lunes, marzo 31, 2008

"Arriba en la cordillera", de Patricio Manns





Qué sabes de cordillera
si tú naciste tan lejos
hay que conocer la piedra
que corona el ventisquero
hay que recorrer callando
los atajos del silencio
y cortar por las orillas
de los lagos cumbrereños
mi padre anduvo su vida
por entre piedras y cerros.


La viuda blanca en su grupa
la maldición del arriero
llevó a mi viejo esa noche
a arriar ganado ajeno
junto al lago de Atacalpo
a la entrada del invierno.
Le preguntaron a golpes
y el respondió con silencio
los guardias cordilleranos
clavaron su cruz al viento.


Los Ángeles, Santa Fe
fueron nombres del infierno
hasta mi casa llegaba
la ley buscando al cuatrero
mi madre escondió la cara
cuando él no volvió del cerro
y arriba en la cordillera
la noche entraba en sus huesos
el que fue tan hombre y solo
llevó la muerte en su arreo.


Nosotros cruzamos hoy
con un rebaño del bueno
arriba en la cordillera
no nos vio pasar ni el viento
con qué orgullo me querría
si ahora llegara a saberlo
pero el viento no más sabe
donde se durmió mi viejo
con su pena de hombre pobre
y dos balas en el pecho.





"Arriba en la cordillera", intrerpretada por
Patricio Manns e Inti-Illimani





domingo, marzo 30, 2008

“Palestina debe ser un estado democrático, independiente y no confesional”, de José Luis Córdova





Mientras Israel retiraba tanques y blindados del norte de la franja de Gaza, tras una ofensiva de seis días que dejó 116 palestinos muertos y en la que el movimiento Hamás se considera vencedor, el representante del Partido del Pueblo Palestino para América Latina y el Caribe, Khaled Salama, visitaba nuestro país para entregar más antecedentes sobre la real situación.

Tras la incursión de las tropas israelíes, más de un centenar de palestinos murieron (cerca de la mitad civiles) y 350 resultaron heridos en los constantes ataques aéreos y terrestres lanzados por Israel desde el miércoles contra viviendas y edificios del movimiento islamista Hamás.

El diplomático palestino Khaled Salama se reunió este viernes con la dirección del Partido Comunista de Chile, integrada en la oportunidad por Juan Andrés Lagos y Óscar Azócar, de la comisión política, para intercambiar experiencias sobre la lucha y las tareas de solidaridad pendientes entre ambos partidos y pueblos.

Salama nació en Ramallah, ciudad palestina de 57.000 habitantes en Cisjordania, 15 kilómetros al noroeste de Jerusalén. Como el resto de Cisjordania, Ramallah estuvo bajo ocupación jordana desde la guerra árabe-israelí de 1948 hasta la guerra de los Seis Días de 1967 en que fue ocupada por tropas israelíes, como el resto del territorio al oeste del Jordán. En 1994, la ciudad fue entregada a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) dentro de los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993, y es administrada por ésta.

Ramala es famosa por la Mukata, que actualmente funciona como sede del Gobierno de la ANP. La ANP pretende que la futura capital de la Palestina independiente sea Jerusalén Este, actualmente bajo administración israelí. En Ramala se encuentra actualmente la oficina del presidente de la ANP Mahmoud Abbas.


Reforzar la solidaridad

Khaled Salama llamó la atención sobre la necesidad de reforzar la solidaridad con la lucha de los palestinos contra la agresión israelí en complicidad con el imperialismo norteamericano. Salama afirmó que los partidos y movimientos de izquierda en Palestina luchan por la conformación de un estado democrático donde sea posible la convivencia entre islamistas, judíos, cristianos y ciudadanos sin creencias religiosas: “Así como se reconoció el derecho a la conformación de Israel como una nación, debe garantizarse la creación del estado Palestino según las resoluciones de la Organización de Nacional Unidas y del Consejo de Seguridad de la ONU que son desconocidas por el estado israelí y por los Estados Unidos”.

El representante palestino destacó que la “guerra civil” que publicitan los medios de comunicación transnacionales es de interés de las empresas extranjeras y del imperialismo porque los palestinos sólo quieren “la unidad, la democracia y el desarrollo de su nación en paz y libertad”. El dirigente indicó que el sionismo internacional pretende instaurar un estado confesional, religioso y fundamentalista hebreo en la región. Y transferir a los palestinos hacia el sur para apoderarse, también, de la costa palestina y sus riquezas naturales. Salama señaló: “En cualquier estado contemporáneo coexisten sin problemas ciudadanos de diferentes religiones, razas e ideologías y nos parece que el pueblo palestino tiene derecho a ello. Estamos más allá de los fundamentalismos, de la violencia y el terrorismo”.

“En Israel, por otra parte, las odiosidades se dan incluso entre los propios judíos, provenientes de Europa –de Polonia y otros países- contra los sefaradíes, que son considerados ciudadanos de segunda clase y los originarios de América Latina, que son de tercera o cuarta clase”. Explicó además que mientras la región tenía apenas 12 mil judíos en el 1,6% del territorio a comienzos del siglo XX, los palestinos vivían en la zona desde los tiempos bíblicos: “Los palestinos nunca se han retirado de sus territorios ancestrales, incluida la Cisjordania y la franja de Gaza, arrebatadas por la violencia sionista. Actualmente los israelíes ocupan el 60% de las tierras y están utilizando armas prohibidas internacionalmente, como bombas implosivas contra la población inocentes y desarmada, además de levantar un muro, que en mucho recuerda la metodología nazi, para aislar a los palestinos de la población judía, aunque muchos de los primeros son también ciudadanos del estado de Israel, desplazados por la fuerza de ese territorio”.

“El interés del imperialismo por la zona está centrado en el petróleo, el gas y el mercado porque Palestina está enclavada estratégicamente entre Asia, Africa y Europa por eso el interés norteamericano –como hizo con Irak- para apoderarse del petróleo. Nuestro pueblo ha llevado a cabo una serie de “intifadas” contra los sionistas y también contra algunos títeres de los norteamericanos en el mundo árabe que hicieron abortar la revolución palestina”. Respecto a las últimas “conversaciones de paz” en Madrid, Oslo y otras ciudades, Khaled Salama planteó: “Ellos cada día piden más y más y últimamente quieren que los palestinos acepten una indemnización para instaurar definitivamente en la región un estado judío confesional, anulando las resoluciones de la ONU. Israel no quiere aceptar ninguna de las 400 resoluciones de la Asamblea General ni las 189 del Consejo de Seguridad mientras que Estados Unidos sigue votando con ellos, junto a otros dos ó 3 países, contra estos acuerdos de paz. Otros 180 países se pronuncian a favor del estado palestino”.

El Partido del Pueblo Palestino convive con otros cinco partidos o movimientos de izquierda en busca de la unidad política, incluida la convivencia religiosa, explicó Salama. El dirigente palestino denuncia que la CIA y el Mossad (agencia de inteligencia israelí) complotan permanentemente contra la causa palestina y los responsabilizó, por ejemplo, de los atentados contra la AMIA y la embajada de Israel en Buenos Aires, así como del atentado que le costó la vida al ex primer ministro Isaac Rabin “que no fue muerto por un palestino”. Asimismo, recordó que Osama Bin Laden era un agencia de la CIA que tenía negocios con los norteamericanos y “resulta demasiado curioso que no lo ubiquen, supuestamente escondido en una cueva en Pakistán, cuando perfectamente podría encontrarse hoy día en Washington”.

Pese al desequilibrio de fuerzas y bajas, el movimiento Hamás se ve como ganador de la reciente batalla, en la que decenas de milicianos hicieron frente a los soldados israelíes. "Gaza será siempre la tumba de las fuerzas de la ocupación", indicó uno de sus dirigentes, Sami abu Zuhri.

Salama recuerda que lamentablemente el movimiento Hamas fue el autor del golpe de estado contra el gobierno de Al Fatah y hasta ahora no hay un acuerdo político para superar la crisis de gobierno en la Autoridad Nacional Palestina. El movimiento islamista convocó para la presente jornada manifestaciones populares en Gaza para "celebrar la derrota del Ejército de ocupación israelí", mientras que su rival Al Fatah ha protestado en la ciudad de Gaza contra la ofensiva. El primer ministro israelí, Ehud Olmert, advirtió el domingo que los ataques aéreos y terrestres sobre la franja no se detendrán "ni un segundo" pese a las críticas internacionales. “Esto es lo más grave, lo que hay que detener y denunciar”, aclaró en Chile Khaled Salama.

