jueves, agosto 31, 2006

"Segundo paseo al Acantilado Rojo", de Su Che

Traducción de G. Margoulies, de la Anthologie raisowièe de la littérature chinoise






El día quince del décimo mes salí a pie de mi casa para encaminarme al pabellón Lin-kao. Me acompañaban dos amigos. El rocío se había convertido ya en escarcha y los árboles estaban desnudos. Se percibía en el suelo la sombra de los hombres y, alzando la cabeza, se veía la luna brillante. Mirábamos a nuestro alrededor gozando del paisaje, mientras avanzábamos cantando y llamándonos unos a otros.

Por fin dije con un suspiro:

-Tengo amigos que me acompañan, mas no tenemos vino. Y aun cuando lo tuviésemos, carecemos de viandas para acompañarlo. La luna es blanca, la brisa es suave. ¿Qué haremos en una noche tan bella?

Uno de mis amigos dijo:

-Hoy, al atardecer, levanté la red y cogí peces de grandes bocas y finas escamas. Parecen percas. ¿Mas dónde hallaremos vino?

Volvimos a la casa para consultar a mi esposa, quien dijo:

-Tengo un celemín de vino que hace mucho tiempo puse aparte, por si me lo pedías de improviso.

Entonces llevamos el vino y los peces, y fuimos a pasearnos nuevamente bajo el acantilado rojo.

El río se deslizaba tumultuoso; sus orillas escarpadas ascendían a mil pies de altura. Las montañas eran altas y la luna parecía muy pequeña; el río había bajado, asomaban las rocas de su lecho. Pero, ¿cuántos días y meses habían transcurrido desde que visité por última vez el río y las montañas?

Recogiéndome la túnica, comencé a trepar la rocosa orilla. Avancé sobre abruptos peñascos, apartando a mi paso los matorrales; me senté sobre piedras con forma de tigres; atravesé montecillos de plantas semejantes a dragones con cuernos. Encaramándome, intenté alcanzar las inestables guaridas de los buitres, posados para pasar la noche; descendiendo, traté de vislumbrar el palacio solitario del dios de las aguas.

Mis dos amigos no pudieron seguirme. Entonces lancé un grito prolongado y penetrante. Las hierbas y los árboles se conmovieron y temblaron; resonó la montaña y el valle devolvió el eco. Levantóse el viento, haciendo ondular el agua. Me asaltó la inquietud, me sentí triste y temeroso. Me estremecí, no atreviéndome a permanecer en la orilla.

Volví sobre mis pasos, subí a nuestra barca y la dejé seguir el centro de la corriente, para que se detuviese donde ella quisiera.

Era casi medianoche. Todo estaba silencioso y calmo. Una grulla solitaria, que venía del este, rayó el cielo sobrevolando el río. Sus alas eran anchas como las ruedas de un carro. Blanca por arriba, negra por debajo, lanzaba largos gritos discordantes. Pasó sobre la barca, casi rozándola, y se dirigió al oeste.

Poco más tarde se marcharon mis amigos, y en seguida me quedé dormido. Soñé que un monje taoísta, vestido con una ondulante túnica de plumas, pasaba bajo el pabellón. Me saludó y me dijo:

-¿Ha sido agradable tu paseo al Acantilado Rojo?

Le pregunté cómo se llamaba. Tornó a saludarme, sin responder.

-¡Ah! -exclamé-. ¡Ahora te reconozco! ¿No eres tú quien sobrevoló anoche mi barca?

El monje me miró riendo. Tuve miedo y me desperté. Al abrir la puerta miré hacia afuera, pero ya el paisaje era otro.




Su Che, literato chino de la dinastía Song (siglo XI) , pertenece a los llamados "ocho grandes autores" de la época clásica. Como la mayoría de los letrados de su tiempo, prestó servicios en la administración del imperio, pero sin complicarse demasiado en las intrigas políticas. Espíritu despreocupado y contemplativo, lo mejor de su obra está en su poesía y sus descripciones de la naturaleza. También cultivó la pintura.


miércoles, agosto 30, 2006

«Hamlet», de William Shakespeare

Fragmento / Traducción de Ángel-Luis Pujante




Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro. Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar. Sí, ése es el estorbo;
pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno,
ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién
soportaría los azotes y las injurias de este mundo,
el desmán del tirano, la afrenta del soberbio,
las penas del amor menospreciado,
la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
los insultos que sufre la paciencia,
pudiendo cerrar cuentas uno mismo
con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas,
gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida,
si no es porque el temor al más allá,
la tierra inexplorada de cuyas fronteras
ningún viajero vuelve, detiene los sentidos
y nos hace soportar los males que tenemos
antes de huir hacia otros que ignoramos?
La conciencia nos vuelve unos cobardes.





Fragmento del monólogo del Príncipe Hamlet,
en la Escena Primera del Acto III





Pintura original: Hamlet, de Ralph Chess












martes, agosto 29, 2006

"Borges no existe", de Enrique Vila-Matas




Todo empezó cuando Lucio Lombardo Radice, al aproximarse en clave matemática a La Biblioteca de Babel (el célebre cuento de Borges que habla de la identidad entre la biblioteca y el Universo), calculó que el número de “libros posibles”, en base a las coordenadas borgianas, era 25 elevado a la 656 milésima potencia.

Eso llamó la atención del físico Tullio Regge, que publicó un artículo en el que se preguntaba si podía existir esa biblioteca, cómo situarla en relación con el Universo y, finalmente, si Borges, su autor, existía o era, simplemente, un impostor. “Quisiera –escribió Regge- que todo el mundo tuviera en cuenta que, si nos fiamos de Borges, el volumen del Universo, en centímetros cúbicos, requiere un número de 85 cifras. Y yo me pregunto: ¿cómo podría contener el Universo todos los libros? La biblioteca de Borges no parece probable, pues no cabe en nuestro Universo. Además, si, según la teoría Newtoniana, situamos la densidad media de la biblioteca igual a un décimo de la del agua, obtenemos una estructura cuyo diámetro no puede superar más de un centenar de millones de kilómetros, por lo que, yendo aún más lejos, es evidente que iríamos inexorablemente hacia un catastrófico agujero negro”.

Un anónimo comunicante escribió a Tullio Regge y le informó de que hacía ya tiempo que desconfiaba del cuento y de Borges mismo, “pues sabiendo, como sabemos, que a lo largo de su vida, lo máximo que un hombre puede andar es medio millón de kilómetros, resulta inexplicable cómo alguien pudo mantener una velocidad constante por los estrechos corredores y escaleras de la biblioteca. En la mejor de las hipótesis, ese bibliotecario habría recibido noticias locales, a escala provincial, no ciertamente planetaria...”.

Tras el misterioso anónimo, Regge tuvo nuevos motivos para inquietarse, pues Víctor Knud se incorporó a la polémica, al debate sobre la existencia de Borges. Knud, un célebre físico que está convencido de que existen universos paralelos, planos y grandes, donde la Física tiene un valor diferente, escribió: “El día en que leí La Biblioteca de Babel palidecí. Sí, palidecí, porque por un momento tuve la sospecha de que una construcción tan grande existía sobre uno de esos superplanetas en un universo paralelo y que Borges había logrado encontrar la fórmula para visitarlo a placer”.

¿Era Borges el misterioso comunicante anónimo? Todo parece indicar que no, que ni siquiera tuvo nunca noticia de la polémica de los físicos. Sin embargo, para la sorpresa general, al celebrar el pasado agosto su 86 aniversario, Borges, probablemente de forma involuntaria, sacó de dudas a los físicos, cuando al ser felicitado por una lectora agradecida, dijo: “No se preocupe por saludarme, señora, no existo. No, no existo. Soy un fantasma”.



en Apsi, del 2 al 15 de junio, 1986







lunes, agosto 28, 2006

"Uranus, the magician", de Juan Carlos Villavicencio

Urano, el mago.



