jueves, mayo 31, 2007

"Pintura de un mundo sin edad", de Jacques Derrida

Fragmento


The time is out of joint. El mundo va mal. Está desgastado pero su desgaste ya no cuenta. Vejez o juventud — ya no se cuenta con él. El mundo tiene más de una edad. La medida de su medida nos falta. Ya no damos cuenta del desgaste, ya no nos damos cuenta de él como de una única edad en el progreso de una historia. Ni maduración, ni crisis, ni siquiera agonía. Otra cosa. Lo que ocurre le ocurre a la edad misma, para asestar un golpe al orden teleológico de la historia. Lo que viene, donde aparece lo intempestivo, le ocurre al tiempo, pero no ocurre a tiempo. Contra-tiempo. The time is out of joint. Habla teatral, habla de Hamlet ante el teatro del mundo, de la historia y de la política. La época está fuera de quicio. Todo, empezando por el tiempo, parece desarreglado, injusto o desajustado. El mundo va muy mal, se desgasta a medida que envejece, como dice también el Pintor en la apertura de Timón de Atenas (tan del gusto de Marx, por cierto). Ya que se trata del discurso de un pintor, como si hablara de un espectáculo o ante una pintura: «How goes the world? — It wears, sir, as it grows». En la traducción francesa de François-Victor Hugo: «El Poeta. — Hace mucho tiempo que no os veo. ¿Cómo va el mundo? El Pintor. — Se gasta, señor, a medida que envejece».

Este desgaste en la expansión, en el crecimiento mismo, es decir, en la mundialización del mundo, no es el desenvolvimiento de un proceso normal, normativo o normado. No es una fase de desarrollo, una crisis más, una crisis de crecimiento, ya que el crecimiento es el mal (It wears, sir, as it grows), no es ya un fin-de-las-ideologías, una última crisis-del-marxismo, o una nueva crisis-del-capitalismo.

El mundo va mal, la pintura es sombría, se diría que casi negra. Formulemos una hipótesis. Supongamos que, por falta de tiempo (el espectáculo o la pintura están siempre «faltos de tiempo»), se proyecta solamente pintar, como el Pintor de Timón de Atenas. Un pintura negra sobre una pintura negra.

Taxonomía o detención de la imagen. Título: The time is out of joint o: «Lo que hoy va tan mal en el mundo». A este título banal habría que tolerarle su forma neutra, para evitar hablar de crisis, concepto muy insuficiente, y para evitar decidir entre el mal como sufrimiento y el mal como entuerto o como crimen.

A este título para una posible pintura negra se le podrían añadir simplemente algunos subtítulos. ¿Cuáles?

La pintura kojeviana del estado del mundo y de los Estados Unidos de la postguerra podía ya entonces chocar. El optimismo se teñía allí de cinismo. Era ya entonces insolente decir que «todos los miembros de una sociedad sin clases pueden apropiarse, desde ahora, de todo lo que les plazca, sin por ello trabajar más de lo que les apetezca». Pero ¿qué pensar hoy de la imperturbable ligereza que consiste en cantar el triunfo del capitalismo o del liberalismo económico y político, «la universalización de la democracia liberal occidental como punto final del gobierno humano», el «fin del problema de las clases sociales»?, ¿qué cinismo de la buena conciencia, qué denegación maníaca puede hacer escribir, cuando no creer, que «todo lo que obstaculizaba el reconocimiento recíproco de la dignidad de los hombres, siempre y en todas partes, ha sido refutado y enterrado por la historia»[1]?

Provisionalmente y por comodidad, atengámonos para empezar a la caduca oposición entre guerra civil y guerra internacional. Con respecto a la guerra civil, ¿hay que recordar otra vez que nunca la democracia liberal de forma parlamentaria ha sido tan minoritaria ni ha estado tan aislada en el mundo? ¿Que nunca estuvo en semejante estado de disfuncionamiento en lo que se llaman las democracias occidentales? La representatividad electoral o la vía parlamentaria no sólo está falseada, como fue siempre el caso, por un gran número de mecanismos socio-económicos, sino que se ejerce cada vez peor en un espacio público profundamente trastornado por los aparatos tecno-tele-mediáticos y por los nuevos ritmos de la información y de la comunicación, por los dispositivos y la velocidad de las fuerzas que representan, e igualmente, y como consecuencia, por los nuevos modos de apropiación que aquéllas ponen en marcha, por la nueva estructura del acontecimiento y de su espectralidad que producen (que inventan y ponen al día, inauguran y revelan, hacen suceder y sacan a la luz a la vez, ahí donde aquéllas estaban ya ahí sin estar ahí: de lo que aquí se trata es del concepto de producción en su relación con el fantasma). Esta transformación no afecta sólo a los hechos, sino al concepto de tales «hechos». Al concepto mismo del acontecimiento. La relación entre la deliberación y la decisión, el mismo funcionamiento del gobierno ha cambiado, no solamente en sus condiciones técnicas, su tiempo, su espacio y su velocidad, sino también, sin que nos hayamos realmente dado cuenta, en su concepto. Acordémonos de las transformaciones técnicas, científicas y económicas que, en Europa, después de la Primera Guerra Mundial, habían ya trastornado la estructura topológica de la res publica, del espacio público y de la opinión pública. No afectaban solamente a esta estructura topológica, sino que comenzaban incluso a hacer problemática la presuposición de lo topográfico y que hubiera un lugar y, por tanto, un cuerpo identificable y estabilizable para el habla, la cosa o la causa pública, poniendo en crisis, como se dice a menudo, a la democracia liberal, parlamentaria y capitalista, abriendo así el camino a tres formas de totalitarismo que después se aliaron, se combatieron o se combinaron de mil maneras. Ahora bien, estas transformaciones se amplifican hoy desmesuradamente. Por otra parte, este proceso no responde ya siquiera a una ampliación, si por esta palabra se entiende un crecimiento homogéneo y continuo. Lo que ya no se mide es el salto que nos aleja ya de aquellos poderes mediáticos que, en los años veinte, antes de la televisión, transformaban profundamente el espacio público, debilitaban peligrosamente la autoridad y la representatividad de los electos y reducían el campo de las discusiones, deliberaciones y discusiones parlamentarias. Podría incluso decirse que ya ponían en cuestión a la democracia electoral y a la representación política, al menos tal y como las conocemos hasta ahora. Pues si, en todas las democracias occidentales, se tiende a no respetar ya al político profesional, ni siquiera al hombre de partido como tal, no es ya solamente a causa de tal o cual insuficiencia personal, de tal o cual fallo o de tal o cual incompetencia, de tal o cual escándalo —que en lo sucesivo son cada vez mejor conocidos, amplificados, de hecho con frecuencia producidos, si no premeditados, por un poder mediático—. Y es que el político se convierte cada vez más, casi de manera exclusiva, en un personaje de representación mediática en el momento mismo en que la transformación del espacio público, precisamente por los media, le hace perder lo esencial del poder e incluso de la competencia que ostentaba anteriormente y que recibía de las estructuras de la representación parlamentaria, de los aparatos de partido vinculados a ella, etc. Cualquiera que sea su competencia personal, el político profesional conforme al antiguo modelo tiende hoy a resultar estructuralmente incompetente. El mismo poder mediático acusa, produce y amplifica a la vez esta incompetencia del político tradicional: por una parte, le sustrae el poder legítimo que recibía del antiguo espacio político (partido, parlamento, etc.), pero, por otra parte, le obliga a convertirse en una simple silueta, si no en una marioneta en el teatro de la retórica televisiva. Antes se le consideraba actor de la política, ahora corre a menudo el riesgo, como es bien sabido, de no ser más que actor de televisión[2]. Respecto de la guerra internacional o civil-internacional, ¿es necesario aún recordar las guerras económicas, las guerras nacionales, las guerras de las minorías, el desencadenamiento de los racismos y de las xenofobias, los enfrentamientos étnicos, los conflictos culturales y religiosos que hoy en día desgarran la Europa llamada democrática y el mundo? Regimientos de fantasmas han reaparecido, ejércitos de todas las épocas, camuflados bajo los síntomas arcaicos de lo para-militar y del super-armamento postmoderno (informática, vigilancia panóptica por satélite, amenaza nuclear, etc.). Aceleremos. Más allá de estos dos tipos de guerra (civil e internacional) cuya frontera ya apenas se distingue, ennegrezcamos aún más el cuadro de este desgaste más allá del desgaste. Señalemos de un plumazo lo que amenazaría con hacer que la euforia del capitalismo demócrata-liberal o socialdemócrata pareciese la más ciega y delirante de las alucinaciones, o incluso una hipocresía cada vez más chillona con su retórica formal o juridicista sobre los derechos humanos. No se tratará solamente de acumular los «testimonios empíricos», como diría Fukuyama, no bastará con señalar con el dedo la masa de hechos irrecusables que este cuadro podría describir o denunciar. La cuestión, muy brevemente expuesta, no sería ni siquiera la del análisis al que habría que proceder entonces en todas estas direcciones, sino la de la doble interpretación, la de las lecturas rivales que este cuadro parece reclamar y obligarnos a asociar.




