sábado, enero 06, 2007

"Pequeña confesión", de Jorge Teillier



En memoria de Serguei Esenin


Si, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
Tal vez nunca debiera haber dejado
El país de techos de zinc y cercos de madera.

En medio del camino de la vida
Vago por las afueras del pueblo
Y ni siquiera aquí se oyen las carretas
Cuya música he amado desde niño.

Desperté con ganas de hacer un testamento
—ese deseo que le viene a todo el mundo—
Pero preferí mirar una pistola
La única amiga que no nos abandona.

Todo lo que se diga de mí es verdadero
Y la verdad es que no me importa mucho.
Me importa soñar con caminos de barro
Y gastar mis codos en todos los mesones.

“Es mejor morir de vino que de tedio”
Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
Cuando se gastan los codos en todos los mesones.

Tal vez nunca debí salir del pueblo
Donde cualquiera puede ser mi amigo.
Donde crecen mis iniciales grabadas
En el árbol de la tumba de mi hermana.

El aire de la mañana es siempre nuevo
Y lo saludo como a un viejo conocido,
Pero aunque sea un boxeador golpeado
Voy a dar mis últimas peleas.

Y con el orgullo de siempre
Digo que las amadas pueden ir de mano en mano
Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
Y yo gasto mis codos en todos los mesones.

Como de costumbre volveré a la ciudad
Escuchando un perdido rechinar de carretas
Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
Mientras gasto mis codos en todos los mesones.




De Para un pueblo fantasma, publicado en 1978.



viernes, enero 05, 2007

“Desafío a la pintura”, de Louis Aragon

Extractos





Es curioso que casi nadie haya prestado atención a una singular ocupación, cuyas consecuencias no son del todo apreciables, de la que ciertos hombres se han librado en estos tiempos de manera sistemática y que recuerda más las artes de la magia que las de la pintura. Además de que pone en entredicho la personalidad, el talento, la propiedad artística y toda clase de otras ideas que se cobijaban tranquilas en los cerebros embrutecidos. Me refiero a lo que se denomina, por simplificar, el collage, aunque el empleo de la cola no sea más que una de las características de esta operación, ni siquiera una de las esenciales.

(…)

¿Cuándo aparece el collage? A pesar de los intentos de diversos dadaístas de primera hora, creo que hay que concederle el honor a Max Ernst, al menos en lo que concierne a los dos tipos de collages más alejados del principio de papel encolado de los cubistas, el collage fotográfico y el collage de ilustraciones. Al principio este descubrimiento tuvo tendencia a generalizarse, y las publicaciones Dadá alemanas, en especial, llegaron a tener collages firmados por al menos diez artistas. Pero el éxito de este procedimiento se debía más a la afición por el dominio del sistema que a una auténtica necesidad de expresarse a toda costa. Rápidamente, el uso de los collages se limitó a algunas personas y es cierto que toda la atmósfera de los collages de entonces resultó ser la del espíritu de Max Ernst, y solo de éste. A fin de cuentas, los dadaístas alemanes estaban divididos por grandes problemas. Es sabido que las preocupaciones sociales pusieron fin a su unión, durante la Revolución de 1917, y el fracaso revolucionario de la época de la inflación marcó el ocaso de sus actividades. En esos días, algunos creyeron resolver el problema de la inutilidad del arte mediante la adaptación de los medios artísticos a los fines de propaganda. De este modo el collage dio lugar a los fotomontajes –así se los denomina en Rusia y en Europa central-, usados sobre todo por los constructivistas. No me corresponde a mí despreciar un fenómeno sobre el cual los pintores puros se pronunciarán seguramente con desdén, pero que marca una de las oscilaciones de la pintura de nuestros días, y que es ante todo un síntoma de la necesidad de significar, característica de las formas en evolución del pensamiento en el estadio de la reflexión humana en el que nos hallamos.

(…)

Todos los pintores que han podido recibir el adjetivo de surrealistas –esto es significativo- han empleado el collage al menos temporalmente. Si los collages de muchos se acocan más al papel pegado que al collage tal como lo encontramos en Max Ernst, porque es una simple modificación de la caja de pinturas, en la mayoría, no obstante, desempeñan un papel importante y aparecen en un momento decisivo de la evolución que delimitan.

(…)

Estas costumbres pictóricas son nuevas y es pura necedad sorprenderse de ellas. Entonces, ¿por qué utilizar colores? Unas tijeras y papel, aquí tenemos la única paleta que no nos retrotrae a los pupitres de la escuela.

(…)

El pensamiento no es un deporte. No puede ser el pretexto de pequeños logros recompensados por aplausos. No es desinteresado. No es cosa de un hombre aislado. Los descubrimientos de todos generan la evolución de cada uno. No es gratuito el hecho de que ahora se produzca esto o lo otro. Y si en estos momentos pintar ya no es aquello que se conocía como tal, es importante que todos los pintores sean conscientes de ello. Los que no lo consigan no tendrán que sorprenderse de ser considerados como artesanos que fabrican a un alto precio un producto convertido en inútil por una simple reflexión de algunos contemporáneos.



 

jueves, enero 04, 2007

"El gordo y el flaco", de Antón Chéjov



En una estación de ferrocarril de la línea Nikoláiev se encontraron dos amigos: uno, gordo; el otro, flaco.

El gordo, que acababa de comer en la estación, tenía los labios untados de mantequilla y le lucían como guindas maduras. Olía a Jere y a Fleure d'orange. El flaco acababa de bajar del tren e iba cargado de maletas, bultos y cajitas de cartón. Olía a jamón y a posos de café. Tras él asomaba una mujer delgaducha, de mentón alargado —su esposa—, y un colegial espigado que guiñaba un ojo —su hijo.

