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miércoles, agosto 17, 2016

“The Hours y Breaking Glass, resistiéndose a la ausencia", de Alida Mayne-Nicholls






“Ahora, entre las ruinas, es la tinta la única que resiste la embestida de la ausencia” (“The Poet Acts”, p. 9). Esta línea pertenece al primer poema de The Hours, uno de los textos de Juan Carlos Villavicencio sobre los cuales escribo en esta oportunidad. Y digo líneas, porque estos poemas están escritos en prosa. Ante esto planteo dos recuerdos. El primero corresponde a una clase sobre poesía: un alumno me preguntaba cómo sabemos si estamos leyendo poesía cuando nos encontramos frente a un texto escrito en prosa. El segundo es un recuerdo sobre mi hijo, que en kínder tenía que identificar por qué las palabras que estaban desplegadas en su libro eran una poesía. A mi hijo le habían enseñado que la poesía se escribe en versos, es decir, en líneas relativamente cortas: el poema se extiende hacia abajo y no hacia el costado. Pero, como bien intuía mi alumno universitario, eso no es suficiente. La poesía trata de la construcción de imágenes, del decir para connotar, de un ritmo distinto al de la narrativa… Podría seguir en esa lista, por supuesto. Y hago esta suerte de breve introducción porque la prosa poética no es común, no lo es en Chile, al menos; tampoco en las clases. Los poemas de Villavicencio son breves, a veces apenas un par de líneas, extendidos hacia el lado. Pero lo que semejan no es un texto narrativo, sino el paso de las horas, constante. Entre las ruinas, en la ausencia, las horas no dejan de pasar, no nos esperan; se despliegan en forma constante como las palabras de estos poemas, que no se detienen en cada línea, sino que se extienden hasta el punto final. Porque si en algo tiene razón la voz de estos textos es que la tinta es la única capaz de resistirlo todo.

The Hours está inspirado en la obra homónima de Philip Glass. El título de cada pieza de la obra musical es también el título de cada uno de los poemas. Pero esto no se trata de una poetización de la música ni tampoco de una relectura poética de la novela de Michael Cunningham (o de la película de Stephen Daldry). Villavicencio no se engolosina con los intertextos, sino que son el punto de partida para una obra propia, personal, en que podemos adivinar una historia de pérdidas, de lejanías, de dolor; en que la voz poética trata de reconstruir algunos pocos recuerdos, algunas pocas emociones que todavía logran escapar de los despojos, del paso de las horas a tal punto que la voz llegará a decir, finalmente, que “La ausencia ahora es necesaria” (p. 35).

Una imagen que aparece una y otra vez en The Hours es la del espejo, desde uno de los epígrafes que cita justamente a Cunningham, quien advierte que “el espejo es peligroso”. Breaking Glass es el título del segundo poemario del cual hablaré. Se trata de una obra firmada en parte por Villavicencio y en parte (de hecho, la otra mitad, partiendo desde el lado opuesto del libro) por Carlos Almonte. El libro como objeto nos remite de inmediato a la idea del espejo y de su reflejo contrario. También se trata de poemas escritos en prosa, lo que nos habla de una poética por parte del autor. La imagen del espejo se relaciona aquí con la ausencia: “El espejo de uno mismo, de aquel cadáver que no aceptamos saber muerto i que respira […]” (31). Ese es el espejo peligroso, el que guarda apenas una sombra de lo que somos, de lo que vivimos, de lo que experimentamos. Y cuando este espejo se rompe, ¿qué resta? Apenas la certidumbre de que solo era un reflejo. En su poema “Mirror”, Sylvia Plath escribía: “La mayor del tiempo yo medio en la pared opuesta”. Y aunque su espejo es plateado y exacto, nos da cuenta también de un reflejo –un recuerdo, una sombra, una ruina– que no puede asirse.