[1] Allan Bloom, citado en Lignes (cit., p. 30) por Michel Surya, que recuerda justamente que Bloom fue «maestro y ensalzador» de Fukuyama.

[2] Veamos dos ejemplos recientes, cogidos al vuelo de la «información», cuando releía estas páginas. Se trata de dos «pasos en falso» más o menos calculados cuya posibilidad hubiera sido inimaginable sin el medio y los ritmos actuales de la prensa. 1. Dos ministros intentan influir en una decisión gubernamental en trámite (por iniciativa de uno de sus colegas), explicándose en la prensa (esencialmente televisiva) a propósito de una carta supuestamente «privada» (secreta, «personal» o no oficial) que dirigieron al jefe del gobierno y que «lamentan» que haya sido divulgada en contra de su intención. En cualquier caso, y sin ocultar su mal humor, el jefe del gobierno, a pesar de todo ello, les sigue, seguido por el gobierno, seguido por el Parlamento. 2. «Improvisando» lo que parece una pifia durante una entrevista radiofónica a la hora del desayuno, otro ministro del mismo gobierno provoca en un país vecino una viva reacción del banco emisor y todo un proceso político-diplomático. Se debería analizar también el papel que desempeñan la velocidad y la potencia mediáticas en el poder de cierto especulador—individual e internacional— que, todos los días, ataca o sostiene tal o cual moneda. Sus llamadas telefónicas y sus frasecitas televisadas pesan más que todos los parlamentos del mundo sobre Io que se llama la decisión política de los gobiernos.




del Capítulo 3 («Desgastes»), de Espectros de Marx.

miércoles, mayo 30, 2007

“Poesía palestina de resistencia”, de Nelly Marzouka



El alma del hombre noble tiene dos metas,
o morir o lograr sus sueños
Abdelrahim Mahmoud



En la poesía palestina, el tema recurrente, es el grito de dolor ante la muerte, la expulsión y el sacrificio en tierras lejanas. La poesía palestina conlleva de forma implícita, la historia de vida de todo un pueblo expulsado de cuajo de su propia tierra y la de sus antepasados, pueblo que vive añorando el regreso. Cuando poetas palestinos como Darwish, Zayyad, Al Qasim o Touqan, rememoran la tierra madre recurriendo a la frase, "desde la otra orilla" , en clara alusión al río Jordán, es sinónimo claro y conciso de la voluntad de volver al lugar de donde fueron expulsados.



Fadwa Touqan escribe para los combatientes palestinos que luchan contra la ocupación extranjera, en su poema “Siempre Vivo” dice: Del temblor de la vida y de la muerte surgirá en ti la vida nuevamente, en alusión a la tierra que nos vió nacer del vientre de nuestras madres, y al igual que ellas, nos amamantó, como escribiese Salem Jubran: y teniendo yo hambre, un extraño mame de ella. Palestina representa aquí la madre tierra, violentada y ultrajada, pero es también la esperanza del retorno y el renacer.



La expresión poética palestina se afianza con el dolor del exilio, y holocausto, en el constante devenir de los refugiados, en su larga espera, como cuando el poeta Tawfik Zayyad escribe en el poema “Puente de vuelta”: y de mi carne, levantaré el puente de nuestra vuelta, en las dos orillas. Lluis Llach, dice en el poema “Palestina”: De tus campos de piel morena arrancan los árboles / como si así desarraigaran tu mañana. / Entierran a tus hijos cuando aún sonríen / esperando convertir tu vientre en un yermo. / Cuando hieren tus brazos el odio se hace fascismo: / los golpean quienes escarnecen su pasado.



En la poesía palestina, se mantiene latente el dolor del destierro y exilio, con todas las implicancias por lo que forzosamente se deja atrás. Así en “Carta de la Plaza de los cesantes”, expresa Samih Al- Qasim: Tal vez pierda, como pretendes, mi sustento. / Tal haya de poner a la venta mis ropas y mis muebles. / Tal vez tenga que trabajar como cantero, / como mozo de cuerda o barrendero / Tal vez insulte un niño, y una niña, / a mi pueblo y mi padre. / Tal vez mi historia la falsee un cobarde, / y transforme en arañas mis corderos. / Tal vez dejes privados a mis hijos de su traje de fiesta. / Tal vez a mis amigos les engañes con un rostro prestado. / Tal vez alces, rodeándome, / muros, muros y muros. / Y tal vez contra viles visiones crucifiques.



La poesía palestina se transforma en otro frente de resistencia a la ocupación militar extranjera y la injusticia generada de tal situación, como dice Nizar Qabbani en “Carteles sobre los Muros de Israel”: No haréis de nuestro pueblo / un pueblo de pieles rojas, / pues nosotros nos quedamos aquí... Agrega Tawfiq Zayyad, en “No nos iremos”: Bebeos el mar, / que aquí permanecemos. / ¿La firme resistencia? : Con los dientes / defenderé cada palmo de tierra de mi patria, / con los dientes.



Palestina es la llama encendida en el corazón de cada hijo de la invulnerable tierra, no invocaremos en nuestra narrativa maldiciones a quien nos somete y oprime al tortuoso exilio, sino que de nuestras mejores armas, de la pluma y las hojas, inyectamos en nuestro pueblo la esperanza de una vida menos dura y más libertaria, y aunque en la cruz de la indolencia nos crucifiquen y en la hoguera de la injusticia no nos dejen respirar, ténganlo por seguro que en algún lugar del mundo, donde algún palestino aún respire, habrá una pluma y una hoja de papel combatientes que mostrarán al mundo el amor por nuestra tierra, como escribieran Samih Al Qasem,y Mahfud Massis: Hasta el último pulso de mis venas, resistiré. Hasta que se me acabe el aire en los pulmones, resistiré. Hasta sentarme en mi patio y observar mi atardecer, resistiré.





martes, mayo 29, 2007

"Amor constante más allá de la muerte", de Francisco de Quevedo




Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.




1648

lunes, mayo 28, 2007

"Escritos sin futuro", de Martín Hopenhayn

Fragmento




Ella entrega su cuerpo al vestido que disimula su cuerpo, al vestido que revela su cuerpo, al vestido que ciñe su cintura y resalta sus pechos. Su vestido inventa un cuerpo que ella no posee del todo, un cuerpo que ella desea que otro cuerpo desee. Se entrega al hombre que su vestido seduce, que la seduce por su vestido, que al apretarse contra ella y poseerla sólo quisiera poseer el cuerpo que inventa su vestido. Mientras ese cuerpo deseado, que no es totalmente el suyo, goza bajo el calor del cuerpo del amante, su verdadero cuerpo vigila, escupe hacia adentro, llora una virginidad arrepentida.





