidores sin que me cobres.
Aún no era yo de Frondoso,
para que digas que tome,
como marido, venganza;
que aquí por tu cuenta corre;
que en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche,
del padre, y no del marido,
la obligación presupone;
que en tanto que no me entregan
una joya, aunque la compren,
no ha de correr por mi cuenta
las guardas ni los ladrones.
Llevóme de vuestros ojos
a su casa Fernán Gómez;
la oveja al lobo dejáis
como cobardes pastores.
¿Qué dagas no vi en mi pecho?
¿Qué desatinos enormes,
qué palabras, qué amenazas,
y qué delitos atroces,
por rendir mi castidad
a sus apetitos torpes?
Mis cabellos ¿no lo dicen?
¿No se ven aquí los golpes
de la sangre y las señales?
¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros padres y deudos?
¿Vosotros, que no se os rompen
las entrañas de dolor,
de verme en tantos dolores?
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el hombre.
Dadme unas armas a mí
pues sois piedras, pues sois tigres...
--Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando los cazadores
antes que entren por el mar
y pos sus ondas se arrojen.
Liebres cobardes nacistes;
bárbaros sois, no españoles.
Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores,
y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes,
y que mañana os adornen
nuestras tocas y basquiñas,
solimanes y colores!
A Frondoso quiere ya,
sin sentencia, sin pregones,
colgar el comendador
del almena de una torre;
de todos hará lo mismo;
y yo me huelgo, medio-hombres,
por que quede sin mujeres
esta villa honrada, y torne
aquel siglo de amazonas,
eterno espanto del orbe.
ESTEBAN: Yo, hija, no soy de aquellos
que permiten que los nombres
con esos títulos viles.
Iré solo, si se pone
todo el mundo contra mí.
JUAN ROJO: Y yo, por más que me asombre
la grandeza del contrario.
REGIDOR: ¡Muramos todos!
BARRILDO: Descoge
un lienzo al viento en un palo,
y mueran estos enormes.
JUAN ROJO: ¿Qué orden pensáis tener?
MENGO: Ir a matarle sin orden.
Juntad el pueblo a una voz;
que todos están conformes
en que los tiranos mueran.
ESTEBAN: Tomad espadas, lanzones,
ballestas, chuzos y palos.
MENGO: ¡Los reyes nuestros señores
vivan!
TODOS: ¡Vivan muchos años!
MENGO: ¡Mueran tiranos traidores!
TODOS: ¡Tiranos traidores, mueran!

Vanse todos

LAURENCIA: Caminad, que el cielo os oye.
¡Ah, mujeres de la villa!
¡Acudid, por que se cobre
vuestro honor, acudid, todas!




1612

viernes, febrero 09, 2007

"La vida de las abejas", de Maurice Maeterlinck




¿No es asombroso que la colmena que vemos tan confusamente, desde lo alto de nuestro mundo, nos dé, a la primera mirada que a ella dirigimos, una respuesta segura y profunda? ¿No es admirable que esos edificios llenos de certidumbre, sus usos, sus leyes, su organización económica y política, sus virtudes, sus crueldades mismas, nos muestren inmediatamente el pensamiento o el dios a que las abejas sirven y que no es ni el dios menos legítimo, ni el menos razonable que se pueda concebir, aunque quizá sea el único que todavía no hayamos adorado seriamente, quiero decir el porvenir? Solemos tratar, en nuestra historia humana, de valuar la fuerza y la grandeza moral de un pueblo o de una raza y no hallamos para ello otra medida que la persistencia y la amplitud del ideal que persiguen y la abnegación con que a él se sacrifican. ¿Hemos hallado con frecuencia un ideal más conforme a los deseos del Universo, más firme, más augusto, más desinteresado, más manifiesto y una abnegación más total y más heroica?




Fragmento X del Libro Segundo, 1901.







jueves, febrero 08, 2007

"Naufragios", de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Capítulo XXXII
De cómo nos dieron los corazones de los venados





