sábado, diciembre 08, 2012

"El hombrecito", de Manuel Montolio





Amanecía cuando a lo lejos apareció una carreta, asomándose según las ondulaciones del camino de tierra, y luego, ya visible, descendiendo el cerro que demoraba el amanecer en el hospital, una carreta que avanzaba al paso cansino y majestuoso de los bueyes, a cuya lentitud debía adaptarse la urgencia de la mujer que en cualquier momento, creían, daría a luz, a pesar de que su marido le pedía, le rogaba, le suplicaba que no, que esperara, y después le hablaba en tono imperativo, como queriendo obligarla a retrasar el momento, y así siguieron avanzando al ritmo resignado de los bueyes indiferentes, mientras el sol se asomaba a su vez tras el cerro, como si los siguiera, y despertaba al aire nocturno para que agitara los árboles que bordeaban el camino, deslizándose la luz por la quieta agua de las acequias que lo enrielaban, y acompañándolos hasta llegar al hospital, por fin, donde la pareja arribó pasada las siete de la mañana, hora en que cambiaba el turno, entrando ellos mientras somnolientos doctores y enfermeras caminaban hacia sus vehículos o hacia el camino, para esperar quién sabe qué, y el hombre se acercó a una secretaria tan indiferente y cansina como los bueyes, quien le dijo que inmediatamente vendrían a buscar a su mujer que apretaba los dientes para no gritar, que apretaba la mano de su marido para aguantar, molesta porque la secretaria se tomaba su tiempo, como si no hubiera urgencia alguna, y comentaba un par de anécdotas triviales con otra secretaria mientras abría la puerta que decía restringido, pero algo aliviada, al fin estaban en el hospital, la guagua no nacería en pleno campo, en las manos torpes de su marido, sino en las del doctor que se acercaba, aunque en ese momento ella y el hombre se tensionaron otra vez porque la mirada del doctor era severa, como reprochando que llegaran a molestarlo a esa hora de la mañana, y su voz tenía un timbre perentorio y militar, como si el mundo entero estuviera a sus órdenes, cosa que así debía ser, puesto que la secretaria dijo sr. Médico-Jefe, y su rostro estricto y su espalda recta y el estómago liso y la ropa impecable hacían pensar en marchas, en uniformes y en pensamientos uniformes, y evocaban los rostros nunca vistos pero temibles que imaginaban dentro de los vehículos que circulaban por los caminos de tierra en la noche – ahora sólo aquellos vehículos podían circular de noche -, además el Médico-Jefe miraba fijamente al hombre, como si tratara de recordarlo, como si tratara de relacionarlo con algún hecho que mereciera castigo, como si pasara revista a unos datos almacenados en su memoria, como si ante él todo el mundo se volviera automáticamente sospechoso, lo cual hizo que el hombre se sintiera un hombrecito, así lo pensó, un hombrecito, al tiempo que su cuerpo se encogía visiblemente, pero entonces la mujer gimió una vez más, oportunamente, y el hombrecito volvió a parecer hombre y le recordó al escrutador Médico-Jefe que su mujer estaba a punto de parir, y bastó un gesto para que los subordinados se pusieran en movimiento, llegó una camilla y la mujer desapareció tras la puerta que decía restringido flanqueada por el Médico-Jefe y su séquito, quien, ante una pregunta del hombre, dijo no, entonces el hombre, cuyo cuerpo recobraba paulatinamente sus dimensiones habituales, recordó la carreta y se dirigió a la entrada, pero la secretaria, que ahora parecía más activa, lo llamó para pedirle su nombre, su dirección, su identificación y la de la mujer, aprobando con la cabeza cada vez que el hombre entregaba un dato, más tranquilo ahora porque su mujer estaba tras la puerta y porque los bueyes, aunque sueltos, no irían muy lejos, lo más probable era que no se movieran, los reflexivos bueyes, pensó, pero de nuevo comenzó a inquietarse cuando la mujer le preguntó dónde trabajaba, si alguna