Fotografía: Helmuth Newton



domingo, mayo 27, 2007

«De la brevedad engañosa de la vida», de Luis de Góngora





Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.




1623












sábado, mayo 26, 2007

“Cuentos crueles”, de Villiers de L’isle Adam

Fragmento


¡Oh, bellas veladas! Ante los resplandecientes cafés de los bulevares, sobre las terrazas de las heladerías de moda, ¡cuántas mujeres en vestidos vivaces, cuántas elegantes trotacalles se sienten a gusto! Aqui están las pequeñas vendedoras de flores que circulan con sus cestos. Las bellas desocupadas aceptan esas flores que pasan, recogidas, misteriosas.

-¿Misteriosas? -¡Sí, sí las hay!

Sabed, sonrientes lectoras, que existe en París mismo cierta agencia sombría que se entiende con varios conductores de entierros lujosos y hasta con los mismos sepultureros, con el fin de robar a los difuntos de la mañana y no dejar que se marchiten inútilmente sobre las sepulturas frescas todos esos espléndidos bouquets, todas esas coronas, todas esas rosas con los que, por centenares, la piedad filial o conyugal sobrecarga diariamente los cata­falcos. Esas flores son casi siempre olvidadas tras las tenebrosas ceremonias. No se piensa en ellas, hay apuro por irse... ¡Es comprensible!

Es entonces cuando nuestros amables sepulture­ros se muestran más felices. ¡Estos señores no ol­vidan las flores! No viven en las nubes. Ellos son gente práctica. Las roban a brazadas, silenciosa­mente. Arrojarlas rápidamente por arriba del muro, sobre un carro propicio, es para ellos cosa de un instante. Dos o tres de los más vivos y despabilados llevan la preciosa carga a unos floristas amigos que, gra­cias a sus dedos de hada, arreglan de mil formas, en múltiples bouquets de corpiño y de mano, y aun en rosas aisladas, esos melancólicos despojos.

Entonces llegan las pequeñas vendedoras noc­turnas, cada una con su canastilla. Cuando los pri­meros fulgores reverberan, circulan por los buleva­res, ante las terrazas resplandecientes, por los mil lugares de placer. Y los jóvenes aburridos, ansiosos de quedar bien ante las elegantes por las que sienten alguna in­clinación, adquieren esas flores a alto precio y las ofrecen a sus damas. Éstas, todas blancas de maquillaje, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o las colocan en la juntura de sus corpiños.

Y los reflejos del gas vuelven los rostros pálidos. De modo que estas criaturas-espectros, así ador­nadas con las flores de la Muerte, llevan, sin sa­berlo, el emblema del amor que dieron y del amor que reciben.








viernes, mayo 25, 2007

«El tercer ojo», de Lobsang Rampa

Extractos del Capítulo XIV




Ahí descansamos dos días. Nos dolía la espalda del peso de nuestra impedimenta y parecía como si nos fuesen a estallar los pulmones por falta de aire. Después de aquel descanso, proseguimos la ascensión cruzando hondonadas y barrancos. Para pasar sobre algunos de éstos teníamos que arrojar ganchos que se clavaban en el hielo y a los que habíamos atado cuerdas con la esperanza de que no se soltaran. El que pasaba a la otra parte del precipicio ayudaba a los demás. A veces no podíamos clavar los ganchos y entonces uno de nosotros se ataba la cuerda a la cintura y oscilaba como un péndulo para pasar al otro lado y tender desde allí la cuerda. Esto lo hacíamos por turno, pues era una tarea muy difícil y peligrosa. Un monje murió. Se había elevado mucho por nuestra parte del precipicio y al dejarse balancear calculó mal el impulso y se estrelló contra el muro de enfrente con terrible fuerza, dejándose pedazos de la cara y del cerebro en las dentadas rocas. Rescatamos el cuerpo tirando de la cuerda, y le hicimos un funeral. No podíamos enterrar el cadáver porque sólo había por allí rocas; de modo que le dejamos expuesto al viento, a la lluvia y a las aves. El monje a quien tocaba el turno estaba muy nervioso y le sustituí yo. Tenía la convicción de que, con las predicciones que se habían hecho sobre mi porvenir, nada podría sucederme y mi fe quedó recompensada. A pesar de la predicción, me balanceé con mucha precaución y alcancé el borde del otro lado con la mayor suavidad posible. El corazón me latía como si fuera a estallar y por fin conseguí mi objetivo. Mis compañeros me siguieron uno por uno.

En lo alto del precipicio descansamos un poco y nos hicimos té, aunque a semejante altitud no podía calentarnos el té. Algo menos cansados, volvimos a cargarnos con nuestros bultos y proseguimos hacia el corazón de esta terrible región. Pronto llegamos a una capa de hielo —quizás un glaciar— y nuestro avance se hizo aún más penoso. Carecíamos de botas claveteadas, de hachas para el hielo, así como de lo demás que suele constituir el equipo de un montañero; nuestro equipo consistía sólo de unas botas corrientes de fieltro, cuyas suelas estaban atadas con pelo de yak para que agarrasen mejor, y las cuerdas y ganchos imprescindibles.


Allí fue donde por primera vez vi un yeti. Estaba yo inclinado cogiendo hierbas medicinales cuando algo me hizo levantar la cabeza. A unos nueve metros de mí se hallaba el extraño ser del que tanto había oído hablar. Los padres tibetanos suelen asustar a sus niños cuando son traviesos, diciéndoles: «Si no eres bueno, te llevará un yeti.» Por fin, pensé, un yeti iba a llevarme con él. Y, la verdad, no me hacía gracia. Nos quedamos mirándonos fijamente, inmovilizados por el miedo, durante un tiempo que me pareció eterno. Me estaba señalando con una mano mientras emitía un curioso maullido. Me pareció notar que le faltaban los lóbulos frontales y que la frente la tenía aplastada a partir de las mismas cejas, muy pobladas e hirsutas. También la barbilla le retrocedía y tenía los dientes muy anchos y salientes. Sin embargo, la capacidad de su cráneo, con excepción de la frente, resultaba muy parecida a la del hombre moderno. Sus manos eran grandes, y también sus pies. Era patizambo y con los brazos mucho más largos de lo normal. Observé que el yeti andaba con la parte exterior de los pies, como los seres humanos. Los monos y animales semejantes no andan con las palmas de las manos y los pies.

Seguramente debí de hacer algún movimiento brusco, quizás un brinco, cuando pude reaccionar, porque el yeti chilló de pronto, se volvió y se alejó dando saltos. Me pareció que daba los saltos con una sola pierna. Mi reacción fue también salir corriendo... en la dirección opuesta, claro está. Luego, cuando pude pensar con calma sobre aquel encuentro, llegué a la conclusión de que había batido el récord tibetano de sprint para altitudes superiores a siete mil metros. Luego vimos varios yetis a lo lejos. Se apresuraron a esconderse en cuanto nos divisaron y nosotros, por supuesto, no los perseguimos. El lama Mingyar Dondup nos dijo que estos yetis eran precedentes de la raza humana que habían tomado un camino diferente en la evolución y que sólo podían vivir en los sitios más recónditos. Con gran frecuencia hemos oído historias de yetis que han abandonado estas regiones para hacer incursiones cerca de los sitios habitados. Se habla también de yetis machos que han raptado a mujeres solitarias. Quizá sea éste el procedimiento que siguen para perpetuar su especie. Algunas monjas tibetanas nos lo han confirmado. Concretamente recuerdo que en un monasterio de monjas nos dijeron que una de ellas fue raptada por un yeti una noche en que se había alejado. Sin embargo, no es de mi competencia escribir sobre estas cosas. Sólo puedo decir que he visto yetis y crías de yetis, y también esqueletos de estos seres casi fabulosos.

