lunes, diciembre 29, 2014

"A un perro herido en la calle", de William Carlos Williams

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio



Soy yo,
        no la pobre bestia ahí tirada
                aullando de dolor,
el que me trae de golpe a mí mismo
        como la explosión
                de una bomba, una bomba que
ha de arrasar al mundo.
        No puedo hacer nada
                sino cantar
y así dar alivio
        a mi dolor.

Un adormilado entumecimiento ahoga mis sentidos
        como si hubiera
                bebido cicuta. Pienso
en la poesía
        de René Char
                y todo lo que debió haber visto
y sufrido
        que lo llevó
                a hablar sólo de
ríos cubiertos de juncos,
        de narcisos y tulipanes
                cuyas raíces riegan,
hasta el río que fluye
        baña las raicillas
                de aquellas fragantes flores
que pueblan la
        vía
                láctea.

Recuerdo a Norma
        la setter inglesa de mi infancia
                sus sedosas orejas
y ojos expresivos.
        Una noche tuvo
                una camada de cachorros
en nuestra despensa y yo pateé
        a uno de ellos
                pensando, alarmado,
que estaban
        mordiendo sus tetillas
                para destrozarla.

Recuerdo también
        un conejo muerto
                que yacía inofensivamente
en la extendida mano
        de un cazador.
                Mientras permanecía
mirándolo
        sacó su cuchillo de caza
                y con una carcajada
lo clavó
        en las partes íntimas del animal.
                Casi me desmayé.

¿Por qué pensaría ahora en eso?
        Debo bloquear
                lo mejor que pueda
los aullidos del perro que agoniza.
        René Char
                eres un poeta que cree
en el poder de la belleza
        para corregir todos los males.
                Creo en eso también.
Con ingenio y coraje
        superaremos a las ínfimas y estúpidas bestias,
deja que todos los hombres lo crean,
        como también me has enseñado
                a creerlo.





en The Desert Music and Other Poems, 1954
























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