viernes, agosto 18, 2006

"Mythistórima", de Yorgos Seferis

Fragmento

I

Al mensajero
lo esperamos tres años con la mirada fija
escrutando muy de cerca
los pinos la playa las estrellas.

Uniéndonos con el filo del arado o con la quilla del navío
tratábamos de encontrar de nuevo el germen primero
para que recomenzara el drama antiquísimo .

Volvimos a nuestras casas quebrantados
con miembros debilitados, con la boca corroída
por el gusto del moho y la salmuera.
Cuando despertamos partimos hacia el norte, como forasteros
hundidos en brumas por las alas inmaculadas de los cisnes
que nos herían.
En las noches invernales nos enloquecía el viento impetuoso del este
en el verano nos perdíamos en la agonía del día que no podía expirar.

De vuelta trajimos
estos bajorrelieves de un arte humilde.


Fragmento primero del libro Mythistórima (1935).
Traducción de Miguel Castillo Didier.

"4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces", de Rodrigo Lira




dada la continuidad de la ausencia de tibieza
considerando la permanencia de las carencias y
las ansiedades que se perpetran cotidianamente
y el frío sobre todo en especial o solo
o el frío completo en salchicha con mayonesa viscosa
seminal y estéril
la sábana sucia que cubre monstruosos ayuntamientos
la escasez de radiación solar
(lo poco que alcanza a llegar a través del monóxido de
carbono, el humo de chimeneas pastizales que se queman en febrero cigarrillos
chimeneas tubos de escape tubos chimeneas humo)
de la que tiene que atravesar además esa sucia sábana
que cubre apenas -como mera sábana polucionada-
esas teratológicas cópulas esos coitos de ahítos
esas violaciones y estupros
y las ondas
de radio en amplitud o frecuencia modulada
las largas y las cortas ondas
de radio de televisión o télex
las ondas que emiten las antenas emisoras
y las receptoras, que también reciben
esas ondas que la luz solar debe atravesar
lo inconcebiblemente banal y eficazmente hipnógeno
de lo que se radiodifunde y televe
lo opaco de los cristales
"color humo por dentro
espejo color bronce hacia el exterior"
los cristales que dispersan los que refractan
los que cromatizan la luz lo exiguo de la tasa de luz que alcanza
a corresponder per cápita, por cabeza
lo gachas que se encuentran estas últimas
(lo desigual de la tasa de luz de cabeza a cabeza)
lo sucio de la sábana que lo cubre todo
o casi todo
o hartas cosas
(la sucia sábana no se cubre a sí misma)
considerando también los olores a añejo, a podrido a quemado o
infectado
parece que como que hubiera que hacer alguna cosa
Aunque cabe la posibilidad de que sea mejor
no hacer nada
nada hacia la izquierda
nada
hacia
la
derecha
nada hacia adelante tampoco, más aún,
especialmente, nada hacia adelante -está la inercia
nada hacia atrás, no se puede,
trate usted de nadar hacia atrás, no se puede, la historia
no retrocede
-está la historia
-están las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
-está la sangre en las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
coagulada ya, reseca, más bien, como yesca
yesca de sangre sobre las bayonetas de la historia bajo las banderas de la
historia -de lo que está atrás
(no fumar, peligro grave de incendios, demasiada yesca
-sangre seca- atrás)
Nada tampoco ni hacia arriba ni hacia abajo ni hacia adentro ni hacia afuera
nada hacer, no hacer nada
-cruzarse de brazos- sentarse en posición de loto -tirarse boca arriba y
-mirar el cielo
(nada hacia arriba; no pensar en escalar el cielo)
-tirarse boca abajo, la mejilla pegada al suelo
o hundida en el barro
(no pensar en hundirse; no evitar hundirse)
al menos cabe la posibilidad de que eso fuera lo que
parece que como que hubiera que hacer, la cosa aquella
alguna
cabe la posibilidad de que eso fuese: alejarse de la acción
con las manos en los bolsillos
o con las manos tomadas a la espalda
o con las manos enlazadas en la nuca
o levantadas mirando el suelo
a patadas con las piedras
aplastando descuidadamente
eventuales caracoles cuncunas, lombrices o cucarachas distraídos-as?
-jamás tomarán venganza-
alejarse de la acción: irse despacio a ninguna parte
pues no hay donde irse
pero hay que irse
-tal vez, digo yo, como que habría que irse -a ninguna parte
-tal vez haya donde esconderse, no sé
en todo caso sería preciso
no salir a la calle:
los sujetos que en París rayaron las murallas de mayo
graficaron las palabras francesas que traducidas al idioma español dicen:
la/acción/está/en/la/calle
y si hay que alejarse de la acción
sería inconsecuente tomar una micro
tomar el metro, una liebre, un bus urbano o interurbano,
tomar
bebidas alcohólicas o de cola o cafecitos
habría que morirse de hambre, pienso
secarse en una esquina poco frecuentada o en un sótano oscuro, digo yo
porque las torres Santa María podrán ser los edificios más altos de Chile
pero haga usted la prueba de subir
-tendrá que ir bien vestido-
tomar uno de esos ascensores que adivinan el pensamiento o poco menos
y que son tan veloces como altas son esas torres
y llegue lo más arriba que pueda, hasta la terraza, si es posible
actúe hacia arriba para después tirarse y no hacer nada
abastecido de libertad por lo libre de la caída
que te hace abrir los brazos y planear, acercándote a tu reflejo
que se acerca hacia arriba desde los espejos de agua
con tu imagen multiplicada por los vidrios que por fuera son espejos
que reflejan tu imagen cayendo de modo que tú no alcanzas a ver adentro
pero que no les impide verte dentro pasar volando en caída libre
-y creerían que pasó un ángel y habrá un momento de silencio...-
No podrás: alguien sujetará a usted del brazo justo a tiempo
alguien o algo, algún robot por ejemplo
y alguien -o algo- llamará a una ambulancia
a través de un citófono a un teléfono que llamará a una central que pasará
el mensaje a otro teléfono etcétera
todo a velocidad escasamente menor que la de la luz o la de tu cuerpo
en la frustrada caída
probablemente el radio del radiopatrulla no será necesario
habrá una sirena o tal vez no, habrá en todo caso un silencio eléctrico
de terapia de choque tac/
un vacío
y un hueco para ti en una terapia
de grupo
de un grupo cualquiera
y sean cuales fueren los cuentos que te cuenten, desgraciado
la cuenta que te pasen
saldrás del hospital clínica o centro médico
tarareando gracias a la vida
motivado por los avisos y consejos de la publicidad que nos ayuda a vivir mejor
desde la radio o el televisor
que tanto habrán contribuido a tu curación
rumbo al local más cercano
en que se pueda jugarle una cartilla a la
Polla Gol a cambio de un templo donde sacrificar un
gallo a Esculapio que ya no se usan esas cosas, pues hombre
para después entretenerse un rato mascando
chicle de un sabor predilecto
en la máquina de pinbol o pinpong electrónico
            O sea que en resumen habría que morirse sin alharaca
sin pánico cundiendo ni cúnico pandiendo ni púnico candi endo
suave, callado el loro
morirse
o quedarse en la vereda como un pedazo más grande que el promedio
de basura
saboreando algo así como un candi masticable o un goyak
y hasta incluso un caramelo bueno, de Serrano, o fino,
de Ambrosoli,
pero muriéndose,
muriéndose sin alharaca,
muriéndose.

 
Publicado en Proyecto de obras completas (1983),
edición a cargo de Enrique Lihn.



Nota Descontexto: Hemos decidido recuperar este texto con este tamaño de letras, ya que hay versos demasiado extensos que alteran el diseño del blog en su totalidad si intentamos mantener el tamaño original de éstas. Las negritas -esperamos- faciliten la lectura de este texto.










miércoles, agosto 16, 2006

"Amanita muscaria", de Robert Graves




Desde que revisé Los mitos griegos en 1958 he vuelto a meditar acerca del dios borracho Dioniso, de los centauros con su reputación contradictoria de prudencia y mala conducta y también sobre la naturaleza de la ambrosía y el néctar divinos. Estos temas están estrechamente relacionados, porque los centauros adoraban a Dioniso, cuyo salvaje banquete otoñal se llamaba «la Ambrosía». Ahora ya no creo que cuando sus Ménades recorrían airadas el campo despedazando a animales o niños y se jactaban después de haber hecho el viaje de ida y vuelta a la India se habían embriagado únicamente con vino o con cerveza de hiedra. Las pruebas, resumidas en mi What Food the Centaurs Ate, sugieren que los Sátiros (miembros de tribus cuyo tótem era la cabra), los Centauros (miembros de tribus cuyo tótem era el caballo) y sus Ménades utilizaban esas bebidas para suavizar los tragos de una droga mucho más fuerte: a saber, un hongo crudo, amanita muscaria, que produce alucinaciones, desenfrenos insensatos, visión profética, energía erótica y una notable fuerza muscular. Este éxtasis, que dura varias horas, da paso a una inercia completa, fenómeno que explicaría la fábula según la cual Licurgo, armado con sólo un aguijón, derrotó al ejército de Ménades y Sátiros borrachos de Dioniso después de su regreso victorioso de la India.

