domingo, mayo 15, 2011

"Pirulín del Canto y Zorricueta* ", de Raúl Porto

18 de mayo, 1956 - 14 de mayo 2011


Recordar es volver a pasar por el corazón

Son curiosos los recuerdos, extraños, basta con un olor, una frase, un color, un poco de frío, algo de sed, un rostro que se cruza en la calle, y ahí se desatan ellos. Primero como evocación, para luego apoderarse de la memoria. Toda la vida presente, parece una excusa para recordar algún suceso de nuestras vidas.

Creo que era verano, aunque no recuerdo el año, el mes, ni el día, lo que sí recuera es la hora. La recuerdo por ese afán de mi infancia de saber todo sobre las personas y sobre el mundo. Eran esos años cuando parece que la cabeza tiene espacio suficiente para meter en ella el mundo entero. Yo quería saber por ejemplo: ¿por qué la luna no se caía? ¿Qué hacen los astrónomos de día, cuando no se ven las estrellas? Quería saber porque el sol salía a determinada hora y se guardaba a otra hora. A mis escasos ocho años, intentaba averiguar por qué ocurría de esa forma. ¿Qué ley de la naturaleza, que yo no conocía, hacía que las cosas ocurrieran así? Todos los días un reloj, un lápiz y mi cuaderno me acompañaban a despedir el sol y con ese precario equipo, controlaba sus salidas y sus entradas. A qué hora comenzaba a trabajar y a qué hora se despedía de este lado del mundo, produciendo esa maravilla cotidiana que llamamos puesta de sol. No estoy hablando de una puesta de sol clásica, de esas en que el sol se sumerge en el océano y comienza a irradiar colores en el horizonte y en las nubes que se atreven a cruzarse en su camino.

Hablo de una puesta de sol de la ciudad, de la zona norte de Santiago, de la Población Juanita Aguirre, allí el sol se esconde detrás del cerro Renca, esos dos montículos de más de seiscientos metros de altura y que por su forma cónica llamábamos Las tetas de Santiago.

Una hora y veintitrés minutos después que el sol se escondía tras los cerros, comenzaba la oscuridad. Lo recuerdo perfectamente: me parece estar anotando la hora en mi cuaderno de las cosas raras. El reloj marcaba las 20:56 horas.

El cuaderno de las cosas raras fue un invento de mi hermano mayor, quizás aburrido de las preguntas que a cada minuto le disparaba: ¿cuánto mide una lombriz? ¿Cuántos cerros hay en Chile? ¿Qué edad tiene el hombre más viejo del mundo? ¿Cuántos hijos puede dar a luz una mujer? ¿Cuántos colores tiene el lomo de una lagartija? ¿Fuman las hormigas? Todas preguntas que intrigaban mi infancia. Mi hermano llegó un día y puso en mis manos un cuaderno pequeño, que había fabricado él mismo con hojas que le sobraban de cuadernos antiguos.

“Anota aquí todas las preguntas que se te ocurran y el fin de semana las leemos y buscamos respuestas. Y ponle un nombre al cuaderno para que no se pierda. ¿Será por eso que todos tenemos nombres? ¿Para no perdernos?

Eran exactamente las 20:56 horas y me quedé unos minutos mirando el patio, donde mis hermanas y mi madre siempre se esmeraron en plantar lo que fuera, rosas, zanahorias, acelgas, malvas, tomates, higueras, limones… a pesar de ser un patio pequeño, lo que caía en sus manos se plantaba.

Fue ahí que tuve el primer y único momento de iluminación de toda mi vida, fue un momento especial, como si de repente un halo mágico me invadiera el cuerpo y la mente. Fue como tener alas, volar y observar la casa, el barrio, la ciudad y el país desde el aire, Todo se veía distinto, me sentía lleno de bondad y un depósito de ideas geniales y ente todas, la más maravillosa. Una idea destinada a cambiar el rumbo de la Humanidad.

¿Y si todos hicieran lo mismo? ¿Y si todos plantáramos algo que se pudiera comer? A nadie a le faltaría comida, sólo había que ir al patio y sacar lo necesario. ¿Y por qué sólo en los patios? ¿Por qué no las calles, las plazas y todos los espacios públicos que tuvieran algo de tierra? Plantar, cuidar, regar: ¡Ésa era la trilogía del futuro! ¿Por qué no sembrar nuestros propios alimentos? ¿Quién podría oponerse a semejante idea? No existe ni padre ni madre que se oponga a una idea así, y ¿cuál de mis seis hermanos, aunque mayores osaría oponerse a ese plan de salvación?

Sólo faltaba precisar algunos detalles, y para eso están los mayores, para responder las preguntas de los niños. Al menos eso pensaba en esos años. ¿Cuál es el alimento, más nutritivo y más barato? Porque ése, sólo ése y no otro había que plantar.

Primero lo haría yo en mi patio y luego cuando se vieran los primeros frutos, lo hablaría con mis hermanos y lo daríamos a conocer a los vecinos, luego a la comuna y finalmente al país entero, que acogería con banda de música a su salvador.

La primera ronda de interrogatorios a mis padres y a mis hermanos, arrojó el siguiente resultado: Dos votos obtuvieron las papas, un voto la acelga y seis votos el cochayuyo. No era necesario seguir con las preguntas. Por abrumadora mayoría, el alimento más barato y nutritivo era el cochayuyo.

No recuerdo el día siguiente, ni el mes y menos el año, sólo recuerdo que eran las 6:47 de la mañana, cuando el sol comenzó a elevarse sobre la Cordillera de los Andes. Así lo anoté en mi cuaderno.

