jueves, mayo 31, 2012

“Sexo explícito”, de Roberto Fontanarrosa







La flaca siempre estuvo buena, siempre. Yo la miraba trotando adelante mío y decía “mamita, si te agarro”. Más la miraba y más me calentaba, me ponía al palo. Y eso que no me había dejado acercarme demasiado. Porque es grandota la guacha, algo desmañada te diría. Pero, incluso eso, ese mismo asunto de moverse así, un poco torpe, un poco zanguanga ¿viste?, ese trotar un poco de costado, era lo que me tenía loco. ¡Treinta cuadras ya había trotado detrás de ella! O más... ¡Qué se yo! Quizás cuarenta, uno no le da bola a esas cosas en esos momentos. Yo, te digo, nunca voy a entender a las hembras.

Porque uno sabe que andan alzadas y hacen todo para demostrarlo. Además despiden ese olor fuertón y andan locas por un poco de sexo pero, después, hay que seguirlas como mil kilómetros para conseguir algo y arriba te muerden, las desgraciadas. Y todos en patota, en montón, corriendo como pelotudos detrás de ella que nos lleva a la rastra, adonde se le canta el orto, como ciego a mear nos lleva. Siempre me ha avergonzado muchísimo eso. Y eso que yo he sido medio travieso, especialmente antes de que me mandaran a la escuela. Pero siempre me dio por el forro esa cosa babosa, infame, de andar hecho un imbécil detrás de una hembra, como una banda de desesperados, dando un espectáculo lamentable. Porque aquello parecía el juego de “siguiendo al líder” ¿te acordás? La flaca cruzaba un baldío y nosotros cruzábamos el baldío; la flaca cruzaba un charco y nosotros nos metíamos en el charco; a ella se le antojaba atravesar un basural y nosotros atravesábamos el basural. Y, lo que es peor, yo veía, con el poco resto de lucidez que me quedaba, que ella nos iba llevando por la avenida Alberdi, a meterse como una boluda en medio de en medio de las cuatro manos que vienen y van echando putas de un lado a otro y que más de una vez ¡qué digo una vez! ¡miles!, han hecho cagar a uno de nosotros. Aparte, te confieso, la preocupación que me estaba alejando de la casa. Saber que se pasaba la hora de comer y que iban a empezar a preocuparse por averiguar a dónde carajo estaba yo. Incluso la responsabilidad. La custodia de esa casa está a mi cargo. El abogado ha depositado la confianza en mí, para que yo me la pase firme ahí detrás de la reja y no para que ande corriendo detrás de una loca que ya más de una vez me hizo lo mismo  y, al final, ni cinco de pelota. Porque esa es otra. Uno puede correr, trotar, trepar, largar los bofes detrás de cualquier histérica, para que después la muy hija de puta no te dé ni la hora. No iba a permitir otro desprecio. Iba a ir hasta las últimas consecuencias, aunque tuviera que seguirla hasta la recalcada concha de la lora, como una vez, hace años, que detrás de una dálmata fui a parar a Capitán Bermúdez. Esta vez no iba a pasar lo mismo. Sentía las patas… ¿sabés cómo tenía las patas? ¡Así tenía las patas! Parecían cuatro hornallas. La boca pastosa por la calentura. ¡Y me picaba todo el cuerpo! Por el sudor, ¿sabés cómo sudaba? Pero no iba a dar el brazo a torcer. Ella se había parado sólo dos veces, en dos esquinas justamente, en plena zona comercial y nosotros nos habíamos arremolinado alrededor suyo como tiburones. Porque a esa altura de le persecución ya éramos como veinte ¡qué sé yo! Treinta. Siempre me pone mal esa multitud, esa falta de medida en la ambición, esa actitud ramplona de unirse a la patota, a veces, por el solo hecho de molestar o de joder un poco. Admito que la flaca le gustaba a cualquiera de la misma manera que me gustaba a mí. Pero había algunos pelotudos que se unían al grupo sin ninguna chance, como quien puede unirse a una murga, a una comparsa, a una procesión, al reverendo pedo.

