jueves, septiembre 21, 2006

Entrevista a Mahmud Darwish*

* Intelectual, político y poeta palestino





- Hace no demasiado tiempo, usted escribió que el conflicto palestino-israelí era una guerra entre memorias. Pero hoy el conflicto no es sólo entre memorias, es muy real, entre seres humanos...
-Así es. La batalla es por la tierra, por la vida digna, por la libertad. Pero la condición para alcanzar la paz sigue siendo no cambiar ni perder la memoria. Israel lo ha hecho al considerar aún a Gaza y Cisjordania como tierras en disputa. No admite que están ocupadas.

-La complejidad del conflicto, en todo caso, enreda las soluciones.
-El conflicto, en efecto, es muy complejo pero la solución es muy fácil. Que Israel acabe con la ocupación y tendrá paz, seguridad y reconocimiento por parte de los países árabes. Le bastaría con entregarnos el 22 por ciento de las tierras que en derecho nos corresponderían y tendríamos ese Estado simpático y pequeño que ahora nos niegan.

-¿Lo cree posible sin una verdadera presión internacional que tenga en cuenta a los que ocupan, pero también a los que están ocupados?
-El liderazgo absoluto de Estados Unidos en el mundo ha supuesto en esta zona del planeta una carencia importante de justicia e igualdad. Israel ha tenido éxito al vender el conflicto bajo parámetros de seguridad, con lo que la comunidad internacional se ha olvidado de la ocupación. Se habla de la “Hoja de ruta”, pero ese es un plan dominado por la seguridad. Cuando llegue el momento de hablar de los problemas de fondo todo volverá a estallar. Se habla de “hudna” (tregua) y de seguridad para el que ocupa, no para el ocupado.

-En marzo de 2002, usted recibió a una delegación del Parlamento Internacional de Escritores (Saramago, Goytisolo, Banks) en una Ramala en estado de sitio y les dio la bienvenida a la llamada Tierra de la Paz y del Amor. ¿Queda hoy aquí algo de paz y de amor?
-Lo primero que quiero decirle, para que se haga una idea de su poder, es que ese Parlamento Internacional de Escritores ha dejado de existir hace pocos meses a causa de las presiones de Israel, que se mostró muy dolido por aquella visita y el eco que tuvo en los medios de comunicación. Volviendo a su pregunta, he de decir que la vida y la historia están llenas de bonitas mentiras y ésta es una de ellas. Nunca ha habido amor ni paz en esta tierra siempre bañada en sangre. El sueño es bonito pero utópico. Se pasean y se han paseado por esta tierra demasiados profetas incapaces de lograr la paz. Pero por suerte, o por desgracia, el conflicto no es entre profetas. Eso sí, está claro que a todos nos iría mejor si en lugar de un solo Dios americano hubiese más dioses.

-Aquellos días en Ramala usted habló de las obligaciones morales de los escritores e intelectuales...
-Perdone que le interrumpa. Es verdad que las obligaciones morales son importantes, pero aquel día hablé de algo más importante. Hablé de Justicia, de una Justicia con mayúscula que nos niega Estados Unidos al ignorar la existencia de los palestinos.

-¿Nos enfrentamos a un conflicto entre civilizaciones?
-No, este conflicto es entre fanáticos. La civilización combina muchas culturas. Nadie tiene su monopolio. La civilización se crea de manera colectiva y las diferencias no separan sino que nos enriquecen. El conflicto actual es entre fundamentalismos.

-¿También en Irak?
-Estaba muy claro, desde un principio, que EE.UU. lograría una fácil victoria militar. Por eso el problema se viene encima ahora. ¿Cómo quieren reconstruir Irak, si es que quieren reconstruirlo? Asistimos a una nueva ocupación occidental de la tierra musulmana. Y no han ido a Irak a liberar a un pueblo oprimido, ni a acabar con una dictadura, han ido porque ese país tiene petróleo. Si les preocupara la libertad y la democracia, los Estados Unidos tendrían que invadir la mayor parte de los países árabes, asiáticos y africanos. En Irak no había democracia, pero tampoco en los más fieles y sumisos aliados árabes de Washington.

-¿Por qué no hay democracia en los países árabes?
-No lo sé, sinceramente. Se ha abierto un proceso histórico desde hace mucho tiempo que no hemos logrado cerrar con éxito. Pero lo que sí sé es que la falta de democracia no es, como dicen muchos orientalistas, culpa del Islam. Por mucho que diga Bernard Lewis, el Islam no es un obstáculo para la democracia. La razón es política. Es más, el conflicto del mundo árabe con Israel ha pospuesto durante mucho tiempo la cuestión, aunque ésta tampoco es la única razón.

-La falta de democracia en el mundo árabe convierte a Israel en la única democracia en Oriente Próximo...
-Sí. Pero una democracia puede ser racista y la israelí es una democracia para los judíos, no para los musulmanes que allí viven, por lo tanto es una democracia racista.

-¿Existe alguna justificación para el terrorismo?
-Existen muchas explicaciones. La ocupación es una de ellas. También la desesperación, la depresión, la humillación, la falta de futuro. Todo eso lleva a los jóvenes a cometer ataques suicidas. No lo hacen porque busquen una vida mejor en el paraíso al lado de bellas vírgenes. La razón verdadera es la desesperación. A nadie le gusta morir, pero nadie puede dejar de luchar contra la ocupación. Y los palestinos suicidas no tienen helicópteros “Apache”, ni carros de combate “Mercaba”, ni cazas “F-16”; tienen sus propios cuerpos que convierten en bombas. Que quede claro: no justifico los ataques suicidas, muchos menos cuando el objetivo es la población civil. Pero no basta con condenar un hecho, hay que intentar entender por qué se produce.

-Usted vive entre Ramala y Ammán. ¿Cómo afecta la realidad que vive y padece Palestina en su obra?
-La realidad es casi siempre más fuerte que mis intenciones poéticas. El año pasado, por ejemplo, trabajaba en un libro en el que venía pensando desde hacía años. Pero con el estado de sitio, bajo el toque de queda, cambié de planes. La realidad se impuso contra mis planes en una tremenda y angustiosa lucha interior entre lo que quería escribir y lo que tuve que escribir. Muchas veces intento escapar de la realidad, me vendo los ojos, arrugó el corazón, me tapono los oídos, pero no logro más que confundirme a mí mismo y al final la realidad acaba por dictarme sus palabras. Lo importante, en cualquier caso, es escribir un poema bello, que llegue a la gente, que te llene por fuera y te vacíe por dentro. La tensión entre la realidad y los sueños es lo que ha dado vida a la poesía a lo largo de la historia.

-Sus poemas son una religión en una cultura de por sí muy islámica.
-No siempre creo en la poesía. Renuevo mis creencias en la poesía cada día. Pero cuando recito mis poemas en Beirut, en un estadio de fútbol, ante 25.000 personas, como me sucedió el año pasado, me doy cuenta de que la poesía todavía es posible y necesaria, de que, sin ideales, te conviertes en un inútil.