—¡Porfiri! —exclamó el gordo, al ver al flaco—. ¿Eres tú? ¡Mi querido amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte!

—¡Madre mía! —soltó el flaco, asombrado—. ¡Misha! ¡Mi amigo de la infancia! ¿De dónde sales?

Los amigos se besaron tres veces y se quedaron mirándose el uno al otro con los ojos llenos de lágrimas. Los dos estaban agradablemente asombrados.

—¡Amigo mío! —comenzó a decir el flaco después de haberse besado—. ¡Esto no me lo esperaba! ¡Vaya sorpresa! ¡A ver, deja que te mire bien! ¡Siempre tan buen mozo! ¡Siempre tan perfumado y elegante! ¡Ah, Señor! ¿Y qué ha sido de ti? ¿Eres rico? ¿Casado? Yo ya estoy casado, como ves... Ésta es mi mujer, Luisa, nacida Vanzenbach... luterana... Y éste es mi hijo, Nafanail, alumno de la tercera clase. ¡Nafania, este amigo mío es amigo de la infancia! ¡Estudiamos juntos en el gimnasio!

Nafanail reflexionó un poco y se quitó el gorro.

—¡Estudiamos juntos en el gimnasio! —prosiguió el flaco—. ¿Recuerdas el apodo que te pusieron? Te llamaban Eróstrato porque pegaste fuego a un libro de la escuela con un pitillo; a mí me llamaban Efial, porque me gustaba hacer de espía... Ja, ja... ¡Qué niños éramos! ¡No temas, Nafania! Acércate más ... Y ésta es mi mujer, nacida Vanzenbach... luterana.

Nafanail lo pensó un poco y se escondió tras la espalda de su padre.

—Bueno, bueno. ¿Y qué tal vives, amigazo? —preguntó el gordo mirando entusiasmado a su amigo—. Estarás metido en algún ministerio, ¿no? ¿En cuál? ¿Ya has hecho carrera?

—¡Soy funcionario, querido amigo! Soy asesor colegiado hace ya más de un año y tengo la cruz de San Estanislao. El sueldo es pequeño... pero ¡allá penas! Mi mujer da lecciones de música, yo fabrico por mi cuenta pitilleras de madera... ¡Son unas pitilleras estupendas! Las vendo a rublo la pieza. Si alquien me toma diez o más, le hago un descuento, ¿comprendes? Bien que mal, vamos tirando. He servido en un ministerio, ¿sabes?, y ahora he sido trasladado aquí como jefe de oficina por el mismo departamento... Ahora prestaré mis servicios aquí. Y tú ¿qué tal? A lo mejor ya eres consejero de Estado, ¿no?

—No, querido, sube un poco más alto —contestó el gordo—. He llegado ya a consejero privado... Tanto dos estrellas.

Súbitamente el flaco se puso pálido, se quedó de una pieza; pero en seguida torció el rostro en todas direcciones con la más amplia de las sonrisas; parecía que de sus ojos y de su cara saltaban chispas. Se contrajo, se encorvó, se empequeñeció... Maletas, bultos y paquetes se le empequeñecieron, se le arrugaron... El largo mentón de la esposa se hizo aún más largo; Nafanail se estiró y se abrochó todos los botones de la guerrera...

—Yo, Excelencia... ¡Estoy muy contento, Excelencia! ¡Un amigo, por así decirlo, de la infancia, y de pronto convertido en tan alto dignatario!¡Ji, ji!

—¡Basta, hombre! —repuso el gordo, arrugando la frente—. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos amigos de la infancia. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos amigos de la infancia, ¿a qué me vienes ahora con zarandajos y ceremonias?

—¡Por favor!... ¡Cómo quiere usted...! —replicó el flaco, encogiéndose todavía más, con risa de conejo—. La benevolente atención de Su Excelencia, mi hijo Nafanail... mi esposa Luisa, luterana, en cierto modo...

El gordo quiso replicar, pero en el rostro del flaco era tanta la expresión de deferencia, de dulzura y de respetuosa acidez, que el consejero privado sintió náuseas. Se apartó un poco del flaco y le tendió la mano para despedirse.

El flaco estrechó tres dedos, inclinó todo el espinazo y se rió como un chino: “¡Ji, ji, ji!” La esposa se sonrió.

Nafanail dio un taconazo y dejó caer la gorra. Los tres estaban agradablemente estupefactos.

miércoles, enero 03, 2007

“El espíritu de las formas”, de Élie Faure

Extracto



Las evidentes analogías de apariencia bastan al que emplea sus ojos en descubrir dentro del mundo de las formas una arquitectura general que tome de la lógica funcional su poesía más poderosa. Poussin, como Homero al descubrir el tronco de una palmera en el torso de una muchacha, comparaba con ese torso las columnas de la Maison Carrée de Nîmes.