El que ha sido i ha creado. Ausente de sí mismo i de su estirpe, contempla en el olvido los dados que ha lanzado como esferas i sangre sin retorno.




Texto basado en el fragmento homónimo de la suite The Planets (1916), de Gustav Holst. Este poema es parte de la obra Breaking Glass, escrita en colaboración con Carlos Almonte.







«Nocturno», de Enrique Lihn






Eres la primera que te me paseas por aquí
en mucho tiempo a la redonda:
«Víveme, víveme, yo soy inagotable»,
con tu absurda existencia al desnudo:
«has visto tú qué linda soy dímelo chico»
pequeños senos duros rompeolas y el juego de las nalguitas:
«me canso en todo, menos en esto»
Y apruebo lo de mulata canela que te dicen, el relajo
ése de «óyeme, enfermona, tú,
que no somos de palo ni de hierros»
Vaya, como en cada uno de tus condenadas historias
jálate también aquí una conga del carajo.






de La musiquilla de las pobres esferas, 1969.









domingo, agosto 27, 2006

"Arquitectura", de Georges Bataille



La arquitectura es la expresión del ser de las sociedades, del mismo modo que la fisonomía humana es la expresión del ser de los individuos. Sin embargo, esta comparación debe ser remitida sobre todo a las fisonomías de personajes oficiales (prelados, magistrados, almirantes). En efecto, sólo el ser ideal de la sociedad, aquel que ordena y prohíbe con autoridad, se expresa en las composiciones arquitectónicas propiamente dichas. Así, los grandes monumentos se alzan como diques que oponen la lógica de la majestad y de la autoridad a todos los elementos confusos: bajo las formas de las catedrales y de los palacios, la Iglesia o el Estado se dirige e impone silencio a las multitudes. Es evidente que los monumentos inspiran la sabiduría social y a menudo incluso un verdadero temor. La toma de la Bastilla es simbólica de ese estado de cosas: es difícil explicar ese movimiento multitudinario salvo por la animosidad del pueblo contra los monumentos que son sus verdaderos amos.

Igualmente, cada vez que la composición arquitectónica se halla en otros lugares además de los monumentos, ya sea en la fisonomía, el vestido, la música o la pintura, podemos inferir el predominio de un gusto por la autoridad humana o divina. Las grandes composiciones de algunos pintores expresan la voluntad de amoldar el espíritu a un ideal oficial. La desaparición de la construcción académica en pintura, por el contrario, es la vía abierta para la expresión (y con ello para la exaltación) de los procesos psicológicos más incompatibles con la estabilidad social. Es lo que explica en gran medida las encendidas reacciones que despierta desde hace más de medio siglo la transformación progresiva de la pintura, hasta entonces caracterizada por una especie de esqueleto arquitectónico disimulado.

Es evidente además que el ordenamiento matemático impuesto a la piedra no es otra cosa que la culminación de una evolución de las formas terrenales, cuyo sentido se ofrece el orden biológico por el paso de la forma simiesca a la forma humana, que presenta ya todos los elementos de la arquitectura. En el proceso morfológico, los hombres no representan aparentemente más que una etapa intermedia entre los monos y los grandes edificios. Las formas se volvieron cada vez más estáticas, cada vez más dominantes. Asimismo, el orden humano sería desde su origen solidario con el orden arquitectónico, que sólo es su desarrollo. Si nos referimos a la arquitectura, cuyas producciones monumentales son actualmente los verdaderos amos sobre la Tierra, reuniendo bajo su sombra a multitudes serviles, imponiendo la admiración y el asombro, el orden y la coerción, nos referimos de alguna manera al hombre. Actualmente toda una actividad terrestre, y sin duda la más brillante en el orden intelectual, apunta por otro lado en ese sentido, denunciando la insuficiencia del predominio humano: así, por extraño que pueda parecer tratándose de una criatura tan elegante como el ser humano, se abre una vía –indicada por los pintores– hacia la monstruosidad bestial; como si no hubiera otra posibilidad de escapar del presidio arquitectónico.









sábado, agosto 26, 2006

"Elegía a Ramón Sijé", de Miguel Hernández


(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.





Del 10 de enero de 1936.
Publicado posteriormente en El rayo que no cesa (1936).








miércoles, agosto 23, 2006

“Las tres tardes de hielo”, de Miguel Serrano




H
oy es jueves. Me quedan sólo dos días. El sábado seré asesinado.

Esta tarde me siento en el cuarto de meditación, sobre una silla rústica, no en la posición de loto, sino como lo hacían los faraones egipcios y los Papas esotéricos. Miro a través de los ventanales las cimas que se tiñen de un suave rosa crepuscular, y me propongo retrotraer el tiempo a los momentos ya lejanos cuando, contemplando los ventisqueros del valle de Kulu, o Valle de los Dioses, me fue dado encontrar la llave a la que luego renuncié. No estoy seguro de volver a hallarla. Y el riesgo es grande, pues, al no encontrarla, sé que moriré.



de La serpiente del Paraíso, 1963













“Tercera tarde: La muerte mística”, de Miguel Serrano




H
emos llegado ahora a un punto donde ya se advierte la aún no soñada desventura y todo naufraga bajo el pendón de su postrer adiós. Ella se transforma. Como estoy en su mano, dentro de su flor, al aproximarla ella a su rostro, para aspirar el perfume, me veo junto a una boca inmensa como el mundo y soy introducido en su boca y triturado por sus dientes, despedazado con deleite, con fruición, hasta que nada de mí queda, convertido ahora en una pasta fácil de digerir, comido, devorado, como una semilla de loto.

He sido asesinado por amor. Hoy era sábado.


de La serpiente del Paraíso, 1963










"Elella", de Miguel Serrano




-Fragmento-



La sintió aproximarse, aun lejos; percibió el movimiento de sus manos al desprenderse de su pecho, el suspiro doliente de la dormida en su tumba de piedra, en la raíz del monte. La escuchó levantarse, para venir con sus pasos quedos por los pasillos en penumbra, acercándose a las fogatas, despertando el fuego de los aposentos, y los suspiros de los caballeros y centinelas que percibían también sus pasos. Sintió su atmósfera helada, su presencia de sonámbula. A medida que ella se acercaba al bosque, a su caverna. Un temblor ascendente la envolvía, una parálisis difícil de vencer. Y fue de este modo como la vio llegar.

Le miró sin verle. Dejó caer su veste, con lentitud. Primero fueron sus hombros, luego el pecho, el vientre, hasta quedar desnuda, vibrando y con la sonrisa triunfante del rostro de la Madre al fondo de la edad de los glaciares.

El caballero, sin moverse, con un temor sobrenatural, contemplaba el cuerpo desnudo de su Señora, repitiendo todo el tiempo una sola palabra. Del cuerpo se desprendía una sustancia impalpable, que se le comunicaba.

Sin palabras, ella le revelaba parte del misterio.






1973










“Las ciudades y los años”, de Miguel Serrano




E
s el 22 de enero de 1961, en Montagnola, en la parte italiana de Suiza. Almuerzo en casa de Hermann Hesse. Afuera cae la nieve; pero el cielo está claro. Miro a través de la ventana; luego, a mi plato de curry; al levantar la vista encuentro, al otro extremo de la mesa, los ojos también claros y transparentes de Hesse.
- ¡Qué suerte –digo- hallarme hoy almorzando aquí, con usted!
- Nada sucede casualmente –responde Hesse-, aquí sólo se encuentran los huéspedes justos, éste es el círculo hermético.

