martes, agosto 08, 2006

"Cachorro", de Juan Cameron


Fotografía de Francisco Luco


Perdonad el pelaje descastado
este brillo es de tanto restregarme
de la baba la rabia la patada
Perdonad el mordisco por la espalda
es mi ternura agreste solapada
pero ternura al fin (la única mía)
En verdad salí cachorro
en la calle me hice perro.






Publicado en Perro de circo (1979).





lunes, agosto 07, 2006

"El purpurado de charol", de Diego Maquieira





No parábamos nuestra alegría de bacanal,
nuestro delirante cortejo de matanzas
y desórdenes continuos
allá abajo en el hoyo del mundo
Veníamos saliendo de Les Assassins
del restaurant Les Assassins en Chile
muy curados, curados como frambuesas,
veníamos los Giorgio Armani, los Gianni Versace
y los también Gianfranco Fertinelli,
ya de regreso a subirnos a los Harrier
parados afuera frente a La Merced
cuando nos topamos con la abadía falsaria
Demonios,
Demonios, pero si es Georgie Boy otra vez
trayendo a sus fiambres devotos del Ayuntamiento
No sé qué infinita mala raja
lo traería hasta nosotros
pero fue precioso verlo paseándose de noche
con su sotana que parecía el acantilado.











Publicado en Los Sea Harrier (1984).









domingo, agosto 06, 2006

"Ezequiel 25,17", de Quentin Tarantino

Extracto / © Traducción de Juan Carlos Villavicencio



La senda del hombre justo es por todas partes asediada por las injusticias del egoísta y la tiranía de hombres malvados. Bendito es quien, en nombre de la caridad y la buena voluntad, sirva de pastor al débil a través del valle de tinieblas, pues él verdaderamente es guardián de su hermano y es quien vela por los niños que se han perdido. Y yo derribaré con gran venganza y furiosa ira a aquéllos que intenten corromper y destruir a mis hermanos. ¡Y sabrán que mi nombre es el Señor cuando haga caer mi venganza sobre ustedes!


De la película Pulp Fiction (1994), dirigida por Quentin Tarantino.










viernes, agosto 04, 2006

"Isobel", de Juan Carlos Villavicencio






El lente vigilando la noche en busca de cometas,
aunque el bosque lo ha dejado ausente de colores.
Tambores resuenan desde lejos.
Escondida en una tumba bajo el agua,
recuerda antiguas palabras griegas dictadas junto al río,
                                         mientras dormía,
                                                                      o secreta lo miraba.
Ahí la oscuridad repetida por los miedos
            i ahora el calor asomado que ella busca
                          tras silencios o traiciones.
La fantasía que dejó cubrir el polvo del ático i las velas,
bajo el resguardo de pequeños esqueletos que sonríen,
desnuda en el abrazo i la sorpresa de creer.
Una polilla o un grupo de duendes rodeando
                          la luz de una primera huella que se asoma,
ajena a las miradas de cualquiera.
La ciudad resiente la visión del abandono,
pero ella decide en fantasías el olvido de atalayas del infierno
                                                                                o del oriente,
buscando fuegos derribados en la tierra,
o en las hojas que vendrán.



del libro inédito Poesía pagana / Björk’s









"Una breve historia de la contrarrevolución cubana", de Michael Moore

Traducción de Andrés Capelán


¿Alguna vez se preguntaron como ha hecho Fidel Castro para permanecer tanto tiempo en el poder? Nadie - excepto el Rey de Jordania - ha permanecido en el gobierno por un período más largo de tiempo. El hombre ha sobrevivido a ocho presidentes estadounidenses, diez Juegos Olímpicos, y el regreso del Cometa Halley. Y sin importar lo que el gobierno de Estados Unidos hace para derrocarlo, tiene más vidas que «regresos» ha tenido Cher.

No es porque nuestros líderes (estadounidenses) no hayan hecho su mejor esfuerzo para derrocarlo. No, ya desde que Castro liberó su país del corrupto régimen de Fulgencio Batista (al que apoyaban los Estados Unidos y la Mafia) Washington ha probado una gran variedad de métodos para derrocarlo. Éstos han incluido intentos de asesinato (pagados con el dinero de nuestros impuestos), invasiones, bloqueos, embargos, amenazas de aniquilación nuclear, desorganización interna, y guerra biológica (la CIA tiró manojo de gérmenes de Fiebre Porcina Africana sobre el país en 1971, obligando a los cubanos a matar 500 mil cerdos).

Y –algo que siempre me ha parecido extraño– ¡hay actualmente una base naval estadounidense en la isla de Cuba! Imaginen si nosotros los estadounidenses, luego de haber derrotado a los británicos en nuestra Revolución de Independencia, les hubiéramos dejado mantener unos miles de soldados y un puñado de acorazados en la bahía de Nueva York. ¡Increíble! El presidente Kennedy, que siguió con el plan del Presidente Eisenhower para invadir Cuba en la Bahía de Cochinos, ordenó a la CIA matar a Castro, intentándolo todo, desde una lapicera rellena con tinta envenenada hasta un cigarro explosivo. (No, no estoy obteniendo mi información de Maxwell Smart; está todo en el informe del Comité Church al Congreso, de 1975). Por supuesto que nada de esto funcionó. Castro se volvió más fuerte y los Estados Unidos continuaron pasando vergüenza.

Cuba era visto como «el país que se nos escapó». Comenzó a ser una molestia para nosotros. Aquí tenemos a cada nación de este hemisferio metida en nuestro bolsillo, excepto a «esos malditos cubanos». Se ve mal. Como cuando toda la familia sale a cenar y la oveja negra, el pequeño Billy, no se quiere quedar quieto en la silla y hacer lo que le dicen. Todos en el restaurante miran a los padres y se preguntan qué clase de educación le están dando. La apariencia de que no lo están disciplinando o controlando como se debe es la peor humillación.

Entonces comienzan a vapulear al pequeño Billy, el que –olvídenlo– no va a terminar sus porotos nunca. Así es cuán tontos lucimos al resto del mundo. Como si nos hubiéramos vuelto locos por esta pequeña isla a 90 millas de nuestras costas. No nos sentimos de ese modo frente a una real amenaza para la humanidad, como la que significa el gobierno Chino. ¡Y hablo acerca de una pandilla de asesinos! Aún así no podemos movernos más rápido para meternos en la cama con ellos. Washington gastó 23 años poniéndonos en contra de los chinos, y luego, repentinamente: ¡un día son nuestros amigos! Parece que los Republicanos y sus compinches empresarios no estaban realmente en contra de los dictadores comunistas, sino contra aquéllos que no los dejaban entrar a China para hacer dinero. Y ése fue, por supuesto, el error fatal de Castro.

Una vez que tomó el poder, nacionalizó todos los negocios americanos y pateó a la mafia fuera de La Habana. Fue como si se sentara en la Falla de San Andrés, porque la ira del Tío Sam cayó duro sobre él, y no lo ha dejado tranquilo por más de 37 años. Y a pesar de eso Castro ha sobrevivido. Por ese sólo éxito, y a pesar de todos sus defectos (represión política, discursos de cuatro horas y una tasa de alfabetismo del cien por ciento), hay que admirar al muchacho.

Pero: ¿por qué continuamos peleando por esta pata de pavo sobrante de la Guerra Fría? La respuesta puede encontrarse mirando no más lejos de una ciudad llamada Miami. Es desde allí que un puñado de exilados cubanos enloquecidos han controlado la política extranjera de los Estados Unidos hacia esta insignificante nación insular. Estos cubanos, muchos de ellos acólitos de Batista que vivían a todo trapo mientras esa pandilla asolaba el país, parecen no haber cerrado un ojo desde que juntaron su dinero y huyeron a La Florida. Y desde 1960, han insistido en contagiarnos su locura.