Delacroix se libró, en lo que respecta a los árboles, las hojas y los dibujos del agua sobre la arena, a consideraciones del mismo género. En los Escritos de Carrière se encuentra una conferencia muy sugestiva sobre ello, en presencia de los esqueletos de la galería osteológica del Museo, donde el armazón de los animales aparece completamente desnudo. Ved la construcción armoniosa de cada uno de ellos, las cabezas de los huesos jugando en sus alvéolos, las palancas óseas inclinadas por el peso o torcidas por el juego de los músculos, las imbricaciones sinuosas y los soportes de las vértebras, el ánfora de la pelvis para llevar el peso de las vísceras, la continuidad de la armadura ósea encargada de equilibrar y de transmitir las tensiones, y todos esos aparatos construidos sobre un plano monótono, pero que se hace vital a través de las imperceptibles variantes de función para la marcha, la prensión, la masticación, el vuelo, la natación, el juego profundo y elástico de los pulmones y el corazón. Comparad todas las esencias de este bosque de esqueletos, bosque en marcha hacia un destino ciego, desde el más gigantesco de los saurios anteriores al diluvio hasta el reptil más fino o el pájaro más pequeño […]

La forma universal está construida sobre un plano único. Se puede, por donde se mire, descubrirlo en todas partes. Es bien pobre el que no sabe ver, por ejemplo, en un cráneo de hombre o de animal, no sólo un paisaje admirablemente ordenado con sus valles y sus colinas, sus ríos, sus movimientos internos, su unidad geológica y su ritmo, sino una escultura perfecta con su equilibrio asimétrico, sus planos silenciosos, sus líneas huidizas, sus protuberancias expresivas y sus perfiles sinuosos y puros. Y cuando el hombre y sus obras aparecen sobre la tierra ¿es tal vez una casualidad que el arma se parezca a una garra, a un cuerno, a un arma de defensa de un animal; que la joya abrace los cuellos y los brazos como lo haría un reptil; que un submarino se parezca a un pez, un avión a un pájaro o a un insecto gigante, una vela a un ala, una caldera o una cloaca a unas entrañas y un motor a un corazón que late? ¿Es una casualidad que las religiones estén construidas en base al amor y a las leyes del hambre? Entre el espíritu y los motivos que le dan forma y lo atraen sin cesar para su alimentación y su seguridad, existe una interpretación continua y bienhechora, en la que “imitación” del objeto termina cuando la inteligencia empieza, y donde la “invención” se detiene al olvidar el objeto. El bosquejo del Paraíso del Tintoretto, en el que todo son formas vivientes, se parece tanto al espíritu como el Partenón o un automóvil, donde todo son formas abstractas.



 

martes, enero 02, 2007

"La hora del asco", de Roberto Brodsky



Son una vergüenza. Dan asco. No exactamente los pinochetistas, de los cuales cabe esperar homenajes y elegías, sino los otros. Da asco la columna de Pato Navia ponderando en el diario La Tercera la obra refundadora de un dictador cuyos delitos de sangre y venalidad han sido ampliamente acreditados por la justicia internacional. Pero también dan asco los panelistas de Tolerancia Cero que se muestran implacables contra la corrupción de medio pelo, pero que evidencian una tolerancia infinita para referirse a Pinochet con eufemismos y pasitos de esgrima. Dan asco los noticieros, la propaganda militar, el kitsch de la dictadura con sus viejos estandartes, recuerdos, anécdotas de cómo nos enriquecimos mientras una parte de la población permanecía en el exilio, en la cárcel, o atemorizada en sus casas. Así cualquiera cambia el país, Navia; lo cambia y se lo roba. Así cualquiera. Qué vergüenza. El especial de La Segunda a cargo de Gonzalo Vial es un asco de principio a fin. Y los foros, con esos panelistas aterrorizados de llamar dictador a un dictador, ladrón al ladrón, terrorista a un promotor del terrorismo de Estado. Con ecuánimes palomas quieren despedir al que los escupió en la cara.

¿A qué le tendrán miedo? ¿A quedarse sin pega? ¿A perder rating? Son una vergüenza. Dan asco los especiales de prensa que El Mercurio y Copesa echaron a la calle para historiar la muerte del militar más sangriento de la historia de Chile, cómplice en los crímenes de sus propios camaradas de armas y quien celebró como un ahorro fiscal el hallazgo de dos y más cadáveres en un mismo ataúd cuando se revelaron las tumbas clandestinas del régimen. ¿No se darán cuenta que al hacerlo entonan loas al sentimiento de venganza? ¿Qué están promoviendo una justificada patada en el culo cuando no un pistoletazo cada vez que vuelven a humillar a esos familiares con sus crónicas de alabanza? No, tienen que llorar para darse cuenta. Y en la Escuela Militar, ¿acaso todavía no saben leer para informarse de que el último comandante en jefe antes de Pinochet fue Carlos Prats, quien voló por los aires con un bombazo digitado desde Chile? Honores de Comandante en Jefe a un gorila golpista es cosa de asco, de vergüenza, pero así es. ¿Qué país escondido revela la muerte de Pinochet? Da pánico prestar atención a la incapacidad ya no política de los dirigentes concertacionistas, sino simplemente cívica para deslindar el bien del mal, como si no existiesen ya esas categorías: matar empata con modernizar, torturar oponentes empata con exportar manzanas, gobernar por el miedo empata con redactar una nueva Constitución.

¿De qué están hablando estos papeluchos del equilibrio? ¿Qué país es éste que da asco leer la prensa, ver la tele, escuchar la radio? ¿Por qué están todos de acuerdo en respetar la memoria penal de un tirano? Qué asco, qué complejo arrastran para dejarle a la historia, es decir a los otros, un juicio condenatorio que los tribunales escamotearon una vez más, tal cómo Carlos Cerda tuvo de el buen criterio de señalar en medio de la opereta funeraria.