Muchos años debieron transcurrir hasta mi próximo encuentro con Hermann Hesse. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no dejamos de comunicarnos. Fueron mensajes más bien sutiles de su parte. Es extraño, no puedo menos de admirarme de lo sucedido. Apartados por años, distancia, formaciones culturales y continentes, una verdadera amistad, tejida en una tela asombrosa, se fue creando, hasta llegar a convertirse en cosa del destino. El escritor mundialmente admirado, el Maestro, el Mago, por así decirlo, le tendía su mano añosa a un escritor joven, desconocido, venido de un país pequeño, casi perdido en el último rincón del mundo, y lo hacía su amigo, hasta llegar a decirle, al final de sus días: “Ya no me quedan amigos de mi edad, todos han muerto”.

Después de mi partida a la India, en 1953, las comunicaciones con Hesse se hicieron más frecuentes, pues él se hallaba desde siempre empapado de la antigua sabiduría hindú, que nutriera su alma y su obra. Le comuniqué mi partida sin decirle que iba como diplomático, porque deseaba seguir siendo para él un peregrino, con su bordón y su saco, como cuando le visitara por primera vez en su santuario de las cumbres alpinas.

Mi vida y mi experiencia de India se hallan narradas en mi libro “La Serpiente del Paraíso”. Sólo agregaría aquí que no pasó un año sin que enviase a Hesse señales, o las recibiera también de aquel eremita que no gustaba prodigarse. A veces eran fotos; otras, pinturas, poemas o libros. Nuestra amistad no fue, por cierto, literaria, sino mágica, sin edad, sin tiempo; un encuentro en medio del río eterno de las cosas.




de El círculo hermético, 1973










lunes, agosto 21, 2006

Premio Nacional de Literatura 2006





La pregunta es: Si Miguel Serrano no fuera adepto a la ideología nazi, o, incluso más, si su filonazismo no fuera de uso público, ¿alguien cree que ya no le hubiera sido otorgado el Premio Nacional de Literatura? Imposible.

Una cosa es que el Premio Nacional haya cometido ciertos excesos en sus postulaciones o asignaciones, y otra diferente es que haya incurrido en omisiones de importancia, excepto ésta, claro. Convengamos, desde ya y de una vez por todas, que a Miguel Serrano jamás le darán el mentado premio. Nuestro país no ha alcanzado tal nivel de justicia y madurez.

A horas de ser estipulado el anuncio, creemos conveniente adscribir al reparo, a la sospecha que provoca el reconocimiento lógico, indoloro y no exclusivamente adscrito a lo literario. Bastan dos dedos de lecturas –y tal vez, sólo tal vez, dos más de ejercicio creativo- para aceptar que Serrano le lleva por lo menos cierta distancia a sus más cercanos “perseguidores”, incluida la ubicua señora Eltit, ligada desde hace rato al oficialismo, político y teórico-académico; el señor Marín, prestigioso escritor autoeditado y bastión inalienable de los bien o mal llamados “nenes”; y el señor Lafourcade, cuya permanente postulación provoca asombro, y en relación a su ventaja comparativa con respecto a Serrano, estupefacción.

La trayectoria, el amplio campo imaginativo, la mixtura cultural –inédita por nuestras tierras-, la soltura narrativa (expresada en ficciones, crónicas, ensayos, epístolas y memorias), la justeza poética, la excelencia en sus avales –descontando, claro, el primer prólogo de Jung a un texto literario, las innumerables ediciones extranjeras, las traducciones, las entrevistas, los artículos, las reseñas-, la profundidad y alcance de su trama, el arrojo, el riesgo, el “redescubrimiento clamoroso de corrientes espiritualistas y herméticas” (Filebo), el componente filosófico, el mitológico, la propuesta histórica; son algunas de las razones que hacen de su obra total un cuerpo de fiera solidez, sin puntos de referencia en nuestra historia literaria.

Olvidado a medias por los círculos que manejan la distribución, cultural más que editorial (el viejo truco: sacando a los mejores es más fácil destacar); recobrado por antiguos y nuevos literatos –y uno que otro despistado que logra, a su vez, despistar a los más débiles e incautos-, Serrano soportará un nuevo “olvido” y omisión, basada como siempre, en una argumentación equívoca y apoyada en el ánimo permanente de los que saben que entran por el lado y que para superar el último escalón hacia el proscenio basta justificar y despotricar en torno a cuestiones que nada tienen que ver con la enorme creación que nos ha legado don Miguel Serrano.

Un saludo, desde el respeto y la admiración, a quien no requiere de estos galardones para engrandecer su obra, tan sólo una mirada atenta y sin prejuicios.










"El club de la pelea", de David Fincher

Extracto / © Traducción de Juan Carlos Villavicencio



N
uestros padres fueron nuestros modelos de Dios. Y si nuestros padres nos fallaron, ¿qué te dice eso de Dios? [...] Escúchame. Tienes que considerar la posibilidad de que no le gustes a Dios. Él nunca te quiso. Es muy probable que Él te odie. Eso no es lo peor que puede pasar. [...] ¡Nosotros no lo necesitamos a Él! [...] A la mierda la condena, hombre. A la mierda la redención. Somos los hijos no deseados de Dios. ¡Qué así sea!






“Tyler Durden” en Fight Club (1999), basada en
el libro homónimo de Chuck Palahniuk.






sábado, agosto 19, 2006

"La forma del secreto", de Rodrigo Fresán


Según la Enciclopedia de objetos inasibles, recopilada por Lord Lionel Fineshape (Kingdom Come Press, Londres, 1823), un secreto “tiene una forma cilíndrica y es grácil y ligero como una pluma”.

En su tratado: Sobre todas las cosas invisibles de nuestro Mundo, Xu Dim, contemporáneo de Siddartha Gautama, prefiere, en cambio, referirse al secreto como un perfume delicado o un pestilente gas de los pantanos, según las intenciones reales de su portador”.

En sus apuntes privados, el arqueólogo Heinrich Schlieman concibe la posibilidad de una antigua cultura prehelénica que basaba su economía en el “comercio de secretos”: “Eran gente de piel pálida que todo lo insinuaban, que consideraban secreta hasta la existencia de dioses siempre curiosos por descubrir lo que ellos ocultaban”.

Las alusiones a esta forma alternativa de religión –la adoración del secreto como entidad todopoderosa- aparece ya en el misterio del séptimo día, cuando el Creador de Todas las Cosas decide descansar sin entrar en detalles, o cuando no abunda en demasiado en cuanto a los efectos colaterales de morder la fruta del Árbol de la Sabiduría.

Pero no son los grandes secretos tan bien guardados durante tanto tiempo –la división del átomo, la redondez de la tierra que pisamos, la identidad secreta de Batman- los que aquí se discuten; sino los secretos de todos los días. Aquellos que no resultarían demasiado valiosos para la cultura intuida por Schlieman. Las palabras a media luz que se susurran provocando un ligero aunque perceptible aumento en la temperatura corporal de quien las recibe; el inédito giro conspirativo de las pupilas de quien las confía. La sonrisa de Gioconda asesina y esa voz que no, no puede ser la propia porque cómo es posible, y sin embargo, sí: uno está siendo utilizado por el secreto. Esas palabras constituyen no la propia voz, sino la voz de un secreto que ya no lo es tanto.

La única y auténtica función del secreto, se sabe, es la de dejar de serlo. La de soportar de mala gana un breve período de incubación para estallar, sin demora, con el esplendor enfermo de fuegos artificiales.

Un secreto se transfiere, como cierta mala sangre, para contaminar el sistema circulatorio del receptor y obligarlo a buscar nuevas arterias para contagiar. De ahí la perfecta paradoja: si un secreto es conocido por una sola persona, su valor es relativo; pero su atracción crece proporcionalmente con el número de personas que lo comparten, sea en los pasillos del Tercer Reich, en las colinas aparentes de Beverly Hills, o en los sótanos del Vaticano.