El Partido del Pueblo Palestino celebra este fin de semana un Congreso Nacional al que ha sido invitado el PCCH que enviará un mensaje de saludo a la colectividad hermana y a través de ella, a todo el pueblo palestino.












sábado, marzo 29, 2008

Malcolm X v/s El-Hajj Malik El-Shabazz: dos visiones enfrentadas*






Hermanos y hermanas, estoy aquí para decirles que acuso al hombre blanco. Acuso al hombre blanco de ser el mayor asesino sobre la Tierra. ¡Acuso al hombre blanco de ser el mayor secuestrador sobre la Tierra! No hay ningún lugar en este mundo donde ese hombre pueda ir y decir que llevó paz y armonía. Dondequiera que ha ido, ha hecho estragos. Dondequiera que ha ido, ha causado destrucción. Así que lo acuso. ¡Lo acuso por ser el mayor secuestrador sobre esta Tierra! ¡Lo acuso por ser el mayor asesino sobre esta Tierra! ¡Lo acuso por ser el mayor ladrón y esclavizador sobre esta Tierra! ¡Acuso al hombre blanco por ser el principal comedor de cerdos sobre esta Tierra! ¡El borracho más grande sobre esta Tierra! No puede negar los cargos. ¡Ustedes no pueden negar los cargos! ¡Somos la prueba viviente de esos cargos! ¡Ustedes y yo somos la prueba! Ustedes no son estadounidenses. ¡Ustedes son las víctimas de Estados Unidos! No tuvieron elección al venir aquí. El blanco no dijo: «Negro, negra, vengan y ayúdenme a construir Estados Unidos». El blanco dijo: «Negro, aguanta en el fondo de ese barco, que te llevo para construir Estados Unidos». Haber nacido aquí no los hace estadounidenses. No soy estadounidense. Ustedes no son estadounidenses. Ustedes son parte de los 22 millones de personas negras que son víctimas de Estados Unidos. Nosotros nunca hemos visto la democracia. No vimos la democracia en los algodonales de Georgia. No hubo democracia allí abajo. No vimos democracia en las calles de Harlem, en las calles de Brooklyn, de Detroit y Chicago. No hubo democracia allá. No, ¡nunca hemos visto la democracia! ¡Todo lo que hemos visto es hipocresía! No vemos ningún ‘sueño americano’. Hemos experimentado solamente la pesadilla estadounidense.


***


Recé a Alá desde el monte Arafat. Fue el único momento en mi vida en que estuve ante el Creador de Todo y me sentí como un ser humano pleno. Puede que te escandalice con estas palabras, pero he comido del mismo plato, bebido del mismo vaso, y rezado al mismo Dios con compañeros Musulmanes cuyos ojos eran azules, cuyo pelo era rubio y cuya piel era más blanca que la del blanco. Y todos éramos hermanos, realmente personas de todos colores y razas creyendo en un Dios, en una humanidad. Cada hora en esta tierra sagrada me permite tener una comprensión mayor de lo que está ocurriendo en Estados Unidos. El negro estadounidense no puede ser culpado por sus animosidades raciales, ya que sólo está reaccionando ante 400 años de opresión y discriminación. Pero mientras el racismo lleva a Estados Unidos por una ruta suicida, creo que las nuevas generaciones verán la advertencia y muchos de ellos querrán doblar hacia la ruta espiritual de la verdad, lo único que queda en este mundo para evitar el desastre al que seguramente nos llevará el racismo. Una vez en prisión, la verdad llegó y me cegó. Bien, ha vuelto a ocurrir. En el pasado, he hecho acusaciones arrolladoras contra todos los blancos. Estas generalizaciones han dañado a gente blanca que no se lo merecía. Debido al renacimiento espiritual con el que fui bendito como consecuencia de mi peregrinación a la Ciudad Sagrada de la Meca, ya no suscribo estos juicios radicales de una raza. Pienso tener mucho cuidado para no juzgar a alguien que no haya sido probado culpable. No soy un racista, y no suscribo ninguno de los dogmas del racismo. Con toda honestidad y sinceridad, puede decirse que deseo sólo libertad, justicia e igualdad, vida, libertad y búsqueda de la felicidad para todas las personas.





* Malcolm Little, también llamado Malcolm X, también llamado –posteriormente– El-Hajj Malik El-Shabazz.


Fragmentos extraídos de la película Malcolm X (1992), dirigida por Spike Lee.






















viernes, marzo 28, 2008

“El señor de la testosterona. Entrevista a Chuck Palahniuk”, de Robert Chambers






El autor de culto de El club de la pelea se regodea con la descripción de escenas que aspiran a provocar un paro cardíaco. Pero al mesías de los hombres emasculados ya no le basta regocijarse con su imagen de chico malo. Ahora ni siquiera roba mientras finge ir de compras. ¿Será porque reveló que en verdad está casado con un varón? Palahniuk (pronúnciese Póla-nik) no se cansa de recordar las docenas de personas que se desmayaron durante las lecturas en la gira promocional de su último libro. Y sonríe por el comentario que le hago acerca de su nueva colección de piezas de un periodismo por lo menos peculiar, titulada Non-Fiction.

La gente se enfurece porque esperan encontrarse con un libro que trata de Cultura con mayúscula. Y con exquisiteces. Había llegado al hotel Heathman de Portland con la esperanza de encontrarme con él e ir luego a charlar a su casa, aunque es algo que nunca hace. Palahniuk llega y me dice que vive a, nada menos, tres horas de aquí, en el estado de Washington, y que de todas maneras no puede concederme más de 90 minutos. Está ocupado por el resto del día, preparando trofeos para obsequiar a sus fans, y “quitando las etiquetas con precios que vienen pegadas a los juguetes”.

“Yo también puedo quitárselas”, le digo. Palahniuk me mira como lo haría David Bowie si te le acercaras cuando está por cerrar el Bar Americano en el Savoy, y le propusieras ir a comer unas papas fritas por ahí. El salón del hotel está vacío, pero Chuck insiste en sentarse en la mesa más alejada. Usa una remera gris y unos pantalones color verde botella, parece una persona muy limpia, un modelo o un manequin de Banana Republic con el rostro de Anthony Perkins en Psicosis. Es una comparación que ya le hicieron antes; la gente de carne y hueso nunca te recuerda a Norman Bates. Pero con Palahniuk –con su sonrisa breve, sus modales puntillosos, su misteriosa amabilidad– es otra cosa. Palahniuk sí parece Norman Bates. Como estuve releyendo El club de la pelea, esperaba un hombre más confrontacional.

- Sólo soy confrontacional con mis amigos. Contigo voy a ser tan agradable como una torta.
- ¿Estás seguro? Se detiene un momento.
- Sí.

Palahniuk tiene 43 años, y después de El club de la pelea publicó siete libros. Sus mejores momentos son cuando hace ardid de una prosa astringente, observadora y muy, muy divertida. Acaso la novela que mejor ilustre su obra, marcada por una notable originalidad, sea Choke (Asfixia, publicada hace cinco años y a punto de ser filmada). Victor Mancini, cuya vida social gira en torno a las clínicas de adictos al sexo, quiere ayudar a su madre, que sufre de Alzheimer. Lo toman como empleado de un parque temático llamado Colonia Dunsboro, especie de recreación de una aldea del siglo XVIII, en donde el personal es sancionado por comportamientos anacrónicos como mascar chicle o silbar temas de Erasure. Non-Fiction (Fugitives and Refugees) incluye una crónica del Festival del Testículo en Missoula (Montana), una entrevista a Marilyn Manson, y recuerdos de Chuck de un trato que hizo con una amiga, quien dejó que la observara diseccionando cadáveres a cambio de un encuentro con Brad Pitt. Admitámoslo: Chuck Palahniuk no es para todo el mundo. Este escritor es uno de los pocos novelistas cuya imagen creció hasta una dimensión similar a la de las estrellas de rock. Sus relatos son adorados por adolescentes que se visten como él –y en algunos casos quieren ser como él-. Algunos incluso han llegado a automutilarse en homenaje a Tyler Durden, el compañero de Pitt en El club de la pelea –un libro que, por otra parte, se convertirá pronto en un musical de Broadway-.

La obra de Palahniuk, cuyos editores advierten que es “enferma”, se ha vuelto más mórbida, visceral y resueltamente repugnante. “Cada vez que escribo algo –dice Palahniuk–, creo que es lo más ofensivo y que nunca escribiré algo así. Pero no. Me sorprendo siempre a mí mismo”. En su próximo viaje promocional, nuestro autor leerá fragmentos de una trama que se ocupa, de manera franca y abierta, acerca de la pedofilia. Aunque será difícil superar a Guts (Tripas), la novela que causó conmoción el año pasado, acerca de un adolescente que apoya la cola en el extractor de una piscina. El joven se encuentra con que sus intestinos son aspirados, y comienza a flotar hacia la superficie, pero queda atado al fondo por un hilo de “densas venas y tripas” y debe masticarlo para romperlo y conseguir subir.

Palahniuk junta libros de fotografías de autopsias, como hacía Damien Hirst de adolescente. Hay momentos en que la determinación del escritor por horrorizar puede parecer –o más bien, es– pueril. Non-Fiction incluye la crónica de un día que paseó en Seattle vestido de dálmata.

Por todo esto, de algún modo di por sentado que Palahniuk sería un tipo de personaje jovial y amigable, el tipo de gente que sabe cómo y dónde divertirse. Pero esto no es algo fácil de encontrar en la ceñuda y seria figura que tengo delante de mí. Todavía me resulta más arduo imaginarme a este hombre robar mercadería mientras pasea por un negocio, aunque sus relatos hablen del regocijo que uno experimenta mientras lo hace.

–La atracción está en el sentido de aventura. Siempre te puedes comprar otra chaqueta de cuero. Pero no puedes comprar esa aventura. No puedes comprar ese tipo de excitación.

Te estás pareciendo a Sir Henry Wootton de El retrato de Dorian Gray: “El crimen es para las clases bajas lo que el arte es para nosotros: se trata apenas de un medio que nos procura sensaciones extraordinarias”.