Porque se trata de esto, finalmente. Augusto Pinochet falleció el 10 de diciembre en la más absoluta impunidad penal, y sólo Belisario Velasco, vaya por donde, fue capaz de orientar a la opinión pública de manera sintónica con los sentimientos de la gran mayoría, y si no, al menos con los valores que se supone sostienen a una democracia: respeto a las minorías, libertad de expresión, elección libre e informada, transparencia y probidad en el gasto público. Pinochet repitió de curso en todas estas materias de Estado, pero hete aquí que el burro es homenajeado por testarudo. Vaya democracia la que nos legó el cabrón. Un asco, una vergüenza para todos.

Contra lo que puedan pensar quienes todavía están leyendo esta columna, la muerte de Pinochet no me alivia de nada. La pérdida no de vidas, sino de nociones comunes para entenderse o disentir, es irremontable, tal como lo hemos visto en estos días. Nada nos devolverá lo extraviado bajo la bota. Recuerdo a un amigo que perdió a su padre, fusilado en Calama por la Caravana de la Muerte, y me contó su sentimiento de inutilidad cuando Pinochet quedó preso en Londres. Los oponentes festejaban la medida, intercambiaban mails, alentaban la extradición a España, pero él había quedado frío. Ni la horca que colgó a Mussolini salvaba su distancia. Esto puede ser un argumento para las columnas de Hermógenes a favor de la impunidad, pero no importa: se lo regalo como la muerte del sapo. El resarcimiento es un concepto judicial, no humano. Y el tema de Pinochet, que es el tema del odio en Chile, trata de vidas humanas.

Qué quieren: soy nacido el '57, fui educado en una democracia representativa, mi padre era comunista y me llevaba de la mano el año '63 a ver los actos de Frei Montalva para enseñarme a escuchar opiniones distintas a la suya. A los 15 años se acabó la lección. Pertenezco, según una encuesta publicada recientemente en La Tercera, a ese minoritario 20% de la población que sabe distinguir entre un dictador y un presidente, un militar y un criminal, un hombre que ladra y otro que piensa, un lamebotas y un liberal. Somos minoría en el país, sin duda. Y a mucho orgullo. Presumo que para esa minoría no es la hora de festejar ni de llorar la muerte de Pinochet. Es la hora del asco, de la vergüenza.



lunes, enero 01, 2007

"A los Enmudecidos", de Georg Trakl



Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer,
junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes
y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal;
la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche.
Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo.

Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura muerta.
La ira de Dios con rabia azota la frente de los poseídos,
epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos.
Ah, la odiosa carcajada del oro.

Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva
forjando con metales duros el rostro redentor.








domingo, diciembre 31, 2006

"Tesis sobre Feuerbach", de Karl Marx




I

El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".


II

El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.


III

La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej. en Roberto Owen).

La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.


IV

Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.


V

Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.


VI

Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.

Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado:

1) A hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.

2) En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente a muchos individuos.


VII

Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.


VIII

La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.


IX

A lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".


X

El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.


XI

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.



Escrito en la primavera de 1845.

sábado, diciembre 30, 2006

"Trilce", de César Vallejo





XIII


Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!



 

viernes, diciembre 29, 2006

"Hocus Pocus", de Kurt Vonnegut

Fragmento inicial, 1



Lo cierto es que el Mundo se va a acabar, un acontecimiento esperado con júbilo por muchos. Se terminará muy pronto, pero no en el año 2000, que ya vino y se fue. De lo que infiero que Dios Todopoderoso no es muy ducho en Numerología.

---
El abuelo Benjamin Wills murió en 1948, cuando yo tenía 8 años de edad, pero no lo hizo sin antes asegurarse de que me sabía de memoria las palabras más famosas pronunciadas por Debs:

“Mientras exista una clase inferior, perteneceré a ella. Mientras haya un elemento criminal, estaré hecho de él. Mientras permanezca un alma en prisión, no seré libre”.

---
A pesar de mi tocayo Debs, nunca he sido alguien a quien se pueda acusar de subversivo. De los 21 a los 35 años de edad, fui un soldado profesional, Teniente en el Ejército de los Estados Unidos. Durante esos 14 años, hubiera matado al mismísimo Jesucristo, si me lo hubiera ordenado un oficial superior. Cuando tuvo lugar el abrupto, humillante y deshonroso final de la Guerra de Vietnam, yo era Teniente Coronel, con 1000es y 1000es de subordinados a mi mando.

---
En el transcurso de esa guerra, que no fue otra cosa que un negocio de municiones, supongo que existió una microscópica posibilidad de que haya alcanzado, durante un ataque con fósforo blanco o en un bombardeo con napalm, a un Jesucristo que hubiese estado de regreso.

---
Aunque nunca quise ser un soldado profesional, me convertí en uno bueno, si es que puede haber tal cosa. La idea de que yo debería asistir a West Point surgió tan inesperadamente como el final de la Guerra de Vietnam, durante mi último año de estudios en la escuela de segunda enseñanza. Tenía todo listo para acudir a la Universidad de Michigan, donde tomaría cursos de Inglés, Historia y Ciencias Políticas, y trabajaría en el periódico estudiantil, en preparación para la carrera de periodista.

Pero de repente mi padre, quien era un ingeniero químico involucrado en la fabricación de plásticos con un periodo de vida media de 50000 años, y un ser tan lleno de excremento como un pavo de Navidad, dijo que yo debería estudiar en West Point. Él nunca estuvo en el Ejército. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue tan valioso como civil creador de sustancias químicas que no mereció ser enfundado en traje de soldado, ni convertido en 13 semanas en un imbécil suicida y homicida.