El vínculo que hermana a secreto con literatura siempre fue fecundo y poderoso. Basta con elegir nombres al azar en cualquier libro de citas. Oscar Wilde: “La razón por la que sentimos tanto placer en revelar secretos ajenos es que distrae a la atención pública de los propios”. D. H. Lawrence: “El sucio secretito es el más difícil de matar”. Biografías incompletas señalan al joven J. D. Salinger como un eficaz oficial interrogador a la hora de extirpar claves, códigos y mapas tatuados en el cerebro de oficiales nazis. Por allí se contonea Mme. De Merteuil, arquitecta exquisita de las Relaciones peligrosas, defendiendo “la perfecta oportunidad de oír y observar no aquello que me contaba la gente, cosas que no tenían el menor interés, sino aquello que intentaban esconder”.

El Libro de Libros insiste, con obvia desesperación, en intentar convencer sobre la existencia cierta de “Aquél hacia el que se abren todos los corazones, todos los deseos, y al que es imposible esconder algo”.

El mantra persecutorio modelo Dios está en todas partes y ve todas las cosas, parece haber sido construido para funcionar como método anticonceptivo a la hora de impedir la proliferación de secretos. Lo que no habla muy bien de la eficacia de ciertos métodos porque, bueno, todo parece indicar que la gente -entonces, ahora y siempre- prefiere no cuidarse demasiado, cuando de secretos se trata.




De Trabajos manuales, 1994

viernes, agosto 18, 2006

«Mythistórima», de Yorgos Seferis

Fragmento / Traducción de Miguel Castillo Didier



I


Al mensajero
lo esperamos tres años con la mirada fija
escrutando muy de cerca
los pinos la playa las estrellas.

Uniéndonos con el filo del arado o con la quilla del navío
tratábamos de encontrar de nuevo el germen primero
para que recomenzara el drama antiquísimo .

Volvimos a nuestras casas quebrantados
con miembros debilitados, con la boca corroída
por el gusto del moho y la salmuera.
Cuando despertamos partimos hacia el norte, como forasteros
hundidos en brumas por las alas inmaculadas de los cisnes
que nos herían.
En las noches invernales nos enloquecía el viento impetuoso del este
en el verano nos perdíamos en la agonía del día que no podía expirar.

De vuelta trajimos
estos bajorrelieves de un arte humilde.




1935





















jueves, agosto 17, 2006

«4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces», de Rodrigo Lira






dada la continuidad de la ausencia de tibieza
considerando la permanencia de las carencias y
          las ansiedades que se perpetran cotidianamente
          y el frío sobre todo en especial o solo
          o el frío completo en salchicha     con mayonesa viscosa
                                                                                  seminal y estéril
          la sábana sucia que cubre monstruosos ayuntamientos
          la escasez de radiación solar
                       (lo poco que alcanza a llegar a través del monóxido de
carbono, el humo de chimeneas pastizales que se queman en febrero cigarrillos
chimeneas tubos de escape tubos chimeneas humo)
                       de la que tiene que atravesar además esa sucia sábana
          que cubre apenas –como mera sábana polucionada–
          esas teratológicas cópulas esos coitos de ahítos
                       esas violaciones y estupros
                       y las ondas
de radio en amplitud o frecuencia modulada
las largas y las cortas ondas
                       de radio de televisión o télex
las ondas que emiten las antenas emisoras
                       y las receptoras, que también reciben
esas ondas que la luz solar debe atravesar
          lo inconcebiblemente banal y eficazmente hipnógeno
de lo que se radiodifunde y televe
                       lo opaco de los cristales
                             «color humo por dentro
                             espejo color bronce hacia el exterior» 
                       los cristales que dispersan los que refractan
los que cromatizan la luz   lo exiguo de la tasa de luz que alcanza
a corresponder per cápita, por cabeza
                       lo gachas que se encuentran estas últimas
                       (lo desigual de la tasa de luz de cabeza a cabeza)
                       lo sucio de la sábana que lo cubre todo
                                   o casi todo
                                   o hartas cosas
                       (la sucia sábana no se cubre a sí misma)
considerando también los olores a añejo, a podrido a quemado o
infectado
                      parece que como que hubiera que hacer alguna cosa
                      Aunque cabe la posibilidad de que sea mejor
                                  no hacer nada
                                  nada hacia la izquierda
                          nada
                  hacia
               la
          derecha
                       nada hacia adelante tampoco, más aún,
especialmente, nada hacia adelante –está la inercia
           nada hacia atrás, no se puede,
trate usted de nadar hacia atrás, no se puede, la historia
                                                                                         no retrocede
–está la historia
–están las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
–está la sangre en las bayonetas de la historia bajo las banderas de la historia
           coagulada ya, reseca, más bien, como yesca
yesca de sangre sobre las bayonetas de la historia bajo las banderas de la
           historia -de lo que está atrás
           (no fumar, peligro grave de incendios, demasiada yesca
–sangre seca– atrás)
Nada tampoco ni hacia arriba ni hacia abajo ni hacia adentro ni hacia afuera
           nada hacer, no hacer nada
–cruzarse de brazos– sentarse en posición de loto –tirarse boca arriba y
–mirar el cielo
           (nada hacia arriba; no pensar en escalar el cielo)
–tirarse boca abajo, la mejilla pegada al suelo
                                                                                   o hundida en el barro
(no pensar en hundirse; no evitar hundirse)
           al menos cabe la posibilidad de que eso fuera lo que
parece que como que hubiera que hacer, la cosa aquella
                                                                                               alguna
cabe la posibilidad de que eso fuese: alejarse de la acción
           con las manos en los bolsillos
o con las manos tomadas a la espalda
o con las manos enlazadas en la nuca
           o levantadas   mirando el suelo
                                       a patadas con las piedras
                                       aplastando descuidadamente
eventuales caracoles cuncunas, lombrices o cucarachas distraídos-as?
           –jamás tomarán venganza–
alejarse de la acción: irse despacio a ninguna parte
                                         pues no hay donde irse
                                         pero hay que irse
–tal vez, digo yo, como que habría que irse   –a ninguna parte
–tal vez haya donde esconderse, no sé
                                                                                  en todo caso sería preciso
no salir a la calle:
           los sujetos que en París rayaron las murallas de mayo
graficaron las palabras francesas que traducidas al idioma español dicen:
           la/acción/está/en/la/calle
                                                             y si hay que alejarse de la acción
sería inconsecuente tomar una micro
           tomar el metro, una liebre, un bus urbano o interurbano,
tomar
bebidas alcohólicas o de cola o cafecitos
habría que morirse de hambre, pienso
secarse en una esquina poco frecuentada o en un sótano oscuro, digo yo
porque las torres Santa María podrán ser los edificios más altos de Chile
pero haga usted la prueba de subir
–tendrá que ir bien vestido–
tomar uno de esos ascensores que adivinan el pensamiento o poco menos
y que son tan veloces como altas son esas torres
y llegue lo más arriba que pueda, hasta la terraza, si es posible
actúe hacia arriba para después tirarse y no hacer nada
abastecido de libertad por lo libre de la caída
que te hace abrir los brazos y planear, acercándote a tu reflejo
que se acerca hacia arriba desde los espejos de agua
con tu imagen multiplicada por los vidrios que por fuera son espejos
que reflejan tu imagen cayendo de modo que tú no alcanzas a ver adentro
pero que no les impide verte dentro pasar volando en caída libre
–y creerían que pasó un ángel y habrá un momento de silencio…–
No podrás: alguien sujetará a usted del brazo justo a tiempo
                      alguien o algo, algún robot por ejemplo
                      y alguien –o algo– llamará a una ambulancia
a través de un citófono a un teléfono que llamará a una central que pasará
            el mensaje a otro teléfono etcétera
todo a velocidad escasamente menor que la de la luz o la de tu cuerpo
en la frustrada caída
            probablemente el radio del radiopatrulla no será necesario
habrá una sirena o tal vez no, habrá en todo caso un silencio eléctrico
de terapia de choque tac/
                                                 un vacío
                                                                   y un hueco para ti en una terapia
                                  de grupo
                                  de un grupo cualquiera
y sean cuales fueren los cuentos que te cuenten, desgraciado
la cuenta que te pasen
                                                  saldrás del hospital clínica o centro médico
tarareando gracias a la vida
motivado por los avisos y consejos de la publicidad que nos ayuda a vivir mejor
          desde la radio o el televisor
que tanto habrán contribuido a tu curación
                       rumbo al local más cercano
                       en que se pueda jugarle una cartilla a la
Polla Gol      a cambio de un templo donde sacrificar un
gallo a Esculapio    que ya no se usan esas cosas, pues hombre
                       para después entretenerse un rato mascando
chicle de un sabor predilecto
                       en la máquina de pinbol o pinpong electrónico
            O sea que en resumen habría que morirse sin alharaca
           sin pánico cundiendo ni cúnico pandiendo ni púnico candi  endo
suave, callado el loro
                       morirse
o quedarse en la vereda como un pedazo más grande que el promedio
                       de basura
saboreando algo así como un candi masticable o un goyak
y hasta incluso un caramelo bueno, de Serrano, o fino,
de Ambrosoli,
                       pero muriéndose,
                                                          muriéndose sin alharaca,
                                                                                  muriéndose.







