miércoles, marzo 20, 2013

“Céline, intratable”, de Fernando Savater









A fuerza de proclamar que este año no se va a celebrar oficialmente de ningún modo el medio siglo de su muerte, Louis-Ferdinand Céline se ha llevado por fin la conmemoración más sonada. Y también la más comprometida intelectualmente: no para él, claro, sino para nosotros sus lectores. Porque la cuestión no es si Céline (es curioso que el afamado misógino Destouches eligiera un seudónimo femenino para firmar sus libros, caso infrecuente... como todo lo que le atañe) merece recibir homenajes, ya que literariamente es difícil negárselos y humanamente es imposible rendírselos. Lo inquietante es el estremecimiento que su obra produce en quienes la frecuentamos y que nada tiene que ver con el acatamiento de su ideología política o, más bien, de sus ideologías: pacifista hasta 1940, colaboracionista antisemita después, inventor de una suerte de bufo "socialismo a la francesa", etcétera. ¿Cómo podemos apreciarle tanto, sin dejar nunca de detestarle?

Desde luego, no se trata de un problema moral. La competencia profesional o la valía artística pueden darse en personas muy poco recomendables... sin que dejemos de apreciarlas. A mí no me importa si el piloto del avión en que viajo es buen padre de familia, me basta con estar seguro de su pericia. Si no la tiene, ya puede ser santo que preferiré viajar en tren. La moral no es universalmente exigible en todos los campos (como el respeto a la legalidad), todo lo más resulta deseable. Quien se niega a leer a Quevedo (cuya ideología no fue mejor que la de Céline), o rechaza El mercader de Venecia por antisemita y Otelo por apología de la violencia de género es un filisteo, no un exquisito moralista. Pero lo grave es que las abominables desmesuras raciales y políticas de Céline mantienen un torturado parentesco con los rasgos que hacen su obra única e insustituible en la literatura del siglo XX.

Lo más parecido a una poética que escribió Céline es Entrevistas con el profesor Y, una obrita muy breve y llena de un regocijo feroz. Allí explica su hallazgo fundamental, la invención de la prosa de la emoción, junto a la cual las demás escrituras parecen inertes. Esa intensa vibración celiniana -sus famosos tres puntos suspensivos, su permanente desbordamiento a la par cáustico y popular- es la emoción ante la muerte, destinataria central de sus libros. Muerte de cada uno de nosotros, por supuesto, pero también acabamiento de la sociedad, la historia, la civilización. Para Céline, sin esa emoción no hay poesía y sin poesía no hay verdaderos escritores, solo aquellos del tipo que desprecia, "un tercio cerdo, un tercio gorila, un tercio chacal, nada más". La muerte es la victoria del mal por excelencia, al que solo se enfrenta el verdadero arte, estremecido en su total abandono. Philippe Muray, autor del mejor ensayo sobre Céline (Ed. Gallimard), resume el combate: "Hacer arte con el Mal es el gran arte, el único. Consiste en saber que el Mal no se liquida, como creen los hombres de la antivisión política, sino que la obra es el único lugar donde el Mal puede transformarse inversamente en Bien".

Todos detestaron en su día a Céline, por su nihilismo que obstinadamente se niega a la pereza de la esperanza: todos, nazis, resistentes, la buena y la mala gente. Él mismo lo dijo: "En el periodo más rabioso de la historia de Francia, puedo enorgullecerme de haber logrado al menos la unanimidad de los franceses en un punto: mi asesinato". No, no habrá homenajes oficiales para él, ni ahora ni nunca. Se encargó de hacerlos imposibles. Solo le corresponde uno, mínimo y salvaje, que Philippe Muray condensó en la primera frase de su ensayo: "El nombre de Céline pertenece a la literatura, es decir, a la historia de la libertad". El resto es silencio.




en El País, 28 de junio de 2011

















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