Yo había sido aceptado en la Universidad de Michigan, cuando surgió de la nada este ofrecimiento de asistir a la Academia Militar de los Estados Unidos. La propuesta se planteó en un momento de abatimiento en la vida de mi padre, en una etapa en la que necesitaba algo de qué jactarse y que impresionara a nuestros cándidos vecinos, quienes sin duda creían que estudiar en West Point constituía un gran premio, algo así como ser contratado por un equipo profesional de béisbol.

En consecuencia, mi padre aseveró, tal como yo hice más tarde ante los relevos de infantería recién desembarcados en Vietnam: “Ésta es una gran oportunidad”.

---
Dado un mundo perfecto, en verdad me hubiera gustado ser pianista de jazz. Quiero decir jazz. No rocanrol. Me refiero a la música siempre original que el pueblo negro de Estados Unidos dio al mundo. Toqué el piano en una banda integrada por músicos blancos, en mi escuela de Midland City, Ohio, a la que asistían exclusivamente alumnos blancos. Nos llamábamos “Los Mercaderes del Alma”. ¿Qué tan buenos éramos? Teníamos que ejecutar la música popular de la gente blanca o nadie nos hubiera contratado. Pero, de vez en cuando, nos desviábamos hacia el jazz. Nadie parecía notar la diferencia. En esas ocasiones, nos enamorábamos de nosotros mismos. Caíamos en éxtasis.

---
Mi padre nunca debió hacerme ir a West Point. No importa lo que le haya hecho al ambiente con sus plásticos no degradables. ¡Miren lo que me hizo a mí! ¡Qué papanatas era! Y mi madre siempre estuvo de acuerdo con las decisiones por él tomadas, lo que la convertía en otra tonta de capirote.

Murieron hace 20 años en un extraño accidente, cuando les cayó encima el techo de una tienda de regalos situada en el lado canadiense de las Cataratas del Niágara, a las que los indios de este valle solían llamar “Castor de Trueno”.

---
No hay términos indecentes en este libro, excepto “infierno” y “Dios”, por si alguien teme que algún niño inocente pueda ver 1. La expresión que utilizaré para referirme al final de la Guerra de Vietnam es la siguiente: “Cuando el excremento llegó al aire acondicionado”. Quizá el único precepto que me enseñó el abuelo Wills y que he respetado durante toda mi vida adulta es aquél que reza que las palabrotas y las obscenidades autorizan a las personas que no quieren oír información desagradable a hacerse las sordas y ciegas.

Los soldados más despiertos que estuvieron bajo mi mando en Vietnam comentarían con cierto asombro que yo nunca utilicé groserías, lo que me diferenciaba de cualquier otro sujeto del Ejército. Tal vez se hayan preguntado si esto se debía a que yo era un hombre religioso.

Al respecto, les contestaría que la religión no tuvo nada que ver. De hecho, mi postura es muy parecida a la de un Ateo, como la del padre de mi madre, aunque esta afirmación la guardo para mí mismo. ¿Para qué discutir con alguien sobre la probabilidad de alguna clase de Vida Después de la Muerte?

“No digo indecencias”, les respondería. “Y eso se debe a que tu vida y la de aquéllos que te rodean puede depender de que entiendas lo que te digo. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo?”.



jueves, diciembre 28, 2006

"Juliette, o las prosperidades del vicio", del Marqués de Sade



Abrí la puerta, y con gran sorpresa encontré a la hermosa abadesa acostada sobre un sofá, casi desnuda. […] y ella sóo vestía una enagua casi transparente que permitía contemplar con bastante claridad los globos llenos y redondos de sus pechos, y una cintura de avispa que se ensanchaba en la magnificencia abombada y admirable de las caderas. A su lado yacía la bella Eufrosina, vestida nada más con una enagua tan fina como la gasa, con la suavidad de un blanco lechosos del cuerpo de la abadesa, y sus senos, pequeños y levantados, parecían avanzar con orgullo después de haberse liberado del sostén que los había tenido aprisionados. En ese instante todo el pánico me abandonó, sentí que se me cortaba la respiración y que las rodillas se me doblaban del deseo.

(...)

Después de cerrar la puerta, se levantó, y abandonando el sofá, me agarro de la mano. […] El corazón me latía frenéticamente mientras contemplaba la esplendidez de su cuerpo. ella, sonriéndome también, me condujo hasta el sofá, y sin más metió la mano bajo mi vestido y aferró el centro agitado de mi pasión.

(...)

¡Te da vergüenza, angelito! -exclamó de pronto- ¡No debes sentirla! ¡Te lo prohíbo! Avergonzarse es una muestra de modestia, y … ¿A qué viene la modestia?, ¿Por que tienes un coño? Todas lo tenemos. No, chiquilla, la modestia es una bobería. Yo diría que es el resultado de que nos hayan enseñado que el amor, su expresión física y los instrumentos de esa expresión, son cosas de las cuales hay que avergonzarse. La realidad, claro, es que la naturaleza nos ha creado con esos apetitos y esas características. No puede pensarse que ella nos haya dado cosas respecto a las cuales quiere que nos avergoncemos

(...)

- ¡Oh, chiquillas queridas! ¡Estoy gozando mucho! - gritó, frotando la cara contra una y después contra otra-. Vamos a desnudarnos todas, y disfrutar juntas de los grandes placeres del amor.

(...)