–Es la sensación de excitación, de entusiasmo. La sensación de lo furtivo. De no saber exactamente qué va a pasar, en un cierto momento, alrededor tuyo. Ok, me convenciste. ¿Vamos?

–Bueno... (el entusiasmo de Chuck se disipa). Robo desde los trece años.

Yo robé medias.

–De cualquier modo, el encanto (Palahniuk comienza a cambiar el tema, pero se detiene)... ¿Medias? Bueno, medias... las medias son... realmente son muy fáciles de robar.

Si nos agarran, les decimos que todo es parte de una investigación, de un trabajo de campo.

–Ya sé en qué estás pensando. Nordstrom está apenas a dos cuadras. Pero ya no siento atracción por el robo. Además, mis editores no querrían que hablara de eso. “Cuando un escritor nace –escribió el poeta lituano Czeslaw Milosz–, su familia está condenada”. Pero los Palahniuk tuvieron antes su tragedia. Chuck se crió en un trailer, en Burbank, una pequeña ciudad a 300 y tantos kilómetros hacia el este de donde estamos, a través de las montañas del estado de Washington. Su abuelo paterno mató a su esposa de un disparo, en medio de una discusión acerca de cuánto le había costado una máquina de coser. El padre del escritor, Fred (de tres años, al momento del asesinato), dijo alguna vez que su recuerdo más temprano fue estar oculto debajo de una cama, y observar las botas de su padre, y el caño del rifle, buscando en toda la casa algo más para matar antes de dispararse él mismo.

–A mi abuelo, una grúa en Seattle le pegó en la cabeza. Algunos de la familia dicen que nunca antes había sido violento, de esa forma loca tan suya. Pero algunos dicen que sí lo era. Depende a quién le creas. El trailer de Chuck, que compartió con sus padres, un hermano y dos hermanas, estaba enfrente del bar de Burbank. Allí, Fred, un obrero ferroviario, oficiaba de entusiasta patrón. Nuestro escritor recuerda a su padre llevándolo a él para que lo ayudara a saquear comida de los vagones descarrilados. Cuando Chuck cumplió los 14, su padre se fue de casa. Su madre hoy vive en el estado de Washington.

Palahniuk se recibió de periodista en la Universidad de Oregon. Después de una breve temporada en el periodismo local, trabajó en Camiones Freightliner –primero como mecánico, luego escribiendo manuales de armado y mecánica-. Tenía 13 años cuando se decidió a escribir, en el taller literario semanal de Tom Spanbauer, un escritor de Portland.

La primera novela de Palahniuk, Invisible Monster –sobre la busca de una relación sexual entre un modelo top desfigurado y un travesti- fue rechazada por las editoriales (aunque apareció finalmente en 1999). Nos cuenta que escribió El club de la pelea para “ofender, para shockear y para castigar” a la gente que no quiso publicar “mi buena obra”.

Chuck asegura que él mismo se divierte peleando. Solía propinarles palizas “a ciertos canallas después de algunos tragos”, según un adorable artículo de una revista para hombres, que describe su conversación como “un chorro de testosterona” (Palahniuk es especialmente popular entre este tipo de lectores, y varios de sus relatos fueron publicados como folletín en la revista Playboy).

“Siempre me siento tan bien después de una pelea; es decir, física y emocionalmente agotado. Y duermo muy bien”. Pelear, observa Palahniuk, es un “acto consensual. Las mejores peleas no ocurren entre extraños. Ocurren entre amigos”. El tono de estos comentarios incluye, obviamente, metáforas sexuales, de acentuadas reminiscencias eróticas. “Espiritualidad erótica –dice Palahniuk–, como la de la Iglesia”. Non-Fiction es un libro fascinante de una punta a otra. La capacidad de Palahniuk como periodista es siempre notable: toma aquellos fenómenos genuinamente interesantes, pero nunca a las celebridades en sí mismas, por su valor mass-mediático previo. Al mismo tiempo, trata cada fenómeno en sus propios términos, con sana irreverencia. En una oportunidad entrevistó a la tripulación de un submarino, e hizo que los marineros hablaran sobre cómo tenían sexo bajo el mar.

Vive con su amigo hace 12 años, aunque lo reconoció hace menos de uno. En un texto de 1999, aparece una cita suya que habla de su “mujer”. Cuando le pregunté por eso, dijo que probablemente había dicho “spouse” (una palabra inglesa que no permite distinguir el sexo), y que los entrevistadores siempre presuponen que un varón sólo se puede casar con una mujer.
En Non-Fiction, cuando describes los efectos de los suplementos para fortalecer los músculos, dices que “uno ve a una mujer atractiva y se manda. ¡Grrrrrrr!”.

–Por cierto, en el libro, el noventa por ciento de las veces no hablo de mí.

Cuando Palahniuk habló de su opción sexual, las cosas no salieron como él hubiera deseado. Sucedió de modo accidental. En septiembre del 2003, a punto de emprender un viaje promocional, Palahniuk le otorgó una entrevista a Karen Valby de la revista Entertainment Weekly. Antes de que fuera publicada, Chuck creyó que iban a salir publicadas las declaraciones que realizó off the record acerca de su vida íntima. Quiso anticipar el escándalo y escribió una agria declaración acerca de cuál era el auténtico sexo de su “esposa”, además de comentarios fuertemente personales acerca de la entrevistadora y de un miembro de su familia. Pero apareció la nota, la Valby no había escrito ninguna referencia a su vida privada (sólo se limitó a un “Palahniuk no tiene esposa y declina hablar sobre su vida personal”). “Finalmente, Chuck reveló su verdad más íntima”, comentó con resentimiento la columna Gay News del Willamette Weekly de Portland. “Es un esfuerzo por inyectarle testosterona a su carrera”. ¿A quién le importa si Palahniuk tiene marido o esposa?, podría ser una respuesta razonable y superada de amigos y enemigos del autor. Pero las cosas no son así. La verdad importa. ¿Por qué si no inventar una Señora Palahniuk? Si lo que él dijo en 1999 era ambiguo –como sostiene ahora–, entonces, ¿por qué mi colega escribió: “Dice que por ahora no planean tener hijos”?

“Bueno, era una carga que pesaba sobre mí, pero ahora ya me liberé de ella”, explica Palahniuk.
“Es un terror que se fue”. Es posible que la revelación haya dañado su posicionamiento con los tradicionalistas de Playboy.

Ahora que, como él dice, “explotó la gran bomba”, “ya no necesito ser interesante en las entrevistas. Todo lo que soy es una persona que tiene una hora y media. Y no le debo nada a nadie. Y no me interesan más preguntas...”. Palahniuk mira su reloj. “En realidad, me tengo que ir. Tengo que trabajar en catorce trofeos de bronce y cerca de 100 animales embalsamados. Y eso me interesa más que estas preguntas”.

¿Seguro que no te vendría bien una mano?

–Lo hago en casa de un amigo, y no recibe bien a los extraños.

“No disfrutas mucho las entrevistas”, le digo a Palahniuk mientras se despide.

–Entiendo que hay que hacerlo para promocionar un libro. Pero la verdad es que preferiría bajar la cortina, y no hacerlo más. En el pasado cometí el error de buscar complacer a mis entrevistadores.

Ése es mi problema. Esta entrevista tendría que haber sido cinco años antes. Hace cinco años, habríamos salido juntos a robar medias.

–Lo que pasa es que en el pasado estaba obsesionado porque no me preguntaran por el gran tema, mi vida privada. Pero no hay problema, vamos a robar medias. Otro día de la semana. Ahora déjame en paz.








2004












jueves, marzo 27, 2008

"Porque escribí", de Enrique Lihn





Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos sicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.






en La musiquilla de las pobres esferas, 1969.






miércoles, marzo 26, 2008

"El Anciano entre las nubes...", de Carlos Almonte





El Anciano, como lo llamaban, despertó unos minutos antes de lo acostumbrado. Estaba nervioso y gracias al sudor propio de las noches del desierto omitía nuevos giros en su atuendo, por lo general de refulgente blanco y telas suaves.

Averroes en su tienda enorme, abre puertas y cortinas; brilla el sol y lo saluda. Reverencia en ocho tiempos y sus manos no reparan el frescor amable y sospechoso del amanecer. Quince días han pasado desde el último fragor. Siete mil palabras dichas con exactitud, como quien repite, o tal vez aclara, un verso involucrado con los años de la infancia. Quiebra el paso y se dirige a la montaña. Trae un libro en su morral. Tres pesadas llaves de hierro cuelgan de un costado y las hojas frágiles del pensamiento afirman como el cielo y se resbalan junto al más oscuro y atávico vacío. El Anciano cumple su promesa cada día; tras la luna llena, se encumbra en la montaña... Una vez ahí, se deshace del pálido exterior. Rasga vestiduras, rompe el silencio a gritos que no dicen nada y deja ir sus textos más preciados con el viento. Dicen que en medio de relámpagos se lo ha visto descender. Otros, entre ellos vagabundos y aprendices, observan un difuso halo sobre su cabeza. Hay incluso quienes creen ver a dios, un dios vacío, como todos, un dios que no entrega ni refleja más que el sol y las estrellas. Averroes busca en él la fuente y deja ir el agua, como un cálido torrente hacia las nubes. No hay palabra que reduzca aquella acción. No hay espíritu que impugne o mal-realice esta virtud. El anciano finje, actúa y miente, pero nadie extraña en él más verdad que la aceptada.

