lunes, octubre 03, 2016

Paul McCartney Looks Back. Entrevista de David Fricke

© Traducción de Claudio Sanhueza






Paul McCartney rasguea una guitarra acústica en el sofá de su oficina en Londres, tarareando para sí mismo, intentando recordar una melodía de su adolescencia, una de las primeras y nunca grabadas canciones que escribió con su amigo de adolescencia John Lennon, en los comienzos de los Beatles en Liverpool. «Era algo así…» dice McCartney, mientras toca rockabilly y canta con voz sólida y familiar: “They said our love was just fun/ The day that our friendship begun/ There's no blue moon that I can see/ There's never been in history/ Because our love was just fun”».

«Just fun», dice McCartney, anunciando orgullosamente el título. «Tenía un pequeño cuaderno de ejercicios en el colegio donde escribí esa letra. Y en la esquina superior derecha de la página, puse «un Lennon-McCartney original». «Fue el humilde comienzo», admite. «Nos desarrollamos desde ahí».

Es un momento extraordinario – pero McCartney, de 74 años y actualmente de gira por estadios y arenas americanas, nunca está alejado de la puesta en escena.

En dos extensas entrevistas –primero en Londres, una semana después en Filadelfia, previo a un concierto– McCartney frecuentemente acude a canciones para enfatizar algo: tocando en la guitarra acordes de sus melodías de adolescente, cantando una parte de «What’d I Say» de Ray Charles, imitando a un joven Mick Jagger en uno de los primeros conciertos de los Rolling Stones. Y en una ocasión McCartney imita a Lennon haciendo un número de Gene Vincent durante la época de banda de bares de los Beatles, en Hamburgo, Alemania.

«Siempre ha significado una fascinación para mí pararse en frente de la gente y actuar», dice McCartney en Filadelfia. «Desde el comienzo estuve tratando de dilucidar cuál es la mejor forma de mantenerte fiel a ti mismo, aun con gente a tu lado». […]

McCartney acaba de terminar la prueba de sonido, que fue un show en sí mismo: 12 canciones, casi ninguna de las cuales tocará en el concierto de esa noche, incluyendo la balada beatle de 1964 «I’ll Follow the Sun» y «Ram On» de 1971. Está en gira otra vez con su banda de los últimos 15 años –los guitarristas Rusty Anderson y Brian Ray, el tecladista Paul «Wix» Wickens y el baterista Abe Laboried Jr.– en el aniversario 50 del verano en que él, Lennon, George Harrison y Ringo Starr abandonaron las giras. («Estábamos hartos de tocar en escenarios empapados y con pésimo sonido», dice McCartney sobre el último tour de los Beatles, que terminaría en Candlestick Park, San Francisco, en agosto de 1966).

Esa etapa de la beatlemanía es celebrada en un nuevo documental de Ron Howard, The Beatles: Eight Days a Week – The Touring Years, y acompañada por un álbum, The Beatles: Live at the Hollywood Bowl, con nuevas mezclas de canciones de 1964 y 1965. McCartney también sacó a la venta Pure McCartney, un set que repasa su trabajo en solitario y con Wings. Y en octubre, culmina su año de gira en el Desert Trip, el festival donde estará con viejos amigos incluyendo a Bob Dylan, los Stones y Neil Young.

«Es rock de fósiles», bromea McCartney, «pero es excitante. Definitivamente voy a llamar a Neil y le preguntaré: ¿Qué te parece, viejo?»

En su oficina de Londres, McCartney está rodeado de su historia y raíces –están los recuerdos de los Beatles y Wings, y un antiguo tocadiscos cargado con Fats Domino, Wanda Jackson y Elvis Presley en 78rpm– pero de lo que más habla es de sus propias canciones y actuaciones en tiempo presente. Analiza sus colaboraciones recientes con Kanye West y señala que estuvo «mirando algunas ideas de letras» para su próximo álbum. «Puedo escribir en todos lados. Tengo muchas ideas en marcha».