En un espejo etrusco aparece grabado el amanita muscaria a los pies de Ixión un héroe tesalio que comía ambrosía entre los dioses. Varios mitos concuerdan con mi teoría de que sus descendientes, los Centauros, comían ese hongo, y, según algunos historiadores, lo emplearon más tarde los nórdicos «frenéticos» para adquirir una fuerza temeraria en la batalla. Ahora creo que la «ambrosía» y el «néctar» eran hongos intoxicantes; sin duda el amanita muscaria, pero quizá también otros, especialmente un hongo de estercolero pequeño y delgado llamado panaeolus papilionaceus, que produce alucinaciones innocuas y muy agradables. Un hongo bastante parecido a éste aparece en un jarrón ático entre los cascos del Centauro Neso. Los «dioses» para quienes en los mitos se reservaban la «ambrosía» y el «néctar» eran sin duda reinas y reyes sagrados de la era pre-clásica. El delito del rey Tántalo consistió en que violó el tabú al invitar a plebeyos a compartir su ambrosía.

Los reinados sagrados de mujeres y de hombres se extinguieron en Grecia; la ambrosía se convirtió entonces, según parece, en el elemento secreto de los Misterios eleusinos y órficos y de otros asociados con Dioniso. En todo caso, los participantes juraban guardar silencio acerca de lo que comían y bebían, tenían visiones inolvidables y se les prometía la inmortalidad. La «ambrosía» que se concedía a los vencedores en las carreras pedestres olímpicas, cuando la victoria ya no les confería la dignidad de rey sagrado, era claramente un sustituto: una mezcla de alimentos cuyas letras iniciales según demostré en What Food the Centaurs Ate, formaban la palabra griega que significa «hongo». Las recetas citadas por los autores clásicos para el néctar y el cecyon, la bebida con sabor a menta que tomó Deméter en Eleusis, también formaban la palabra «hongo».


Yo mismo he comido el hongo alucinante llamado psilocybe, una ambrosía divina utilizada por los indios masatecas de la provincia de Oaxaca, en México; he oído a la sacerdotisa invocar a Tlaloc, el dios de los hongos, y he visto visiones transcendentales. Por este motivo convengo totalmente con R. Gordon Wasson, el descubridor americano de este rito antiguo, en que las ideas europeas acerca del cielo y el infierno pueden muy bien haberse derivado de misterios análogos. Tlaloc fue engendrado por el rayo; también lo fue Dioniso; y en el folklore griego, como en el masateca, también lo son todos los hongos, llamados proverbialmente «alimento de los dioses» en ambos idiomas. Tlaloc llevaba una corona de serpientes, y Dioniso también. Tlaloc tenía un refugio bajo el agua, y también lo tenía Dioniso. La costumbre salvaje de las Ménades de arrancar las cabezas de sus víctimas podría referirse alegóricamente al desgarramiento de la cabeza del hongo sagrado, pues en México jamás se come el tallo. Leemos que Perseo, un rey sagrado de Argos, se convirtió al culto de Dioniso y dio a Micenas ese nombre por un hongo que encontró en aquel lugar y que al arrancarlo descubrió una corriente de agua. El emblema de Tlaloc era un sapo igual que el de Argos; y de la boca del sapo de Tlaloc en el fresco de Tempentitla brota una corriente de agua. ¿Pero en qué época estuvieron en contacto las culturas europea y de la América Central?


Estas teorías exigen una mayor investigación y por lo tanto no he incluido mis hallazgos en el texto de la presente edición. La ayuda de cualquier experto en la solución del problema sería muy apreciada.












Prólogo de la edición revisada de Graves en 1960 de Los mitos griegos .











"Judaísmo y Sionismo: Dos cosas diferentes", de Adrián Salbuchi

Diez preguntas claves para los israelíes sionistas


1) ¿Por qué insisten en confundir sionismo con judaísmo?

No todo sionista es judío y no todo judío es sionista. Bush, Cheney, C Rice, Rumsfeld, Blair, Aznar, Negroponte, John Bolton, para nombrar unos pocos encumbrados, no son judios pero sí son sionistas recalcitrantes. Simétricamente, Noam Chomsky, Norman Finkelstein, Juan Gelman, Israel Shamir no son sionistas pero sin embargo sí son judíos.


2) ¿Por qué buscan dañar a sus propias comunidades en la diáspora?

Me preocupa que los sionistas y los israelíes quieran confundir ambas cosas y eso puede traer serias reacciones por parte de gente ignorante contra las comunidades judías (¿buscan eso? ¿se trata de la histórica ganancia, por parte de ambos grupos, de jugar a la víctima?). Acusar de "antisemita" a cualquiera que critica a Israel y el Sionismo es verdadero terrorismo intelectual


3) ¿Por qué hablan de "Antisemitismo"?

Hablar de "antisemitismo" es un absurdo, por cuanto "semita" es una categoría lingüística utilizada por el racista Conde de Gobieneau en el siglo XIX. Él contraponía "semitas" a "arios". ¿También quieren hablar de "arios"? ¡Por favor! Estamos en el siglo XXI. Pero si ustedes insisten en hablar de "antisemitismo", entonces, fíjense que los pueblos árabes son también descendientes de Shem y, por ende, "semitas", con lo que el verdadero "antisemitismo" que hoy sufre el mundo es la persecución de palestinos, iraquíes y libaneses, claramente semitas, por parte de las fuerzas de EEUU e Israel.


4) ¿Por qué martirizan a Gaza?

En 1989 cae el Muro de Berlin. Israel lo ha reemplazado por el oprobioso Muro en torno a Gaza de cientos de kilómetros de extensión y 8 metros de alto: con sus puestos de control, con soldados armados, con alambre de púas... Han transformado ustedes a Gaza en un Campo de Concentración.



5) ¿Esperan realmente que palestinos y libaneses no se defiendan de alguna manera?

Sólo un Estado Soberano puede tener fuerzas armadas regulares (por ejemplo Israel y EEUU). Pero Palestina no tiene un Estado y a su población no le queda otra opción que tener un fuerza armada irregular (Hamas). El Líbano no ha logrado tener un Estado gracias a años de invasión por Israel con lo que no le queda otra opción que tener una milicia irregular (Hezbollah). Por supuesto que reciben armas de Irán y Siria. ¿Acaso Israel no recibe armas de EEUU? ¿Acaso no es el Estado de Israel la única potencia que tiene “armas de destrucción masiva” en Medio Oriente, gracias a las alrededor de 400 bombas atómicas que Estados Unidos le ha cedido generosamente al Estado de Israel? Palestina y el Líbano tienen el derecho inalienable a defenderse del Terrorismo de Estado de Israel.


6) ¿Por qué no permiten un estudio serio sobre el "Holocausto"?

Muchos académicos en Europa y Estados Unidos sostienen que no se ha hecho un estudio serio que demuestre que seis millones murieron durante la Segunda Guerra Mundial a manos de alemanes y austriacos. Estudiar este tema en serio está prohibido por ley en Francia, Canadá, Alemania y Austria. ¿A qué le tienen miedo? Un judío no-sionista, Norman Finkelstein, en su libro "La industria del Holocausto" explica cómo el Mito del Holocausto lo usa Israel para conseguir apoyo financiero de EEUU y la Diáspora. En Auschwitz había una placa durante décadas (cuando estaba ocupado por la URSS) diciendo que ahí habían muerto 4 de los “siempre-mencionados” 6 millones. Esa placa la sacaron y ahora se habla de 1.500.000 muertos.


7) ¿Cómo explican el apoyo irrestricto de Estados Unidos a favor del Sionismo?

EEUU ha sido secuestrado por el Sionismo internacional. Sólo así puede comprenderse el apoyo irrestricto que EEUU brinda a Israel. Este gravísimo problema mundial ha sido evaluado en un importante informe de la Universidad de Harvard de fines de marzo del 2006, en el que los profesores John Mearsheimer (Universidad de Chicago) y Stephen Walt (Facultad J. F. Kennedy de Gobierno de Harvard) describen "La política exterior norteamericana y el lobby israelí", probando de manera contundente la influencia determinante y excesiva que ejercen organizaciones y lobbies como AIPAC -American Israeli Political Action Committee- que han logrado torcer la política exterior de EEUU en contra del propio interés nacional estadounidense y a favor del interés nacional de un Estado foráneo (Israel). Es una lectura recomendable.


8) ¿Está bien que el mundo cultural, económico y político sea dominado -distribuído, monopolizado- por una minoría?