En el pueblo donde nos dieron las esmeraldas dieron a Dorantes más de seiscientos corazones de venados, abiertos, de que ellos tienen siempre mucha abundancia para su mantenimiento, y por esto le pusimos nombre el pueblo de los Corazones, y por él es la entrada para muchas provincias que están a la mar del Sur; y si los que la fueren a buscar por aquí no entraren, se perderán, porque la costa no tiene maíz, y comen polvo de bledo y de paja y de pescado, que toman en la mar con bolsas, porque no alcanzan canoas. Las mujeres cubren sus vergüenzas con yerba y paja. Es gente muy apocada y triste. Creemos que cerca de la costa por la vía de aquellos pueblos que nosotros trujimos, hay más de mll leguas de tierra poblada, y tienen mucho mantenimiento, porque siembran tres veces en el año frisoles y maíz. Hay tres maneras de venados: los de la una de ellas son tamaños como novillos de Castilla; hay casas de asiento, que llaman buhíos, y tienen yerba, y esto es de unos árboles al tamaño de manzanos, y no es menester más de coger la fruta y untar la flecha con ella; y si no tienen fruta, quiebran una rama; y con la leche que tienen hacen lo mesmo. Hay muchos de estos arboles que son ponzoñosos, que si majan las hojas de él y las lavan en alguna agua allegada, todos venados y cualquier otros animales que de ella beben revientan luego. En este pueblo estuvimos tres días, y a una jornada de allí estaba otro en el cual tomaron tantas aguas, que porque un río cresció mucho, no lo podimos pasar, y nos detuvimos allí quince días. En este tiempo, Castillo vio al cuello de un indio una hebilleta de talabarte de espada, y en ella cosido un clavo de herrar; tomósela y preguntémosle qué cosa era aquélla y dijéronnos que habían venido del cielo. Preguntémosle mas, que quién la había traído de allá, y respondieron que unos hombres que traían barbas como nosotros, que habían venidodel cielo y llegado a aquel río, y que traían caballos y lanzas y espadas, y que habían alanceado dos de ellos; y lo mas disimuladamente que podíamos les preguntamos qué se habían hecho aquéllos hombres, y respondiéronnos que se habían ido a la mar, y que metieron sus lanzas por debajo del agua, y que ellos se habían también metido por debajo, y que después los vieron ir por cima hacia la puesta del sol. Nosotros dimos muchas gracias a Dios nuestro Señor por aquello que oímos, porque estábamos desconfiados de saber nuevas de cristianos; y, por otra parte, nos vimos en gran confusión y tristeza, creyendo que aquella gente no sería sino algunos que habían venido por la mar a descubrir; mas al fin, como tuvimos tan cierta nueva de ellos, dímonos más priesa a nuestro camino, y siempre hallábamos mas nueva de cristianos, y nosotros les decíamos que los íbamos a buscar para decirles que no los matasen ni tomasen por esclavos, ni los sacasen de sus tierras, ni les hiciesen otro mal ninguno, y de esto ellos holgaban mucho. Anduvimos mucha tierra, y toda la hallamos despoblada, porque los moradores de ella andaban huyendo por las sierras, sin osar tener casas ni labrar, por miedo de los cristianos. Fue cosa de que tuvimos muy gran lástima, viendo la tierra muy fértil, y muy hermosa y muyllena de aguas y de ríos, y ver los lugares despoblados y quemados, y la gente tan flaca y enferma, huída y escondida toda, y como no sembraban, con tanta hambre, se mantenían con corteza de árboles y raíces. De esta hambre a nosotros alcanzaba parte en todo este camino, porque mal nos podían ellos proveer estando tan desventurados, que parescía que se querían morir. Trujéronnos mantas de las que habían escondido por los cristianos y diéronnoslas, yaún contáronnos cómo otras veces habían entrado los cristianos por la tierra, y habían destruido y quemado los pueblos, y llevado la mitad de los hombres y todas las mujeres y muchachos, y que los que de sus manos se habían podido escapar andaban huyendo. Como los víamos tan atemorizados, sin osar parar en ninguna parte, y que ni querían ni podían sembrar ni labrar la tierra, antes estaban determinados de dejarse morir, y que esto tenían por mejor que esperar y ser tratados con tanta crueldad como hasta allí, y mostraban grandísimo placer con nosotros, aunque temimos que, llegados a los que tenían la frontera con los cristianos y guerra con ellos, nos habían de maltratar y hacer que pagásemoslo que los cristianos contra ellos hacían. Mas como Dios nuestro Señor fueservido de traernos hasta ellos, comenzáronnos a temer y acatar como los pasados y aún algo mas, de que no quedamos poco maravillados: por donde claramente se ve que estas gentes todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que éste es camino muy cierto, y otro no. Estos nos llevaron a un pueblo que está en un cuchillo de una sierra, y se ha de subir a él por grande aspereza; y aquí hallamos mucha gente que estaba junta, recogidos por miedo de los cristianos. Recebiéronnos muy bien, y diéronnos cuanto tenían, y diéronnos más de dos mll cargas de maíz, que dimos a aquellos miserables y hambrientos que hasta allí nos habían traído; y otro día despachamos de allí cuatro mensajeros por la tierra como lo acostumbrábamos hacer, para que llamasen y convocasen toda la más gente que pudiesen, a un pueblo que esté tres jornadasde allí; y hecho esto, otro día partimos con toda la gente que allí estaba,y siempre hallábamos rastro y señales adonde habían dormido cristianos; y amediodía topamos nuestros mensajeros, que nos dijeron que no habían halladogente, que toda andaba por los montes, escondidos huyendo, porque los cristianos no los matasen y hiciesen esclavos; y que la noche pasada habían vistoa los cristianos estando ellos detrás de unos árboles mirando lo que hacían, y vieron cómo llevaban muchos indios en cadenas; y de esto se alteraron los que con nosotros venían, y algunos de ellos se volvieron para dar aviso por la tierra cómo venían cristianos, y mucho más hicieran esto si nosotros no les dijéramos que no lo hiciesen ni tuviesen temor; y con esto se aseguraron yholgaron mucho. Venían entonces con nosotros indios de cien leguas de allí, y no podíamos acabar con ellos que se volviesen a sus casas; y por asegurarlos dormimos en el camino; y el siguiente día los que habíamos enviado por mensajeros nos guiaron adonde ellos habían visto los cristianos; y llegados a hora de vísperas, vimos claramente que habían dicho la verdad, y conoscimos la gente que era de a caballo por las estacas en que los caballos habían estado atados. Desde aquí, que se llama el río de Petutuan, hasta el río donde llegó Diego de Guzmán, puede haber hasta él, desde donde supimos de cristianos, ochenta leguas; y desde allí al pueblo donde nos tomaron las aguas, doce leguas; y desde allí hasta la mar del Sur había doce leguas. Por toda esta tierra donde alcanzan sierras, vimos grandes muestras de oro y alcohol, hierro, cobre y otros metales. Por donde estan las casas de asiento es caliente; tanto, que por enero hace gran calor. Desde allí hacía el mediodía de la tierra quees despoblada hasta la mar del Norte, es muy desastrosa y pobre, donde pasamos grande y increíble hambre; y los que por aquella tierra habitan y andan es gente crudelísima y de muy mala inclinación y costumbres. Los indios quetienen casa de asiento y los de atrás, ningun caso hacen de oro y plata, nihallan que pueda haber provecho de ello.