domingo, marzo 01, 2015

"Año dos mil", de Matías Ayala

Dos poemas




Asunto de historia


A mí también me contaron historias
de aquel tiempo confuso
y, más que la historia misma,
es el tono lo que ha perdurado.
Había ansiedad en sus bocas
y la lengua oscurecida por el vino,
había rabia agazapada en sus ojos
como en un animal después de atacar.

A mí también me contaron historias
de moraleja rotunda y apellidos frecuentes,
no recuerdo cuándo se detenían,
sólo más tarde supe de la arista y la ceniza,
de la excusa y sus sastres imposibles.

A mí también me contaron historias,
me repitieron sus fragmentos fingidos,
fueron los de mi clase, quizás,
los de mi género creo que fueron,
fue la alegoría
“de un ángel rompiendo las cadenas”
en una moneda de diez pesos.

Así es.

Juguemos al cara y sello: si sale cara,
encaramos; si cae sello, silencio.

Yo también tuve noticia de todo eso,
me refiero al desprecio y la vergüenza
que aún vuelve a recorrer las pupilas
como si el pasado se hiciera presente:

esa madrugada en que los Mapuches
hicieron temblar la tierra
cuando se arrojaron contra la ciudad
como un enjambre rabioso:
y embistieron las armaduras con mazas
y hundieron sus lanzas en la carne
y las piedras, las picas, los gritos,
las flechas con fuego, la sangre afanosa.

Ah, sí, me refiero a Inés de Suárez
–la única mujer del campamento–
que ante el vértigo de la inminente derrota
dejó de curar a los heridos
y degolló a los caciques prisioneros
haciendo rodar sus cabezas por la Plaza de Armas.
Y besaron, por última vez, la tierra fértil
y esta fresca, estaba fría y era blanda.

Así fue.

Y bajo el cuidado de la misma Inés de Suárez,
los tres cerdos y los dos pollos que resistieron
lograron reproducirse en abundancia
durante los años siguientes.

Y a pesar del aislamiento y la penuria
–aun más patente en el fin de la tierra–

fue buen augurio en la lección de la violencia.
Así, a su manera, empezaron a pertenecer,
así comenzaron a contar sus historias,
enterrar a sus muertos y repetir sus refranes.

Ojo por ojo y diente por diente.
En boca cerrada, cuchillo de palo.
El indio bueno es el indio muerto.
A buen entendedor, piedras trae.

Me refiero a eso, a exactamente eso
que no puedo decir ¿entiende?

Moraleja:

Y tomaría el fémur intacto de esta historia
y fabricaría una flauta para digitar
escalas insistentes como décadas o siglos.
Y le cortaría sus brazos con conchas de mariscos
hasta extraer su corazón palpitante.
Y lo acunaría entre mi mejilla y mi hombro
como a una almohada o un recién nacido
que llora certero, sucio y ciego.







Rapsodia


Esta ciudad gris, inmensa e inasible
tendrá algún día todas sus tiendas saqueadas.
El cemento de las calles estará partido,
cortados sus cables, marchita su propaganda.
El río Mapocho desbordado se hundirá en el Metro.
Los edificios que permanezcan en pie
exhibirán sus ventanales rotos
y las aves, indolentes, anidarán en sus pisos.
Como si un ejército las hubiera arrasado
tanto las casas del Barrio Alto
como las viviendas populares
serán ruinas idénticas para el tiempo.
Monumentos, archivos y automóviles
convertidos, por ejemplo, en osamentas.
De sus millones de luces, ninguna volverá a prender.
Sólo quiltros, sapos y ratones harán colonias
en los escombros. Y cada 12 de febrero
el aire, con olor a barro y pantano,
parecerá eléctrico como antes de la lluvia.






2006

















2 comentarios:

victor hugo Collier dijo...

Malisima la poesía de estos tiempos,influenciados,aparentando ser buenos poetas, su comunidad de adeptos se lo agradecen sin saber lo que leen, sólo son narraciones sin poder lograr entusiasmar al lector, poesía urbana, vulgar, con un compromiso a la fealdad del día,no eres solamente tu Matias Ayala, sino todos los nuevos que están acá,.-

victor hugo Collier dijo...

RECOLECTOR



Recoger impresiones desmalezadas
Recoger las colillas de la riqueza y de lo pobre la simpleza
Tomar un mate desesperado en el crepúsculo
Y rondar por la ansiada alma gemela en la playa del alba

Cogedor de ilusiones escritas en el vuelo abstracto de las candelillas
O de ideologías que son una devoción en lo tramado antes del ayer

Apiñar las esencias más intimas que están más allá del ego
Y apalear los desganos ajenos
Que temen; que no son libres y que retroceden
Profesando que avanzan

Toda relación es un reflejo en las almas cuando lo creativo se arrodilla
Quietud y dinamismo en la cuerda floja
Recojamos silencios en movimientos de regocijo
En las místicas piscianas que van desapareciendo
Y que el agrimensor ya tiene calculado
Con aquel custodio de los archivos


Recolectores que señalan la bifurcación en los bosques minúsculos
Y dan simiente en la montaña donde el musgo da la forma
Recogedor de flores que afirman las raíces en el barro
Porque todas le pertenecen


Recolector de manillas que se van ensillando y azulejos olvidados
En la acentuación del sabio que sube hacia el cerro
Y copula con su alma endosada
Recolector de palabras frías, chamuscadas al fin
Escogedor de letras como un libro abierto
Sin páginas estrechas en la lágrima solitaria
Acaparador de memorias etéreas en el capeo de las horas
En el refresco de la indolencia al respirar cada intervalo
Atestado de la sumisión que cala en el precipicio de las olas

De piedras vivientes y de remembranzas cristalizando los aspectos
Flamígero imperecedero que nada puede desviarlo
Recolector de monedas avaras en el presagio de la esclavitud
En el rebaño ecuménico
De la gloria petrificada en la carne
Siendo un puesto pendiente en el origen de la cosecha
Recolector de anillos muertos que sólo toma vida en los dedos
O en el bolsillo humano y de improperios sabios en la salida de la denuncia
Recolector de imágenes sordas
En las cuales hundirse para escuchar
El recolector implacable que no atenta contra el diluvio
Y observa desde el este.


VÍCTOR COLLIER del libro "Audición del confín"