Pero los Beatles están siempre a la mano, como referencia y renovada memoria. Recuerda un encuentro con Lennon pocos años después de la separación del grupo. «Él me abrazó. Fue genial, porque normalmente no hacíamos eso. Dijo: “Es bueno el contacto”. Siempre recordé aquello: es bueno el contacto».

En este punto de tu vida ¿Por qué todavía es vital para ti la actuación en vivo?
Es muy atractiva la idea de la «gran pequeña banda». Una unidad básica es el corazón de la música que todos amamos. Está en los locales de Nashville, los bares de Liverpool y Hamburgo. Cuando hacemos la reverencia al final de la noche, uno de los placeres para mí es que estamos los cinco del grupo.

Y he aprendido algunas lecciones. Yo vivía con el miedo a cometer un error en vivo. He aprendido que está bien, de hecho el público lo disfruta.

¿Cuál fue el último gran error que tuviste en el escenario?
No recuerdo el último. Pero tuve un show en París donde comencé «Penny Lane» con el segundo verso en vez del primero. Debió haber sido «a barber showing photographs». Pensé «Cambiaré los versos –hacer el segundo, luego el primero y luego todos nos juntamos en la parte del medio». Y el resto del grupo pensó lo mismo: «se saltó el primer verso, pero luego nos juntaremos en el medio»

Fue un accidente en Penny Lane. Tuve que decir «Paren, paren. Lo arruinamos completamente. Vamos a comenzar de nuevo». El público enloqueció. Una amiga, Cilla Black, que murió hace poco, se me acercó después del show y me dijo «Amé esa parte. ¿Lo haces cada noche?»

¿Tienes esa necesidad de entretener, de complacer, como un niño?
Supongo que sí. Si estás en esto de la música, es muy raro que hagas algo sin que te importe si a la gente le gusta o no. Me sorprende que haya personas que no quieran gustarle a la gente; hay algunos, claro, pero creo que es sólo en apariencia. Es como el verso en «Hey Jude» sobre ser distante y hacer de tu mundo un lugar aun más frío.

En los Beatles yo era más bien el tipo que empujaba. Fue un maldito buen trabajo el que hice. De otra manera nadie hubiera movido sus traseros para hacer Let it Be. La película resultó un poco rara, pero es un buen registro.

Muchas de las cosas que hicimos en Hamburgo fueron instigadas por mí, luego los chicos se sumaban. Trabajábamos en un pequeño bar donde nadie entraba. Había un cartel que decía «cerveza, 1,50 marcos» o algo así. Veías estudiantes que iban y venían, «Ooh, no me alcanza el dinero». Buscaban algo más barato. Entonces nosotros teníamos que trabajar de verdad. El administrador del lugar decía «Mach schau» [«Hagan el show»]. Solíamos tocar «Dance in the Street», de Gene Vincent. De hecho, John fue quien dijo «Haré esto [aplaude] “Gonna dance in the Street tonight! Hey, yeah, everybody! C’mon, c’mon!”». Eso comenzó a atraer a los estudiantes. Y pensamos: «Ok, ya los tenemos sentados. Ahora tocaremos nuestras cosas». Y les gustó.

¿Cuál es la dinámica en tu banda? ¿Quién te desafía? ¿Puede alguien decir, «Deberíamos hacerlo de esta forma?»
No funciona así. Eso fueron los Beatles. En Wings fue menos desafiante. Ahora hay una especie de entendimiento: «Es tu banda». Lo que hago para balancear aquello es abrir la posibilidad cuando ensayamos. A veces hay cosas que no quiero hacer, pero los chicos pueden decir: «Hagámoslo, esto funcionará».

¿Qué han sugerido que haya funcionado?
«Golden Slumbers» hasta «The End» [de Abbey Road]. Fue algo de trabajo y yo andaba un poco holgazán. Rusty sugirió «Day Tripper». Yo no quería hacerlo porque la parte del bajo es bien dura. Con «Being for the Benefit of Mr. Kite» pasó lo mismo. Esas son dos en el show que yo no quería hacer. Pero los chicos dijeron que sería grandioso.