vez había salido del país, cuáles eran sus antecedentes penales, extendiendo el interrogatorio, haciendo que el hombre volviera a sentirse un hombrecito, como si las preguntas de la secretaria fuesen un presagio, una advertencia, y de pronto, pese al temor, la interrumpió, le recordó que sus animales estaban fuera, la mujer lo miró fijamente unos segundos, la otra secretaria, que miraba por la ventana, murmuró algo que el hombre u hombrecito no oyó, y la primera dijo vaya, cuando salió sus animales no estaban, no estaba la carreta, cómo puede desaparecer así una carreta de bueyes, en apenas unos minutos, pero había una patrulla de carabineros, dos gordos hombres armados que también lo miraban fijamente, esa mañana todo el mundo lo miraba fijamente – y ahora el diminutivo volvía a crecer -, y aun así se acercó y explicó que su carreta, que sus animales, que su mujer, que lo acompañaran, por favor, y los carabineros dijeron claro, lo acompañamos, venga, cuando cerró la puerta pensó en la puerta que decía restringido, también cerrada ante él, y partieron, coincidiendo tal vez con el momento en que su mujer dio a luz, cómo saberlo, ella se preguntaba por qué no permitieron a su marido asistir al parto, pero no quiso reclamar, la mirada del Médico-Jefe la intimidaba, ya habría tiempo de sobra para hablar una vez volviera a casa, momento que, se sorprendió, llegaría muy pronto, pues unas horas después – sería la del almuerzo, calculó -, mientras acariciaba a su hijo, envuelto en paños poco higiénicos, una enfermera, con actitud de miedo y culpa, le dijo que se fuera, iba a quejarse, pero recordó el rostro severo, las palabras perentorias, los vehículos que circulaban de noche (entonces sólo ellos circulaban de noche) y los rumores que circulaban hace unos meses, y calló, al salir hablaría con su marido, pero no estaba, la secretaria no sabía nada, no se veía la carreta y el sol muy arriba y caminar por la tierra con ese calor y el recién nacido, y entonces pensó y si no se fue, y si no se fue dónde está, pensó varias veces dónde está, dónde podría estar y pensó y pensó hasta que decidió que por ahora era mejor callar, y partir, eran unos cinco kilómetros, solamente la cuesta exigía un esfuerzo, le cubriría la cabecita con los paños que el hospital le regaló u olvidó quitarle, y partió, tal vez las enfermeras la miraron alejarse ocultas tras las cortinas, no quiso saberlo, ahora todo le daba miedo, por suerte el aire no había dejado de moverse desde la mañana, los árboles aún se balanceaban – como si alguien colgara de ellos, pensó, estremeciéndose -, el calor no la agobiaba pero sí su cuerpo que debía reposar, era el miedo, el miedo lo que la movía, y fue el miedo también lo que la impulsó a caminar más rápido cuando a lo lejos vio que en la acequia de la derecha había un bulto, apenas lo vio lo supo, pero siguió acercándose, cubriéndole los ojos a su hijo, y a cada paso aumentaba su certeza, sí, es él, es él, caminaba sobre las huellas de la camioneta, que no advertía, y llegó, es él, es él, el terror en la mirada, el cuerpo dislocado en las aguas muertas de la acequia.













en Las alambradas están de más, inédito.











3 comentarios:

Nedda González Núñez dijo...

Logra transmitir una
realidad desoladora.

Maritza dijo...

Imposible soltarlo, angustia sostenida hasta el final. Muy bueno.

Javier Acevedo dijo...

Vaya , esto demuestra la cruda realidad en la cual personas humildes deben de inculcarse en las oscuras fosas de la maquinaria capitalista para obtener algo que necesitan , Un sistema en el cual todas las personas inculcadas en el sistema trabajan para si mismas , obteniendo un temperamento de egoísmo y discriminatorio hacia las personas "Inferiores" Por pertenecer a la clase baja , entregándoles un trato injusto e inhumano.

Posdata : Su cuento esta bakan profe , saludos del artistas frustrado Javier :D