El sitio oficial del gobierno israelí y de las organizaciones judías en EEUU hablan de una población judía total de 16.000.000 de personas (de las cuales unos 600.000 viven en la Argentina). O sea, numéricamente los judíos representan el 0,2% de la población mundial y el 0,5% de la población de la Argentina. ¿No es algo fascista, por no hablar de otras injusticias, que una minoría arrastre al planeta entero al borde de una Tercera Guerra Mundial como lo indica "The Financial Times" en la tapa de su edición del 24 de julio?


9) ¿Por qué mienten sistemáticamente?

La tragedia que hoy viven El Líbano y Palestina empezó porque ustedes dicen que les secuestraron a tres soldados. Los soldados no son secuestrados: Sólo los civiles podemos ser secuestrados (como los centenares de políticos, ministros y gobernantes palestinos secuestrados sistemáticamente por Israel como una forma de ejercer cualquier tipo de presión o venganza). Los soldados combatientes, a lo sumo son capturados por el Enemigo, incluso muertos por el enemigo. Pero no secuestrados. Sin embargo, Israel, EEUU y los multimedios planetarios profusamente financiados por el capital usurario financiero mundial repiten una y otra vez que los tres soldados fueron "secuestrados". Como dice un viejo adaggio: "La primera victima de la guerra es la verdad".


10) ¿Por qué no se investiga una pista israelí en torno a los atentados de la Embajada AMIA en Buenos Aires?

Según el periódico judío neoyorquino "Forwards" (anti-sionista), el gobierno de EEUU le sigue reclamando a gritos a la Argentina que le entregue una supuesta "pista iraní" en torno a estos dos terribles atentados en Buenos Aires de 1992 y 1994, pista que ni la CIA ni el Mossad han logrado aún fabricar (a pesar de que un juez argentino pro-sionista, Galeano, llegó al extremo de ofrecer una coima de us $ 400.000 a un preso (Telleldin) para que inculpara a la Policía de Buenos Aires y así configurar la pista que condujera a Hezbollah y, por extensión, a Siria e Irán). Si el gobierno pro-sionista de Néstor Kirchner cede a estas presiones y regala a EEUU/Israel otra "razón" más para atacar a Irán, entonces mi país, Argentina, se verá directamente involucrado en esta guerra del sionismo en contra del mundo. ¡Esto no lo quiere el pueblo argentino! Creo que a esta altura de los acontecimientos hay que buscar una mucho más verosímil pista israelí en torno a ambos atentados que ocurrieron en momentos de grandes luchas intestinas dentro de Israel, que culminaron con el asesinato de un gran primer ministro israelí favorable a la paz: Ytzahk Rabin, asesinado en plena vía publica en Israel no por un terrorista musulmán, no por un neonazi, sino por Ygal Amir, un joven israelí estrechamente vinculado al movimiento ultra-derechista de los colonos y próximo al Shin-Beth, servicio de seguridad interna israelí. La propia oficial “Comission Shamgar” que investigó en Israel el asesinato de Rabin concluyó que el Shin.Beth fue responsable, aunque más no sea por omisión. Muerto Rabin en Noviembre 1995, el camino quedó abierto para que vuestro gobierno fuera ocupado por los genocidas Netanyahu, Sharon y hoy, Olmert y sus partidos Likud/Kadima.

Como se verá las cosas son complejas y requieren de un debate serio y profundo. Las descalificaciones gratuitas, y las argumentaciones transmitidas por herencia y tradición, sobran.

martes, agosto 15, 2006

"Viaje al fin de la noche", de Louis-Ferdinand Céline

Fragmento



Aún tuve tiempo de distinguir una vez más, al escapar, a mis peligrosos compañeros de a bordo. A la luz de los faroles del entrepuente, vencidos al fin por el agotamiento y la gastritis, seguían fermentando y mascullando en sueños. Ahora, ahítos, tirados, se parecían todos, oficiales, funcionarios, ingenieros y tratantes, granulosos, barrigudos, oliváceos, revueltos, casi idénticos. Los perros, cuando duermen, se parecen a los lobos.

Toqué tierra pocos instantes después y me reuní con la noche, más densa aún bajo los árboles, y, detrás de ella, todas las complicidades del silencio.




de Viaje al fin de la noche, 1932

lunes, agosto 14, 2006

"La prueba", de Samuel Taylor Coleridge





S
i un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?










en Anima Poetæ:
From the Unpublished Note-books of Samuel Taylor Coleridge
,
editado por su nieto Ernest Hartley Coleridge, en 1895.








Pintura: Sun flower, de J. Monkhtsetseg







"The Poet Acts", de Juan Carlos Villavicencio




S
ólo queda sentarse a describir el recuerdo oscuro que se cierne sobre el tiempo, ahora que ha llegado la última de ellas a tocar la puerta. Nadie puede situarse a un costado a escuchar, porque nadie entiende las palabras: todo decanta por un malentendido que se ha repetido secretamente ante la luna. Por eso los ojos son los que caminan bajo la lluvia las calles desiertas, i la dispareja mirada la otorgan el silencio i el dolor. Ahora, entre las ruinas, es la tinta la única que resiste la embestida de la ausencia: el desnudo grito que avanza manchando de invierno nuevas hojas.






Primer fragmento de The Hours, Ediciones GrilloM, 2012










domingo, agosto 13, 2006

"La batalla", de Sandro Penna



“Tu madre ha muerto”, me decía un coro
en voz baja, inmemorial, serena.
“Muerta”, me repetía yo con una leve risa
de tiempos inmemoriales, y sereno
teñía la amarga angustia con la luz. “Y aquel
que fue en oscuros tiempos gran amigo,
¿ha muerto también él?”. “Oh, aquél”,
dijo una voz más prudente, “cortado en dos
de un solo golpe, nunca lo vimos
doblegarse”. Y yo besaba
llorando los restos de aquella tela amiga
que cubierto había bajo el sol
una cosa por el mundo no tocada.


Publicado en el libro Extrañezas en 1976.

viernes, agosto 11, 2006

«Lágrimas en la lluvia». Monólogo de «Roy» en Blade Runner, de Ridley Scott

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de combate en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir.





«Roy Batty» (Rutger Hauer) en Blade Runner, basada en
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de Philip K. Dick.








[Texto original]


I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die.










jueves, agosto 10, 2006

"Una sombra ya pronto serás", de Osvaldo Soriano

Fragmento


D
etrás de la oficina del Automóvil Club pasaba un alambrado que se perdía a la distancia y protegía un mundo que me era ajeno y hostil. De pronto recordé que había soñado con eso: un laberinto asfixiante en el que por más que caminara siempre estaba en el mismo lugar. Algo me atrajo, quizá la incertidumbre o mi propio miedo y me largué a correr hacia cualquier parte. En la ruta vi un tipo subido a un poste de teléfono que miraba a lo lejos. Pensé que buscaba lo mismo que yo pero después me di cuenta de que estaba cortando los cables mientras otro, en el suelo, los enrollaba con destreza profesional. El cobre se había lavado y los rollos amontonados al borde del camino brillaban como las coronas de los santos. Los dos ladrones se demoraron un momento, sorprendidos por mi carrera silenciosa. A lo lejos, donde comenzaba a borrarse el asfalto, distinguí las siluetas y el piano que parecía un gigantesco ataúd velado por una cofradía demente. Pensé que si Dios existe estaba allí, mezclado con los músicos, dictando el último salmo o abriendo el juicio final. Los del colectivo 152 tocaban un Requiem solemne pero sin tristeza mientras en la línea de la llanura asomaba una brizna de luz rojiza. Parecían espectros que de vez en cuando tendían el brazo para dar vuelta una página de la partitura. El viento les inflaba las camisas y las polleras y a veces les arrancaba las hojas de los atriles. La chica del piano tenía rizos colorados o tal vez eran los reflejos del amanecer. A uno de los violoncelistas le faltaba un vidrio de los anteojos y el tipo del contrabajo tenía que agacharse para acompañar el instrumento que se hundía poco a poco en el barro. Los ladrones llegaron hasta donde estaba yo y se sentaron sobre las parvas de cobre a escuchar con la boca abierta. Cuando el sol se levantó todos estábamos como desnudos. El piano se hizo más negro y la tapa abierta le daba el aspecto de un pajarraco abatido por la tormenta. Los músicos eran doce o quince y se despedían sin rencor de algo que habían querido mucho y por demasiado tiempo. No había otros colores que los del cielo espléndido y los grises del campo me parecieron de una melancolía abrumadora. Mozart debía estar dándoles su aprobación y ellos lo sentían porque en sus caras había sonrisas jubilosas. Hasta que todo terminó. El apoteosis de las últimas notas se desvaneció en un cortejo de hombres y mujeres pequeños que se perdían como hormigas preparándose para un largo invierno.