Al mismo tiempo, soy un dictador. Y nadie tiene problemas con ello… supongo [risas]. Llevamos juntos más tiempo que los Beatles o Wings. Algo está funcionando bien. Y creo que somos mejores porque no nos complicamos.

¿Te imaginas de gira como ahora a los 80? Solía considerarse apropiado hasta los 40…
Inimaginable. Considera que, cuando tenía 17 años, había un tipo en la escuela de arte de John que tenía 24 y yo le tenía lástima [risas] Era muy viejo. Doris Day, a quien conozco un poco, una vez me dijo: «La edad es una ilusión». La gente dice que la edad es un número, y es un número más grande a medida que envejeces. Pero si eso no afecta, no me preocupa. Puedes ignorarlo, y es lo que hago.

Mencionaste el film Let it Be. ¿Hay alguna posibilidad de que sea relanzado?
Sigo pensando que lo haremos. Hemos hablado largamente sobre eso.

¿Qué lo detiene?
No tengo la menor idea. Yo sigo proponiéndolo y todos dicen «Sí, deberíamos hacerlo». La objeción debería ser mía, no salgo bien ahí.

Esto sugiere que, respecto a la obra de los Beatles, tú no estás en control de su legado, como asume la gente.
Apple [Corps] es una democracia, yo soy uno de los votos. Alguien dirá «Ron Howard está interesado en hacer una película». Yo puedo decir que sí o que no. Mi preferencia es decir que sí, él es bueno en lo que hace.

¿Tiene que ser una decisión unánime entre tú, Ringo, Yoko Ono y Olivia Harrison?
Sí. Ése es el secreto de los Beatles, no puede ser tres a uno. Durante la separación de la banda fue cuando esto se quebró, se hizo un tres a uno. Pero ahora debe ser unánime. Las dos chicas son Beatles.

¿Hay cosas a las que tú automáticamente digas no?¿Y qué tipo de veto puedes tener tú sobre las canciones de los Beatles cuando tú no posees los derechos?
No tenemos un veto. Pero dejamos en claro que nos gusta ser tratados con buen gusto («If that’s posible, sir»). Pueden ser grandes ofertas monetariamente, pero trazamos una línea en algunas cosas, como autos a gas de gran consumo. Personalmente no aceptaría una oferta de McDonald’s, sólo por mis [vegetarianas] creencias.

El show Love [en Las Vegas] estuvo cerca de eso. George conocía a una persona del Cirque du Soleil y me llevó a ver un show. Me voló la cabeza. Compré altiro la idea [de una producción Beatle]. Pero el ambiente era «No, es sacrosanto, no puedes hacer esto». Yo reaccioné, «Calma, no es tu música».

La gente se relaciona con los Beatles de una manera…
De una manera posesiva. Nunca escuchamos eso. Puedes tener fans que quieren algo y tú les decías: «No, lo siento. Estoy cenando, debes irte». Y ellos decían «Bien, nosotros compramos tus discos». Nosotros respondíamos: «Si ese el trato, no los sigas comprando». Siempre fuimos así, Ringo más que ninguno. Iban a su casa y el los echaba y cerraba la puerta. Tienes que trazar una línea, o tu cordura se va.

¿Cómo caracterizarías tu relación de ahora con Yoko?
Es muy buena, realmente. En ese tiempo nos vimos un poco intimidados. Ella estaba sentada sobre los amplificadores mientras grabábamos. Muchas bandas no podrían manejar aquello. Nosotros lo hicimos, aunque no increíblemente bien, porque éramos muy estrictos. Nunca fuimos sexistas, pero las mujeres nunca entraban al estudio, solían dejarnos ahí. Cuando John llegó con Yoko, ella no se quedaba en la sala de control o a un costado, estaba en el medio de nosotros cuatro.

