miércoles, septiembre 06, 2006

"Diccionario del Diablo", de Ambrose Bierce



Alma, s.
Entidad espiritual que ha provocado recias controversias.

Platón sostenía que las almas que en una existencia previa (anterior a Atenas) habían vislumbrado mejor la verdad eterna, encarnaban en filósofos. Platón era filósofo. Las almas que no habían contemplado esa verdad animaban los cuerpos de usurpadores y déspotas. Dionisio I, que amenazaba con decapitar al sesudo filósofo, era un usurpador y un déspota. Platón, por cierto, no fue el primero en construir un sistema filosófico que pudiera citarse contra sus enemigos; tampoco fue el último.

“En lo que atañe a la naturaleza del alma” dice el renombrado autor de Diversiones Sanctorum, “nada ha sido tan debatido como el lugar que ocupa en el cuerpo. Mi propia opinión es que el alma asienta en el abdomen, y esto nos permite discernir e interpretar una verdad hasta ahora ininteligible, a saber: que el glotón es el más devoto de los hombres. De él dicen las Escrituras que “hace un dios de su estómago”

¿Cómo entonces no habría de ser piadoso, si la Divinidad lo acompaña siempre para corroborar su fe? ¿Quién podría conocer tan bien como él el poder y la majestad a que sirve de santuario? Verdadera y sobriamente el alma y el estómago son una Divina Entidad; y tal fue la creencia de Promasius, quien, no obstante, erró al negarle inmortalidad.

Había observado que su sustancia visible y material se corrompía con el resto del cuerpo después de la muerte, pero de su esencia inmaterial no sabía nada. Esta es lo que llamamos el Apetito, que sobrevive al naufragio y el hedor de la mortalidad, para ser recompensado o castigado en otro mundo, según lo haya exigido en éste. El Apetito que groseramente ha reclamado los insalubres alimentos del mercado popular y del refectorio público, será arrojado al hambre eterno, mientras aquel que firme, pero cortésmente, insistió en comer caviar, tortuga, anchoas, paté de foi gras y otros comestibles cristianos, clavará su diente espiritual en las almas de esos manjares, por siempre jamás, y saciará su divina sed en las partes inmortales de los vinos más raros y exquisitos que se hayan escanciado aquí abajo. Tal es mi fe religiosa, aunque lamento confesar que ni Su Santidad el Papa, ni su Eminencia el Arzobispo de Canterbury (a quienes imparcial y profundamente reverencio) me permiten propagarla”.



Beber, v. t. e. i. Echar un trago, ponerse en curda, chupar, empinar el codo, mamarse, embriagarse.

El individuo que se da a la bebida es mal visto, pero las naciones bebedoras ocupan la vanguardia de la civilización y el poder. Enfrentados con los cristianos, que beben mucho, los abstemios mahometanos se derrumban como el pasto frente a la guadaña. En la India cien mil británicos comedores de carne y chupadores de brandy subyugan a doscientos cincuenta millones de abstemios vegetarianos de la misma raza aria. ¡Y con cuánta gallardía el norteamericano bebedor de whiskey desalojó al moderado español de sus posesiones! Desde la época en que los piratas nórdicos asolaron las costas de Europa occidental y durmieron, borrachos, en cada puerto conquistado, ha sido lo mismo: en todas partes las naciones que toman demasiado pelean bien, aunque no las acompañe la justicia.




Corazón. Bomba muscular automática que hace circular la sangre.

Figuradamente se dice que este útil órgano es la sede de las emociones y los sentimientos: bonita fantasía que no es más que el resabio de una creencia antaño universal. Sabemos ahora que sentimientos y emociones residen en el estómago y son extraídos de los alimentos mediante la acción química del jugo gástrico. El proceso exacto que convierte el bistec en un sentimiento (tierno o no, según la edad del animal); las sucesivas etapas de elaboración por las que un sandwich de caviar se transmuta en rara fantasía y reaparece convertido en punzante epigrama; los maravillosos métodos funcionales de convertir un huevo duro en contrición religiosa o una bomba de crema en suspiro sensible: todas estas cosas han sido pacientemente investigadas y expuestas con persuasiva lucidez por Monsieur Pasteur. (Ver también mi monografía “Identidad Esencial de los Afectos Espirituales con Ciertos Gases Intestinales Liberados en la Digestión" págs. 4 a 687). En una obra titulada según creo Delectatio Demonorum (Londres, 1873) esta teoría de los sentimientos es ilustrada de modo sorprendente; para más información se puede consultar el famoso tratado del profesor Dam sobre “El amor como producto de la Maceración Alimentaria”.




en "Diccionario del Diablo" (originalmente "Diccionario del Cínico", 1906)


martes, septiembre 05, 2006

"A través de la mitad de nuestras tierras", por Juan Carlos Villavicencio





Ibant obscuri sola sub nocte per umbram
Virgilio


Aún despiertan de las velas i el retorno a aquella isla. Nadie esperó tejiendo historias ni recuerdos. Todo asedio antiguo fue olvidado. Atrás las ruinas i las muertes de otras horas: ya ajenos quedan restos de ciudades que no fueron más que un nuevo apronte. Hay un faro para éstos que cansados vienen a encontrarse en el delirio de colores que se abren desde el cielo, i suave llueve el viento Sur sobre el templo de su piel ahora en las caricias i el arribo al descanso de todos sus designios.