Había un pekinés, por ejemplo, no te miento, que no medía mas de quince centímetros de altura, que no le llegaba a la flaca ni al garrón, y venía tercero o cuarto, ladrando de vez en cuando, alborotando como si fuera un astro de cine, metiéndose entre las patas de los demás, al pedo, al grandísimo pedo, por hacer número, porque lo importante es competir o porque se creía que era una carrera, el pelotudo.

O porque se pensaba que era una joda y no una ceremonia de preservación de la especie. Había otro cuzco de color naranja, ordinario como papel de cuete, cura de vaya a saber cuántos bastardos desconocidos, al que le faltaba un ojo para colmo, y que pretendía avanzar a la flaca cuadra de por medios y treparse en las ancas. Decía que la flaca le encajó un par de tarascones en el cogote y el idiota se mandó a mudar por allá atrás y se quedó en el molde. Pero no aflojó ¿podés creer? A las dos cuadras ya lo tenía de nuevo al lado mío, jadeando, empecinado, dale y dale el tuerto hacia las cuatro manos de la Avenida, candidato fijo al despanzurre, a quien lo agarra una Scania Babis y lo deja planchado en el pavimento. Y además, en escándalo. Éramos ya una piara de vándalos enceguecidos, irracionales, trotando como zombies entre la gente. Por suerte la flaca tuvo el buen tino de no parar en frente de la iglesia ni en frente de un colegio, cuando salen los pibes. Yo pensaba dentro de mi calentura, en Marquitos y Maite, que estarían preguntando por mí en la casa, buscándome para darme de comer. Yo jamás les daría ese tipo de espectáculos por mi voluntad. Creo que desistiría de servirme a una hembra como la flaca, aún viniendo ella a tentarme en el jardín de la casa, mirá lo que te digo. Por no mostrar frente a ellos lo indecoroso del sexo. Para algo me mandaron a la escuela, supongo. Pero en aquella jauría valía todo. Era como si el mundo exterior hubiese desaparecido para nosotros.

La gente nos miraba pasar con cierto dejo de temor y asco, o se corría contra la pared por miedo a que los atropelláramos ¡cómo sería el embale que llevábamos! Ya, más de una vez, al cruzar alguna calle, yo había escuchado frenadas, bocinazos, el chirrido de las gomas sobre el asfalto, pero no me había dado vuelta ni para mirar. La verdad es que no quería mirar a nadie. Ni a la gente. Es que sufría pensando en que pudiera verme algún amigo en ese trance, babeándome detrás de aquella perra. Que me viera algún amigo del abogado, o de doña Lucía. El arquitecto Constantini, por ejemplo, que diseñó el salón de juegos para los chicos y la pileta, que siempre que va a casa elogia lo cuidado y terso de mi pelaje. Que me viera así, mezclado entre esta banda de descastados, mordiéndome con los demás, atravesando charcos podridos, pisando mierda. Que me viera el primo de Mauricio, sin ir más lejos, el que le llevó al abogado a la Duquesa para cruzarla conmigo.

Dos noches enteras me dejaron con esa histérica encerrado en el patiecito del fondo para ver si pasaba algo. Pero yo sabía que me estaban espiando Florencia, Máxima y la hija de Máxima, ahí cuchicheando, meta chusmear, cagándose de risa de mí. Con esa falta de privacidad, con tanto público, nadie puede tener una relación satisfactoria. Pero hubiera sido terrible que el primo de Mauricio me viera por la calle y le contara al abogado: “Vi a su perro corriendo tras una hembra en celo por la calle Agrelo. Iba acompañado de una grupo de otros quince miserables”. Aunque no creo que le hubiera sido muy fácil reconocerme. Ya te hablé de la mugre que me cubría, del agua sucia que se nos había hecho barro entre las verijas, y las patas, todo, era un asco eso. O los ojos de loco, la expresión, digamos, demencial, porque en un momento me miré reflejado en una vidriera y me asusté de mi cara de extravío, de enajenación. Las pupilas dilatadas, la lengua colgándome afuera con una longitud que yo nunca hubiera imaginado que pudiera llegar a tener. Y allí estaba regalando mi ventaja. Yo sabía que la flaca era difícil, pero viva. Ella podía elegir, no mendigaba. Ella era consciente que tenía atrás un montón de pelotudos sin dignidad ni orgullo que obedecían al mínimo de sus caprichos. Podía echar una mirada y decir “Aquél dálmata, sí. El cuzco, no. Ese terrier también. El rengo, no”.