Nadie expresa la verdad en esta rueda, ni una sola vez, concluye un niño-adolescente miles de años más tarde, al hallar un tímido fragmento que recuerda esa última noche en que el anciano ascendió más rápido que nunca y se perdió entre las piedras y la bruma. Por supuesto, jamás regresó y nunca nadie halló sus restos. A partir de entonces, la montaña insiste en nubes y relámpagos, y la niebla no desciende más allá de sus laderas. Acaso el niño-adolescente, que atesora aquel fragmento bajo una roca de proporción descomunal, descifre una vez más su mayor secreto: el de la historia verdadera que corre en paralelo, invisible, apenas un destello, una veta, un pórtico enlazado entre llanuras igualables. Quizás el niño aún recuerde cómo va y regresa. El Anciano ya lo dijo al despedirse: Juro por los que se dispersan. Juro por los que establecen la noble distinción. Juro por los que lanzan la palabra. Dejar atrás una frontera y revelarse ante un espacio abierto. Entonces llegará el dolor de los pobres inocentes que volvieron a la tierra sin más designio que una muerte social, fría e inútil.










martes, marzo 25, 2008

"The Truman Show", de Andrew Niccol

Fragmento final



De pronto, se hace la oscuridad. Vientos violentos y lluvia horizontal azotan el barco. Truman lucha con el timón. Vientos huracanados sacuden el mástil y la quilla, destrozan las velas.

De repente, un rayo alcanza el mástil. Los cordajes se parten y Truman cae por la borda. Consigue agarrarse a una cuerda del mástil y se iza a bordo poco a poco. Truman coge la cuerda y se ata al timón.

Olas monstruosas sumergen sin cesar el barco. Con los cordajes restantes, Truman continúa hacia el corazón de la tormenta.

TRUMAN (Chillando al cielo, hasta hacerse oír por encima de la tormenta): Hey, ¿es lo mejor que sabes hacer? ¡Tendrás que matarme!

Al contrario que sus colegas, presas del pánico, Christof aparenta una calma total. Sólo nosotros vemos la minúscula gota de sudor en su sien que le traiciona.

SIMEON (Impresionado al ver a Truman atarse al barco): ¿Ha perdido el juicio?

MOSES (A Christof): En nombre del estudio, exijo que interrumpas la transmisión.

CHRISTOF (Desafiante, a los operadores): ¡Sigan transmitiendo!

MOSES: No eres tú quien debe decirlo.

CHRISTOF: Asumo toda la responsabilidad...

MOSES: Te lo digo por última vez.

CHRISTOF (Al operador sentado delante de la pantalla tipo radar): ¿Está muy cerca?

OPERADOR: Mucho.

CHRISTOF: ¡Hazlo volcar!

MOSES (Interrumpiéndole): ¡Por el amor de Dios, Christof!

CHLOE (Incapaz de contenerse, se enfrenta a Christof): ¡No puedes hacerlo! Se ha atado al barco. ¡Se ahogará!

SIMEON (Mirando a Truman en el monitor, impresionado por su valentía): Le da lo mismo.

CHRISTOF (Irritado, a los operadores): ¡Hazlo!

Todos los ojos se vuelven hacia Christof. Ninguno de los operadores quiere tocar los controles. Christof se precipita hacia el panel y lo hace. Conecta al máximo los controles del «oleaje».

Una serie de olas gigantescas surcan en formación el mar, procedentes de un origen invisible.

Las olas arrollan el barco de Truman. Da la impresión de que Truman va a perder su batalla contra la tormenta, pues cada ola sucesiva se estrella contra su cuerpo, le roba energías, sólo la cuerda le mantiene erguido. Su cabeza se derrumba, suelta el timón, pierde el control del velero. La voluntad de Truman está cediendo.
...
A punto de ser vencido por la siguiente ola, Truman aferra el timón con todo su cuerpo y se prepara para la última acometida.

Pero la ola no llega. Un extraño fenómeno está ocurriendo en el mar. Ha aparecido una clara división en el oleaje. Entre las enormes olas se ha abierto un pasillo de aguas más calmas, de varios cientos de metros de anchura, una peculiar vía de escape. El viento y la lluvia también están remitiendo, la oscuridad retrocede. Una neblina se aferra a la superficie del agua. Truman dirige su barco hacia el extraño pasillo.

Varias sombras grandes y oscura emergen sobre el horizonte ¿Tierra? ¿Islas? Da la impresión de que las formas, que albergan un enorme mecanismo, incluido un gigantesco timón, descubierto sólo a medias sobre el nivel del mar, son el origen del peculiar oleaje.

Truman continúa navegando hacia el horizonte lejanísimo. Todo está en calma, hasta que vemos la proa del barco chocar contra una enorme muralla azul. Truman se desploma. Se recupera y se arrastra hacia la proa del barco. Sobre él se cierne un ciclorama de dimensiones colosales. El cielo hacia el que ha navegado no es más que un gigantesco decorado. Truman mira hacia arriba, fuerza la vista para distinguir la cumbre del cielo, pero se curva en un ángulo empinado hasta perderse de vista. Se agarra al barco con una mano y extiende la otra, vacilante, hacia el ciclorama pintado. Toca el cielo. Mira alrededor y ríe.

Christof y su equipo de producción observan la reacción de Truman en un silencio estupefacto.
...
Mientras el barco deriva paralelo a la curva, en apariencia infinita, del ciclorama, Truman desvía su atención hacia el contorno del impecable decorado. Extrae la foto de Sylvia del bolsillo de su abrigo y se arrastra hasta la proa del barco.

Allí, camuflada en el cielo pintado sobre el borde del agua, hay una puerta. Truman agarra el pomo y detiene el barco. Se yergue ante la puerta y cierra los ojos en una oración silenciosa.

Los miembros de la sala de control contemplan en silencio el monitor. Su medio de subsistencia está a punto de desvanecerse. Christof abra un pequeño panel de la mesa, rompe un sello y habla por el sistema de megafonía de emergencia conectado a todo el estudio.

CHRISTOF: ¡Truman!

La voz de Christof resuena sobre el mar, ahora en calma.

CHRISTOF: ¡Truman!

Truman suelta el pomo, como si le hubiera quemado la mano. Mira alrededor.

CHRISTOF (Voz en off): Puedes hablar. Puedo oírte.

Truman tarda un momento en recobrarse de su miedo y asombro.

TRUMAN: ¿Quién eres?

CHRISTOF: Soy el creador.

Truman mira al «cielo».

TRUMAN: ¿El creador de qué?

CHRISTOF (Voz en off): De un programa, que proporciona esperanza, alegría e inspiración a millones de seres.

TRUMAN (Incrédulo): Un programa. Entonces ¿qué soy yo?

CHRISTOF (Voz en off): Tú eres la estrella.

Truman se esfuerza en comprender.

TRUMAN: Nada era real.

CHRISTOF: Tú eras real. Por eso daba tanto gusto verte.

Truman saca la foto mojada de Sylvia, recuerda sus palabras en la playa.

TRUMAN (Para sí): «Los ojos están por todas partes.»

Christof coge un Delgado monitor plano. Da vueltas en su silla y contempla la imagen de Truman, que ahora sostiene en sus manos.

CHRISTOF: Escúchame, Truman...

La cámara enfoca la mano de Truman. La voz de Christof resuena sobre el agua.

CHRISTOF: Si quieres, puedes irte. No intentaremos detenerte. Pero no sobrevivirás ahí afuera. No sabrás qué hacer, adónde ir.

La sombra de una duda aparece sobre el rostro de Truman.

TRUMAN (Refiriéndose a la foto): Tengo un plano.

CHRISTOF: Truman, he sido testigo de toda tu vida. Te vi dar el primer paso, tu primera palabra, tu primer beso. Te conozco mejor que nadie. No vas a salir por esa puerta...

TRUMAN: Nunca pusiste una cámara en mi cabeza.

Truman se vuelva hacia el cielo, mira a Christof.

CHRISTOF: Truman, no existe más verdad ahí fuera que en el mundo que creé para ti. las mismas mentiras y engaños. Pero en mi mundo no tendrás nada que temer.

Truman aparenta meditar en las posibilidades. Mira la foto de Sylvia que sostiene en su mano.

CHRISTOF (Enfurecido de repente): ¡Di algo, maldita sea! ¡Aún sigues ante las cámaras, en directo para el mundo...!
....
Truman abre la puerta del cielo.

Vacila. Tal vez no será capaz de pasarla, al fin y al cabo. La cámara efectúa un lento zoom hacia la cara de Truman.

TRUMAN: Por si no nos vemos... buenos días, buenas tardes y buenas noches.

Atraviesa la puerta y desaparece. Silencio.






1998





lunes, marzo 24, 2008

“El último maldito”, de Mario Vargas Llosa





Curioso por el entusiasmo que despertó en Onetti, sobre el que escribo un ensayo, la primera novela de Céline, he vuelto a leer -¡después de casi medio siglo!- al último escritor "maldito" que produjo Francia. Como escribió panfletos antisemitas y fue simpatizante de Hitler, muchos se resisten a reconocer el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Pero lo tuvo, y escribió dos obras maestras, Viaje al final de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo. Luego de estas dos novelas su obra posterior se desmoronó y nunca más despegó de esa pequeñez y mediocridad en que viven, medio asfixiados y al borde de la apoplejía histérica, todos sus personajes.