Aún así tu contribuiste con aquella cita en la tapa de Two Virgins, el álbum de John y Yoko («When two great saints meet, it is a humbling experience»).
Mi gran revelación fue entender que si John ama a esta mujer, entonces debe estar bien. Comprendí que cualquier resistencia era algo que debía superar. Fue un poco difícil al comienzo. Gradualmente, lo hicimos. Ahora es como si fuéramos compañeros. Me gusta Yoko [risas].

¿Cada cuánto tiempo se ven los cuatro para discutir los asuntos de los Beatles?
No muy seguido. A Ringo lo veo a menudo, porque es un chico adorable. Entre todos nos vemos socialmente, en algunas fiestas. En cuanto a reuniones, estoy un poco desconectado de aquello. Salí de Apple durante el fuerte período de separación de la banda. Envié a John Eastman y le dije: «Cuéntame lo que hablen, porque no puedo soportar estar sentado en esa mesa». Fue muy doloroso, como ver la muerte de tu mascota preferida.

¿Queda algo en la bóveda que merezca ser publicado?
Esa es la pregunta: ¿Vale la pena? La cuestión sobre los Beatles es que eran una maldita buena pequeña banda. No importa lo que escuches, incluso aquello que pensamos que era realmente malo, no suena tan mal ahora. Porque son los Beatles.

¿Podrías hacer algo con las cintas en bruto del Álbum Blanco o Sgt. Pepper, contando la historia detrás de esos discos al modo de lo que hizo Bob Dylan con sus sesiones de 1965-66?
Las conversaciones entre las tomas… siempre amé aquello. Siempre teníamos una grabadora de dos pistas andando en caso de que saliera algo improvisado. «Toma 36, ¿qué era eso?». Pero era, de hecho, una crónica de nuestro diálogo. Hay un fragmento que me gusta particularmente: estábamos grabando «I Saw Her Standing There» y en un momento dije: «No puedo hacerlo, no tengo mi uñeta». John preguntó «Dónde está?» (en nuestro espeso acento de Liverpool). «Creo que la dejé en mi maleta». John salió con «Ah, qué delicado». «¿Delicado? Yo te voy a mostrar lo delicado…».

Eso es muy de recreo en el colegio.
Los Beatles se convirtieron en algo cada vez más mundano. Pero es agradable recordar las cosas colegiales, las bromas. Para responder tu pregunta: ¿Queda algo más? Hay algunas cosas. ¿Valen la pena? No lo sé.

¿Considerarías ir de gira con Ringo?
No se ha dado. Hemos estado juntos en eventos como el Rock and Roll Hall of Fame. Pero ir de gira juntos, mejor dejarlo así como está.

¿Sería enviar muchas señales equivocadas? ¿Cómo una reunión de los Beatles?
No creo que alguno de nosotros haya pensado en por qué hacerlo, o por qué no. Es sólo que nuestros caminos son paralelos, con intersecciones y desvíos. Él es un gran baterista. Tiene un sentido que nadie más posee. De ahí a ir juntos en la carretera, puede ser complicado.

Estarás en el Desert Trip con los Rolling Stones. ¿Qué ves ahora cuando vas a algún show de los Stones?
Es como un espejismo. Veo la pequeña banda que siempre conocí. Tienes a Mick, Keith y Charlie, que siempre estuvieron ahí, y Ronnie, que se ha ganado su derecho de «Stone». Veo una buena pequeña banda de rock & roll – no tan buena como los Beatles [sonrisas], pero buena.

¿Qué potencial viste en 1963, cuando tú y John les dieron «I Wanna Be Your Man» para que la graben? Fue el primer single Top 20 de los Stones en UK.
Tú veías todas las otras bandas en la escena. Sabíamos quiénes no eran buenos. Sabíamos quiénes eran competencia. Se pagaba para saber qué estaba pasando. Habíamos escuchado sobre los Stones. Tocaron en el Station Hotel [en Londres]. Fuimos a verlos una noche, estábamos ahí parados entre el público. Recuerdo a Mick en el escenario con una chaqueta gris haciendo su típico movimiento de palmas [aplaude en un ritmo rápido].

