lunes, enero 16, 2012

"A lo lejos un pájaro", de Samuel Beckett

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Tierra de ruinas dispersas, la ha recorrido toda la noche, me rendí, pegado a las cercas, entre camino y acequia, sobre la hierba escasa, pequeños pasos lentos, sin sonido, deteniéndose siempre y de nuevo, cada diez pasos diciendo, pequeños pasos precavidos, para tomar aliento, entonces escuchar, tierra de ruinas dispersas, me rendí antes de nacer, no es posible de otro modo, pero el nacimiento que tenía que suceder, fue el de él, yo estaba adentro, ahora se detiene de nuevo, por centésima vez esa noche diciendo, que la distancia da, que es la última, encorvado sobre su bastón, yo estoy adentro, fue él quien gimió, él quien vio la luz, yo no gemí, no vi la luz, una sobre la otra las manos pesan sobre el bastón, la cabeza pesa en las manos, él ha cogido la respiración, puede escuchar ahora, el tronco horizontal, las piernas tumbadas, las rodillas flaqueando, la misma chaqueta vieja, las rígidas colas se levantan atrás, el día amanece, él sólo tiene que levantar sus ojos, abrir sus ojos, levantar sus ojos, fundirse con el cerco, a lo lejos un pájaro, un momento pasado del que se aferra y del que se huye, era él teniendo una vida, yo no tuve una vida, una vida que no vale la pena, por causa mía, es imposible tener una mente y tengo una, alguien me adivina, nos adivina, a eso es a lo que viene, viene al final, lo veo en mi mente, ahí adivinándonos, las manos y la cabeza un pequeño montón, las horas pasan, él está quieto, busca una voz para mí, es imposible tener una voz y no tengo ninguna, él encontrará una para mí, indecorosa, satisfacerá la necesidad, su necesidad, pero nada más de él, esa imagen, el pequeño montón de manos y cabeza, el tronco horizontal, los sobresalientes codos, los ojos cerrados y rígido el rostro escuchando, los ojos ocultos y toda el rostro oculto, esa imagen y nada más, sin cambiar nunca, tierra de ruinas dispersas, la noche se retira, él ha huido, yo estoy adentro, se llevará a la muerte, por causa mía, la viviré con él, viviré su muerte, el fin de su vida y luego su muerte, paso a paso, en el presente, cómo se conducirá, es imposible lo sabría, lo voy a saber, paso a paso, es que él morirá, no voy a morir, no quedará nada de él salvo huesos, yo estaré adentro, nada más que un granito, yo estaré adentro, no es posible de otra manera, tierra de ruinas dispersas, él ha huido a través del cerco, sin ahora detenerse, él nunca dirá yo, por causa mía, no hablará con nadie, nadie va a hablar con él, él no se hablará a sí mismo, ya no queda nada en su cabeza, yo alimentaré todo lo que ella necesite, todo lo que necesite para terminar, para nunca más decir yo, para no abrir su boca nunca más, confusión de la memoria y el lamento, de los amados y la imposible juventud, agarrando el bastón por la mitad se tropieza haciendo una reverencia a los campos, intenté una vida por mi cuenta, en vano, nunca ninguna salvo la suya, no vale nada, por mí, dijo que no era uno, que era, sigue siendo, el mismo, todavía estoy adentro, el mismo, voy a poner rostros en su cabeza, nombres, lugares, revolverlos a todos juntos, todo lo que necesita para terminar, a huir de los fantasmas, los últimos fantasmas de los que huir y a los que hay que perseguir, confundirá a su madre con putas, su padre con un vendedor viajero llamado Balfe, le alimentaré un viejo perro callejero, un sarnoso y viejo perro callejero, que podría amar de nuevo, perder de nuevo, tierra de ruinas dispersas, pequeños pasos de pánico.



Escrito en los años sesenta
















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