-¿Le queda lugar para la esperanza?
-No mucho, pero es verdad que tenemos que construir la esperanza porque sin ella estaríamos perdidos. Los palestinos hace tiempo que la tenemos en cuarentena, pero hay que luchar por recuperarla, esté dónde esté. Tenemos que creer que el futuro será mejor que el pasado aunque la realidad de los últimos 50 años demuestre lo contrario. Pero quiero pensar que al final del día seremos libres y podremos disfrutar de nuestra patria. No creo que tengamos nunca un Estado independiente, soberano y justo, pero haré lo imposible por tragarme mis palabras. La lucha será por la libertad colectiva. Una vez obtenida, llegará el momento de pensar en la individual. Se puede amar o no a una patria, pero a una patria libre. Si está ocupada siempre la amarás.

miércoles, septiembre 20, 2006

"El sacrificio de los toros", de Alejo Carpentier



En la cima del Gorro del Obispo, hincada de andamios, se alzaba aquella segunda montaña —montaña sobre montaña— que era la Ciudadela La Ferriére. Una prodigiosa generación de hongos encarnados, con lisura y cerrazón de brocado, trepaba ya a los flancos de la torre mayor —después de haber vestido los espolones y estribos—, ensanchando perfiles de pólipos sobre las murallas de color de almagre. En aquella mole de ladrillos tostados, levantada más arriba de las nubes con tales proporciones que las perspectivas desafiaban los hábitos de la mirada, se ahondaban túneles, corredores, caminos secretos y chimeneas, en sombras espesas. Una luz de acuario, glauca, verdosa, teñida por los helechos que se unían ya en el vacío, descendía sobre un vaho de humedad de lo alto de las troneras y respiraderos. Las escaleras del infierno comunicaban tres baterías principales con la santabárbara, la capilla de los artilleros, las cocinas, los aljibes, las fraguas, la fundición, las mazmorras. En medio del patio de armas, varios toros eran degollados, cada día, para amasar con su sangre una mezcla que haría la fortaleza invulnerable. Hacia el mar, dominando el vertiginoso panorama de la Llanura, los obreros enyesaban ya las estancias de la Casa Real, los departamentos de mujeres, los comedores, los billares. Sobre ejes de carretas empotrados en las murallas se afianzaban los puentes volantes por los cuales el ladrillo y la piedra eran llevados a las terrazas cimeras, tendidas entre abismos de dentro y de fuera que ponían el vértigo en el vientre de los edificadores. A menudo un negro desaparecía en el vacío, llevándose una batea de argamasa. Al punto llegaba otro, sin que nadie pensara más en el caído. Centenares de hombres trabajaban en las entrañas de aquella inmensa construcción, siempre espiados por el látigo y el fusil, rematando obras que sólo habían sido vistas, hasta entonces, en las arquitecturas imaginarias del Piranese. Izados por cuerdas sobre las escarpas de la montaña llegaban los primeros cañones, que se montaban en cureñas de cedro a lo largo de salas abovedadas, eternamente en penumbras, cuyas troneras dominaban todos los pasos y desfiladeros del país. Ahí estaban el Escipión, el Aníbal, el Amílcar, bien lisos, de un bronce casi dorado, junto a los que habían nacido después del 89, con la divisa aún insegura de Libertad, Igualdad. Había un cañón español, en cuyo lomo se ostentaba la melancólica inscripción de Fiel pero desdichado, y varios de boca más ancha, de lomo más adornado, marcados por el troquel del Rey Sol, que pregonaban insolentemente su Ultima Ratio Regum .

Cuando Ti Noel hubo dejado su ladrillo al pie de una muralla era cerca de media noche. Sin embargo, se proseguía el trabajo de edificación a la luz de fogatas y de hachones. En los caminos quedaban hombres dormidos sobre grandes bloques de piedra, sobre cañones rodados, junto a mulas coronadas de tanto caerse en la subida. Agotado por el cansancio, el viejo se tumbó en un foso, debajo del puente levadizo. Al alba lo despertó un latigazo. Arriba bramaban los toros que iban a ser degollados en las primeras luces del día. Nuevos andamios habían crecido al paso de las nubes frías, antes de que la montaña entera se cubriera de relinchos, gritos, toques de corneta, fustazos, chirriar de cuerdas hinchadas por el rocío. Ti Noel comenzó a descender hacia Millot, en busca de otro ladrillo. En el camino pudo observar que por todos los flancos de la montaña, por todos los senderos y atajos, subían apretadas hileras de mujeres, de niños, de ancianos, llevando siempre el mismo ladrillo, para dejarlo al pie de la fortaleza que se iba edifcando como consejera, como casa de termes, con aquellos granos de barro cocido que ascendían hacia ella, sin tregua, de soles a lluvias, de pascuas a pascuas. Pronto supo Ti Noel que esto duraba ya desde hacía más de doce años y que toda la población del Norte había sido movilizada por la fuerza para trabajar en aquella obra inverosímil. Todos los intentos de protesta habían sido acallados en sangre. Andando, andando, de arriba abajo y de abajo arriba, el negro comenzó a pensar que las orquestas de cámara de Sans-Souci, el fausto de los uniformes y las estatuas de blancas desnudas que se calentaban al sol sobre sus zócalos de almocárabes entre los bojes tallados de los canteros, se debían a una esclavitud tan abominable como la que había conocido en la hacienda Monsieur Lenormand de Mezy. Peor aún, puesto que había una infinita miseria en lo de verse apaleado por un negro, tan negro como uno, tan belfudo y pelicrespo, tan narizñato como uno; tan igual, tan mal nacido, tan marcado a hierro, posiblemente, como uno. Era como si en una misma casa los hijos pegaran a los padres, el nieto a la abuela, las nueras a la madre que cocinaba. Además, en tiempos pasados los colonos se cuidaban mucho de matar a sus esclavos —a menos de que se les fuera la mano—, porque matar a un esclavo era abrirse una gran herida en la escarcela. Mientras que aquí la muerte de un negro nada costaba al tesoro público: habiendo negras que parieran —y siempre las había y siempre las habría—, nunca faltarían trabajadores para llevar ladrillos a la cima del Gorro del Obispo.