 

en Proyecto de obras completas (1983),
edición a cargo de Enrique Lihn.













Nota DscnTxt: Hemos decidido recuperar este texto con este tamaño de letras, ya que hay versos demasiado extensos que alteran el diseño del blog en su totalidad si intentamos mantener el tamaño original de éstas. Las negritas –esperamos– faciliten la lectura de este texto.










miércoles, agosto 16, 2006

"Amanita muscaria", de Robert Graves




Desde que revisé Los mitos griegos en 1958 he vuelto a meditar acerca del dios borracho Dioniso, de los centauros con su reputación contradictoria de prudencia y mala conducta y también sobre la naturaleza de la ambrosía y el néctar divinos. Estos temas están estrechamente relacionados, porque los centauros adoraban a Dioniso, cuyo salvaje banquete otoñal se llamaba «la Ambrosía». Ahora ya no creo que cuando sus Ménades recorrían airadas el campo despedazando a animales o niños y se jactaban después de haber hecho el viaje de ida y vuelta a la India se habían embriagado únicamente con vino o con cerveza de hiedra. Las pruebas, resumidas en mi What Food the Centaurs Ate, sugieren que los Sátiros (miembros de tribus cuyo tótem era la cabra), los Centauros (miembros de tribus cuyo tótem era el caballo) y sus Ménades utilizaban esas bebidas para suavizar los tragos de una droga mucho más fuerte: a saber, un hongo crudo, amanita muscaria, que produce alucinaciones, desenfrenos insensatos, visión profética, energía erótica y una notable fuerza muscular. Este éxtasis, que dura varias horas, da paso a una inercia completa, fenómeno que explicaría la fábula según la cual Licurgo, armado con sólo un aguijón, derrotó al ejército de Ménades y Sátiros borrachos de Dioniso después de su regreso victorioso de la India.

En un espejo etrusco aparece grabado el amanita muscaria a los pies de Ixión un héroe tesalio que comía ambrosía entre los dioses. Varios mitos concuerdan con mi teoría de que sus descendientes, los Centauros, comían ese hongo, y, según algunos historiadores, lo emplearon más tarde los nórdicos «frenéticos» para adquirir una fuerza temeraria en la batalla. Ahora creo que la «ambrosía» y el «néctar» eran hongos intoxicantes; sin duda el amanita muscaria, pero quizá también otros, especialmente un hongo de estercolero pequeño y delgado llamado panaeolus papilionaceus, que produce alucinaciones innocuas y muy agradables. Un hongo bastante parecido a éste aparece en un jarrón ático entre los cascos del Centauro Neso. Los «dioses» para quienes en los mitos se reservaban la «ambrosía» y el «néctar» eran sin duda reinas y reyes sagrados de la era pre-clásica. El delito del rey Tántalo consistió en que violó el tabú al invitar a plebeyos a compartir su ambrosía.

Los reinados sagrados de mujeres y de hombres se extinguieron en Grecia; la ambrosía se convirtió entonces, según parece, en el elemento secreto de los Misterios eleusinos y órficos y de otros asociados con Dioniso. En todo caso, los participantes juraban guardar silencio acerca de lo que comían y bebían, tenían visiones inolvidables y se les prometía la inmortalidad. La «ambrosía» que se concedía a los vencedores en las carreras pedestres olímpicas, cuando la victoria ya no les confería la dignidad de rey sagrado, era claramente un sustituto: una mezcla de alimentos cuyas letras iniciales según demostré en What Food the Centaurs Ate, formaban la palabra griega que significa «hongo». Las recetas citadas por los autores clásicos para el néctar y el cecyon, la bebida con sabor a menta que tomó Deméter en Eleusis, también formaban la palabra «hongo».


Yo mismo he comido el hongo alucinante llamado psilocybe, una ambrosía divina utilizada por los indios masatecas de la provincia de Oaxaca, en México; he oído a la sacerdotisa invocar a Tlaloc, el dios de los hongos, y he visto visiones transcendentales. Por este motivo convengo totalmente con R. Gordon Wasson, el descubridor americano de este rito antiguo, en que las ideas europeas acerca del cielo y el infierno pueden muy bien haberse derivado de misterios análogos. Tlaloc fue engendrado por el rayo; también lo fue Dioniso; y en el folklore griego, como en el masateca, también lo son todos los hongos, llamados proverbialmente «alimento de los dioses» en ambos idiomas. Tlaloc llevaba una corona de serpientes, y Dioniso también. Tlaloc tenía un refugio bajo el agua, y también lo tenía Dioniso. La costumbre salvaje de las Ménades de arrancar las cabezas de sus víctimas podría referirse alegóricamente al desgarramiento de la cabeza del hongo sagrado, pues en México jamás se come el tallo. Leemos que Perseo, un rey sagrado de Argos, se convirtió al culto de Dioniso y dio a Micenas ese nombre por un hongo que encontró en aquel lugar y que al arrancarlo descubrió una corriente de agua. El emblema de Tlaloc era un sapo igual que el de Argos; y de la boca del sapo de Tlaloc en el fresco de Tempentitla brota una corriente de agua. ¿Pero en qué época estuvieron en contacto las culturas europea y de la América Central?


Estas teorías exigen una mayor investigación y por lo tanto no he incluido mis hallazgos en el texto de la presente edición. La ayuda de cualquier experto en la solución del problema sería muy apreciada.












Prólogo de la edición revisada de Graves en 1960 de Los mitos griegos .











«Judaísmo y Sionismo: Dos cosas diferentes», de Adrián Salbuchi

Algunas preguntas claves para los israelíes sionistas



¿Por qué insisten en confundir sionismo con judaísmo?
No todo sionista es judío y no todo judío es sionista. Bush, Cheney, C Rice, Rumsfeld, Blair, Aznar, Negroponte, John Bolton, para nombrar unos pocos encumbrados, no son judíos pero sí son sionistas recalcitrantes. Simétricamente, Noam Chomsky, Norman Finkelstein, Juan Gelman, Israel Shamir no son sionistas pero sin embargo sí son judíos.


¿Por qué buscan dañar a sus propias comunidades en la diáspora?
Me preocupa que los sionistas y los israelíes quieran confundir ambas cosas y eso puede traer serias reacciones por parte de gente ignorante contra las comunidades judías (¿buscan eso? ¿se trata de la histórica ganancia, por parte de ambos grupos, de jugar a la víctima?). Acusar de «antisemita» a cualquiera que critica a Israel y el Sionismo es verdadero terrorismo intelectual.


