lunes, enero 18, 2016

“Mi muerte”, de António Lobo Antunes









Hablo poco. Hablo poco y cada vez hablo menos. En primer lugar porque me distraigo y olvido el tema de las conversaciones y en segundo lugar porque las personas no esperan que les responda sino que las oiga, lo que es fácil si asientes de vez en cuando y dices “Pues claro”, cuando me miran con las cejas levantadas a la espera de aprobación y aplauso. Me he hecho un especialista del “Pues claro”, que sé pronunciar por lo menos en veintitrés tonos diferentes, según el humor y el ímpetu (o la falta de él) del interlocutor, y si me preguntan con sorpresa “¿Pues claro qué?”, tuerzo la boca en una sonrisa enigmática y sutilmente aprobadora para que el otro, tranquilizado, deshaga sus dudas, me dé en el hombro una palmada satisfecha, suelte con alivio “Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo" y se lance a un relato sinuoso en cuya primera curva me pierdo, aunque vuelva a murmurar pensando quién sabe en qué. “Pues claro”, en los intervalos de silencio que de vez en cuando me abren, destinados a mi admiración y a mi aplauso. Porque yo puedo no hablar (y no hablo) pero estoy de su parte, estoy siempre de su parte, y estoy de su parte por no haber escuchado nada y porque detesto argumentar, tener razón, opiniones, convicciones, motivos. Por eso me limito al “Pues claro” y al asentimiento mudo. Concentrado. Fruncido el ceño. Fraternal. Algunas veces sustituyo esta forma de aplauso por un suspiro que significa “A mí me lo vas a decir”, o por el adverbio “Exactamente”, que al contrario de lo que se pueda imaginar es el más vago, inocuo y estimulante de los comentarios, aquel que posibilita a mi compañero explorar diversas variantes de su tema, cotejarlas, elegirlas, rechazarlas, enfrentar unas con otras, valorar su densidad y su peso “Exactamente” que en general hago seguir de la frase: “Ya te digo”, que hasta ahora se ha revelado como un éxito seguro.

Por eso no comprendo lo que ocurrió la semana pasada, cuando Pedro me telefoneó y quedamos en la cafetería de al lado de su casa. Yo pedí un té de limón y él pidió un café y comenzó a hablar. Eran las tres de la tarde, sólo había un señor mayor resolviendo crucigramas en una mesita cerca del escaparate y el camarero limpiando botellas detrás de la barra. No comprendo por qué me comporté como de costumbre. Dije “Pues claro”, asentí con la cabeza, esbocé la sonrisa enigmática alentadora, murmuré en cuatro o cinco ocasiones “Ya te digo”, suspiré solidario “A mí me lo vas a decir”.

Pedro me dio en el hombro una palmada satisfecha “Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo” y aproveché para añadir, pensando en Ana, en el cuerpo de Ana, en los besos de Ana “Si yo fuese tú haría lo mismo”, y no entiendo el motivo que lo llevó a sacar el revólver y a pegarme dos tiros en el pecho.

Me preocupa sobre todo que Ana se quede sola con los niños por tener a su marido en la cárcel. Me preocupa también no poder visitarla por estar aquí en el hospital conectado a este aparato sin poder levantarme. Es poco probable que vuelva a verla: el médico ha accedido a esperar a que mi hermana menor llegue del Fundão para despedirse de mí antes de desconectar el aparato.



en Libro de crónicas, 2013








1 comentario:

r o s a r i o v a l d i v i e s o d r a g o dijo...

https://www.df.cl/noticias/empresas/actualidad/icare-elige-a-juan-benavides-como-nuevo-presidente-del-directorio/2016-01-18/155254.html#