En aquellas dos primeras novelas lo que destaca es la ferocidad de una postura -la del verboso narrador- que arremete contra todo y contra todos, cubriendo de vituperios y exabruptos a instituciones, personas, creencias, ideas, hasta esbozar una imagen de la sociedad y de la vida como un verdadero infierno de malvados, imbéciles, locos y oportunistas, en el que sólo triunfan los peores canallas y donde todo está corrompido o por corromper. El mundo de estas dos novelas, narradas ambas en primera persona por un Ferdinand que parece ser el mismo (en Muerte a crédito cuenta su niñez y adolescencia hasta que se enrola en el Ejército y, en El viaje al final de la noche, su experiencia de soldado en la Primera Guerra Mundial, sus aventuras en el África y en Estados Unidos y su madurez de médico en los suburbios de París), sería intolerable por su pesimismo y negrura, si no fuera por la fuerza cautivadora de un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso que recrea maravillosamente el argot popular y finge con éxito la oralidad, y por el humor truculento e incandescente que, de tanto en tanto, transforma la narración en pequeños aquelarres apocalípticos. Estas dos novelas de Céline, más que para ser leídas, parecen escritas para ser oídas, para entrar por los oídos de un lector al que los dichos, exclamaciones, improperios y metáforas del titi parisién de los suburbios le sugieren todo el tiempo un gran espectáculo sonoro y visual a la par que literario. Qué oído fantástico tuvo Céline para detectar esa poesía secreta que escondía la jerga barriobajera enterrada bajo su soez vulgaridad y sacarla a la luz hecha literatura.

No hay un solo personaje entrañable en estas novelas, ni siquiera alguno que merezca solidaridad y compasión. Todos están marcados por el resentimiento, el egoísmo y alguna forma de estupidez y de vileza. Pero todos imantan al lector, que no puede apartar los ojos -los oídos- de sus disparatadas y sórdidas peripecias, sobre todo cuando hablan. El menos repelente de todos ellos es, sin duda, el astronauta e inventor de Muerte a crédito, Courtial des Pereires -una versión gangsteril y diabólica del tierno Silvestre Paradox de Pío Baroja-, que luego de estafar a media Francia con sus delirantes invenciones y sus exhibiciones aerostáticas, termina descerrajándose un escopetazo en la boca que lo convierte en una masa gelatinosa que pringa las últimas cincuenta páginas de la novela y hasta a los lectores los ensucia de pestilentes detritus humanos. No creo haber leído jamás unas novelas que se sumerjan tanto y con semejante placer y regocijo en la mugre humana, en toda ella, desde las funciones orgánicas hasta los vericuetos más puercos de los bajos instintos.

Siempre se ha dicho que el Céline político sólo apareció después de escribir sus dos primeras novelas, cuando su antisemitismo lo llevó a excretar Bagatelles pour une masacre y otros repugnantes panfletos de un racismo homicida. Pero la verdad es que, aunque, en términos estrictamente anecdóticos, estas novelas no desarrollen temas políticos, ambas constituyen una penetrante radiografía del contexto social en que el nazismo y el fascismo echaron raíces en Europa en los primeros años del siglo veinte. El mundo que Céline describió en sus novelas no es el de la burguesía próspera, ni el de la desfalleciente aristocracia, ni el de los sectores obreros de lo que, a partir de aquellos años, se llamaría el cinturón rojo de París. Es el de los pequeños burgueses pobres y empobrecidos de la periferia urbana, los artesanos a los que las nuevas industrias están dejando sin trabajo y empujando a convertirse en proletarios, los empleados y profesionales que han perdido sus puestos y clientes o viven en el pánico constante de perderlos, los jubilados a los que la inflación encoge sus pensiones y condena a la estrechez y al hambre. El sentimiento que prevalece en todos esos hogares modestos, donde los apuros económicos provocan una sordidez creciente, es la inseguridad. La sensación de que sus vidas avanzan hacia un abismo y que nada puede detener las fuerzas destructoras que los acosan. Y, como consecuencia, esa exasperación que posee a hombres y mujeres y los induce a buscar chivos expiatorios contra la condición precaria y miedosa en la que transcurre su existencia. Bajo las apariencias ordenadas de un mundo que guarda las formas, anidan toda clase de monstruos: maridos que se desquitan de sus fracasos golpeando a sus mujeres, empleados y policías coloniales que maltratan con brutalidad vertiginosa a los nativos, el odio al otro -sea forastero al barrio, o de distinta raza, lengua o religión-, el abuso de autoridad, y, en el ánimo de esos espíritus enfermos, en resumen, la secreta esperanza de que algo, alguien, venga por fin a poner orden y jerarquías a pistoletazos y carajos en este burdel degenerado en que se ha convertido la sociedad.

Todos estos personajes son nacionalistas y provincianos en el peor sentido de estas palabras: porque no ven ni quieren ver más allá de sus narices. Como el Ferdinand Bardamu de El viaje al final de la noche pueden recorrer el África negra y vivir en Estados Unidos, o, como el Ferdinand de Muerte a crédito pasar cerca de dos años en Inglaterra. Inútil: no entenderán ni aprenderán nada sobre los otros porque, por prejuicio, desgana o desconfianza, son incapaces de abrirse a los demás y salir de sí mismos. Por eso, regresarán a su suburbio aldeano, a su campanario, como si nunca lo hubieran abandonado. No saben nada de lo que ocurre más allá de su entorno porque no quieren saberlo: como si romper las celdas en que se han encerrado por el miedo crónico en que viven, fuera a hacerlos más vulnerables a esos misteriosos enemigos de que se sienten rodeados. Pocos escritores han descrito mejor que Céline ese espíritu tribal que es el peor lastre que arrastra una sociedad que intenta progresar y dejar atrás los prejuicios y hábitos reñidos con la modernidad. En Céline no hay la menor intención crítica frente a esta humanidad obtusa y estúpida que describió con intuición genial. Para él, el mundo es así, los seres humanos están hechos de ese apestoso barro y nada ni nadie los mejorará.

Céline pertenecía a este mundillo y nunca salió de él. Por sus simpatías hitlerianas, al final de la guerra huyó a Alemania tras los nazis que escapaban de París y, luego de un peregrinaje patético que narró en unas seudo novelas que no son ni sombra de las dos primeras que escribió, terminó en una cárcel danesa. Dinamarca se negó a extraditarlo argumentando que si lo entregaba a Francia no tendría un juicio imparcial y sería poco menos que linchado. (Estuvo a punto de ser asesinado durante la ocupación por un comando de la resistencia en el que, por lo menos eso juraba él, participó el escritor Roger Vailland). En 1953, fue amnistiado y pudo regresar a París. Volvió a la banlieu donde acostumbraba jugar a la pétanque con amigos de su barrio. Jamás se arrepintió de nada. Poco antes de morir concedió una entrevista en la televisión a Roger Stéphane. Nunca he olvidado esa cara del viejo Céline con la barba crecida y sus ojos enloquecidos, clavados en el vacío, mientras, apretando su puñito esquelético, su vocecita cascada rugía, frenética, ante la cámara: "¡Cuando los amarillos entren a Bretaña, ustedes, franceses, reconocerán que Céline tenía razón!".










domingo, marzo 23, 2008

"Prólogo a 'Aullido por Carl Solomon' de Allen Ginsberg", de William Carlos Williams








Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg, joven poeta que vivía en Paterson, New Jersey, donde él —hijo de un conocido poeta— había nacido y crecido. Era de constitución frágil y estaba muy afectado por la forma en que la vida se había mostrado ante él en Nueva York, en los años que siguieron a la primera guerra mundial. Estaba siempre a punto de irse a alguna parte, no parecía importar dónde; me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas. Su habilidad para sobrevivir, viajar y continuar escribiendo me deja atónito. El que haya seguido desarrollando y perfeccionando su arte no me resulta menos asombroso.

Ahora, quince o veinte años después, aparece con un poema impresionante. Según toda evidencia, ha estado, literalmente, en el infierno. Por el camino se encontró con un hombre llamado Carl Solomon, con el que compartió, entre los dientes y los excrementos de su vida, algo que no puede describirse más que con las palabras con las que él lo ha hecho. Es un alarido de derrota. Y no es en absoluto una derrota, ya que ha pasado por la derrota como si fuera una experiencia corriente, una experiencia trivial. Todo el mundo en esta vida es derrotado alguna vez, pero un hombre, si es un hombre, no es derrotado.

Es el poeta, Allen Ginsberg, el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias que describen la vida en estas páginas. Lo más asombroso de la cuestión no es el que haya sobrevivido, sino el que en las mismísimas profundidades haya encontrado un compañero al que poder amar, amor que canta en estos poemas sin apartar la vista. Podéis decir lo que queráis, pero nos demuestra que a pesar de las experiencias más degradantes que la vida puede ofrecer a un hombre, el espíritu del amor sobrevive para ennoblecer nuestras vidas, si tenemos la inteligencia, y el valor, y la fe, ¡y el arte! de perseverar.