¿Por qué hablan de «Antisemitismo»?
Hablar de «antisemitismo» es un absurdo, por cuanto «semita» es una categoría lingüística utilizada por el racista Conde de Gobieneau en el siglo XIX. Él contraponía «semitas» a «arios». ¿También quieren hablar de «arios»? ¡Por favor! Estamos en el siglo XXI. Pero si ustedes insisten en hablar de «antisemitismo», entonces, fíjense que los pueblos árabes son también descendientes de Shem y, por ende, «semitas», con lo que el verdadero «antisemitismo» que hoy sufre el mundo es la persecución de palestinos, iraquíes y libaneses, claramente semitas, por parte de las fuerzas de EEUU e Israel.


¿Por qué martirizan a Gaza?
En 1989 cae el Muro de Berlin. Israel lo ha reemplazado por el oprobioso Muro en torno a Gaza de cientos de kilómetros de extensión y 8 metros de alto: con sus puestos de control, con soldados armados, con alambre de púas... Han transformado ustedes a Gaza en un Campo de Concentración.



¿Esperan realmente que palestinos y libaneses no se defiendan de alguna manera?
Sólo un Estado Soberano puede tener fuerzas armadas regulares (por ejemplo Israel y EEUU). Pero Palestina no tiene un Estado y a su población no le queda otra opción que tener un fuerza armada irregular (Hamas). El Líbano no ha logrado tener un Estado gracias a años de invasión por Israel con lo que no le queda otra opción que tener una milicia irregular (Hezbollah). Por supuesto que reciben armas de Irán y Siria. ¿Acaso Israel no recibe armas de EEUU? ¿Acaso no es el Estado de Israel la única potencia que tiene «armas de destrucción masiva» en Medio Oriente, gracias a las alrededor de 400 bombas atómicas que Estados Unidos le ha cedido generosamente al Estado de Israel? Palestina y el Líbano tienen el derecho inalienable a defenderse del Terrorismo de Estado de Israel.


7) ¿Cómo explican el apoyo irrestricto de Estados Unidos a favor del Sionismo?
EEUU ha sido secuestrado por el Sionismo internacional. Sólo así puede comprenderse el apoyo irrestricto que EEUU brinda a Israel. Este gravísimo problema mundial ha sido evaluado en un importante informe de la Universidad de Harvard de fines de marzo del 2006, en el que los profesores John Mearsheimer (Universidad de Chicago) y Stephen Walt (Facultad J. F. Kennedy de Gobierno de Harvard) describen «La política exterior norteamericana y el lobby israelí», probando de manera contundente la influencia determinante y excesiva que ejercen organizaciones y lobbies como AIPAC –American Israeli Political Action Committee– que han logrado torcer la política exterior de EEUU en contra del propio interés nacional estadounidense y a favor del interés nacional de un Estado foráneo (Israel). Es una lectura recomendable.


¿Por qué mienten sistemáticamente?
La tragedia que hoy viven El Líbano y Palestina empezó porque ustedes dicen que les secuestraron a tres soldados. Los soldados no son secuestrados: sólo los civiles podemos ser secuestrados (como los centenares de políticos, ministros y gobernantes palestinos secuestrados sistemáticamente por Israel como una forma de ejercer cualquier tipo de presión o venganza). Los soldados combatientes, a lo sumo son capturados por el enemigo, incluso muertos por el enemigo. Pero no secuestrados. Sin embargo, Israel, EEUU y los multimedios planetarios profusamente financiados por el capital usurero financiero mundial repiten una y otra vez que los tres soldados fueron «secuestrados». Como dice un viejo adaggio: «La primera víctima de la guerra es la verdad».



¿Por qué no se investiga una pista israelí en torno a los atentados de la Embajada AMIA en Buenos Aires?
Según el periódico judío neoyorquino Forwards (anti-sionista), el gobierno de EEUU le sigue reclamando a gritos a la Argentina que le entregue una supuesta «pista iraní» en torno a estos dos terribles atentados en Buenos Aires de 1992 y 1994, pista que ni la CIA ni el Mossad han logrado aún fabricar (a pesar de que un juez argentino pro-sionista, Galeano, llegó al extremo de ofrecer una coima de US$ 400.000 a un preso (Telleldin) para que inculpara a la Policía de Buenos Aires y así configurar la pista que condujera a Hezbollah y, por extensión, a Siria e Irán). Si el gobierno «pro-sionista» de Néstor Kirchner cede a estas presiones y regala a EEUU/Israel otra «razón» más para atacar a Irán, entonces mi país, Argentina, se verá directamente involucrado en esta guerra del sionismo en contra del mundo. ¡Esto no lo quiere el pueblo argentino! Creo que a esta altura de los acontecimientos hay que buscar una mucho más verosímil pista israelí en torno a ambos atentados que ocurrieron en momentos de grandes luchas intestinas dentro de Israel, que culminaron con el asesinato de un gran primer ministro israelí favorable a la paz: Ytzahk Rabin, asesinado en plena vía publica en Israel no por un terrorista musulmán, no por un neonazi, sino por Ygal Amir, un joven israelí estrechamente vinculado al movimiento ultra-derechista de los colonos y próximo al Shin-Beth, servicio de seguridad interna israelí. La propia oficial «Comission Shamgar» que investigó en Israel el asesinato de Rabin concluyó que el Shin-Beth fue responsable, aunque más no sea por omisión. Muerto Rabin en noviembre de 1995, el camino quedó abierto para que vuestro gobierno fuera ocupado por los genocidas Netanyahu, Sharon y hoy, Olmert y sus partidos Likud/Kadima.

Como se verá las cosas son complejas y requieren de un debate serio y profundo. Las descalificaciones gratuitas, y las argumentaciones transmitidas por herencia y tradición, sobran.








Nota DscnTxt: originalmente de diez preguntas y respuestas, hemos decidido no incluir algunas visiones que no compartimos, pues contienen postulados de Salbuchi que se alejan de la búsqueda original que plantea el título en favor de visiones que preferimos no alentar. Las aquí expuestas guardan una objetividad mayor y dan cuenta de nuestra denostación al sionismo, pero siempre el mayor respeto por el judaísmo como por todas las otras religiones profesadas en el mundo.


















martes, agosto 15, 2006

"Viaje al fin de la noche", de Louis-Ferdinand Céline

Fragmento



Aún tuve tiempo de distinguir una vez más, al escapar, a mis peligrosos compañeros de a bordo. A la luz de los faroles del entrepuente, vencidos al fin por el agotamiento y la gastritis, seguían fermentando y mascullando en sueños. Ahora, ahítos, tirados, se parecían todos, oficiales, funcionarios, ingenieros y tratantes, granulosos, barrigudos, oliváceos, revueltos, casi idénticos. Los perros, cuando duermen, se parecen a los lobos.

Toqué tierra pocos instantes después y me reuní con la noche, más densa aún bajo los árboles, y, detrás de ella, todas las complicidades del silencio.




de Viaje al fin de la noche, 1932

lunes, agosto 14, 2006

«La prueba», de Samuel Taylor Coleridge

Probablemente traducido por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares






S
i un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?








en Anima Poetæ:
From the Unpublished Note-books of Samuel Taylor Coleridge
,
editado por su nieto Ernest Hartley Coleridge, en 1895.












"The Poet Acts", de Juan Carlos Villavicencio




S
ólo queda sentarse a describir el recuerdo oscuro que se cierne sobre el tiempo, ahora que ha llegado la última de ellas a tocar la puerta. Nadie puede situarse a un costado a escuchar, porque nadie entiende las palabras: todo decanta por un malentendido que se ha repetido secretamente ante la luna. Por eso los ojos son los que caminan bajo la lluvia las calles desiertas, i la dispareja mirada la otorgan el silencio i el dolor. Ahora, entre las ruinas, es la tinta la única que resiste la embestida de la ausencia: el desnudo grito que avanza manchando de invierno nuevas hojas.