El rey Christophe subía a menudo a la Ciudadela, escoltado por sus oficiales a caballo, para cerciorarse de los progresos de la obra. Chato, muy fuerte, de tórax un tanto abarrilado, la nariz roma y la barba algo hundida en el cuello bordado de la casaca, el monarca recorría las baterías, fraguas y talleres, haciendo sonar las espuelas en lo alto de interminables escaleras. En su bicornio napoleónico se abría el ojo de ave de una escarapela bicolor. A veces, con un simple gesto de la fusta, ordenaba la muerte de un perezoso sorprendido en plena holganza, o la ejecución de peones demasiado tardos en izar un bloque de cantería a lo largo de una cuesta abrupta. Y siempre terminaba por hacerse llevar una butaca a la terraza superior que miraba al mar, al borde del abismo que hacía cerrar los ojos a los más acostumbrados. Entonces, sin nada que pudiese hacer sombra ni pesar sobre él, más arriba de todo, erguido sobre su propia sombra, medía toda la extensión de su poder. En caso de intento de reconquista de la isla por Francia, él, Henri Christophe, Dios, mí causa y mi espada, podría resistir ahí, encima de las nubes, durante los años que fuesen necesarios, con toda su corte, su ejército, sus capellanes, sus músicos, sus pajes africanos, sus bufones. Quince mil hombres vivirían con él, entre aquellas paredes ciclópeas, sin carecer de nada. Alzado el puente levadizo de la Puerta Única, la Ciudadela La Ferriére sería el país mismo, con su independencia, su monarca, su hacienda y su pompa mayor. Porque abajo, olvidando los padecimientos que hubiera costado su construcción, los negros de la Llanura alzarían los ojos hacia la fortaleza, llena de maíz, de pólvora, de hierro, de oro, pensando que allá, más arriba de las aves, allá donde la vida de abajo sonaría remotamente a campanas y a cantos de gallos, un rey de su misma raza esperaba, cerca del cielo que es el mismo en todas partes, a que tronaran los cascos de bronce de los diez mil caballos de Ogún. Por algo aquellas torres habían crecido sobre un vasto bramido de toros degollados, desangrados, de testículos al sol, por edificadores conscientes del significado profundo del sacrificio, aunque dijeran a los ignorantes que se trataba de un simple adelanto en la técnica de la albañilería militar.



Fragmento de la novela El reino de este mundo (1949).

lunes, septiembre 18, 2006

"Mordido de canallas, yo fui el gran solitario", de Pablo de Rokha






Mordido de canallas, yo fui "el gran solitario
de las letras chilenas", guerrero malherido,
arrastro un desgarrado corazón proletario
y la decisión épica de no caer vencido.
Sobre la patria arada de espanto, mi calvario
chorrea sangre humana, y un sol despavorido
me va ciñendo el cuerpo de fuego extraordinario,
como un caballo de oro con el freno perdido.

Irreductible al látigo, salvaje e innumerable,
el instinto social me da el imponderable,
y descubro un subsuelo que el drama humano aprueba.
Con tu recuerdo, al hombro, mi rol específico,
y como andando solo, en ti me identifico,
fundo con tus cenizas una religión nueva.










"Autorretrato de adolescencia", de Pablo de Rokha







Entre serpientes verdes y verbenas,
mi condición de león domesticado
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrido de océano quemado.

Ceñido de fantasmas y cadenas,
soy religión podrida y rey tronchado,
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan tu nombre como un pan dorado.

Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida.

Se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos, de cenizas y desiertos,
en donde un gran poeta se suicida.








domingo, septiembre 17, 2006

"Antígona en el espejo", de Juan Carlos Villavicencio

-Fragmento-



ANTÍGONA (Triste, decepcionada): Nada más queda para mí que el frío de la tumba prisionera, y la ausencia en la memoria del tálamo que mis días no encontraron. Desciendo ahora empujada por la cobardía de estos guardias de un destino insano. Me acerco, sí, a los rostros ya perdidos de los míos, que ahora miran los ojos de la diosa de los muertos. Me queda la esperanza de ser grata a su vista y a la de los que vendrán. He intentado, querido hermano, hacer todo lo posible por ser digna del amor que sostuvimos, y he sufrido y llorado la injusta muerte impuesta por designios allá en lo alto. Decidí partir lejos para honrarte, pero también para quebrar la triste condena impuesta por el hado. «El día en que moriste» recordé toda vez que estuvimos juntos, y no pude creer que aquello se transformara sólo en polvo: hice bien al honrarte con mi vida, pero lo que fue mi adiós sirvió de excusa para este cobarde, mal llamado rey. Esto piensan los sensatos de él y de mí. No aceptaría yo jamás la injusticia por miedo a infames consecuencias. Éste era el momento de frenar, de una vez, la odiosa maldición impuesta a nuestra estirpe por los siglos repetidos en la farsa. (Creonte la observa fijamente mientras esboza una sonrisa maliciosa. Detención entre los dos. No es la historia la que rige, sino el miedo. Antígona, decepcionada, prosigue.) No harán nada... Nunca han hecho nada. No es la historia la que rige cada letra, sino el miedo. Nada queda más que hacer. (Antígona se pierde en la muerte que regresa. Decepcionada, otra vez a la deriva, comienza a balbucear) ...«y me arrastran ahora con sus manos violentas, sin un lecho nupcial, sin cantos de himeneo, sin caricias de esposo, sin que un hijo yo criara...» (Silencio que la aleja de la letra original) Los llamados antes amigos, hoy me quitan la mirada. Si a esto aún llaman vida, que se acabe pronto para alcanzar «las cóncavas mansiones de los muertos. ¿Cuál es la ley divina que» permite que esto me suceda? ¿Dónde el Bien o la razón de mi existir? (Antígona se quiebra) Mis ojos se nublan ante el horror que se respira. ¿Cómo pueden mantener esta miseria? Si muerta fuera por los dioses, si hubiera errado... No hay salida ni ventana para el amor que estoy cargando. Pero lo siento. Ustedes, perros traidores, pagarán por obviar la ley más alta, a ver si tendrán ojos para verme cuando caigan podridos por su mal.



De Antígona en el espejo, Acto quinto, Escena del tercer espejo.








sábado, septiembre 16, 2006

Poesía, de Almafuerte*

* Almafuerte: Seudónimo del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios
1854-1917





¡Piu avanti!

No te des por vencido, ni aun vencido,
no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...
Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!



Castigo

Yo te juré mi amor sobre una tumba,
sobre su mármol santo!
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta
conjuré temerario?
¿Sabes tú que los hijos de mi temple
saludan ese mármol,
con la faz en el polvo y sollozantes
en el polvo besando?
¿Sabes tú las cenizas de qué muerta
mintiendo, has profanado?
¡No los quieras oír, que tus oídos
ya no son un santuario!
¡No los quieras oír como hay rituales
secretos y sagrados,
hay tan augustos nombres que no todos
son dignos de escucharlos!
Yo te di un corazón joven y justo
¡por qué te lo habré dado!
¡Lo colmaste de besos, y una noche
te dio por devorarlo!
Y con ojos serenos ¡El verdugo,
que cumple su mandato,
solicita perdón de las criaturas
que inmolará en el tajo!
¡Tu le viste, serena, indiferente,
gemir agonizando,
mientras tu roja sangre enrojecía
tus mejillas de nardo!
Y tus ojos ¡mis ojos de otro tiempo
que me temían tanto!
Ni una perla tuvieron, ni una sola:
¡eres de nieve y mármol!
¿Acaso el que me roba tus caricias
te habrá petrificado?
¿Acaso la ponzoña de Leteo
te inyectó a su contacto?
¿O pretendes probarme en los crisoles
de los celos amargos,
y me vas a mostrar cuanto me quieres,
después entre tus brazos?
¡No se prueban así con ignonimias,
corazones hidalgos!
¡No se templa el acero damasquino
metiéndolo en el fango!
Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,
hasta rozar los astros:
tócale a mi venganza de poeta,
¡dejarte abandonada en el espacio!