Febrero de 2006






Hokusai por sí mismo




Desde los seis años sentí el impulso de dibujar las formas de las cosas. Hacia los cincuenta, expuse una colección de dibujos; pero nada de lo ejecutado antes de los setenta me satisface. Sólo a los setenta y tres años pude intuir, siquiera aproximadamente, la verdadera forma y naturaleza de las aves, peces y plantas. Por consiguiente, a los ochenta años habré hecho grandes progresos; a los noventa habré penetrado la esencia de todas las cosas; a los cien, habré seguramente ascendido a un estado más alto, indescriptible, y si llego a ciento diez años, todo, cada punto y cada línea, vivirá. Invito a quienes vivirán tanto como yo a verificar si cumplo estas promesas.Escrito a la edad de setenta y cinco años, por mí, antes Hokusai, ahora llamado Huakivo-Royi, el viejo enloquecido por el dibujo*.



* Hokusai murió a los 89 años de edad.












Antologado por Adler-Revon en Japanische Literatur,
Geschichte und Auswahl von den Anfängen bis zur neusten Zeit (1930).











lunes, septiembre 04, 2006

“Espera a la primavera, Bandini”, de John Fante

-Fragmento-

Arturo Bandini estaba convencido de que cuando muriese no iría al infierno. Para ir al infierno había que cometer un pecado mortal. Él había cometido muchos, lo sabía, pero la confesión le había salvado. Siempre se confesaba a tiempo, es decir, antes de que la muerte se le presentara. Y tocaba madera cada vez que pensaba en ello: que siempre habría tiempo antes de morir. De modo que Arturo estaba archiconvencido de que cuando muriese no iría al infierno. Por dos motivos. Por la confesión y porque era un corredor muy rápido.

El Purgatorio, sin embargo, ese lugar intermedio entre el Infierno y el Cielo, le preocupaba. El catecismo decía con claridad lo que hacía falta para ir al Cielo: el alma tenía que estar limpia del todo, sin la menor sombra de pecado. Si el alma, en el momento de la muerte, no estaba lo bastante limpia para ir al Cielo ni lo bastante sucia para ir al Infierno, se quedaba en la región intermedia, en aquel Purgatorio en que ardería y ardería hasta que sus faltas se purgasen.

Había un consuelo en el Purgatorio: que, al margen del tiempo que se pasara en él, el Cielo estaba asegurado. Pero cuando Arturo se dio cuenta de que la estancia en el Purgatorio podía durar setecientos mil millones de billones de trillones de años, ardiendo y ardiendo sin parar, poco consuelo había en que al final se aterrizase en el Cielo. A fin de cuentas, cien años era ya mucho tiempo. Ciento cincuenta millones de años era inconcebible.

“Prólogo a Pregúntale al polvo”, de Charles Bukowski








Yo era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a la Biblioteca Municipal del centro de Los Angeles, pero nada de cuanto me caía en las manos tenía que ver conmigo, con las calles, ni con las personas que me rodeaban. Me daba la sensación de que todos se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las palabras, que aquellos que no tenían prácticamente nada que decir pasaban por escritores de primera línea. Sus libros eran una mezcla de sutileza, artesanía y formalismo, y era esto lo que se leía; se enseñaba en las escuelas, se digería y se transmitía. Era un invento cómodo, una Logocultura ingeniosa y prudente. Había que volver a los autores anteriores a la Revolución Rusa para encontrar algo de aventura, un poco de pasión. Había excepciones, pero eran tan escasas que se agotaban rápidamente y uno se quedaba sin saber qué hacer ante las filas interminables de libros insípidos. A pesar de todo lo que podía haberse aprendido en los siglos precedentes, los autores modernos no eran lo que se dice muy hábiles.

Cogía de las estanterías un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? Probé en las distintas secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas, pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión, no me afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna parte. Probé con la Geología, y al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre. Descubrí ciertos libros sobre cirugía y me gustaron: las palabras eran nuevas y las ilustraciones maravillosas. En concreto, me gustaron y memoricé los detalles de las operaciones del mesocolon. Al final abandoné la cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos. (Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o beber y cuando la dueña de la casa lo perseguía a uno con los recibos atrasados del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, casi todos dormidos sobre el libro abierto.

Seguí recorriendo la sala general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación. Pero cierto día cogí un libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

Tenía tarjeta de lector. Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba “Pregúntale al polvo”, y el autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios libros. Acabé “Pregúntale al polvo” y busqué más libros de Fante en la biblioteca. Encontré dos. “Dago red” y “Espera a la primavera, Bandini”. La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y no hablaban de otra cosa.

Fante tuvo sobre mí un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo le gritaba: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”. Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto exacto de “Angel’s Flight” en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me preguntaba: ¿Será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.