- Julieta querida -suspiró, tocando con la lengua mi cuello, y quitándome al mismo tiempo la ropa interior-, eres un tributo a lo femenino. Verte es deslumbrarse. Ya estaba yo desnuda; los dedos hábiles de la madre Delbéne me acariciaron los pezones, y su lengua caliente y húmeda penetró agudamente en mi boca. Se había dado cuenta de inmediato que sus atenciones tenían en mí un efecto poderoso.

(...)

La espléndida abadesa suspiró con deleite y se dejó caer sobre nosotras; su lengua caliente y húmeda se abrió paso por la parte interior de mis muslos; después cambió un poco de posición para dejar que Eufrosina hiciera lo mismo con ella, y yo, sometiéndome con gozo al magnífico encanto de todo eso, tomé a la hermosa Eufrosina por las caderas y metí la cabeza entre sus piernas completando el terceto.




De la segunda parte del "Libro Primero" de Juliette, 1796.

miércoles, diciembre 27, 2006

"Mi ciudad está triste", de Fadwa Tuqan





El día en que conocimos la muerte y traición,
se hizo atrás la marea,
las ventanas del cielo se cerraron,
y la ciudad contuvo sus alientos.
El día del repliegue de las olas; el día
en que la pasión abominable se destapara el rostro,
se redujo a cenizas la esperanza,
y mi triste ciudad se asfixió
al tragarse la pena.

Sin ecos y sin rastros,
los niños, las canciones, se perdieron.
Desnuda, con los pies ensangrentados,
la tristeza se arrastra en mi ciudad,
un silencio plantado como monte,
oscuro como noche;
un terrible silencio que transporta
el peso de la muerte y la derrota.
¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!

¿Pueden así quemarse los frutos y el trigal en tiempo de cosecha?
¡Doloroso final del recorrido!




Poeta palestina, nacida en Nablus (1917-2003)


 

martes, diciembre 26, 2006

"No testament", de Juan Carlos Villavicencio



Cruel a la cabaña entro por el frío bajo la circular constancia de este tiempo solitario. He prendido cirios atrás en otros cuartos. La luz del fuego se atisba pero es la luna la que alumbra mi lugar. Afuera el viento i la lluvia invocados por los dioses. La llave ha caído sobre el polvo que ahora es tumba. Una melodía me atormenta cuando me acerco a la escritura. Las palabras deberían quedar para las otras sombras que han compartido los designios que abrazaron el dolor. La tortura es continua i menos evitable cuando las horas se acercan a la última. De los recuerdos i las pieles nada más que olores i tactos, acaso fotografías de algo antiguo que ha sido abandonado, o por las que he sido abandonado. Bajo tierra persistiré en la memoria donde la condena. La eternidad i un día se repiten como una mañana en donde el sol no sale. No he dejado testamento, porque no he vivido.







Texto basado en el fragmento homónimo
del álbum No testament (1990), de Wim Mertens.
Este poema es parte de la obra Breaking Glass,
escrita en colaboración con Carlos Almonte.








lunes, diciembre 25, 2006

"Canto XXX", de Ezra Pound





Queja, queja que oí un día,
Artemisa cantaba, Artemisa, Artemisa
En contra de Lástima alzó su lloro:
Lástima hace que la foresta falle,
Lástima mis ninfas mata,
Lástima perdona tanta cosa mala.
Lástima abril ensucia,
Lástima es raíz y manantial.
Ahora si no me sigue criatura hermosa
Ello es por Lástima,
Es porque Lástima les prohíbe matar.
Todo se ensucia en esta estación,
Por eso, nadie puede buscar pureza
Teniendo lástima por lo sucio
Y las cosas echadas a perder;
Ya mis saetas no vuelan
Para matar. Nada se mata limpiamente ahora
Sino que se pudre.

En Pafos, un día
también escuché:
…con el joven Marte no juega
Sino que tiene lástima de un tonto chocho,
Atiende su fuego,
Mantiene sus brasas en calor.

El tiempo es el mal. Mal.
Un día, y otro día
Anduvo el joven Pedro confuso,
Un día y otro día
Después de que Inés fue asesinada.

Llegaron los señores de Lisboa
un día, y otro día
En homenaje. Allí sentados
ojos muertos,
Pelo muerto debajo de la corona,
El Rey aún joven allí a su lado.

Llegó madama THA
Ataviada con la luz del altar
Y con el precio de las velas.
“¿Honor? ¡Cojones para su honor!
Tome dos millones y trágueselo.”
Vino Messire Alfonso
Y se fue en barco a Ferrara
Y por ahí ha pasado sin decir “O”.

De donde lo hemos cincelado en metal
Trabajando aquí en el santuario de César:
Al príncipe Caesare Borgia
Duque de Valent y Aemelia
…y aquí he traído cortadores de letras
e impresores no viles ni vulgares
(in Fano Caesaris)
notables y suficientes compositores
y un troquelador para las funciones griegas y hebreas
llamado Messire Francesco da Bologna
no solo de los tipos usuales sino que ha inventado
una forma nueva llamada cursiva o letras cancillerescas
ni tampoco fue Aldo ni otro alguno sino que fue
este Messire Francesco el que troqueló todas las letras de Aldo
con la gracia y encanto que se conoce
Hieronymous Soncinus 7 de julio 1503.
Y en cuanto al texto lo hemos tomado
del de Messire Laurentius
y de un códice que fue de los Señores Malatesta…

Y en agosto de aquel año murió el papa Alessandro Borgia,
Il papa mori.

Explicit canto
XXX



domingo, diciembre 24, 2006

"El cuento de navidad de Auggie Wren", de Paul Auster





Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

"Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

"Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

"La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

"—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

"Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

"—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

"Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

"Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

"—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.