¿Por qué es que en cada incidente o crisis nacional que ha sufrido nuestro país en las pasadas tres décadas (el asesinato de Kennedy, Watergate, el caso Irán Contras, la epidemia del abuso de drogas, y la lista sigue...) siempre encontramos a exilados cubanos presentes o implicados?

a.. Primero, fue la conexión de Lee Harvey Oswald con los cubanos de Nueva Orleans. ¿O eran exilados cubanos actuando solos para matar a Kennedy, o Castro ordenando su asesinato porque se había aburrido que Kennedy intentara derrocarlo? En cualquiera de las teorías que usted suscriba, los cubanos están rondando por el barrio.

b.. Luego, en la noche del 17 de junio de 1972, tres cubanos, Bernard Barker, Eugenio Martínez, y Virgilio González (junto con los estadounidenses Frank Sturgis (que fue capitán de Batista) y James McCord Jr.) fueron atrapados entrando en las oficinas de campaña del Partido Demócrata en Watergate. Esta operación encubierta, eventualmente causó la renuncia de Richard Nixon, por lo que entreveo que hay gato encerrado en esa operación del exilio cubano en particular. Hoy, Barker y González son considerados héroes en la comunidad cubana de Miami. Martínez, perdonado más tarde por Ronald Reagan, es el único que se siente mal. «Yo no quise estar implicado en la caída del Presidente de los Estados Unidos», dijo. ¡Oh! ¡Que hermoso de su parte!

c.. Cuando Oliver North necesitó un grupo encubierto para entrar armas en Nicaragua con el objetivo de derrocar al gobierno sandinista: ¿a quién pudo recurrir sino a los cubanos de Miami? Los veteranos de Bahía de Cochinos Ramón Medina y Rafael Quintero eran los hombres clave en la compañía de transporte aéreo que entregaba las armas a los Contras. La guerra de los Contras, apoyada por Estados Unidos, fue responsable de la muerte de 30 mil nicaragüenses.

d.. Uno de los premios mayores que recogimos de nuestra inversión en estos exilados cubanos fue la ayuda que nos dieron introduciendo drogas ilegales en los Estados Unidos, destruyendo familias y barrios enteros de nuestras ciudades. Comenzando a principios de los sesenta, una cantidad de cubanos (que también participaron en la invasión de Bahía de Cochinos) empezó a regentear los círculos mayores de los narcóticos en éste país. La DEA encontró poco apoyo dentro del gobierno federal para ir atrás de estos exilados cubanos, porque se habían organizado a sí mismos bajo la falsa bandera de «grupos de la libertad». De hecho, muchos no eran más que frentes de operaciones masivas de contrabando de drogas. Los mismos contrabandistas de drogas que ayudaron más tarde a contrabandear armas para los Contras nicaragüenses.

e.. Las organizaciones terroristas cubanas radicadas en los Estados Unidos han sido responsables por la colocación de más de 200 bombas y por lo menos un centenar de asesinatos desde el triunfo de la revolución de Castro. Tienen a todos tan preocupados por apoyarlos, que yo probablemente no debería estar escribiendo este capítulo. ¿Pero por que no estoy preocupado? Porque estos exiliados cubanos, con toda su alharaca y terrorismo, son realmente una manga de cagones. Eso: Cagones.

¿Quieren pruebas?

Para empezar, cuando a uno no le gusta el opresor de su país, se queda allí y trata de derrocarlo. Esto puede ser hecho por la fuerza (Revolución Americana, Revolución Francesa) o a través de medios pacíficos (Gandhi en India o Mandela en Sudáfrica). Pero lo que no se hace meter la cola entre las patas y correr, como hicieron estos cubanos. Imaginen si todos los colonos americanos hubieran huido al Canadá, y luego hubieran insistido en que los canadienses tenían la responsabilidad de echar a los británicos de América.

Los Sandinistas nunca hubieran liberado su país de Somoza si hubieran estado todos sentados en una playa en Costa Rica, bebiendo margaritas y enriqueciéndose. Mandela se fue a la cárcel, no a Libia o a Londres. Pero los cubanos ricos se pelaron a Miami... y se volvieron más ricos.

El noventa por ciento de estos exilados son blancos, mientras la mayoría de los cubanos (62 por ciento) son negros o mestizos. Esos blancos sabían que no podían quedarse en Cuba porque no tenían apoyo del pueblo.

Entonces vinieron aquí, esperando que nosotros peleáramos su pelea por ellos. Y, como tarados, la peleamos. No es que estos nenes llorones de los cubanos no hayan tratado de ayudarse a sí mismos. Pero una rápida mirada a sus esfuerzos recuerda a las viejas películas cómicas mudas. El de Bahía de Cochinos es su fiasco más conocido. Tenía todos los elementos de una gran comedia cómica: barcos equivocados, playa equivocada, no tenían municiones para sus armas, nadie los fue a esperar, y –finalmente– fueron dejados morir vagando por una parte de su isla completamente desconocida para ellos (los choferes de sus limosinas –adivino– nunca los habían llevado allí en los viejos buenos tiempos).

Este fiasco fue tan monumental que el mundo todavía no ha parado de reírse, y los cubanos de Miami nunca han olvidado ni perdonado esto. Diga «Bahía de Cochinos» a alguno de ellos, y lo verán como a un dentista taladrándole el nervio de un diente.

Uno pensaría que la derrota de Bahía de Cochinos les debería haber enseñado una lección, que hubieran dejado de insistir con esas cosas. No hizo eso esta pandilla. Desde 1962 numerosos grupos de exilados cubanos han intentado más incursiones para «liberar» su patria. Veamos las más sobresalientes:

a. En 1981, un grupo de cubanos exilados de Miami desembarcaron en la islita de Providenciales, en el Caribe, camino a invadir Cuba. Su barco, el único que llegó de cuatro que salieron del Río Miami (los otros tres fueron hechos volver por la Guardia Costera debido al mar picado, problemas de motor o falta de chaquetas salvavidas), tocó tierra en un arrecife cerca de Providenciales. Atascados en la isla sin comida ni abrigo, los cubanos de Miami comenzaron a pelearse entre ellos. Rogaron a la gente de Miami que los rescatara de la isla, y luego de tres semanas fueron devueltos a Florida vía aérea. El único de ese grupo que llegó a aguas cubanas, Gerardo Fuentes, sufrió un ataque de apendicitis en el mar, y tuvo que ser evacuado por la Guardia Costera hacia Guantánamo.

b. En 1968, un grupo de cubanos de Miami supieron que un barco polaco estaba amarrado en el puerto y que una delegación cubana podía estar a bordo del carguero. De acuerdo al St. Petersburg Times, los exilados cubanos dispararon con una bazooka casera e hicieron impacto en el casco del buque. Sólo le hicieron un abollón, y el líder del grupo, Orlando Bosch, fue apresado y sentenciado a diez años de prisión, pero fue liberado en 1972. Bosch explicó que habían esperado causar más daños al barco pero, se excusó: «¡Era un barco grande!» Bosch había estado arrestado antes por remolcar un torpedo a través de las calles de Miami a la hora de salida de las oficinas, y otra vez había sido capturado con 600 bombas aéreas cargadas con dinamita en el baúl de su Cadillac. En 1990 la administración Bush lo sacó de la prisión, donde estaba nuevamente, cumpliendo una pena por violación de libertad condicional.

c. De acuerdo al Washington Monthly, «Durante el verano y principios del otoño de 1963, fueron lanzadas cinco incursiones de comandos contra Cuba con la esperanza de desestabilizar al régimen. La raquítica “quinta columna” en Cuba fue instruida para dejar las canillas abiertas y las lamparillas prendidas para gastar energía... En 1962, según el San Francisco Chronicle, el exilado cubano José Basulto, en una misión auspiciada por la CIA, disparó un cañón de 20 mm desde una lancha rápida contra el Hotel Inca, cerca de la bahía de La Habana, esperando matar a Fidel Castro. El proyectil erró al blanco, y Basulto, viendo que su barco se llenaba de gasolina derramada, pegó la vuelta para Florida. “Uno de nuestros tanques de combustible, hecho de plástico, comenzó a gotear”», explicó Basulto más tarde. «El combustible se derramó sobre la cubierta. No sabíamos qué hacer».

d. Años más tarde, Basulto formó «Hermanos Al Rescate», un grupo de exilados que hace unos años estuvo haciendo vuelos sobre Cuba, zumbando con sus aviones sobre las ciudades, tirando panfletos, y generalmente tratando de intimidar al gobierno cubano. En febrero de 1996, Castro aparentemente se aburrió de este acoso, y luego del 25avo incidente en un año de los «Hermanos» violando el espacio aéreo cubano, ordenó que dos de sus aviones fueran derribados.