Algunas personas han puesto en duda lo que he contado sobre los yetis. Incluso se han escrito libros sobre ellos; pero sus autores reconocen que no han visto ni uno. Yo, en cambio, los he visto. Hace años se reían de Marconi cuando aseguró que iba a enviar un mensaje por radio a través del Atlántico. Los sabios occidentales dictaminaron solemnemente que el hombre no podría viajar a más de setenta y cinco kilómetros por hora, ya que pasada esa velocidad morirían por la presión del aire; y cuando se decía que existían unos peces que eran «fósiles vivientes», se consideraba esto una patraña. Ahora los hombres de ciencia los han visto, los han capturado y disecado. Y si el hombre occidental se sale con la suya, nuestros pobres yetis serán también capturados, disecados, conservados en alcohol. Creemos que los yetis se han refugiado en estas zonas montañosas y que en el resto del mundo se ha extinguido su especie. Cuando se ve uno de ellos por primera vez produce una impresión de terror. La segunda vez se siente compasión por estas criaturas de una época antiquísima que están condenados a desaparecer por las exigencias de la vida moderna.



1956
















jueves, mayo 24, 2007

“Cartas desde la Montaña de Kaf”, de Qamar bint Sufan


Carta 1



Hermanos míos, durante los días pasados, han soplado los vientos fríos del norte. El frío en la noche ha barrido furiosamente estas tierras. Las pocas hierbas que habían brotado los días anteriores han amanecido agostadas.

Ésta mañana, el pájaro Simurgh voló sobre nuestras cabezas, su sombra se extendía, al frente, hasta el horizonte, a nuestra espalda, hasta el otro horizonte, incluso más allá. La soledad también se extiende. ¿Es la soledad un refugio seguro o es el báculo del caminante? Aislados del mundo, solos en nosotros mismos, extranjeros en este orbe y sin embargo partes de él, nos refugiamos en nuestra propia sombra. Desde nuestra unificación, nosotros somos solamente nosotros y a la vez somos otros muchos. Esperamos y deseamos que no lo comprendáis, que no ocupéis vuestra razón y vuestro intelecto en tratar de explicar el perfume de la rosa. No perdáis el tiempo. Si os ocupáis en el análisis del amor: ¿quién amará? Si buscáis los componentes químicos del perfume: ¿quién se embriagará? Un estudioso debe situarse fuera del objeto de su estudio. Si eres un marino, no eres una gota de agua, pero si te conviertes en una gota de agua, jamás podrás naufragar. Si eres un grano de arena, el viento te llevará por todos los desiertos y todos lo oasis, conocerás la esencia de lo seco y de lo húmedo, porque serás parte de ello.

No estudiéis la esencia porque es inabarcable. Uníos a ella y la conoceréis con el corazón. Donde las palabras de vuestra lengua no lleguen, llegará la vibración de vuestro ser interno.

Nos preguntáis por el lugar donde podréis encontrar vuestros nombres perdidos, aquellos que os han sido otorgados y no recordáis. Os respondemos. Buscad el pájaro Simurgh. Buscadlo sin descanso porque él custodia la llave del libro donde se anotaron. Sólo cuando lo encontréis recobraréis vuestro Nombre.

Si sois buscadores de enigmas, estáis perdidos. Los enigmas no existen para el conocedor. Para el ignorante todo es un enigma.

Hay gentes que no conociéndose a sí mismas buscan desesperadamente un lugar donde poder ubicarse. A pesar de sus rectas intenciones ¿cómo encontrarán el camino justo si no saben hacia donde quieren ir? Sus corazones no descansan, corriendo inútilmente entre peligrosos precipicios y valles perfumados que apenas ven. El desorden de sus corazones los hace sordos para la Llamada y mudos para la Palabra. El peor viajero es aquel que carga su bolsa con cien mil objetos inútiles que le impiden avanzar.

En las laderas hemos plantado rosales y hermosas viñas. Aquellos viajeros que llegan a estos jardines se maravillan a la vista de la vid y con la contemplación de las rosas. El perfume de la rosa y el sabor del vino, lo traen ellos consigo. El viajero que llega a la montaña es un constructor a las órdenes del Arquitecto. El maestro de obras nos dirige sabiamente, e incansables reforzamos las laderas.




miércoles, mayo 23, 2007

"Fútbol, a sol y sombra", de Eduardo Galeano



El fútbol

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.

En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia
del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.



¿El opio de los pueblos?
¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que de él tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».










1995







martes, mayo 22, 2007

“Rodrigo Rey Rosa en Mali, creo”, de Roberto Bolaño



Tal vez sería conveniente hablar de los últimos libros de Rey Rosa, el libro sobre la India y su última novela, una joya de escasas páginas, que arroja una mirada distinta sobre la novela negra, género en el que todos se atreven y del que muy pocos salen bien librados. Decir que Rodrigo Rey Rosa es el escritor más riguroso de mi generación y al mismo tiempo el más transparente, el que mejor teje sus historias y el más luminoso de todos, no es decir nada nuevo.

Hoy prefiero recordar una historia que él me contó. La historia trata de un viaje a un país africano, creo que era Mali, no soy capaz de precisarlo. En cualquier caso Rey Rosa llega en avión, a la capital, una ciudad caótica y cerca de la costa. Tras pasar unos cuantos días allí se traslada en autobús hacia un pueblo del interior. En ese punto acaba la carretera o bien, es una posibilidad, la carretera se vuelve incierta, como una pista en el desierto que cualquier golpe de viento deshace.

El pueblo está junto a un río y Rey Rosa toma una barca que navega río arriba interminablemente. Finalmente arriba a una aldea, y tras caminar y preguntar a la gente, llega a una casa, una casa de ladrillos de una sola habitación, que es el lugar al que se dirigía. La casa, que pertenece a un pintor mallorquín que probablemente es uno de los grandes pintores contemporáneos, está vacía. En algún lugar hay un arcón y dentro de ese arcón, a salvo de las termitas, se halla la biblioteca del pintor. Esa noche Rey Rosa lee hasta tarde, iluminado por una vela, pues allí, es obvio decirlo, no hay luz eléctrica. Después se cubre con una manta y se echa a dormir.

Durante algunos días permanece en la aldea, que apenas si tiene las suficientes cabañas como para merecer ese nombre. Compra comida a los lugareños, bebe té a orillas del río, da largos paseos hasta el borde del desierto. Un día termina de leer el libro que ha cogido del ya legendario arcón y entonces lo devuelve a su lugar, cierra la casa y se marcha. Cualquier otro hubiera emprendido de inmediato el camino de regreso. Rey Rosa, sin embargo, sale de la aldea, como se suele decir, por la parte de atrás, no por la parte del río, y se dirige a unas montañas. He olvidado el nombre de éstas. Sólo sé que al atardecer adquieren un tono azulado que pasa, paulatinamente, del azul pastel al azul metálico. La oscuridad, por descontado, lo sorprende caminando por el desierto, y aquella noche duerme entre alimañas. Al día siguiente reemprende el camino. Y así, hasta llegar a las montañas, que encierran pequeños valles estériles, en donde el mar de arena va desgastando las rocas. Aún pasa allí una noche más. Luego regresa a la aldea, al río, al pueblo, al autobús, a la capital y al avión que lo lleva hasta París, en donde por ese entonces vivía.

Cuando me contó la historia le dije que un viaje así me mataría. Rodrigo Rey Rosa, que cree en la vida como sólo creen los niños y los que han sentido la presencia de la muerte, me respondió que no era para tanto.



en Entre paréntesis, 2004




lunes, mayo 21, 2007

"Insomnio", de Dámaso Alonso




Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según
          las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho
          en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir
          blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro
          enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente
          de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué
          se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
          de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?








domingo, mayo 20, 2007

“El dinero de los poetas”, de Lêdo Ivo





El dinero de los poetas yace en los supermercados.