Treinta y nueve años más tarde he vuelto a leer “Pregúntale al polvo”. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene, al igual que las demás obras de Fante, pero éste es el libro que prefiero porque constituyó mi primer encuentro con la magia.

Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión.

Fotografía: John Fante

domingo, septiembre 03, 2006

"De profundis", de Georg Trakl




E
s una rastrojera, en donde una negra lluvia cae.
Es un pardo árbol, que solitario está ahí.
Es un aire silbante, que rodea cabañas vacías.
Cuán triste este anochecer.

A lo largo del caserío
La dulce huérfana recoge aún escasa espigas.
Redondos y dorados sus ojos pacen en el crepúsculo
y su regazo aguarda al novio celestial.

De regreso a casa
los pastores hallaron el dulce cuerpo
putrefacto en el espino.

Una sombra soy lejos de aldeas sombrías.
Bebí el silencio de Dios
del manantial de la arboleda.

Sobre mi frente se posa frío metal,
arañas buscan mi corazón.
Es una luz, que en mi boca se apaga.

De noche me encontré en un brezal,
arrecian de inmundicias y de polvo las estrellas.
En el arbusto del avellano
suenan de nuevo ángeles cristalinos.








sábado, septiembre 02, 2006

"Los intelectuales y el fascismo", de Lisandro Otero*

* Premio Nacional de Literatura y Presidente de la Academia de la Lengua de Cuba







En las últimas semanas una violenta campaña de propaganda contra el escritor alemán Günther Grass se ha desatado en el mundo. Han tomado como causa de esta inculpación la confesión realizada por el escritor alemán de su pertenencia a las Schutzstaffel o SS, la guardia pretoriana de élite de la represión nazi.


Hace tiempo que Grass había confesado su preocupación con el problema y halló una respuesta adecuada cuando confesó: “Sentí que para mi generación y para los autores de la literatura alemana que renacía, los temas centrales ya estaban fijados: la guerra criminal desatada por Alemania; la capitulación total; los crímenes y su sombra trágica.” Él y su generación debían luchar, además, contra el intento de ocultar lo que para todos era evidente.


Dijo Grass que batallaron contra: “la imposición de la censura sobre el pasado. Algunos dirigentes políticos y hasta algunos intelectuales, construían leyendas. Hablaban de un pobre pueblo engañado, manipulado por los nazis”. Él decidió hablar. Compartió un realismo escéptico que le parecía era la única posición honesta dentro de las circunstancias de la reconstrucción alemana. Era un escritor movido esencialmente por motivaciones éticas. Por eso Grass ha dicho: “Gran cantidad de avances republicanos y conquistas democráticas logradas en la larga lucha para civilizar al capitalismo salvaje, se pulverizan ahora repentinamente ante nuestros ojos. Sólo reclaman una cosa: más mercado.”


Grass ha sido un escritor liberal, de izquierda, que ha defendido las causas justas y no ha podido ser comprado. Me pregunto si toda esta campaña no tiene como fin destruir a un valor moral dentro de la intelectualidad contemporánea, que resulta incómodo para el neofascismo “bushista”.


Habría que preguntarse por qué otros escritores, manifiestamente nazis, no reciben igual escarnio. ¿Qué decir del filósofo Martin Heidegger quien al ingresar en el partido nazi en 1933 afirmaba en un discurso: “El propio Führer, y sólo él es la realidad alemana, presente y futura. ¡Heil Hitler!”. Heidegger sigue siendo estudiado y ensalzado en las universidades alemanas, europeas y sudamericanas. En Italia, Filippo Tommaso Marinetti, el fundador del futurismo, se convirtió en el poeta oficial de Mussolini. Louis Ferdinand Céline fue un antisemita radical. Durante la ocupación de Francia fue médico de los alemanes. Al finalizar la guerra huyó a Dinamarca. Fue encarcelado, condenado a muerte y absuelto. Pudo regresar a Francia tras su indulto y vivió miserablemente hasta morir en 1961. Knut Hansum, estuvo de acuerdo con la ocupación alemana de Noruega, su patria, en 1940, pues la consideraba un preámbulo para regresar a la grandeza de la época vikinga. Llegó hasta tal punto su vinculación que se reunió con Hitler; a Goebbels le regaló su medalla del premio Nobel de Literatura, obtenida en 1920.


Pierre Drieu La Rochelle publicó “Socialismo fascista” y apoyó la ocupación nazi de Francia; llegó a ser director de la importante publicación “Nouvelle Revue Française” y se suicidó tras la liberación de París. Ezra Pound realizó transmisiones radiofónicas desde Italia destinadas a socavar la moral de las tropas aliadas. Tras la guerra no recibió pena de prisión por su inmenso prestigio, fue declarado demente y se le internó en un manicomio en Estados Unidos. Ernst Junger fue oficial de las fuerzas armadas alemanas tras un largo período escribiendo en publicaciones de ultraderecha que prepararon el ascenso del nazismo.