Aunque los «Hermanos al Rescate» violaban la ley estadounidense por volar dentro del espacio aéreo cubano, la administración Clinton fue de nuevo al chiquero del exilio e instantáneamente sacó un decreto para endurecer el embargo contra Cuba. Este embargo trajo la ira del resto del mundo contra nosotros. La Asamblea General de las Naciones Unidas votó 117 a 3 a favor de condenar a los Estados Unidos por su violencia económica contra Cuba, tal y como ha sido en cada votación sobre el tema desde que el embargo fue impuesto.

La semana después de que los aviones fueran derribados, los exilados trataron de apurar a los Estados Unidos, esperando comprometer a los militares en algún tipo de acción contra Castro. Anunciaron que al siguiente sábado llevarían una flotilla de barcos desde Florida hasta la costa cubana para protestar por el derribo de los dos aviones. Clinton decidió la puesta en escena de la más grande exhibición de fuerza contra Cuba desde la Crisis de los Misiles, y envió un escuadrón de cazas F-15, once escampavías de la Guardia Costera, dos cruceros misilisticos de la Marina, una fragata de la Marina, dos aviones C 130, una bandada de Choppers, AWACs (Airborne Warning and Control System) y 600 guardiamarinas para apoyar a la flotilla.

Lo único que se olvidó de mandar fue remedio contra el mareo, que –al final– era lo único que los cubanos de Miami hubieran necesitado realmente. Sólo a 40 millas de Key West, los cubanos en los botes comenzaron a marearse, a vomitar y a rogar a sus pilotos que dieran vuelta los malditos yates y volvieran a Miami. Con el mundo entero mirando, los cubanos huyeron de nuevo con la cola entre las patas. Cuando llegaron al puerto, dieron una conferencia de prensa para explicar su retirada. El portavoz estaba todavía un poco mareado, y se podía ver cómo los periodistas se separaban de él, temiendo ser cubiertos por un «Linda Blair Special» en cualquier momento... «Una terrible tormenta se levantó en el mar», dijo el líder de la huida cubana mientras palidecía rápidamente. «¡Las olas tenían más de diez pies de alto, y tuvimos que volver o perder nuestros barcos!» Mientras así hablaba, algún genio creativo en la CNN comenzó a emitir imágenes aéreas de la flotilla rumbo a Cuba. El sol brillaba, el mar estaba calmo como un plato, y el viento soplaba gentilmente, si es que soplaba. Los reporteros en alta mar dijeron que luego de que las cámaras de la CNN se fueron, las aguas se pusieron «bastante duras». Sí, seguro, era por las carcajadas de Fidel, que se estaba cagando de la risa...


Este artículo apareció originalmente en inglés el 10 de abril 2004.












jueves, agosto 03, 2006

"Jim", de Roberto Bolaño





Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.














"La ciudad", de Konstantinos Kavafis

Traducción de Miguel Castillo Didier





Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón –como un cadáver– sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí”.

Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar –no esperes–
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
















miércoles, agosto 02, 2006

"La capacidad de pensar" (fgto), de Martin Amis



Ellas están allí y yo aquí –ellas son inertes, yo estoy vivo–, y sin embargo me producen ganas de vomitar, me revuelven el estómago; me siento como si un hijo mío hubiera estado fuera de casa mucho tiempo y comenzara a oscurecer. Es una práctica buena y apropiada. Porque lo haré montones de veces, vomitaré muchísimo, si las armas caen y yo sobrevivo. Todas las mañanas, seis días a la semana, salgo de mi casa y recorro en coche una milla hasta el apartamento donde trabajo. Durante siete u ocho horas estoy solo. Cada vez que oigo en el aire un gemido súbito o uno de los más atroces impactos de la vida ciudadana, o sirvo de huésped a cierto tipo de pensamientos indeseados, no puedo evitar preguntarme cómo sería. Supongamos que sobrevivo. Supongamos que no se me derriten los ojos en la cara, que no me toca el huracán de misiles secundarios en que hormigón, metal y cristal se han convertido bruscamente; supongamos todo esto. Me veré obligado (y es lo último que tendré ganas de hacer) a desandar la larga milla que me separa de mi hogar a través de la tormenta de fuego, los restos de los vientos de mil millas por hora, los átomos descarriados, los muertos envilecidos. Luego –Dios mediante, en caso de que todavía me queden fuerzas y, por supuesto, de que aún estén vivos– tendré que encontrar a mi mujer y mis hijos y tendré que matarlos.


Publicado en el volumen de cuentos Los monstruos de Einstein (1987).

martes, agosto 01, 2006

"La mirada de un genio", de Carlos Almonte





D
esde el frío cuarto del vecino, las hormigas caen lentamente traspasando el orificio hurgado con mis manos. La pared se ha restablecido. No hay escape, ya lo he comprobado. Entre un cuarto y otro su mirada se repite, y el recuerdo de sus labios blandos y calientes.

Con esfuerzo enciendo el cigarrillo que ahí se ve, eso que reposa tristemente entre mis labios. Permanezco inmóvil, como si en aquel acto destructivo me instalara entre su cuerpo de sureña larva cristalina. Sin embargo el ruido de nudillos en la puerta logra contraerme y me permite reflejar la transparencia.

Los demás orates en el patio cantan, bailan y enloquecen cada noche un poco más. Me pregunto si aquel humo viene de mi sexo tenso, o tal vez de un pensamiento, o una palabra.

Me revuelco, hiero y pinto con las uñas y la sangre mezclo en mi saliva y mi cabello. Dejo un signo negro como herencia, como altar enfermo, signo de su hálito y pisada.

Miro el vidrio roto y una mano que saluda hacia adelante.
Miro el rastro de la puerta hecha pedazos.
Miro una mirada obscena entre el polvo de ladrillos.

No saludo.
No controlo.
No la miro.

La energía se concentra en olvidar.











lunes, julio 31, 2006

"La mirada ausente (Foucault y Lacan en Brazil de Terry Gilliam)", de Fernanda Ramondo




El poder invisible

Tal como lo establece Michel Foucault (1976), en su análisis social de acuerdo con el funcionamiento del sistema carcelario en Vigilar y castigar, a partir del siglo XIX se ha asistido a la conformación de un nuevo tipo de estructura social que ha reemplazado a la antigua sociedad del espectáculo por una sociedad de la vigilancia sustentada en dispositivos disciplinarios que aseguran el control y la “normalidad” de los individuos que forman parte de ella.