Los sueños de los poetas están guardados en los bancos.

En el desperdicio del mundo el poema de amor se inclina hacia el suelo

como una paloma que en la plaza al atardecer busca el grano de maíz

tirado por los turistas

antes que la noche la devuelva al secreto de su cornisa.

Quiero esconderme en ti, en casa, pero ninguna llave abre mi puerta.

En la playa lacerada por los caracoles ningún viento rasga mi estandarte.

Donde estoy el sol no hiere el dorso del lagarto

ni el agua del enlosado lava la muerte.

Desciendo la escala de mármol y deposito en la caja fuerte la refulgente

joya de mi pesadilla.

Para mí solo guardaré la moneda humillada por el óxido

que el tiempo condenó a no ser pan.



sábado, mayo 19, 2007

"Los dones previsibles", de Stella Díaz Varín






I

Eran los dones previsibles.
El espacio habitable
En una tierra
Donde a poco de hurgar
Nos entrega la cosecha
En las manos germinadas de arándanos

Estos, los dones previsibles.. .
Entonces el asombro moribundo pez
Abstracto en la dimensión de una sonrisa
Súbito en lo profundo del dolor
Desecha una escalera de agua.


II


Soledad vertical de cada espiga
Tiempo en el aire poblado de gestos
Por el don previsible.



III

He desposado el contorno de un rostro
O el bello pálido de la paloma
He esperado la bandera en la luz

He viajado en la piel del mes de agosto
Hacia los crueles mundos
Donde la lágrima es apenas una promesa

He vuelto desde la noche de mis huesos
Al previsible don de la mañana
Donde la sangre no escarmienta
Al don previsible de mi lecho
Donde la ausencia tiene su cobija
Entrego mi presencia
a los sueños efímeros

Es el don previsible
Del que ha sembrado los vientos.. .



IV

Tú llevas una bandera me han dicho.
Si.
Tú llevas una bandera
Yo sé
Que la bandera es de un rojo profundo
Toda bandera es un río de sangre.



V

La voluntad de latir está en el sonido
La multitud del tambor
Es la voz de la muchedumbre.
La voz del tambor
Es un corazón que late a herida abierta
En una sola instancia.



VI

Me refugio a la sombra de la percusión
Cerca de lo que atraviesa mi piel
A la orilla del contenido manantial
A la sombra de una mirada oscura
Escucho los timbales
Desde los campos muertos.



VII

Un niño ensaya su geometría
Su cósmica medida de amor
La áurea medida de todas las cosas.
Juntos
Ensayamos una sonrisa de triunfo
Oyendo las bandadas del sonido.

Todo el ritmo nos pertenece
Nuestro don previsible
Este signo
Que es un extraño signo
Entre dos signos.



VIII

Me han quitado la sombra
El canto de los pájaros
La bienamada sombra de las alas
Tutela dulce
A mi dolida resistencia.
Otras voces requiebran sus agujas
en la reminiscencia de la piedra.

Pero el oído escucha
Y el ojo y la piel
Tienen su voz secreta
Su táctil llamarada
Me devuelve el sentido
Y hay un severo manantial
De paredes poderosas
Dentro de mi más hondo manantial
Donde
Todo lo que en el aire vibra
o huele o fulge o agoniza
Me nutre y se filtra y acentúa.



IX

Es así
Que la vida es en su muerte
Una pura substancia
Un sereno ocurrir, naturalmente
Un ritual
De poderes ocultos en su origen
Un circulo elemental
Un curioso bullicio
Un germinar muriendo.

Es así
Que estoy viva
Y en cada vida
Se me va la muerte.



X

Hubo una vez...
El amor enmudeció
los recintos de la memoria
Él
Era de las tristes partidas
De la última gota
Y fue escanciado en mi vaso

En el cauce verdadero
Su palabra rodaba
Anticipando una mañana sutil.

Yo era el río
Mi amado
Era el dios joven y el auriga.
Yo era el látigo.

La vibración del aire
Entre los abedules
Hacía mal a sus oídos
Fustigar la mariposa –me dijo una vez–
Va contra las leyes de la estética



XI
Lo atormentaba
mi cosecha de sueños antiguos
Pero yo fui la savia
Que lo nutrió en su adolescencia.

Ese
El que yo amaba
Cantó el canto de las aves pasajeras
Yo
Edifique los aires
para verificar la voz de la zampoña.




1987

















viernes, mayo 18, 2007

“Cerveza y vino II”, de Ernst Jünger




Se prefiere la cerveza en los países,
Donde el trigo madura noble y rubio,
Y la cebada punza tal virgen casta
cuando se la roza siquiera levemente.

Hebbel

108

En comparación con el vino, la cantidad tiene mayor importancia para la cerveza; como muestra ya la forma en que se bebe y la capacidad de los vasos en que se sirve. Valga como excepción las cervezas negras, fuertes y amargas que se presentan con una capa de espuma marrón; se sirve en jarras de plata, al acabar la mañana, mientras conversamos sobre cuitas, por las cuales somos blanco de la envidia.

La cerveza no se bebe a sorbos. Con una jarra de un litro y medio de cerveza podríamos apurar muchas copas de vino. En la bebida, incluso si la consideramos como un acto mecánico, debe de ocultarse un goce peculiar; bebedores corpulentos que podrían haber salido de un cuadro de Jordaens dan la impresión, cuando beben, de respirar un elemento líquido. Nos retrotrae a épocas en que aún no se bebía cerveza en jarras, sino hidromiel en cuernos.

El aguante es una de las virtudes divinas. Es verdad que Odín, el dios supremo, bebe moderadamente, y sólo néctares especiales, con poder mágico: la hidromiel de los bardos. La roba con astucia a la hija del gigante Suttung, que custodia el néctar. Así, se convierte en soberano de los bardos, pero por haber bebido del hontanar de Mimir, que otorga sabiduría, debe perder un ojo. Esa extraña fuente equivale en el lejano Norte al árbol de la ciencia; sin cesar y con diversas imágenes, mitos y leyendas describen el precio que debemos pagar por el saber. Otorga un poder inmenso, pero propio de criaturas de un solo ojo, de cíclopes. No nos desviamos un ápice de la naturaleza sin pérdida personal.




109


Thor, segundo en la jerarquía tras Odín y finalmente príncipe de los dioses al que los germanos no renunciaronm fácilmente y al que aún se mantuvieron fieles durante largo tiempo, era célebre como bebedor desaforado. Da pruebas de ello en el castillo del gigante Utgardloki, donde pasa la noche con su séquito y sus machos cabríos. En el patio se le reta a combate y a pruebas de fuerza en comer y beber; a torneos de lucha y levantamiento de pesos. Aunque Thor exhibe allí toda su fortaleza divina, no está totalmente a la altura del torneo, puesto que es la madre de los Titanes, la misma Tierra, quien le porfía. Ella combate como vieja nodriza, como señora Elle que encarna la vejez; se metamorfosea en gata, tras la que se oculta la serpiente de Midgard. Thor puede levantarla lo bastante como para que su lomo se retuerza, mientras la cabeza y la cola aún permanecen sobre el suelo. Por último toca el turno a la prueba del cuerno que hay que apurar. Thor se lo lleva tres veces a los labios, sin embargo, cuando mira el fondo, parece como si sólo hubiera dado un sorbo muy pequeño. Con todo, el gigante le confiesa que no ha bebido nada, puesto que la punta del cuerno está sumergida en el océano, de modo que el increíble trago ha hecho refluir las aguas a gran distancia de las orillas. A sus ojos, la marea era la repetición de este milagro en el tiempo.






de Acercamientos


jueves, mayo 17, 2007

"Diseño del póster de Magnolia", de Márcia Okida


Magnolia
Nombre científico:
Magnolia grandiflora de la familia de las Magnoliáceas (Magnoliaceae). Un género de árbol que existe desde los tiempos prehistóricos. Es tan antigua que, en China, su cultivo existe hace por lo menos 1.400 años. Magnolia es también el nombre de una calle en el Valle de San Fernando, en la periferia de Los Angeles. Es también un aroma endulzado usado en varios perfumes. Sus hojas son brillantes, lisas o con una leve vello, ovaladas y alternadas, que no se caen en el invierno. La floración ocurre de la primavera al verano, cuando se recubre de grandes flores blancas, muy perfumadas, en formato de copa. La flor de la magnolia es el elemento principal de este póster.