Por supuesto el título del poemario nos habla de un cristal, no de un espejo. De un cristal roto. Es fácil traer a la mente la idea de “en caso de… rompa el vidrio”. Lo que encontramos del otro lado del vidrio es la otra parte del poemario. Pero no debemos olvidar que un cristal, un vidrio o un espejo roto dejan múltiples restos desplegados en el suelo, como en la canción de David Bowie: “Baby, I’ve been / breaking glass / in your room again”. Pero mientras el hablante en la canción dice “No mires la alfombra”, que asumimos ha recogido en ella todos los pedazos esparcidos; estos poemarios nos invitan a mirar el suelo, a ver los restos del cristal, a leer los restos del cristal. Mientras Villavicencio lo hace insinuando, Almonte utiliza un lenguaje más concreto: “Un respiro que se pudre, además del viento y la sombría lluvia que se pierde entre los que ya se han ido” (31). ¿Cuál es la imagen real y cuál es el reflejo? Los dos y ninguno. En palabras de Villavicencio: “El espejo ya invertido revive la posibilidad de otros fuegos que se ciernen como actos de fe” (44). Así el objeto se convierte en reflejo y el reflejo en objeto, esparcidos en poemas que fluyen, se extienden y, aunque hablan sobre los restos y la ausencia, se resisten a ambos ofreciendo nuevas posibilidades, nuevas lecturas.





en Publimetro, 16 de enero 2016





The Hours. Juan Carlos Villavicencio. Santiago: GrilloM, 2012.
Breaking Glass. Carlos Almonte y Juan Carlos Villavicencio. Santiago: GrilloM, 2013.












martes, agosto 02, 2016

“TV”, de John Forbes






no te molestes en contarme sobre los programas
en describir cómo es tu televisor la funda la
pantalla curvada su franja de quietud blanca como
arena de playa en pozas en las que los animales bajan
a beber y un cazador nativo oculta sus
músculos, equilibrándose en una lanza incitada por el fuego
hasta que el repentino zumbido de la cámara oculta
de un antropólogo hace que las gacelas escapen saltando en
su delicado movimiento en cámara lenta atrapado en la película
a pesar del impulsivo asesinato del desafortunado Doctor
Mathews cuyo cuerpo fue encontrado tres meses después
intactas la película y la cámara salvo por un débil
moho verde en su funda de cuero hecha a mano



en Collected poems 1970-1998, 2001



Traducción de Carlos Almonte

Fotografía: Alan Wearne (izquierda) y John Forbes (derecha)






 

dont bother telling me about the programs / describe what your set is like the casing the / curved screen its strip of white stillness like / beach sand at pools where the animals come / down to drink and a native hunter hides his / muscles, poised with a fire sharpened spear / until the sudden whirr of an anthropologist’s / hidden camera sends gazelles leaping off in / their delicate slow motion caught on film / despite the impulsive killing of unlucky Doctor / Mathews whose body was found three months later / the film and the camera intact save for a faint, / green mould on its hand-made leather casing







miércoles, julio 27, 2016

“Rolando Cárdenas, ¿poeta lárico?, sobre El viajero de las lluvias”, de Manuel Illanes






La reciente publicación de El viajero de las lluvias (Descontexto Editores, 2015, 126 páginas),  antología realizada por Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte de la obra poética de Rolando Cárdenas, permite realizar algunas consideraciones en torno a la figura del escritor magallánico,  particularmente sobre su categorización en tanto poeta “lárico”, idea que se  ha impuesto en el medio literario chileno desde la aparición de “Los  poetas de los lares: nueva visión de la realidad en la poesía chilena”, artículo publicado por Jorge Teillier en el boletín de la Universidad de Chile, en 1965, en que el nombre de Cárdenas aparecía asociado al de una serie de escritores como Efraín Barquero, Alberto Rubio y Alfonso Calderón -entre otros- como representante de una corriente “lárica” que se habría manifestado en la poesía de mediados de los 60’ en nuestro país.

En primer lugar, este libro viene a llenar un vacío instalado alrededor de la obra de Cárdenas, cuya poesía no parece concitar el interés editorial y crítico que textos de contemporáneos suyos tales como el mismo Teillier, Armando Uribe, Miguel Arteche y Alberto Rubio, por mencionar algunos nombres, sí han recibido. Este muro de silencio levantado en torno a su poesía sólo había sido roto anteriormente por la publicación de la Obra Completa (Ediciones La Gota Pura, 1994, 220 páginas), libro que justamente se había propuesto reunir en un volumen su corpus poético para rescatar del olvido el trabajo realizado por el escritor  nacido en Punta Arenas.

