miércoles, agosto 30, 2017

Tres poemas de Seamus Heaney

© Traducción de Marcelo Pellegrini





Castigo


Puedo sentir el tirón
de la soga
en su nuca, el viento
en su torso desnudo.

Sopla sus pezones y los hace
cuentas de ámbar,
remece el frágil cordaje
de sus costillas.

Puedo ver su ahogado
cuerpo en el tremedal,
el lastre de las piedras,
las varas y las ramas que flotan.

Bajo las que al comienzo
ella era un retoño incrustado
que fue el arrancado
hueso de un roble, vasija de sesos:

su cabeza rapada
como rastrojo de grano negro,
la sucia venda para los ojos,
el lazo un anillo

para guardar
los recuerdos del amor.
Pequeña adúltera,
antes de que te castigaran

tenías el pelo rubio,
estabas desnutrida, y tu
rostro negro como la brea era hermoso.
Mi pobre chivo expiatorio,

casi te amo
pero hubiera lanzado, lo sé,
las piedras del silencio.
Soy el astuto mirón

de las expuestas
y negruzcas almohazas de tu cerebro,
de las membranas de tus músculos
y de todos tus huesos numerados:

yo que he permanecido mudo
cuando tus traidoras hermanas,
tapadas con brea,
lloraron junto a las barandas,

que he sido cómplice
con civilizada indignación
aunque entendiendo la exacta
y la tribal, íntima venganza.

en North, 1975



El hombre de Tollund


I

Algún día iré a Aarhus
Para ver su cabeza marrón,
Las suaves vainas de sus párpados,
Su puntiagudo gorro de cuero.

En las tierras llanas
Donde lo exhumaron,
Su última gacha de semillas invernales
Cuajada en el estómago,

Desnudo salvo por su
Gorro, lazo y faja,
Permaneceré largo rato.
Novio de la diosa,

Ella le anudó sus torques hasta ahogarlo
Y le abrió su pantano,
Esos líquidos oscuros que lo transformaron
En un embalsamado cuerpo de santo,

Tesoro de las vetas
De los cortadores de turba.
Ahora su manchado rostro
Reposa en Aarhus.



II

Yo podría caer en la blasfemia,
Consagrar la caldera pantanosa
Como tierra sagrada y rezarle
Para que haga germinar

La diseminada y emboscada
Carne de los peones,
Embozados cadáveres
Que yacen en los corrales,

Piel y dientes delatores
Salpicados en los durmientes
De cuatro jóvenes hermanos, arrastrados
Por millas a lo largo de los rieles.



III

Algo de su triste libertad
Mientras lo llevaban en carreta
Debería venir a mí, mientras conduzco,
Repitiendo los nombres

Tollund, Grauballe, Nebelgard,
Mirando las manos que señalan
De los campesinos,
Sin conocer su lengua.

Allá en Jutlandia
En las viejas parroquias sacrificiales
Me sentiré perdido,
Triste y como en casa.

en Wintering Out, 1972



El hombre de Grauballe


Como si hubiera sido rociado
con alquitrán, yace
en una almohada de turba
y parece llorar

el negro río de sí mismo.
El grano de las muñecas
es como roble de ciénaga,
la esfera del talón

como un huevo de basalto.
El empeine se ha encogido
frío como el pie de un cisne
o como la húmeda raíz de pantano.

Las caderas son la cresta
y la cavidad de un mejillón,
su espinazo una anguila detenida
en un brillo barroso.

La cabeza se eleva,
el mentón es una visera
levantada sobre el conducto
de la garganta cortada

que se ha curtido y endurecido.
La herida ya sana
abierta hacia adentro,
oscura como una baya.

¿Quién llamará “cadáver”
a su vívido molde?
¿Quién llamará “cuerpo”
a su opaco reposo?

Y el pelo herrumbroso,
una esterilla improbable
como la de un feto.
Vi por primera vez su torcido rostro

en una fotografía,
cabeza y hombro
salidos de la turba,
moreteado como un bebé con fórceps,

pero ahora yace
perfecto en mi memoria,
reducido hasta el cuerno rojo
de sus uñas,

puesto en la balanza
con la belleza y la atrocidad:
con el Gálata Moribundo
nítidamente inscrito

en su armadura,
con el peso real
de cada víctima embozada,
acuchillada y abandonada.

en North, 1975







Mujer del poema "Castigo"



El hombre de Tollund


El hombre de Grauballe














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