Al comenzar el progreso de los nazis hacia el poder, Richard Strauss los vio con simpatía. Arturo Toscanini rehusó dirigir las obras de Wagner en el Festival de Bayreuth y Strauss lo sustituyó. Bruno Walter fue despedido como director de la Filarmónica de Berlín por ser judío y Strauss también lo relevó. En Noviembre de 1933 el nuevo régimen lo nombró Presidente de la Cámara de Música del Estado. Cuando comenzaron los preparativos para las Olimpiadas que Hitler presidiría en Berlín, en 1936, Richard Strauss recibió la encomienda de componer un himno dedicado al magno evento deportivo. En 1939, al cumplir setenta y cinco años de edad se le efectuaron homenajes y ofrendas por su lealtad al régimen. Tras la derrota de Alemania permaneció recluido en su residencia de Garmisch y desoyó las convocatorias de los tribunales de des-nazificación que querían examinar su proceder pasado. Se le prohibió viajar al extranjero. Vivió con grandes dificultades, insolvente y desamparado hasta su muerte ocurrida en 1949.


Willhelm Furtwangler dirigía la Filarmónica de Berlín en los conciertos que se ofrecían en los cumpleaños de Hitler. Grabó con su orquesta, unas semanas antes del suicidio de Hitler, la Novena Sinfonía de Antón Bruckner, con la que se anunció al mundo la desaparición física del Führer. Herbert Von Karajan fue miembro del partido nazi y obtuvo importantes posiciones en el mundo musical alemán gracias a ello. El poeta Robert Brasillach, ardiente colaborador nazi durante la ocupación, fue fusilado por las Fuerzas Francesas del Interior tras el rescate de París. Leni Rieffenstahl, revolucionó el mundo de la cinematografía con sus documentales y fue una cercana colaboradora de Hitler y el partido nazi, hasta el punto que llegaron a relacionarla sentimentalmente con él. ¿Y qué decir de Jorge Luis Borges que el año 1976 apoyó sin ninguna clase de tapujos las dictaduras de Videla y Pinochet?


Creo que todos estos intelectuales han faltado a su elemental deber solidario con la humanidad en situaciones de crisis y por ello pagaron un precio de descrédito, aislamiento y algunos expiaron su culpa con su propia vida. Pero el caso de Grass es el de un escritor actualmente comprometido con las mejores causas del progreso social, que ha borrado con una existencia esclarecida sus pecados de inmadurez, irresponsable juventud, inexperiencia y falta de conciencia política, lo cual ha sido ampliamente compensado con su actitud posterior. ¿Debemos abandonar la lectura de Nietzche porque concibió el Ubermensch, el superhombre que preparó toda la teoría de la raza aria superior que Hitler pretendía? ¿Por su antisemitismo radical debemos dejar de escuchar a Wagner? ¿Se trata de destruir a Grass por su actual comportamiento político de avanzada?


viernes, septiembre 01, 2006

"El carácter destructivo", de Walter Benjamin




P
uede ocurrirle a alguno que, al contemplar su vida retrospectivamente, reconozca que casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres sobre cuyo “carácter destructivo” está todo el mundo de acuerdo. Un día, quizás por azar, tropezará con este hecho, y cuanto más violento sea el choque que le cause, mayores serán las probabilidades de que se represente el carácter destructivo. El carácter destructivo sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.

El carácter destructivo es joven y alegre. Porque destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolínea del destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta qué punto merece la pena su destrucción. Éste es el gran vínculo que enlaza unánimemente todo lo que existe. Es un panorama que depara al carácter destructivo un espectáculo de la más honda armonía. El carácter destructivo trabaja siempre fresco. Es la naturaleza la que, al menos indirectamente, le prescribe el ritmo: porque tiene que tomarle la delantera. De lo contrario será ella la que emprenda la destrucción. Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen. Tiene pocas necesidades y la mínima sería saber qué es lo que va a ocupar el lugar de lo destruido. Por de pronto, por lo menos por un instante, el espacio vacío, el sitio donde estuvo la cosa que ha vivido el sacrificio. Enseguida habrá alguien que lo necesite sin ocuparlo.

El carácter destructivo hace su trabajo y sólo evita el creador. Así como el que crea, busca para sí la soledad, tiene que rodearse constantemente el que destruye de gentes que atestigüen su eficiencia. El carácter destructivo es una señal. Así como un punto trigonométrico está expuesto por todos lados al viento, él está por todos lados expuesto a las habladurías. No tiene sentido protegerle en contra. El carácter destructivo no está interesado en absoluto en que se le entienda. Considera superficiales los empeños en esa dirección. En nada puede dañarle ser malentendido. Al contrario, lo provoca, al igual que lo provocaron los oráculos, instituciones destructivas del Estado. El más pequeño burgués de todos los fenómenos, el cotilleo, tiene lugar sólo porque las gentes no quieren ser malentendidas. El carácter destructivo deja que se le entienda mal; no favorece el cotilleo.