1990










"El libro que sobrevive", de Roberto Bolaño

Miércoles 30 de mayo de 2001


Aunque parezca un ejercicio de memoria, no lo es. El primer libro que me regaló la primera muchacha de la que me enamoré y con la que viví fue uno de Mircea Eliade. Aún no sé qué quiso decirme con ese regalo. Otro, menos tonto, se hubiera dado cuenta de inmediato de que aquella relación no iba a ser demasiado duradera y hubiera tomado las medidas oportunas para no sufrir en exceso.

No recuerdo el primer libro que me regaló mi madre. Sí recuerdo, vagamente, un grueso volumen de historia, ilustrado, casi un cómic, aunque más en la línea del Príncipe Valiente que en la de Superman, sobre la guerra del Pacífico, es decir la guerra entre Chile y la alianza peruano-boliviana. Si la memoria no me falla, el personaje del libro, bastante confuso, una suerte de "Guerra y Paz" del subdesarrollo, era un voluntario alistado en el Séptimo de Línea. Durante toda mi vida le estaré agradecido a mi madre de que me regalara ese libro y no "Papelucho".

Tampoco recuerdo, por otra parte, que mi padre me haya regalado ningún libro, aunque en cierta ocasión pasamos por una librería y, a pedido mío, me compró una revista con un largo artículo sobre los poetas eléctricos franceses. Todos estos libros, incluida la revista, junto con muchos más libros, se perdieron durante mis viajes y traslados, o los presté y no los volví a ver, o los vendí o regalé.

Hay un libro, sin embargo, del que recuerdo no sólo cuándo y dónde lo compré, sino también la hora en que lo compré, quién me esperaba afuera de la librería, qué hice aquella noche, la felicidad (completamente irracional) que sentí al tenerlo en mis manos. Fue el primer libro que compré en Europa y aún lo tengo en mi biblioteca. Se trata de la "Obra poética" de Borges, editada por Alianza/Emecé en el año 1972 y que desde hace bastantes años dejó de circular. Lo compré en Madrid en 1977 y, aunque no desconocía la obra poética de Borges, esa misma noche comencé a leerlo, hasta las ocho de la mañana, como si la lectura de esos versos fuera la única lectura posible para mí, la única lectura que me podía distanciar efectivamente de una vida hasta entonces desmesurada, y la única lectura que me podía hacer reflexionar, porque en la naturaleza de la poesía borgeana hay inteligencia y también valentía y desesperanza, es decir lo único que incita a la reflexión y que mantiene viva a una poesía.

Bloom sostiene que el continuador por excelencia de la poesía de Whitman es Pablo Neruda. A juicio de Bloom, sin embargo, el esfuerzo de Neruda por mantener el flujo vivo del árbol whitmaniano acaba en un fracaso. Creo que Bloom está errado, como en tantas otras cosas, así como en tantas otras es probablemente el mejor ensayista literario de nuestro continente. Es cierto que todos los poetas americanos, para bien o para mal, tarde o temprano tienen que enfrentarse a Whitman. Neruda lo hace, siempre, como el hijo obediente. Vallejo lo hace como el hijo desobediente o como el hijo pródigo. Borges, y aquí radica su originalidad y su pulso que jamás tiembla, lo hace como un sobrino, ni siquiera muy cercano, un sobrino cuya curiosidad oscila entre la frialdad del entomólogo y el resignado ardor del amante. Nada más lejos de él que la búsqueda del asombro o la admiración. Nadie más indiferente que él ante las amplias masas en marcha de América, aunque en alguna parte de su obra dejó escrito que las cosas que le ocurren a un hombre le ocurren a todos.

Su poesía, sin embargo, es la más whitmaniana de todas: por sus versos circulan los temas de Whitman, sin excepción, y también sus reflejos y contrapartidas, el reverso y el anverso de la historia, la cara y la cruz de esa amalgama que es América y cuyo éxito o fracaso aún está por decidir. Y nada de esto lo agota, que no es poco admirable.

Empecé con mi primer amor y con Mircea Eliade. Ella vive aún en mi memoria; el rumano hace mucho que se instaló en el purgatorio de los crímenes no resueltos. Termino con Borges y con mi agradecimiento y mi asombro, aunque sin olvidar aquellos versos de "Casi juicio final", un poema del que Borges abominó: "He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre".





de Entre paréntesis, 2004

miércoles, agosto 09, 2006

"La tristeza de Cornelius Berg", de Marguerite Yourcenar







Desde que había regresado a Amsterdam, Cornelius Berg vivía en una posada. Cambiaba a menudo de alojamiento, mudándose cuando había que pagar el alquiler, aunque seguía pintando algunos retratillos, unos cuantos cuadros de costumbres que le encargaban, algún desnudo para un aficionado, y buscando por las calles algún que otro cartel que pintar. Por desgracia, le temblaban las manos y tenía que cambiar con mucha frecuencia los cristales de sus gafas por otros más fuertes; el vino, al que se había aficionado en Italia, junto con el tabaco, acababa de arrebatarle la poca seguridad que aún conservaba su pincelada y de la que seguía presumiendo. Lleno de despecho, se negaba entonces a entregar su obra y lo estropeaba todo con excesivos retoques o raspados, acabando por abandonar su trabajo.

Pasaba largas horas en las tabernas saturadas de humo como la conciencia de un borracho, donde algunos alumnos de Rembrandt, que había sido condiscípulo suyo en otros tiempos, le pagaban la consumición con la esperanza de que él les relatara sus viajes. Pero los países polvorientos de sol por donde Cornelius había paseado sus pinceles y sus colores se dibujaban con menos precisión en su memoria de lo que lo habían hecho sus proyectos de porvenir, y ya no se le ocurrían, como en su juventud, aquellas toscas chanzas que hacían reír por lo bajo a las criadas. Los que recordaban al Cornelius alborotador de antaño se extrañaban de hallarlo tan taciturno; sólo la embriaguez conseguía desatarle la lengua y entonces soltaba unos discursos incomprensibles. Se sentaba, con la cara vuelta hacia la pared y con el sombrero echado sobre los ojos, para no ver a la gente que, según decía, le repugnaba. Cornelius, el viejo pintor de retratos que vivió durante mucho tiempo en una buhardilla de Roma, había escrutado durante toda su vida la expresión de los rostros humanos. Ahora se apartaba de ellos con una indiferencia irritada; incluso llegaba a decir que no le gustaba pintar a los animales porque se parecían demasiado a los hombres.

A medida que iba perdiendo el poco talento que poseía, parecía llegarle el genio. Se instalaba ante el caballete, en su desordenada buhardilla, y colocaba a su lado una hermosa y rara fruta que costaba muy caro, y a la que había que reproducir a toda prisa en el lienzo antes de que su piel brillante perdiera su frescura; o bien pintaba un caldero, o mondaduras. Una luz amarillenta inundaba la estancia; la lluvia lavaba humildemente los cristales; la humedad se colaba por todas partes. El elemento húmedo hinchaba en forma de savia la esfera granulosa de la naranja, levantaba el artesonado, que crujía un poco, y empañaba el cobre del caldero. Pero Cornelius pronto descansaba sus pinceles: sus dedos torpes, antaño tan dispuestos a pintar encargos de Venus tendidas o de Jesucristos de barba rubia bendiciendo a niños desnudos y a mujeres envueltas en mantos, renunciaban a reproducir en el lienzo aquel doble reguero luminoso y húmedo que impregnaba las cosas y empañaba el cielo. Sus manos deformadas ponían, al tocar los objetos que ya no sabía pintar, todas las solicitudes de la ternura. Por las calles tristes de Amsterdam soñaba con campiñas temblorosas de rocío, más hermosas que las orillas crepusculares del Anio, pero desiertas, demasiado sagradas para el hombre. Aquel anciano, a quien la miseria parecía abotargar, se hubiera dicho que padecía una hidropesía al corazón. Cornelius Berg, que pintaba chapuceramente algunos cuadros lamentables, igualaba a Rembrandt con sus sueños.

No había reanudado sus relaciones con la poca familia que aún le quedaba. Algunos de sus parientes ni siquiera lo habían reconocido, y otros fingían ignorarlo. El único que aún lo saludaba era el viejo Síndico de Haarlem.