El tipo que rechazó a los Beatles en Decca Records le preguntó a George si conocía alguien que valiera la pena para ser fichado. Éramos amigos con ellos, y pensé que «I Wanna be Your Man» sería perfecta para ellos. Yo sabía que tocaban algunas cosas de Bo Diddley, e hicieron un buen trabajo con ello. Y me gusta presumir, decir que les dimos su primer hit. Y lo hicimos.

Ahora las pequeñas grandes bandas como la tuya o los Stones tocan en lugares gigantes. ¿Te puedes imaginar tocando en espacios pequeños, sólo con material nuevo?¿Es un riesgo que vale la pena?
Eso no es riesgoso, es atractivo. Esa es una de las cosas que te hace tocar bien, cuando están compenetrados. Sabíamos eso en los Beatles. Siempre solíamos grabar en el estudio 2, de Abbey Road. Pero para «Yer Blues» habíamos estábamos hablando de esta unión estrecha, así que fuimos a este pequeño espacio, un armario que tenía una batería, amplificadores hacia los muros, un micrófono para John. Grabamos «Yer Bues» en vivo y fue realmente bueno.

Para hacer material nuevo, eso toma un paso más allá. A esto me refería con lo de los Beatles, estas ideas sólo llegaban. Yo no me siento por ahí pensando en ellas. Hay una nueva idea dando vueltas, la propones, puede que la ocupemos.

En «All Day», uno de los temas que hiciste con Kanye West, hay una parte que escribiste originalmente en guitarra en 1969 pero que no ocupaste en ese tiempo. ¿Cuál es la historia detrás de ello?
Linda y yo habíamos tenido a nuestra primera hija, Mary. Ella estaba en recuperación mientras yo estaba por ahí, sentado, comiendo papas fritas, con mi guitarra en la clínica, tonteando con ella. Y había en el muro una pintura que yo había estado observando durante días, «El Viejo Guitarrista», de Picasso. El tipo sostiene la guitarra así [hace la pose de la pintura] y algo se prendió en mi cabeza: «Qué acorde es ése?». Parecía que tenía dos cuerdas. «Sabes qué sería genial? Escribir una canción sólo con dos dedos.» Así que escribí esto [toca la melodía].

Le estaba contando a Kanye esta historia. Se la silbé, su ingeniero fue grabándola y se fue agregando a otras cosas. Kanye sólo estaba coleccionado cosas. No nos sentamos y escribimos una canción tanto como fuimos iluminando ideas uno a otro. Sólo cuando tuve esta canción, la grabación de Rihanna [«FourFiveSeconds»] y «Only One», las tres canciones que hicimos, cuando pensé «Ahora entiendo. Él tomó mi pequeño asunto del silbido y me lo devolvió como riff de un hip hop urbano». Amo esa grabación.

¿Te sentiste como un verdadero colaborador o sólo como acompañante? Tú sueles dirigir las sesiones, monitoreando todo el proceso de una canción.
Nos juntamos algunas tardes en el Beverly Hills Hotel. El único acuerdo que hice con Kanye fue que si no resultaba, no le diríamos a nadie. Yo no conocía su sistema. Había oído cosas como «Él tiene una pieza llena de gente trabajando en diferentes melodías y él se pasea entre ellos señalando las que le gustan». Me recordaba a Andy Warhol, estos artistas que usan estudiantes para pintar fondos y cosas así. Es una técnica muy usada. Pensé «No tengo idea cómo voy a encajar en ello, pero veamos qué pasa. No se pierde nada».

¿Piensas que Kanye es un genio?
No ando tirando esa palabra por ahí [risas]. Creo que es un gran artista. Mira My Beautiful Twisted Fantasy, por ejemplo. Lo toqué mientras cocinaba y fue como «Esto es bueno. Hay algunas cosas realmente innovadoras».