Esta sociedad de vigilancia, podría llamarse también sociedad panóptica ya que reproduce la estructura y funcionamiento de poder de esa prisión ideal que el arquitecto Bentham ideara, para maximizar la eficacia y minimizar la economía del sistema carcelario: el panóptico. En efecto, según Foucault, “el panóptico (...) debe ser comprendido como un modelo generalizable de comportamiento; una manera de definir las relaciones de poder en la vida cotidiana de los hombres”.

En el panóptico, la mirada (su ausencia o presencia) es poder; en eso reside el secreto de su éxito. “Una construcción en forma de anillo en la periferia, con una torre central con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo; la construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción. Tiene dos ventanas, una que da al interior y otra al exterior, de tal manera que la luz atraviesa la celda de una parte a otra. Un vigilante en lo alto de la torre central, por el efecto de la contraluz, puede percibir cualquier movimiento de aquel que se encuentre en la celda. Cada prisionero es perfectamente individualizado y constantemente visible, mientras que, desde la celda, el reo no puede observar quien lo observa desde la torre (si es que lo observa alguien)”

A la luz de su descripción, el panóptico se presenta como un dispositivo que concentra su eficacia en la nueva articulación del eje ver y ser-visto (fundamental en todo sistema de vigilancia) que propone. En palabras de Foucault “el panóptico es una máquina de disociar la pareja ver-ser visto: en el anillo periférico, se es totalmente visto, sin ver jamás; en la torre central, se ve todo sin ser jamás visto”.

De esta manera, el individuo que forma parte de la estructura panóptica se sabe en un estado potencial de permanente vigilancia y eso garantiza su pasividad y control de movimientos. En el panóptico (en la sociedad que se constituye de acuerdo a su modelo) “la inspección (desde la posición de poder, o sea de quien vigila) funciona sin cesar. La mirada está por doquier en movimiento” aún sin estarlo realmente ya que el entero diseño del dispositivo induce a aquel que está dentro de él a “un estado consciente y permanente de visibilidad”. Poco importa quien es el sujeto o el objeto de esa mirada[1], la garantía de su posible existencia (reafirmada por la arquitectura de la construcción que privilegia la torre como sede del poder) alcanza para poner en marcha el engranaje, la relación dominante– dominado.

En una sociedad donde la multiplicación y complejización de las relaciones interindividuales puede atentar contra el normal desarrollo de la convivencia de los individuos, garantía del orden social, el esquema de poder propuesto por el panóptico, gracias a sus mecanismos de observación, penetra en el comportamiento de los hombres determinando sus tareas y sus conductas, asegurando dicho orden. El alcance del panoptismo, en este sentido, es ilimitado: “es capaz de reformar la moral, preservar la salud, revigorizar la industria, difundir la instrucción, aliviar las cargas públicas, establecer la economía como sobre una roca”; el panoptismo se desparrama en todos los niveles que conforman estructuralmente la sociedad con el objetivo de profundizar su desarrollo: “se trata de aumentar la producción, desarrollar la economía, difundir la instrucción, elevar el nivel de la moral pública; hacer crecer y multiplicar”.

No es de extrañar, entonces, que sea la sociedad moderna, más precisamente la sociedad capitalista (que exige el máximo rendimiento al menor costo), el reflejo (más o menos exacto) de un esquema panóptico; en términos marxistas, si los cambios en el modo de producción determinan los cambios sociales, en esta fase tardía del capitalismo, se exige una sociedad disciplinaria específica: “nuestra sociedad no es la del espectáculo, sino la de la vigilancia; bajo la superficie de imágenes, se llega a los cuerpos en profundidad (...) se persigue el adiestramiento minucioso y concreto de las fuerzas útiles (...) estamos en la máquina panóptica, dominados por sus efectos de poder que prolongamos nosotros mismos, ya que somos uno de sus engranajes”. Utilidad e imágenes, dos términos que definirán el siglo XX. El primero porque caracteriza al individuo moderno dentro del sistema: éste lo califica, lo incorpora en tanto sea un individuo útil. En este sentido el poder panóptico asegura la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema. Por otra parte, las imágenes debido al poder y desarrollo alcanzado por las comunicaciones han impuesto un cambio en la relación de los individuos con el mundo, al mismo tiempo que han multiplicado la mirada. Si la mirada se vuelve múltiple, los mecanismos panópticos del poder se intensifican, extienden sus redes y atraviesan a los individuos. En beneficio de su eficacia, puede decirse que imponen una fuerza de homogeneización que borra singularidades (cualquier individuo = individuo útil) ya que el individuo sólo se define (es alguien) en relación con el lugar que le otorga el poder.

Dentro de este panorama, la película Brazil de Terry Gilliam plantea un modelo de sociedad panóptica forzado hasta sus propios límites, de manera tal que encuentra una ruptura. Si bien parece ubicarse por su tratamiento visual dentro del género de ciencia ficción, el film, desde sus primeras imágenes invoca un anclaje con el presente, con la sociedad contemporánea: en un cartel se indica “en algún lugar del siglo XX”.

Sociedad utópica, tal vez, pero reconocible en sus singularidades, el ambiente donde se desarrolla la trama de la película sufre una interesante contaminación temporal - espacial; en Brazil, confluyen pasado, presente y futuro en la figura de sus objetos combinados para formar una sociedad “avanzada”, sustentada en una modalidad de poder que garantiza la distribución infinitesimal de sus relaciones: la disciplina.

En algún lugar del siglo XX “gracias” a la proliferación y al avance tecnológico, los mecanismos de poder se han intensificado, su aparato de control parece haberse perfeccionado. La mirada panóptica cuenta con numerosos aliados que garantizan su eficacia. Los ojos que vigilan se han multiplicado: los medios de comunicación contribuyen a afirmar esa fuerza de homogeneización que envuelve a los individuos. Las propias palabras de Foucault en su descripción de un sistema disciplinario sirven para describir el funcionamiento de esta sociedad: “Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, (...), en el que cada individuo está constantemente localizado, examinado, distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos (...) constituye un modelo compacto de dispositivo disciplinario”.

Ya sea en un restaurante o en las oficinas públicas el control de individuo se muestra permanente: un aparato detector revisa el cuerpo, un televisor registra los rostros, las computadoras permanentemente suministran información sobre los individuos, apenas sucede algo en el transporte de un individuo (Sam Lowry) el poder lo detecta. Hay siempre una mirada que lo abarca todo.

Una sociedad de control es en Brazil, también, una sociedad del orden y, como tal, del progreso (sólo en el orden es posible el progreso), pero de un progreso que sin embargo, parece no haber traído grandes ventajas y aparece como francamente ineficiente: todos los electrodomésticos sincronizados no ayudan a Sam Lowry a llegar temprano al trabajo, el aire acondicionado no funciona, las cirugías estéticas no son garantía de belleza, el aire puro o el cielo azul parece haber sido desterrado del planeta. Se impone una sociedad de la apariencia: la representación reemplaza a la realidad (en el restaurante, la comida servida se “traduce” en una foto), lo que los papeles enuncian valen más que cualquier realidad constatada (a Buttle lo llevan en el lugar de Tuttle porque así lo marca el formulario de turno y no hay reclamo que sea admitido).

En la sociedad de Brazil la burocracia es la cara visible del poder, sin detentarlo nunca por ella misma, asegura sus redes conformadas sobre la base de la circulación de información. Esta reviste capital importancia dentro del sistema de vigilancia ya que permite un pleno control y conocimiento de los individuos. La sociedad se nutre de información, la necesita siempre; por eso se destaca la importancia de un Ministerio de Información, único lugar físico de poder que aparece en toda la película. Las redes del poder son redes de información y a perpetuarlas y afianzarlas contribuyen tanto las máquinas (las computadoras y su infinita recepción de formularios) como los hombres (todos los empleados que trabajan en el Ministerio de Información, y los espías que persiguen a los sospechosos). De esta manera, tal como lo afirma Foucault, el individuo forma parte del engranaje del poder, lo afianza con su labor.