Vade Retro

Tu eres joven, como un lirio de los valles,
que recién abre su cáliz,
¡que recién!
los cendales candorosos de sus pétalos de seda
suelta al viento de la aurora...
¡yo soy el trágico laurel!.
Yo soy viejo, carcomido, lamentable,
como un roble centenario,
¡que cayó!
que cayó para in eternum, para nunca más alzarse
por los siglos de los siglos,
¡bajo el látigo de Dios!.
Son tus carnes, azucenas y jazmines
sonrojados a los besos
!de la luz!;
de la luz de cien incendios pavorosos,
de cien soles fulgurantes...
¡más tu carne, no eres tú!.
Tu eres sombra, sombra enorme, sombra misma,
sombra llena de ansias
¡de gozar!.
Tus deseos se retuercen como sierpes iracundas,
insaciadas, insaciables...
¡pubertades de satán!.

viernes, septiembre 15, 2006

"El caminante", de Friedrich Nietzsche




Quien ha alcanzado la libertad de la razón, aunque sólo sea en cierta medida, no puede menos que sentirse en la tierra como un caminante, pero un caminante que no se dirige hacia un punto de destino pues no lo hay. Mirará, sin embargo, con ojos bien abiertos todo lo que pase realmente en el mundo; asimismo, no deberá atar a nada en particular el corazón con demasiada fuerza: es preciso que tenga también algo del vagabundo al que agrada cambiar de paisaje. Sin duda ese hombre pasará malas noches, en las que, cansado como estará, hallará cerrada la puerta de la ciudad que había de darle cobijo; tal vez incluso como en oriente, el desierto llegue hasta esa puerta, los animales de presa dejen oír sus aullidos tan pronto lejos como cerca, se levante un fuerte viento, y unos ladrones le roben sus acémilas. Quizá entonces la terrible noche será para él otro desierto cayendo en el desierto y su corazón se sentirá cansado de viajar. Y cuando se eleve el sol de la mañana, ardiente como un airado dios, y se abra la ciudad, puede que vea en los ojos de sus habitantes más desierto, más suciedad, mas bellaquería y más inseguridad aún que ante su puerta, por lo que el día será para él casi peor que la noche. Es posible que a veces sea así la suerte de este caminante. Pero pronto llegan, en compensación, las deliciosas mañanas de otras comarcas y de otras jornadas, en las que desde los primeros resplandores del alba, ve pasar entre la niebla de la montaña a los coros de las musas que le rozan al danzar; más tarde sereno, en el equilibrio del alma de la mañana antes del mediodía y mientras se pasee bajo los árboles, verá caer a sus pies desde sus copas y desde los verdes escondrijos de sus ramas una lluvia de cosas buenas y claras, como regalo de todos los espíritus libres que frecuentan el monte, el bosque y la soledad, y que son como él, con su forma de ser unas veces gozosa y otra meditabunda, caminantes y filósofos. Nacidos de los misterios de la mañana temprana, piensan qué es lo que puede dar al día, entre la décima y la duodécima campanadas del reloj, una faz tan pura, tan llena de luz y de claridad serena y transfiguradora: buscan la filosofía de la mañana.




Aforismo “638” de Humano demasiado humano, publicado en 1878.









jueves, septiembre 14, 2006

“La confesión de Simona y la Misa de Sir Edmond”, de Georges Bataille

-Capítulo XII de la Historia del ojo-



No es difícil imaginar mi estupor cuando vi que Simona se instalaba, arrodillándose, en la guarida del lúgubre confesor. Mientras ella se confesaba, yo esperaba con interés extraordinario lo que resultaría de un gesto tan imprevisto. Supuse que el sórdido personaje saldría de su caja para flagelar a la impía. Me dispuse a tirar y golpear al horrible fantasma, pero no sucedió nada: el confesionario permaneció cerrado y Simona no cesaba de hablar frente a la ventana enrejada.

Empecé a cambiar miradas interrogantes con Sir Edmond, pero las cosas empezaron a aclararse poco a poco. Simona empezó a tocarse los muslos, a mover las piernas; mantenía una rodilla sobre el reclinatorio, avanzaba un pie delante, mientras continuaba en voz baja su confesión. Me pareció que se masturbaba.

Me acerqué suavemente a su lado para descubrir lo que pasaba; en efecto, Simona se estaba masturbando con el rostro pegado a la reja, cerca de la cabeza del sacerdote, con los miembros tensos, los muslos separados, los dedos metidos dentro de la vagina; podía tocarla y le agarré el culo un instante. Entonces oí que decía claramente:

- Padre, aún no le he dicho lo más grave.

Siguió un momento de silencio.

- Lo más grave, padre, es que me estoy masturbando mientras me confieso.

Nuevos murmullos en el interior, y por fin y en voz alta:

- Si no lo crees, te lo muestro.

Se levantó, abrió un muslo frente al ojo de la garita, masturbándose con mano rápida y segura.

- Entonces, cura, gritó Simona, golpeando con fuerza el confesionario, ¿qué haces ahí dentro?, ¿también te masturbas?

Pero del confesionario no salió ningún ruido.

- ¿Abro entonces?

En el interior, el visionario de pie, con la cabeza baja y secándose una frente perlada, repugnantemente perlada de sudor. La joven hurgó por debajo de la sotana, el cura no se movió. Levantó la inmunda falda negra y sacó una larga verga rosada y dura: el cura sólo echó la cabeza hacia atrás con un gesto y un silbido. No impidió que Simona se metiera esa bestialidad en la boca y la mamara con furor.

Sir Edmond y yo, estupefactos, permanecimos inmóviles. La admiración me clavaba en mi sitio; no supe qué hacer sino hasta que el enigmático inglés se adelantó con resolución al confesionario y con delicadeza apartó a Simona de allí; tomó a la larva de la mano y la sacó de su agujero extendiéndola brutalmente sobre las baldosas, a nuestros pies: el inmundo sacerdote yacía como cadáver, con los dientes contra el suelo, sin gritar. Lo llevamos a cuestas hasta la sacristía.

Permanecía desbraguetado, con la pinga colgando, el rostro lívido y cubierto de sudor, sin resistir, y respirando con trabajo: lo instalamos en un gran sillón de madera de formas arquitectónicas.

- Señores, balbuceaba lacrimoso el miserable, no soy un hipócrita.
- No, contestó Sir Edmond, con un tono categórico.

Simona le preguntó:

- ¿Cómo te llamas?
- Don Aminado, respondió el cura.

Simona abofeteó a la carroña sacerdotal, haciéndola tambalear. Luego la despojó totalmente de sus vestiduras, sobre las que Simona, acuclillada, orino como perra. Luego lo masturbó y se la mamó, mientras que yo orinaba sobre su nariz. Al llegar al colmo de la excitación, a sangre fría enculé a Simona que mamaba con furor.

Sir Edmond contemplaba la escena con su característica expresión de hard labour; inspeccionó con cuidado la habitación donde nos habíamos refugiado. Descubrió una llavecita colgada de un clavo.

- ¿De dónde es esta llave?, le preguntó a Don Aminado.

Por la expresión de terror que contrajo el rostro del sacerdote, Sir Edmond reconoció la llave del Tabernáculo. Al cabo de un instante regresó trayendo un copón de oro, de estilo recargado, con muchos angelotes desnudos como amorcillos. El infeliz sacerdote miraba fijamente el receptáculo de las hostias consagradas en el suelo y su hermoso rostro de idiota, alterado por las dentelladas y los lengüetazos con que Simona flagelaba su verga, se había puesto a jadear.