El viajero de las lluvias recopila textos de todos sus libros  (Tránsito breve, En el invierno de provincia, Poemas migratorios, Qué, tras esos muros y Vastos imperios) a excepción de Personajes de mi ciudad, texto publicado en forma artesanal en 1964, además de incluir dos entrevistas realizadas a Cárdenas en La Nación y Las Últimas Noticias durante 1972 y 1975 respectivamente. A lo anterior se agrega una “Visión de Rolando Cárdenas” de Jorge Teillier, extraída del libro Conversaciones con Jorge Teillier, de Carlos Olivárez, que cierra el volumen. La estructura del texto, por lo mismo, nos da un panorama global del quehacer poético de Cárdenas y de las influencias que determinaron su desarrollo desde la publicación de Tránsito breve en 1959.

Hay que hacer notar que en los poemas seleccionados de su primer libro (Tránsito breve) y en algunos del segundo (En el invierno de la provincia) se aprecian claramente muchas de las características que Teillier designa como definitorias de lo “lárico”, de acuerdo a su señero artículo: el interés por el paisaje, el rescate de las tradiciones locales, el “realismo secreto”, la constitución de una poesía con un interés marcado en comunicar a sus lectores, la nostalgia de la edad de oro, etc. Sin embargo, ya en este segundo libro encontramos rasgos que permiten afirmar que existe una inflexión, una distancia respecto de este programa poético que Teillier había construido, primeramente, para su propio trabajo: el aliento que recorre poemas como “Tierra del  Fuego”, “Fueguinos”, “Antepasados” es, sin temor a equivocarnos, de un temple épico; esta noción  -con todo lo que implica en términos de amplitud y expansión, de construcción de un sujeto heroico-, que parece alejarse completamente del concepto establecido acerca de lo lárico (idea que más bien parece traducirse como una caricatura del viejo tópico del “menosprecio de la corte y alabanza de la aldea”), encuentra en Poemas migratorios su expresión más acabada - aunque en sus libros posteriores siga insistiendo con dicho estilo: para Cárdenas la tarea de poetizar el paisaje magallánico, comprende, en su base, el acto de realizar la crónica de las distintas fundaciones que han permitido el establecimiento de la comunidad que ocupa actualmente el  inmenso territorio que limitan glaciares y canales; en ese sentido, la poesía de Cárdenas se interesa por el tema del éxodo, de la migración, que encuentra en la figura de fueguinos y chilotes (que a comienzos del siglo XX se dirigieron por cientos hacia estas regiones extremas), un símbolo privilegiado, y busca dar cuenta de estos movimientos en tanto su devenir es lo que explica el surgimiento de esta comunidad.

La referencia obvia aquí, a mi entender, es  la Anábasis del poeta guadalupano Saint John Perse, de quien el mismo Cárdenas se declaraba admirador; confesión que, a pesar de constatarse en una de las entrevistas que aparecen en este volumen, amén de en el epílogo del texto (“Visión de Rolando Cárdenas”), ha sido completamente ignorada por la crítica, para la que es más fácil seguir clasificando a Cárdenas en la categoría de lo “lárico”, sin más,  dejando a un lado las diferentes apropiaciones y tensiones que este mismo concepto puede ofrecer.

La influencia de S. J. Perse puede comprobarse no sólo en la obra del poeta magallánico; en el marco de la poesía chilena de los 60, vates como Efraín Barquero y Alfonso Alcalde muestran en alguno de sus textos más famosos (El viento de los reinos, El panorama ante  nosotros) idéntico impulso épico que el que atraviesa la poesía del guadalupano. La aproximación que ellos tienen a este tono, sin embargo, se desarrolla de una manera muy sutil: a diferencia de lo que sucede en el Canto General de Neruda, por ejemplo, en que éste construye un universo donde el sujeto heroico está delineado con claridad, Barquero, Alcalde (y Cárdenas, habría que agregar) son mucho más sensibles a los claroscuros, a una voz poética cercana a lo terrestre y no al “gran canto” nerudiano, aquel de las Alturas de Macchu Picchu.