Es la fe en el arte de la poesía la que ha ido de la mano de este hombre hasta su Gólgota desde aquel osario en todo punto semejante al de los judíos en la última guerra. Pero esto transcurre en nuestro propio país, una de nuestras más queridas guaridas. Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas vidas en total oscuridad. Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles. Este poeta ve con toda lucidez los horrores, en los que participa en los detalles más íntimos de su poema. No elude nada sino que lo apura hasta las heces. Lo contiene. Lo reclama como suyo y, creemos, se ríe de ello y tiene el tiempo y la audacia de amar a un compañero de su elección y de dejar constancia de este amor en un buen poema. Remangaros las faldas, Señoras mías, vamos a atravesar el infierno.






* Este texto -en realidad- se llama "Aullido por Carl Solomon", homonimamente al poema de Allen Ginsberg.








sábado, marzo 22, 2008

“La Concha y el Reverendo”, de Antonin Artaud






Dos caminos parecen ofrecerse actualmente al cine, y ninguno de los dos es el verdadero.

Por una parte, el cine puro o absoluto y, por la otra, esa especie de arte venial híbrido que se obstina en traducir en imágenes más o menos afortunadas situaciones psicológicas que estarían perfectamente en su lugar sobre un escenario o en las páginas de un libro, mas no en la pantalla, no existiendo apenas más que como reflejo de un mundo que extrae de otra parte su materia y su sentido.

Está claro que todo lo que se ha podido ver hasta ahora bajo la etiqueta de cine abstracto o puro está muy lejos de responder a lo que aparece como una de las exigencias esenciales del cine. Pues en la medida en que se sea capaz de concebir y asumir la abstracción en que consiste el espíritu del hombre, sólo se podrá permanecer insensible ante líneas puramente geométricas, sin valor significativo por sí mismas, y que no pertenecen a una sensación que el ojo de la pantalla pueda reconocer y catalogar. Por profundamente que se pueda penetrar en el espíritu, se encuentra en el origen de toda emoción, incluso intelectual, una sensación afectiva de orden nervioso que comporta el reconocimiento en un grado elemental quizá, pero en todo caso sensible, de algo sustancial, de una cierta vibración que recuerda siempre estados, sea conocidos, sea imaginados, estados revestidos de una de las múltiples formas de la naturaleza real o soñada. El sentido del cine puro estaría, pues, en la restitución de un cierto número de formas de este orden, en un movimiento y siguiendo un ritmo que constituya el aporte específico de este arte.

Entre la abstracción visual puramente lineal (y un juego de luces y sombras es como un juego de líneas) y el film con fundamentos psicológicos que narra el desarrollo de una historia dramática o no, hay lugar para un esfuerzo hacia el cine verdadero del que nada en las películas presentadas hasta hoy hace prever la materia o el sentido.

En los films de peripecias, toda la emoción y todo el humor descansan únicamente en el texto, con exclusión de las imágenes; con muy escasas excepciones, casi todo el pensamiento de un film está en los subtítulos, incluso en los films sin subtítulos; la emoción es verbal, busca la iluminación o el apoyo de las palabras porque las situaciones, las imágenes, los actos giran todos en torno de un sentido claro. Estamos a la búsqueda de un film con situaciones puramente visuales y en que el drama surgiera de un contraste hecho para los ojos, extraído, si puede decirse, en la sustancia misma de la mirada, y que no proviniera de circunloquios psicológicos de esencia discursiva y que son simplemente textos traducidos visualmente. No se trata de encontrar en el lenguaje visual un equivalente del lenguaje escrito en que el lenguaje visual no sería más que una mala traducción, sino antes bien de hacer patente la esencia misma del lenguaje y de transportar la acción a un plano donde toda traducción fuera inútil y donde esta acción actuase casi intuitivamente sobre el cerebro.

Yo he tratado, en el guión que sigue, de realizar esta idea del cine visual, donde la misma psicología es devorada por los actos. Sin duda, este guión no realiza la imagen absoluta de todo lo que puede hacerse en ese sentido, pero al menos la anuncia.

No es que el cine deba prescindir de toda psicología humana: no es este su principio, muy al contrario, sino el de dar a esta psicología una forma mucho más viva y activa, y sin esas ligaduras que tratan de hacer aparecer los móviles de nuestros actos con una luz absolutamente estúpida en lugar de desplegarlos ante nosotros en toda su original y profunda barbarie.

Este guión no es la reproducción de un sueño y no debe ser considerado como tal. Yo no trataré de excusar su incoherencia aparente por la escapatoria fácil de los sueños. Los sueños tienen algo más que su lógica. Tienen su vida, en que no aparece más que una inteligente y oscura verdad. Este guión busca la verdad oscura del espíritu, a través de imágenes surgidas únicamente de sí mismas, y que no extraen su sentido de la situación en que se desarrollan, sino de una especie de necesidad interior y poderosa que las proyecta a la luz de una evidencia sin apoyos.

La piel humana de las cosas, la dermis de la realidad, he aquí con qué juega el cine en primera instancia. Exalta la materia y nos hace aparecer en su espiritualidad profunda, en sus relaciones con el espíritu de donde ha surgido. Las imágenes nacen, se deducen las unas de las otras, en tanto que imágenes imponen una síntesis objetiva más penetrante que cualquier abstracción, crean mundos que no piden nada a nadie ni a nada. Pero de este juego puro de apariencias, de esta especie de transubstanciación de elementos, nace un lenguaje inorgánico que conmueve por ósmosis al espíritu y sin ninguna especie de transposición en las palabras. Y por el hecho de que juega con la materia misma, el cine crea situaciones que provienen de un simple choque de objetos, de formas, de repulsiones, de atracciones. No se separa de la vida, pero reencuentra la disposición primitiva de las cosas. Los films más acertados en este sentido son aquellos en que reina un cierto humor, como los primeros Malec, como los menos humanos de Charlot. El cine esmaltado de sueños, y que os transmite la sensación física de la vida pura, encuentra su triunfo en el humor más excesivo. Una cierta agitación de objetos, de formas, de expresiones sólo se traduce bien en las convulsiones y sobresaltos de una realidad que parece autodestruirse con una ironía donde se oye gritar a las extremidades del espíritu.

El objetivo descubre a un hombre vestido de negro y ocupado en verter un líquido en vasos de altura y anchura diferentes. Para este transvase se sirve de una especie de valva de ostra y rompe los vasos en cuanto los ha utilizado. El amontonamiento de frascos que hay junto a él resulta increíble. En un momento dado se ve abrirse una puerta y aparecer un oficial de aire bonachón, plácido, ampuloso, y recargado de condecoraciones. Arrastra tras de sí un enorme sable. Está allí como una especie de araña, tan pronto en los rincones oscuros, como en el techo. A cada nuevo frasco roto corresponde un salto del oficial. Mas he aquí que el oficial está a la espalda del hombre vestido de negro. Le quita la valva de ostra de las manos. El hombre se deja hacer con un particular asombro. El oficial da unas vueltas por la sala con la concha, después súbitamente, sacando su espada de la vaina, la rompe de un terrible sablazo. La sala entera tiembla. Las lámparas vacilan y sobre cada una de las imágenes de temblor se ve centellear la punta de un sable. El oficial sale con lento paso y el hombre vestido de negro, cuyo aspecto es muy cercano al de un clergyman, sale tras él a cuatro patas.

Sobre el adoquinado de una calle se ve pasar al reverendo a cuatro patas. Ángulos de calles se trasladan ante la pantalla. De golpe aparece una calesa tirada por cuatro caballos. En esta calesa, el oficial se hace un momento con una bellísima mujer de blancos cabellos. Escondido en una esquina el reverendo ve pasar la calesa, la sigue corriendo a todo correr. La calesa llega ante una iglesia. El oficial y la mujer, tras apearse, entran en la iglesia, se dirigen hacia un confesionario. Entran los dos en el confesionario. Pero en este instante el reverendo salta, se lanza sobre el oficial. El rostro del oficial se agrieta, se llena de granos, se expande; el reverendo ya no tiene entre sus brazos a un oficial, sino a un cura. Parece que la mujer de blancos cabellos no ve a este mismo cura, sino que lo ve de otra manera y así se verá en una sucesión de primeros planos, la cabeza del cura, dulce, acogedora cuando es vista por la mujer, y ruda, amarga, terrible a los ojos del reverendo. La noche cae con una sorprendente brusquedad. El reverendo levanta al cura en lo alto de sus brazos y lo balancea; y a su alrededor la atmósfera se hace absoluta. Se encuentra en la cima de una montaña; en sobreimpresión, a sus pies, una maraña de ríos y llanuras. El cura abandona los brazos del reverendo como un obús, como un tapón que estalla y cae vertiginosamente al espacio.

La mujer y el reverendo rezan en el confesionario. La cabeza del reverendo se mueve como una hoja y súbitamente se diría que algo comienza a hablar en él. Se arremanga y, suavemente, irónicamente da tres pequeños golpes en las paredes del confesionario. La mujer se levanta. Entonces, el reverendo da un puñetazo y abre la puerta como un exaltado. La mujer está delante de él, mirándole. Él se lanza sobre ella y le arranca su corpiño, como si quisiera herirla en los senos. Pero sus senos se han cambiado en un caparazón de conchas. Él arranca este caparazón y lo agita en el aire, centelleante. Lo sacude frenéticamente en el aire y la escena cambia, mostrando una sala de baile. Entran parejas, unas misteriosamente, andando de puntillas, otras con sumo ajetreo. Las lámparas parecen seguir el movimiento de las parejas. Todas las mujeres van vestidas de corto, muestran sus piernas, arquean sus pechos y llevan los cabellos cortados.

