lunes, junio 17, 2019

“El hijo del brujo”, de Rodrigo Rey Rosa





Cerca del centro de la plaza, a la sombra de un árbol, un grupo de hombres se había reunido. Uno de ellos, su piel pálida y verdosa, parecía que describía una intrincada pelea. Era casi imposible entender sus palabras; sus ademanes eran amplios y violentos: se tocaba la cara, bosquejaba los párpados, mostraba el pecho, y una larga cicatriz que le atravesaba el vientre.

Más tarde por la noche, alguien explicó que aquel hombre era un brujo, y que esa tarde había narrado la historia del nacimiento de su hijo. Había dicho que una mañana, cuando se inclinaba para beber en el río, había visto su cara reflejada en la corriente. Estaba transformado: sus ojos se veían rasgados, y su boca se confundía con su nariz. Sacudió la cabeza, y volvió a verse tal y como era. Un dolor había comenzado a traspasarle. Con dificultad, a ratos arrastrándose, subió por el sendero y llegó hasta una caverna. Entró y se quedó allí, sin aliento. Miró o alucinó una llama que ardía en su abdomen; se inclinaba hacia el este, aunque no soplaba el viento. Permaneció ahí en la oscuridad durante siete días, sin comer, sin beber, sin moverse. Una mañana, antes del alba, fue visitado por dos mujercitas del tamaño de una cabeza. Danzaron las dos, o pelearon, frenéticamente sobre su vientre. Al final una de ellas yacía sin vida, junto a su ingle. Entonces la otra le abrió el vientre al brujo con un cuchillo de piedra, y se hundió en la herida, llevándose con ella el cuerpo de la otra. Cuando ya el brujo se creía muerto, un pájaro como una luz salió volando de su vientre. Describió un círculo blanco y después uno rojo sobre su cuerpo, y desapareció allá lejos en el cielo.



en 1986 Cuentos completos, 2014












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