miércoles, abril 13, 2011

“Yonqui”, de William Burroughs






Prólogo

Nací en 1914 en una sólida casa de ladrillo de tres pisos, en una gran ciudad del Medio Oeste. Mis padres eran gente acomodada. Mi padre po­seía y dirigía un negocio de maderas. La casa te­nía un prado delante, un patio interior con jardín, un estanque y tina cerca muy alta de madera a todo su alrededor. Recuerdo al farolero encen­diendo los faroles de gas de la calle y el inmenso y brillante Lincoln negro y los paseos por el par­que los domingos. Todas las ventajas de una vida acomodada, segura, que ya se ha ido para siem­pre. Podría escribir sobre alguna de aquellas nostálgicas costumbres del viejo médico alemán que vivía en la puerta de al lado y sobre las ratas co­rreteando por el patio interior y el coche eléctrico de mi tía y mi sapo favorito que vivía junto al estanque.

En realidad mis primeros recuerdos están te­ñidos por un miedo de pesadilla. Me asustaba es­tar solo, y me asustaba la oscuridad, y me asusta­ba ir a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural siempre parecía a punto de adquirir forma. Temía que cualquier día el sueño siguiera estando allí cuando me despertase.

Me acuerdo de oír a una sirvienta hablando del opio y de cómo fumar opio proporcionaba sueños agradables, y me dije:

—Cuando sea mayor fumaré opio.

De niño tenía alucinaciones. Una vez me des­perté con la primera luz de la mañana y vi a unos hombrecillos jugando dentro de una casa de blo­ques de madera que yo había construido. No tuve miedo, sólo sentí sosiego y sorpresa. Otra aluci­nación o pesadilla recurrente se refería a «animales en la pared», y comenzó con el delirio de una extraña fiebre no diagnosticada que tuve a los cuatro o cinco años de edad.

Fui a un colegio progresista con los futuros ciudadanos honorables, los abogados, médicos y hombres de negocios de una gran ciudad del Me­dio Oeste. Con otros niños me mostraba tímido y me asustaba la violencia física. Había una pe­queña lesbiana muy agresiva que quería arrancar­me el pelo siempre que me veía. Ahora me gusta­ría romperle la cara, pero hace años que se partió el cuello al caerse de un caballo.

Cuando tenía unos siete años mis padres deci­dieron trasladarse a las afueras «para apartarse de la gente». Construyeron una enorme casa con parque y bosque y un estanque donde había ardillas en lugar de ratas. Allí vivían en una confor­table cápsula, con un hermoso jardín y sin man­tener contacto con la vida de la ciudad.

Fui a un colegio privado de las afueras. No era especialmente bueno ni malo en los deportes, ni tampoco brillante ni retrasado en los estudios. Te­nía una evidente falta de visión para las matemá­ticas o las cosas mecánicas. Jamás me gustaron los juegos colectivos de competición y los evitaba siempre que podía. De hecho, me convertí en un enfermo imaginario crónico. Me gustaba pescar, cazar y caminar por el campo. Leía más de lo nor­mal para un muchacho norteamericano de aquella época y lugar: Oscar Wilde, Anatole France, Baudelaire, incluso Gide. Mantuve una relación ro­mántica con otro chico y pasábamos los domin­gos explorando antiguas canteras, andando por ahí en bicicleta y pescando en estanques y ríos.

En esta época, quedé muy impresionado por la autobiografía de un ladrón, titulada No puedes ganar. El autor aseguraba haber pasado gran par­te de su vida en la cárcel. Eso me sonaba bien comparado con la inercia de un lugar de las afue­ras de una ciudad del Medio Oeste en que cualquier contacto con la vida estaba cortado. Consi­deraba a mi amigo un aliado, un cómplice en el crimen. Encontramos una fábrica abandonada y rompimos todos los cristales y robamos un for­món. Fuimos atrapados y nuestros padres tuvie­ron que pagar los daños. Después de esto mi ami­go me dio pasaporte porque nuestra relación po­nía en peligro su permanencia en el grupo. Comprendí que no existía compromiso posible en­tre el grupo, los otros y yo, y me encontré solo gran parte del tiempo.

Los alrededores estaban vacíos, el enemigo oculto y yo me dediqué a solitarias aventuras. Mis actos criminales eran gestos, carecían de prove­cho y la mayor parte de las veces quedaban sin castigo. A veces entraba en las casas y las reco­rría sin llevarme nada. En realidad, no necesita­ba dinero. Otras veces paseaba en coche por el campo con una carabina del 22 disparando a las gallinas. Recorría las carreteras conduciendo te­merariamente hasta que tuve un accidente del que salí ileso de milagro. Esto me hizo ser más pre­cavido.

Fui a una de las tres grandes universidades, donde me matriculé en Literatura Inglesa, debi­do a mi falta de interés por cualquier otra ma­teria. Odiaba la universidad y odiaba la ciudad donde estaba. Todo lo que se relacionaba con aquel lugar estaba muerto. La universidad tenía una falsa organización inglesa regentada por gra­duados en falsos colegios de pago ingleses. Esta­ba solo. No conocía a nadie y los extraños eran vistos con desagrado por la cerrada corporación de los deseables.

Conocí por casualidad a algunos homosexuales ricos, pertenecientes a ese círculo internacional de locas que se extiende por el mundo, tropezándose unas con otras en los locales de maricas, de Nue­va York a El Cairo. Encontré un modo de vida, un vocabulario, referencias, un sistema simbólico completo, como dicen los sociólogos. Pero aque­llas personas eran en su mayor parte unos cursis y, tras un período inicial de fascinación, me apar­té del círculo.