Durante toda una primavera estuvo trabajando en aquella pequeña ciudad clara y limpia, donde le mandaban pintar falsos recubrimientos de madera en las paredes de la iglesia. Por la noche, una vez terminada su tarea, no se negaba a entrar en casa de aquel hombre viejo, algo embrutecido por la rutina de una existencia sin azares, y que vivía solo, cómodamente atendido por una criada, sin saber nada de arte. Cornelius empujaba la frágil barrera de madera; en el jardincillo, cerca del canal, el aficionado a los tulipanes lo esperaba entre las flores. Cornelius no sentía la misma pasión por aquellos inestimables bulbos, pero era muy hábil distinguiendo los menores detalles de sus formas, los menores matices de sus colores, y sabía que el anciano Síndico sólo lo invitaba a su casa para conocer su opinión sobre las nuevas variedades. Nadie hubiera podido indicar con palabras la diversidad infinita de blancos, azules, rosas y malvas. Frágiles, rígidos, los cálices patricios sobresalían de la tierra rica y negra: un olor a tierra mojada flotaba sobre aquellas floraciones sin perfume. El viejo Síndico cogía un tiesto, se lo ponía en las rodillas y sosteniendo el tallo con dos dedos, como si fuera a cortarlo, se lo enseñaba a Cornelius sin decir ni una palabra, para que admirase aquella delicada maravilla. lntercambiaban pocos comentarios: Cornelius Berg daba su opinión con un lento movimiento de cabeza. Aquel día, el Síndico se sentía muy feliz, pues había conseguido una variedad más peculiar que todas las demás: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones de un lirio. La observaba, le daba vueltas por todas partes y, cuando la volvió a poner en el suelo, dijo: Dios es un gran pintor.

Cornelius Berg no contestó. El apacible anciano prosiguió: Dios es el pintor del universo.

Cornelius Berg miraba alternativamente la flor y el canal. Aquel empañado espejo plomizo sólo reflejaba arriates, muros de ladrillo y la ropa tendida de las lavanderas, pero el viejo vagabundo, cansado, contemplaba en él toda su vida. Volvían a su memoria determinados rasgos de algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el Sur desmantelado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad, observadas bajo tantos hermosos cielos; los refugios miserables, las vergonzosas enfermedades, la reyertas a navajazos a la puerta de las tabernas, el rostro seco de los prestamistas y el hermoso cuerpo, bien metido en carnes, de su modelo Frédérique Gerritsdocheter, tendido encima de la mesa de anatomía en la Escuela de Medicina de Friburgo. Luego se dibujó en su mente otro recuerdo: en Constantinopla, en donde estuvo pintando algunos retratos de Sultanes para el embajador de las Provincias Unidas, tuvo la ocasión de admirar otro jardín de tulipanes, orgullo y gozo de un Bajá, que contaba con el pintor para inmortalizar, en su breve perfección, su harén floral. En el interior de un patio de mármol, todos los tulipanes juntos palpitaban y casi parecían susurrar, con sus colores chillones o suaves. Cantaba un pájaro, posado en la pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo pálidamente azul. Pero el esclavo que enseñaba al extranjero todas aquellas maravillas era tuerto, y en el ojo que había perdido recientemente se acumulaban las moscas. Cornelius Berg suspiró largamente. Después, quitándose las gafas, dijo: Es verdad, Dios es el pintor del universo. Y luego añadió en voz baja con amargura: Pero, qué pena, señor Síndico, que Dios no se haya limitado a pintar paisajes...



de Cuentos orientales, 1938 .

"Fe, alguna fe y ninguna fe", de Robert Louis Stevenson



En los antiguos días tres hombres salieron en peregrinación: uno era un sacerdote, otro una persona virtuosa y el tercero un vagabundo con su hacha.

En el camino, el sacerdote habló de los fundamentos de la fe:

—“Hallamos las pruebas de nuestra religión en las obras de la naturaleza” —dijo y se golpeó el pecho.

—“Así es” —dijo la persona virtuosa.

—“El pavo real tiene una áspera voz” —dijo el sacerdote— “como nuestros libros siempre lo atestiguaron”. ¡Qué alentador!” —exclamó como si llorara—. “¡Qué edificante!”

—“No requiero de tales pruebas” —dijo la persona virtuosa.

—“Luego, su fe no es razonable” —dijo el sacerdote.

—“¡Grande es la justicia y prevalecerá!” —gritó la persona virtuosa—. “Hay lealtad en mi alma; no dudéis que hay lealtad en la mente de Odin.”

—“Esos son juegos de palabras” —replicó el sacerdote—. “Comparado con el pavo real, un saco de tal hojarasca no vale nada.”

Pasaban entonces frente a una granja y había en ella un pavo real posado en una valla; y el pájaro cantó con la voz de un ruiseñor.

—“¿Qué me dice ahora?” —preguntó la persona virtuosa—. “Sin embargo a mí no me afecta. ¡Grande es la verdad y prevalecerá!”

—“Que el demonio se lleve a ese pavo real” —dijo el sacerdote y, durante una milla o dos, anduvo cabizbajo.

Pero luego llegaron a un santuario, donde un faquir hacía milagros.

—“¡Ah!” —dijo el sacerdote—. “He aquí los verdaderos fundamentos de la fe. El pavo real no era otra cosa que un adminículo. Ésta es la base de nuestra religión.”

Y se golpeó el pecho y gimió como si padeciera de cólicos.

—“Para mí” —dijo la persona virtuosa— “todo esto es tan insignificante como el pavo real. Creo porque veo que la justicia es grande y debe prevalecer; y este faquir podría seguir con su prestidigitación hasta el día del juicio final y no embaucaría a un hombre como yo.”

Al oír esto el faquir se indignó tanto que le tembló la mano y, ¡mira! en la mitad de un milagro se cayeron los naipes de su manga.

—“¿Qué me dice ahora?” —preguntó la persona virtuosa—. “Y sin embargo a mí no me afecta.”

—“Que el diablo se lleve al faquir” —exclamó el sacerdote—. “Realmente no veo la ventaja de seguir con esta peregrinación.”

—“¡Valor!” —exclamó la persona virtuosa—. “Grande es la justicia y prevalecerá.”

—“Si está usted seguro de que prevalecerá...” —dijo el sacerdote.

—“Le doy mi palabra” —dijo la persona virtuosa.

Entonces el otro prosiguió con mejor ánimo.

Finalmente llegó uno corriendo y les dijo que todo estaba perdido; que los poderes de las tinieblas habían sitiado las Mansiones Celestiales y Odin iba a morir y el mal triunfaría.

—“He sido burdamente engañado” —exclamó la persona virtuosa.

—“Ahora todo se ha perdido” —dijo el sacerdote.

—“¿No será muy tarde para pactar con el diablo?” —dijo la persona virtuosa.

—“Esperemos que no” —dijo el sacerdote— “Y en todo caso podemos intentarlo... ¿Pero qué está haciendo con su hacha?” —le dijo al vagabundo.

—“Yo voy a morir con Odin” —dijo el vagabundo.


Texto "XVII" del libro Fábulas, publicado en 1902.

martes, agosto 08, 2006

"Temor de la cólera", de Ah'med El Qalyubi





En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:

–Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.



Del libro Nanadir,
aunque cabe la posibilidad de que ésta sea una jugarreta de Borges.

Conversaciones con Raymond Carver

Traducción de Milton Ordóñez



De dónde provienen las historias. No del aire, de algún lugar deben venir. Así que cada cosa sobre la que he escrito significa que algo de eso ha sucedido realmente o al menos lo he escuchado, he sido testigo en alguna forma. Me imagino que recolecto y combino, como cualquier buen escritor hace. Nadie puede escribir con método estrictamente autobiográfico, sería el libro más insípido del mundo. Pero extraes algo de aquí y algo de allá. Bueno, es como una bola de nieve rodando cuesta abajo por una colina, recogiendo todo lo que encuentra a su paso: cosas que hemos escuchado, hemos visto, hemos experimentado. Ensamblas piezas y trozos y logras finalmente un mundo coherente con todo eso.

Escribo la primera versión de un relato tan rápido como me sea posible, preferiblemente de una sentada. Entonces reviso una vez, y eso mismo vuelve a ser revisado. Significa que arrojo una gran cantidad de material hacia fuera. Una primera versión puede llegar a cuarenta páginas, o más, y puede que quede sólo en diez al momento de quedar satisfecho con ella. Pero no se trata únicamente de quitar palabras, también agrego buena cantidad de material. Lo que realmente me gusta es jugar con las palabras. Por eso creo enormemente en la reescritura, me gusta hacerlo y cada cosa en mis cuentos está sujeta a cambios. Grandes escritores que admiro han sido grandes reescritores también. En la mayor parte de los casos, el escritor no sabe lo que va a decir hasta que lo ve escrito.

