jueves, noviembre 29, 2018

"11, de Carlos Soto Román", de Karen Bascuñán P.

Texto leído en la presentación del libro en el Sitio de memoria Ex Clínica Santa Lucía, 
el 11 de septiembre de 2017






Abrir este libro me llevó de inmediato a preguntarme por cómo se escribe el 11 de septiembre. ¿Por cuánto tiempo tenemos que escribir esa condensación de significados en una sola palabra o imagen: 11? Una fecha, un hito, una huella que con un solo significante: 11, deja caer el peso de la historia y de lo que no hemos logrado resolver, tanto a nuestra generación como a las previas (porque el futuro lo estamos creando, me digo a mí misma).

Esta es una lectura situada en una posición política, quizá es lo primero que debería decir. Y esta lectura se cuenta en un sitio de memoria un 11 de septiembre, probablemente el día que tenemos más cargado en nuestra historia reciente. A nadie (o casi nadie), le pasa de largo el 11 de septiembre. El 11 también nos pasa en el cuerpo porque tiene demasiado no dicho y no resuelto. Y esta vez, en particular, a través de un libro que trabaja la palabra y la imagen con la precisión –y a la vez apertura– que permite la escritura de una memoria que insiste en ser elaborada desde todos los resquicios que podamos.

11, el libro que hoy lanza y nos comparte Carlos Soto Román, su autor, se sumerge a través de múltiples estrategias en los archivos de la infamia de la dictadura cívico militar y recoge fragmentos lejanos de frases que atravesaron nuestro inconsciente colectivo. Entre archivos que nos hacen sentir escalofríos por el horror al que sabemos refiere, aparecen jingles, frases con las que quienes nacimos y crecimos en dictadura nos reconocemos a través de los mass media omnipresentes de nuestra niñez. Ominosos, más bien. Acá está nuestra niñez, podría pensar, entre los poemas, los archivos y cómo hoy, desde la adultez, significamos eso que vivimos y que escasamente nos explicaron. Tantas veces la escritura y la literatura se han preguntado por cómo se escribe el horror. Nos han dicho que no se puede pero, como siempre, podemos conocer intentos y obras que lo despliegan.

11 se sumerge, pienso, y como asociación libre recuerdo de forma automática que a muchas y muchos les desaparecieron lanzando sus cuerpos al mar. ¿Cómo nos corresponde a nosotros sumergirnos para mirar el pasado y su reverberancia hoy mismo, en tanto la impunidad le ha ganado a la Justicia? Carlos Soto Román, a través de su escritura, ofrece un gesto fraterno y de algún modo se une a quienes por décadas han contado la verdad, porque esta verdad es innegable. Hoy, 44 años después de ese 11 original, nos reunimos en un sitio de memoria para darle lugar y bienvenida a su escritura. Un sitio de memoria que es testigo y evidencia de cómo nuestras compañeras y compañeros vivieron en el cuerpo el terrorismo de Estado, y que hoy dirige su esfuerzo para que podamos resignificar y repensarnos. Para que intentemos encontrarnos y no quedarnos capturados en el horror que inauguró ese 11 de septiembre.

Sabemos de los lazos invisibles y no sanguíneos; para quienes somos trabajadoras de la memoria, hemos reconocido nuestro lugar en una estirpe de sueños y sujetos –colectivos, ambos– lejanos y a la vez cercanos. Generaciones completas que vivieron un sueño colectivo enunciado en el “nosotros”, en “el futuro”, que fue devastado y del cual reconocemos estelas, ecos. A veces nos preguntamos si estamos asumiendo un legado.

Esta verdad tiene la cualidad de lo irreparable. Lo que nos ha marcado, emerge en la distancia del trabajo con los archivos que realiza Soto Román. Los signos que evidencian la verdad negada están en este libro que nos la ofrece en la estructura de los documentos oficiales, en los fragmentos de los bandos, en los vacíos y los silencios. En esta ocasión los fragmentos permiten leer ese contexto mayor que refieren de modo casi automático: 11, notifíquese, patria, reconstrucción, extremistas, libertad, deber.

Sería miope cosificar las estrategias escriturales escogidas como un ejercicio de negación. Está tachado, hay ausencias, deliberadamente falta información, lo que estratégicamente deja el espacio de los particulares para entender que no fueron excepciones, que los crímenes de lesa humanidad fueron una estrategia para la desaparición no sólo de vidas, sino de una propuesta de construcción de mundo, antagónica a lo que hoy vivimos.