El carácter destructivo es el enemigo del hombre-estuche. El hombre-estuche busca su comodidad y la médula de ésta es la envoltura. El interior del estuche es la huella que aquél ha impreso en el mundo envuelta en terciopelo. El carácter destructivo borra incluso las huellas de la destrucción. El carácter destructivo milita en el frente de los tradicionalistas. Algunos transmiten las cosas en tanto que las hacen intocables y las conservan; otros las situaciones en tanto que las hacen manejables y las liquidan. A éstos se les llama destructivos. El carácter destructivo tiene la conciencia del hombre histórico, cuyo sentimiento fundamental es una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas (y la prontitud con que siempre toma nota de que todo puede irse a pique). De ahí que el carácter destructivo sea la confianza misma. El carácter destructivo no ve nada duradero. Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, está siempre en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos. El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena.









en Discursos interrumpidos I, 1973











jueves, agosto 31, 2006

"Segundo paseo al Acantilado Rojo", de Su Che

Traducción de G. Margoulies, de la Anthologie raisowièe de la littérature chinoise






El día quince del décimo mes salí a pie de mi casa para encaminarme al pabellón Lin-kao. Me acompañaban dos amigos. El rocío se había convertido ya en escarcha y los árboles estaban desnudos. Se percibía en el suelo la sombra de los hombres y, alzando la cabeza, se veía la luna brillante. Mirábamos a nuestro alrededor gozando del paisaje, mientras avanzábamos cantando y llamándonos unos a otros.

Por fin dije con un suspiro:

-Tengo amigos que me acompañan, mas no tenemos vino. Y aun cuando lo tuviésemos, carecemos de viandas para acompañarlo. La luna es blanca, la brisa es suave. ¿Qué haremos en una noche tan bella?

Uno de mis amigos dijo:

-Hoy, al atardecer, levanté la red y cogí peces de grandes bocas y finas escamas. Parecen percas. ¿Mas dónde hallaremos vino?

Volvimos a la casa para consultar a mi esposa, quien dijo:

-Tengo un celemín de vino que hace mucho tiempo puse aparte, por si me lo pedías de improviso.

Entonces llevamos el vino y los peces, y fuimos a pasearnos nuevamente bajo el acantilado rojo.

El río se deslizaba tumultuoso; sus orillas escarpadas ascendían a mil pies de altura. Las montañas eran altas y la luna parecía muy pequeña; el río había bajado, asomaban las rocas de su lecho. Pero, ¿cuántos días y meses habían transcurrido desde que visité por última vez el río y las montañas?

Recogiéndome la túnica, comencé a trepar la rocosa orilla. Avancé sobre abruptos peñascos, apartando a mi paso los matorrales; me senté sobre piedras con forma de tigres; atravesé montecillos de plantas semejantes a dragones con cuernos. Encaramándome, intenté alcanzar las inestables guaridas de los buitres, posados para pasar la noche; descendiendo, traté de vislumbrar el palacio solitario del dios de las aguas.

Mis dos amigos no pudieron seguirme. Entonces lancé un grito prolongado y penetrante. Las hierbas y los árboles se conmovieron y temblaron; resonó la montaña y el valle devolvió el eco. Levantóse el viento, haciendo ondular el agua. Me asaltó la inquietud, me sentí triste y temeroso. Me estremecí, no atreviéndome a permanecer en la orilla.

Volví sobre mis pasos, subí a nuestra barca y la dejé seguir el centro de la corriente, para que se detuviese donde ella quisiera.

Era casi medianoche. Todo estaba silencioso y calmo. Una grulla solitaria, que venía del este, rayó el cielo sobrevolando el río. Sus alas eran anchas como las ruedas de un carro. Blanca por arriba, negra por debajo, lanzaba largos gritos discordantes. Pasó sobre la barca, casi rozándola, y se dirigió al oeste.

Poco más tarde se marcharon mis amigos, y en seguida me quedé dormido. Soñé que un monje taoísta, vestido con una ondulante túnica de plumas, pasaba bajo el pabellón. Me saludó y me dijo:

-¿Ha sido agradable tu paseo al Acantilado Rojo?

Le pregunté cómo se llamaba. Tornó a saludarme, sin responder.

-¡Ah! -exclamé-. ¡Ahora te reconozco! ¿No eres tú quien sobrevoló anoche mi barca?

El monje me miró riendo. Tuve miedo y me desperté. Al abrir la puerta miré hacia afuera, pero ya el paisaje era otro.




Su Che, literato chino de la dinastía Song (siglo XI) , pertenece a los llamados "ocho grandes autores" de la época clásica. Como la mayoría de los letrados de su tiempo, prestó servicios en la administración del imperio, pero sin complicarse demasiado en las intrigas políticas. Espíritu despreocupado y contemplativo, lo mejor de su obra está en su poesía y sus descripciones de la naturaleza. También cultivó la pintura.


miércoles, agosto 30, 2006

"Hamlet", de William Shakespeare

Fragmento


“Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ése es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno,
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes y las injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes de huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes”.