Escribo esta primera versión, o bosquejo a mano, de manera muy rápida. Como dijera Guy de Maupassant, “lograr lo negro sobre blanco”, tener algo, después, todo queda sujeto a cambio, excepto la primera frase, eso queda intacto, raramente cambia. Fíjate en el comienzo de cualquier cuento que admires. Fíjate en los comienzos de Chejov, la primera o dos primeras oraciones, te encuentras de una vez envuelto en aquello. Es irresistible. Mira a Hemingway, a Frank O´Connor o a Flannery O´Connor. Fíjate en esas primeras oraciones. No hay manera de detenerse. Pero todo lo demás es objeto de cambio. Dispongo los huesos del asunto, luego siento como si todo el resto fuese a salir bien. Me gusta revisar, reescribir. Pero necesito ese algo de donde partir, es esencial. Supongo que existe el miedo de que si no logro armarlo de inmediato, lo perderé. Tiene que ver con aquellos días de escribir con apuro, pero tiendo aún a trabajar de esa manera: obtener algo con rapidez y llevarlo a la máquina. Entonces puedo comenzar. Me refiero a trabajar de verdad.

Pienso que he equivocado algunos finales en algunos relatos, y tengo que regresar para trabajar en eso y dejarlo de manera correcta. Tal como los comienzos, los finales son verdaderamente lo más importante; cruciales. No considero que los finales me hayan causado más problemas, más trabajo, que el resto de la historia, pero ellos deben quedar de manera correcta. Con frecuencia es la última línea o la última palabra de un cuento o poema lo que realmente pone una dirección. Por lo general, conozco cómo va a terminar una historia desde mucho antes. De alguna manera tengo la primera y la última línea por adelantado.

Pienso que un relato bien escrito tiene tanto valor como una cantidad de novelas mediocres. Y muchas novelas mediocres son hoy en día publicadas.

Existe un gran número de escritores que jamás escribieron novelas. Chejov, por ejemplo, escribió algunos excelentes relatos largos, nouvelles, pero trató de escribir una novela y no pudo. Decía no tener una concentración lo suficientemente dilatada que le permitiese escribir una novela. Se aburría con facilidad. Le atraían los comienzos y los finales. Siento que eso se cumple también en mi caso. No llego a imaginar que pudiese emplear tres años en una novela y llegar entonces a concluir que el resultado es una mala novela. De todas maneras esto es lo que sucede la mayor parte de las veces. Con frecuencia la primera novela de un escritor jamás termina por publicarse porque usualmente resulta mala; usualmente. ¡Hay excepciones!, como la primera novela de Thomas Mann, por ejemplo. Sin embargo no creo que escribir cuentos sea necesariamente la base para luego escribir novelas, pero me parece que es un buen inicio para los escritores de prosa porque primero hay que aprender a manejar el lenguaje.

No tengo realmente una teoría sobre cómo hacer historias. Sé lo que me gusta. Sé lo que no me gusta. Chejov divide la literatura en dos: cosas que me gustan y cosas que no; a mí no me gusta la deshonestidad en la escritura. No me gustan los trucos. Me gusta una historia honesta, bien contada. No me interesa si tiene que ver con romance o con cualquier otra cosa.

Y pienso que la literatura puede hacernos caer en cuenta de que nuestras vidas no están siendo vividas en su más completa extensión, pero no sé decir si la literatura puede cambiar estas vidas, verdaderamente no lo sé. Sería bueno creerlo. Quizá leyendo alguna historia, nuestro sentir pueda cambiar y, a la larga, cierto proceso de ósmosis tenga lugar y nos ayude con ciertas mentiras para las que a veces parecemos ganados. Es posible que existan grandes ideas, pero no sé de otra cosa que no sea escribir tanto como pueda y con la mayor exactitud que pueda.

En un ensayo digo que el “cuento moral” tiene mucho que ver con la exactitud y la honestidad al momento de escribir. Pero Ezra Pound dijo que “una total exactitud en cuanto a lo que se dice es la única moral al escribir”, y es ésa la moral a la que me refiero. Es un inmejorable punto de partida para entonces seguir. No puedes afirmar “voy a escribir un cuento moralista”. Tiene que escribir lo que se presenta para ti. Entonces encuentras la melodía que sale de ti y sale del cuento, si eres afortunado. La historia debería ser, primero, un punto de conexión emotiva; luego un punto de conexión intelectual. Cuando leo y soy llevado por una historia, resulta similar a cuando escucho una composición de Mozart y soy llevado por ella, o cuando resulto emocionalmente transportado por algo de Edith Piaf. Algo que te alcanza, atravesando idiomas, atravesando cientos de años, incluso, y te puede conmover: eso es todo lo que puedes buscar.


Extracto del libro Conversations with Raymond Carver, (1990).



























"Cachorro", de Juan Cameron


Fotografía de Francisco Luco


Perdonad el pelaje descastado
este brillo es de tanto restregarme
de la baba la rabia la patada
Perdonad el mordisco por la espalda
es mi ternura agreste solapada
pero ternura al fin (la única mía)
En verdad salí cachorro
en la calle me hice perro.






Publicado en Perro de circo (1979).





lunes, agosto 07, 2006

"El purpurado de charol", de Diego Maquieira





No parábamos nuestra alegría de bacanal,
nuestro delirante cortejo de matanzas
y desórdenes continuos
allá abajo en el hoyo del mundo
Veníamos saliendo de Les Assassins
del restaurant Les Assassins en Chile
muy curados, curados como frambuesas,
veníamos los Giorgio Armani, los Gianni Versace
y los también Gianfranco Fertinelli,
ya de regreso a subirnos a los Harrier
parados afuera frente a La Merced
cuando nos topamos con la abadía falsaria
Demonios,
Demonios, pero si es Georgie Boy otra vez
trayendo a sus fiambres devotos del Ayuntamiento
No sé qué infinita mala raja
lo traería hasta nosotros
pero fue precioso verlo paseándose de noche
con su sotana que parecía el acantilado.











Publicado en Los Sea Harrier (1984).









domingo, agosto 06, 2006

"Ezequiel 25,17", de Quentin Tarantino

Extracto / © Traducción de Juan Carlos Villavicencio



La senda del hombre justo es por todas partes asediada por las injusticias del egoísta y la tiranía de hombres malvados. Bendito es quien, en nombre de la caridad y la buena voluntad, sirva de pastor al débil a través del valle de tinieblas, pues él verdaderamente es guardián de su hermano y es quien vela por los niños que se han perdido. Y yo derribaré con gran venganza y furiosa ira a aquéllos que intenten corromper y destruir a mis hermanos. ¡Y sabrán que mi nombre es el Señor cuando haga caer mi venganza sobre ustedes!


De la película Pulp Fiction (1994), dirigida por Quentin Tarantino.










viernes, agosto 04, 2006

"Isobel", de Juan Carlos Villavicencio






El lente vigilando la noche en busca de cometas,
aunque el bosque lo ha dejado ausente de colores.
Tambores resuenan desde lejos.
Escondida en una tumba bajo el agua,
recuerda antiguas palabras griegas dictadas junto al río,
                                         mientras dormía,
                                                                      o secreta lo miraba.
Ahí la oscuridad repetida por los miedos
            i ahora el calor asomado que ella busca
                          tras silencios o traiciones.
La fantasía que dejó cubrir el polvo del ático i las velas,
bajo el resguardo de pequeños esqueletos que sonríen,
desnuda en el abrazo i la sorpresa de creer.
Una polilla o un grupo de duendes rodeando
                          la luz de una primera huella que se asoma,
ajena a las miradas de cualquiera.
La ciudad resiente la visión del abandono,
pero ella decide en fantasías el olvido de atalayas del infierno
                                                                                o del oriente,
buscando fuegos derribados en la tierra,
o en las hojas que vendrán.



del libro inédito Poesía pagana / Björk’s









"Una breve historia de la contrarrevolución cubana", de Michael Moore

Traducción de Andrés Capelán


¿Alguna vez se preguntaron como ha hecho Fidel Castro para permanecer tanto tiempo en el poder? Nadie - excepto el Rey de Jordania - ha permanecido en el gobierno por un período más largo de tiempo. El hombre ha sobrevivido a ocho presidentes estadounidenses, diez Juegos Olímpicos, y el regreso del Cometa Halley. Y sin importar lo que el gobierno de Estados Unidos hace para derrocarlo, tiene más vidas que «regresos» ha tenido Cher.

No es porque nuestros líderes (estadounidenses) no hayan hecho su mejor esfuerzo para derrocarlo. No, ya desde que Castro liberó su país del corrupto régimen de Fulgencio Batista (al que apoyaban los Estados Unidos y la Mafia) Washington ha probado una gran variedad de métodos para derrocarlo. Éstos han incluido intentos de asesinato (pagados con el dinero de nuestros impuestos), invasiones, bloqueos, embargos, amenazas de aniquilación nuclear, desorganización interna, y guerra biológica (la CIA tiró manojo de gérmenes de Fiebre Porcina Africana sobre el país en 1971, obligando a los cubanos a matar 500 mil cerdos).