¿Escuchas hip hop por placer, o para mantenerte al tanto?
Lo escucho por, lo que podrías llamar, educación. Lo escucho mucho y voy a algunos conciertos. Fui a ver a Jay Z y Kanye cuando estaban en gira, he visto a Drake en vivo. Es la música de ahora.

¿Te parece tan importante en esta época como lo fue la música que hiciste en 1966 y 1967? A menudo la gente dice que el rock ha muerto, que tuvo su momento como fuerza histórica.
El tiempo dirá si es tan buena, no me corresponde a mí aquello. Pero creo que es excitante. No querría criticarlo versus «A Day In The Life». Para mí es como reggae que particularmente no siento que podría hacer, en ese caso lo dejo a Bob Marley y la gente que está en ello. Es lo mismo con el hip hop. Fue excitante trabajar con Kanye, hacer una contribución para «All Day». Es el mejor riff de la canción [risas].

En tu trabajo con artistas más jóvenes, como Kanye o Dave Grohl, ¿sientes el desafío que tuviste con los Beatles, especialmente con John? ¿Ha sido reemplazado aquello de alguna manera?
No, no creo que pueda ocurrir. En algún punto uno debe comprender que hay cosas que no pueden ser. John y yo fuimos chicos que crecimos juntos, en el mismo ambiente y con las mismas influencias: él conoce los discos que yo conozco, yo conozco los que él conoce. Escribes tus pequeñas e inocentes canciones juntos. Luego escribes algo que se grabó. Cada año que pasa usas un vestuario más cool. Luego escribes una canción que va bien con esa ropa. Estábamos en la misma escala, en el mismo peldaño de esa escala durante todo el trayecto. Es irremplazable, aquel tiempo, aquella amistad, aquel lazo.

Tu último álbum de estudio, New, fue un disco musicalmente optimista, emocionalmente positivo. Pero vino después de algunos discos que fueron más oscuros, incluso tristes, como Chaos and Creation in the Backyard. ¿Fue fuerte escribir canciones después de la muerte de Linda y durante las dificultades personales que siguieron? [McCartney se divorció de su segunda esposa, Heather Mills, en 2008]
Lo distintivo de New fue Nancy. Ella fue lo nuevo. Fue un buen despertar, me hizo querer escribir canciones positivas. La música es como un psiquiatra. Le puedes contar cosas a tu guitarra que no puedes decirle a la gente. Y te responderá con cosas que la gente no te puede decir. Pero hay un valor en las canciones tristes. Pasa algo malo, no quieres reprimirlo, así que lo descargas con una guitarra. Tengo algunas en mi próximo álbum que son amargas [hace un gesto de sorpresa]. Pero funciona, porque con las canciones puedes hacerlo. Eso es el blues, el lugar donde pones este tipo de cosas.

Tu hija más joven, Beatrice, cumple 13 este año. ¿Cuánto sabe de tu historia?
Es algo divertido con los hijos. «Ok, mi papá es famoso… aburrido». No va mucho más allá de eso. Si vienen a un concierto, es como «Oh, me gusta “Back In The U.S.S.R.”», o «¿Cuál era esa canción?» «Se llama “All My Loving”» «Me gusta ésa». A medida que crecen se van dando más cuenta. Cuando van a la universidad sus amigos pueden decir, «Me gusta Ram». «¿Qué es eso?» «Es un disco de tu papá».

¿Cómo es tu día como padre cuando no estás de gira?
Mis hijos ya son grandes excepto por la menor, y eso es la mitad del tiempo, porque tengo un acuerdo de custodia. Trato de estar en todo. Me levanto en la mañana y le hago el desayuno, la llevo a la escuela. Hablo con los profesores, veo como le va. Dono el premio a la subasta silenciosa. Son cosas simples de papá. Cuando termina ese período me subo a un avión, vengo a EEUU y soy un rockstar.

