lunes, mayo 08, 2017

"Maestros y alumnos", de Claudio Magris







Isaac Deutscher, revolucionario y biógrafo de Trotski y de Stalin, cuenta una historia que había leído, de pequeño, en un Midrash, uno de esos comentarios rabínicos que explican los textos sagrados recurriendo también a las parábolas, que muestran la verdad descendiendo a la vida. En aquel Midrash se hablaba de Rabbi Meir, un abanderado de la ortodoxia judía que era alumno de un hereje de nombre Elisha ben Abiyuh, llamado Akher. Un sábado, ambos discutían encarnizadamente sobre cuestiones religiosas, Akher a la grupa de un burro y Rabbi Meir a pie, en obediencia a la prohibición de cabalgar durante los días sagrados; enfrascados en la discusión, llegaron sin darse cuenta al límite del camino que, durante los sábados, le está vedado franquear a todo judío piadoso. Rabbi Meir, distraído, estaba a punto de atravesarlo, cuando su maestro el hereje, que hasta ese momento había refutado sus opiniones ortodoxas, le detuvo diciéndole que se volviera atrás, porque ése era su límite y no debía ir más allá para seguirle.

Esta historia es uno de los más intensos apólogos que podemos hallar sobre la relación entre maestro y alumno y, en primer lugar, sobre la figura del maestro. Como cualquier palabra, también ésta está llena de significados encontrados y se presta a múltiples interpretaciones. Para empezar, maestro y alumno profesan, sobre los problemas esenciales, una fe distinta. El primero no le transmite al segundo una verdad teológica o filosófica, sino que le ofrece el ejemplo vivo de cómo se busca; le enseña la claridad del pensamiento, la pasión por la verdad y el respeto a los demás, que es inseparable de ésta. El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias convicciones, no quiere imponérselas a su discípulo; no busca adeptos, no quiere formar copias de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de ir por su camino. Es más, es un maestro sólo en cuanto que sabe entender cuál es el camino adecuado para su alumno y sabe ayudarle a encontrarlo y a recorrerlo, a no traicionar la esencia de su persona. Lejos de escarnecer la ortodoxia codificada, según la retórica de la transgresión tan cara a los espíritus banales, que creen afirmar su propia originalidad tirando desperdicios por la ventanilla sólo porque lo prohíbe un rótulo, el gran hereje exhorta a su discípulo a observar el sábado que él, sin embargo, no reconoce.

La parábola puede ayudar a responder a los interrogantes modernos acerca de la figura del maestro, que a menudo y a muchos les parece, si no ya extinta, sí en vías de extinción o incluso imposible e impensable en una sociedad como la contemporánea, que se caracteriza –positiva o negativamente, según las opiniones– por el eclipse de los valores y de los mensajes fuertes, por el ocaso del diálogo sobre las cosas trascendentes y las grandes contraposiciones filosóficas e ideológicas, sustituidas por un pulular indistinto de sugestiones, estímulos, mensajes subliminales o percepciones capilares y por una creciente intercambiabilidad entre las así llamadas experiencias reales y virtuales.

Estos aspectos de la sociedad contemporánea –que es ingenuo ensalzar, pero patético deplorar– no comportan inevitablemente un empobrecimiento de la individualidad en sentido fuerte ni decretan el final de los maestros. Como revela el apólogo, éstos no son necesariamente las figuras que transmiten la Ley; pueden ser anarquistas que la transgreden, pero en todo caso en nombre de la necesidad de encontrar su propio camino hacia la Ley.

Akher renuncia a la ambigua aureola que rodea a los falsos maestros y a veces, involuntariamente, también a los verdaderos: la seducción. El mundo está lleno de dobles de maestros, que ocupan el lugar de éstos de la misma manera que en una película un doble sustituye al actor protagonista en una escena peligrosa, filmada de lejos o en cualquier caso ocultando al espectador la sustitución. Abundan los personajes que aspiran a hacer escuela, a crear bandos y eslóganes, a movilizar adeptos, persuadir discípulos, generar fans e imitadores; personajes que para existir necesitan seducir con cautivadoras promesas a quien tiene un ansioso y vago deseo de redención fácil e inmediata. Contar con auténticos maestros es una suerte extraordinaria, pero también es un mérito, porque presupone la capacidad de saberles reconocer y saber aceptar su ayuda; no sólo dar, también recibir es un signo de libertad, y un hombre libre es quien sabe confesar su debilidad y coger la mano que se le ofrece.

Un verdadero maestro no es tanto un padre cuanto un hermano mayor, que pronto se convierte simplemente en un hermano. Tal vez ser un maestro signifique, hoy más que nunca, no saber que se es y no querer serlo, olvidarse de uno mismo en el diálogo que se instaura con el otro, tratarle a éste de igual a igual sin soberbia, sin condescendencia ni preocupaciones pedagógicas –incluso atacándole sin piedad, si es preciso. Un profesor puede modestamente contribuir a formar a los alumnos si los trata sin altivez ni miramientos, corrigiéndoles y haciéndose corregir por ellos, sin buscar la falsa confianza que impide dicha relación. «¡Si supiera lo cuesta arriba que se nos hace», me dijo un día una estudiante, «tratar de tú al profesor X, como él nos impone que hagamos!»

He tenido maestros y a ellos les debo ese poco de libertad interior que poseo y que ellos me dieron tratándome de igual a igual, incluso cuando eso me creaba notables dificultades ante su estatura intelectual y humana, pero de esa forma me daban a entender que en un diálogo se está siempre entre iguales, aunque quien esté enfrente de nosotros tenga en su haber experiencias, pruebas superadas o prestaciones intelectuales mucho más importantes.

Esa es la arriesgada y buena paridad que enseñan los maestros. Y lo que sobre todo enseñan es la responsabilidad.

Quizás sea la frecuente carencia de ésta la que ha inspirado a Rossana Rossanda, en un incisivo testimonio, la melancólica y firme constatación de la ausencia de maestros, capaces de buscar el sentido del mundo y de hacer que brille también en su propia vida. Responsabilidad significa pagar el precio que comportan cada afirmación y cada acción, afrontar las consecuencias de cada toma de posición y las renuncias implícitas en toda elección; significa en primer lugar, como indica el ejemplo de Akher, no empujar a los demás hacia caminos que éstos no son capaces de recorrer. Los falsos maestros crean a menudo clanes de adeptos destinados a convertirse en víctimas, como el profeta de la droga que, capaz de dominar personalmente su uso sin dejarse llevar a la destrucción, arrastra y arruina a los discípulos que no tienen la fuerza para seguirle en esa práctica sin autodestruirse. En los años setenta había quien predicaba que la revolución se hacía con las armas en la mano, perfectamente consciente de que para él se trataba de una inocua metáfora y dejando que otros tomasen sus palabras al pie de la letra, viéndose luego, a diferencia del maestro, en la necesidad de cargar con las consecuencias.

Maestro es quien no ha programado serlo. Quien, por el contrario, se las da de pequeño Sócrates es fácilmente patético; dejará de serlo cuando se dé cuenta de que no podrá jamás ser Sócrates, sino, todo lo más, uno de sus interlocutores que al final se sienten refutados, pero enriquecidos. Saber ser y seguir siendo alumnos no es poca cosa, es como ser ya casi maestros.



1996








en Utopia y disincanto, 1999








Traducción de J. A. González Sainz













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