Y sabía elegir, no era boluda. Podía entonces diferenciar un perro bien cuidado, de otro muy choto. Podía darse cuenta de aquel que estaba bien cuidado, rollizo, fuerte, sano, del otro que no valía un carajo, el perro de la calle, imbécil, subalimentado, que no sabe obedecer ni una voz de mando, que no ha ido a la escuela, que no sabe que “sit” es “sit” ni que “down” es “down” y que no puede ni trotar dos pasos acomodándose al ritmo de caminar del amo. Por otro lado, ella ya me conocía de vista, no hay que olvidar que el año pasado hice la misma peregrinación tras la flaca sin ningún éxito. Y ella sabía que yo tengo mi buena alzada y que podía servirla sin hacer el más grande escándalo ni el ridículo que representa pirobar en plena calle. Ya lo había demostrado con el Negrito, un cuzco infecto de color indefinido, no más alto que una gallina, vecino de mi casa, que intentó trepársele en la primera parada que hizo la flaca cerca de la pinturería de Don Aldo. Aquella imagen de ese perrito ínfimo, viejo para colmo, abrazado a una pata trasera de la Flaca, realizando movimientos pélvicos espasmódicos, la lengua de un rojo, digamos, obsceno, colgándole como una tripa fuera de la boca, era peripatética. Mi competidor era otro. Un símil manto negro que venía tercero, seguramente producto de cien polvos diferentes, con algún gen de dogo argentino por ahí dando vueltas, a juzgar por los ojos colorados de infradotado que tenía, pero despierto, vivo, perspicaz. Un típico espécimen de la calle, que no se ha embrutecido aún del todo con la dieta de basura diferenciada y que tenía olfato intuitivo del perro hecho a la intemperie, piola para eludir patadas y saber adónde uno puede meterse en un lío y adónde no. Ese era el rival a vencer. Tenía buen tamaño y se lo veía fibroso y ágil. Trotaba de muy buen ritmo y su respiración no parecía agitada. Se le veía buen morro y mostraba ese algo canallesco y perverso que suelen adorar las hembras en los perros atorrantes. Y la flaca lo había visto. En cada una de sus sentadas de descanso, ella se hacía la desentendida, pero miraba. Pienso que sus escalas eran más de control que de descanso. Entrecerraba los ojos, preparaba los dientes para mantenernos a raya, y de paso cañazo repasaba el plantel que venía detrás suyo. Yo no sé. Habría hecho una apuesta, tal vez.  Tal vez le había apostado a una amiga del barrio que reuniría una cifra de más de dos dígitos siguiéndola. Se sentiría, digo yo, una diva de la TV. O un líder de la política. Una hembra predestinada. Yo casi no descartaba que, en algún momento, se detuviera, se trepara a un montículo y nos saliera con un discurso sobre los derechos del animal, algún fragmento de Indira Gandhi, alguno eslogan del feminismo, alguna cita de la Madre Teresa de Calcuta, algo de eso. Sin embargo, te digo, salvo el símil manto negro, el resto no era mensurable. Cuarto o quinto venía el bóxer de los Zamorano. Lo vi recién como a las veinte cuadras y se hizo bien el boludo, como si estuviéramos allí por otra cosa, buscando el diario o haciendo aerobic. Él hizo un movimiento así con la cabeza, como un saludo de desentendido para no demostrar interés, como diciendo: ¿Adónde van todos, che?”. Sexto o séptimo venía el engendro de la familia Mendoza Barrios, al que conozco porque es también de Kennel. Un sorete mínimo, buen perro, que suele mear en los mismos lugares donde yo lo hago en la plaza cuando nos sacan a pasear… Esa conducta obsecuente y copiona me revienta. Aunque no pueda decir que lo odie. Lo desprecio, apenas. Por atrás, alejado del lote, pude ver también al caniche de los Ochoa. El Rulo, que casi se muere de moquillo el año pasado. Nos peina el mismo peinador y es insufrible. Anda a los saltos entre la patota, convencido, seguramente, el pelotudo, de que era una caza del zorro. Los demás no contaban. Había una sarta de roñosos, con sarna algunos, llenos de moscas y mataduras. Otros que parece mentira que creyeran que podían tocarle un pelo tan siquiera a esa diosa de la flaca. Pero uno nunca sabe. El gusto de las hembras es inexplicable. El año pasado, ella terminó revolcándose con un misturado mugriento, impresentable, de una raza absolutamente indefinida, que no la largó como por media hora. Y ella tan pancha. Un asco. Un reverendo asco.