"No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

"No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

"Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

"—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

"Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

"Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

"No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.

Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?

—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo.

—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

—Excepto el almuerzo.

—Eso es. Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.



En Smoke & Blue in the face, 1995.








sábado, diciembre 23, 2006

“El libro del desasosiego”, de Fernando Pessoa

Fragmento inicial, 2




He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito, cultivada con un epicureismo sutilizado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.

Reteniendo, de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente, porque reaccionar es haber hecho de ellas que reaccionásemos; y comprobando que ese precepto se ajusta al otro, más antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entretenimiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética, sino también en la expresión de sus modos y resultados, es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad al placer subjetivo de lectura.

Sabemos bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo. Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros, soñándolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una cárcel, en la que él tejía paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos, es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el pasaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.




29-3-1930


viernes, diciembre 22, 2006

"Las olas", de Virginia Woolf

Fragmento


El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido lo cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías.



1931

jueves, diciembre 21, 2006

"Lo imaginario", de Jean Paul Sartre

Fragmento



Cuando contemplo un dibujo, pongo en esa misma mirada un mundo de intenciones imaginarias de las cuales el dibujo es un producto. Un hombre ha trazado esas líneas con el objetivo de constituir la imagen de un corredor. Pero, sin lugar a dudas, para que esta imagen se parezca, es necesario el concurso de mi conciencia. El dibujante lo sabía y contaba con ello; solicita esta participación mediante trazos negros. No habría que creer que estas líneas se me ofrecen en primer lugar, en la percepción, como líneas puras y simples para constituirse luego, en la actitud figurada, como los elementos de una representación. En la misma representación los trazos ya no son representativos. Hojead un libro de bocetos: no captaréis necesariamente al instante el sentido de cada línea, pero sabréis en cualquier caso que es representativa, que está allí para algo y que esto es su misma razón de existir. En resumen, la cualidad de representar es una propiedad real de las líneas, lo percibo de la misma manera que sus dimensiones o sus formas. Se objetará que esto es un simple conocimiento. El cubo es también un conocimiento: no puedo tener la intuición simultánea de los seis lados. Sin embargo, cuando miro ese trozote madera tallada, es realmente un cubo lo que estoy observando. Toda conciencia de imagen originada a partir de un dibujo está, por tanto, edificada sobre una posición real de existencia, que la precede y la motiva en el terreno de la percepción. Aunque tal vez esa misma conciencia pueda determinar su objeto como no existente o, simplemente, neutralizar la tesis existencial (…) Cuando interpretamos una mancha en el mantel, o un motivo en una tapicería, no planteamos que la mancha o el motivo tengan propiedades representativas determinadas. En realidad esa mancha no representa nada en absoluto; cuando la percibo, la percibo como lo que es, simplemente una mancha. De manera que cuando paso a la actitud imaginera, la base intuitiva de mi imagen no es nada que haya aparecido previamente en la percepción.

Pueden darse dos eventualidades: en la primera, efectuamos con los ojos, sin intención previa, movimientos libres y consideramos los contornos de una mancha cualquiera. Seguimos el orden que más nos place acercando aleatoriamente aquella parte con aquella otra, en una síntesis que nada rechaza ni nada condiciona. Es lo mismo que ocurre cuando, por enfermedad, estamos postrados en la cama inactivos y dejamos a nuestros ojos vagabundear por los motivos de la pared. Puede acontecer entonces que una forma familiar aparezca en un arabesco. Es decir, que gracias a aquellos movimientos se ha engendrado bajo mi mirada una síntesis algo coherente: mis ojos se han abierto un camino y éste permanece trazado sobre la pared. Digo entonces: es un hombre agachado, es un ramo, es un perro. Sobre esta síntesis libremente realizada elaboro una hipótesis: confiero a la forma orientada que acaba de aparecer un valor representativo. Aunque en verdad, a menudo, no espero que esa síntesis esté acabada, sino que, de repente, algo cristaliza en un principio de imagen. ‘Empieza como si fuera un ramo, parece la parte superior de un rostro, etcétera’. El conocimiento se ha incorporado a mis movimientos y los dirige: a partir de ahora sé cómo he de acabar la operación, sé lo que he de encontrar.

Pero también una determinada forma puede destacar por sí misma sobre el fondo, y, por su estructura, provocar movimientos oculares (…) E incluso en este caso la forma no hace más que esbozarse: apenas acaban de aparecer la frente y un ojo que ya sabemos que estamos ante un negro. Acabaremos nosotros mismos realizando la unión entre los datos reales de la percepción (las líneas de los arabescos) y al espontaneidad creadora de nuestros movimientos. Iremos en busca de la nariz, la boca y la barbilla.



1940


miércoles, diciembre 20, 2006

"De poesía y de vida", de Edgar Morin



La poesía no es sólo una variedad de literatura, es también un modo de vida en la participación, el amor, el fervor, la comunión, la exaltación, el rito, la fiesta, la embriaguez, la danza, el canto, que, efectivamente, transfiguran la vida prosaica hecha de tareas prácticas, utilitarias, técnicas. (...) Fernando Pessoa decía que en cada uno de nosotros hay dos seres, el primero, el verdadero, es el de sus ilusiones, de sus sueños, que nace en la infancia y prosigue toda la vida; el segundo, el falso, es el de sus apariencias, sus discursos y sus actos. Podríamos decir de otra forma: en nosotros coexisten dos seres, el del estado prosaico y el del estado poético; esos dos seres constituyen nuestro ser, son sus dos polaridades, necesarias una para la otra: si no hubiera prosa no habría poesía, el estado poético no se manifiesta como tal sino en relación con el estado prosaico. Tenemos necesidad vital de prosa, porque las actividades prosaicas nos hacen sobrevivir. Pero muy a menudo, en el reino animal, las actividades de supervivencia (buscar comida, perseguir la presa, defenderse contra los peligros y los agresores) devoran la vida, es decir el goce. Hoy, en la tierra, los humanos dedican la mayor parte de su vivir a sobrevivir.