La burocracia es el lugar de la no-distinción. A nivel particular, también reproduce un modelo panóptico de organización; el aparato burocrático de Brazil se desarrolla interrelacionando distintos niveles jerárquicos, dividiendo el poder en departamentos (Antecedentes, Recuperación de Información, Extravío de información) que forman una cadena infinita de la cual no se sabe cual es el primer eslabón. El poder se ramifica y se multiplica, actúa y controla, pero no tiene centro, no hay una cabeza visible que lo detente efectivamente. Mr. Hepman y Mr. Kurtzman al frente de sus respectivos departamentos, son simples delegados circunstanciales de un poder que (si existe) permanece oculto. A medida que se sube en las jerarquías de dicho poder, sus mecanismos de control se hacen cada vez más indistinguibles: mientras que Antecedentes está invadida de seguridad, Recuperación (jerárquicamente más importante) está completamente vacío, con un único guardián que, sin embargo, parece tener todo bajo control.

Como en el panóptico, alcanza con el conocimiento abstracto de ese poder, que solo se especifica arbitrariamente a través de la burocracia (o sea de sus efectos), para que se vuelva efectivo. En este sentido se cumple la predicción foucaultiana de que el poder panóptico automatiza (los empleados de Antecedentes aparecen como trabajadores autómatas que esperan a que la mirada de mando –Mr. Kurtzman– desaparezca para evadirse consumiendo imágenes que el poder –los medios– proveen) y desindividualiza (no hay un rey); el poder es siempre visible en sus efectos (la burocracia, los secuestros, los grandes edificios estatales) pero nunca verificable concretamente (en tanto no hay una persona que lo ejerza, alguien que se responsabiliza por ese aparato): en suma, una mirada que no tiene dueño.

En la comunidad de Brazil, como sociedad panóptica, un poder basado en modalidades disciplinarias impone una fuerza de homogeneización que garantiza su efectividad, borra las singularidades, paradójicamente multiplicándolas: por una parte, el poder define la individualidad de las personas en tanto las clasifica, las jerarquiza, les otorga una utilidad, un lugar dentro del sistema, pero al mismo tiempo, les niega cualquier posibilidad de vivir esa singularidad que les concede. La organización reemplaza a los nombres por números (Jack es un número, los prisioneros son un número, el propio Sam es un número no bien entra a Recuperación de información), a los rostros por máscaras (las cirugías estéticas deforman los rostros, los torturadores usan máscaras, los detenidos son encapuchados, las fuerzas de seguridad esconden su rostro dentro de un traje negro). Alcanzando el mayor grado de perfección panóptica, esa fuerza homogeneizante se impone no sólo sobre las almas (a través de la imposibilidad de afirmar la singularidad)[2] sino también sobre los cuerpos. Testimonio de ello es la misma frase que se repite una y otra vez a lo largo del film: “¿Qué han hecho con su cuerpo?.”[3]


La mirada ausente
Foucault y Lacan

De acuerdo con lo expuesto hasta el momento, a diferencia de un sistema tradicional (la sociedad del espectáculo) donde los términos de la eficacia de un sistema de poder se miden por su presencia, por su visibilidad; en la sociedad de vigilancia los términos sufren un cambio transcendental y se definen por su ausencia, por su invisibilidad o, lo que es lo mismo (valga la paradoja), por su presencia ausente.

Como ya lo afirmara el detective Dupin de “La carta robada” de Edgar Allan Poe, la misma evidencia de un elemento, vuelve a este invisible a los ojos: “... Hay un juego de adivinación (...) que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada (...) cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extiendan con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos (...) escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes...”.

El poder (panóptico) puede contarse entre estos elementos: de tan visible (su “arquitectura” le asegura la visibilidad) es como si estuviera ausente.

Dicho en otros términos, el panoptismo “hace de modo que el ejercicio de poder no se agregue desde el exterior, como una coacción rígida o como un peso, sobre las funciones en las que influye, sino que esté en ellas lo bastante sutilmente presente para aumentar su eficacia aumentando al mismo tiempo sus propias presas” (Foucault:1976). El poder circula, decide, actúa, pero el individuo al que somete no es capaz de identificarlo concretamente. Su presencia evidente en todos los niveles de la vida social, su profusión de redes lo convierten en una ausencia aparente y le otorgan un estatuto de inaccesibilidad que garantizan su eficacia.

En el Seminario: “La carta robada” de E.A.Poe, Jacques Lacan (1983) afirma que todo poder legítimo, y cualquier poder en general, se asienta en el símbolo. El problema se presenta cuando no lo hace. A tal respecto, puede resultar pertinente establecer una analogía entre el análisis que de “la carta” (del cuento de Poe) hace Lacan y el esquema de poder panóptico. Al igual que éste, la “protagonista” del cuento de Poe es visible e inverificable, o sea, “escapa a la atención a fuerza de ser evidente”.

El poder, como la carta, “está ahí, disimulada en una especie de presencia-ausencia. Está ahí pero no está. En su valor propio sólo está ahí en relación con todo lo que ella amenaza, con todo lo que viola, con todo lo que escarnece, con todo lo que pone en peligro o en suspenso”. Es un significante en estado puro, al que no es posible rozar sin ser atrapado inmediatamente en su juego. Domina por sobre las particularidades individuales y la posición de los sujetos con respecto a él, ejerce un poder estructurante sobre los mismos; es decir, que los individuos se definen únicamente en relación a él. En palabras de Foucault, el poder marca, caracteriza al individuo dentro del sistema, determina quien es normal y quien no lo es y de acuerdo con ello, establece pautas de conducta.

Si la carta según Lacan es un arma de doble filo que basta con ponerla en juego para que sea aniquilada, su efectividad reside en no hacerlo, o sea, en no otorgarle ningún sentido simbólico.Por eso, la carta quiere pasar desapercibida para conservar su poder y se metamorfosea para lograrlo, escapando a la simbolización. Por su parte el poder hace lo mismo para garantizar el control y el orden necesarios para su perpetuación: su estrategia consiste entonces en multiplicar sus redes a tal punto de excluirlas del campo de lo simbólico. Como los policías de “La carta robada”[4], los individuos pierden la capacidad de “simbolizar” el poder en el que se hallan sumergidos. La situación de poder de la que participan, que en un principio se basaba en un juego de posiciones intercambiables[5], Se complejiza al extremo, y deja de contarlos entre sus detentores reales; se transforma en una situación de dominación que, sin embargo, el individuo no está capacitado de percibir como tal (por hallarse dentro de ella). Entonces, significante puro, ya no símbolo, el poder circula imperceptiblemente, actúa, define, determina, vigila, secretamente.Tomar conciencia de esta situación, es recuperar la capacidad de simbolización que el poder encierra, descubrirlo entre las redes, otorgarle un lugar dentro del lenguaje. A esto apunta el personaje de Sam Lowry en la película Brazil, y lo hace hasta sus últimas consecuencias, provocando la primera fractura aunque más no sea en el espacio de sus sueños, donde el poder estalla en mil pedazos (literalmente Recuperación de Información vuela con la bomba de Tuttle en el último, y quizás póstumo, sueño de Sam). Por esta razón para la sociedad panóptica, Sam traspasó los límites de lo permitido y es “un hombre perdido”, ya no es útil y sólo le queda la muerte.

Los mecanismos internos del panóptico precisan permanecer escondidos. La vigilancia “permanente, exhaustiva, omnipresente” de este poder omnisciente, hace todo visible a condición de volverse ella misma invisible. Solo estando indiscerniblemente ausente, como la carta, esa mirada (vigilante) es poderosa. Porque esa ausencia le permite desplazarse, traspasar paredes y expandirse, reafirmar ese campo estable y uniforme llamado fuerza de homogeneización, donde los individuos se confunden y se agrupan en un todo común.