La importancia de El viajero de las lluvias para mostrar la vigencia de la obra del poeta magallánico, por lo mismo, es fundamental; este libro registra las diferentes dimensiones que adquiere la poesía de Cárdenas, su cercanía y distancia respecto del concepto de “larismo” instalado por Teillier en el centro de la discusión literaria, además de mostrarse como un antecedente válido en el desarrollo de ciertas poéticas nacionales, tal como la publicación en 2008 de “El cementerio más hermoso  de Chile”, por Christian Formoso, manifiesta palmariamente. En dicho libro, Formoso intenta reconstruir la memoria histórica de las tierras del extremo sur, en un movimiento que, consciente o inconscientemente, replica la búsqueda emprendida por Cárdenas desde mediados de los 60’. Se verifica así, para completar el círculo, el influjo que su obra tiene en las nuevas generaciones de poetas chilenos.



Ciudad de México, julio del 2016









martes, julio 26, 2016

"El destino de Shakespeare", de Jorge Luis Borges


Celebrando los 10 años de Descontexto Blog, carajo.




A diferencia de Dante, a diferencia de James Joyce, a diferencia de Flaubert (sé que esta progresión es descendente), Shakespeare, como Cervantes o Montaigne, nunca se propuso escribir una obra maestra. Lo movía el estímulo de las tablas. Inventó caracteres para que la gente aceptara argumentos que lo tenían sin cuidado. Ahora, creemos en Hamlet y no en las deleznables intrigas de la corte de Dinamarca; de un modo análogo, creemos en Alonso Quijano y no en los melancólicos percances que su crónica le atribuye. Casi podríamos decir que Shakespeare no se dedicó a la Literatura. Trabajaba para el presente, no para el tiempo.

El movimiento romántico, cuya fecha oficial en Inglaterra y en Alemania s 1798, lo canonizó, es decir, hizo que lo leyéramos como si el azar no tuviera parte en sus páginas. Que yo sepa, el único disidente fue Byron, que afirmó que un pequeño templo de mármol (la obra de Alexander Pope) es superior a una montaña de escombros (la obra de Shakespeare).

Conocemos a Hamlet y al Rey Lear, pero no a William Shakespeare. Sospecho que su extensa gloria póstuma lo habría sorprendido, pero no lo habría interesado. Acaso para él, como para Próspero, todo está hecho de madera de sueños.

Temo no haber sido justo con Shakespeare. Para reparar esa culpa, me permito exhumar el fin de una parábola que di a la imprenta hace veinte años:

«La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueños estás tú, que como yo eres muchos y nadie».



Buenos Aires, trece de diciembre de 1980















martes, julio 19, 2016

“Toilette”, de Paul Éluard







Entró en su habitación para cambiarse, mientras el agua cantaba sobre el fuego. Una brisa, desde la ventana, golpeó la puerta tras ella. Un breve instante pulió su extraña desnudez, correcta y blanca. Luego se deslizó en el vestido de viuda.



Elle entra dans cha chambrette pour se changer, tandis que sa bouilloire chantait. Le courant d’air venant de la fenêtre claqua la porte derrière elle. Un court instant, elle polit sa nudité étrange, blanche et droite. Puis elle se glissa dans une robe de veuve.



en Poner ante la vista, 1939



Versión de Carlos Almonte







sábado, junio 18, 2016

“El sueño de Chuang Cheng”, de Li Po







En sueños, Chuang Chen se convierte en mariposa
y la mariposa vuelve a ser Chuang Chen.
Un único cuerpo toma formas diversas.
Las cosas, aquí abajo, son inciertas.
¿Quién sabe si el agua de Pen-lai
no proviene de un humilde arroyuelo?
El que hoy cultiva melones en el campo
era ayer un duque en la ciudad.
La nobleza y la fortuna son así... fugitivas.
¿Hacia dónde corres y qué deseas?



en Poemas (Pehuén Editores), 2001

Versión de Carlos Almonte