Pero yo no estaba dispuesto a aflojar, esta vuelta ya llevaba como cincuenta cuadras y no paraba. Habían aparecido edificios nuevos, olores desconocidos, veredas extrañas y la flaca parecía no detenerse. Yo escuchaba, dentro de mi barullo mental, el zumbido amenazador y cada vez más cercano del tráfico de la avenida. Pero no estaba dispuesto a renunciar, como otras veces. Es más, esa combinación de sexo y peligro me enervaba, jamás, de otra forma, me hubiera juntado con esa pandilla de pordioseros que corrían, jadeaban y ladraban en torno mío. Por un momento pensé, mirá qué cosa, si aquello no sería una trampa de la perrera. Mirá la persecuta. Dudé si la flaca, esa flaca esquiva e inalcanzable, no estaría trabajando para esos hijos de puta y nos estaría llevando a todos a una encerrona. Había allí ya casi una veintena de vagos repugnables que serían un bocado más que apetitoso para los guardias del lazo. Y admito que no me hubiera disgustado verlos a todos rumbo a la cámara de gas. Por mi parte, podía correr el riesgo. El concejal Rivera Collovini, amigo del abogado, ya había rescatado de la muerte al gran danés de los García Jurado cuando esa bestia se escapó de la casa. Bien podía hacer lo mismo por mí, llegado el caso. Máxime que yo no estaba dispuesto a ceder. Ganaría por obcecación. Por preponderancia del trabajo, como dijera Arlt. Por emperrado justamente. Mi único temor era que no apareciera el siberiano del negocio de ventas de kayaks. Las perras morían por los ojos azules. Pero al siberiano lo cuidaban como a una joya y lo tenían siempre atado de un tilo, en el jardincito del negocio. En un momento perdí la cuenta de cuántos éramos. Y no miraba hacia atrás, pero el rumor de pasos sobre el asfalto, por el vaho caliente y fétido del aliento que nos cubría como una nube atómica, calculo que no seríamos menos de cuarenta. ¡Hasta recuerdo un gato! No dentro del grupo, por supuesto, un testigo. Una visión fugaz, que nos miró pasar, sentado, sin inmutarse, desde el umbral de una puerta, cerca del cruce Alberdi. Nadie le dio bola, ni lo miró siquiera. ¡Una jauría que en otras circunstancias lo hubiera destrozado en una fracción de segundos si lo descubría! Solo un terrier chiquito, de esos peludos, se detuvo un momento frente a él como para atacarlo. Era pura parada, yo lo sabía. Jamás se hubiera atrevido a hacerlo por sí solo, sin nuestra ayuda. Pero se paró un instante como diciendo “¡Hey, acá hay un gato!”. Y nos miraba a nosotros que nos alejábamos, y el gato como esperando refuerzos. Ninguno le dio pelota. Había que ser un fundamentalista muy recalcitrante para abandonar el seguimiento de la flaca por un gato. Pero no me extrañó esa actitud del terrier. Se decía que era puto. Ya alguna vez lo había visto yo en actitudes muy sospechosas con un dálmata en la plaza Alberdi y, al parecer, el dálmata le estaba dando cuerda. Además, cuando íbamos detrás de la flaca, en un par de veces que ella se detuvo, un galgo del montón, de esos que no reconocen una liebre de una perdiz, se lo quiso montar al terrier y éste lo dejaba.