Mi padre y mis hermanos mayores, como cada día, bebieron su tazón de té, mordieron una marraqueta y partieron a batallar con el transporte público para llegar al trabajo. Si descontamos al Micifuz, yo era el único ser viviente de la casa despierto a esa hora. ¡La mejor hora del día para plantar cochayuyo!

Me aprovisioné de dos atados de cochayuyo, los separé cuidadosamente en varas de treinta centímetros y los planté separados unos de otros por dos palmos. Los regué con abundante agua y volví a la cama a esperar el milagro. Estaba emocionado y confundido, me faltaba información. ¿Cuánto demora en crecer un cochayuyo? ¿Cuántos nuevos cochayuyos daría cada vara? ¿Qué porcentaje debía volver a plantar? ¿Por qué mierda, nadie era agricultor en la familia? Todas preguntas simples, pero demasiado tormentosas para mis ocho años.

Hacia el mediodía volví al patio; mi pequeño gato Micifuz que habpia sido testigo de mi trabajo, se mostraba entusiasmado con la idea, a juzgar por la forma en que caminaba de un lado para otro del sembrado y en actitud desafiante, parecía montar celosa guardia.

Con el sol del mediodía y el calor que comienza a producirse en las casas, en los patios y en las calles de la población, la casi totalidad de las plantas estaban lacias, adormiladas, con las hojas inclinadas hacia el suelo, parecían contagiarse con la hora de la siesta. ¡Pero no mis cochayuyos! Heroicamente soportaban el calos y se veían más rectos que cuando los planté-. Buen síntoma.

Por la tarde me ofrecí para regar las plantas y, curiosamente, el grueso de ellas al recibir agua, se enderezaba. Las hojas volvían a mirar el cielo, entregaban aromas y se volvían tersas. Mis cochayuyos al contrario, mientras más los regaba, mientras más agua le ofrecía, más lacios se volvían.

¡Interesante! No sería necesaria tanta agua para mantenerlos.

Durante una semana repetí el procedimiento y el resultado no fue el esperado, con el sol, el agua y la tierra, el cochayuyo se fue poniendo negro, se achicó y cada vez que lo tocaba se desmoronaba, como mi plan de salvación, en pequeños trozos.

La situación se volvió insostenible, cuando mi madre comenzó a pregunta por dos paquetes de cochayuyo que tenía guardados para hacer albóndigas y que nadie pudo encontrar.

Me acerqué a mi padre y tuve que explicarle. Le conté sobre el halo luminoso que me había poseído, le traté de convencer que había recibido un don, que estaba destinado a salvar el país del hambre, pero algo hice mal, porque no había resultado mi primer esfuerzo de combatir el principal problema de la Humanidad. Le expliqué que según mi cuaderno de las cosas raras, el sol había tenido una variación de un minuto en su despedida diaria y que eso no explicaba lo que había ocurrido con los cochayuyos.

Osvaldo, padre de siete hijos, miembro del Partido Radical, suscrito al Reader Digest, sacó un cigarrillo, rellenó su vaso de vino tinto y llamó a mi madre:
- “Vieja, ya es hora de llevar a este niño a ver el mar”.









en ¡Ni un vaso atrás!, 2007







* En la década del sesenta, existía un programa de radio llamado Residencial Pichanga, en el cual uno de sus personajes se llamaba Pirulín del Canto y Zorricueta, nombre con el cual fui rebautizado por mi padre desde los cinco años. Con el tiempo el apodo sólo quedó en Pirulo.












A nuestro hermano Raúl Porto,
que partió a alegrar un mundo lejos mejor que éste.












8 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias a él.
Uali

paula dijo...

Que lamentable perdida. La cultura y el mundo popular pierden a uno de los grandes. En la memoria por siempre.

Kiko Carrasco

vidadevelada dijo...

Gran Narrador de la magia cotidiana, recordaremos siempre sus hablamientos... queremos ver mas Porto publicado en DSCNTXT, avanza Raul

Pame Porto dijo...

Que gusto es volver a leer los escritos de Raúl. Siempre te recordaremos, te queremos mucho.

Sergio gomez dijo...

Yo soy uno de sus hermanos
en la palabra en la idea
soy un cantor de micro y de macros
soy el que lo vio emocionarse con el texto de los hermanos vergara.
Me enfrentó al padre Baeza vicario, y al secretario general señor Aguilera, a interpretar el tema, el cual fue aprobado parece en ese momento.

Un dolor inmenso, con silencio y bulla en mi corazon dentro de la cultura huachaca raul.
Adios.
Siempre seras un latido de mi corazón.

que pena no saber de ti.

adios

Anónimo dijo...

Raul me gustaban tus historias y tu pasar por esta tierra no fué en vano trabajé contigo y te doy las gracias por la confianza que me irradiaba tu mirada Adios Porto gran amigo, un abrazo.
pancho "el marino".

Anónimo dijo...

soy de punta arenas no puedo decir que fui amigo suyo pero tuve la suerte de alguna vez haber combartido con el... en algun curso que pudo haber echo aca no recuerdo bien si no es asi fue en alguna escuela de verano que daba la vicaria ...hermosas palabras de sus amigos debe haber sido un gran hombre ...
un amigo comun me comento que habia fallecido
pero por lo visto no se a ido ya que vive en el recuerdo de todos sus amigos...

Carolina Mora Hernandez dijo...

Hola, me gustaría saber cómo puedo encontrar los libros de Raúl Porto, especialmente "Confieso que he bebido". Gracias.