Una pareja de reyes hace su entrada; el oficial y la dama de hace un momento. Se colocan sobre un estrado. Las parejas están ardientemente enlazadas. En un rincón, un hombre completamente solo, en medio de un gran espacio vacío. Lleva en la mano una valva de ostra, cuya contemplación le absorve extrañamente. Poco a poco descubrimos en él al reverendo. Pero, trastornándolo todo a su paso, he aquí a ese mismo reverendo que entra llevando en la mano el caparazón con que jugaba tan frenéticamente un poco antes. Levanta el caparazón al aire como si quisiera golpear con él a una pareja. Pero en este instante, todas las parejas se congelan, la mujer de cabellos blancos y el oficial se disuelven en el aire y la mujer reaparece en el otro extremo de la sala en el marco de una puerta que acaba de abrirse.

Esta aparición parece aterrorizar al reverendo. Deja caer el caparazón que lanza al romperse una llamarada gigantesca. Después, como atacado por un sentimiento de pudor imprevisto hace el gesto de atraer hacia sí sus vestidos. Pero en la medida en que toma los faldones de su ropaje para colocarlos sobre sus muslos, se diría que dichos faldones se alargan y forman un inmenso camino de noche. El reverendo y la mujer corren enloquecidos en la noche.

Su carrera se corta por sucesivas apariciones de la mujer en actitudes diversas: tan pronto con una mejilla hinchada, tan pronto sacando una lengua que se alarga hasta el infinito y de la que se cuelga el reverendo como de una cuerda. Tan pronto con el pecho horriblemente henchido.

Al fin de la carrera, se ve al reverendo desembocar en un pasillo y la mujer tras él, nadando en una especie de cielo.

Súbitamente una gran puerta, toda revestida de hierro. La puerta se abre bajo un invisible impulso y se ve al reverendo caminando hacia atrás y llamando delante de él a alguien que no acude. Entra en una gran sala. En esta sala hay una inmensa esfera de cristal. Se acerca a ella, de espaldas, llamando siempre con el dedo a la persona invisible.

Se siente que la persona está cerca de él. Sus manos se elevan en el aire como si abrazase un cuerpo de mujer. Después, cuando está seguro de tener agarrada la sombra, esta especie de doble que no se ve, se lanza sobre ella, la estrangula con expresiones de un tremendo sadismo. Y se siente que introduce la cabeza cortada en el tarro.

Lo encontramos de nuevo por los pasillos, con aire desenvuelto y haciendo girar entre sus manos una gruesa llave. Enfila un pasillo, al fondo de este pasillo hay una puerta, abre la puerta con la llave. Después de esta puerta, otro pasillo, al fondo de este pasillo hay una pareja en la que descubre de nuevo a la misma mujer con el oficial cargado de condecoraciones.

Comienza un persecución. Pero una multitud de puños sacuden una puerta. El reverendo se encuentra en el camarote de un barco. Se levanta de su litera, sale al puente del navío. El oficial está allí, cargado de cadenas. Parece entonces que el reverendo se recoge y reza, pero cuando alza de nuevo la cabeza, a la altura de sus ojos, dos bocas que se juntan le revelan al lado del oficial la presencia de una mujer que hace un momento no estaba allí. El cuerpo de la mujer reposa horizontalmente en el aire.

En ese momento un paroxismo hace presa en él. Parece que los dedos de cada una de sus manos buscan un cuello. Pero entre los dedos de sus manos, cielos, paisajes fosforescentes, y él completamente blanco y con toda la apariencia de un fantasma, pasa con su navío bajo bóvedas de estalactitas.

El navío visto de muy lejos sobre un mar de plata.

Y se ve en primer plano la cabeza del reverendo acostado y respirando.

Del fondo de su boca entreabierta, del hueco entre sus pestañas se desprenden como humaredas relucientes que se juntan todas en un ángulo de la pantalla, formando como un decorado de ciudad, o paisajes extremadamente luminosos. La cabeza acaba por desaparecer completamente y casas, paisajes y ciudades se persiguen, enlazándose y desenlazándose, forman en una especie de firmamento increíble de celestes lagunas, grutas con estalactitas incandescentes y bajo esas grutas, entre esas nubes, en medio de esas lagunas, se ve la silueta del navío que pasa una y otra vez, negro sobre el fondo blanco de las ciudades, blanco sobre los decorados de visiones que súbitamente se vuelven negras.

Pero por doquier se abren puertas y ventanas. Oleadas de luz entran en la habitación. ¿Qué habitación? La habitación de la esfera de cristal. Criadas, sirvientas invaden la sala con escobas y cubos, se precipitan a las ventanas. Por todas partes se agitan intensa, frenética, apasionadamente. Una especie de ama de llaves, rígida, toda vestida de negro, entra con una biblia en la mano y va a instalarse junto a una ventana. Cuando podemos distinguir su rostro descubrimos que es de nuevo la misma bella mujer. Afuera, en un camino, vemos un cura apresurado, y más lejos una muchacha en traje de jardín, con una raqueta de tenis. Está jugando con un joven desconocido.

El cura entra en la casa. De todas partes surgen criados y acaban por formar una fila impresionante. Pero por las necesidades de la limpieza surge la necesidad de cambiar de sitio la esfera de cristal que resulta ser simplemente un recipiente lleno de agua. Pasa de mano en mano. Y por momentos parece que dentro se moviera una cabeza. El ama de llaves manda llamar a los jóvenes que están en el jardín, allí está el cura. Y de nuevo son la mujer y el reverendo. Parece que los van a casar. Pero en este momento por todos los ángulos de la pantalla se amontonan y aparecen las visiones que cruzaban el cerebro del reverendo cuando dormía. La pantalla se rompe en dos por la aparición de un inmenso navío. El navío desaparece, pero de una escalera que parece subir hasta el cielo desciende el reverendo sin cabeza y llevando en la mano un envoltorio de papel. Llegado a la sala, donde todo el mundo está reunido, descubre el paquete y saca la esfera de vidrio. La atención de todos llega al límite. Entonces se inclina hacia el suelo y rompe la bola de cristal: de ahí surge una cabeza que no es otra, sino la suya.

La cabeza hace una mueca horrorosa.

La sostiene en la mano como un sombrero. La cabeza descansa sobre una concha de ostra. Al acercar la concha a sus labios, la cabeza se funde y se transforma en una especie de líquido negruzco que él sorbe cerrando los ojos.

















viernes, marzo 21, 2008

"Jirafa", de Nikolai Gumiliov






Hoy descubro que tienes una mirada triste,
Una particular finura de los brazos que rodean tus rodillas.
Pero escucha: muy lejos, allá en el lago Chad,
Se pasea con gracia una jirafa.

Ostenta, elegante, su tierna delgadez
Y adorna su piel un mágico trazado,
Al que solo la luna se atreve a compararse
Cuando, quebrada, flota sobre los grandes lagos.

A lo lejos semeja las velas de una nave,
Y su carrera fluye como el risueño vuelo de los pájaros;
Sé que la tierra la contempla asombrada
Cuando al anochecer se esconde en su gruta de mármol.

Conozco las leyendas de misteriosos pueblos:
La de una virgen negra, la del guerrero amante.
Pero hace mucho tiempo respiras en la bruma,
Y no quieres creer sino en la lluvia fría.

Entonces ¿cómo hablarte de un jardín tropical,
De las esbeltas palmas, del aroma de plantas ignotas...?
¿Lloras? Escucha: muy lejos, allá en el lago Chad
Se pasea con gracia una jirafa.






Traducción del ruso de José Manuel Prieto y Ernesto Hernández Busto




Texto original

Жираф

Сегодня, я вижу, особенно грустен твой взгляд, / И руки особенно тонки, колени обняв./ Послушай: далёко, далёко на озере Чад/ Изысканный бродит жираф.// Ему грациозная стройность и нега дана,/ И шкуру его украшает волшебный узор,/ С которым равняться осмелиться только Луна,/ Дробясь и качаясь на влаге широких озёр.// Вдали он подобен цветным парусам корабля,/ И бег его плавен, как радостный птичий полёт./ Я знаю, что много чудесного видит земля,/ Когда на закате он прячется в мраморный грот.// Я знаю весёлые сказки таинственных стран/ Про чёрную деву, про страсть молодого вождя,/ Но ты слишком долго вдыхала тяжёлый туман,/ Ты верить не хочешь во что-нибудь, кроме дождя.// И как я тебе расскажу про тропический сад,/ Про стройный пальмы, про запах немыслимых трав.../ Ты плачешь? Послушай... далёко, на озере Чад/ Изысканный бродит жираф.//





Contribución a Dscntxt de Miguel Muñoz






jueves, marzo 20, 2008

“Paseo Nocturno”, de Rubem Fonseca






Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en su dormitorio practicando impostación de la voz, la música cuadrofónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín? Preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado y, como siempre, no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada, nosotros teníamos una cuenta bancaria conjunta. ¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear en auto todas las noches, ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta de la cochera, impidiendo que yo sacase mi auto. Saqué el auto de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que el corazón latía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio, a la postre, era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevando un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella sólo se dio cuenta que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Di en la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Pasé orgullosamente la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas. La familia estaba viendo la televisión. ¿Ya dio su paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenos noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.












miércoles, marzo 19, 2008

"El Rey Lear", de William Shakespeare

Fragmento del Acto Cuarto, Escena VII
© Traducción de Juan Carlos Villavicencio




CORDELIA
        (...) ¿Cómo está el rey?