Primer fragmento de The Hours, Ediciones GrilloM, 2012










domingo, agosto 13, 2006

«La batalla», de Sandro Penna

Sin datos del traductor


«Tu madre ha muerto», me decía un coro
en voz baja, inmemorial, serena.
«Muerta», me repetía yo con una leve risa
de tiempos inmemoriales, y sereno
teñía la amarga angustia con la luz. «Y aquel
que fue en oscuros tiempos gran amigo,
¿ha muerto también él?». «Oh, aquel»,
dijo una voz más prudente, «cortado en dos
de un solo golpe, nunca lo vimos
doblegarse». Y yo besaba
llorando los restos de aquella tela amiga
que cubierto había bajo el sol
una cosa por el mundo no tocada.



en Extrañezas, 1976









viernes, agosto 11, 2006

«Lágrimas en la lluvia». Monólogo de «Roy» en Blade Runner, de Ridley Scott

Traducción de Juan Carlos Villavicencio





He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de combate en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir.





«Roy Batty» (Rutger Hauer) en Blade Runner, basada en
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), de Philip K. Dick.








[Texto original]


I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain. Time to die.










jueves, agosto 10, 2006

«Una sombra ya pronto serás», de Osvaldo Soriano

Fragmento



D
etrás de la oficina del Automóvil Club pasaba un alambrado que se perdía a la distancia y protegía un mundo que me era ajeno y hostil. De pronto recordé que había soñado con eso: un laberinto asfixiante en el que por más que caminara siempre estaba en el mismo lugar. Algo me atrajo, quizá la incertidumbre o mi propio miedo y me largué a correr hacia cualquier parte. En la ruta vi un tipo subido a un poste de teléfono que miraba a lo lejos. Pensé que buscaba lo mismo que yo pero después me di cuenta de que estaba cortando los cables mientras otro, en el suelo, los enrollaba con destreza profesional. El cobre se había lavado y los rollos amontonados al borde del camino brillaban como las coronas de los santos. Los dos ladrones se demoraron un momento, sorprendidos por mi carrera silenciosa. A lo lejos, donde comenzaba a borrarse el asfalto, distinguí las siluetas y el piano que parecía un gigantesco ataúd velado por una cofradía demente. Pensé que si Dios existe estaba allí, mezclado con los músicos, dictando el último salmo o abriendo el juicio final. Los del colectivo 152 tocaban un Requiem solemne pero sin tristeza mientras en la línea de la llanura asomaba una brizna de luz rojiza. Parecían espectros que de vez en cuando tendían el brazo para dar vuelta una página de la partitura. El viento les inflaba las camisas y las polleras y a veces les arrancaba las hojas de los atriles. La chica del piano tenía rizos colorados o tal vez eran los reflejos del amanecer. A uno de los violoncelistas le faltaba un vidrio de los anteojos y el tipo del contrabajo tenía que agacharse para acompañar el instrumento que se hundía poco a poco en el barro. Los ladrones llegaron hasta donde estaba yo y se sentaron sobre las parvas de cobre a escuchar con la boca abierta. Cuando el sol se levantó todos estábamos como desnudos. El piano se hizo más negro y la tapa abierta le daba el aspecto de un pajarraco abatido por la tormenta. Los músicos eran doce o quince y se despedían sin rencor de algo que habían querido mucho y por demasiado tiempo. No había otros colores que los del cielo espléndido y los grises del campo me parecieron de una melancolía abrumadora. Mozart debía estar dándoles su aprobación y ellos lo sentían porque en sus caras había sonrisas jubilosas. Hasta que todo terminó. El apoteosis de las últimas notas se desvaneció en un cortejo de hombres y mujeres pequeños que se perdían como hormigas preparándose para un largo invierno.





1990













"El libro que sobrevive", de Roberto Bolaño

Miércoles 30 de mayo de 2001


Aunque parezca un ejercicio de memoria, no lo es. El primer libro que me regaló la primera muchacha de la que me enamoré y con la que viví fue uno de Mircea Eliade. Aún no sé qué quiso decirme con ese regalo. Otro, menos tonto, se hubiera dado cuenta de inmediato de que aquella relación no iba a ser demasiado duradera y hubiera tomado las medidas oportunas para no sufrir en exceso.

No recuerdo el primer libro que me regaló mi madre. Sí recuerdo, vagamente, un grueso volumen de historia, ilustrado, casi un cómic, aunque más en la línea del Príncipe Valiente que en la de Superman, sobre la guerra del Pacífico, es decir la guerra entre Chile y la alianza peruano-boliviana. Si la memoria no me falla, el personaje del libro, bastante confuso, una suerte de "Guerra y Paz" del subdesarrollo, era un voluntario alistado en el Séptimo de Línea. Durante toda mi vida le estaré agradecido a mi madre de que me regalara ese libro y no "Papelucho".

Tampoco recuerdo, por otra parte, que mi padre me haya regalado ningún libro, aunque en cierta ocasión pasamos por una librería y, a pedido mío, me compró una revista con un largo artículo sobre los poetas eléctricos franceses. Todos estos libros, incluida la revista, junto con muchos más libros, se perdieron durante mis viajes y traslados, o los presté y no los volví a ver, o los vendí o regalé.

Hay un libro, sin embargo, del que recuerdo no sólo cuándo y dónde lo compré, sino también la hora en que lo compré, quién me esperaba afuera de la librería, qué hice aquella noche, la felicidad (completamente irracional) que sentí al tenerlo en mis manos. Fue el primer libro que compré en Europa y aún lo tengo en mi biblioteca. Se trata de la "Obra poética" de Borges, editada por Alianza/Emecé en el año 1972 y que desde hace bastantes años dejó de circular. Lo compré en Madrid en 1977 y, aunque no desconocía la obra poética de Borges, esa misma noche comencé a leerlo, hasta las ocho de la mañana, como si la lectura de esos versos fuera la única lectura posible para mí, la única lectura que me podía distanciar efectivamente de una vida hasta entonces desmesurada, y la única lectura que me podía hacer reflexionar, porque en la naturaleza de la poesía borgeana hay inteligencia y también valentía y desesperanza, es decir lo único que incita a la reflexión y que mantiene viva a una poesía.

Bloom sostiene que el continuador por excelencia de la poesía de Whitman es Pablo Neruda. A juicio de Bloom, sin embargo, el esfuerzo de Neruda por mantener el flujo vivo del árbol whitmaniano acaba en un fracaso. Creo que Bloom está errado, como en tantas otras cosas, así como en tantas otras es probablemente el mejor ensayista literario de nuestro continente. Es cierto que todos los poetas americanos, para bien o para mal, tarde o temprano tienen que enfrentarse a Whitman. Neruda lo hace, siempre, como el hijo obediente. Vallejo lo hace como el hijo desobediente o como el hijo pródigo. Borges, y aquí radica su originalidad y su pulso que jamás tiembla, lo hace como un sobrino, ni siquiera muy cercano, un sobrino cuya curiosidad oscila entre la frialdad del entomólogo y el resignado ardor del amante. Nada más lejos de él que la búsqueda del asombro o la admiración. Nadie más indiferente que él ante las amplias masas en marcha de América, aunque en alguna parte de su obra dejó escrito que las cosas que le ocurren a un hombre le ocurren a todos.

Su poesía, sin embargo, es la más whitmaniana de todas: por sus versos circulan los temas de Whitman, sin excepción, y también sus reflejos y contrapartidas, el reverso y el anverso de la historia, la cara y la cruz de esa amalgama que es América y cuyo éxito o fracaso aún está por decidir. Y nada de esto lo agota, que no es poco admirable.