Al final, después de amagarle un par de veces al gato, se vino cagando con nosotros. Y el gato ni se inmutó. Hay que reconocerle eso a los gatos. Los huevos que tienen. Y algo más. Son más discretos para la relación sexual. Nada de correr en tropilla detrás de una hembra. Nada de andar dando un espectáculo violento de coger en las esquinas, ante la mirada horrorizada de las viejas o el fingir que no te han visto de los hombres. Ellos hacen lo suyo de noche y en los tejados. Lejos de la vista humana. Se cagan a arañazos, eso sí, y vuelven hechos flecos con sus patrones, pero mantienen un decoro. Me han dicho –y las he visto también- que las gatas gritan como marranas cuando se las cogen, pero esas son cosas de la pasión.

También dicen que los gatos tienen el pito en forma de flecha. Que lo meten y después no lo pueden sacar, y de allí los gritos. Pero nunca le escuché decir eso a ningún veterinario. Admito que los gatos son un error de la naturaleza, pero de allí a tener pito en forma de flecha ya me parece una exageración. Gritan las gatas porque les gusta y en eso no son demasiado recatadas. Uno poco puede afirmar que ha estado lejos del escándalo. Me acuerdo hace años atrás con una doberman, que quedamos abotonados más de una hora frente a un colegio de monjas. Eso es feo, lo admito. Es una experiencia jodida que no deseo ni al peor de mis enemigos.

Eso de tener que esperar tanto tiempo, cada uno mirando hacia latitudes diferentes, dando a entender que no ocurre nada extraño, escuchando, cagado de vergüenza, las preguntas improcedentes de los pibes a sus padres, o temiendo que se acerque alguna vecina caritativa o airada, con un balde de agua o, lo que es peor, un palo de escoba para terminar con ese escándalo.

Quien ha pasado por eso, ya ha pasado por todo. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Cuando vi que llegábamos a la Escuela República de México, me di cuenta que la flaca enfilaba directamente para la Avenida y no parecía dispuesta a detenerse. Se olía gasolina en el aire, y el humo de los escapes. Sin duda quería someternos a una última prueba de valor y destreza. Quería saber hasta dónde estaban dispuestos a arriesgar el cuero por ella y procuraba hacer una selección rigurosa que en nada podía envidiar a las que hacen para seleccionar astronautas. Era el momento de actuar. Era el momento de demostrar personalidad y tomar la iniciativa. Apuré el trote y puse mi hocico a la altura de su anca derecha. Con sólo inclinar la cabeza podía morderla. Sentí el perfume enloquecedor de su cuerpo. Reconozco que perdí la razón. Ella estaba allí, al alcance de mi tacto, como si fuera de control, en un temblequeo nervioso producto del movimiento del andar y el desenfrenado frenesí del deseo. Supe que podía ser mía. Giró la cabeza y me miró, me miró a los ojos. Y no vi nada más. Ni vi ni escuché ni sentí nada más. Sólo que hubo una terrible explosión y todo se me puso negro. Dicen que volé más de quince metros. Esa es la cagada de los trolebuses, son silenciosos. Uno no los escucha venir. Los que los defienden dicen que no hacen ruido y no solucionan. Por mí que se vayan todos a la reputa madre que los remil parió. Ni sé quién me trajo de vuelta a casa. No me puedo mover. Tengo un vendaje que pica una barbaridad y que me agarra las dos patas de atrás y hasta la cintura. Cada tres horas viene el veterinario y me pone una inyección que me duele más que la mierda. Para colmo el abogado se la pasa preguntando, muy caliente, para qué me habían mandado a la escuela. Casi no tengo ganas de comer y, como decía Hernández, por doler me duele hasta el aliento. Escucho decir a la señora que será mejor insistir con la dálmata. Pero que, al menos ya ha pasado el peligro de sacrificarme.




en Uno nunca sabe, 2000








1 comentario:

RAUL EL CHINO GONZALEZ dijo...

EL MEJOR DE OS CUENTOS DEL NEGRO. NEGRO TKM.