Fragmento del monólogo del Príncipe Hamlet,
en la Escena Primera del Acto III.










martes, agosto 29, 2006

"Borges no existe", de Enrique Vila-Matas




Todo empezó cuando Lucio Lombardo Radice, al aproximarse en clave matemática a La Biblioteca de Babel (el célebre cuento de Borges que habla de la identidad entre la biblioteca y el Universo), calculó que el número de “libros posibles”, en base a las coordenadas borgianas, era 25 elevado a la 656 milésima potencia.

Eso llamó la atención del físico Tullio Regge, que publicó un artículo en el que se preguntaba si podía existir esa biblioteca, cómo situarla en relación con el Universo y, finalmente, si Borges, su autor, existía o era, simplemente, un impostor. “Quisiera –escribió Regge- que todo el mundo tuviera en cuenta que, si nos fiamos de Borges, el volumen del Universo, en centímetros cúbicos, requiere un número de 85 cifras. Y yo me pregunto: ¿cómo podría contener el Universo todos los libros? La biblioteca de Borges no parece probable, pues no cabe en nuestro Universo. Además, si, según la teoría Newtoniana, situamos la densidad media de la biblioteca igual a un décimo de la del agua, obtenemos una estructura cuyo diámetro no puede superar más de un centenar de millones de kilómetros, por lo que, yendo aún más lejos, es evidente que iríamos inexorablemente hacia un catastrófico agujero negro”.

Un anónimo comunicante escribió a Tullio Regge y le informó de que hacía ya tiempo que desconfiaba del cuento y de Borges mismo, “pues sabiendo, como sabemos, que a lo largo de su vida, lo máximo que un hombre puede andar es medio millón de kilómetros, resulta inexplicable cómo alguien pudo mantener una velocidad constante por los estrechos corredores y escaleras de la biblioteca. En la mejor de las hipótesis, ese bibliotecario habría recibido noticias locales, a escala provincial, no ciertamente planetaria...”.

Tras el misterioso anónimo, Regge tuvo nuevos motivos para inquietarse, pues Víctor Knud se incorporó a la polémica, al debate sobre la existencia de Borges. Knud, un célebre físico que está convencido de que existen universos paralelos, planos y grandes, donde la Física tiene un valor diferente, escribió: “El día en que leí La Biblioteca de Babel palidecí. Sí, palidecí, porque por un momento tuve la sospecha de que una construcción tan grande existía sobre uno de esos superplanetas en un universo paralelo y que Borges había logrado encontrar la fórmula para visitarlo a placer”.

¿Era Borges el misterioso comunicante anónimo? Todo parece indicar que no, que ni siquiera tuvo nunca noticia de la polémica de los físicos. Sin embargo, para la sorpresa general, al celebrar el pasado agosto su 86 aniversario, Borges, probablemente de forma involuntaria, sacó de dudas a los físicos, cuando al ser felicitado por una lectora agradecida, dijo: “No se preocupe por saludarme, señora, no existo. No, no existo. Soy un fantasma”.



en Apsi, del 2 al 15 de junio, 1986







lunes, agosto 28, 2006

"Uranus, the magician", de Juan Carlos Villavicencio

Urano, el mago.



El que ha sido i ha creado. Ausente de sí mismo i de su estirpe, contempla en el olvido los dados que ha lanzado como esferas i sangre sin retorno.




Texto basado en el fragmento homónimo de la suite The Planets (1916), de Gustav Holst. Este poema es parte de la obra Breaking Glass, escrita en colaboración con Carlos Almonte.







"Nocturno", de Enrique Lihn




Eres la primera que te me paseas por aquí
en mucho tiempo a la redonda:
«Víveme, víveme, yo soy inagotable»,
con tu absurda existencia al desnudo:
«has visto tú qué linda soy dímelo chico»
pequeños senos duros rompeolas y el juego de las nalguitas:
«me canso en todo, menos en esto»
Y apruebo lo de mulata canela que te dicen, el relajo
ése de «óyeme, enfermona, tú,
que no somos de palo ni de hierros»
Vaya, como en cada uno de tus condenadas historias
jálate también aquí una conga del carajo.






de La musiquilla de las pobres esferas, 1969.









domingo, agosto 27, 2006

"Arquitectura", de Georges Bataille



La arquitectura es la expresión del ser de las sociedades, del mismo modo que la fisonomía humana es la expresión del ser de los individuos. Sin embargo, esta comparación debe ser remitida sobre todo a las fisonomías de personajes oficiales (prelados, magistrados, almirantes). En efecto, sólo el ser ideal de la sociedad, aquel que ordena y prohíbe con autoridad, se expresa en las composiciones arquitectónicas propiamente dichas. Así, los grandes monumentos se alzan como diques que oponen la lógica de la majestad y de la autoridad a todos los elementos confusos: bajo las formas de las catedrales y de los palacios, la Iglesia o el Estado se dirige e impone silencio a las multitudes. Es evidente que los monumentos inspiran la sabiduría social y a menudo incluso un verdadero temor. La toma de la Bastilla es simbólica de ese estado de cosas: es difícil explicar ese movimiento multitudinario salvo por la animosidad del pueblo contra los monumentos que son sus verdaderos amos.