Y –algo que siempre me ha parecido extraño– ¡hay actualmente una base naval estadounidense en la isla de Cuba! Imaginen si nosotros los estadounidenses, luego de haber derrotado a los británicos en nuestra Revolución de Independencia, les hubiéramos dejado mantener unos miles de soldados y un puñado de acorazados en la bahía de Nueva York. ¡Increíble! El presidente Kennedy, que siguió con el plan del Presidente Eisenhower para invadir Cuba en la Bahía de Cochinos, ordenó a la CIA matar a Castro, intentándolo todo, desde una lapicera rellena con tinta envenenada hasta un cigarro explosivo. (No, no estoy obteniendo mi información de Maxwell Smart; está todo en el informe del Comité Church al Congreso, de 1975). Por supuesto que nada de esto funcionó. Castro se volvió más fuerte y los Estados Unidos continuaron pasando vergüenza.

Cuba era visto como «el país que se nos escapó». Comenzó a ser una molestia para nosotros. Aquí tenemos a cada nación de este hemisferio metida en nuestro bolsillo, excepto a «esos malditos cubanos». Se ve mal. Como cuando toda la familia sale a cenar y la oveja negra, el pequeño Billy, no se quiere quedar quieto en la silla y hacer lo que le dicen. Todos en el restaurante miran a los padres y se preguntan qué clase de educación le están dando. La apariencia de que no lo están disciplinando o controlando como se debe es la peor humillación.

Entonces comienzan a vapulear al pequeño Billy, el que –olvídenlo– no va a terminar sus porotos nunca. Así es cuán tontos lucimos al resto del mundo. Como si nos hubiéramos vuelto locos por esta pequeña isla a 90 millas de nuestras costas. No nos sentimos de ese modo frente a una real amenaza para la humanidad, como la que significa el gobierno Chino. ¡Y hablo acerca de una pandilla de asesinos! Aún así no podemos movernos más rápido para meternos en la cama con ellos. Washington gastó 23 años poniéndonos en contra de los chinos, y luego, repentinamente: ¡un día son nuestros amigos! Parece que los Republicanos y sus compinches empresarios no estaban realmente en contra de los dictadores comunistas, sino contra aquéllos que no los dejaban entrar a China para hacer dinero. Y ése fue, por supuesto, el error fatal de Castro.

Una vez que tomó el poder, nacionalizó todos los negocios americanos y pateó a la mafia fuera de La Habana. Fue como si se sentara en la Falla de San Andrés, porque la ira del Tío Sam cayó duro sobre él, y no lo ha dejado tranquilo por más de 37 años. Y a pesar de eso Castro ha sobrevivido. Por ese sólo éxito, y a pesar de todos sus defectos (represión política, discursos de cuatro horas y una tasa de alfabetismo del cien por ciento), hay que admirar al muchacho.

Pero: ¿por qué continuamos peleando por esta pata de pavo sobrante de la Guerra Fría? La respuesta puede encontrarse mirando no más lejos de una ciudad llamada Miami. Es desde allí que un puñado de exilados cubanos enloquecidos han controlado la política extranjera de los Estados Unidos hacia esta insignificante nación insular. Estos cubanos, muchos de ellos acólitos de Batista que vivían a todo trapo mientras esa pandilla asolaba el país, parecen no haber cerrado un ojo desde que juntaron su dinero y huyeron a La Florida. Y desde 1960, han insistido en contagiarnos su locura.

¿Por qué es que en cada incidente o crisis nacional que ha sufrido nuestro país en las pasadas tres décadas (el asesinato de Kennedy, Watergate, el caso Irán Contras, la epidemia del abuso de drogas, y la lista sigue...) siempre encontramos a exilados cubanos presentes o implicados?

a.. Primero, fue la conexión de Lee Harvey Oswald con los cubanos de Nueva Orleans. ¿O eran exilados cubanos actuando solos para matar a Kennedy, o Castro ordenando su asesinato porque se había aburrido que Kennedy intentara derrocarlo? En cualquiera de las teorías que usted suscriba, los cubanos están rondando por el barrio.

b.. Luego, en la noche del 17 de junio de 1972, tres cubanos, Bernard Barker, Eugenio Martínez, y Virgilio González (junto con los estadounidenses Frank Sturgis (que fue capitán de Batista) y James McCord Jr.) fueron atrapados entrando en las oficinas de campaña del Partido Demócrata en Watergate. Esta operación encubierta, eventualmente causó la renuncia de Richard Nixon, por lo que entreveo que hay gato encerrado en esa operación del exilio cubano en particular. Hoy, Barker y González son considerados héroes en la comunidad cubana de Miami. Martínez, perdonado más tarde por Ronald Reagan, es el único que se siente mal. «Yo no quise estar implicado en la caída del Presidente de los Estados Unidos», dijo. ¡Oh! ¡Que hermoso de su parte!

c.. Cuando Oliver North necesitó un grupo encubierto para entrar armas en Nicaragua con el objetivo de derrocar al gobierno sandinista: ¿a quién pudo recurrir sino a los cubanos de Miami? Los veteranos de Bahía de Cochinos Ramón Medina y Rafael Quintero eran los hombres clave en la compañía de transporte aéreo que entregaba las armas a los Contras. La guerra de los Contras, apoyada por Estados Unidos, fue responsable de la muerte de 30 mil nicaragüenses.

d.. Uno de los premios mayores que recogimos de nuestra inversión en estos exilados cubanos fue la ayuda que nos dieron introduciendo drogas ilegales en los Estados Unidos, destruyendo familias y barrios enteros de nuestras ciudades. Comenzando a principios de los sesenta, una cantidad de cubanos (que también participaron en la invasión de Bahía de Cochinos) empezó a regentear los círculos mayores de los narcóticos en éste país. La DEA encontró poco apoyo dentro del gobierno federal para ir atrás de estos exilados cubanos, porque se habían organizado a sí mismos bajo la falsa bandera de «grupos de la libertad». De hecho, muchos no eran más que frentes de operaciones masivas de contrabando de drogas. Los mismos contrabandistas de drogas que ayudaron más tarde a contrabandear armas para los Contras nicaragüenses.

e.. Las organizaciones terroristas cubanas radicadas en los Estados Unidos han sido responsables por la colocación de más de 200 bombas y por lo menos un centenar de asesinatos desde el triunfo de la revolución de Castro. Tienen a todos tan preocupados por apoyarlos, que yo probablemente no debería estar escribiendo este capítulo. ¿Pero por que no estoy preocupado? Porque estos exiliados cubanos, con toda su alharaca y terrorismo, son realmente una manga de cagones. Eso: Cagones.

¿Quieren pruebas?

Para empezar, cuando a uno no le gusta el opresor de su país, se queda allí y trata de derrocarlo. Esto puede ser hecho por la fuerza (Revolución Americana, Revolución Francesa) o a través de medios pacíficos (Gandhi en India o Mandela en Sudáfrica). Pero lo que no se hace meter la cola entre las patas y correr, como hicieron estos cubanos. Imaginen si todos los colonos americanos hubieran huido al Canadá, y luego hubieran insistido en que los canadienses tenían la responsabilidad de echar a los británicos de América.

Los Sandinistas nunca hubieran liberado su país de Somoza si hubieran estado todos sentados en una playa en Costa Rica, bebiendo margaritas y enriqueciéndose. Mandela se fue a la cárcel, no a Libia o a Londres. Pero los cubanos ricos se pelaron a Miami... y se volvieron más ricos.

El noventa por ciento de estos exilados son blancos, mientras la mayoría de los cubanos (62 por ciento) son negros o mestizos. Esos blancos sabían que no podían quedarse en Cuba porque no tenían apoyo del pueblo.

Entonces vinieron aquí, esperando que nosotros peleáramos su pelea por ellos. Y, como tarados, la peleamos. No es que estos nenes llorones de los cubanos no hayan tratado de ayudarse a sí mismos. Pero una rápida mirada a sus esfuerzos recuerda a las viejas películas cómicas mudas. El de Bahía de Cochinos es su fiasco más conocido. Tenía todos los elementos de una gran comedia cómica: barcos equivocados, playa equivocada, no tenían municiones para sus armas, nadie los fue a esperar, y –finalmente– fueron dejados morir vagando por una parte de su isla completamente desconocida para ellos (los choferes de sus limosinas –adivino– nunca los habían llevado allí en los viejos buenos tiempos).

Este fiasco fue tan monumental que el mundo todavía no ha parado de reírse, y los cubanos de Miami nunca han olvidado ni perdonado esto. Diga «Bahía de Cochinos» a alguno de ellos, y lo verán como a un dentista taladrándole el nervio de un diente.