DOCTOR
        Aún duerme, señora.

CORDELIA
        ¡Dioses clementes, reparad la inmensa grieta
        que ha recibido su naturaleza ultrajada!
        ¡Oh, restableced la armonía en los sentidos
        discordantes de este padre convertido ahora en niño!

DOCTOR
        Si le place a Vuestra Majestad,
        podemos despertar al rey. Ha dormido demasiado.

CORDELIA
        Regíos por vuestro saber
        y haced según vuestra voluntad. ¿Está vestido?

Entra LEAR en un sillón, llevado por criados.

CABALLERO
        Sí, señora. Durante su profundo sueño
        le hemos puesto nueva ropa.

DOCTOR
        Estad cerca, señora, cuando le despertemos.
        No dudo que se habrá calmado ya.

CORDELIA
        ¡Ah, padre querido! Curación, en mis labios
        pon tu medicina, y que este beso
        repare las crueldades que mis dos hermanas
        infligieron a tu reverencia.

KENT
        ¡Tierna y querida princesa!

CORDELIA
        Aunque no fueras su padre, tus blancos cabellos
        debieron reclamar su amor. ¿Podría afrontar
        este rostro el furor del viento,
        el horrible estampido del trueno,
        el inmenso rayo, las terribles
        y ágiles descargas del relámpago vivo
        y oscilante, sin otra protección
        (¡Oh, pobre abandonado!) que ese ligero yelmo
        para soportar la tempestad?
        Aunque me hubiese mordido
        el perro de mi enemigo, lo habría dejado cobijarse
        en mi casa junto al fuego, una noche como ésa.
        Y tú, anciano padre mío, ¿tuviste que buscar
        un albergue en una pobre choza,
        entre la paja quebrada y podrida,
        confunfido con los cerdos y los infelices sin asilo?
        ¡Ay de mí! ¡Ay! Asombra que no cesara ahí
        tu vida, a la vez que tu razón. Se despierta. Habladle.

DOCTOR
        Hacedlo vos, señora. Es lo mejor.

CORDELIA
        ¿Cómo está mi rey y señor? ¿Cómo se encuentra, Vuestra Majestad?

LEAR
        Habéis obrado mal al arrancarme de la tumba.
        Tú eres un alma en la gloria, pero yo
        estoy atado a una rueda de fuego y son mis lágrimas
        las que me abrasan como plomo bien fundido.

CORDELIA
        ¿Me conocéis, señor?

LEAR
        Eres un espíritu, lo sé. ¿Cuándo has muerto?

CORDELIA
        ¡Todavía, todavía lejos de la realidad!

DOCTOR
        Apenas si va despertando. Dejadle un instante más.

LEAR
        ¿Dónde he estado? ¿Dónde estoy? ¿Acaso es de día?
        Estoy confundido. Moriría de pena
        si viera a otro como yo me hallo. No sé qué decir.
        No puedo ni jurar que éstas sean mis manos.
        A ver. Siento el pinchazo de esta aguja.
        Quisiera darme cuenta de cómo estoy.

CORDELIA
        Miradme, oh, señor, y extended
        vuestra mano para bendecirme.
        ¡No, señor, no debéis arrodillarte!

LEAR
        Te ruego que de mí no te burles.
        Sólo soy un pobre anciano que alcanza
        los ochenta, ya pasados, ni acaso un día menos,
        y que -para hablaros con franqueza-
        teme haber perdido ahora el juicio.
        Creo que te conozco, a ti y a este hombre,
        pero estoy dudoso: ignoro incluso
        en qué lugar estoy y por más que enfrento mi memoria,
        no recuerdo haber vestido así, ni tampoco
        dónde he pasado la última de mis noches.
        No os riáis de mí: tan verdad como que soy hombre,
        creo que esta dama es mi hija Cordelia.

CORDELIA
        Lo soy; lo soy.

LEAR
        ¿Están húmedas tus lágrimas? Sí, es cierto. No llores,
        te lo ruego. Si tienes un veneno, me lo beberé.
        Yo sé que no me amas. Tus hermanas
        -ahora lo recuerdo- me han tratado mal.
        Tú tienes tus razones; ellas, no.







1605-1608












The King Lear

CORDELIA Then be't so, my good lord./ To the Doctor/ How does the king?// DOCTOR Madam, sleeps still.// CORDELIA O you kind gods,/ Cure this great breach in his abused nature!/ The untuned and jarring senses, O, wind up/ Of this child-changed father!// DOCTOR So please your majesty/ That we may wake the king: he hath slept long.// CORDELIA Be govern'd by your knowledge, and proceed/ I' the sway of your own will. Is he array'd?// GENTLEMAN Ay, madam; in the heaviness of his sleep/ We put fresh garments on him.// DOCTOR Be by, good madam, when we do awake him;/ I doubt not of his temperance.// CORDELIA Very well.// DOCTOR Please you, draw near. Louder the music there!// CORDELIA O my dear father! Restoration hang/ Thy medicine on my lips; and let this kiss/ Repair those violent harms that my two sisters/ Have in thy reverence made!// KENT Kind and dear princess!// CORDELIA Had you not been their father, these white flakes/ Had challenged pity of them. Was this a face/ To be opposed against the warring winds?/ To stand against the deep dread-bolted thunder?/ In the most terrible and nimble stroke/ Of quick, cross lightning? to watch--poor perdu!--/ With this thin helm? Mine enemy's dog,/ Though he had bit me, should have stood that night/ Against my fire; and wast thou fain, poor father,/ To hovel thee with swine, and rogues forlorn,/ In short and musty straw? Alack, alack!/ 'Tis wonder that thy life and wits at once/ Had not concluded all. He wakes; speak to him.// DOCTOR Madam, do you; 'tis fittest.// CORDELIA How does my royal lord? How fares your majesty?// KING LEAR You do me wrong to take me out o' the grave:/ Thou art a soul in bliss; but I am bound/ Upon a wheel of fire, that mine own tears/ Do scald like moulten lead.// CORDELIA Sir, do you know me?// KING LEAR You are a spirit, I know: when did you die?// CORDELIA Still, still, far wide!// DOCTOR He's scarce awake: let him alone awhile.// KING LEAR Where have I been? Where am I? Fair daylight?/ I am mightily abused. I should e'en die with pity,/ To see another thus. I know not what to say./ I will not swear these are my hands: let's see;/ I feel this pin prick. Would I were assured/ Of my condition!// CORDELIA O, look upon me, sir,/ And hold your hands in benediction o'er me:/ No, sir, you must not kneel.// KING LEAR Pray, do not mock me:/ I am a very foolish fond old man,/ Fourscore and upward, not an hour more nor less;/ And, to deal plainly,/ I fear I am not in my perfect mind./ Methinks I should know you, and know this man;/ Yet I am doubtful for I am mainly ignorant/ What place this is; and all the skill I have/ Remembers not these garments; nor I know not/ Where I did lodge last night. Do not laugh at me;/ For, as I am a man, I think this lady/ To be my child Cordelia.// CORDELIA And so I am, I am.// KING LEAR Be your tears wet? yes, 'faith. I pray, weep not:/ If you have poison for me, I will drink it./ I know you do not love me; for your sisters/ Have, as I do remember, done me wrong:/ You have some cause, they have not.//









martes, marzo 18, 2008

“Amanecer”, de Ernesto Cardenal





Ya están cantando los gallos.
Ya ha cantado tu gallo comadre Natalia,
ya ha cantado el tuyo compadre Justo.

Levántense de sus tapescos, de sus petates.
Me parece que oigo los congos despiertos en la otra costa.

Podemos ya soplar un tizón.
Botar la bacinilla.
Traigan un candil para vernos las caras.

Latió un perro en un rancho
y respondió el de otro rancho.
Será hora de encender el fogón comadre Juana.
La oscurana es más oscura pero porque viene el día.

Levantate Chico, levantate Pancho.
Hay un potro que montar,
hay que canaletear un bote.

Los sueños nos tenían separados, en tijeras,
tapescos y petates (cada uno con su sueño),
pero el despertar nos reúne.

La noche ya se aleja seguida de sus ceguas y cadejos.
Vamos a ver el agua muy azul: ahorita no la vemos.
Y esta tierra con sus frutales, que tampoco vemos.

Levantate Pancho Nicaragua, cogé el machete,
hay mucha yerba mala que cortar,
cogé el machete y la guitarra.

Hubo una lechuza a medianoche y un tecolote a la una.

Luna no tuvo la noche ni lucero ninguno.
Bramaban tigres en esta isla y contestaban los de la costa.

Ya se ha ido el pocoyo que dice: Jodido, Jodido.
Después el zanate clarinero cantará en la palmera,
cantará: Compañero, Compañera.

Delante de la luz va la sombra volando como un vampiro.

Levantate vos, y vos, y vos.
(Ya están cantando los gallos).

Buenos días les dé Dios!