¿Cuán difícil fue el balance entre tu música y fama cuando tú y Linda estaban criando una familia en una granja en los ’70?
Fue más una cosa de cultura hippie. Teníamos un estilo de educación en casa, yo les enseñé a escribir, por ejemplo. Disfruté aquello. Una vez que comenzaron a ir al colegio tomamos tutores cuando estábamos de gira. Tenía que ir a la escuela, averiguar qué estaban pasando –en geografía, historia, matemáticas– y organizarlo de la manera más sensible que podía. E hicimos que funcione. Linda y yo siempre dijimos, «Lo más importante es que tengan buenos corazones». Todos lo tienen y también son muy inteligentes.

Los hijos de los Beatles –los tuyos, Sean y Julian Lennon, Dhani Harrison, Zack Starkey– han resultado ser fuertes y sensibles, varios con su propia carrera musical.
Son las raíces de Liverpool. Tenemos familias fuertes. Mi familia fue particularmente fuerte. La tía de John era estricta, aunque en un buen sentido. Ringo era hijo único, pero sus padres eran estupendos. Habiendo crecido en Liverpool, que es muy de clase trabajadora, no puedes creerte lo que no eres.

Mi familia tuvo muchos niños, siempre estabas cerca de uno y ayudabas, tenías que acostumbrarte. John no tuvo eso, pero lo aprendió más tarde. Los cuatro de nosotros venimos con todas esas raíces, había una sensibilidad de queríamos hacerlo bien con nuestras familias. Teníamos un objetivo en común, una inteligencia en común, tanto en la vida como en la música.

¿Tienes algún álbum favorito que sientas que ha sido poco apreciado o incomprendido? Cuando reeditaste Ram en 2012 fue muy celebrado, pero cuando salió por primera vez en 1971 se llevó una paliza.
Ese álbum se me cruzó por la cabeza. Pero nunca me doy tiempo para sentarme y revisar una lista. Lo más cerca es mirar canciones para los conciertos, como «Love Me Do», por ejemplo, y decir «Podríamos hacer ésa…».

Estás en una situación especial: lo suficientemente mayor para ver algunos de tus trabajos que han sido muy criticados, alabados décadas posteriores.
Hago discos y, como un tonto, escucho lo que la gente dice acerca de ellos. Un crítico del New York Times condenó Sgt. Pepper cuando salió. Lo terrible es que te distrae de tus propias cosas. Juega con tus propias dudas, incluso cuando superaste esas mismas dudas cuando escribiste esa canción. Y se te pega. Pero luego eres rescatado. Hace un tiempo, uno de mis sobrinos, Jay, dijo, «Ram es mi disco favorito de todos los tiempos». Pensé que ya estaba muerto, apestando en algún basurero lleno de estiércol. Así que lo escuché de nuevo. «Wow, ahora entiendo lo que estaba haciendo».

¿Te desilusionó que tu último single, «Hope for the Future», no fuera un éxito?
Si. Pensé que le iría muy bien, no fue así.

¿Has tenido que cambiar tu idea sobre lo que constituye un hit, comparado con lo que conocías en 1966?
Me he rendido a tratar de descifrarlo. No puedes. Como con este álbum Pure. Recibo una llamada: «Llegó al número tres». «Wow, eso está muy bien. ¿Cuántos discos vendió?» «15.000». Pienso para mí mismo, «Es una broma, 15.000 no fue tan bueno, entonces».

Pero ese es el nuevo mundo en la venta de discos, a menos que seas Rihanna o Beyoncé. Publicaré mi próximo álbum, pero no estaré pensando en vender mucho. Lo sacaré porque tengo canciones que me gustan. Y haré mi mejor trabajo. La escena ha cambiado, pero no me perturba porque ya tuve lo mejor de ella –vendiendo 100.000 copias en un día de «Mull of Kintyre», por ejemplo. He disfrutado de aquello. Si no lo tengo ahora, no se trata de mí. Todos mis contemporáneos, quienes todavía son muy cool, no lo tienen, porque las cosas han cambiado.

¿Y sabes qué? Lo tuvimos. Y fue grandioso.




en Rolling Stone, 10 agosto 2016













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