Sir Edmond había atrancado la puerta; buscando en los armarios acabó por encontrar un gran cáliz. Nos pidió que le dejáramos por un momento al miserable.

- Mire, le dijo Simona, las hostias están en el copón y en el cáliz se echa vino blanco.
- Huele a semen, dijo ella, olisqueando las hostias.
- Así es, asintió Sir Edmond, como ves, las hostias no son otra cosa que la esperma de Cristo bajo la forma de galletitas blancas. En cuanto al vino que se pone en el cáliz, los eclesiásticos dicen que es la sangre de Cristo, pero es evidente que se equivocan. Si de verdad fuera la sangre, beberían vino tinto, pero como sólo beben vino blanco, demuestran que en el fondo de su corazón saben bien que es orina.

La lucidez de esta demostración era convincente: Simona, sin más explicaciones, agarró el cáliz y yo el copón, y nos dirigimos a Don Aminado que, inerte, en su sillón, se agitaba apenas por un ligero temblor que le recorría el cuerpo. Simona le asestó un gran golpe en el cráneo con la base del cáliz, sacudiéndolo y acabando de atontarlo. Luego volvió a mamársela, lo que le produjo siniestros estertores. Habiéndolo llevado al colmo de la excitación de los sentidos, lo movió fuertemente, ayudada por nosotros, y dijo con un tono que no admitía réplica:

- Ahora, ¡a mear!

Volvió a golpearlo con el cáliz en el rostro; al tiempo que se desnudaba delante de él y yo la masturbaba. La mirada de Sir Edmond, fija con dureza en los ojos imbecilizados del joven sacerdote, produjo el resultado esperado; Don Aminado llenó ruidosamente con su orina el cáliz que Simona sostenía bajo su gruesa verga.

- Y ahora, ¡bebe!, exigió Sir Edmond.

El miserable bebió con éxtasis inmundo un solo trago goloso.












miércoles, septiembre 13, 2006

"La filosofía de Nietzsche", de Fernando Pessoa



El propio Nietzsche aseveró que una filosofía no es más que la expresión de un temperamento.

Suficientemente, esto no es así. Las teorías de un filósofo son la resultante de su temperamento y de su época. Son el efecto intelectual de su época sobre su temperamento. Algo otro no podía suceder (ser).

Así pues, la filosofía de Friedrich Nietzsche es la que resulta de su temperamento y de su época. Su temperamento era el de un asceta y el de un loco. En su país, su época fue de materialidad y de fuerza. Fatalmente, resultó una teoría donde un ascetismo loco se casa con una (aunque fuese involuntaria) admiración por la fuerza y por el dominio. La consecuencia es una teoría en la que se insiste en la necesidad de un ascetismo y en la definición de este ascetismo como un ascetismo de fuerza y de dominio. Donde la asunción de la actitud cristiana de la necesidad de dominar sus instintos, convertida aquí —merced a la contribución proporcionada por la locura del autor— en la necesidad de dominar toda especie de instintos, incluyendo los buenos, torturando el alma propia, el temperamento propio ([como] noción delirante).







Manuscrito de 1915.









martes, septiembre 12, 2006

“Un paseo por la Literatura”, de Roberto Bolaño

-Selección-


2. A medio hacer quedamos, padre, ni cocidos ni crudos, perdidos en la grandeza de este basural interminable, errando y equivocándonos, matando y pidiendo perdón, maniacos depresivos en tu sueño, padre, tu sueño que no tenía límites y que hemos desentrañado mil veces y luego mil veces más, como detectives latinoamericanos perdidos en un laberinto de cristal y barro, viajando bajo la lluvia, viendo películas donde aparecían viejos que gritaban ¡tornado! ¡tornado!, mirando las cosas por última vez, pero sin verlas, como espectros, como ranas en el fondo de un pozo, padre, perdidos en la miseria de tu sueño utópico, perdidos en la variedad de tus voces y de tus abismos, maniacos depresivos en la inabarcable sala del Infierno donde se cocina tu Humor.


12. Soñé que una tarde golpeaban la puerta de mi casa. Estaba nevando. Yo no tenía estufa ni dinero. Creo que hasta la luz me iban a cortar. ¿Y quién estaba al otro lado de la puerta? Enrique Lihn con una botella de vino, un paquete de comida y un cheque de la Universidad Desconocida.


17. Soñé que era un detective viejo y enfermo y que buscaba gente perdida hace tiempo. A veces me miraba casualmente en un espejo y reconocía a Roberto Bolaño.


22. Soñé que encontraba a Gabriela Mistral en una aldea africana. Había adelgazado un poco y adquirido la costumbre de dormir sentada en el suelo con la cabeza sobre las rodillas. Hasta los mosquitos parecían conocerla.


30. Soñé que estaba muriéndome en un patio africano y que un poeta llamado Paulin Joachim me hablaba en francés (sólo entendía fragmentos como «el consuelo», «el tiempo», «los años que vendrán») mientras un mono ahorcado se balanceaba de la rama de un árbol.


34. Soñé que era un detective latinoamericano muy viejo. Vivía en Nueva York y Mark Twain me contrataba para salvarle la vida a alguien que no tenía rostro. Va a ser un caso condenadamente difícil, señor Twain, le decía.


36. Soñé que hacía un 69 con Anais Nin sobre una enorme losa de basalto.


41. Soñé que estaba soñando y que en los túneles de los sueños encontraba el sueño de Roque Dalton: el sueño de los valientes que murieron por una quimera de mierda.


55. Soñé que nadie muere la víspera.


56. Soñé que un hombre volvía la vista atrás, sobre el paisaje anamórfico de los sueños, y que su mirada era dura como el acero pero igual se fragmentaba en múltiples miradas cada vez más inocentes, cada vez más desvalidas.




Blanes, 1994

lunes, septiembre 11, 2006

"Últimas palabras", de Salvador Allende Gossens

11 de septiembre de 1973



Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado [comandante de la Armada], más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, también se ha autodenominado Director General de Carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar.

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la Ley y así lo hizo. En este momento, definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción creo el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara [el general] Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para verse seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista le da a unos pocos.

Me dirijo a la juventud, a aquéllos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquéllos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente, en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder.

Estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
















sábado, septiembre 09, 2006

“Reunión”, de John Cheever





La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottage en el Cabo alquilado por mi madre. Le escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido –mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano.
-Hola, Charlie –dijo-. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí. – Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión.
Salimos de la estación, entramos por una calle lateral y entramos en un restaurante. Aún era temprano y el local estaba vacío. El barman estaba discutiendo con un repartidor y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos, y mi padre llamó en alta voz al camarero.
-Kellner! –gritó-. Garçon! Cameriere! ¡Usted! –En el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar. -¡Alguien que pueda atendernos! –gritó-. Chop-chop. –Después batió las palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.
-¿Usted golpeó las manos para llamarme? –preguntó.
-Cálmese, cálmese, Sommelier –dijo mi padre-. Si no es demasiado pedirle... si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibson.
-No me gusta que me llamen golpeando las manos –dijo el camarero.
-Tendría que haber traído mi silbato –dijo mi padre-. Tengo un silbato que es audible sólo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: Dos Gibson. Repita conmigo: Dos Gibson.
-Será mejor que vaya a otro lugar –dijo en voz baja el camarero.
-Ésa –dijo mi padre- es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.
Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas, y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.
-Garçon! Kellner! Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.
-¿Qué edad tiene el muchacho? – preguntó el camarero.
-Eso –dijo mi padre- qué mierda le importa.
-Lo siento, señor –dijo el camarero- pero no le serviré otra bebida al muchacho.
-Bien, tengo algo que decirle –dijo mi padre-. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.
Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.
-¡Perrero mayor! Iujuuú, y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibson.
-¿Dos Bibson? –preguntó el camarero, sonriendo.
-Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo –dijo irritado mi padre-. Quiero dos Gibson, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un cóctel.
-No estamos en Inglaterra –dijo el camarero.
-No discuta conmigo –replicó mi padre-. Haga lo que le ordenan.
-Pensé que tal vez desearía saber dónde está –dijo el camarero.
-Si hay algo que no puedo tolerar –dijo mi padre-, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.
El cuarto lugar era italiano.
Buon giorno –dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.
-No entiendo italiano –dijo el camarero.
-Oh, vamos –dijo mi padre-. Entiende italiano, y claro que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
-Muy bien –dijo mi padre-. Denos otra mesa.
-Todas las mesas están reservadas –dijo el jefe de camareros.
-Entiendo –dijo mi padre-. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda. Vada all´inferno. Vamos, Charlie.
-Tengo que tomar mi tren –dije.
-Lo siento, hijito –dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. –Me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo. –Te acompañaré a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.
-Está bien, papá –dije.
-Te compraré un diario –dijo-. Te compraré un diario para que leas en el tren. Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:
-Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos? –El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista. -¿Es mucho pedir, bondadoso señor –dijo mi padre-, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?
-Tengo que irme, papá –dije-. Es tarde.
-Vamos, espera un momento, hijito –dijo-. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.
-Adiós, papá –dije, y bajé la escalera y abordé mi tren. Fue la última vez que vi a mi padre.




en Relatos












 

viernes, septiembre 08, 2006

"El último delicado", de E.M.Cioran


Querido amigo:

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ése era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus "admiradores", de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.

Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.

Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ése es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio "cultural" de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.

Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.

Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schlegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.

Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquélla en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.








París, 10 de diciembre de 1976













jueves, septiembre 07, 2006

"La casa de Asterión", de Jorge Luis Borges





Y la reina dió a luz un hijo que se llamó Asterión
APOLODORO, Biblioteca, III, I


Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)* están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. ( A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Esto no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá que me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba un vestigio de sangre.
- ¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


a Marta Mosquera Eastman





[*]
EL original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que, en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinito.



En El aleph, (1949).













miércoles, septiembre 06, 2006

"Diccionario del Diablo", de Ambrose Bierce



Alma, s.
Entidad espiritual que ha provocado recias controversias.

Platón sostenía que las almas que en una existencia previa (anterior a Atenas) habían vislumbrado mejor la verdad eterna, encarnaban en filósofos. Platón era filósofo. Las almas que no habían contemplado esa verdad animaban los cuerpos de usurpadores y déspotas. Dionisio I, que amenazaba con decapitar al sesudo filósofo, era un usurpador y un déspota. Platón, por cierto, no fue el primero en construir un sistema filosófico que pudiera citarse contra sus enemigos; tampoco fue el último.

“En lo que atañe a la naturaleza del alma” dice el renombrado autor de Diversiones Sanctorum, “nada ha sido tan debatido como el lugar que ocupa en el cuerpo. Mi propia opinión es que el alma asienta en el abdomen, y esto nos permite discernir e interpretar una verdad hasta ahora ininteligible, a saber: que el glotón es el más devoto de los hombres. De él dicen las Escrituras que “hace un dios de su estómago”

¿Cómo entonces no habría de ser piadoso, si la Divinidad lo acompaña siempre para corroborar su fe? ¿Quién podría conocer tan bien como él el poder y la majestad a que sirve de santuario? Verdadera y sobriamente el alma y el estómago son una Divina Entidad; y tal fue la creencia de Promasius, quien, no obstante, erró al negarle inmortalidad.

Había observado que su sustancia visible y material se corrompía con el resto del cuerpo después de la muerte, pero de su esencia inmaterial no sabía nada. Esta es lo que llamamos el Apetito, que sobrevive al naufragio y el hedor de la mortalidad, para ser recompensado o castigado en otro mundo, según lo haya exigido en éste. El Apetito que groseramente ha reclamado los insalubres alimentos del mercado popular y del refectorio público, será arrojado al hambre eterno, mientras aquel que firme, pero cortésmente, insistió en comer caviar, tortuga, anchoas, paté de foi gras y otros comestibles cristianos, clavará su diente espiritual en las almas de esos manjares, por siempre jamás, y saciará su divina sed en las partes inmortales de los vinos más raros y exquisitos que se hayan escanciado aquí abajo. Tal es mi fe religiosa, aunque lamento confesar que ni Su Santidad el Papa, ni su Eminencia el Arzobispo de Canterbury (a quienes imparcial y profundamente reverencio) me permiten propagarla”.



Beber, v. t. e. i. Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse, embriagarse.

El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder. Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India cien mil británicos comedores de carne y chupadores de brandy subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetarianos de la misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de whiskey desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en todas partes las naciones que toman demasiado pelean bien, aunque no las acompañe la justicia.




Corazón. Bomba muscular automática que hace circular la sangre.

Figuradamente se dice que este útil órgano es la sede de las emociones y los sentimientos: bonita fantasía que no es más que el resabio de una creencia antaño universal. Sabemos ahora que sentimientos y emociones residen en el estómago y son extraídos de los alimentos mediante la acción química del jugo gástrico. El proceso exacto que convierte el bistec en un sentimiento (tierno o no, según la edad del animal); las sucesivas etapas de elaboración por las que un sandwich de caviar se transmuta en rara fantasía y reaparece convertido en punzante epigrama; los maravillosos métodos funcionales de convertir un huevo duro en contrición religiosa o una bomba de crema en suspiro sensible: todas estas cosas han sido pacientemente investigadas y expuestas con persuasiva lucidez por Monsieur Pasteur. (Ver también mi monografía “Identidad Esencial de los Afectos Espirituales con Ciertos Gases Intestinales Liberados en la Digestión" págs. 4 a 687). En una obra titulada según creo Delectatio Demonorum (Londres, 1873) esta teoría de los sentimientos es ilustrada de modo sorprendente; para más información se puede consultar el famoso tratado del profesor Dam sobre “El amor como producto de la Maceración Alimentaria”.




en "Diccionario del Diablo" (originalmente "Diccionario del Cínico", 1906)


martes, septiembre 05, 2006

"A través de la mitad de nuestras tierras", por Juan Carlos Villavicencio





Ibant obscuri sola sub nocte per umbram
Virgilio


Aún despiertan de las velas i el retorno a aquella isla. Nadie esperó tejiendo historias ni recuerdos. Todo asedio antiguo fue olvidado. Atrás las ruinas i las muertes de otras horas: ya ajenos quedan restos de ciudades que no fueron más que un nuevo apronte. Hay un faro para éstos que cansados vienen a encontrarse en el delirio de colores que se abren desde el cielo, i suave llueve el viento Sur sobre el templo de su piel ahora en las caricias i el arribo al descanso de todos sus designios.