Igualmente, cada vez que la composición arquitectónica se halla en otros lugares además de los monumentos, ya sea en la fisonomía, el vestido, la música o la pintura, podemos inferir el predominio de un gusto por la autoridad humana o divina. Las grandes composiciones de algunos pintores expresan la voluntad de amoldar el espíritu a un ideal oficial. La desaparición de la construcción académica en pintura, por el contrario, es la vía abierta para la expresión (y con ello para la exaltación) de los procesos psicológicos más incompatibles con la estabilidad social. Es lo que explica en gran medida las encendidas reacciones que despierta desde hace más de medio siglo la transformación progresiva de la pintura, hasta entonces caracterizada por una especie de esqueleto arquitectónico disimulado.

Es evidente además que el ordenamiento matemático impuesto a la piedra no es otra cosa que la culminación de una evolución de las formas terrenales, cuyo sentido se ofrece el orden biológico por el paso de la forma simiesca a la forma humana, que presenta ya todos los elementos de la arquitectura. En el proceso morfológico, los hombres no representan aparentemente más que una etapa intermedia entre los monos y los grandes edificios. Las formas se volvieron cada vez más estáticas, cada vez más dominantes. Asimismo, el orden humano sería desde su origen solidario con el orden arquitectónico, que sólo es su desarrollo. Si nos referimos a la arquitectura, cuyas producciones monumentales son actualmente los verdaderos amos sobre la Tierra, reuniendo bajo su sombra a multitudes serviles, imponiendo la admiración y el asombro, el orden y la coerción, nos referimos de alguna manera al hombre. Actualmente toda una actividad terrestre, y sin duda la más brillante en el orden intelectual, apunta por otro lado en ese sentido, denunciando la insuficiencia del predominio humano: así, por extraño que pueda parecer tratándose de una criatura tan elegante como el ser humano, se abre una vía –indicada por los pintores– hacia la monstruosidad bestial; como si no hubiera otra posibilidad de escapar del presidio arquitectónico.









sábado, agosto 26, 2006

"Elegía a Ramón Sijé", de Miguel Hernández


(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.





Del 10 de enero de 1936.
Publicado posteriormente en El rayo que no cesa (1936).








miércoles, agosto 23, 2006

“Las tres tardes de hielo”, de Miguel Serrano




H
oy es jueves. Me quedan sólo dos días. El sábado seré asesinado.

Esta tarde me siento en el cuarto de meditación, sobre una silla rústica, no en la posición de loto, sino como lo hacían los faraones egipcios y los Papas esotéricos. Miro a través de los ventanales las cimas que se tiñen de un suave rosa crepuscular, y me propongo retrotraer el tiempo a los momentos ya lejanos cuando, contemplando los ventisqueros del valle de Kulu, o Valle de los Dioses, me fue dado encontrar la llave a la que luego renuncié. No estoy seguro de volver a hallarla. Y el riesgo es grande, pues, al no encontrarla, sé que moriré.



de La serpiente del Paraíso, 1963













“Tercera tarde: La muerte mística”, de Miguel Serrano




H
emos llegado ahora a un punto donde ya se advierte la aún no soñada desventura y todo naufraga bajo el pendón de su postrer adiós. Ella se transforma. Como estoy en su mano, dentro de su flor, al aproximarla ella a su rostro, para aspirar el perfume, me veo junto a una boca inmensa como el mundo y soy introducido en su boca y triturado por sus dientes, despedazado con deleite, con fruición, hasta que nada de mí queda, convertido ahora en una pasta fácil de digerir, comido, devorado, como una semilla de loto.

He sido asesinado por amor. Hoy era sábado.


de La serpiente del Paraíso, 1963










"Elella", de Miguel Serrano




-Fragmento-



La sintió aproximarse, aun lejos; percibió el movimiento de sus manos al desprenderse de su pecho, el suspiro doliente de la dormida en su tumba de piedra, en la raíz del monte. La escuchó levantarse, para venir con sus pasos quedos por los pasillos en penumbra, acercándose a las fogatas, despertando el fuego de los aposentos, y los suspiros de los caballeros y centinelas que percibían también sus pasos. Sintió su atmósfera helada, su presencia de sonámbula. A medida que ella se acercaba al bosque, a su caverna. Un temblor ascendente la envolvía, una parálisis difícil de vencer. Y fue de este modo como la vio llegar.

Le miró sin verle. Dejó caer su veste, con lentitud. Primero fueron sus hombros, luego el pecho, el vientre, hasta quedar desnuda, vibrando y con la sonrisa triunfante del rostro de la Madre al fondo de la edad de los glaciares.

El caballero, sin moverse, con un temor sobrenatural, contemplaba el cuerpo desnudo de su Señora, repitiendo todo el tiempo una sola palabra. Del cuerpo se desprendía una sustancia impalpable, que se le comunicaba.

Sin palabras, ella le revelaba parte del misterio.