Leí 11 por tramos, conteniendo el impacto de quien lo lee desde una posición cercana a lo que se denuncia. Es difícil leer 11 sin sentirse interpelada. Nos presenta en su escritura la trampa de lo que parece lejano y frío –archivos, recortes, fragmentos, páginas limpias, casi médicamente limpias–, pero con un efecto inversamente proporcional en lo que remueve en nuestras emociones. Me enfrento a sus páginas de repetición de NN, un campo santo, un cementerio ordenado, ¿no hay nombres? Sí, los hay. De lo que nos despojaron y nos hacen desconocer es de sus existencias, de sus sueños. ¿A quién desconocemos cuando generamos los listados vaciados de sentido? ¿Quiénes aparecen en oposición a esa ausencia? Falta la humanidad –aun nos faltan– y es en estos resquicios en que en su escritura aparecen. En esta borradura lo que nos han negado, brilla. Un brillo extraño, que no es de luminosidad. Es de algo que nuestra generación desconoce.

11 es una muestra más de cómo la escritura encuentra formas y formas de contar o señalar fragmentos de una historia compartida. Porque ese es uno de los legados, esta historia es compartida y se despliega a través de ecos, por ejemplo. Los recuerdos encuentran formas insospechadas de emerger. Hoy estamos presentando un libro que usa archivos, los dispone de modo en que se presentifican como categorías y estructuras visuales. Abro este libro y sabiendo de la visualidad que lo compone, me detengo incluso en su tipografía. No es difícil encontrar vínculo con la neovanguardia, por ejemplo. Y en esta necesidad dar un nombre o categoría, pienso de inmediato: poesía visual. Pero, sinceramente, no me interesa categorizarlo. Pienso en autores chilenos y de otras latitudes. Pienso en mi autor favorito y lo veo rondar por estas páginas, y en mi mundo interno genero alianzas imaginarias o reales de 11 con otros libros. Sigo pensando en cómo se ha escrito el 11, porque ¿cuántas escrituras necesita el 11 para que podamos arraigar sentidos?

En 11 encontramos certificados de defunción, memorándums, bandos, dictámenes, órdenes. El poder sistematizando los archivos para que las generaciones venideras abramos los ojos indagando en esos papeles que en otro contexto sólo son material de oficina. Pero esta vez no, refieren a documentos que nos enfrentan con la falta de Verdad y de Justicia. A reminiscencias que nos recuerdan las pesadillas de Chile, que tan bien muchas y muchos escritores han desplegado en páginas que nos penetran y se quedan con nosotros para cuando accedemos a mirar nuestra ciudad y ese “nosotros” que tanto nos cuesta comprender. También encontramos titulares infames que atravesaron la historia siendo montajes periodísticos que no olvidaremos. No olvidaremos porque no han reparado ni han hecho el gesto del perdón.

Blanco, vacío, silencio. Mucho espacio en blanco. Esta vez no refiere al silencio entre poemas. Refiere a este gran vacío que cada tanto emerge de no poder nombrarlo. Sabemos cuáles son sus nombres, pero su humanidad nos fue arrebatada. Sabemos los nombres y cargos de los responsables, pero viven en la impunidad. Sólo procesos inconclusos, fragmentos, huellas que emergen desde estéticas particulares, también. Como en este libro de Carlos Soto Román.

Pero a pesar de todo esto nos reunimos. Hoy este libro puede existir sin la obligación de pasar por un censor. Hoy, 11 de septiembre de 2017, este libro existe y no es llevado a la hoguera junto a otros libros que invitaban a crear sueños y ser reflexivos, propositivos, dueños de la historia. No se transforma en ceniza, sino que toma cuerpo y circulará entre nuestras manos. Cada cual que se atreva podrá encontrar su modo de participar en esta gran escritura, no sólo de la literatura, también de nuestra memoria. Esta vez, Carlos Soto Román nos comparte su propuesta de situarnos políticamente ante este hecho innegable.

Cuando leí 11, me sentí menos sola en mi habitación silenciosa. Pensé en cómo las voces confluyen insistentes cuando portan la verdad que nos ha sido negada. Pensé que a pesar de todo a lo que nos enfrenta, 11 se inscribe en el gesto de recuperar las posibilidades de humanizarnos. De nombrar lo que nos corresponde nombrar. Porque no queremos sólo ser el pasado que nos destruyó. También queremos crear vida, existencias. Y todas las páginas de 11 están llenas de memoria. Y como hace algunas noches escuché en una obra “La memoria es la casa de los augurios” [creo que] 11 es necesario, extrañamente, para que podamos soñar con otros augurios y salgamos de esta repetición.






en "Cultura" del Diario de la Universidad de Chile, 24 de enero, 2018