Febrero de 2006






Hokusai por sí mismo




Desde los seis años sentí el impulso de dibujar las formas de las cosas. Hacia los cincuenta, expuse una colección de dibujos; pero nada de lo ejecutado antes de los setenta me satisface. Sólo a los setenta y tres años pude intuir, siquiera aproximadamente, la verdadera forma y naturaleza de las aves, peces y plantas. Por consiguiente, a los ochenta años habré hecho grandes progresos; a los noventa habré penetrado la esencia de todas las cosas; a los cien, habré seguramente ascendido a un estado más alto, indescriptible, y si llego a ciento diez años, todo, cada punto y cada línea, vivirá. Invito a quienes vivirán tanto como yo a verificar si cumplo estas promesas.Escrito a la edad de setenta y cinco años, por mí, antes Hokusai, ahora llamado Huakivo-Royi, el viejo enloquecido por el dibujo*.



* Hokusai murió a los 89 años de edad.












Antologado por Adler-Revon en Japanische Literatur,
Geschichte und Auswahl von den Anfängen bis zur neusten Zeit (1930).











lunes, septiembre 04, 2006

“Espera a la primavera, Bandini”, de John Fante

-Fragmento-

Arturo Bandini estaba convencido de que cuando muriese no iría al infierno. Para ir al infierno había que cometer un pecado mortal. Él había cometido muchos, lo sabía, pero la confesión le había salvado. Siempre se confesaba a tiempo, es decir, antes de que la muerte se le presentara. Y tocaba madera cada vez que pensaba en ello: que siempre habría tiempo antes de morir. De modo que Arturo estaba archiconvencido de que cuando muriese no iría al infierno. Por dos motivos. Por la confesión y porque era un corredor muy rápido.

El Purgatorio, sin embargo, ese lugar intermedio entre el Infierno y el Cielo, le preocupaba. El catecismo decía con claridad lo que hacía falta para ir al Cielo: el alma tenía que estar limpia del todo, sin la menor sombra de pecado. Si el alma, en el momento de la muerte, no estaba lo bastante limpia para ir al Cielo ni lo bastante sucia para ir al Infierno, se quedaba en la región intermedia, en aquel Purgatorio en que ardería y ardería hasta que sus faltas se purgasen.

Había un consuelo en el Purgatorio: que, al margen del tiempo que se pasara en él, el Cielo estaba asegurado. Pero cuando Arturo se dio cuenta de que la estancia en el Purgatorio podía durar setecientos mil millones de billones de trillones de años, ardiendo y ardiendo sin parar, poco consuelo había en que al final se aterrizase en el Cielo. A fin de cuentas, cien años era ya mucho tiempo. Ciento cincuenta millones de años era inconcebible.

“Prólogo a Pregúntale al polvo”, de Charles Bukowski








Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía; se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.

Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión, no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte. Probé con la Geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre. Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron: las palabras eran nuevas y las ilustraciones maravillosas. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon. Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa lo perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, casi todos dormidos sobre el libro abierto.

Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación. Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba “Pregúntale al polvo”, y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé “Pregúntale al polvo” y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. “Dago red” y “Espera a la primavera, Bandini”. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.

Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”. Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de “Angel’s Flight” en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿Será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.

Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer “Pregúntale al polvo”. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia.

Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.

Fotografía: John Fante

domingo, septiembre 03, 2006

"De profundis", de Georg Trakl




E
s una rastrojera, en donde una negra lluvia cae.
Es un pardo árbol, que solitario está ahí.
Es un aire silbante, que rodea cabañas vacías.
Cuán triste este anochecer.

A lo largo del caserío
La dulce huérfana recoge aún escasa espigas.
Redondos y dorados sus ojos pacen en el crepúsculo
y su regazo aguarda al novio celestial.

De regreso a casa
los pastores hallaron el dulce cuerpo
putrefacto en el espino.

Una sombra soy lejos de aldeas sombrías.
Bebí el silencio de Dios
del manantial de la arboleda.

Sobre mi frente se posa frío metal,
arañas buscan mi corazón.
Es una luz, que en mi boca se apaga.

De noche me encontré en un brezal,
arrecian de inmundicias y de polvo las estrellas.
En el arbusto del avellano
suenan de nuevo ángeles cristalinos.








sábado, septiembre 02, 2006

"Los intelectuales y el fascismo", de Lisandro Otero*

* Premio Nacional de Literatura y Presidente de la Academia de la Lengua de Cuba







En las últimas semanas una violenta campaña de propaganda contra el escritor alemán Günther Grass se ha desatado en el mundo. Han tomado como causa de esta inculpación la confesión realizada por el escritor alemán de su pertenencia a las Schutzstaffel o SS, la guardia pretoriana de élite de la represión nazi.


Hace tiempo que Grass había confesado su preocupación con el problema y halló una respuesta adecuada cuando confesó: “Sentí que para mi generación y para los autores de la literatura alemana que renacía, los temas centrales ya estaban fijados: la guerra criminal desatada por Alemania; la capitulación total; los crímenes y su sombra trágica.” Él y su generación debían luchar, además, contra el intento de ocultar lo que para todos era evidente.


Dijo Grass que batallaron contra: “la imposición de la censura sobre el pasado. Algunos dirigentes políticos y hasta algunos intelectuales, construían leyendas. Hablaban de un pobre pueblo engañado, manipulado por los nazis”. Él decidió hablar. Compartió un realismo escéptico que le parecía era la única posición honesta dentro de las circunstancias de la reconstrucción alemana. Era un escritor movido esencialmente por motivaciones éticas. Por eso Grass ha dicho: “Gran cantidad de avances republicanos y conquistas democráticas logradas en la larga lucha para civilizar al capitalismo salvaje, se pulverizan ahora repentinamente ante nuestros ojos. Sólo reclaman una cosa: más mercado.”


Grass ha sido un escritor liberal, de izquierda, que ha defendido las causas justas y no ha podido ser comprado. Me pregunto si toda esta campaña no tiene como fin destruir a un valor moral dentro de la intelectualidad contemporánea, que resulta incómodo para el neofascismo “bushista”.


