jueves, febrero 27, 2020

“Epílogo” (de ‘La ciencia de la tristeza’ de Darío Galicia), de Mario Raúl Guzmán





UNO
Hijo de Felipa Piñón y José Galicia, el poeta Darío Galicia nació en la Ciudad de México el 24 de julio de 1953. Estudió danza y literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ganó un premio literario en la revista estudiantil Punto de partida, obtuvo la beca “Salvador Novo” y empezó a publicar textos en revistas y suplementos culturales. Su primer poemario, Historias cinematográficas (Universidad Autónoma de Puebla, Colección Asteriscos, México, 1987, 68 p.), contiene 24 poemas en un índice corrido. El segundo, La ciencia de la tristeza y otros poemas (UNAM, Textos de Difusión Cultural/Serie La Huerta, México, 1994, 81 p. Ilustraciones de José García Ocejo y prólogo de Isabel Fraire), agrupa 32 poemas en tres secciones: “La ciencia de la tristeza”, “Historias cinematográficas” y “Otros poemas”. En la edición de la UNAM se incluyen 10 poemas de la edición de la UAP: “Poema solar”, “Canto a la bella musa”, “Arte poética”, “Ara Celi”, “Edipo mira (1)”, “Blues para el retrato de un muchacho proletario”, “Western urbano: Billy the Kid o la otra cara de la moneda”,  “1000 millas por hora”, “VI. Evocaciones marinas”, “Ayer soñé a Vera Larrosa”.  Los 14 restantes son “Espacio”, “Graffiti”, “Canción inocente de Jane y Jim”, “J/J”, “Jóvenes afroditas”, “Canción de amor de Jane y Jim”, “William Blake”, “Noticia”, “Cuento de hadas”, “Esto no es un tour de force”, “El viaje”, “Cuento de hadas Nº 2: composición musical ultramarina”, “Usura” y “Velocidad, vapor y sueño”. Todos han sido incorporados en la sección “Historias cinematográficas” de este volumen de Ediciones Sin Fin, por voluntad expresa del autor. Así, esta nueva edición recoge sus dos títulos íntegros y añade tres poemas: “Adolescencia”, publicado en una fecha por precisar en el suplemento “sábado” del diario unomásuno; “Un borrador” procedente de la revista Rimbaud vuelve a casa (núm. 1, Barcelona, 1977) que dirigían sus amigos Roberto Bolaño y Bruno Montané y “Obra de arte”, acaso inédito o al menos casi desconocido; una sobrina del poeta encontró hace unos días el texto en una hoja mecanoescrita entre cajas y restos del naufragio. Los editores lo incorporan con alborozo. (Irán reapareciendo más poemas y traducciones de Darío, es de preverse, sobre todo cuando este libro comience a circular y más amigos participen en este redescubrimiento. Entrarán en una segunda edición o quizá lleguen a buen puerto en otro barco).

DOS
Mario Santiago incluyó a Darío Galicia en la breve antología Seis jóvenes infrarrealistas mexicanos (selección e introducción de M. S., en Plural, núm. 63, diciembre de 1976). Roberto Bolaño hizo lo propio en Los nuevos caminos de la poesía mexicana (selección y textos de presentación de R. B., en Hora de poesía, núm. 9, mayo-junio de 1980). La presencia de Darío en ambos trabajos no prueba su estirpe infrarrealista, pero sí que sus amigos lo tenían en alta estima, y más. Lo de Santiago se publicó en la Ciudad de México y lo de Bolaño en Barcelona; aquí y allá la intención era poner de relieve la afinidad que los infras sentían por la poética transgresora y desafiante de Galicia. El tono exasperado y vehemente de su “Autobiografía: mándeme a la silla eléctrica”, poema con el que abre La ciencia de la tristeza, podría esgrimirse como prueba de la proximidad poético-política de Darío y los infras; pero ese tono vehemencial es infrecuente en él y, si leemos con rigor, tampoco es rasgo primordial en los infrarrealistas destacados. Al igual que en Darío, sus registros son más diversos y complejos de lo que suponen quienes los juzgan sin haberlos leído a fondo. Mil relatos dan testimonio de la simpatía y el cariño que los jóvenes del movimiento infrarrealista prodigaron a Darío, y, en este sentido, resulta irrelevante precisar si él es infra o no. No lo era, pero en más de un sentido sí que lo era. Él mismo, en los años noventa, cuando aquella fraternidad rebelde era ya seco pastizal a punto de ser devorado por las llamas de esta que es una época ruinosa, como de tierra erosionada, solía negar en serio pero en broma que fuese infra. Y ultimadamente lo que aquí nos congrega es la poesía de Galicia no sus filias –sus fobias menos.

TRES
En la poesía de Darío Galicia prevalece el anhelo de confraternizar. Una y otra vez el afán por anudar los lazos que comunican al amor con los amantes se manifiesta tal como si se tratase de entidades en comunión corpórea, cuerpos sexuados cuya encendida cercanía es pertinaz celebración de vida. En el radar de la lectura flota la fantasía de tres ejemplos: 1) “Ahora tomo tu mano/ Y relampaguea el poema”; 2) “Existiremos como dos cuerpos enlazados,/ dormidos en una nube,/ que es el tálamo invernal,/ con brisa oscura y pasión vertiginosa”; 3) “Sobre mi cuerpo llevo/ la memoria de tu tacto/ Y en mis manos reina/ la alegría de tu cuerpo”. Lo que en plenitud se ata y el infortunio desata, luego el arte reconstituye por la vía de la síntesis: “Dos melenas separadas/ son ya la unidad de mi poema”.