1973










“Las ciudades y los años”, de Miguel Serrano




E
s el 22 de enero de 1961, en Montagnola, en la parte italiana de Suiza. Almuerzo en casa de Hermann Hesse. Afuera cae la nieve; pero el cielo está claro. Miro a través de la ventana; luego, a mi plato de curry; al levantar la vista encuentro, al otro extremo de la mesa, los ojos también claros y transparentes de Hesse.
- ¡Qué suerte –digo- hallarme hoy almorzando aquí, con usted!
- Nada sucede casualmente –responde Hesse-, aquí sólo se encuentran los huéspedes justos, éste es el círculo hermético.

Muchos años debieron transcurrir hasta mi próximo encuentro con Hermann Hesse. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no dejamos de comunicarnos. Fueron mensajes más bien sutiles de su parte. Es extraño, no puedo menos de admirarme de lo sucedido. Apartados por años, distancia, formaciones culturales y continentes, una verdadera amistad, tejida en una tela asombrosa, se fue creando, hasta llegar a convertirse en cosa del destino. El escritor mundialmente admirado, el Maestro, el Mago, por así decirlo, le tendía su mano añosa a un escritor joven, desconocido, venido de un país pequeño, casi perdido en el último rincón del mundo, y lo hacía su amigo, hasta llegar a decirle, al final de sus días: “Ya no me quedan amigos de mi edad, todos han muerto”.

Después de mi partida a la India, en 1953, las comunicaciones con Hesse se hicieron más frecuentes, pues él se hallaba desde siempre empapado de la antigua sabiduría hindú, que nutriera su alma y su obra. Le comuniqué mi partida sin decirle que iba como diplomático, porque deseaba seguir siendo para él un peregrino, con su bordón y su saco, como cuando le visitara por primera vez en su santuario de las cumbres alpinas.

Mi vida y mi experiencia de India se hallan narradas en mi libro “La Serpiente del Paraíso”. Sólo agregaría aquí que no pasó un año sin que enviase a Hesse señales, o las recibiera también de aquel eremita que no gustaba prodigarse. A veces eran fotos; otras, pinturas, poemas o libros. Nuestra amistad no fue, por cierto, literaria, sino mágica, sin edad, sin tiempo; un encuentro en medio del río eterno de las cosas.




de El círculo hermético, 1973










lunes, agosto 21, 2006

Premio Nacional de Literatura 2006





La pregunta es: Si Miguel Serrano no fuera adepto a la ideología nazi, o, incluso más, si su filonazismo no fuera de uso público, ¿alguien cree que ya no le hubiera sido otorgado el Premio Nacional de Literatura? Imposible.

Una cosa es que el Premio Nacional haya cometido ciertos excesos en sus postulaciones o asignaciones, y otra diferente es que haya incurrido en omisiones de importancia, excepto ésta, claro. Convengamos, desde ya y de una vez por todas, que a Miguel Serrano jamás le darán el mentado premio. Nuestro país no ha alcanzado tal nivel de justicia y madurez.

A horas de ser estipulado el anuncio, creemos conveniente adscribir al reparo, a la sospecha que provoca el reconocimiento lógico, indoloro y no exclusivamente adscrito a lo literario. Bastan dos dedos de lecturas –y tal vez, sólo tal vez, dos más de ejercicio creativo- para aceptar que Serrano le lleva por lo menos cierta distancia a sus más cercanos “perseguidores”, incluida la ubicua señora Eltit, ligada desde hace rato al oficialismo, político y teórico-académico; el señor Marín, prestigioso escritor autoeditado y bastión inalienable de los bien o mal llamados “nenes”; y el señor Lafourcade, cuya permanente postulación provoca asombro, y en relación a su ventaja comparativa con respecto a Serrano, estupefacción.

La trayectoria, el amplio campo imaginativo, la mixtura cultural –inédita por nuestras tierras-, la soltura narrativa (expresada en ficciones, crónicas, ensayos, epístolas y memorias), la justeza poética, la excelencia en sus avales –descontando, claro, el primer prólogo de Jung a un texto literario, las innumerables ediciones extranjeras, las traducciones, las entrevistas, los artículos, las reseñas-, la profundidad y alcance de su trama, el arrojo, el riesgo, el “redescubrimiento clamoroso de corrientes espiritualistas y herméticas” (Filebo), el componente filosófico, el mitológico, la propuesta histórica; son algunas de las razones que hacen de su obra total un cuerpo de fiera solidez, sin puntos de referencia en nuestra historia literaria.

Olvidado a medias por los círculos que manejan la distribución, cultural más que editorial (el viejo truco: sacando a los mejores es más fácil destacar); recobrado por antiguos y nuevos literatos –y uno que otro despistado que logra, a su vez, despistar a los más débiles e incautos-, Serrano soportará un nuevo “olvido” y omisión, basada como siempre, en una argumentación equívoca y apoyada en el ánimo permanente de los que saben que entran por el lado y que para superar el último escalón hacia el proscenio basta justificar y despotricar en torno a cuestiones que nada tienen que ver con la enorme creación que nos ha legado don Miguel Serrano.

Un saludo, desde el respeto y la admiración, a quien no requiere de estos galardones para engrandecer su obra, tan sólo una mirada atenta y sin prejuicios.