Sinestesia de
la forma gráfica
La magnolia es el elemento principal de este póster. Es lo que fija la visión. Es lo que forma, identifica, la composición, reteniendo nuestra mirada por más tiempo en el foco céntrico de esta imagen. El póster posee una composición centralizada, simétrica y “casi” estática. Todo el sentido de lectura consciente se hace verticalmente en el centro exacto del póster. Se inicia en el pétalo superior, con su lateral iluminada y sin imagen. Sigue hasta el pistilo de la flor que está envuelto por varias formas circulares, quebrando un poco su lectura estática, yendo hacia el encuentro de algunos pétalos inferiores. Llega al nombre de la película y a los créditos, terminando en una pequeña capa de cielo azul. Es una lectura simple que facilita la fijación en la memoria de las personas de la imagen con la asociación del nombre de la película.


Sinestesia de tipografía
‘magnolia’ está escrito con tipografías de fácil y delicada lectura como la imagen de la flor pide, siendo hasta un poco similares al formato redondeado de los pétalos. Las letras son serifadas, redondeadas y están todas en caja baja simbolizando feminidad y fragilidad. Está escrito en blanco porque, analizando el contraste entre figura y fondo, esa sería el color que, además de dar más legibilidad al nombre, atraería más la fuerza de la luz al cartel.


Lectura cromática

El conjunto cromático con predominancia de colores fríos (negro, un leve tono amarillento, tonos de tierra, un leve toque de verde y azul), dan una característica de sobriedad, tristeza, tranquila, sentimientos y sensaciones depresivas, pero que tiene en la luminosidad alcanzada en los pétalos de la flor una especie de fuerza, de energía característica de los tonos amarillentos asociados también con nerviosismo e inquietud. Sentimientos estos presentes en la película. Existe, también, una punta de esperanza representada por pequeños puntos verdes existentes uno de cada lado del cartel: las hojas. El fondo negro, un negro verdoso, hace que la luz que brota de esta flor sea más fuerte, más intensa, ayudando a quebrar el tono introspectivo del cartel. Toda esa tonalidad oscura del fondo está sostenida por una leve capa de cielo azul. Es como si un color estuviera yendo al encuentro del otro, intentando ocupar el espacio de otro tono. Sería el negro intentando transformarse en un cielo azul. Simbólicamente, sería la calma, la tranquilidad que busca sustentar un clima de oscuridad, tristeza y melancolía envueltos en una pequeña esperanza (verde) y fuerza (amarillo), desvaneciendo la luminosidad de la flor.Aquí ya es fácil identificar varios elementos en oposición como la oscuridad y la luz, la esperanza y la melancolía, el vacío del negro y el mundo del cielo azul. Elementos que se oponen pero forman parte de un mismo ciclo, se alejan, pero también se encuentran. Ésa es una característica que podrá ser observada en todo el cartel.


El subliminar – La Gestalt – La flor
La flor posee en sus pétalos varias imágenes de algunos de los personajes de la película. En dos pétalos existen dos personas. En el canto superior derecho un señor acostado con un joven pasando la mano sobre su cabeza: amparo, carencia, confort. En la diagonal de abajo una pareja preparándose para un beso: romance, cariño, duda (ellos están casi besándose; si el beso va a acontecer, no se sabe). Todas las otras personas aparecen solas y con una mirada levemente desviada del observador, con excepción de un personaje en el pétalo más oscuro, sombrío de la flor y con una mirada un tanto desafiante: bien allí entre el pétalo con el señor siendo amparado y un chico: soledad, angustia, búsqueda, desafío, miedo. Además de eso las personas allí retratadas son bien distinguidas.Tenemos, iniciando por el pétalo superior a la derecha:(1) un chico, (2) un hombre joven envuelto en una fuerte sombra, (3) un señor acostado con un joven cuidándolo, (4) una bella mujer, (5) una joven pareja casi besándose, (6) un señor pequeño y preso entre dos pétalos y por fin, (7) otro hombre de mediana edad, entre el chico (1) y el señor (6). Todos esos pétalos, esos personajes, están “presos” en el pistilo de esa flor, formando parte de un único ciclo, una única vida que es la flor. ¿Lo que podemos decir del lenguaje subliminal de esa imagen? Que Magnolia se trata de una película donde personas diferentes y solas acaban encontrándose en un mismo ciclo, forman parte de una misma rutina y que de algún modo se encuentran, se aproximan en esa historia, poseen tal vez una misma búsqueda.


La espiral patafísica
Esa rutina, ese ciclo, es fácil de ser percibida notando lo que existe en el centro de esa flor. Volviendo al inicio del texto donde existe una explicación de cómo es el árbol de la magnolia, la descripción hecha para los pétalos de esa flor es que ella se parece a una copa. Una copa puede estar vacía o no cuando posee dentro de ella alguna especie de bebida y es algún tipo de líquido lo que podemos ver en el centro de esa flor. Existen varias formas circulares en expansión recordando agua, espiral, como cuando una piedra es lanzada en un río y con eso todo su movimiento se altera durante algunos instantes causando un cambio de rumbo para que después volver al curso normal. Pueden recordarse también una gota de lluvia cayendo en algún poco de agua, lo que sugiere un cambio también de tiempo, de clima, como una tempestad para después retornar el cielo azul, relación que también puede ser hecha con el fondo negro y el cielo azul de abajo.De cualquier forma o con cualquier imagen que pueda ser asociada a esas formas circulares, queda clara la relación con ciclos, cambios, tiempo, agua, cosas que siempre ocurren. Completando así la historia visual de esas personas que viven cada una en sus pétalos pero que forman parte de esa misma espiral, de ese mismo ciclo vital y pueden encontrarse debido a cambios de tiempo, ritmo de la vida y de las espirales que los cercan.


Simbología – Un sapo, un cielo
La principal línea de lectura de cualquier imagen es siempre del canto superior izquierdo al canto inferior derecho. Eso hace con que, en ese cartel, una imagen mínima, solitaria vaya directo a nuestro cerebro y quede allá grabada esperando que exista un sentido para ella.¿Y qué imagen es ésa? Un sapo, negro, cayendo en un cielo azul, pegado por la pata en el fondo también negro de todo el cartel. Ese sapo, por ser negro, se confunde con el fondo, forma parte del fondo. O mejor, él es el fondo. Él es negro y está pegado al restante del cartel como si estirara toda aquella información de imágenes para dentro de un nuevo mundo, colorido, de cielo azul, nubes blancas, sol brillando, una nueva vida.Él es mínimo, casi ni notamos su presencia, pero con certeza, es la parte más fuerte y simbólica de ese conjunto gráfico.