La evasión del alma
El individuo frente al poder en Brazil de Terry Gilliam

La trama de Brazil puede leerse en su intento de proponer una ruptura (o tal vez simplemente una raspadura) de esa fuerza de homogeneización. Es la afirmación de la singularidad del individuo (Sam Lowry) a partir de (metafórica y literalmente) su capacidad de soñar.

Visualmente, dentro de una sociedad gris, donde domina la fría burocracia y el terrorismo (de Estado), el personaje de Sam Lowry se presenta a través de su sueño. Primera ruptura, aún a nivel individual, que lo diferencia dentro de ese campo uniforme e instala un principio de fuga.Es a través de sus sueños, fundamentalmente, que Sam Lowry acentuará la rasgadura en la fuerza de homogeneización, pasando primero por obstáculos que superará en la fantasía y que luego se confundirán con los de la vida real. De todos ellos el más importante es el enorme monstruo que se levanta entre él y Jill, clara metáfora del ese poder invisible que domina a los individuos. En efecto, el monstruo aparece y desaparece ante Sam, el combate es lento y desigual y la victoria final tarda en concretarse. Sam es vencedor; matando al monstruo no sólo ha reafirmado su voluntad de singularización sino que también ha comenzado a matar los alcances del poder sobre él mismo, como engranaje, como participante: aterrorizado Sam descubre que el monstruo tiene su rostro.

Paralelamente, en el plano de la realidad e influido por el espacio del sueño, Sam acentuará las líneas de fuga que lo caracterizarán. Segunda ruptura: Sam se opone a la voluntad materna y rechaza el ascenso. Tercera ruptura: aceptación de Tuttle que significa también la decisión de transgredir al sistema dándole protección a quien ese mismo sistema persigue porque considera peligroso. Tuttle representa la decisión consciente y puesta en práctica de destacarse del campo uniforme y darle la espalda al entero sistema de poder. Si éste borra cualquier tipo de singularidad fuera de sus dominios, Tuttle es la fuerza de singularización que lo desafía y lo amenaza y por eso hay que destruir. Es como la melodía de “Brasil” (que Tuttle canta) que acompaña los sueños de Sam como esa posibilidad, nunca perdida, de emergencia de una fuerza de heterogenización, del lugar de un individuo único y singular que se distingue más allá de la masa uniforme que requiere el poder.

Aún sin saberlo, Sam Lowry sigue los pasos de Tuttle pero se diferencia de éste porque lo impulsa el amor y no únicamente un inclaudicable espíritu de rebeldía. En la búsqueda de Jill, llegará la cuarta y fundamental ruptura con la fuerza de homogeneización propulsada desde el poder “panóptico”: mientras escapa con Jill, Sam, conscientemente, decide no acatar a la autoridad. La rasgadura se acentúa y se vuelve irreparable e insoslayable; a partir de ahí, Sam representa lo mismo que Tuttle, es una fuerza de singularización que atenta contra el sistema, como tal será perseguido.

Una vez que Sam rompe con esa relación institucionalizada que se establece entre el poder y el individuo, los sueños son reemplazados por la realidad: esa evasión del alma a través de los sueños ahora se concreta. Podría decirse que en la escena de amor entre Sam y Jill, ambos son individuos libres: han recuperado el poder sobre sus almas y sobre sus cuerpos.

El castigo no tarda en llegar, y el aparato de poder cae con todas sus fuerzas para reinstaurar el orden homogeneizante que ha sido quebrado. Pero el primer paso hacia la fractura fue dado, la primera debilidad del sistema ha aflorado a la luz en la posibilidad de uno de sus integrantes de liberar su alma. A Sam le aguarda la muerte, pero su última sonrisa es la de un hombre que ha conseguido, finalmente, escapar de la vigilancia y reconquistar su libertad, refugiándose en el sueño (emancipación del alma). Por eso la música de “Brasil” sigue sonando, esperanzadora, sobre los títulos finales. Por eso frente al Ministerio de Información un ángel, igual que Sam, llevando la palabra “Verdad” impresa en su pecho, levanta sus alas para emprender el vuelo.




[1] “Hay una maquinaria que garantiza la asimetría, el desequilibrio, la diferencia. Poco importa por consiguiente quien ejerce el poder” (205).
[2] “La relación de cada cual con su enfermedad y con su muerte pasa por las instancias de poder, el registro a que éstas las someten y las decisiones que toman”.
[3] Para Foucault el cuerpo es una fuerza de producción, inmerso en el campo político, las relaciones de poder operan sobre él.
[4] Según Lacan la policía, como poder, se basa en el símbolo, pertenece al orden de lo simbólico. Cuando entablan la búsqueda de la carta en la casa del ministro, van en busca de un símbolo y por eso jamás la encontrarán ya que dicho objeto pertenece a otro orden; es un significante puro.
[5] “Toda institución panóptica (...) podrá sin sificultad estar sometida a esas inspecciones a la vez aleatorias e incesantes (...) Cualquier miembro de la sociedad tendrá derecho a ir a comprobar con sus propios ojos como funcionan los hospitales, las escuelas, las fábricas, las prisiones (...) Se convierte en un edificio transparente donde el ejercicio de poder es controlable por la sociedad entera”.












"Diarios", de John Cheever

Fragmento




Sentado en las piedras frente a la casa, mientras bebo whisky escocés y leo a Esquilo, pienso en nuestras aptitudes. Cómo recompensamos nuestros apetitos, conservamos la piel limpia y tibia y satisfacemos anhelos y lujurias. No aspiro a nada mejor que estos árboles oscuros y esta luz dorada. Leo griego y pienso que el publicista que vive en frente tal vez haga lo mismo; que cuando la guerra nos da un respiro, hasta la mente del agente publicitario se inclina por las cosas buenas. Mary está arriba y dentro de poco iré a imponer mi voluntad. Ésa es la punzante emoción de nuestra mortalidad, el vínculo entre las piedras mojadas por la lluvia y el vello que crece en nuestros cuerpos. Pero mientras nos besamos y susurramos, el niño se sube a un taburete y engulle no sé qué arseniato sódico azucarado para matar hormigas. No hay una verdadera conexión entre el amor y el veneno, pero parecen puntos en el mismo mapa.











"Discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas", de Ernesto “Che” Guevara