Empecé con mi primer amor y con Mircea Eliade. Ella vive aún en mi memoria; el rumano hace mucho que se instaló en el purgatorio de los crímenes no resueltos. Termino con Borges y con mi agradecimiento y mi asombro, aunque sin olvidar aquellos versos de "Casi juicio final", un poema del que Borges abominó: "He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre".





de Entre paréntesis, 2004

miércoles, agosto 09, 2006

"La tristeza de Cornelius Berg", de Marguerite Yourcenar







Desde que había regresado a Amsterdam, Cornelius Berg vivía en una posada. Cambiaba a menudo de alojamiento, mudándose cuando había que pagar el alquiler, aunque seguía pintando algunos retratillos, unos cuantos cuadros de costumbres que le encargaban, algún desnudo para un aficionado, y buscando por las calles algún que otro cartel que pintar. Por desgracia, le temblaban las manos y tenía que cambiar con mucha frecuencia los cristales de sus gafas por otros más fuertes; el vino, al que se había aficionado en Italia, junto con el tabaco, acababa de arrebatarle la poca seguridad que aún conservaba su pincelada y de la que seguía presumiendo. Lleno de despecho, se negaba entonces a entregar su obra y lo estropeaba todo con excesivos retoques o raspados, acabando por abandonar su trabajo.

Pasaba largas horas en las tabernas saturadas de humo como la conciencia de un borracho, donde algunos alumnos de Rembrandt, que había sido condiscípulo suyo en otros tiempos, le pagaban la consumición con la esperanza de que él les relatara sus viajes. Pero los países polvorientos de sol por donde Cornelius había paseado sus pinceles y sus colores se dibujaban con menos precisión en su memoria de lo que lo habían hecho sus proyectos de porvenir, y ya no se le ocurrían, como en su juventud, aquellas toscas chanzas que hacían reír por lo bajo a las criadas. Los que recordaban al Cornelius alborotador de antaño se extrañaban de hallarlo tan taciturno; sólo la embriaguez conseguía desatarle la lengua y entonces soltaba unos discursos incomprensibles. Se sentaba, con la cara vuelta hacia la pared y con el sombrero echado sobre los ojos, para no ver a la gente que, según decía, le repugnaba. Cornelius, el viejo pintor de retratos que vivió durante mucho tiempo en una buhardilla de Roma, había escrutado durante toda su vida la expresión de los rostros humanos. Ahora se apartaba de ellos con una indiferencia irritada; incluso llegaba a decir que no le gustaba pintar a los animales porque se parecían demasiado a los hombres.

A medida que iba perdiendo el poco talento que poseía, parecía llegarle el genio. Se instalaba ante el caballete, en su desordenada buhardilla, y colocaba a su lado una hermosa y rara fruta que costaba muy caro, y a la que había que reproducir a toda prisa en el lienzo antes de que su piel brillante perdiera su frescura; o bien pintaba un caldero, o mondaduras. Una luz amarillenta inundaba la estancia; la lluvia lavaba humildemente los cristales; la humedad se colaba por todas partes. El elemento húmedo hinchaba en forma de savia la esfera granulosa de la naranja, levantaba el artesonado, que crujía un poco, y empañaba el cobre del caldero. Pero Cornelius pronto descansaba sus pinceles: sus dedos torpes, antaño tan dispuestos a pintar encargos de Venus tendidas o de Jesucristos de barba rubia bendiciendo a niños desnudos y a mujeres envueltas en mantos, renunciaban a reproducir en el lienzo aquel doble reguero luminoso y húmedo que impregnaba las cosas y empañaba el cielo. Sus manos deformadas ponían, al tocar los objetos que ya no sabía pintar, todas las solicitudes de la ternura. Por las calles tristes de Amsterdam soñaba con campiñas temblorosas de rocío, más hermosas que las orillas crepusculares del Anio, pero desiertas, demasiado sagradas para el hombre. Aquel anciano, a quien la miseria parecía abotargar, se hubiera dicho que padecía una hidropesía al corazón. Cornelius Berg, que pintaba chapuceramente algunos cuadros lamentables, igualaba a Rembrandt con sus sueños.

No había reanudado sus relaciones con la poca familia que aún le quedaba. Algunos de sus parientes ni siquiera lo habían reconocido, y otros fingían ignorarlo. El único que aún lo saludaba era el viejo Síndico de Haarlem.

Durante toda una primavera estuvo trabajando en aquella pequeña ciudad clara y limpia, donde le mandaban pintar falsos recubrimientos de madera en las paredes de la iglesia. Por la noche, una vez terminada su tarea, no se negaba a entrar en casa de aquel hombre viejo, algo embrutecido por la rutina de una existencia sin azares, y que vivía solo, cómodamente atendido por una criada, sin saber nada de arte. Cornelius empujaba la frágil barrera de madera; en el jardincillo, cerca del canal, el aficionado a los tulipanes lo esperaba entre las flores. Cornelius no sentía la misma pasión por aquellos inestimables bulbos, pero era muy hábil distinguiendo los menores detalles de sus formas, los menores matices de sus colores, y sabía que el anciano Síndico sólo lo invitaba a su casa para conocer su opinión sobre las nuevas variedades. Nadie hubiera podido indicar con palabras la diversidad infinita de blancos, azules, rosas y malvas. Frágiles, rígidos, los cálices patricios sobresalían de la tierra rica y negra: un olor a tierra mojada flotaba sobre aquellas floraciones sin perfume. El viejo Síndico cogía un tiesto, se lo ponía en las rodillas y sosteniendo el tallo con dos dedos, como si fuera a cortarlo, se lo enseñaba a Cornelius sin decir ni una palabra, para que admirase aquella delicada maravilla. lntercambiaban pocos comentarios: Cornelius Berg daba su opinión con un lento movimiento de cabeza. Aquel día, el Síndico se sentía muy feliz, pues había conseguido una variedad más peculiar que todas las demás: la flor, blanca y violácea, casi poseía las estriaciones de un lirio. La observaba, le daba vueltas por todas partes y, cuando la volvió a poner en el suelo, dijo: Dios es un gran pintor.

Cornelius Berg no contestó. El apacible anciano prosiguió: Dios es el pintor del universo.

Cornelius Berg miraba alternativamente la flor y el canal. Aquel empañado espejo plomizo sólo reflejaba arriates, muros de ladrillo y la ropa tendida de las lavanderas, pero el viejo vagabundo, cansado, contemplaba en él toda su vida. Volvían a su memoria determinados rasgos de algunas fisonomías vislumbradas en sus largos viajes: el Oriente sórdido, el Sur desmantelado, las expresiones de avaricia, de estupidez o de ferocidad, observadas bajo tantos hermosos cielos; los refugios miserables, las vergonzosas enfermedades, la reyertas a navajazos a la puerta de las tabernas, el rostro seco de los prestamistas y el hermoso cuerpo, bien metido en carnes, de su modelo Frédérique Gerritsdocheter, tendido encima de la mesa de anatomía en la Escuela de Medicina de Friburgo. Luego se dibujó en su mente otro recuerdo: en Constantinopla, en donde estuvo pintando algunos retratos de Sultanes para el embajador de las Provincias Unidas, tuvo la ocasión de admirar otro jardín de tulipanes, orgullo y gozo de un Bajá, que contaba con el pintor para inmortalizar, en su breve perfección, su harén floral. En el interior de un patio de mármol, todos los tulipanes juntos palpitaban y casi parecían susurrar, con sus colores chillones o suaves. Cantaba un pájaro, posado en la pileta de una fuente. Las copas de los cipreses agujereaban el cielo pálidamente azul. Pero el esclavo que enseñaba al extranjero todas aquellas maravillas era tuerto, y en el ojo que había perdido recientemente se acumulaban las moscas. Cornelius Berg suspiró largamente. Después, quitándose las gafas, dijo: Es verdad, Dios es el pintor del universo. Y luego añadió en voz baja con amargura: Pero, qué pena, señor Síndico, que Dios no se haya limitado a pintar paisajes...



de Cuentos orientales, 1938 .