jueves, enero 02, 2014

“Ramón Aguilera en Chañaral”, de Enrique Gómez-Zapata









Ha buscado el pasaporte de los años
esa voz temible que se asoma en el cuerpo antiguo,
en el cuerpo añoso
que resulta en cuatro mesas bien dispuestas,
un mantel floreado
y unos vasos de aguerrido vino
marcan cada paso,
cada prueba o dificultad que la vida interpone
en su camino.

Las moscas llenan el lugar,
de suciedad y desierto,
de sol, silencio y soledad.
Ya no quedan ganas
sólo la necesidad vacía de seguir un día más.
Ya no queda espacio,
las luces han callado su temblor de mano,
su mirada fija al horizonte,
su ebriedad de hombre adulto.

Busca entre la gente de la calle
algún espectador. Busca con desgano,
sabiendo que sólo esta mesa quedará encendida.
Cigarrillos, conchas quebradas, negras por el uso,
por la vida que transcurre en un pueblo
en la mitad de nada;
más allá el camino sube o se desvía,
más allá el baile intacto del indígena
enlazado por el cactus, por la savia verde, amarga,
por el aire del espíritu
recobra el ánimo.

Aguilera es un hombre de palabra.
Sorbe lentamente una caña demencial
que vacía en seis segundos.
Mira hacia la calle, la puerta, la dueña del local,
a nosotros que, expectantes, sobrios y descarnados,
lo miramos como al ídolo que siempre fue.
Torpemente acerca los parlantes,
y una temblorosa cinta puesta en el volumen diez.
Afuera no se mueve el tiempo
y el continente de las sombras reaparece
bajo el sol que cae sobre el gran océano.
Hasta los pelícanos, sobre un filón ardiente y seco
se detienen, procuran atisbar.

Abro la ventana un poco más.
Lentamente el aire se completa y la música comienza.
Aguilera mira de soslayo un póster viejo
de una virgen africana.
Toma un trago corto, se persigna
y sube al escenario.



en Poetas del desierto, 1981












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