Fragmentos



Señor Presidente, señores Delegados:
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Ya ha sonado la hora postrera del colonialismo y millones de habitantes de Africa, Asia y América Latina se levantan al encuentro de una nueva vida e imponen su irrestricto derecho a la autodeterminación y el desarrollo independiente de sus naciones.
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Nos sentimos con el derecho y la obligación de hacerlo debido a que nuestro país es uno de los puntos constantes de fricción, uno de los lugares donde los principios que sustentan los derechos de los países pequeños a su soberanía están sometidos a prueba día a día, y minuto a minuto y, al mismo tiempo, una de las trincheras de la libertad del mundo situada a pocos pasos de imperialismo norteamericano para mostrar con su acción, con su ejemplo diario, que los pueblos sí pueden liberarse y sí pueden mantenerse libres en las actuales condiciones de la humanidad.
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De todos los problemas candentes que deben tratarse en esta Asamblea, uno de los que para nosotros tiene particular significación y cuya definición creemos debe hacerse en forma que no deje dudas a nadie, es el de la coexistencia pacífica entre Estados de diferentes regímenes económico–sociales. Mucho se ha avanzado en el mundo en este campo; pero el imperialismo –norteamericano sobre todo– ha pretendido hacer creer que la coexistencia pacífica es de uso exclusivo de las grandes potencias de la tierra (...) No puede haber coexistencia pacífica entre poderosos solamente, si se pretende asegurar la paz del mundo. La coexistencia pacífica debe ejercitarse entre todos los Estados, independientemente de su tamaño, de las anteriores relaciones históricas que los ligara y de los problemas que se suscitaren entre algunos de ellos, en un momento dado.
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En la intervención que hubiera de hacer, a raíz de su primera visita a las Naciones Unidas, el compañero Fidel Castro advertía que todo el problema de la coexistencia entre las naciones se reducía al problema de la apropiación indebida de riquezas ajenas, y hacía la advocación siguiente: «cese la filosofía del despojo y cesará la filosofía de la guerra.»
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Nuestros ojos libres se abren hoy a nuevos horizontes y son capaces de ver lo que ayer nuestra condición de esclavos coloniales nos impedía observar; que la «civilización occidental» esconde bajo su vistosa fachada un cuadro de hienas y chacales. (...) Animal carnicero que se ceba en los pueblos inermes; eso es lo que hace el imperialismo con el hombre, eso es lo que distingue al «blanco» imperial.
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Quizás muchos (...) soldados, convertidos en subhombres por la maquinaria imperialista, piensen de buena fe que están defendiendo los derechos de una raza superior; pero en esta Asamblea son mayoritarios los pueblos que tienen sus pieles tostadas por distintos soles, coloreadas por distintos pigmentos, y han llegado a comprender plenamente que la diferencia entre los hombres no está dada por el color de la piel, sino por las formas de propiedad de los medios de producción, por las relaciones de producción.
...
Señor Presidente: uno de los temas fundamentales de esta Conferencia es el del desarme general y completo. Expresamos nuestro acuerdo con el desarme general y completo; propugnamos además, la destrucción total de los artefactos termonucleares y apoyamos la celebración de una conferencia de todos los países del mundo para llevar a cabo estas aspiraciones de los pueblos.
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Creemos necesario puntualizar que, además, debe también respetarse la integridad territorial de las naciones y debe detenerse el brazo armado del imperialismo, no menos peligroso porque solamente empuñe armas convencionales.
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Mientras los pueblos económicamente dependientes no se liberen de los mercados capitalistas y, en firme bloque con los países socialistas, impongan nuestras relaciones entre explotadores y explotados, no habrá desarrollo económico sólido, y se retrocederá, en ciertas ocasiones volviendo a caer los países débiles bajo el domino político de los imperialistas y colonialistas.
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Como es de todos conocido, (...) los Estados Unidos (...) nos obligaron a emplazar en Cuba en acto de legítima e irrenunciable defensa.
...
Hemos hecho todas las advertencias necesarias para que cesen las violaciones aéreas, así como las provocaciones que los marinos yanquis hacen contra nuestras postas de vigilancia en la zona de Guantánamo, los vuelos rasantes de aviones sobre buques nuestros o de otras nacionalidades en aguas internacionales, los ataques piratas a barcos de distintas banderas y las infiltraciones de espías, saboteadores y armas en nuestra isla.
...
Queremos paz, queremos construir una vida mejor para nuestro pueblo y, por eso, eludimos al máximo caer en las provocaciones maquinadas por los yanquis, pero conocemos la mentalidad de sus gobernantes; quieren hacernos pagar muy caro el precio de esa paz. Nosotros contestamos que ese precio no puede llegar más allá de las fronteras de la dignidad.
...
Queremos aclarar, una vez más, que nuestra preocupación por Latinoamérica está basada en los lazos que nos unen: la lengua que hablamos, la cultura que sustentamos, el amo común que tuvimos. Que no nos anima otra causa para desear la liberación de Latinoamérica del yugo colonial norteamericano. Si alguno de los países latinoamericanos aquí presentes decidiera restablecer relaciones con Cuba, estaríamos dispuestos a hacerlo sobre bases de igualdad y no con el criterio de que es una dádiva a nuestro gobierno el reconocimiento como país libre del mundo, porque ese reconocimiento lo obtuvimos con nuestra sangre en los días de la lucha de liberación, lo adquirimos con sangre en la defensa de nuestras playas frente a la invasión yanqui.
...
Los imperialistas se preparan a reprimir a los pueblos americanos y están formando la internacional del crimen. Los Estados Unidos intervienen en América invocando la defensa de las instituciones libres. Llegará el día en que esta Asamblea adquiera aún más madurez y le demande al gobierno norteamericano garantías para la vida de la población negra y latinoamericana que vive en este país, norteamericanos de origen o adopción, la mayoría de ellos. ¿Cómo puede constituirse en gendarme de la libertad quien asesina a sus propios hijos y los discrimina diariamente por el color de la piel, quien deja en libertad a los asesinos de los negros, los protege además, y castiga a la población negra por exigir el respeto a sus legítimos derechos de hombres libres?


(...) Debe quedar claramente sentado que el gobierno de los Estados Unidos no es gendarme de la libertad, sino perpetuador de la explotación y la opresión contra los pueblos del mundo y contra buena parte de su propio pueblo.
...
No hay enemigo pequeño ni fuerza desdeñable, porque ya no hay pueblos aislados. Como establece la Segunda Declaración de La Habana: «Ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo.

Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados; la van a escribir las masas progresistas, los intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América Latina. Lucha en masas y de ideas, epopeya que llevarán adelante nuestros pueblos maltratados y despreciados por el imperialismo, nuestros pueblos desconocidos hasta hoy, que ya empiezan a quitarle el sueño. Nos consideraban rebaño impotente y sumiso y ya se empieza a asustar de ese rebaño, rebaño gigante de doscientos millones de latinoamericanos en los que advierte ya sus sepultureros el capital monopolista yanqui.

La hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido, la vienen señalando con precisión también de un extremo a otro del Continente. Ahora esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el Continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir, porque ahora los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad o el tráfico de las ciudades, en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de corazones con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos casi quinientos años burlados por unos y por otros. Ahora sí la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia. Ya se los ve por los caminos un día y otro, a pie, en marchas sin término de cientos de kilómetros, para llegar hasta los «olimpos» gobernantes a recabar sus derechos. Ya se les ve, armados de piedras, de palos, de machetes, en un lado y otro, cada día, ocupando las tierras, afincando sus garfios en las tierras que les pertenecen y defendiéndolas con sus vidas; se les ve, llevando sus cartelones, sus banderas, sus consignas; haciéndolas correr en el viento, por entre las montañas o a lo largo de los llanos.

Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado, que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más. Esa ola irá creciendo cada día que pase. Porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los sometieron.

Porque esta gran humanidad ha dicho «¡Basta!» y ha echado a andar. Y su marcha, de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera e irrenunciable independencia.»

Todo eso, Señores Delegados, esta disposición nueva de un continente, de América, está plasmada y resumida en el grito que, día a día, nuestras masas proclaman como expresión irrefutable de su decisión de lucha, paralizando la mano armada del invasor.
...
Esa proclama es: Patria o muerte.



Discurso pronunciado el 11 de diciembre de 1964












"Desnudas huellas por el musgo", de Juan Carlos Villavicencio


(Canto muerto a mi hermana Coté i a su risa ausente)


Deje los montes y me vine al mar.