Tenemos que actuar para que el estado secundario llegue a primario.Hay que tratar de vivir no sólo para sobrevivir sino también para vivir.Vivir poéticamente es vivir para vivir.





Contribución a Dscntxt de Alberto Moreno.
No se entregaron datos bibliográficos de la procedencia de este texto.

martes, diciembre 19, 2006

"Griego busca Griega", de Friedrich Dürrenmatt

Fragmento





Temía perderte y no conseguí más que empeorar las cosas. Tu amor se hizo ridículo, y cuando en la capilla Eloísa comprendiste la verdad, tu mundo se desplomó y junto con tu mundo también tu amor. Fue bueno que eso sucediera. No debías amarme sin conocer la verdad y sólo el amor es más fuerte que esa verdad que amenazó con destruirnos. El amor de tu ceguera tenía que sucumbir para dar lugar al amor conciente, que es el único que cuenta.




Cloe Saloniki a Arnolph Archilochos


 

lunes, diciembre 18, 2006

"Discurso por el lanzamiento de Descontexto 7", de Roberto Marconi



Bellas Damas, Distinguidos caballeros:

Hemos sido congregados aquí, en este lugar de esparcimiento, con el fin de ser testigos de la salida a la luz de un gran suceso editorial. Es un solemne momento: aparece ahora y se manifiesta ante nuestros propios ojos una pequeña gran publicación. Se trata de la bien señalada revista Descontexto, de memoria sin tacha. Un meritorio logro de un puñado de algunos de nuestros mejores hombres y mujeres, lo cuales, a la manera de los antiguos amanuenses y copistas medioevales han realizado una vez más el sutil arte de la compilación. Una cuidada selección de los mejores textos para leer y compartir.

AAAh, no os extrañeis de mi voz trémula, que es por la natural emoción. Me quiebro, me quiebro, sí, en estos momentos de sólo pensar en el esfuerzo de estos muchachos. Codo a codo, quemadas las pestañas, poniendo el más primoroso esmero, sacan al mundo esta criatura habiendo cuidado hasta el más miserable detalle. Me consta, me consta, y los que me siguen confían en mi palabra, esto que veis ahora es fruto del sudor más copioso que puede manar de una frente. Verdaderas cascadas de transpiración. Sangre, sudor y lágrimas: todos los fluidos que excreta el humano organismo y sus numerosas glándulas han sido depositados en estas páginas. No lo dudeis. No vaciléis, no temáis en llevar a casa este librito. Ponedlo a seguro en vuestros hogares y abridla sin miedo. A seguro os digo, porque aquellos de entre ustedes que tengan niños pequeños deberán ser prudentes. Algunos contenidos de esta revista pueden ser controversiales. Se trata de un material candente, no lo vamos a ocultar.

Pueblo mío, yo os digo: los poderosos de este mundo no quisieron apoyar esta revista, los señores políticos se han desentendido una y otra vez. Hasta cuándo! han mirado de reojo nerviosos para un lado. Y por qué? Por qué? Porque ninguno de ellos mezquinos pusilánimes quiso involucrarse en esta corajuda empresa. En esta revista se encuentra lo que no se halla en ninguna otra, oh no. Se trata de un contenido inquieto y provocador que no repara en el qué dirán ni en los respetos humanos. Ilustres personajes como Nietzsche y Carroll, se unen a las jóvenes lumbreras, nuestros amigos, para decir los que otros no se atreven. Con la frente en alto, con una mano por delante y la otra por detrás, estos pícaros desvergonzados nos hacen morisquetas. Algunas de ellas son graciosas, otras no tanto, otras podrán espantar a las encopetadas señoras, pero lo cierto es que se trata de un mensaje caliente.

Como no evocar en estos momentos a mi padres. Los recuerdos se agolpan en la memoria. Mi madre: morena, garbosa, abnegada, hacendosa: en un palabra, una dama, una dama. Mi padre, espigado, empeñoso, trabajador de las minas de carbón, un fogoso emprendedor. Juntos, embistiendo supieron sacar adelante su numerosa prole. Y no contentos con procrear, nos entregaron una completísima educación. Es por ellos que puedo estar ahora aquí adelante. A ellos dedico este discurso. A ellos pertenece todo el mérito.

Volviendo al tema de la revista, que es el que nos convoca, quiero deciros, idos, idos de aquí con ella bajo sus axilas. Adquirirla y atesoradla, lucidla impúdicos en vuestra bibliotecas y mesitas de centro. Ya veréis como alguien, alguna vez una visita en casa encontrará casualmente la revista y, mirando con sonrisa cómplice os dirá: Ah, así que tu también lees Descontexto?

Os lo repito, llevadla, su precio es elevado pero su valor también lo es. No repareis en su costo y llevaos este tesoro. Graciosas damas, no dudéis acercaros a mí esta noche,



Muchas gracias



Discurso proclamado con extraordinario talento
el viernes 15 de diciembre de 2006, en el Bar El Clandestino,
en Santiago de Chile.