Habría que preguntarse por qué otros escritores, manifiestamente nazis, no reciben igual escarnio. ¿Qué decir del filósofo Martin Heidegger quien al ingresar en el partido nazi en 1933 afirmaba en un discurso: “El propio Führer, y sólo él es la realidad alemana, presente y futura. ¡Heil Hitler!”. Heidegger sigue siendo estudiado y ensalzado en las universidades alemanas, europeas y sudamericanas. En Italia, Filippo Tommaso Marinetti, el fundador del futurismo, se convirtió en el poeta oficial de Mussolini. Louis Ferdinand Céline fue un antisemita radical. Durante la ocupación de Francia fue médico de los alemanes. Al finalizar la guerra huyó a Dinamarca. Fue encarcelado, condenado a muerte y absuelto. Pudo regresar a Francia tras su indulto y vivió miserablemente hasta morir en 1961. Knut Hansum, estuvo de acuerdo con la ocupación alemana de Noruega, su patria, en 1940, pues la consideraba un preámbulo para regresar a la grandeza de la época vikinga. Llegó hasta tal punto su vinculación que se reunió con Hitler; a Goebbels le regaló su medalla del premio Nobel de Literatura, obtenida en 1920.


Pierre Drieu La Rochelle publicó “Socialismo fascista” y apoyó la ocupación nazi de Francia; llegó a ser director de la importante publicación “Nouvelle Revue Française” y se suicidó tras la liberación de París. Ezra Pound realizó transmisiones radiofónicas desde Italia destinadas a socavar la moral de las tropas aliadas. Tras la guerra no recibió pena de prisión por su inmenso prestigio, fue declarado demente y se le internó en un manicomio en Estados Unidos. Ernst Junger fue oficial de las fuerzas armadas alemanas tras un largo período escribiendo en publicaciones de ultraderecha que prepararon el ascenso del nazismo.


Al comenzar el progreso de los nazis hacia el poder, Richard Strauss los vio con simpatía. Arturo Toscanini rehusó dirigir las obras de Wagner en el Festival de Bayreuth y Strauss lo sustituyó. Bruno Walter fue despedido como director de la Filarmónica de Berlín por ser judío y Strauss también lo relevó. En Noviembre de 1933 el nuevo régimen lo nombró Presidente de la Cámara de Música del Estado. Cuando comenzaron los preparativos para las Olimpiadas que Hitler presidiría en Berlín, en 1936, Richard Strauss recibió la encomienda de componer un himno dedicado al magno evento deportivo. En 1939, al cumplir setenta y cinco años de edad se le efectuaron homenajes y ofrendas por su lealtad al régimen. Tras la derrota de Alemania permaneció recluido en su residencia de Garmisch y desoyó las convocatorias de los tribunales de des-nazificación que querían examinar su proceder pasado. Se le prohibió viajar al extranjero. Vivió con grandes dificultades, insolvente y desamparado hasta su muerte ocurrida en 1949.


Willhelm Furtwangler dirigía la Filarmónica de Berlín en los conciertos que se ofrecían en los cumpleaños de Hitler. Grabó con su orquesta, unas semanas antes del suicidio de Hitler, la Novena Sinfonía de Antón Bruckner, con la que se anunció al mundo la desaparición física del Führer. Herbert Von Karajan fue miembro del partido nazi y obtuvo importantes posiciones en el mundo musical alemán gracias a ello. El poeta Robert Brasillach, ardiente colaborador nazi durante la ocupación, fue fusilado por las Fuerzas Francesas del Interior tras el rescate de París. Leni Rieffenstahl, revolucionó el mundo de la cinematografía con sus documentales y fue una cercana colaboradora de Hitler y el partido nazi, hasta el punto que llegaron a relacionarla sentimentalmente con él. ¿Y qué decir de Jorge Luis Borges que el año 1976 apoyó sin ninguna clase de tapujos las dictaduras de Videla y Pinochet?


Creo que todos estos intelectuales han faltado a su elemental deber solidario con la humanidad en situaciones de crisis y por ello pagaron un precio de descrédito, aislamiento y algunos expiaron su culpa con su propia vida. Pero el caso de Grass es el de un escritor actualmente comprometido con las mejores causas del progreso social, que ha borrado con una existencia esclarecida sus pecados de inmadurez, irresponsable juventud, inexperiencia y falta de conciencia política, lo cual ha sido ampliamente compensado con su actitud posterior. ¿Debemos abandonar la lectura de Nietzche porque concibió el Ubermensch, el superhombre que preparó toda la teoría de la raza aria superior que Hitler pretendía? ¿Por su antisemitismo radical debemos dejar de escuchar a Wagner? ¿Se trata de destruir a Grass por su actual comportamiento político de avanzada?


viernes, septiembre 01, 2006

"El carácter destructivo", de Walter Benjamin




P
uede ocurrirle a alguno que, al contemplar su vida retrospectivamente, reconozca que casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres sobre cuyo “carácter destructivo” está todo el mundo de acuerdo. Un día, quizás por azar, tropezará con este hecho, y cuanto más violento sea el choque que le cause, mayores serán las probabilidades de que se represente el carácter destructivo. El carácter destructivo sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.

El carácter destructivo es joven y alegre. Porque destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolínea del destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta qué punto merece la pena su destrucción. Éste es el gran vínculo que enlaza unánimemente todo lo que existe. Es un panorama que depara al carácter destructivo un espectáculo de la más honda armonía. El carácter destructivo trabaja siempre fresco. Es la naturaleza la que, al menos indirectamente, le prescribe el ritmo: porque tiene que tomarle la delantera. De lo contrario será ella la que emprenda la destrucción. Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen. Tiene pocas necesidades y la mínima sería saber qué es lo que va a ocupar el lugar de lo destruido. Por de pronto, por lo menos por un instante, el espacio vacío, el sitio donde estuvo la cosa que ha vivido el sacrificio. Enseguida habrá alguien que lo necesite sin ocuparlo.

El carácter destructivo hace su trabajo y sólo evita el creador. Así como el que crea, busca para sí la soledad, tiene que rodearse constantemente el que destruye de gentes que atestigüen su eficiencia. El carácter destructivo es una señal. Así como un punto trigonométrico está expuesto por todos lados al viento, él está por todos lados expuesto a las habladurías. No tiene sentido protegerle en contra. El carácter destructivo no está interesado en absoluto en que se le entienda. Considera superficiales los empeños en esa dirección. En nada puede dañarle ser malentendido. Al contrario, lo provoca, al igual que lo provocaron los oráculos, instituciones destructivas del Estado. El más pequeño burgués de todos los fenómenos, el cotilleo, tiene lugar sólo porque las gentes no quieren ser malentendidas. El carácter destructivo deja que se le entienda mal; no favorece el cotilleo.

El carácter destructivo es el enemigo del hombre-estuche. El hombre-estuche busca su comodidad y la médula de ésta es la envoltura. El interior del estuche es la huella que aquél ha impreso en el mundo envuelta en terciopelo. El carácter destructivo borra incluso las huellas de la destrucción. El carácter destructivo milita en el frente de los tradicionalistas. Algunos transmiten las cosas en tanto que las hacen intocables y las conservan; otros las situaciones en tanto que las hacen manejables y las liquidan. A éstos se les llama destructivos. El carácter destructivo tiene la conciencia del hombre histórico, cuyo sentimiento fundamental es una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas (y la prontitud con que siempre toma nota de que todo puede irse a pique). De ahí que el carácter destructivo sea la confianza misma. El carácter destructivo no ve nada duradero. Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, está siempre en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos. El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena.









en Discursos interrumpidos I, 1973