El eco de sus horas se adivina.
Reitera el viento su sonrisa de vidente amante
            i la nostalgia del destino en contra de su piel,
                                                            i las raíces.
Hay duendes perdidos ahora sin sus manos en el fuego.
Hay ausencia de sus trazos i hay reflejo entre la tierra
                                    que no es más i no entendió.
He ahí ella en el jardín gritando su sonrisa
            i la traición insoportable a las esferas.
Pero hay dioses i hay amigos guardando
                                                tus huellas por el aire.
Hay sátiros i ninfas sonriendo a la espera de tu voz
            asomada en la luz del sol o de tus noches,
insistiendo en verte repetida en las hojas de todos
            los manzanos i en tus ojos ahora fríos,
que empiezan a entibiar.










domingo, julio 30, 2006

"¿Hasta cuándo? -Sobre la agresión fascista de Israel-", de Eduardo Galeano

29 de julio, 2006




Un país bombardea dos países. La impunidad podría resultar asombrosa si no fuera costumbre. Algunas tímidas protestas dicen que hubo errores. ¿Hasta cuándo los horrores se seguirán llamando errores? Esta carnicería de civiles se desató a partir del secuestro de un soldado, que a su vez se había producido por detenciones y retenciones ilegales de parte de Israel. ¿Hasta cuándo el secuestro de un soldado israelí podrá justificar el secuestro de la soberanía palestina y del Líbano entero?

La cacería de judíos fue, durante siglos, el deporte preferido de los europeos. En Auschwitz desembocó un antiguo río de espantos, que había atravesado toda Europa. ¿Hasta cuándo seguirán los palestinos y otros árabes pagando crímenes que no cometieron? Hezbollá no existía cuando Israel arrasó el Líbano en sus invasiones anteriores. ¿Hasta cuándo nos seguiremos creyendo el cuento del agresor agredido, que practica el terrorismo porque tiene derecho a defenderse del terrorismo? Iraq, Afganistán, Palestina, Líbano… ¿Hasta cuándo se podrá seguir exterminando países impunemente?

Las torturas de Abu Ghraib, que han despertado cierto malestar universal, no tienen nada de nuevo para nosotros, los latinoamericanos. Nuestros militares aprendieron esas técnicas de interrogatorio en la Escuela de las Américas, que ahora perdió el nombre, pero no las mañas. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando que la tortura se siga legitimando, como hizo la Corte Suprema de Israel, en nombre de la legítima defensa de la patria? Israel ha desoído cuarenta y seis recomendaciones de la Asamblea General y de otros organismos de las Naciones Unidas. ¿Hasta cuándo el gobierno israelí seguirá ejerciendo el privilegio de ser sordo?

Las Naciones Unidas recomiendan pero no deciden. Cuando deciden, la Casa Blanca impide que decidan, porque tiene derecho de veto. La Casa Blanca ha vetado, en el Consejo de Seguridad, cuarenta resoluciones que condenaban a Israel. ¿Hasta cuándo las Naciones Unidas seguirán actuando como si fueran otro nombre de los EE.UU.? Desde que los palestinos fueron desalojados de sus casas y despojados de sus tierras, mucha sangre ha corrido. ¿Hasta cuándo seguirá corriendo la sangre para que la fuerza justifique lo que el derecho niega? La historia se repite, día tras día, año tras año, y un israelí muere por cada diez árabes que mueren. ¿Hasta cuándo seguirá valiendo diez veces más la vida de cada israelí?

En proporción a la población total, los cincuenta mil civiles, en su mayoría mujeres y niños, muertos en Iraq, equivalen a ochocientos mil estadounidenses. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando, como si fuera costumbre, la matanza de iraquíes, en una guerra ciega que ha olvidado sus pretextos? ¿Hasta cuándo seguirá siendo normal que los vivos y los muertos sean de primera, segunda, tercera o cuarta categoría?

Irán está desarrollando la energía nuclear. ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que eso basta para probar que un país es un peligro para la humanidad? A la llamada comunidad internacional no le angustia para nada el hecho de que Israel tenga doscientas cincuenta bombas atómicas y que sea un país que vive al borde de un ataque de nervios, cosa de sobra demostrada. ¿Quién maneja el peligrosímetro universal? ¿Habrá sido Irán el país que arrojó las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki? ¿De qué nos habremos perdido que no nos enteramos?

En la era de la globalización, el derecho de presión puede más que el derecho de expresión. Para justificar la ilegal ocupación de tierras palestinas, la guerra se llama paz. Los israelíes son patriotas y los palestinos son terroristas, y los terroristas siembran la alarma universal. ¿Hasta cuándo los medios de comunicación seguirán siendo miedos de comunicación? Esta matanza de ahora, que no es la primera ni será, me temo, la última, ¿ocurre en silencio? ¿Está mudo el mundo? ¿Hasta cuándo seguirán sonando en campana de palo las voces de la indignación?

Estos bombardeos matan niños: más de un tercio de las víctimas, no menos de la mitad. Y quienes se atreven a denunciarlo son acusados de antisemitismo. ¿Hasta cuándo seguiremos siendo antisemitas los críticos de los crímenes del terrorismo de estado? ¿Hasta cuándo aceptaremos esa extorsión? ¿Son antisemitas los judíos horrorizados por lo que se hace en su nombre? ¿Son antisemitas los árabes, tan semitas como los judíos? ¿Acaso no hay voces árabes que defienden la patria palestina y repudian el manicomio fundamentalista?

Los terroristas se parecen entre sí: los terroristas de estado, respetables hombres de gobierno, y los terroristas privados, que son locos sueltos o locos organizados desde los tiempos de la guerra fría contra el totalitarismo comunista. Y todos actúan en nombre de Dios, así se llame Dios, Jehová o Alá. ¿Hasta cuándo seguiremos ignorando que todos los terrorismos desprecian la vida humana y que todos se alimentan mutuamente? ¿No es evidente que en esta guerra entre Israel y Hezbollá son civiles, libaneses, palestinos, israelíes, quienes ponen los muertos? ¿No es evidente que las guerras de Afganistán y de Iraq y las invasiones de Gaza y del Líbano son incubadoras del odio, que fabrican fanáticos en serie?

Somos la única especie animal especializada en el exterminio mutuo. Destinamos dos mil quinientos millones de dólares, cada día, a los gastos militares. La miseria y la guerra son hijas del mismo papá: como algunos dioses crueles, come a los vivos y a los muertos. ¿Hasta cuándo seguiremos aceptando que este mundo enamorado de la muerte es nuestro único mundo posible?










sábado, julio 29, 2006

"La cruz de Aníbal", de Juan Carlos Villavicencio





Delenda est Carthago
Catón el Viejo

Fríos atardeceres de tantas horas de batalla,
a través de rocas i vientos,
distancias inocentes para la sangre que luego
            ofrecería a una sacerdotisa astral.
Griega o fenicia de azul i delgada silueta
            le muestra las cartas de luna, sacrificio
            i extraño retorno a la angustia de elefantes
                        sobre el hielo: militares calaveras.
Ya sabe del azar i sus pesares,
mas no olvida tal camino, ni las muertes, ni la propia.
Sus manos se derriten ante los ojos de féminos fuegos
            i se entrega –nuevamente— a ella,
esperando nacer a la condena de otro juramento.







* Catón el Viejo terminaba todos sus discursos con esta frase, que significa «Cartago debe ser destruida». En realidad, la raíz de la palabra delenda significa «borrar», como en el inglés delete, o las palabras españolas indeleble y deletéreo.









"Una visión del mundo", de John Cheever




Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. Al final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.

Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí:

6 huevos
entremeses

Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. A1 frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.

Pero mi esposa estaba triste.
–¿Qué pasa, querida? –pregunté.
–Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión –dijo–. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. –Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.

Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Porsiemprejamás soplando burbujas, Louisville Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.

Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:

–¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmeda? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... –Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.

Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio –un indicio de la proximidad de la costa china–. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego–dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.

El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: –Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.– Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.

Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:

–Ra, ra, ra –gritaron–. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.

Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase –en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir– se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.

Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado –quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota. No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:

–¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! –Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.









Publicado en The New Yorker, el 29 de septiembre de 1962.