Cuando me gradué, sin honores, me dieron una asignación de ciento cincuenta dólares mensuales. Eran los años de la depresión y no había trabajo y, en cualquier caso, no podía pensar en ningún trabajo que me gustara. Anduve por Europa du­rante un año o así. Los residuos de la posguerra aún se hacían sentir en Europa. Los dólares nor­teamericanos podían comprar gran cantidad de habitantes de Austria, machos o hembras. Esto era en 1936 y los nazis se echaban encima con ra­pidez. Volví a los Estados Unidos. Con mi asignación económica podía vivir sin trabajar o vagabundear.

Seguía separado de la vida como lo había estado en las afueras de aquella ciudad del Medio Oeste. Perdía el tiempo en cursos de psicología para postgraduados y recibiendo lecciones de jiujitsu. Decidí pasar por un psicoanálisis y lo continué durante tres años. El análisis eliminó inhibiciones y ansiedad y entonces pude vivir del modo que yo quería vivir. Gran parte de mis progresos en el análisis tuvieron lugar a pesar de mi analista, a quien no le gustaba mi «orientación», como él decía. Finalmente, abandonó la objetividad analí­tica y me consideró un «perfecto destructivo». Yo estaba más contento con los resultados que él.

Tras ser rechazado en las pruebas físicas de cinco programas para entrenamiento de oficiales, fui alistado por el Ejército y recurrí a mi ficha de salud mental —en una ocasión había montado el truco de Van Gogh y me corté una falange del dedo para impresionar a alguien que me interesaba en aquel momento. Los médicos del manicomio donde me internaron nunca habían oído ha­blar de Van Gogh. Me consideraron esquizofréni­co, añadiendo que además era del tipo paranoide para explicar el hecho asombroso de que supiera dónde me encontraba y quién era el presidente de los Estados Unidos. Cuando en el Ejército vie­ron el diagnóstico me licenciaron con la nota: «Este hombre nunca volverá a ser reclutado ni alistado».

Después de esta ruptura de relaciones con el Ejército desempeñé diversos oficios. En aquellos momentos podía conseguir el empleo que quisie­ra. Trabajé de detective privado, de exterminador, de tabernero. Trabajé en fábricas y oficinas. An­duve jugando en las fronteras del crimen. Pero mis ciento cincuenta dólares mensuales siempre estaban allí. No tenía que tener dinero. Parecía una extravagancia romántica poner en juego mi libertad mediante algún tipo de acto delictivo. Fue entonces y en esas circunstancias cuando entré en contacto con la droga, convirtiéndome en un adicto, y de ese modo conseguí la motivación, la auténtica necesidad de dinero que nunca había te­nido antes.

La pregunta se plantea con frecuencia: ¿Por qué un hombre se convierte en drogadicto?

La respuesta es que normalmente uno no se propone convertirse en drogadicto. Por lo menos es necesario pincharse dos veces al día durante tres meses para adquirir el hábito. Y uno no sabe realmente lo que es la enfermedad de la droga hasta que ha tenido varios hábitos. Yo tardé casi seis meses en adquirir mi primer hábito, y aun entonces los síntomas de carencia eran leves. Creo que no es exagerado decir que fabricar un adicto lleva cerca de un año y varios cientos de pincha­zos.

Las preguntas, naturalmente, pueden respon­derse: ¿Por qué empieza uno a usar estupefacientes? ¿Por qué sigue uno usándolos lo bastante como para convertirse en un adicto? Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motiva­ciones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto. Yo empecé por cuestión de seguridad. Seguí pinchándome mientras pude conseguir droga. Terminé colgado de ella. La ma­yor parte de los adictos con los que he hablado cuentan una experiencia semejante. No empeza­ron a utilizar drogas por ninguna razón que sean capaces de recordar. Si uno nunca ha sido adicto, no tiene una idea clara de lo que significa necesitar droga con la especial necesidad del adicto.

Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es adicto.

Jamás he lamentado mi experiencia con las drogas. Creo que tengo mejor salud en la actua­lidad como resultado de utilizar droga intermi­tentemente, de la que tendría si nunca hubiera sido adicto. Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer. Muchos adictos cortan el hábito periódicamente, lo que implica una contracción del organismo y el reemplazo de las células que dependen de la droga. Una persona que utiliza la droga está en un estado continuo de contracción y crecimiento en ese ciclo diario de necesitar el pinchazo y el pinchazo recibido.

Muchos adictos parecen más jóvenes de lo que son. Los científicos hicieron recientemente experimentos con un gusano al que lograban contraer suprimiéndole la alimentación. Por contracción periódica el gusano estaba en crecimiento conti­nuo, la vida del gusano era prolongada indefinidamente. Quizá si un yonqui pudiera mantenerse en un estado constante de tira y afloja podría vivir hasta una edad verdaderamente fenomenal.

La droga es una ecuación celular que enseña al usuario hechos de validez general. Yo he aprendido muchísimo gracias al uso de la droga: he visto la vida medida por cuentagotas de solución de morfina. He experimentado la agonizante pri­vación de la enfermedad de la droga, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. Yo he aprendido el estoicismo celular que la dro­ga enseña al que la usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Ellos conocían la inutilidad de quejarse o moverse. Ellos sabían que básicamente nadie puede ayudar a otro. No existe clave, no hay secreto que el otro tenga y que pueda comunicar. He aprendido la ecuación de la droga. La dro­ga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.




Publicada originalmente en 1953, bajo el seudónimo de Bill Lee















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