CUATRO
El recurso de la ambigüedad es eficazmente utilizado por Darío en poemas que en su momento fueron elogiados como reivindicación de su orgullo homosexual. “Darío Galicia, viuda de Novo”. Esa forma de presentarse era su empática manera de comenzar un diálogo o escandalizar a algún intruso, según. En algo más que extravagancias tipográficas y juegos de palabras él gustaba de poner de relieve no la sexualidad del cuerpo sino los avatares de la identidad de género, su construcción inconclusa. Con palabras sibilinas o con una sonrisa ambivalente solía poner en duda las afirmaciones inamovibles, pétreas, en la bañera azul o rosa de lo que siendo pequeñitos se supone que seremos. Cuestiona, en líneas que rayan intempestivamente el poema, el autoritarismo lingüístico de la heterosexualidad obligatoria. ¿Qué es lo que deseamos en términos de placer?, ¿cómo podemos intuir la dimensión imaginaria del deseo?, ¿cómo desmontamos las categorías que esclavizan, el discurso que oprime? En “El viaje” –una exploración de las posibilidades estéticas de la pérdida del sentido de la realidad y, a un tiempo, alucinaciones en clave de ciencia ficción, de bella coherencia interior–, Darío formula su heterodoxia como si ensayara una descripción de la convivencia en Utopía, impensable sin la comprensión de que el género no está escrito de una vez y para siempre sobre el cuerpo. Que los que saben de este tema digan hasta qué punto Darío fue pionero de semejante inteligencia en un medio tan machista como el mexicano. Que digan qué intuiciones suyas prosiguen por el camino de lo que desemboca en una acción político-poética en liza contra lo socialmente reglamentado.

CINCO
Las alas de la cursilería rozan las mejillas de su poesía más de una vez. Darío, acaso por no rehuir su contacto, sale bien librado. No hay escozor en la piel tras admitir incluso cierto toque decadentista. No haremos el inventario de sus objetos, pero asombra ver en algunos poemas chácharas que provienen del salón victoriano. Un dandy en las Islas de Ciudad Universitaria no está para espantarse al cruzar “un bosque de ternura” y contemplar “un lago de miel puro y transparente”. ¡Zas! ¿Quién si no Darío iba a resignificar cosas como escudos de heráldica, torres de jade, ostras y champaña, caracolas de mar, guirnaldas y camafeos en un escenario tan heterogéneo como su juguetona imaginería? ¿Quién entre los jóvenes poetas de los años setenta y ochenta iba a atreverse a celebrar con una amiga “una conversación alrededor de/ 2 tazas de té” en el aguerrido y proletario DF? ¿Quién si no él iba a asestar a un poema suyo el título de “La divina cítara de la amistad” y de inmediato hacer callar las burlas de sus lectores con el primer verso: “Habito la palabra antigua”. ¡Ahh, dioses del Logos! ¿Quién si no Darío se desplaza sin bronca entre los extremos: “Llevo mi cuerpo cubierto con harapos y exquisitos adornos”? Díada que preserva aun por paradoja en el quebranto aneurísmico.

SEIS
El poema ideal, para el común de los autores mexicanos ligados al régimen priista, podía darse el lujo de ignorar la ciudad concreta. Un poema de Darío no. Suyo es el testimonio de que a las 9 de la noche “el humo de las fábricas cercanas/ ha llenado mi habitación”. Unidades habitacionales destartaladas, el drenaje corroído por la iniquidad, el rencor social picándolo todo. Óscar Wilde en Iztapalapa, a merced de conejos y chacales…

SIETE
Poetas de lengua inglesa como W. H. Auden eran la predilección del joven Darío Galicia. Un rastreo hemerográfico habrá de recuperar y reunir sus traducciones de Alfred Tennyson y Christopher Marlowe, entre otros bardos a quienes él vertió al español para las páginas de la Revista de la Universidad, Plural, Diálogos, Revista de Bellas Artes y suplementos de los diarios El Nacional y unomásuno. Es casi seguro que además tradujo letras de canciones de sus dos rockeros favoritos: David Bowie y Lou Reed. Trabajo pendiente.

OCHO
En “Canción inocente de Jane y Jim”, salta de pronto este verso: “Y/ la luz solar tejiéndose/ entre los suaves cabellos”, que recrea o imita o plagia este verso de T. S. Eliot: “teje, teje la luz del sol con tu cabello”, del poema “La figlia che piange” (traducido por Juan Ramón Jiménez). Intuyo que el asunto de las influencias y las paráfrasis en la obra de Darío, aún por estudiarse, echa por tierra la aseveración de que él es un “poeta natural”. (En una fotografía en la que posa al lado de su madre evidentemente le place mostrar a sus espaldas uno de los libreros de su bien ordenada biblioteca).

NUEVE
En la poesía de Darío Galicia se baila y se danza constantemente. “Danzan las horas en el melodioso día”.

DIEZ
Los dos poemarios aquí reunidos mezclan abundantes elementos narrativos, pasajes de conversación, algún apunte sociológico de las costumbres, algo de diario íntimo en clave onírica y atisbos de una legendaria chingonería.



Epílogo de La ciencia de la tristeza, de Darío Galicia, 2019










 

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