Uno pensaría que la derrota de Bahía de Cochinos les debería haber enseñado una lección, que hubieran dejado de insistir con esas cosas. No hizo eso esta pandilla. Desde 1962 numerosos grupos de exilados cubanos han intentado más incursiones para «liberar» su patria. Veamos las más sobresalientes:

a. En 1981, un grupo de cubanos exilados de Miami desembarcaron en la islita de Providenciales, en el Caribe, camino a invadir Cuba. Su barco, el único que llegó de cuatro que salieron del Río Miami (los otros tres fueron hechos volver por la Guardia Costera debido al mar picado, problemas de motor o falta de chaquetas salvavidas), tocó tierra en un arrecife cerca de Providenciales. Atascados en la isla sin comida ni abrigo, los cubanos de Miami comenzaron a pelearse entre ellos. Rogaron a la gente de Miami que los rescatara de la isla, y luego de tres semanas fueron devueltos a Florida vía aérea. El único de ese grupo que llegó a aguas cubanas, Gerardo Fuentes, sufrió un ataque de apendicitis en el mar, y tuvo que ser evacuado por la Guardia Costera hacia Guantánamo.

b. En 1968, un grupo de cubanos de Miami supieron que un barco polaco estaba amarrado en el puerto y que una delegación cubana podía estar a bordo del carguero. De acuerdo al St. Petersburg Times, los exilados cubanos dispararon con una bazooka casera e hicieron impacto en el casco del buque. Sólo le hicieron un abollón, y el líder del grupo, Orlando Bosch, fue apresado y sentenciado a diez años de prisión, pero fue liberado en 1972. Bosch explicó que habían esperado causar más daños al barco pero, se excusó: «¡Era un barco grande!» Bosch había estado arrestado antes por remolcar un torpedo a través de las calles de Miami a la hora de salida de las oficinas, y otra vez había sido capturado con 600 bombas aéreas cargadas con dinamita en el baúl de su Cadillac. En 1990 la administración Bush lo sacó de la prisión, donde estaba nuevamente, cumpliendo una pena por violación de libertad condicional.

c. De acuerdo al Washington Monthly, «Durante el verano y principios del otoño de 1963, fueron lanzadas cinco incursiones de comandos contra Cuba con la esperanza de desestabilizar al régimen. La raquítica “quinta columna” en Cuba fue instruida para dejar las canillas abiertas y las lamparillas prendidas para gastar energía... En 1962, según el San Francisco Chronicle, el exilado cubano José Basulto, en una misión auspiciada por la CIA, disparó un cañón de 20 mm desde una lancha rápida contra el Hotel Inca, cerca de la bahía de La Habana, esperando matar a Fidel Castro. El proyectil erró al blanco, y Basulto, viendo que su barco se llenaba de gasolina derramada, pegó la vuelta para Florida. “Uno de nuestros tanques de combustible, hecho de plástico, comenzó a gotear”», explicó Basulto más tarde. «El combustible se derramó sobre la cubierta. No sabíamos qué hacer».

d. Años más tarde, Basulto formó «Hermanos Al Rescate», un grupo de exilados que hace unos años estuvo haciendo vuelos sobre Cuba, zumbando con sus aviones sobre las ciudades, tirando panfletos, y generalmente tratando de intimidar al gobierno cubano. En febrero de 1996, Castro aparentemente se aburrió de este acoso, y luego del 25avo incidente en un año de los «Hermanos» violando el espacio aéreo cubano, ordenó que dos de sus aviones fueran derribados.

Aunque los «Hermanos al Rescate» violaban la ley estadounidense por volar dentro del espacio aéreo cubano, la administración Clinton fue de nuevo al chiquero del exilio e instantáneamente sacó un decreto para endurecer el embargo contra Cuba. Este embargo trajo la ira del resto del mundo contra nosotros. La Asamblea General de las Naciones Unidas votó 117 a 3 a favor de condenar a los Estados Unidos por su violencia económica contra Cuba, tal y como ha sido en cada votación sobre el tema desde que el embargo fue impuesto.

La semana después de que los aviones fueran derribados, los exilados trataron de apurar a los Estados Unidos, esperando comprometer a los militares en algún tipo de acción contra Castro. Anunciaron que al siguiente sábado llevarían una flotilla de barcos desde Florida hasta la costa cubana para protestar por el derribo de los dos aviones. Clinton decidió la puesta en escena de la más grande exhibición de fuerza contra Cuba desde la Crisis de los Misiles, y envió un escuadrón de cazas F-15, once escampavías de la Guardia Costera, dos cruceros misilisticos de la Marina, una fragata de la Marina, dos aviones C 130, una bandada de Choppers, AWACs (Airborne Warning and Control System) y 600 guardiamarinas para apoyar a la flotilla.

Lo único que se olvidó de mandar fue remedio contra el mareo, que –al final– era lo único que los cubanos de Miami hubieran necesitado realmente. Sólo a 40 millas de Key West, los cubanos en los botes comenzaron a marearse, a vomitar y a rogar a sus pilotos que dieran vuelta los malditos yates y volvieran a Miami. Con el mundo entero mirando, los cubanos huyeron de nuevo con la cola entre las patas. Cuando llegaron al puerto, dieron una conferencia de prensa para explicar su retirada. El portavoz estaba todavía un poco mareado, y se podía ver cómo los periodistas se separaban de él, temiendo ser cubiertos por un «Linda Blair Special» en cualquier momento... «Una terrible tormenta se levantó en el mar», dijo el líder de la huida cubana mientras palidecía rápidamente. «¡Las olas tenían más de diez pies de alto, y tuvimos que volver o perder nuestros barcos!» Mientras así hablaba, algún genio creativo en la CNN comenzó a emitir imágenes aéreas de la flotilla rumbo a Cuba. El sol brillaba, el mar estaba calmo como un plato, y el viento soplaba gentilmente, si es que soplaba. Los reporteros en alta mar dijeron que luego de que las cámaras de la CNN se fueron, las aguas se pusieron «bastante duras». Sí, seguro, era por las carcajadas de Fidel, que se estaba cagando de la risa...


Este artículo apareció originalmente en inglés el 10 de abril 2004.












jueves, agosto 03, 2006

"Jim", de Roberto Bolaño





Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.














"La ciudad", de Konstantinos Kavafis

Traducción de Miguel Castillo Didier





Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón –como un cadáver– sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí”.

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar –no esperes–
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
















miércoles, agosto 02, 2006

"La capacidad de pensar" (fgto), de Martin Amis



Ellas están allí y yo aquí –ellas son inertes, yo estoy vivo–, y sin embargo me producen ganas de vomitar, me revuelven el estómago; me siento como si un hijo mío hubiera estado fuera de casa mucho tiempo y comenzara a oscurecer. Es una práctica buena y apropiada. Porque lo haré montones de veces, vomitaré muchísimo, si las armas caen y yo sobrevivo. Todas las mañanas, seis días a la semana, salgo de mi casa y recorro en coche una milla hasta el apartamento donde trabajo. Durante siete u ocho horas estoy solo. Cada vez que oigo en el aire un gemido súbito o uno de los más atroces impactos de la vida ciudadana, o sirvo de huésped a cierto tipo de pensamientos indeseados, no puedo evitar preguntarme cómo sería. Supongamos que sobrevivo. Supongamos que no se me derriten los ojos en la cara, que no me toca el huracán de misiles secundarios en que hormigón, metal y cristal se han convertido bruscamente; supongamos todo esto. Me veré obligado (y es lo último que tendré ganas de hacer) a desandar la larga milla que me separa de mi hogar a través de la tormenta de fuego, los restos de los vientos de mil millas por hora, los átomos descarriados, los muertos envilecidos. Luego –Dios mediante, en caso de que todavía me queden fuerzas y, por supuesto, de que aún estén vivos– tendré que encontrar a mi mujer y mis hijos y tendré que matarlos.


Publicado en el volumen de cuentos Los monstruos de Einstein (1987).

martes, agosto 01, 2006

"La mirada de un genio", de Carlos Almonte





D
esde el frío cuarto del vecino, las hormigas caen lentamente traspasando el orificio hurgado con mis manos. La pared se ha restablecido. No hay escape, ya lo he comprobado. Entre un cuarto y otro su mirada se repite, y el recuerdo de sus labios blandos y calientes.

Con esfuerzo enciendo el cigarrillo que ahí se ve, eso que reposa tristemente entre mis labios. Permanezco inmóvil, como si en aquel acto destructivo me instalara entre su cuerpo de sureña larva cristalina. Sin embargo el ruido de nudillos en la puerta logra contraerme y me permite reflejar la transparencia.

Los demás orates en el patio cantan, bailan y enloquecen cada noche un poco más. Me pregunto si aquel humo viene de mi sexo tenso, o tal vez de un pensamiento, o una palabra.

Me revuelco, hiero y pinto con las uñas y la sangre mezclo en mi saliva y mi cabello. Dejo un signo negro como herencia, como altar enfermo, signo de su hálito y pisada.

Miro el vidrio roto y una mano que saluda hacia adelante.
Miro el rastro de la puerta hecha pedazos.
Miro una mirada obscena entre el polvo de ladrillos.

No saludo.
No controlo.
No la miro.

La energía se concentra en olvidar.