No es el tamaño o la fuerza del color, luz, forma de una imagen lo que hace de ella la principal fuente de información, pero sí el modo como esa imagen es usada y donde. La flor llama la atención principal, hace que la observemos y prestemos atención en sus incontables detalles, personajes, pistilo, el agua del medio, pero, mientras eso, en nuestra visión periférica, o sea, aquella que no es nuestro foco principal, está absorbiendo todas las otras demasiadas informaciones, en este caso, un sapo llevando consigo, para abajo, para el azul, para la vida, todo aquello que nuestra visión principal está asimilando.Eso normalmente es a propósito. Mientras forzamos la visualización para un determinado punto, estamos mandando por la visión periférica otras informaciones tan necesarias como la primera y a veces más importante, simbólicamente, que la imagen principal. O sea, ese simple y pequeño sapo, tiene la fuerza y la capacidad de mover, alterar todo aquello que lo precede, ya que todo está prendido a su pata y se mueve junto con él.



miércoles, mayo 16, 2007

"Carta del verdugo a su sobrino", de Francisco de Quevedo




Pablo: Las grandes ocupaciones de esta pla­za en que me tiene ocupado su majestad no me han dado lugar a hacer esto, que si algo tiene de malo el servir al rey, es el trabajo aunque le desquita con esta negra honrilla de ser sus criados. Pésame de daros nuevas de poco gusto. Vuestro padre mu­rió ocho días ha con el mayor valor que ha muerto hombre en el mundo; dígolo como quien le guindó. Subió en el asno sin poner pie en el estribo; ve­níale el sayo baquero que parecía haberse hecho para él, y como tenía aquella presencia, nadie le veía con los cristos delante que no lo juzgase por ahorcado. Iba con gran desenfado mirando a las ventanas y haciendo cortesías a los que dejaban sus oficios por mirarle; hízose dos veces los bigotes; mandaba descansar a los confesores, e íbales ala­bando a lo que decían bueno. Llegó a la de palo, puso él un pie en la escalera, no subió a gatos ni despacio, y viendo un escalón hendido, volvióse a la justicia y dijo que mandase aderezar aquél para otro, que no todos tenían su hígado. No sabré en­carecer cuán bien pareció a todos. Sentóse arriba y tiró de las arrugas de la ropa atrás; tomó la soga y púsola en la nuez, y viendo que el teatino lo quería predicar, vuelto a él le dijo: "Padre, yo lo doy por predicado, y vaya un poco de credo y acabemos presto, que no querría parecer prolijo". Hízose ansí. Encomendóme que le pusiese la ca­peruza de lado y que le limpiase las barbas; yo lo hice así. Cayó sin encoger las piernas ni hacer gestos; quedó con una gravedad que no había más que pedir. Hícele cuartos y dile por sepultura los caminos; Dios sabe lo que a mí me pesa de verle en ellos haciendo mesa franca a los grajos, pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos con­solarán, acomodándole en los de a cuatro. De vues­tra madre, aunque está viva ahora, casi os puedo decir lo mismo; que está presa en la Inquisición de Toledo, porque desenterraba los muertos sin ser murmuradora. Dícese que besaba cada noche a un cabrón en el ojo que no tiene niña. Halláronla en su casa más piernas, brazos y cabezas que a una capilla de milagros, y lo menos que hacía era sobre­virgos y contrahacer doncellas. Dicen que repre­sentará en un auto el día de la Trinidad, con cua­trocientos de muerte; pésame, que nos deshonra a todos, y a mí principalmente, que al fin soy mi­nistro del rey y me están mal estos parentescos. Hijo, aquí ha quedado no sé qué hacienda escon­dida de vuestros padres; será en todo hasta cuatro­cientos ducados; vuestro tío soy, lo que tenga ha de ser para vos. Vista ésta, os podréis venir aquí, que con lo que vos sabéis de latín y retórica seréis singular en el arte de verdugo. Respondedme lue­go, y entretanto, Dios os guarde.









De Historia de la Vida del Buscón



martes, mayo 15, 2007

"El día de todas las almas", de Cees Nooteboom

Fragmento





Busca entre sus discos compactos, mete uno en el reproductor portátil. Es Winter Music, de John Cage: silencios, sonidos, silencios, sonidos vehementes, silencios, tonos pausados. Los silencios sólo se diferencian por su duración, tomando así él conciencia de que todos esos silencios son también música, silencio contado, compases, composición. Se intuye como tiempo retardado, en el caso de que existiera algo así. Esa música debe incluirse en las imágenes que ha tomado esa tarde. Lo sabe porque la música que estira el tiempo también estira el espacio de la imagen.






lunes, mayo 14, 2007

«Calígula», de Albert Camus

Traducción de Aurora Bermúdez




Extracto del Acto I, Escena V


HELICÓN (De un extremo a otro del escenario). Buenos días, Cayo.

CALÍGULA (Con naturalidad). Buenos días, Helicón.

Silencio

HELICÓN. Pareces fatigado.

CALÍGULA. He caminado mucho.

HELICÓN. Sí, tu ausencia duró largo tiempo.

Silencio

CALÍGULA. Era difícil de encontrar.

HELICÓN. ¿Qué cosa?

CALÍGULA. Lo que yo quería.

HELICÓN. ¿Y qué querías?

CALÍGULA (Siempre con naturalidad). La luna.

HELICÓN. ¿Qué?

CALÍGULA. Sí, quería la luna.

HELICÓN. ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

CALÍGULA. Bueno... Es una de las cosas que no tengo.

HELICÓN. Claro. ¿Y ya se arregló todo?

CALÍGULA. No, no pude conseguirla.

HELICÓN. Qué fastidio.

CALÍGULA. Sí, por eso estoy cansado. (Pausa.) ¡Helicón!

HELICÓN. Sí, Cayo.

CALÍGULA. Piensas que estoy loco.

HELICÓN. Bien sabes que nunca pienso.

CALÍGULA. Sí. ¡En fin! Pero no estoy loco y aun más: nunca he sido tan razonable. Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad de imposible. (Pausa.) Las cosas tal como son, no me parecen satisfactorias.

HELICÓN. Es una opinión bastante difundida.

CALÍGULA. Es cierto. Pero antes no lo sabía. Ahora lo sé. (Siempre con naturalidad.) El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la dicha, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo.

HELICÓN. Es un razonamiento que se tiene en pie. Pero en general no es posible sostenerlo hasta el fin.

CALÍGULA (Levantándose, pero con la misma sencillez). Tú no sabes nada. Las cosas no se consiguen porque nunca se las sostiene hasta el fin. Pero quizá baste permanecer lógico hasta el fin. (Mira a Helicón.) También sé lo que piensas. ¡Cuántas historias por la muerte de una mujer! Pero no es eso. Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a quien yo amaba. ¿Pero qué es el amor? Poca cosa. Esa muerte no significa nada, te lo juro; sólo es la señal de una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad muy simple y muy clara, un poco tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar.

HELICÓN. ¿Y cuál es la verdad?

CALÍGULA (Apartado, en tono neutro). Que los hombres mueren y no son felices.







1944


















domingo, mayo 13, 2007

"De lo espiritual en el arte", de Vassily Kandinsky

Extracto de la Introducción



Cualquier creación artística es hija de su tiempo y, la mayoría de las veces, madre de nuestros propios sentimientos.

Igualmente, cada periodo cultural produce un arte que le es propio y que no puede repetirse. Pretender revivir principios artísticos del pasado puede dar como resultado, en el mejor de los casos, obras de arte que sean como un niño muerto antes de nacer. Por ejemplo, es totalmente imposible sentir y vivir interiormente como lo hacían los antiguos griegos. Los intentos por reactualizar los principios griegos de la escultura, únicamente darán como fruto formas semejantes a las griegas, pero la obra estará muerta eternamente. Una reproducción tal es igual a las imitaciones de un mono.

A primera vista, los movimientos del mono son iguales a los del hombre. El mono puede sentarse sosteniendo un libro frente a sus ojos, dar vuelta a las páginas, ponerse serio, pero el sentido de estos movimientos le es ajeno totalmente.

Hay, a pesar de esto, otra igualdad exterior de las formas artísticas que se asienta en una gran necesidad. La igualdad de la aspiración espiritual en todo el medio moral-espiritual, la aspiración hacia metas que, perseguidas primero, fueron luego olvidadas; es decir, la igualdad del sentir interno de todo un periodo puede llevar lógicamente al empleo de formas que en un periodo anterior sirvieron positivamente a las mismas aspiraciones. Así nació parte de nuestra simpatía, nuestra comprensión y nuestro parentesco espiritual con los primitivos. Como nosotros, esos artistas puros buscaron reflejar en sus obras únicamente lo esencial: la renuncia a lo contingente apareció por sí sola.A pesar de su valor, este punto importante de unión espiritual no es más que un aspecto. Nuestro espíritu, que después de una larga etapa materialista se halla aún en los inicios de su despertar, posee gérmenes de desesperación, carente de fe, falto de meta y de sentido. Pero aún no ha terminado completamente la pesadilla de las tendencias materialistas que hicieron de la vida en el mundo un penoso y absurdo juego. El espíritu que empieza a despertar se encuentra todavía bajo el influjo de esta pesadilla. Sólo una débil luz aparece como un diminuto punto en un gran círculo negro. Es únicamente un presentimiento que el espíritu no se arriesga a mirar, pues se pregunta si la luz es sólo un sueño y el círculo negro la realidad.




1911








Texto completo en
Biblioteca Descontexto








sábado, mayo 12, 2007

"Mensaje", de Allen Ginsberg





Desde que empezamos a cambiar
parrandear girar trabajar
llorar & mear juntos
me despierto por la mañana
con un sueño en los ojos
pero tú estás lejos en Nueva York
recordándome Bueno
te amo te amo
y tus hermanos están locos
acepto sus alcohólicos casos
Hace demasiado que estoy solo
hace demasiado que me siento en la cama
sin que nadie acaricie mi rodilla,
hombre o mujer qué me importa ahora,
yo quiero amor
para ello nací
quiero que estés conmigo
Barcos transoceánicos hirviendo sobre el Atlántico
Delicadas estructuras de rascacielos sobre Lakehurst
Seis mujeres desnudas bailando juntas
sobre una plataforma roja
Las hojas están verdes ahora en todos los árboles de París
Estaré en casa dentro de dos meses
y te miraré a los ojos.







Traducción de Miguel Grinberg


viernes, mayo 11, 2007

“Canto de mí mismo”, de Walt Whitman

Poema 32



Creo que podría retroceder y vivir con los animales,
son tan plácidos y retraídos,
me quedo observándolos horas y horas.

No sudan ni se lamentan de su situación,
no permanecen desvelados en la noche ni lloran sus pecados,
no se amargan discutiendo sus deberes con Dios,
no hay ninguno insatisfecho,
ninguno enloquecido por la manía de poseer cosas,
ninguno se arrodilla ante otro,
ni ante los de su especie que vivieron hace miles de años,
sobre la ancha tierra ninguno es respetable o infeliz.

Así me prueban sus relaciones conmigo
y yo los acepto,
me aportan rasgos distintivos de mí mismo,
los evidencian claramente al poseerlos.

Querría saber de dónde sacan esos rasgos,
¿pasé por ese camino hace ya un tiempo
y los dejé caer por descuido?

Yo mismo que avanzo ahora, entonces y siempre,
recogiendo y mostrando constantemente más y con rapidez,
infinito y omnígeno, e igual a ésos entre ellos.

No demasiado altanero
con aquéllos que me traen recuerdos de mí mismo,
recogiendo aquí uno que amo,
y yéndome ahora con él en términos fraternos.

Una gigantesca belleza de semental,
fresco y que responde a mis caricias,
cabeza de alta frente, ancha entre las orejas,
miembros lustrosos y ágiles,
cola que barre el suelo,
ojos de centelleante maldad,
orejas finamente recortadas moviéndose flexibles.

Sus narices se dilatan cuando mis talones lo abarcan,
sus miembros bien proporcionados tiemblan de placer
cuando damos una vuelta a la carrera y regresamos.

Sólo te uso un momento, luego te abandono,
semental,
¿qué necesidad tengo de tu galope si el mío es más rápido?
Incluso parado o sentado, voy más deprisa que tú.






jueves, mayo 10, 2007

"Elogio de la ociosidad", de Bertrand Russell

Fragmentos de "La coyuntura del socialismo"


6. LA EMANCIPACIÓN DE LA MUJER Y EL BIENESTAR DE LOS NIÑOS

A pesar de todo lo que se ha hecho en tiempos recientes para mejorar la situación de la mujer, la gran mayoría de las esposas siguen dependiendo económicamente de sus maridos. Esta dependencia es peor, en varios aspectos, que la del asalariado respecto de su patrono. Un empleado puede abandonar su empleo, pero para una esposa esto es difícil; es más: por mucho que tenga que trabajar en sus labores de casa, no puede pedir retribución en dinero. En tanto persista tal estado de cosas, no puede decirse que las mujeres estén en situación siquiera aproximada a la igualdad económica con los hombres. Sin embargo, es difícil ver cómo puede resolverse el asunto sin el establecimiento del socialismo. Es necesario que el gasto de los hijos sea soportado por el estado antes que por el marido, y que las mujeres casadas, excepto durante la lactancia y el último período del embarazo, se ganen la vida trabajando fuera de casa. Esto requiere ciertas reformas arquitectónicas (consideradas en un ensayo anterior del presente libro) y el establecimiento de escuelas-guarderías para los niños muy pequeños. Para los niños, como para las madres, esto sería muy beneficioso, ya que los niños requieren unas condiciones de espacio, de luz y de dieta imposibles en la casa de un asalariado, pero que les pueden ser proporcionadas con poco gasto en las escuelas-guarderías.Una reforma de esta clase en la situación de las mujeres y en la crianza de los niños puede ser posible sin socialismo completo, y aun ha sido llevada a cabo aquí y allá en pequeña escala y de modo incompleto. Pero no puede lograrse adecuada y completamente si no como parte de una transformación económica general de la sociedad.



7. ARTE

Del progreso que cabe esperar en arquitectura al introducirse el socialismo ya he hablado. La pintura, antiguamente, acompañaba y adornaba las arquitecturas espaciosas, y puede volver a hacerlo cuando la escuálida vida privada engendrada por nuestro miedo competitivo hacia el vecino haya sido reemplazada por un deseo común de belleza. El moderno arte del cine tiene inmensas posibilidades, que no podrán desarrollarse mientras el móvil de los productores sea comercial; de hecho, muchos son de la opinión de que la URSS se ha acercado más a la realización de tales posibilidades. Cuánto sufre la literatura a causa del interés comercial, lo sabe cualquier escritor; casi todo escrito vigoroso ofende a algún grupo y, por tanto, reduce las ventas. Es difícil para un escritor no medir su propio mérito por sus derechos, y cuando obras malas producen grandes recompensas pecuniarias, se requiere una firmeza de carácter inusitada para trabajar bien y permanecer pobre.

Ha de admitirse que el socialismo podría hacer las cosas todavía peor. Desde el momento en que la edición sea un monopolio del estado, será fácil para el estado ejercer una censura poco liberal. Mientras haya oposición violenta al nuevo régimen, ello será casi inevitable. Pero cuando el período de transición pase, se puede confiar en que los libros que el estado no quiera aceptar por sus méritos podrán ser publicados si el autor cree que merece la pena sufragar el gasto trabajando durante más tiempo. Puesto que las horas de labor serán pocas, no resultará excesivamente penoso; pero ello bastará para desalentar a los autores que no estén seriamente convencidos de que sus libros contienen algo de valor. Es importante que sea posible publicar un libro, pero que no resultara muy fácil. Actualmente sobran libros en cantidad, así como escasean en calidad.




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